Alejandra tiene el interior de las uñas teñido de negro. Es hollín, el resultado del paso de zapatos viejos por las brasas del fuego. Un polvo fino que ha tomado el control no solo de los espacios más recónditos de su cuerpo, sino también de los calderos y cazuelas de su hogar. “Todo lleno de tinta”, dice.
En su hogar, en la ciudad de Sancti Spíritus, donde “lo normal” es tener tres horas de luz eléctrica cada 24 horas —o cada 50—, descubrieron que el calzado añejo es “petróleo puro”: una antorcha de colores capaz de mantener vivo el fuego durante el tiempo suficiente para cocinar. El carbón activado está cada vez más caro. Alguna vez pagó hasta 4.000 pesos por un saco que no duró más de cuatro días.
“Cocinar es algo que no puedes dejar de hacer. Tienes que encender [el fuego] por la mañana, para el café, para el desayuno. Tienes que hacerlo al mediodía. Tienes que hacer la comida por la tarde-noche… Estoy obligada”.
Lo peor —dice— es que se echen a perder los alimentos. La solución es cocinarlo todo a la vez, almuerzo y comida juntos, encima de las brasas impulsadas por el calzado.
“Aparte de estar sin corriente, una de las cosas más difíciles es la incertidumbre”.
Pero esto no será así para siempre. Al menos eso dice el gobierno cubano. El momento de la “soberanía total” en materia energética está cerca —o no tan lejos—. El año marcado en el calendario gregoriano es el 2050.
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En abril de 2026, el ministro de Energía y Minas, Vicente de la O Levy, presentó en la Mesa Redonda el plan oficial de transición energética, dividido en tres etapas. La estrategia había sido concebida desde 2024, pero su ejecución tomó cuerpo en 2025 y ya daba sus primeros pasos desde comienzos del presente año. Incluso antes de la captura, en medio de la noche, de Nicolás Maduro. E incluso antes de las sanciones petroleras de Donald Trump.
La primera meta está fijada en el 2030. Para entonces, según O Levy, el país habrá logrado reducir las importaciones de combustibles fósiles en más de un millón de toneladas y alcanzar un 24% de “penetración de energías renovables”. En 2035, la meta sería del 40%, lo que permitiría eliminar la importación de combustibles. Y para 2050, Cuba sería totalmente libre, abastecida por energía limpia alimentada por la radiación del sol tropical, el impulso de los vientos y por residuos de origen vegetal o animal.
Y con una meta intermedia del 15% para finales de 2026, O Levy —convertido en Nostradamus moderno u oráculo de la luz— había anunciado ya el camino hacia una ciudadanía capaz de generar su propia energía.
La Resolución 180, que habría entrado en vigor el 7 de agosto pasado, entre otros factores, determinaba la exención del Impuesto Aduanero a personas naturales y jurídicas por la importación de sistemas solares fotovoltaicos, sus partes y piezas fundamentales, además de otros equipos vinculados a las fuentes renovables.
“No se trata solo de grandes parques solares del Estado”, alertó O Levy. “La estrategia exige que los municipios, los sectores productivos y la población con posibilidades se incorporen activamente a la generación con sus propios medios para alcanzar la soberanía que necesitamos”.
Lo no dicho por el ministro, lo faltante en su explicación, es quiénes son aquellos con “posibilidad” de esperar al edén energético. Y quiénes, no.
“En la calle los paneles de 500 watts rondan los 200 USD, las baterías de 3 kW, 600 USD; de 5 kW, 800USD; y los inversores, entre 400 y 600 USD”, señala Rocío, una joven habanera que trabaja en una tienda dedicada a la venta minorista de equipos fotovoltaicos en la capital.
La venta es “abierta a quien quiera comprar”, pero el pago es exclusivo en dólares y en efectivo.
“No se acepta moneda nacional ni transacciones en el exterior”, explica.
Los productos más solicitados son paneles solares de 500 watts en adelante, ventiladores recargables con mucha autonomía y accesorios para el montaje de paneles.
Actualmente, el salario mínimo mensual en Cuba es de 3.210 pesos.
En la provincia de Alejandra, a inicios de marzo, la Empresa de Correos anunció la venta de kits solares. El modelo más “básico”, de 5 kilovatios (kW), rondaba los 2 millones de pesos cubanos (2.881 USD en el mercado informal), mientras que el de 12 kW rozaba los 5 millones. La medida estuvo en consonancia con la venta de módulos de 800 W anunciada por la Unión Eléctrica Nacional (UNE) a 75.000 pesos para “trabajadores destacados”.
“Energía Renovable para Héroes y Heroínas”, escribían en sus redes sociales.
Antes de la llegada de esta medida, el ensayista holguinero José Poveda Cruz escribía sobre épocas donde una nación es capaz de dividirse por credos o partidos. En Cuba 2026, según el autor, el criterio es a la vez mucho más sencillo y despiadado.
“Ya no basta con preguntar en qué barrio vive alguien; ahora importa saber si sobre el techo de su casa descansan esos rectángulos oscuros que han adquirido el prestigio de los antiguos escudos nobiliarios”, reflexiona Poveda.

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—Mira, mira —dice Miriam mientras señala con la mano el techo de un edificio colindante—. Estas personas tienen familia, hijos en Estados Unidos. Ocho casas donde solo dos cuentan con paneles solares.
Trabajadora del sector de la salud y residente del municipio de Sandino, en Pinar del Río, vive con tres horas de luz al día, aunque ha llegado a estar cuatro días sin el servicio.
—Cerca de mi residencia hay aproximadamente 1.000 viviendas; solo 13 o 14 tienen paneles —dice.
Miriam todavía espera la llegada de una estación de energía portátil marca EcoFlow. El aparato será enviado tarde o temprano por su suegro, un jubilado que está reuniendo dinero para comprarlo. Los 50 USD que le envía cada mes son para alimentarse, pues no le alcanza con su salario estatal de 8.000 pesos cubanos.
Mientras tanto, lleva escondidos al hospital todos los equipos que puede cargar, sobre todo ventiladores y lámparas recargables.
La pinareña, madre de dos hijas, habla de un pueblo —vecindad y país— que muere poco a poco, y de una mayoría de la población que carece de herramientas para garantizar el alumbrado y la alimentación más básica. Un país donde la energía solar es más divisoria que “limpia”.
Por la mañana, Alejandra acerca su EcoFlow hasta donde se encuentra el panel solar de 250W. No cuenta con cables de extensión. Por tanto, durante esas primeras horas aprovecha para cargar los celulares y las bombillas, que desconecta en cuanto están listas para no malgastar batería.
Al mediodía —alrededor de las 11:30, cuando la radiación solar alcanza su punto máximo— conecta el refrigerador durante tres o cuatro horas para mantener los alimentos fríos. Pero todo depende de la intensidad del sol y del clima del día.
“Siempre dependiente”, dice. “Al mediodía, si el sol es fuerte, nos da para poner un ventilador un rato al mediodía”.
En Sancti Spíritus, Alejandra habla de refrescarse del calor con un vaso de agua bien fría como si se tratara de un recuerdo anecdótico. En su cuadra hay entre dos y tres casas con paneles solares que sobresalen como extremidades de las edificaciones. En ellas, neveras, refrigeradores y ventiladores pueden seguir funcionando cuando la corriente se va, ajenos por unas horas al poder de la añoranza. Los equipos fotovoltaicos ya forman parte de la identidad arquitectónica de su pueblo.
“Hace un tiempito atrás era algo raro ver casas con paneles. Ya no es raro. Por la noche, cuando no hay corriente, uno sale a la calle y ve las cuadras ligeramente alumbradas… te das cuenta de que [hay] un 30 o 35% de personas con paneles solares o algún modo de tener corriente”.
Arnoldo vive en Contramaestre, Santiago de Cuba. A tres kilómetros de su casa hay un parque fotovoltaico con “energía significativa”. Parte del programa de parques solares impulsado por el gobierno con apoyo de China.
Originalmente, las autoridades de Contramaestre indicaron que el parque se construiría para abastecer directamente las necesidades de la comunidad. Sin embargo, poco después se decidió interconectarlo al Sistema Electroenergético Nacional (SEN), “diluyendo” la electricidad generada en la demanda nacional. Es decir, no los beneficia en “casi nada”.
Historiador y escritor, tiene su propio blog titulado Caracol de agua, donde comparte crónicas y reflexiones sobre la Cuba actual y fotografías históricas del municipio al que ha dedicado gran parte de su vida académica. Pero narrar se vuelve difícil —muy difícil— con una hora y media de luz cada 24 o 48 horas.
Hubo momentos de hasta más de 72 horas sin corriente. Y cuando llega —que puede ser durante el día, en la madrugada o a comienzos de la noche— es completamente inestable.
“La ponen, la quitan, la ponen, la quitan. Se producen hasta quince cortes eléctricos, cada tres o cinco minutos. Cuando te das cuenta, ya cortaron por completo el servicio y te despides hasta el otro día. Es una especie de virtualidad, esa hora y media que tampoco podemos disfrutar”, dice el historiador.
“En mi calle hay personas comprando paneles solares. Pero, bueno, para eso generalmente hay que tener familias que viven en el extranjero. ¿Qué hacemos el resto? Tenemos bombillos, lámparas y ventiladores recargables. Acudimos a amistades, llevamos los equipos a sus casas, a veces un poco distantes o en otros barrios, y los dejamos ahí para cargar. Con eso, sobrellevamos las noches infinitamente calurosas”.
El historiador cocina con leña porque, en su área, los sacos de carbón pueden llegar a costar 2.000 pesos. La leña es un poco más barata y con cinco trozos se garantiza, al menos, el almuerzo. De lo contrario, va hasta la vega del río con un hacha, a cortar troncos.
“Es la realidad que nos toca vivir, y uno trata de sobrellevarla de la manera más estoica posible (…) otra alternativa no tenemos”, señala. “Los que vivimos en circuitos que no tienen ningún objetivo que le interese al gobierno proteger, prácticamente somos marginados de ese acceso a algo que es tan básico en cualquier lugar del mundo”.
Miriam relata la historia de un vecino cuya única hija, militar de profesión, cruzó fronteras hasta llegar a Estados Unidos. Y, a través de ella, reciben dinero y alimentos. “Aquí no hay igualdad”, sentencia.
Desde su hogar en Sancti Spíritus, Alejandra está consciente de que hay lugares en el país donde los apagones son incluso “mucho, mucho más largos”. En términos de horas de luz, la geografía también pesa.
Mientras tanto, la transición energética impulsada desde las altas esferas —donde lo renovable se mancha de desigualdad— parece abrir paso a soluciones individuales para un problema colectivo. Los paneles solares, esos rectángulos oscuros que alguna vez parecían una promesa de futuro, dibujan sobre los techos una nueva cartografía de un país a oscuras.








