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	<title>Lien Real Jaén &#8211; Periodismo de Barrio</title>
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	<description>Organización periodística cubana sin fines de lucro</description>
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	<title>Lien Real Jaén &#8211; Periodismo de Barrio</title>
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		<title>Limpiar la mierda de otros, hija mía, no es indigno</title>
		<link>https://periodismodebarrio.org/2026/07/mujeres-migrantes-trabajo-de-cuidados/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Lien Real Jaén]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 21 Jul 2026 15:22:03 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Migración y diáspora]]></category>
		<category><![CDATA[empleo]]></category>
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		<category><![CDATA[Salud y cuidados]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>¿Cómo enseñar que ningún trabajo que sostiene la vida puede ser indigno cuando el mundo insiste en colocar esos trabajos en la planta menos uno?</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Me huelen las manos a lejía. Intento no descansar la cara sobre mi puño para poder saludar con dos besos sin traspasar ese hedor que no logro quitarme de las manos, aunque las lave constantemente. Tampoco toco mucho mi pelo. El tema son los guantes, que al quedarme grandes se cuela el agua clorada cuando meto las manos en la cubeta gris que guarda las mopas. Siento los dedos húmedos y el olor ya no se va.</p>
<p>El primer trabajo que tuve en España fue cargando cajas en una tienda de alimentación. Los martes y los viernes llegaban entre cuatro y cinco <em>pallets</em> con mercancía. A veces también los lunes. Galletas, refrescos, latas de conserva, cervezas. De las últimas, una vez conté cincuenta cajas que se convertían en cien movimientos porque había que sacarlas primero del <em>pallet</em> y llevarlas al almacén después. Levanta, acomoda, empuja el carro, levanta, acomoda otra vez. Cien veces.</p>
<p>Luego de una baja médica por una cervicalgia que duró 15 días, decidí buscarme la vida en otro sector. No mejor pagado, quizás menos lesivo. Así llegué a la residencia.</p>
<p>Según el Ministerio de Trabajo de España, para junio de 2025 el 88,8% de las mujeres extranjeras afiliadas trabajaba en el sector de los servicios, donde se incluyen la limpieza, los cuidados y la atención residencial. Entre ellas, las latinoamericanas constituyen el grupo más numeroso.</p>
<p>Yo, como miles de mujeres migrantes, encontré en los cuidados una de las pocas puertas abiertas al mercado laboral.</p>
<p><em>Lá</em><em>grimas negras</em> suena en mi oído. Voy tarareándola mientras me muevo por los pasillos blancos larguísimos de la planta menos uno, donde el cuidado se vuelve más invisible, el subsuelo. De ahí salen la comida caliente, la ropa limpia y planchada, las recetas, los insumos, y los carros que llevan el agua clorada para desinfectarlo todo. Todo lo que vive arriba depende de quienes estamos abajo.</p>
<p>Frotar el interior del inodoro con la escobilla se siente diferente si tarareo boleros. No sé si el dejar impecables las habitaciones de Vicenta, Baldomera o Visi hace que me conecte con ser nieta otra vez y me recuerde las canciones que cantaba con mi abuela. No sé si quitar el polvo deje de ser solo eso y se traduzca en cuidarles. O si la melodía de un bolero me permite concentrarme mejor que la de un reguetón. El caso es que siempre voy cantándolos. Por lo que sea.</p>
<p>Mi primer mes allí transcurrió entre lejía, mopas y conversaciones con ellas. “Buenos días, Baldomera, cómo te encuentras hoy”; “Ya está lista tu habitación, Vicenta”; “Gracias, cariño”; “Hola, Cati, vine a limpiar, qué lees hoy”; “¿Te importa que aparte las zapatillas, Visi?”.</p>
<p>Un día mi jefa me pasó a la lavandería. De nuevo, al subsuelo. Recuerdo la tristeza que sentí. Recuerdo pensar que había hecho algo mal y por eso me escondían. Recuerdo la molestia de no poder cuidarlas mientras les miraba a la cara. Sin embargo, he lavado, planchado y doblado cada prenda imaginando el rostro agradecido de Toñi —a quien no le he puesto cara, pero reconozco el corazón que dibujó en cada etiqueta—, o el cuerpo bien vestido de Vicenta.</p>
<p>Cuando cargaba cajas llegaba mucho más cansada a casa. Trabajaba diariamente,  incluso en horas extras que nadie me pagó y yo tampoco reclamé. Una amiga me recordó que ser mujer y cubana era la combinación perfecta para creer que no podemos exigir que se respeten nuestros derechos, que tenemos que trabajar en eso.</p>
<p>Mis hijos se dieron cuenta del cambio de horario. No les bastó que les contara que ya no trabajaba en el mismo sitio. Tuvieron que verme más y mejor. “¿Dónde trabajas ahora? ¿Y qué haces allí?”. Les expliqué.</p>
<p>En Cuba, las mujeres dedican casi el triple de tiempo que los hombres al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado, según la Encuesta Nacional sobre Igualdad de Género. Yo fui uno de esos números en algún momento. Y esa desigualdad viajó conmigo cuando emigré. Esa es la explicación que le doy al hecho de continuar ocupándome (ahora también profesionalmente) de limpiar, cuidar o atender a otras personas.</p>
<p>Quizás por eso no veo un fallo en la profesión. Quizás, como le dije a mi madre, limpiar baños y doblar ropa cuesta menos que en casa porque te pagan por ello, aunque no te alcance para llegar a fin de mes.</p>
<p>En la cara de mi hija se dibujó un gesto desagradable cuando me escuchó decir que a veces las toallas llegan a la lavadora con rastro de sangre o heces. “¿Con mierda? ¿Tienes que limpiar la mierda de otros?”.</p>
<p>Sí.</p>
<p>No iba a mentirle. Limpiar heces, vómitos, orine o sangre no es agradable. No quiero que mi hija crea que todos los trabajos son iguales. Porque no lo son. Hay trabajos más duros, más peligrosos, mejor o peor pagados.</p>
<p>“Tu madre es la chica de la limpieza y limpiar la mierda de otros, hija mía, no es indigno”.</p>
<p>Corren tiempos de <em>tradwives</em> y conservadurismo. La sociedad que nos va quedando ha vuelto a romantizar el cuidado y, por un lado, intenta apropiarse de su lenguaje y celebrarlo cuando puede convertirse en estética o en sacrificio. Pero, por otro, cuando se convierte en empleo suele pagarse poco, esconderse en una planta menos uno y recaer sobre mujeres, en su mayoría migrantes.</p>
<p>Entonces, ¿cómo le enseño a mi hija, cuya adolescencia dobla la esquina, que limpiar no avergüenza, que el mundo insiste en establecer una jerarquía entre cuidar por amor y cuidar por sueldo? ¿Cómo le enseño a desconfiar de quienes glorifican el cuidado como sacrificio mientras desprecian a quienes cuidan como trabajo?</p>
<p>“Pregúntate siempre quién limpia la cocina de un hospital, quién cambia las sábanas de una residencia, quién friega el suelo de tu colegio o quién repone los refrescos en una tienda. Eso también es cuidar y si no cuidamos, hija mía, se para todo”, terminé.</p>
<p>Mañana volveré a caminar los pasillos blancos larguísimos de la planta menos uno. Llegaré al ascensor que lleva a la planta de Baldomera mientras canto un bolero. Limpiaré tantas habitaciones como me dé tiempo. Y volveré a mi casa con olor a lejía en las manos. Ojalá no se les olvide nunca que los cuidados también se ven así, que detrás de ese olor hay otras, miles de mujeres, que —como yo— limpian espacios para que otros puedan habitarlos.</p>
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		<title>El Descanso: Acoso escolar (Temporada Especial)</title>
		<link>https://periodismodebarrio.org/2026/06/bullying-en-cuba/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Lien Real Jaén]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 24 Jun 2026 15:18:34 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Ma-paternidades e infancias]]></category>
		<category><![CDATA[madres e infancias]]></category>
		<category><![CDATA[mujeres]]></category>
		<category><![CDATA[salud mental]]></category>
		<category><![CDATA[Salud y cuidados]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>¿Somos plenamente conscientes, como sociedad, de lo peligroso que es el bullying, o seguimos mirándolo desde cierta distancia, como si fuera algo inofensivo? Según datos de UNICEF, en el año 2020 el 54% de los casos de acoso escolar involucraba a estudiantes acosando a otros estudiantes, y el 46% correspondía a personal escolar acosando al [&#8230;]</p>
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]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>¿Somos plenamente conscientes, como sociedad, de lo peligroso que es el bullying, o seguimos mirándolo desde cierta distancia, como si fuera algo inofensivo? Según datos de UNICEF, en el año 2020 el 54% de los casos de acoso escolar involucraba a estudiantes acosando a otros estudiantes, y el 46% correspondía a personal escolar acosando al alumnado.</p>
<p data-path-to-node="3,1">En este episodio de El Descanso, Lien, Yadira y una invitada muy especial conversan acerca de cómo se comporta el fenómeno del bullying en la escuela cubana; si existen leyes o normativas para su enfrentamiento; y sobre cómo sus consecuencias recaen –también– sobre las personas cuidadoras. Acompáñanos en este necesario debate con el que, además, cerramos esta temporada especial de nuestro podcast.</p>
<p><iframe src="https://www.ivoox.com/player_ej_176221394_6_1.html?c1=a14530" width="100%" height="200" frameborder="0" scrolling="no" allowfullscreen="allowfullscreen"></iframe></p>
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		<title>El Descanso: ¿Dónde jugarán los niños? (Temporada Especial)</title>
		<link>https://periodismodebarrio.org/2026/06/espacios-comunitarios-recreacion-descanso/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Lien Real Jaén]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 17 Jun 2026 16:52:56 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Arte y cultura]]></category>
		<category><![CDATA[Ma-paternidades e infancias]]></category>
		<category><![CDATA[Economía y emprendimientos]]></category>
		<category><![CDATA[Economías locales]]></category>
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		<category><![CDATA[Iniciativas locales]]></category>
		<category><![CDATA[madres e infancias]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El derecho al tiempo libre y al juego a menudo choca con la escasez de espacios comunitarios seguros e inclusivos. En este episodio de El Descanso, conocemos iniciativas autogestionadas en La Habana y Guantánamo que apuestan por rescatar la recreación vecinal, el autocuidado y la construcción de comunidad.  </p>
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]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>Para quienes cuidan, a menudo el ocio o las actividades recreativas constituyen un “premio”, una evasión de la cotidianidad. Cuando pueden permitírselas, claro. A ello se suma la poca variedad de opciones asequibles y que se ajusten a necesidades y expectativas.</p>
<p>Por suerte —más bien gracias a quienes los hacen posible—, existen en Cuba proyectos y personas que apuestan por ofrecer espacios donde aún sea posible soñar, divertirse y aprender. En este episodio de El Descanso, Lien y Yadira conversan, entre otras cosas, sobre dos de ellos.</p>
<p>(Este podcast fue grabado en 2023; aunque es probable que estas iniciativas hayan desaparecido o modificado sus modos de hacer, su aporte no deja de ser valioso y por ello lo compartimos).</p>
<p><iframe src="https://www.ivoox.com/player_ej_175808474_6_1.html?c1=a14530" width="100%" height="200" frameborder="0" scrolling="no" allowfullscreen="allowfullscreen"></iframe></p>
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		<item>
		<title>El Descanso: Cuidados a distancia (Temporada especial)</title>
		<link>https://periodismodebarrio.org/2026/06/el-descanso-cuidados-a-distancia-temporada-especial/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Lien Real Jaén]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 10 Jun 2026 14:35:11 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Ma-paternidades e infancias]]></category>
		<category><![CDATA[Migración y diáspora]]></category>
		<category><![CDATA[madres e infancias]]></category>
		<category><![CDATA[Migración y movilidad]]></category>
		<category><![CDATA[mujeres]]></category>
		<category><![CDATA[Salud y cuidados]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>¿Cómo cuidar a distancia? Analizamos las dinámicas de familias cubanas ante la migración. Un episodio necesario de El Descanso. Escucha aquí.</p>
<p>La entrada <a rel="nofollow" href="https://periodismodebarrio.org/2026/06/el-descanso-cuidados-a-distancia-temporada-especial/">El Descanso: Cuidados a distancia (Temporada especial)</a> se publicó primero en <a rel="nofollow" href="https://periodismodebarrio.org">Periodismo de Barrio</a>.</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p data-path-to-node="3">La crisis migratoria ha reconfigurado los hogares cubanos, obligando a miles de familias a reinventar la forma en que sostienen la vida, el afecto y la responsabilidad. ¿Cómo se asume el rol de cuidador cuando hay un mar de por medio?</p>
<p data-path-to-node="4">En este episodio de <em>El Descanso</em>, analizamos las dinámicas de los cuidados transnacionales y la crianza a distancia, un fenómeno que atraviesa la realidad de la diáspora y de quienes permanecen en la Isla. A través del análisis y las historias de sus protagonistas, exploramos el impacto de la separación en el tejido familiar y social, y abordamos temas como la feminización y el peso moral del cuidado, la reconfiguración de los roles familiares, y los desafíos legales y burocráticos del fenómeno.</p>
<p data-path-to-node="10"><em><b data-path-to-node="5,0" data-index-in-node="0">Nota editorial:</b> Este episodio fue grabado en 2023. Al rescatarlo de nuestro archivo, hemos decidido publicarlo íntegramente, pues los testimonios y reflexiones aquí compartidos mantienen una vigencia dolorosa y necesaria para entender la realidad que hoy, tres años después, sigue atravesando nuestra comunidad.</em></p>
<p><iframe src="https://www.ivoox.com/player_ej_175346717_6_1.html?c1=a14530" width="100%" height="200" frameborder="0" scrolling="no" allowfullscreen="allowfullscreen"></iframe></p>
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		<item>
		<title>Volver a El Descanso</title>
		<link>https://periodismodebarrio.org/2026/06/podcast-el-descanso-temporada-especial/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Lien Real Jaén]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 03 Jun 2026 20:08:23 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Ma-paternidades e infancias]]></category>
		<category><![CDATA[madres e infancias]]></category>
		<category><![CDATA[mujeres]]></category>
		<category><![CDATA[salud mental]]></category>
		<category><![CDATA[Salud y cuidados]]></category>
		<category><![CDATA[Se va a caer]]></category>
		<category><![CDATA[tercera edad]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Periodismo de Barrio publica una temporada especial del podcast que estrenamos en 2023 y cuya segunda temporada se vio interrumpida por el hostigamiento de la Seguridad del Estado cubano a sus creadoras. </p>
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]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>En 2023, lo que comenzó siendo un sueño de amigas se hizo realidad con el lanzamiento de la primera temporada de <em>El Descanso</em>. Durante doce episodios logramos detenernos —aunque fuera un rato— para escuchar cómo sobrevivían en Cuba quienes casi nunca descansaban. Hoy estamos seguras de haber logrado lo que desde el principio anhelamos: que el proyecto fuera un ejercicio de justicia y reconocimiento para las personas cuidadoras.</p>
<p>Creamos una comunidad maravillosa de personas interesadas en escuchar otras voces cansadas y en compartir la propia. Un espacio seguro que sirvió para nombrar el agotamiento y, por tanto, cuestionarlo. Conseguimos que, más allá de un podcast, <em>El Descanso</em> fuera un diálogo colectivo donde quejarse dejó de ser vergonzoso para convertirse en una forma de resistencia. Hoy tenemos la certeza de que, al menos por unos meses, hicimos algo valioso entre todas.</p>
<p>Una vez finalizada la primera temporada, anunciamos una segunda y nos pusimos a trabajar. La idea inicial era grabar, al menos, ocho episodios que recogieran —otra vez— historias atravesadas por la misma pregunta: ¿quiénes cuidan en Cuba cuando las instituciones fallan, cuando las familias se fracturan y cuando el agotamiento se convierte en una condición permanente?</p>
<p>Pero entre aquella primera temporada y hoy pasaron demasiadas cosas.</p>
<p>La Seguridad del Estado intensificó el acoso contra periodistas y colaboradores, y parte del equipo de <em>Periodismo de Barrio</em> tuvo que salir del país. Al cansancio y la precariedad se le sumaron la inseguridad y la necesidad urgente de proteger nuestras propias vidas.</p>
<p>Entonces, irónicamente, decidimos poner <em>El Descanso</em> en una pausa que sentimos, en aquel momento, como un cierre definitivo. No porque hubiera dejado de importarnos, al contrario. El podcast y su comunidad siguieron siendo un espacio de orgullo y acompañamiento para muchas de nosotras. Pero pausarlo significó también reconocer algo que el propio proyecto nos había enseñado: quienes cuidan también se cansan. Y quienes sostienen comunidades, proyectos y medios independientes también merecen ser cuidados.</p>
<p>Antes de detenernos, logramos terminar tres episodios que quedaron guardados en alguna carpeta segura. Quizás porque manteníamos la esperanza de volver para completar la temporada en una Cuba más amable. Pero eso no sucedió.</p>
<p>Y, en medio de todo eso, Yadira Álvarez, creadora y conductora del podcast, enfermó.</p>
<p>Yadi estuvo detrás de <em>El Descanso</em> desde el inicio. Fue ella quien nos dio el sí para llevar a cabo el proyecto. Sin ella no habría sido posible sostenerlo. Necesitábamos las preguntas que pensaba, su manera inigualable de acompañar procesos y, sobre todo, su forma de hablar de cuidados sin romantizarlos.</p>
<p>En enero de 2026, Yadi murió.</p>
<p>Y ahora, cinco meses después, hemos decidido volver a estos episodios.</p>
<p>Quizás porque los cuidados también sean eso: insistir y negarnos a perder aquello que alguna vez nos ayudó a sentirnos acompañados. Porque estas historias siguen hablando del país que somos hoy. Porque las familias separadas por la migración continúan intentando cuidarse a distancia. Porque el acoso escolar sigue marcando vidas. Porque los proyectos comunitarios continúan llenando vacíos que deberían estar cubiertos o protegidos por las instituciones. Porque el cansancio no desapareció. Porque seguimos necesitando hablar de cuidados.</p>
<p>Volver a <em>El Descanso</em> es, entonces, una manera de acompañar la memoria de Yadi y de negarnos a que su trabajo —y su forma de mirar a los otros— quede suspendido en una carpeta olvidada. Es reconocer que, entre que fueron grabados y hoy, Cuba cambió mucho. Y, al mismo tiempo, muy poco.</p>
<p><iframe loading="lazy" src="https://www.ivoox.com/player_ej_174943156_6_1.html?c1=a14530" width="100%" height="200" frameborder="0" scrolling="no" allowfullscreen="allowfullscreen"></iframe></p>
<p>La entrada <a rel="nofollow" href="https://periodismodebarrio.org/2026/06/podcast-el-descanso-temporada-especial/">Volver a El Descanso</a> se publicó primero en <a rel="nofollow" href="https://periodismodebarrio.org">Periodismo de Barrio</a>.</p>
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			</item>
		<item>
		<title>¿Cuál tribu?</title>
		<link>https://periodismodebarrio.org/2026/01/cual-tribu-maternidad-migrante-cubana/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Lien Real Jaén]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 28 Jan 2026 15:36:41 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Migración y diáspora]]></category>
		<category><![CDATA[mujeres]]></category>
		<category><![CDATA[Mujeres madres e infancias]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Cuando el Estado que te vio nacer ya no te protege y el que te recibe aún no te reconoce del todo, toca rehacer la tribu. Y esta decisión no parte de una elección libre, sino de la necesidad de no maternar sola en suelo ajeno.</p>
<p>La entrada <a rel="nofollow" href="https://periodismodebarrio.org/2026/01/cual-tribu-maternidad-migrante-cubana/">¿Cuál tribu?</a> se publicó primero en <a rel="nofollow" href="https://periodismodebarrio.org">Periodismo de Barrio</a>.</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>“Es loquísimo darme cuenta que nunca más volveré a sentarme debajo de mi mata de aguacate”, le dije a A.</p>
<p>Estamos en su cocina. Son las 12:40 de la tarde. El sol de Getaria, un pueblito costero del País Vasco, entra por la puerta del balcón e ilumina todo. Nuestro duelo también. Hablamos de migración.</p>
<p>Tres niños gritan en la habitación de al lado. Son los nuestros. Entran y salen de la cocina para pedir cualquier cosa. Las madres estamos acostumbradas a hablar así: a medias, cortando frases y retomando temas en otros momentos o espacios mientras los hijos interrumpen con necesidades o caídas.</p>
<p>“Es tremendo ese momento en el que eres consciente de que vives en España”, decimos. “¿Cómo la vida nos trajo hasta este lugar?”, nos cuestionamos. Salgo al balcón y me siento. Ella se gira y se acerca a mí para seguir la reflexión. Enciendo un cigarro. Los niños dejan de hacer ruido.</p>
<p>No recuerdo la primera vez que conversamos, pero fue en Cuba, por WhatsApp. Jamás nos vimos allá. Pasaron meses —o años— antes de que pudiéramos <em>desvirtualizarnos</em>. “Te escribo porque me voy de Cuba con mi esposo y el niño”, me dijo un día. No éramos amigas íntimas pero, por alguna razón, ella quiso despedirse de mí, para que un día yo no me levantara y dijera —como le pasa a mucha gente—: “ay, se fue”.</p>
<p>A aquel mensaje de despedida le sucedieron otros, muchos, que sirvieron de guía para estar hoy aquí: sentadas en un balcón de este callejón que nos recuerda a la Habana Vieja. Nuestra relación se fue consolidando mientras ella resolvía mis dudas migratorias. “Tengo que irme. La Seguridad del Estado está detrás de mí”, le dije un día de octubre. Ella no lo sabe, pero con un océano de por medio logró transmitirme la paz que me robaron en aquella Isla.</p>
<p>Entra un hijo, molesto. Interrumpe porque otro no le quiere prestar un juguete. Entra el otro. Se quejan. “No podemos ser juezas”, les decimos. “Estamos hablando”, repetimos hasta que entienden y se van.</p>
<p>Hablamos de amor. De cómo para cuestionar o habitar lo colectivo comenzamos por lo individual. De cómo nuestras cuerpas agotadas sostienen a los hijos. “No quiero regresar a la capital. Me da ansiedad pensar en ese proceso. Ojalá pudiera teletransportarme”, le confieso. Me valida con la mirada. Respiro.</p>
<p>Cuando aterricé en la “madre patria”, aquel 23 de diciembre, con tres maletas y dos hijos, entre las primeras personas a las que avisé estaba ella. Yo escapé de Cuba, nadie lo sabía además de mi círculo íntimo. Tenerla, en este lado del charco, me ha salvado de caer en la locura de maternar sola siendo emigrante.</p>
<p>Luego vinieron meses antes de vernos por primera vez, porque no llegué a la misma ciudad. Meses de mensajes de voz largos, enviados a deshoras, con niños durmiendo. Meses de contarnos el cansancio sin eufemismos, de admitir que no sabíamos cómo se materna cuando el Estado que te vio nacer ya no te protege y el que te recibe aún no te reconoce del todo. Meses de preguntarnos <a href="https://periodismodebarrio.org/2023/08/el-descanso-cuidados-en-tribu/">quién cuida cuando una se enferma</a>, quién escucha cuando el miedo te paraliza y no hay familia cerca, quién responde cuando todo depende de una sola. Meses de ir armando una confianza sin cuerpos, sin café compartido, sin abrazos, pero con un susurro constante: no estamos solas del todo.</p>
<p>Nos encontramos finalmente en este pueblo que no es de ninguna de las dos, cuando vine con mis hijos a visitarla. Ninguna creció aquí, ninguna lo eligió como destino. Llegamos empujadas por circunstancias que no siempre se nombran como violencia, pero lo son. Y aquí estamos: compartiendo una cocina prestada, turnándonos la vigilancia de los hijos, reconociendo en la otra la experiencia de haber sido expulsadas de Cuba de formas distintas, reaprendiendo a criar en territorios que no fueron pensados para nosotras.</p>
<p>Hablamos de tribu, de lo mucho que la anhelo cuando la maternidad se me queda enorme allí donde vivo. De las veces que se me ha cuestionado el uso de esa palabra como si fuera hueca o un recurso natural, siempre disponible, apolítico; como quien busca delimitar qué afectos son legítimos y cuáles no, como si los vínculos necesitaran autorización para existir.</p>
<p><iframe loading="lazy" title="El Descanso 10: Cuidados en tribu" width="810" height="456" src="https://www.youtube.com/embed/UJdL5as7Y_E?list=PLEdP-y7AEFGo6FCwoE6loJUkmyPFCHXl_" frameborder="0" allow="accelerometer; autoplay; clipboard-write; encrypted-media; gyroscope; picture-in-picture; web-share" referrerpolicy="strict-origin-when-cross-origin" allowfullscreen></iframe></p>
<p>No es una discusión semántica. No se puede reducir un problema estructural a eso. Hacerlo sería ignorar la verdadera incomodidad que surge cuando hablamos de tribu: cómo se espera que vivamos, criemos y nos adaptemos cuando migramos.</p>
<p>¿Cuál tribu nos queda cuando las fronteras separan familias, cuando los sistemas migratorios convierten la crianza en una experiencia individual, aislada, precaria? ¿Cuál tribu nos queda cuando existen Estados que no garantizan redes de cuidado? Me toca nombrarlas, todas. Las que se fragmentan y las que construyo ahora. Porque no se trata de elegir entre una tribu u otra, sino de aprender a vivir en ese espacio donde la que dejaste ya no alcanza y la nueva todavía no se sostiene.</p>
<p>Porque la ausencia de tribu no es solamente una mala organización doméstica, es una condición producida —en nuestro caso— por el exilio. Es otra cara de la precariedad.</p>
<p>Me toca, entonces, rehacer la tribu en suelo ajeno, que no es recuperar lo perdido, sino inventar otra cosa. No parte de la abundancia, al contrario. Se hace con vínculos frágiles, con acuerdos implícitos, con personas que también están cansadas. Aquí no hay abuelas esperando en la sala ni tías que aparezcan para aliviar una tarde difícil. No hay relevo garantizado. Hay, en cambio, otras madres que saben lo que pesa criar lejos. Hay una escucha que no juzga. Hay una presencia que no promete salvarte, pero acompaña. No hay historia compartida ni recuerdos de infancia en común. Hay una urgencia: sostener la vida lejos de donde aprendimos a hacerlo.</p>
<p>Esa tribu que no llega completa ni ordenada: se arma entre trámites, trabajos precarios y horarios imposibles. A veces aparece en forma de una conversación en el parque o en la puerta de la escuela, de una madre que presta atención mientras otra corre, de alguien que entiende sin preguntas. No sustituye a la que quedó atrás, pero permite que el día continúe. Y en ese gesto mínimo —cuidar al hijo de otra, quedarse un rato más— hay una política del cuidado que no figura en ningún programa.</p>
<p>Rehacer la tribu también implica aceptar el riesgo. Confiar en desconocidos. Exponerse. Dejar que otros entren en una intimidad que antes estaba protegida por la familia extensa. No es fácil ni siempre funciona. Pero es, muchas veces, la única manera de no quedar completamente aisladas en sistemas que individualizan el cuidado y privatizan el cansancio.</p>
<p>Mientras los niños juegan en el cuarto de al lado y el día sigue, pienso que resistir no es aguantarlo todo, como nos enseñaron; sino cuidar la vida incluso cuando el Estado que hablaba de resistencia nos dejó solas.</p>
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		<title>Las muertes a las que no llegamos</title>
		<link>https://periodismodebarrio.org/2026/01/emigrar-duelo-exilio-cuba/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Lien Real Jaén]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 12 Jan 2026 13:11:40 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Migración y diáspora]]></category>
		<category><![CDATA[Activismo y protestas]]></category>
		<category><![CDATA[Derechos y justicia]]></category>
		<category><![CDATA[madres e infancias]]></category>
		<category><![CDATA[mujeres]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Estar lejos cuando alguien muere no es solo una coordenada geográfica: es una forma específica de desamparo.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Me enteré de tu muerte estando lejos. Empezaba a preparar los desayunos y durante unos segundos no entendí lo que decía aquel mensaje que llegó como llegan casi todas las cosas importantes cuando una se ha ido: por una pantalla. Ponía tu nombre y una palabra que no debería ir nunca cerca de los nombres que una ama.</p>
<p>Mi hija despertó temprano, como siempre. Nunca duerme después de las siete. Me vio inmóvil en la cocina, en silencio, casi sin respirar, mirando el celular. Yo esperaba a que alguien corrigiera el error. Nadie lo hizo.</p>
<p>Tampoco nadie me miró a los ojos para decirme que ya no estabas. Nadie me tocó el brazo. No hubo silencios compartidos. Solo ese momento torpe en el que una no sabe si llorar o quedarse quieta, con su hija de testigo.</p>
<p>Para algunas, el aviso puede parecer un gesto puramente informativo, pero no lo es. Estar lejos cuando alguien muere no es solo una coordenada geográfica: es una forma específica de desamparo que no se parece a ninguna otra.</p>
<p>No es solo la tristeza por la muerte. Es algo más preciso: no tener a quién acudir cuando alguien muere. No saber dónde poner el cuerpo. No tener un lugar asignado para el dolor.</p>
<p>En el país que dejé, la muerte convoca. Llama. Aquí, en cambio, la noticia llega y se queda suspendida. Nadie más la recibe conmigo. El duelo ocurre en un espacio que no estaba reservado para él.</p>
<p>No puedo explicar bien cómo se siente. Porque no es falta de afecto —hay gente alrededor—, sino falta de contexto. La ausencia del idioma común del dolor. Falta el territorio que entiende por qué esa muerte importa tanto. Y te descubres sosteniendo sola una pérdida que pertenece a otro lugar.</p>
<p>Ese lunes, aquí, donde estoy, la vida siguió exactamente igual. La gente caminaba, los semáforos cambiaban de color, una señora se quejaba del clima. Yo también seguí: fui a trabajar, hice la comida, llevé a mis hijos a dormir. Todo eso en automático, sin pensarlo, como un robot. Mi cabeza no estaba ahí, sino en tu risa, en la última vez que hablamos. En el tono de tu voz. En algo pequeño que dijiste, sin importancia aparente: “los chamas, asere”.</p>
<p>Creo que eso es lo que menos entiendo de la muerte: que el mundo no se detiene cuando alguien muere y el dolor es de una. Y ahora, desde este exilio, resulta aún más violento. ¿Cómo puede seguir todo, mientras yo te lloro?</p>
<p>Sentí que iba a recordarte en soledad, que mi memoria iba a quedar flotando sin testigos; como si yo fuese la única guardiana de tus recuerdos en este lado del mundo.</p>
<p>Nadie aquí sabe cómo pronunciabas ciertas palabras, ni tu tono pausado, ni cómo te reías, ni en qué momento exacto se te endurecía la mirada. Nadie te vio en tu contexto, en tu ciudad, en tu ruido. Nadie entiende del todo por qué tu ausencia pesa tanto.</p>
<p>Y qué rabia.</p>
<p>Porque no es que yo no quiera volver. Es que no puedo.</p>
<p>Entonces, lo entendí: cada muerte se transformará en algo más que una pérdida y será una prueba de hasta dónde llega el destierro. No solo te estaba perdiendo a ti, sino también el derecho a despedirme, el derecho a acompañar, a cerrar una historia compartida en el mismo suelo donde empezó; transitando un duelo —por tanto— incompleto. Y eso, más que emocional, es político.</p>
<p><iframe loading="lazy" title="El Descanso 06: Gestionar los duelos" width="810" height="456" src="https://www.youtube.com/embed/juiPmWeLm78?list=PLEdP-y7AEFGo6FCwoE6loJUkmyPFCHXl_" frameborder="0" allow="accelerometer; autoplay; clipboard-write; encrypted-media; gyroscope; picture-in-picture; web-share" referrerpolicy="strict-origin-when-cross-origin" allowfullscreen></iframe></p>
<p>Todavía hay gente que se atreve a decirme que emigrar es una decisión individual. Pero ¿qué implica no poder regresar? ¿Cómo esa imposibilidad se cuela en los afectos, en los duelos, en la forma en que una aprende a amar sabiendo que quizás no estará cuando toque despedirse? Es desolador.</p>
<p>¿Y la culpa? ¿Cuánto hablamos nosotras de la culpa? El “si hubiera estado”. “Si no me hubiera ido”. “Si hubiera insistido más”. Pensé en todo lo que no iba a hacer. No ver tu cuerpo. No acompañar a los tuyos. No caminar la ciudad ese día. No sentarme a escuchar las mismas historias repetidas junto a quienes te amamos. No estar.</p>
<p>Desde aquí, es como si la muerte se volviera abstracta. No tiene olor, no tiene temperatura. No hay ritual. Solo existe la sensación de que, en cualquier momento, alguien va a escribir: me equivoqué, no era ella. Pero no pasa. Desde aquí, el duelo se vuelve silencioso. Privado. Disperso en alguna fisura del día. Lloras lavando platos. Te acuerdas de repente, mientras acomodas algún estante en tu trabajo mal pagado, de la vida que compartiste. Te duele en horarios absurdos, distintos. No hay permiso social para esa tristeza porque nadie más la está viviendo contigo.</p>
<p>Y no deja de doler.</p>
<p>Duele saber que hay muertes a las que no vamos a poder llegar. Que el exilio también nos roba el derecho a un último beso. Que amar desde lejos implica, también, perder desde lejos.</p>
<p>Pienso en Cuba. En cómo el país se vacía de cuerpos, de voces, de historias, pero también de despedidas. Como si el mapa se rompiera justo en el lugar donde debería sostenerte.</p>
<p>No escribo esto para cerrar nada. No creo en los cierres. Creo en la transformación, en la resignificación del amor. Porque cerrarlo —siento— implicaría negar un pasado que, queriéndolo o no, me convierte en lo que soy hoy.</p>
<p>Escribo, en realidad, para nombrar esta forma específica de pérdida. Para dejar constancia de esta experiencia tan distinta y tan legítima. Que también es duelo, aunque no tenga flores ni ceremonias.</p>
<p>Tal vez escribir sea la única manera que tengo de acercarme. De tender un hilo, aunque frágil, entre aquí y allá. De decirte —aunque no lo escuches— que exististe, que importaste, que hubo una ola de amor arropándote, que la tierra se ha quedado más fría sin tu ternura, que sigues estando en mí, incluso ahora, incluso así.</p>
<p>Esto también es emigrar. No será la última vez que me entere así. Desde lejos. Cocinando. Trabajando. Criando. La muerte va a seguir ocurriendo allá mientras yo sigo aquí. Y no hay voluntad individual que resuelva eso.</p>
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		<title>Primer día de octubre</title>
		<link>https://periodismodebarrio.org/2025/10/testimonio-represion-seguridad-estado-cuba/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Lien Real Jaén]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 01 Oct 2025 19:33:56 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Política y derechos humanos]]></category>
		<category><![CDATA[Activismo y protestas]]></category>
		<category><![CDATA[Derechos y justicia]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Si estas páginas existen, significa que ya no estoy en Cuba, que mis hijos y yo llegamos a un lugar seguro. Y significa también que me botaron.</p>
<p>La entrada <a rel="nofollow" href="https://periodismodebarrio.org/2025/10/testimonio-represion-seguridad-estado-cuba/">Primer día de octubre</a> se publicó primero en <a rel="nofollow" href="https://periodismodebarrio.org">Periodismo de Barrio</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Son las diez de la mañana. He conseguido un sitio en el autobús que me lleva a casa. Está lleno. Raro, teniendo en cuenta que es día laboral. Meto la mano en mi cartera y saco los audífonos. Últimamente me resulta muy incómodo no tenerlos enganchados; incluso si no pongo música. Hoy, por alguna razón, mi cuerpo me pedía subir el volumen al máximo. Saco también el celular, busco en él la <em>playlist</em> más repartera que tengo y, justo antes de ponerlo otra vez en el bolsillo, lo veo: es el primer día de octubre.</p>
<p>El cuerpo recuerda traumas de maneras incomprensibles: como mi miedo a los zancos desde aquella obra de <em>Meñ</em><em>ique</em> que vi cuando era niña, o el sobresalto que me provocaría aún hoy el sonido de una conga en la Habana Vieja a las 12 del mediodía.</p>
<p>Y ahora, en este autobús, siento cómo mi respiración se agita y mis oídos pitan. Tiemblo. Tengo calor, a pesar de los nueve grados que hay en esta ciudad. Busco en el chat con A. la conversación que tuvimos aquel día y comparto una captura en mis estados de WhatsApp. “No tengo palabras”, le decía. Hoy, hace un año, la Seguridad del Estado cubana me secuestró.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>El lunes 30 de septiembre de 2024, yo regresaba a mi casa después de una semana fuera y recibí, de las manos de mi abuela, una citación para una “entrevista”. No les gusta nombrarlos como lo que son: interrogatorios, procesos arbitrarios, alegales, sin base jurídica alguna, donde los agentes se identifican con alias y buscan que te incrimines con tus propias palabras. Prefieren, en cambio, eufemismos como “entrevista” o “conversación” para que no se les note mucho la dictadura.</p>
<p>El papel ponía: “&#8230;el día 01.10.2024 a las 10:30 horas, ante el actuante 1er Teniente Daniel Licea en Unidad de la PNR 7ma”. Entre las palabras, algunos espacios en blanco, porque mi abuela no lo firmó.</p>
<p>Las citaciones anteriores habían sido para la estación de policía que corresponde a mi domicilio en Cuba. Para esta debía trasladarme a otro municipio. Entonces, lo supe: no sería un interrogatorio rutinario.</p>
<p>La noche del 30 no dormí. Normal, supongo. ¿Quién duerme bien sabiendo que al otro día tendrá que sentarse frente a sus represores durante varias horas? Recuerdo que tenía un hijo a cada lado. El pequeño roncaba. La mayor rozaba mi pie con el suyo. Le dije que lo moviera, que lo quitara. Me irritaba todo. Antes me habían preguntado si estaba molesta con ellos; les dije que no, que estaba preocupada por cosas del trabajo. Y, justo ahí, sentí que no podría trabajar más en Cuba. Tendría que dejarlo. Era hambre o cárcel. Es lo que hacen contigo cuando lo que dices —o escribes— no encaja con su discurso. Pero eso no se los podía decir.</p>
<p>Quise irme a mi cama cuando se durmieron. No pude. Una fuerza mayor me sostuvo en medio de sus cuerpecitos dormidos. Quería aprovechar esa noche como si fuera la última. Sentirlos. Abrazarlos. Tenía miedo. Miedo de no verles más.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>“El que me atiende”. Así le decimos al agente de la Seguridad del Estado que te asignan en Cuba cuando estás siendo víctima de represión política. No sé si todas tienen uno fijo. En mi caso, era Alberto, un muchacho con acné juvenil que parece haber salido ayer del preuniversitario. Tiene cara de niño que no supo lo que implicaba ser represor, uno que buscará la salida si puede y rezará para que en el juicio final no lo condenen. No llegué a empatizar con él, sin embargo. Me molestaba su presencia y su olor a ropa guardada. Lo recuerdo como si todavía me ardiera el cuerpo.</p>
<p>Cuando lo conocí, en mi primer interrogatorio, en marzo de 2024, llevaba una camisa rosada chillona. Estuve semanas haciendo el chiste de que se había saltado la clase de camuflaje en la escuela de “segurosos”. Que se preocupaba por mí, dijo entonces, porque hacía tiempo no leía nada mío. Yo me preguntaba si lo había leído todo. Seguro que no. Si Alberto me hubiera  leído alguna vez, no hubiera hecho tantas preguntas tontas y habría sabido que, para mí, escribir es un reto. Pero a Alberto no le importaba eso, solo quería parecer amable para intentar esconder aquella violencia.</p>
<p>En agosto volvimos a vernos. Esa vez, me retuvieron poco tiempo, porque les dije que tenía dengue. Entonces, llegó octubre.</p>
<p>Tuve que pedir dinero prestado para ir en taxi a la estación. Es curioso porque, supuestamente, los cargos que se me intentaban imputar tenían que ver con “dinero enemigo”. Sin embargo, ahí estaba yo, sin un peso. Por eso —después— cuando me preguntaron dónde estaba lo que había cobrado, me reí y les pregunté de vuelta que en qué Cuba vivían ellos que los salarios les sobraban.</p>
<p>De camino, había un cartel enorme con una foto de Raúl Castro y una frase. Habíamos parado en el semáforo y me quedé mirándola para que se me grabara en la memoria. Tenía que ver con la libertad. Quería recordarla porque sabía que este texto llegaría y me hacía sentido dejarla aquí. Pero la borré.</p>
<p>No como la conversación que tuve con el motorista que me recogió en mi casa. Yo intentaba explicarle la dirección hasta que dije “ahí, en la 7ma de la PNR”, y terminando esa frase sentí que me inundaba la vergüenza de haber cometido algún delito. “Si quieres, cuando termines, me llamas y te recojo para hacer la misma carrera”, ofreció. Pero yo había dejado mi celular en casa, por seguridad. “¡Ah! Ya entiendo”, respondió y no habló más hasta que llegamos y me deseó, con cara de empatía, “mucha suerte”.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>Llegué cinco minutos antes que Alberto. Me senté en unos bancos que hay afuera, en el parqueo, una especie de sala de espera exterior. Saqué un cigarro y, entonces, lo vi al otro lado de la calle, con sus espejuelos y su mal vestir. No venía solo.</p>
<p>“Hola, Lien. Creemos que es mejor que conversemos en una casa de seguridad. Pero si prefieres no hacerlo, podemos llamar a la patrulla y que nos recoja para ir a Villa Marista. Como tú prefieras”, dijo el otro en un tono que parecía amable. Villa Marista es conocida por ser el cuartel general de la Seguridad del Estado, para nadie es secreto. ¿Prefieres cárcel o secuestro maquillado? Su cinismo me revolvió el estómago.</p>
<p>Llegamos en moto a una casona frente a Juanky&#8217;s Pan, la famosa cafetería de La Coronela, en La Lisa. Un señor mayor abrió el portón verde para que pudiéramos pasar. Me pidieron que esperara en el portal. Tenían que asegurarse de que el camino estuviera libre y no viera otras caras. En el primer salón me esperaban unos muebles de estampado amarillo, una mesita de centro y dos agentes más.</p>
<p>Evelio, el que acompañaba a Alberto, se presentó cuando entramos. Me pidió que si tenía el celular o cualquier objeto punzante se lo diera. Le hizo gracia que no tuviera el teléfono. Para él —creo— eso significaba que otras personas me habían alertado para “salvarme”, pero ambos sabíamos que eso no me salvaría de nada. No fue igual cuando le entregué la navaja que colgaba del llavero de mi casa.</p>
<p>Evelio usa ropa apretada, no como Alberto. Es un tipo machista, aunque creo que no lo sabe. Me infantilizó todo el rato y me pedía perdón cada vez que pensaba que su próxima frase iba a resultarme ofensiva por ser mujer: tetas, parto, sexo. Utilizó mi maternidad como recordatorio de que merecía ser salvada, porque qué hace una madre en la cárcel y no con sus hijos. Tenía la mirada como de creerse todos los términos que usaba: mercenarismo, imperialismo, revolución.</p>
<p>Preguntaron una y otra vez lo mismo: por qué escribía, cuánto cobraba, con quién trabajaba. Yo repetía las mismas respuestas, sostenida apenas en la respiración. Hasta que trajeron a mis hijos a la mesa como amenaza velada. Entonces mentí. Mentí como nunca antes en mi vida, hasta que mi cuerpo quedó exhausto. Mentí para protegerlos, aunque cada palabra me supiera a traición.</p>
<p>El tiempo se estiraba en aquella sala sin relojes. No recuerdo mucho más, solo fragmentos: la insistencia en que firmara una declaración, la sonrisa paternal de Evelio, mi propio sudor mojando la blusa. Ocho horas. Ocho horas de amenazas, de cigarros contados por Alberto, de fingir una fortaleza que no sentía, de pensar en mi padre, en mis hijos, en los suyos.</p>
<p>Cuando al fin salí por el portón verde de la casona, no era la misma. Había dejado allí mi pertenencia, la ilusión de que aún podía quedarme en mi país. Alberto me regresó a casa en su moto estatal. Me dejó en la esquina del parque. Bajé sabiendo que había cruzado una frontera invisible. Emigré ese día, aunque el avión despegó tres meses después.</p>
<p>Me desplomé en el teléfono con A., lloré a los pies de mi madre pidiéndole perdón, porque la Seguridad del Estado consigue que una crea que la culpa es suya, que es tu madre la que sufre por no saber dónde te metieron durante tantas horas.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>El último encuentro que tuve con Alberto, mi represor, fue un mes después de la casa de protocolo. Mencionó que hacía tiempo no nos veíamos. Yo, incapaz de olvidar, dije la fecha exacta. “Te marcó ese día, entonces”, dijo con una sonrisa cínica como quien siente que ganó. Yo hice una pausa silenciosa y me imaginé escupiéndole la cara. “Sí”, respondí, devolviéndole la mueca.</p>
<p>Ha pasado un año. He pensado muchas veces en este texto, en el porqué de escribirlo. Esta no es la cara más cruda de la dictadura cubana. Es, si acaso, la voz de una madre que intentó sostenerle la mirada al régimen, aunque fuera solo un instante.</p>
<p>Si estas páginas existen, significa que ya no estoy en Cuba, que mis hijos y yo llegamos a un lugar seguro. Y significa también que me botaron. Quizás no de manera literal, pero sí con la saña suficiente como para arrancarme las pocas ganas que me quedaban de vivir en esa Isla que siento mía, más mía que de ellos, y todavía más de mis hijos, que no sé cuándo volverán a verla. La noche del primer día de octubre, supe que yo, al menos, ya no tenía país.</p>
<p>Pensé también —como me dijeron muchas veces— en hacer borrón y seguir como si nada hubiera pasado. Como si todo hubiese sido un mal sueño. Como si salir de Cuba no me hubiera fracturado. Como si mi maternidad no estuviera atravesada por el exilio. Como si mis amigas vivieran cerca. Pero pasó, no fue un sueño, me partió en dos.</p>
<p>Le he dado muchas vueltas. Como a todo.</p>
<p>Escribirlo es, entonces, mi manera de traducirme, para no enfermar, para hacer memoria. Es volver a entrar en esa Isla sin que me encarcelen. De atravesar, desde la distancia, los miedos, las sombras y también las luces que me sostienen. Y de dejar constancia de que, aunque intentaron arrancarme la voz, aquí estoy: contando.</p>
<p>La entrada <a rel="nofollow" href="https://periodismodebarrio.org/2025/10/testimonio-represion-seguridad-estado-cuba/">Primer día de octubre</a> se publicó primero en <a rel="nofollow" href="https://periodismodebarrio.org">Periodismo de Barrio</a>.</p>
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		<title>A las madres nos cuesta más el cartón de huevos</title>
		<link>https://periodismodebarrio.org/2024/07/a-las-madres-nos-cuesta-mas-el-carton-de-huevos/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Lien Real Jaén]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 22 Jul 2024 10:00:52 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Comunidades vulnerables]]></category>
		<category><![CDATA[crisis económica]]></category>
		<category><![CDATA[Cuba]]></category>
		<category><![CDATA[cuidados]]></category>
		<category><![CDATA[madre]]></category>
		<category><![CDATA[madres]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Vivir en Cuba cuando las necesidades más básicas son tan difíciles de cubrir agranda todas las culpas. ¿Cuántas madres se sentirán culpables por comerse un huevo?</p>
<p>La entrada <a rel="nofollow" href="https://periodismodebarrio.org/2024/07/a-las-madres-nos-cuesta-mas-el-carton-de-huevos/">A las madres nos cuesta más el cartón de huevos</a> se publicó primero en <a rel="nofollow" href="https://periodismodebarrio.org">Periodismo de Barrio</a>.</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>Hay tres huevos hirviendo en la cazuelita que heredamos de mi abuela. Antes, en esa misma hacíamos natilla, porque era la única que quedaba con mango, lo suficientemente honda para que alcanzáramos a comer todos en casa y lo suficientemente pequeña para no desperdiciar ingredientes. Pero ya no. Al resto no sé, pero a mí no me apetece. Debe de ser porque tengo que estar mucho tiempo de pie, removiendo. O porque luego hay que esperar a que se enfríe mientras los «¿ya puedo comer natilla?» se me clavan en los oídos. O quizás sea el rechazo que siento hacia la cocina desde que es obligatoria y rutinaria. Por lo que sea, ahora solo hiervo huevos ahí.</p>
<p>He pensado antes de poner los huevos en el agua que tres eran demasiados. Son uno para cada hijo y el otro para mí. Fueron dos segundos los que duró esa idea en mi cabeza. La deseché y eché los tres huevos al fondo de la cazuelita, encendí la candela y me alejé como quien no quiere mirarse en el espejo porque hay algo en él que no le gusta pero reconoce suyo. Ah, la culpa materna, qué hija de puta.</p>
<p>“La cosa está mala”, pienso y zarandeo la cabeza. “Mereces comer huevo, alimentarte”, me recuerdo. Dejo de mirar la cazuelita hirviendo, me alejo para ignorar todo pensamiento intruso, pero es en vano. Al final voy a comerme el huevo con culpa.</p>
<p>Eso pasa porque no sobran como sobraba la natilla en mi casa cuando era niña. Las pequeñas porciones se quedaban semanas esperando en el refrigerador por si alguien decidía finalizar el postre y terminaban en la basura. Ojalá la culpa materna también pudiera ponerse ahí. Porque la vez que me contaron que una buena madre se sacrifica por sus hijos significó que no comía huevos pues eran muy caros. La pasta solamente con tomate fue una medalla a la abnegación y eterno sacrificio materno. Nos jodieron con eso.</p>
<p>Sentarnos a comer tampoco es una actividad que disfrute. Le he perdido el gusto a sentarme. Lo que sí disfruto es verles, sobre todo cuando me hablan de esos personajes que no sé quiénes son ni a dónde van porque se los inventan. Disfruto ver a mi hija gesticular. Creo que ha cambiado mucho desde la última vez que me fijé. Son esponjas, pienso cuando hace el mismo gesto de su padre. Me fascina verla degustando el huevo hervido que con tanto amor le cocí. Yo, del otro lado del comedor, casi no miro mi plato. Como de prisa, porque cuando te conviertes en madre te cuesta masticar lento, porque siempre hay algo más que hacer, porque sentarte es un lujo que no tenemos las madres. Intento no deleitarme demasiado, lo noto. Noto la vergüenza de permitirme alimentarme bien cuando escasea todo. Y quien dice bien, dice un huevo o un vaso de leche.</p>
<p>Mi madre siempre me cuenta que en el período especial, el primero, los adultos dejaban lo mejor para los niños. Recuerdo a una suegra que tuve contándome que el único muslo de pollo lo reservaban para el niño, su hijo. Y yo comiéndome un huevo. Por eso prefiero esquivarlo con la mirada y, si es posible, el resto de los sentidos. Prefiero mirar a mi hijo, que lo mismo da tres vueltas de carnero que cuatro vueltas a la casa entre cucharada y cucharada. Tan tierno con sus rizos rubios que parece un ángel. A veces siento que no me escucha, hasta que lo oigo repitiendo lo que un día le dije sobre amar y estar molestos: que no tienen por qué ser opuestos. El pecho se me encoge cuando cambia el “te odio” por “estoy molesto contigo, mamá”. Y la culpa materna me mira desde un rincón, rabiosa porque esa vez no pudo apoderarse de nada. Esa vez gané yo.</p>
<p>Pero ahora está aquí. Lucho contra ella escribiendo esto, dejándola al descubierto, en evidencia. La expongo porque quedármela es aceptar que estuvo mal comerme un huevo. Al mismo tiempo, para escribir necesito que mis hijos vean televisión. La culpa es un bucle: aparece, yo me justifico, ella se encoge, la teorizo y vuelve a aparecer. Mi hijo pregunta hasta qué hora les dejaré ver muñequitos. Son las nueve de la noche, pero yo necesito escribir esto porque me ahoga. Ahí siento a la culpa asomarse, risueña. Son las vacaciones de verano, supongo que pueden dormirse tarde esta vez. La culpa se encoge. Mi hijo va corriendo al cuarto a decirle a su hermana que todavía no vamos a dormir. Ella vendrá en minutos a comprobar si es cierto. Claro que no se lo cree. Mi hija sabe que dormir temprano es ley en esta casa. Pero hoy no.</p>
<p>Hay una señora en Facebook que pregunta hasta cuándo vamos a aguantar las madres cubanas. Me gustaría responderle. Quisiera decirle que nos enseñaron a aguantar y que eso hacemos: aguantamos el dolor de los pujos, de la espalda, de las tetas agrietadas. Aguantamos todo: la soledad, las críticas, los “te odio, mamá” porque ya es hora de dormir y se acabó la televisión por hoy. Ser madre es eso al final. Nuestro cuerpo es como un escudo, solo que no lo es. Porque después de tanto aguantar, te miras en el espejo y no te ves. No, señora, no sabemos hasta cuándo vamos a aguantar. Quiero decirle que quizá ya es tarde para cambiar, que haremos cualquier cosa para que nuestros hijos no noten lo que aguantamos porque así nos dijeron que era ser madre. Pero borré mi respuesta y salí de la plataforma. ¿Es eso la madurez? No, es la culpa, porque en el fondo sé que tiene razón. Estamos todas (o la mayoría) agotadas de resolver.</p>
<p>Vivir en Cuba, siento, agranda las culpas, cuando las necesidades más básicas son difíciles de cubrir. Para las madres, el cartón de huevos no cuesta dos mil pesos, cuesta más porque viene con culpa. Por cada huevo tienes treinta razones para sentirte culpable, una por cada cosa que dejaste de hacer o comprar para llegar a los dos mil: un parque al que no los llevaste, un juguete, las galleticas de chocolate de la merienda, algo. Ese instante justo antes de pagar, cuando te preguntas qué tan necesario es comprar huevos este mes, se siente como si fueras la peor de las madres solamente por cuestionártelo. Y cuando te los comes es peor. Es una mierda. Me pregunto cuántas mamás sentirán culpa por comerse un huevo en Cuba. Y cuántas no, porque no tienen para comprarlos. O cuántas compran y se los comen sin culpa porque lo que no pueden es tocar el muslito de pollo.</p>
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		<title>“Internet no olvida ni protege”: menores en redes sociales</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Lien Real Jaén]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 15 May 2024 12:00:09 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Comunidades vulnerables]]></category>
		<category><![CDATA[Cuba]]></category>
		<category><![CDATA[cuidados]]></category>
		<category><![CDATA[infancia]]></category>
		<category><![CDATA[internet]]></category>
		<category><![CDATA[redes sociales]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>En el centro del debate sobre el uso y sobreexposición de menores en redes sociales están las familias como únicas responsables de no poner límites. ¿Qué papel tiene el Estado y los centros educativos? Urge que toda la sociedad se involucre en el diálogo para proteger a niñas, niños y adolescentes de los peligros en Internet.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Gabriela Ramos no recuerda exactamente cuándo su hijo comenzó a tener acceso a Internet, pero cree que fue sobre los cinco años. Al principio, cuando él tenía alguna duda, ella buscaba respuestas en Google: “Él empezó a asociar la idea de encontrar información con Internet”. Actualmente lo usa para ver videos (infantiles o de algún tema que le atraiga) en YouTube. No fue hasta que aprendió a leer y a escribir que el niño tuvo mayor autonomía digital. “Le interesan los temas relacionados con los planetas, el espacio, el sistema solar y datos históricos”, dice Gabriela. Admite, además, que si bien ella no utiliza las opciones de control parental de la plataforma, acompaña de cerca el contenido que consume su hijo.</p>
<p>Eddy Manuel es padre separado; sobre los seis años su hijo accedió al mundo digital: “Tiene su <em>tablet</em>, pero prefiere el teléfono de nosotros o el de sus abuelas, sobre todo para ver YouTube y descargar juegos. Pero últimamente iba mucho a Google y por audio buscaba cosas que le interesaban”. Como tutor le preocupan los contenidos que automáticamente salen en la aplicación, porque muchas veces no son aptos para la edad de su hijo, ya sea por el lenguaje o por la agresividad de estos. Al igual que Gabriela, Eddy asegura que acompañaba e incluso participaba en el tiempo de pantalla, “así él se motivaba a ver otras cosas”.</p>
<p>Tras la apertura de Internet en Cuba, y luego con la pandemia por Covid-19, se ha visto un incremento en el uso que hacen las infancias y adolescencias, como nativas digitales, de las plataformas de redes sociales a las que tienen acceso desde la Isla. En Instagram o en Likee se pueden encontrar perfiles tanto de grupos de secundaria que suben contenido siguiendo los retos virales, como de niños/as pequeños/as cuyas cuentas, aclaran, están administradas por personas adultas. Sin embargo, esto no los hace menos vulnerables.</p>
<h4>La huella digital y otros peligros del <em>sharenting</em></h4>
<p><strong><em> </em></strong>“Esta caja representa la foto real de una niña de 9 años con un bikini dorado tumbada en una toalla. La imagen fue publicada en su cuenta de Instagram, administrada por adultos”, dice el inicio del <a href="https://www.nytimes.com/2024/02/22/us/instagram-child-influencers.html" target="_blank" rel="noopener">reportaje</a> publicado en febrero de este año por <em>The New York Times</em>, titulado “Un mercado de niñas influyentes administrado por mamás y acosado por hombres”<em>. </em>Para la investigación, Jennifer Valentino-DeVries y Michael H. Keller “analizaron 2,1 millones de publicaciones de Instagram, monitorearon meses de chats en línea de pedófilos profesos y entrevistaron a más de 100 personas, incluidos padres e hijos”. Cuando en 2022 Instagram lanzó el programa de suscripciones, abrió una puerta para que los creadores pudieran proporcionar material exclusivo y recibir a cambio pagos mensuales. Si bien esta opción solo está disponible para personas mayores de 18 años, “las cuentas administradas por madres evitan esa restricción”, apunta el estudio. Como resultado, entre otras cosas, se destapó que estos casos de explotación infantil no se quedan en la plataforma de Meta, sino que trascienden a aplicaciones de mensajería como Telegram: “Un grupo con más de 4000 miembros estaba altamente organizado, con una página de preguntas frecuentes y una hoja de Google que rastreaba a casi 700 niños, identificándolos mediante <em>hashtags</em> para ayudar a los miembros a encontrarlos dentro del largo historial de chat. El logo del grupo mostraba la mano de un niño en la mano de un adulto”.</p>
<p>Lamentablemente, esta realidad también se ha dado en el contexto cubano. En 2022, la periodista Yuliet Pérez Calaña hizo una denuncia pública en Facebook acerca de un grupo en esta misma red social donde “miles de pedófilos y pederastas compartían fotos de niñas de distintas nacionalidades e, incluso, intentaban contactarlas”. Así quedó recogido en un <a href="https://eltoque.com/engano-pederasta-y-otros-peligros-en-las-redes-para-las-infancias-en-cuba" target="_blank" rel="noopener">reportaje</a> de Laura Seco Pacheco, publicado por <em>elTOQUE</em>. “Princesa, yo tengo mucho dinero para gastar en ti”; “Qué linda tu hija, siempre son lindas a los 12”; “Manden mensaje solo niñas, repito, solo niñas. Quiero una bonita amistad o algo más”; “Busco novia de 13 años”; esos eran algunos de los comentarios que se podían encontrar al pie de las fotos.</p>
<p>Cada vez más, expertos comparten sus opiniones sobre un fenómeno que nombran como “instamamis” e “instapapis”: influencers que comercializan contenido sobre sus hijos/a. Se diferencia de otro fenómeno conocido como <em>sharentin</em><em>g</em>, ya que en este caso los progenitores no obtienen ningún beneficio económico al publicar información sobre sus hijos/as en redes, pero les sobreexponen constantemente. Sobre esto, Safer Kids Online, plataforma creada por la compañía tecnológica ESET, desarrolló una iniciativa llamada <a href="https://digipadres.com/" target="_blank" rel="noopener">Digipadres</a>, que incluye materiales de apoyo a familias y niños/as sobre el uso de Internet. En uno de sus materiales de libre descarga definen entre los peligros del <em>sharenting </em>que las niñas y niños “no tienen control sobre su propia huella digital”. Lo que pareciera inofensivo, en realidad, puede que trascienda descontroladamente.</p>
<p>Conocida por compartir contenidos de otras cuentas que, según la descripción de su biografía de Instagram, garantiza la “vergüenza ajena”, Cuba Cringe expone videos de otras personas sin importar su edad. Es un espacio en el que se da vía libre a los discursos de odio. La cuenta, con más de ciento sesenta mil seguidores y otro perfil de respaldo, ha generado una interacción peculiar en la que sus seguidores la mencionan en comentarios para dar aviso de un contenido que (entienden) da vergüenza ajena o <em>cringe</em>, o se lo envían por mensaje privado para que la cuenta lo repostee. Por supuesto, quienes están detrás del perfil no asumen responsabilidad sobre el ciberacoso que puede generar este tipo de dinámicas. Este descargo de responsabilidad se encuentra en sus historias destacadas: “La página no se responsabiliza por lo que comente cada persona, cada persona es responsable de sus comentarios, si va a reclamar algo, vaya directo con la persona que le hizo el comentario muchas gracias” (<em>sic</em>). También da la “opción” de escribir al DM (<em>direct message</em> o mensaje privado) “si algún video tuyo sale y no quieres que sea visto o deseas los créditos del video”, asegurando su eliminación o, en caso contrario, la respectiva mención. Pero, ¿eliminar el video sirve de algo?</p>
<p>“Internet no olvida ni protege”, escribió la divulgadora Friki Mamá (@MellamanSiL en X) en un <a href="https://twitter.com/MellamanSiL/status/1747981569283723483?t=0TtA9GaDG11z8NgqP6vXzA&amp;s=19" target="_blank" rel="noopener">hilo</a> el pasado 18 de enero, cuando salió a la luz, por segunda vez, un video de la reconocida chef española y conductora del <em>reality</em> “Master Chef” Samantha Vallejo-Nágera y su hijo, que “en su día ya fue polémico”. Alguien lo compartió en TikTok nuevamente y de ahí pasó a otras redes. En 2021, Vallejo-Nágera publicó en su cuenta de Instagram una conversación con su hijo en la que lo corregía por bailar con otro niño: “los niños bailan con niñas”. “La polémica llegó a ser tal”, que terminó eliminando el contenido y dando declaraciones al respecto. Evidentemente, eliminarlo no sirvió de nada. Algo similar le sucedió el año pasado a una influencer cubana cuando para “desacreditarla” se volvió a filtrar un video íntimo suyo en X.</p>
<p>Leodanis cuenta con más de noventa y seis mil seguidores en Instagram. Recientemente ha viralizado una especie de “concurso” en el que regala dinero a quien conteste correctamente sus preguntas o supere el desafío. Más de dos millones de reproducciones tiene su video más viral, casi doce mil comentarios, y se compartió más de ochenta y ocho mil veces.  En él, le pide a un menor de edad que le diga cinco consonantes. “Es un ñame con corbata”, “llevo toda la madrugada riéndome”, “ese chamaco acaba de cambiar el alfabeto, los atributos y hasta la palabra consonante en menos de un minuto”, “ese niño que ni se pare en la puerta de un pre” son algunas de las burlas ante la respuesta incorrecta. De qué manera puede afectar al niño la trascendencia que tendrá ese video no podemos comprobarlo, pero, sin duda, será un rastro muy difícil de borrar.</p>
<h4>“La culpa es de los padres”. ¿Y el Estado?</h4>
<div id="attachment_14088" style="width: 1930px" class="wp-caption alignnone"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-14088" class="size-full wp-image-14088" src="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2024/05/Cuquitas_portada.png" alt="" width="1920" height="1080" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2024/05/Cuquitas_portada.png 1920w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2024/05/Cuquitas_portada-300x169.png 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2024/05/Cuquitas_portada-1000x563.png 1000w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2024/05/Cuquitas_portada-768x432.png 768w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2024/05/Cuquitas_portada-1536x864.png 1536w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2024/05/Cuquitas_portada-810x456.png 810w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2024/05/Cuquitas_portada-1140x641.png 1140w" sizes="(max-width: 1920px) 100vw, 1920px" /><p id="caption-attachment-14088" class="wp-caption-text">Ilustración: Lyam Toledo.</p></div>
<p>En los últimos años ha habido un aumento de los negocios privados de guardería o “cuidos” como alternativa a los círculos infantiles estatales. Algunos, para promocionar sus servicios, comparten en sus cuentas de redes sociales el día a día de los niños y niñas que conforman su matrícula. Se pueden ver fotos o videos con rostros en primer plano, perfectamente reconocibles, en situaciones cotidianas como la hora de almuerzo, de la siesta o realizando actividades lúdicas. Otros, además, se apoyan en este tipo de formato para brindar información a las familias y promover la crianza respetuosa. ¿Qué tan necesaria es la imagen del rostro en primer plano de un niño llorando, en una situación vulnerable, con mocos, claramente desbordado, para hablar sobre la gestión emocional en la infancia y el acompañamiento de rabietas? La crianza respetuosa, como modelo educativo, ¿no debería incluir el respeto a la privacidad de las infancias?</p>
<p>Milagros Lisbeth Gallardo Torres matriculó a su hijo de tres años en una guardería privada. Admite que tampoco hace uso de las herramientas de control parental que proponen las plataformas de redes sociales, pero que necesita conocerlas por si las necesitara en el futuro. Su hijo aún no consume contenido “directamente conectado a Internet”. El testimonio de Milagros fue necesario para comprender qué grado de responsabilidad tiene el centro educativo: “Nos dan un formulario a rellenar, donde se incluye una cláusula muy breve sobre la imagen del nene en redes. Es escrito. Se firma por ambos padres. Yo lo firmé, di el consentimiento. No nos enseñan las imágenes antes de publicarlas. Allí siempre están bien atentos a las demandas de los padres y si hay alguna inconformidad es inmediatamente solucionada. [Pero] no ha habido una explicación de parte de la guardería sobre los riesgos de exponer menores en redes”.</p>
<p>Milagros asegura que conoce los riesgos; sin embargo, reconoce que el consentimiento firmado no incluye la opción de negarse a publicar la imagen o pedir que sea retirada de la red: “Ahora que lo pienso, debería ser más detallado. Yo sé que voy y hablo y perfectamente lo cambian, pero en el papel no hay una redacción detallada, ni te da esa opción. No es algo a lo que le den mucho peso. Por lo menos en el que me dieron a firmar hace unos cuantos meses”.</p>
<p>Por su parte, Yenisleydis Lorenzo, coordinadora general de una guardería privada en La Habana, explica cómo funcionan estas dinámicas en su centro: “Al comenzar las inscripciones siempre preguntamos si permiten que sean publicadas fotos de los niños en nuestras páginas oficiales. Después se firma en el reglamento. Si las familias no desean que se utilicen, pues no se toman. Una vez seleccionadas, las fotos se ponen en un grupo privado de WhatsApp. Si por alguna razón a la familia no le gustó o no quiere que se exponga la foto, lo informa y al momento se retira del grupo, y ya no entra dentro de la selección a publicar”. Yenisleydis afirma que las “seños” tienen prohibido tomar fotos y que esta norma está dentro del reglamento laboral, a excepción de que se les indique “porque se necesita evidencia de alguna actividad del niño”.</p>
<p>Publicar imágenes de menores de edad en Internet puede traer como resultado su uso en situaciones de abuso infantil. El <em>grooming</em>, por ejemplo, según <a href="https://www.savethechildren.es/actualidad/grooming-que-es-como-detectarlo-y-prevenirlo" target="_blank" rel="noopener">Save the Children</a>, es “una forma delictiva de acoso que implica a un adulto que se pone en contacto con un niño, niña o adolescente con el fin de ganarse poco a poco su confianza para luego involucrarle en una actividad sexual”. El <em>deepfake</em>, “otra forma de abuso sexual infantil, también utiliza imágenes, audio o video que, mediante inteligencia artificial, son modificados para transformarlos en otra cosa y hacerlos pasar por algo real, sin serlo”, <a href="https://x.com/MellamanSiL/status/1640040065039581185" target="_blank">explica</a> Friki Mamá.</p>
<p>Según Yenisleydis, las imágenes que utilizan de las niñas y niños de su guardería tienen como “objetivo fundamental compartir experiencias, educar y fomentar una crianza respetuosa”. ¿Existirán composiciones fotográficas para compartir esas experiencias en las que no se vulnere la privacidad del menor? ¿Para educar tenemos necesariamente que mostrar los rostros de quienes no cuentan con la capacidad para consentir o negarse? ¿Hasta qué punto las familias tienen derecho a autorizar la sobreexposición de menores en Internet? La coordinadora asegura que nunca han vivido malas experiencias, ni fotos robadas, ni ciberacoso, ni comentarios violentos: “La verdad [es que] tenemos un equipo de dos personas siempre observando nuestras plataformas”. Pero es muy probable que, en algunos casos, ni siquiera puedan saberlo con certeza.</p>
<p>En la otra cara de la moneda, los centros educativos estatales, a las familias ni siquiera se les pide consentimiento antes de utilizar imágenes de los menores en la televisión nacional. El pasado 9 de octubre, mientras celebraba con mi hija que había recibido la pañoleta azul, llegó una notificación de veintidós fotos reenviadas al grupo de WhatsApp del aula. “Las fotos de Omara García, jefa de fotografía de la Agencia Cubana de Noticias”, decía un mensaje. “Estas imágenes salen hoy en la Mesa Redonda”, continuaba. Nadie nos había pedido consentimiento para esto. Efectivamente, esa noche, en la <em>Mesa Redonda</em> publicaron el video.</p>
<p>En 2018, en el país comenzó a comercializarse el servicio de acceso a Internet a través de teléfonos celulares. Según los datos del <a href="https://www.onei.gob.cu/cuba" target="_blank" rel="noopener">Anuario Estadístico de Cuba</a>, emitido por la Oficina Nacional de Estadística e Información (ONEI), en 2020 más de 7 millones de personas utilizaban Internet. En marzo de ese año llegó la pandemia de la Covid-19 y cambiaron muchísimas dinámicas. En cuanto a las familias con menores en casa, no tuvieron más opción que apoyarse en la tecnología para sobrellevar el encierro.</p>
<p>Para enero de 2021, las estadísticas de <a href="https://datareportal.com/reports/digital-2021-cuba" target="_blank" rel="noopener">Datareportal</a> apuntan que la penetración de Internet en Cuba se situó en el 68,0%. Un estudio realizado ese mismo año como parte del proyecto Centro a+ Espacios Adolescentes junto a Unicef Cuba arrojó que, de 68 adolescentes encuestados, el 95% se conectaban a Internet solos/as.</p>
<p><strong> </strong>El Día Internacional de Internet Segura se celebra, desde 1997, el segundo martes de febrero. Este año, en <a href="http://www.cubadebate.cu/especiales/2024/02/07/dia-de-la-internet-segura-como-educar-a-nuestros-menores-en-un-entorno-digital-seguro-y-saludable/" target="_blank" rel="noopener">una nota</a> publicada en la columna de <em>Cubadebate</em> “Código Seguro”, sobre los riesgos del uso de Internet para la infancia y adolescencia, se hacía un “llamado a todos los actores implicados en la protección de la infancia en Internet, como los Estados, las empresas, las organizaciones, los medios de comunicación, los educadores, los padres y los propios menores”.</p>
<p>En Cuba se imparten clases de Informática desde la educación primaria. Para esta investigación no se pudo acceder a los planes educativos que dicta el Ministerio de Educación (Mined); sin embargo, en el portal de <a href="https://www.cubaeduca.cu/" target="_blank" rel="noopener">Cubaeduca</a>, la plataforma <em>online</em> creada en 2009 por el Mined y actualmente gestionada por CINESOFT (Empresa de Informática y Medios Audiovisuales), se encuentran “hospedados contenidos que facilitan la consulta de contenidos de aprendizaje necesarios en cada uno de los niveles de enseñanza a los usuarios, dígase alumnos, profesores y la familia”.</p>
<p>En el caso de la asignatura Informática, que se imparte desde primer grado hasta séptimo, los contenidos que aparecen en la plataforma para apoyar a estudiantes, familias y educadores en el proceso educativo no incluyen los relacionados con la seguridad digital. En décimo y onceno grado se retoma la asignatura, pero el programa está dirigido al aprendizaje de los “Elementos de tecnología informática y sistema operativo Windows” y a trabajar con la “Hoja Electrónica de Cálculo”.</p>
<p>Educar a las infancias no es solo responsabilidad de las familias. La sociedad en general tiene un rol importante en este proceso. Los docentes, especialmente, deberían contar con las herramientas para facilitar el aprendizaje. Pero si desde las instituciones —y el Estado— no se forma a docentes digitalmente competentes ni se incluye la Seguridad Digital en los programas educativos, las familias quedamos en el centro del debate como únicas responsables. Entonces, ¿prohibimos el uso de Internet?</p>
<h4>¿Autonomía digital o control parental?</h4>
<p>La hermana menor de Daniela se mandaba fotos desnudas con su novio. La sobrina de Claudio, también. Unas no llegaron a regarse (o eso cree Daniela). Las otras se utilizaron como porno-venganza en los estados de WhatsApp: “acuérdate de la foto del tetón que tengo yo y que puedo publicar”. Daniela y Claudio son pareja. Ella, aunque no está de acuerdo con el uso que se les da a las redes sociales, siente que no hay mucho que puedan hacer como hermana y tío respectivamente, ya que no conviven con las niñas.</p>
<p>La experta en familia y tecnología María Zabala, en la presentación de su libro “Ser padres en la era digital”, invita a “preocuparnos un poco menos y ocuparnos bastante más en todo lo que tiene que ver con nosotros, nuestros hijos, la tecnología y la conectividad”.</p>
<p>“¿A qué edad le darían permiso a sus hijos a que tengan redes sociales?”, <a href="https://twitter.com/Lien_Real_/status/1769382030947528891?t=OUnJ-ds_c0zeHpPmpGJKjQ&amp;s=19" target="_blank" rel="noopener">pregunté</a> hace poco en mi cuenta personal de Twitter. La mayoría de las respuestas oscilaban entre los 15 y 18 años. Algunas personas aclararon que “nunca” les darían acceso a sus hijos. Mientras tanto, el límite de edad en las plataformas de redes sociales es de 13. Pero sabemos que a estas no solo se puede entrar desde casa. Las infancias también ocupan espacios alejados de la supervisión estricta de la familia y pueden tener acceso desde otros dispositivos.</p>
<p>Demonizar el uso de Internet por menores de edad no es el objetivo de este texto. Conocer los riesgos puede prevenir que estos contenidos se conviertan en material de explotación sexual infantil (mal llamada pornografía). Urgen en Cuba leyes que protejan a niñas y niños de los riesgos que conlleva la sobreexposición (<em>grooming</em>, <em>deepfake</em>, <em>sextorsion</em>), y que se eduque a la sociedad sobre ellas, para que conozcan cómo actuar en cada caso. Urge que las familias cubanas tengan herramientas y habilidades digitales. Urge que en la docencia se priorice la seguridad digital, y que la educación sexual infantil esté desde edades tempranas en los programas educativos. Meterles en una burbuja y que no entiendan cómo funcionan las redes sociales puede que no evite el peligro. Entonces, ¿autonomía digital o control parental? Ambos.</p>
<p>La entrada <a rel="nofollow" href="https://periodismodebarrio.org/2024/05/internet-no-olvida-ni-protege-menores-en-redes-sociales/">“Internet no olvida ni protege”: menores en redes sociales</a> se publicó primero en <a rel="nofollow" href="https://periodismodebarrio.org">Periodismo de Barrio</a>.</p>
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