Valery Martínez Navarro. Foto: Daniella Fernández Realin.

Valery y un Barrio Cuba en Argentina

"La historia de un hombre que sueña con construir una comunidad de migrantes cubanos en Argentina."

Te podría decir que Valery Martínez Navarro es un zapatero artesanal cubano de 56 años que vive cerca del Puente Saavedra, en Buenos Aires, en los últimos perímetros de la Capital Federal. Te podría decir que es alto, el pelo hasta los hombros y que, a pesar de llevar casi tres décadas en Argentina, no ha perdido el flow característico de La Timba, uno de los muchos barrios de La Habana que lo vieron crecer. Migrante, exatleta, artesano, jardinero, fotógrafo…

Te podría decir todo eso, pero no. 

Y no porque alguna de esas cosas sea mentira, sino porque definir a Valery es imposible e innecesario.

Quizás, simplemente, no es de este mundo ni de este plano terrenal. Quizás, como Melquíades en Cien años de soledad, el rol de Valery en esta historia es otro.

En mi modesta opinión, ese cubano que se mueve casi como si estuviera bailando, es un profeta del arte del buen vivir. Llegó, tal vez, para enseñarnos a nosotros, los habitantes de Macondo, que vivir bien no tiene que ver con acumular oro ni plata, sino con aquella historia del “bien común” y la “justicia social”.

Foto: Daniella Fernández Realin.

Nació a inicios de la década del 70 en una isla sovietizada. Su nombre es Valery como los boxeadores rusos Valery Tregubov o Valery Limasov porque, según cuenta, “nació peleando”.

“[Por] un tipo que le gustaba mucho a mi papá”, explica sin poder recordar cuál es el origen de su nombre. 

Pudo haber sido Valeri Popenchenko.

Y sí fue boxeador, al menos un rato, durante su paso por la escuela de deportes. Después fue muchas otras cosas: nadador —su padre quería que fuera el primer nadador afro del equipo Cuba, el Arnaldo Tamayo de las piscinas—, pero el agua, recuerda, estaba muy fría. De ahí pasó al atletismo. Se aburría, así que probó con la lucha libre. Se aburrió, así que probó con el fútbol. Siempre fue un niño disruptivo, producto de una madre mística y un padre visionario. 

El trabajo de su padre, un militar oriundo de Las Tunas, los llevó a mudarse del capitalino municipio Boyeros a la zona residencial de Almendares. Pasó por La Timba hasta llegar al Cerro. Y del Cerro a la mismísima Rusia, donde pasaría dos años de su vida que lo marcarían para siempre. 

“Nos tocó estar en movimiento. Así fue siempre la vida”, dice.

La movilidad con la cual carga desde que tiene uso de razón le permitió separar la lejanía y el desarraigo del duelo. Para él, los vínculos, sobre todo los vínculos familiares, persisten por encima de lo geográfico.

En 1987, la familia se reubicó en San Petersburgo, antiguo Leningrado. Una URSS atravesada por la Perestroika de Mijaíl Gorbachov. Valery recuerda cómo los aires anunciaban el cambio inminente, una transformación cada vez más acelerada mientras aún se citaba a Lenin. Rusia le permitió entender la otredad o, por lo menos, ver algo más que las banderas políticas. ¿Quién es el otro si se retiran las banderas partidarias?

“Mi perspectiva ya no pasaba por un sistema sino por el ser humano, que se compone de muchos aspectos y de una conciencia, más allá de cualquier ideal”.

En Rusia pudo haber estudiado cine en la universidad, pero empezó una carrera relacionada con lo eléctrico o la electrónica. “¿Sistema eléctrico industrial?”, se pregunta en voz alta. Ríe. Ya no recuerda. También hizo alguna ingeniería en la CUJAE a su regreso a Cuba, pero estar “en una sala con un montón de relojes sacando cálculos” no era para él. Le faltaba el aire. 

“No estaba todavía listo para entrar en ese mundo, en esa realidad”, agrega.

Valery afirma que su adolescencia duró muchísimo, hasta bien entrada la veintena, pero no por irresponsable, sino más por curioso. Fue custodio, estudió idiomas, marketing, trabajó en el duty free del Aeropuerto Internacional José Martí. Su mundo no cabía en un cubículo.

Aterrizó en Argentina en 1998 con la bendición de su padre. No se fue por necesidad, se fue por amor.

“Si yo tuviera tu edad, me iría”, le dijo. El muro de Berlín se había caído y Cuba afrontaba una de sus épocas más duras que, como déjà vu, Valery volvería a ver tres décadas después, desde lejos. 

Foto: Daniella Fernández Realin.

Valery llegó a Argentina en pleno menemismo. Tras años de crecimiento bajo la Ley de Convertibilidad —el llamado “uno a uno”—, el PIB comenzaba a desplomarse y se gestaban los inicios de una crisis económica que estallaría en 2001. Nuevamente sería testigo del antes de la explosión.

A él no hay que contarle Argentina, porque en estos casi 30 años lo vio todo o casi todo. El corralito, el movimiento de derechos humanos, los gobiernos de los Kirchner, Macri, Milei, los mundiales y las campañas de outsider que hablan de una Argentina racista.

—¿Te parece que Argentina es un país racista? —le pregunto.

—Es como cualquier país. No hay país que no lo sea, distinto quizás. Te vas a Suiza y es muy probable que no lo veas, porque no te lo van a mostrar.

De todas formas, su filosofía de vida va más allá de posiciones duales.

“Nosotros [los seres humanos] somos tan incoherentes que la frase ‘la unión hace la fuerza’ se ha vuelto un cliché, es banal. Yo vengo de sentir eso, de saberlo y de ponerlo en práctica. La búsqueda del bien común es algo que debería estar, pero no sabemos cómo hacerlo, no aprendimos. Hay mucha desconfianza”.

“Necesitamos del otro”, dice mientras sostiene uno de los calzados que confecciona, con la marca VNM. Por ejemplo: “El que cose, el que corta y hace las plantillas, el que lo empaca, el que lo lleva; son varias personas para hacer un calzado”.

Foto: Daniella Fernández Realin.

Después de un tiempo de vivir en Buenos Aires se mudó a una zona rural de Exaltación de la Cruz, a unos 80 o 90 kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires. No fue su aversión por la capital lo que impulsó otra mudanza en un ya largo historial, sino la reiterada necesidad de aire. 

En Exaltación de la Cruz hizo “de todo”, desde jardinería y paisajismo hasta tocar en la banda municipal.

Un buen día necesitó hacerse unas sandalias. “Se las mostré a unos amigos y también les hice a ellos. Regresé a Buenos Aires y estudié calzado, y hasta hoy no paré. Fue mi camino, parte de lo que aprendí a amar, porque es lo que realmente sabía hacer, lo que me gustaba y me encantaba”.

Valery Martínez Navarro se hizo artesano del calzado a los 45 años. Pero, reitero, es más que eso.

“Soy embajador del bien común”, comenta. “¿Cómo es que hoy perdimos esa capacidad de vincularnos, más allá de la manera de pensar de cada uno, para poder hacer algo en conjunto? Imagínate si logramos —que es la parte más difícil— ponernos de acuerdo”.

Tiene muchos sueños palpables. Entre ellos está que los cerca de 3.900 cubanos que habitan el suelo argentino —según el último censo de 2022— tengan su propio barrio, su propio centro médico. Un teatro, un centro comunitario o un fondo común donde puedan extraer plata para comprar un pasaje que les permita volver a ver a su familia en la isla. Construir comunidad. Salvarnos a nosotros mismos porque “nadie se salva solo”.

“A cualquiera que se haya quedado sin casa, le resolvemos la situación, lo ayudamos a conseguir trabajo, o le damos laburo a nuestra propia gente. (…) Lo único que falta es el quórum, personas”, dice.

Foto: Daniella Fernández Realin.
Foto: Daniella Fernández Realin.

“No hay cubano que pueda negar que haber nacido en esa isla nos hace los seres que somos, más allá de la confusión que podamos tener por las luces de colores. Vivir separados nos cuesta muchísimo”.

—¿Y piensas que se podría salvar también a Cuba? —le pregunto.

—A Cuba se puede salvar —dice, mostrándome uno de sus zapatos cuya tela es distinta a las otras. Un material con fibras tejidas como si fuera una canasta. —Es cáñamo. ¿Sabes lo que es el cáñamo?

El cáñamo es una variedad del cannabis sativa que se suele cultivar con fines industriales y comerciales en varias regiones del mundo y que llegó a las manos de Valery gracias al movimiento canábico en Argentina. Durante su gestión, el expresidente Alberto Fernández impulsó un cambio histórico en el marco legal de la planta en el país al pasar de un esquema restrictivo a uno de regulación estatal para fines medicinales e industriales.

Así nació la marca de Valery con el sello 420.

Foto: Daniella Fernández Realin.
Foto: Daniella Fernández Realin.

“El cáñamo, como tela, es anti alérgico”, explica. “Además te protege de los rayos UV, no te agarra el olor ni las enfermedades de la piel. El cáñamo tiene todas estas propiedades: [puede ser] alimento, vestimenta, calzado, casa, biocombustible, electricidad, autos. Y Cuba podría, además, producir cáñamo para el mundo”.

Valery maqueta casas y escuelas construidas con semillas y aceites de cáñamo. Un material de construcción aislante y ligero; le llaman bioconstruccion. Cáñamo para la alimentación y para el papel. Una Cuba autosustentable. Incluso, le envió una carta a Miguel Díaz-Canel sobre las propiedades de la planta, pero no obtuvo respuesta. Lo cuenta sin que se perciba un carácter derrotista detrás de sus palabras.

Mientras esos sueños se piensan y construyen de a poco, Valery —bautizado con nombre de boxeador ruso y profeta de lo colectivo— es un hombre feliz.

“Estoy feliz de estar vivo. Si la felicidad tuviera una definición, estar vivo ya es ser feliz. En definitiva, para mí es como un cliché eso de ‘ser feliz’; la felicidad, en todo caso, es la realización”.

Un hombre realizado, que tiene fe en un próximo Barrio Cuba en Argentina.

Se aceptan sugerencias de nombres.

Foto: Daniella Fernández Realin.
Foto: Daniella Fernández Realin.
Autores
Sobre el autor:
(25 de noviembre de 1995, La Habana, Cuba) Daniella “Ella” Fernández, licenciada en Comunicación Social por la Universidad de La Habana. Fotoperiodista y cineasta independiente radicada en Buenos Aires, Argentina. Su trabajo se dedica a explorar temas como los feminismos, las migraciones y los movimientos sociales en América Latina.
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