¿Se acuerdan de Doble Juego? Corría el año 2002 cuando un grupo de jóvenes, disfrazados de adolescentes con uniformes amarillos, llegaba a las pantallas cubanas acompañado por la voz de Polito Ibáñez. Eran nueve o diez protagonistas de distintas clases sociales enfrentados a una misma realidad: una Cuba donde la caída del bloque socialista supuestamente ya no dolía tanto.

Eran los años de la Batalla de Ideas y de una relativa meseta económica, en los que la vida continuaba atravesada por tensiones materiales y formas de racionamiento heredadas de la década anterior.

“Aquí tienen a un país prosperando, avanzando”, decía Fidel Castro en octubre de 2002 frente a trabajadores azucareros en Artemisa.

Pero durante 1.296 minutos repartidos en 48 capítulos, Doble Juego, bajo la dirección de Rudy Mora, mostraba otra cosa. Presentaba la forma en la que esos jóvenes vivían —o, mejor dicho, sobrevivían— a la realidad de un país que “prosperaba”. Ellos versus la marginalidad y la marginación. Ellos versus las olas migratorias del momento. Ellos versus familias —construidas y deconstruidas— que no sabían o no podían responder a las necesidades emocionales o materiales de sus hijos. Ellos versus un Estado que decía avanzar tan rápido que dejaba atrás a los suyos.

Con la estética trash de la época y las limitaciones de infraestructura del Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT), Mora lanzó al universo un retrato no épico, casi neorrealista, de una juventud estigmatizada y constantemente cuestionada por ser promiscua, ruidosa o desobediente. Pero que, frente a la escasez de aquellos años, se vio obligada a crear redes para seguir creciendo en un país incapaz de sostenerla. Un país que, por el contrario, terminaba expulsándola por tierra o por mar.

El doble juego era entonces el de la Cuba institucional —presunta garante de derechos, en camino hacia algo más grande— y la otra Cuba, la cotidiana.

A que tanta historia me da igual,
me asusta tu forma de curar,
no voy a aguantar más la presión,
no voy a encerrarme en tu prisión
.

Dicen que es una canción de amor.

La escasez de medicamentos es también uno de los focos del proyecto. Foto: Cortesía del proyecto La solidaridad nos salvará.

La escasez de medicamentos es también uno de los focos del proyecto. Foto: Cortesía del proyecto La solidaridad nos salvará.

Raymar Aguado Hernández nació en La Habana en octubre del 2000, dos años antes del estreno de Doble Juego.

Probablemente no lo sabe —o, por lo menos, no se lo he dicho aún—, pero el video que él y un grupo de amigos publicaron en redes sociales el 5 de marzo de 2026 tiene ecos de una telenovela neorrealista. Una docena —y un poco más— de manos nacidas durante o poco después del Período Especial cortan verduras, desmenuzan alguna que otra proteína de origen animal, remueven ollas de arroz condimentado, sellan platos de telgopor, llenan bolsas y salen a recorrer las calles habaneras para repartir lo elaborado.

La colorimetría, intencional o no, es similar a la del ICRT de inicios de siglo: tonos amarillos y anaranjados. Planos hechos cámara en mano. Escenas cortas y rápidas. Ya no aparece un televisor Caribe acompañado por frases como “Ser cultos para ser libres”. Ahora la consigna es otra: “La solidaridad nos salvará”.

Tampoco suena Polito Ibáñez. La banda sonora es distinta.

“Por más terrible que parezca el presente, juntos construimos una parte del futuro”, escriben.

Quiero saber sus nombres, cuántas horas de electricidad tuvieron en las últimas 24, cuáles son sus sueños y aspiraciones, si sus familias siguen en la isla o si, como tantas otras, están fragmentadas. Se los ve alegres, en un país donde la alegría parece tan distante como el propio país. Quiero saber si están bien. Aquí no hay producción televisiva. Es lo que es.

Los días siguientes llegan más videos de un proyecto sin nombre, pero encabezado siempre por el mismo título: La solidaridad nos salvará.

—¿Cómo surge esta iniciativa y quiénes son las personas que la integran? —le pregunto a Raymar, quien ha sido el encargado de publicar cada uno de los materiales difundidos hasta el momento.

—El proyecto surge, básicamente, como una necesidad histórica en uno de los contextos más precarios y terribles de las últimas décadas, frente al nivel de desprotección que tiene hoy la mayoría popular en Cuba. Un grupo de personas con inquietudes políticas similares intenta brindar apoyo a quienes se encuentran en situaciones extremas de precariedad: adultos mayores, pensionados, madres solteras y familias en condiciones de empobrecimiento muy marcadas.

“Es, en cierta medida, la continuación de varias iniciativas independientes que han existido durante mucho tiempo y que, de una forma u otra, han tratado de articularse, aunque cada una haya tomado su propio cauce” —me responde.

—¿Cómo describen la labor que realizan?

—Es una ayuda que parte de un fragmento del pueblo (de la ciudadanía), en beneficio de otro fragmento del pueblo. Por eso no nos gusta hablar de asistencia social ni de otras categorías que no ilustran realmente lo que buscamos: tejer lazos e invitar a más personas a sumarse a labores similares.

“Para nosotros esto es fundamental porque sentimos que estos tiempos exigen formas de unidad, apoyo colectivo y comunitario que puedan traducirse también en algún tipo de renovación política para la isla, en un contexto tan extremo como el actual”, explica Raymar.

Ya no son solo ollas las que aparecen en primer plano, sino también medicamentos, jabones, pasta dental, esponjas para lavar y otros artículos de higiene. Foto: Cortesía del proyecto La solidaridad nos salvará.

Ya no son solo ollas las que aparecen en primer plano, sino también medicamentos, jabones, pasta dental, esponjas para lavar y otros artículos de higiene. Foto: Cortesía del proyecto La solidaridad nos salvará.

En marzo se cumplió un mes de las nuevas sanciones de la administración de Donald Trump contra el sector energético cubano. El mismo mes en que Miguel Díaz-Canel, desde el Palacio de la Revolución, revivió los fantasmas de la Operación Cero y apeló a la “resistencia creativa” para enfrentar una nueva etapa.

Marzo fue también el mes en que se confirmó el inicio de un nuevo proceso de diálogo entre La Habana y Washington. El mes en que Óscar Pérez-Oliva Fraga, ministro de Comercio Exterior, apareció en medios internacionales para reiterar que los cubanos emigrados eran ahora bienvenidos a invertir en la industria nacional. El mes en que arribaron las primeras embarcaciones del Convoy Nuestra América, cuya ayuda muchas personas de la sociedad civil aseguran no haber podido contabilizar aún.

Ya estamos en junio y las escenas de los videos introducidos por la frase “La solidaridad nos salvará” se han complejizado, del mismo modo en que se ha complejizado el día a día dentro de la isla. Ya no son solo ollas las que aparecen en primer plano, sino también medicamentos, jabones, pasta dental, esponjas para lavar, artículos de higiene y productos básicos. Diríamos que son objetos cotidianos, pero ¿qué es lo cotidiano en la Cuba de 2026?

“Apagones interminables, precios impagables, precariedad, desesperanza, escasez, insalubridad… Estas y muchas otras palabras describen la realidad de vida del pueblo cubano. Seguimos en nuestra labor”, escribe Raymar en un material publicado el mismo primero de junio.

—¿Cuáles son hoy las necesidades más urgentes que encuentran en las comunidades?

—El deterioro de la vida de los cubanos se venía profundizando desde antes de 2020, un año marcado por la pandemia. Pero aún así, existían ciertas garantías en términos de calidad de vida que hoy ya no están. El 2026 es, probablemente, el peor año de las últimas décadas. Prácticamente todos los sectores de la realidad cubana se encuentran en un estado de colapso.

“La pensión media de los jubilados en Cuba oscila entre los tres y los ocho dólares mensuales, según la tasa cambiaria oficial. Mientras tanto, la canasta básica, según diversas investigaciones, supera los cien dólares. Los números lo dicen todo”, explica.

“Nos enfrentamos a una estructura completamente disfuncional: un país envejecido, cuya densidad poblacional va en descenso y que mantiene un altísimo índice de juventudes emigradas. Una hecatombe social donde las necesidades urgentes son muchas: alimentos, ropa, artículos de aseo y medicamentos. Por eso trabajamos con personas mayores que viven solas, pensionados, madres solteras y familias en condiciones de empobrecimiento muy graves. Personas que tienen limitaciones para sostenerse económicamente por sí mismas. Y en ese trabajo hay historias que nos han marcado profundamente.

“Está el caso de un hombre diabético, hipertenso, amputado de una pierna y ciego, que vive solo. Durante más de un año no pudo conseguir pentoxifilina, un medicamento fundamental para evitar nuevas complicaciones vasculares. También el de una pareja de adultos mayores en la que uno de sus integrantes se encuentra postrado debido al cáncer, mientras que su esposa, responsable de cuidarlo, padece Alzheimer. Ambos necesitan atención permanente. Gracias a la solidaridad barrial y a la ayuda del proyecto han podido sobrellevar, al menos en parte, la situación. Aunque eso no significa que deje de ser difícil”, cuenta.

—¿Cómo es hoy el trabajo del día a día del proyecto y cuáles son los principales desafíos para sostenerlo?

––Nos hemos concentrado en realizar diagnósticos barriales para identificar núcleos familiares con necesidades muy marcadas. A partir de esos diagnósticos distribuimos módulos de aseo, algunos insumos alimentarios y otros recursos que permitan generar un impacto más sostenido en la vida cotidiana de quienes apoyamos.

“También nos hemos enfocado mucho en el acceso a medicamentos. Hoy faltan numerosos medicamentos esenciales, especialmente aquellos que las personas necesitan consumir diariamente, como la aspirina o la pentoxifilina. Las cocinas populares continúan, pero han sido reconceptualizadas. Ahora buscamos tener una incidencia más constante y específica sobre distintas personas y familias”, dice.

Raymar habla de crisis catalizadoras, capaces de impulsar nuevas formas de organización colectiva. Algo de lo que ha sido testigo en este proyecto sin nombre, conformado por amigas y amigos, y que también ha observado en otros espacios similares nacidos desde la propia barrialidad.

“La principal enseñanza que nos ha dejado el proyecto —y que forma parte de nuestro eslogan— es que la solidaridad nos salvará. Solo generando redes de apoyo que partan del pueblo y respondan a las necesidades del pueblo podemos construir espacios democráticos y horizontales en medio de la hecatombe que vivimos actualmente. Por eso hemos decidido documentar los procesos. Los videos tienen varios objetivos. Uno de ellos es mostrar a quienes realizan donaciones que la ayuda efectivamente llega a las familias que la necesitan. Pero también buscamos que esos materiales funcionen como una invitación.

“Queremos que otros colectivos, vecinos y ciudadanos que tengan la posibilidad, el tiempo o la disposición de hacerlo puedan replicar experiencias similares. El momento histórico que vive Cuba exige precisamente eso: más iniciativas solidarias, más organización comunitaria y más compromiso social”.

A partir de diagnósticos barriales, el proyecto conforma las ayudas y las distribuye. Foto: Cortesía del proyecto La solidaridad nos salvará.

A partir de diagnósticos barriales, el proyecto conforma las ayudas y las distribuye. Foto: Cortesía del proyecto La solidaridad nos salvará.

En 2002, cuando Doble Juego formaba parte de la conversación nacional, las señoras en los portales, vestidas con sus ropas de tarde, hablaban de valores perdidos. De una juventud sin rumbo. Molestaban los primeros perreos —ya intensos— al ritmo de Eddy K y el dembow cubano de Candyman; también aquellas modas iracundas que años después serían reconocidas como parte de la estética Y2K.

Un cuarto de siglo más tarde, la promesa del “país próspero” del que hablaba Fidel Castro quedó en eso: una promesa. Y el oficialismo aún nos habla de una juventud confundida.

La juventud confundida que se plantó frente al Ministerio de Cultura en noviembre de 2020, tras la represión al Movimiento San Isidro. La juventud confundida que protagonizó la huelga nacional universitaria de 2025, tras el tarifazo de ETECSA. La misma que este año se sentó a los pies de la escalinata de la Universidad de La Habana para exigir respuestas y soluciones a un sistema educativo paralizado.

La juventud cubana retratada por Rudy Mora y la de ahora, que protagoniza los videos de La solidaridad nos salvará, lleva más de veinte años obligada a inventar sus propias formas de subsistencia. Se sostiene a sí misma y sostiene a quienes quedaron atrás. Repara los vacíos de un sistema que nunca terminó de cuidarla, que prefirió dejarla marcharse antes que construir un camino para su futuro.

“No quiero que me salve nadie”, declama Raymar, citando versos de Raúl Rivero, mientras introduce en bolsas de plástico productos que irán a parar a una casa ajena. “La gasa, la tensa gasa, solo redime las quemaduras a flor de piel, de modo que nada puede hacer cuando el ardor va en la memoria y la llaga no es un punto en el cuerpo, sino un país donde se ha prohibido la armonía”.

La juventud cubana no está perdida; los perdidos son otros.

Sobre el autor

Ella Fernández

(25 de noviembre de 1995, La Habana, Cuba) Daniella “Ella” Fernández, licenciada en Comunicación Social por la Universidad de La Habana. Fotoperiodista y cineasta independiente radicada en Buenos Aires, Argentina. Su trabajo se dedica a explorar temas como los feminismos, las migraciones y los movimientos sociales en América Latina.

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