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Hu Shuli en China: ¿Alma Mater en Cuba?

Ilustración: EMII.

Juan Carlos Calahorra, realizador de cine, ambientalista y editor, contó que en las protestas del 11 de julio de 2021 en La Habana vio a un señor de gorra de béisbol de unos 50 años gritar “¡¿dónde está el pueblo, dónde está el pueblo?!”, pero nadie le dijo “aquí estamos”, o “aquí estoy”. El “nadie” se refiere a las decenas de personas que presenciaban a los inconformes.

Su llamado desentonaba con el entorno. En la gestualidad del señor, Juan Carlos notó un ánimo incendiario. Parecía el portador de un elemento químico capaz de generar reacción dentro de una mezcla que no encontraría el “cambio de estado” por sí sola. Juan Carlos lo identificó como un agente de la Seguridad del Estado o miembro de las brigadas de choque que el Gobierno hace vestir de paisano y provee de palos, alambres y herramientas caseras, para asociarlos a personas-de-pueblo-que-defienden-el-socialismo y no a autoridades policiales o militares armadas hasta los dientes.

El llamado del señor de la gorra significaba “¿dónde está el pueblo que nos ayude a reprimir al no-pueblo?”, acotaba Calahorra en la entrevista que concedió a Periodismo de Barrio luego de ser liberado. Esas protestas populares sacudieron a la capital y a toda Cuba por primera vez de forma masiva en más de sesenta años.

Sería difícil creer un testimonio que pinte a Juan Carlos como peligroso. Viste con colores apagados o mate. Su rostro es simétrico, como si un hemisferio se reflejara en el otro. Usa unas discretas gafas de miope leve que hacen recordar al seminarista más aplicado de la clase. Es de baja estatura y brazos tan cortos que le cuelgan de los hombros como vainas. Lo único robusto en él son unas pantorrillas que servirían, en cualquier caso, para poner pies en polvorosa.

Aquel día le acompañaban varios cineastas más. No llevaban un neón en la frente que dijera “cineastas”, pero sí eran, como Juan Carlos, personas pacíficas y de perfil intelectual. Caminaron hacia el edificio del Instituto Cubano de Radio y Televisión para pedir transparencia e imparcialidad informativa y hacer un llamado a la no violencia. Desde el 27 de noviembre del año anterior se habían emitido campañas de desprestigio contra jóvenes que reclamaban un espacio de libre expresión. Por eso, luchar por ganar horizontalidad en los medios de difusión masiva había sido un tema de escarnio, un punto en el intercambio en redes sociales.

Es posible que pidieran estas reformas a sabiendas de que era un imposible. El Partido Comunista nunca ha permitido horizontalidad alguna. Las consignas que gritaron los allí reunidos parecían solo destinadas a provocar, a romper con una razón monolítica.

Juan Carlos y el resto ya conocían que la policía había comenzado a reprimir, que el presidente del país había hecho un llamado a tomar las calles y que la compañía de telefonía estatal que gestiona la Internet había cortado el servicio para los móviles cuando las fuerzas represivas llegaron al lugar. Él y tres de sus amigos se tomaron de las manos como niños y subieron por la calle 23. Un rato después a Juan Carlos no le sirvieron de nada las pantorrillas. Un agente vestido de civil se le abalanzó y él mismo, para evitar la violencia, entró en la patrulla que lo condujo como un no-pueblo hacia una cárcel junto con otros manifestantes.

En febrero de ese año había ocurrido otra manifestación que no fue despejada a golpes y calabozo, pero casi. Unos veinte protectores de animales (la mayoría mujeres) vestidos de negro imprimieron en tinta negra varios carteles con la consigna “¿Dónde está la Ley de Bienestar Animal?”. Luego se pararon mudos frente al Ministerio de la Agricultura (Minag) en La Habana. No hacía falta gritar para que su presencia allí fuera escandalosa. No demoró en aparecer un agente de la policía política cubana. Empujó a uno de los participantes y detuvo de forma violenta a un periodista independiente que cubría el evento.

Los activistas pedían la aprobación de una ley de protección animal que había sido postergada, pero los trabajadores del Minag les respondieron gritando consignas patrióticas. Los animalistas eran vistos como “violadores de la patria”. Un nervioso funcionario salió del edificio y los invitó a pasar a un salón de reuniones.

A propósito de esta protesta, el periodista, profesor universitario y activista político José Raúl Gallego observó desde su muro de Facebook que entre lo más significativo del hecho estaba el haber ejecutado “el derecho ciudadano a manifestarse públicamente para exigir la atención de las instituciones que deben servirles”. Para Gallego, “si los animalistas no se hubieran plantado con sus carteles frente al MINAGRI (sic), esta reunión no hubiese ocurrido”.

El 27 de noviembre de 2020 unas 300 personas, artistas en su mayoría, se concentraron frente a la sede del Ministerio de Cultura para reclamar el trato justo y la libertad de unos activistas, escritores y artistas del Movimiento San Isidro (MSI) que habían sido apresados durante una huelga de hambre. La policía cerró el perímetro, limitó la afluencia de participantes rociando gas pimienta, cortó la corriente eléctrica del circuito y dispersó agentes entre los que se manifestaban, algunos de los cuales promovieron sin éxito la violencia. Los reclamantes recibieron acusaciones y amenazas tal como los acuartelados del MSI: fueron presentados como mercenarios, agentes de potencias extranjeras, anticubanos. La prensa oficial reportó que esa noche alguien había apedreado un comercio cercano y asoció la protesta pacífica con la amenaza de caos y vandalismo que atentaba contra la seguridad del pueblo.

En agosto de 2019 se daría otro episodio de descontento. Un grupo de usuarios de Snet, comunidad privada para el intercambio de datos y juegos virtuales en línea, salió a hacer público su desacuerdo con una regulación del Ministerio de las Comunicaciones. Esta significaba el desmantelamiento de un sistema de transmisores y receptores que ellos habían creado de forma casera. La red había crecido tanto que se expandía por casi toda la ciudad.

El 11 de mayo del mismo año una manifestación independiente contra la homofobia y la transfobia ocupó titulares en importantes diarios del mundo. Luego que el Cenesex, institución del Ministerio de Salud Pública que organiza cada año la “conga por la diversidad”, decidiera suspenderla alegando un marco internacional complejo para Cuba, muchos activistas dijeron que no necesitaban de la institución y salieron a marchar en ejercicio de su agencia. La policía disolvió el evento maniatando y deteniendo a jóvenes, pegando bastonazos. En los días posteriores, persiguió y acosó a varios de los que habían participado en la marcha.

Juan Carlos y sus amigos, los activistas pro animales, los gamers y las personas de la comunidad LGBTIQ+ encajaban como no-pueblo no solo porque estaban en desacuerdo con políticas de censura, prohibiciones y falta de transparencia del Gobierno, sino porque protestaban, fiscalizaban, se desprendían, dejaban de ser parte del cuerpo estatal y se volvían un otro autónomo, iniciativa inadmisible en el territorio cubano.

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El 3 de junio de 1989, desde que aclaró el día hasta la noche, en las calles de Beijing se escucharon disparos. Hu Shuli, periodista del Diario de los Trabajadores, vio la represión perpetrada por soldados contra los manifestantes que habían tomado la plaza Tiananmen.

Las imágenes nocturnas del suceso son confusas. Hay una mezcla de participantes y soldados. Los manifestantes parecen curiosos, y viceversa. No se sabe de inmediato quiénes conforman los bandos. Un cubano que presenciara la escena habiendo vivido el 11 de julio podría asumir que hay agentes vestidos de civil, y que entre los estudiantes hay infiltrados dispuestos a provocar más represión o que las protestas suban el tono.

Aunque Hu Shuli pensó “tendríamos que informar sobre esto”, el periódico donde trabajaba no publicó una sola palabra. No obstante, ella también fue parte de las protestas como varios de su gremio. Los periodistas en los medios de prensa de Beijing no disimularon que estaban a favor de los manifestantes, no tenían que guardar las apariencias. Se estaba “cayendo el sistema”, el sentido común parecía ir en una sola dirección: contra el Partido Comunista.

Después del 4 de junio, y sofocadas las protestas, Mao Di, esposo de Hu Shuli, creía que se la llevarían presa. Era evidente que algo le tocaría en el ajuste de cuentas si se iniciaba una contraofensiva. ¿Una condena de cárcel, a trabajos forzados; una grave acusación de espionaje? Habían vivido la Revolución Cultural y sus purgas, ¿por qué esperar algo menor? A los reporteros que publicaron noticias sobre la represión los expulsaron de sus medios de prensa o los desterraron a provincias del interior. A Hu Shuli, en cambio, la sancionaron a un año y medio fuera del periodismo.

Cumplido este plazo, Hu fue nombrada jefa de temas internacionales del China Business Times, revista pionera en temas económicos, un campo que el Partido Comunista Chino (PCCh) se enfrascaría en separar de lo político, sobre todo a propósito de Tiananmen. A la altura de 1992, Deng Xiaoping, con más de 80 años, relanzó su política de desarrollo económico. Su proyecto había quedado en pausa a consecuencia de las protestas, pero él tenía fuerzas y convicciones todavía para guiar y enfrentar a los radicales de derecha e izquierda dentro del Partido.

En este periodo, y como parte del fogueo reporteril, Hu Shuli dio con un grupo de hijos de altos funcionarios que habían estudiado en universidades estadounidenses y regresaban para organizar el mercado bursátil chino. Instalaron sus oficinas en un hotel de Beijing. Hu los visitaba a menudo para conseguir primicias. Entre ellos conoció a un futuro miembro del Politburó, uno que sería director del fondo soberano China Investment Corporation y otro que llegaría a dirigir el Banco Central de China.

En 1998 Wang Boming, del grupo del hotel, quiso fundar una revista. Era hijo de un exembajador y viceministro de Asuntos Exteriores. Había estudiado una maestría en administración pública en Columbia University y trabajado como economista en el departamento de investigación de la Bolsa de Nueva York. Cuando le propuso a Hu Shuli ser directora de la nueva publicación, ella le devolvió dos condiciones: no haría promoción de sus negocios y el proyecto debía arrancar con un presupuesto alto. Pensaba en salarios que cubrieran las necesidades de sus reporteros y no los obligaran a envilecerse aceptando sobornos. Quería que su equipo de periodistas fuera fiel a la profesión.

Esto, que parece una verdad de Perogrullo, no iba con el espíritu de los tiempos. La corrupción era un mal que había prosperado a la par que la economía. Con las reformas, el concepto de virilidad ligado al sacrificio comunista se había transformado y asociado a encontrar el máximo beneficio económico, el consumo y la acumulación de riquezas. En el periodismo se verificaba el mismo cinismo que podía hallarse en la economía.

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Tres días después del arresto de Juan Carlos y de miles de manifestantes en toda Cuba, la revista oficial Alma Mater (A. M.) publicó en su página web el texto “Cinco claves para entender la situación de Cuba hoy”. El artículo proponía responder las siguientes preguntas: “¿Cómo derivaron los acontecimientos de los últimos días en estos sucesos?”, “¿cuándo y dónde se originaron?” y “¿por qué exactamente?”. Cada clave se enuncia en números romanos y en párrafos cortos sin ingenio ni ironías ni énfasis.

– La clave número uno expone la compleja situación en la provincia de Matanzas, donde los centros hospitalarios colapsaron y los casos de COVID-19 superaron el nivel de respuesta de las instituciones médicas. Hubo saturación de los servicios, asfixias por falta de oxígeno, falta de camas y medicinas, muchos fallecidos y, por consiguiente, un estado de opinión exaltado contra la gestión del Gobierno.

– La segunda declara la existencia de una matriz de opinión, armada en redes sociales, solidaria con los pacientes de Matanzas pero contraria al Gobierno cubano, la cual insiste en promover una intervención humanitaria en Cuba.

– La número tres cita declaraciones de Bruno Rodríguez Parrilla, ministro de Relaciones Exteriores, quien acusa a enemigos de la Revolución de organizar y financiar la campaña #SOSCUBA desde una empresa radicada en Miami, donde reside la oposición histórica al Gobierno cubano. Se apoya en un informe elaborado por un observatorio contra la creación de noticias falsas en Internet, que había denunciado semanas antes movimientos anormales y manipulaciones de opinión en las redes sociales. Entre ellos, la creación en 24 horas de 1500 perfiles de Twitter que usaban la etiqueta #SOSCUBA.

– La cuarta clave refiere que San Antonio de los Baños “fue el primer sitio desde el que se informaron protestas, el domingo 11 de julio”, por cortes de energía eléctrica, falta de medicamentos y otras formas de escasez. Enumera una serie de asentamientos donde estas se replicaron. Menciona saqueos de tiendas, detenciones, destrucción de autos de instituciones gubernamentales, enfrentamientos entre autoridades y población. En este punto se podría leer un esfuerzo por no juzgar a ninguna de las partes. No hace mención de la brutalidad policial. Se hace énfasis, no obstante, en la existencia en redes sociales de incitadores de disturbios e incluso de un magnicidio, así como de un ambiente de in-gobernabilidad que procuraba una intervención extranjera.

– La quinta aborda la respuesta política del Gobierno. El presidente Miguel Díaz-Canel se personó en San Antonio de los Baños y en horas de la tarde hizo una comparecencia televisiva ante el país donde acusó a los Estados Unidos de estar detrás de las protestas. El redactor cita a Díaz-Canel cuando caracteriza a los manifestantes. Para el presidente, eran “personas de pueblo que están viviendo parte de las carencias y dificultades, lo hicieron personas revolucionarias que pueden estar confundidas y que puede que no tengan todos los argumentos o que estaban expresando sus insatisfacciones”.

No hay aquí tesis nueva ni riesgo. La clave número cuatro deja leer una tensión: no llama vándalos a los manifestantes, pero ello no constituye un indicio inequívoco de autonomía periodística. Si el presidente fue cuidadoso al no caracterizarlos para no indignarlos más, su punto de vista se tomó, según lo acostumbrado, como pauta oficial.

Cuando el editorial habla de las causas del 11 de julio reproduce el arquetipo tradicional de los medios oficiales: culpar a los Estados Unidos y adelantarse a revelar una posible intervención extranjera. Si observamos la red social Facebook, en específico la página de Alma Mater, encontraremos a varios usuarios, sobre todo oficialistas, celebrando que hubiera audacia en la cobertura.

¿En qué consistía esta audacia? ¿En reportar lo que estaba sucediendo en las calles sin esperar la voz de mando, aun cuando el punto de vista no se alejara de aquel que promovía la versión oficial? Digamos que eran “movimientos” en un tapiz congelado, que podían captar solo expertos. Una experticia basada en la buena fe.

Ante tal celebración, la oposición sonreía con sorna. Desde el punto de vista más crítico se dijo que eran movimientos en falso, que resultaba ingenuo e incluso servil a la tiranía pensar que algo estaba cambiando. El poder quería dar la sensación de transparencia, un amago democrático, indicios de que eran capaces de escuchar a las masas. Por tanto, el comportamiento de A. M. revelaba un frío cálculo.

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Zhang Yimou, director de cine con una obra sólida, premiada y aplaudida en varios festivales del mundo, filmó ¡Vivir! tres o cuatro años después de las protestas de Tiananmen. Extrajo su argumento de una novela y estrenó la película en Cannes en 1994. Recrea las dificultades que enfrenta una familia en grado cero: sin ideología, sin fueros revolucionarios ni reaccionarios, durante las duras campañas de Mao Zedong. Esto es, gente que nació en China como mismo pudo haber nacido en Australia o Perú, que aspiraba a encontrar la felicidad y a cuidarse unos a otros como única meta o vocación.

El protagonista de la narración se llama Xu Fugu. Es el vago, irresponsable y mimado producto de una familia de terratenientes venidos a menos. Empeña las propiedades de su estirpe apostando en mesas de juego y lo pierde todo, desde la casa hasta el mobiliario. Son desalojados y se van a vivir a una pocilga. Su esposa, harta de él, lo da por incorregible y lo abandona, pero es una buena mujer y con sus hijos se lleva a la suegra.

Esta cadena de fracasos hace a Xu Fugu más consciente del valor de su familia y se vuelve titiritero para ganarse la vida. La tragedia de haber perdido las propiedades en el juego, vaya pobre paradoja, resulta un golpe de suerte a su favor. Triunfan las tropas de Mao Zedong y este lanza una cruzada contra los propietarios de inmuebles que se niegan a cooperar con la revolución comunista. El sujeto que había embargado las propiedades de la familia de Xu paga las consecuencias de haberse hecho terrateniente de la noche a la mañana: los revolucionarios lo apresan y condenan a un fusilamiento público. Xu ve cómo conducen al sujeto que había ocupado su lugar. Al sentir las cinco detonaciones se orina de terror.

En 1958 Mao Zedong lanza su campaña conocida como Gran Salto Adelante. Pretendía producir suficiente acero para colocar a China a la par de Inglaterra en un plazo acelerado. Nadie ni nada se salva de participar. Deben donar sus cazuelas para ser fundidas, pues se trata del comunismo. Se ha superado la cocción doméstica y se comerá de forma gratuita y abundante en comedores públicos. Todo se colectiviza y ello se asume como un logro, pero quien se niegue puede ser juzgado y ejecutado, como aquel pobre nuevo terrateniente, por “capitalista”.

Un día la familia debe llevar a trabajar a sus niños a la fundición. El hijo de Xu Fugu, al sentirse agotado, se queda dormido, le cae encima una pared y muere. Xu Fugu y su esposa la toman contra el que provocó el accidente, un viejo amigo de ellos. El espectador, que no está bajo la influencia de aquellas doctrinas, de la presión política entre alegre y terrorífica de la época, a quien culpa es al Gran Salto Adelante y a Mao.

Años más tarde la hija de Xu Fugu queda embarazada. Son los días de la Revolución Cultural, otra idea de Mao. Los jóvenes acusan a los viejos de ser portadores de ideas reaccionarias y burguesas. Llevan a la joven al hospital, el niño nace sin problemas, pero de repente las estudiantes de medicina y enfermería que asisten a la madre primeriza no saben cómo tratar una hemorragia y terminan matándola. Aunque Xu Fugu se culpa de haber sido torpe en la gestión de buscar a un viejo doctor expulsado del hospital por reaccionario, el verdadero culpable para el espectador es Mao y su Revolución Cultural.

¿Por qué Zhang Yimou hace una película así? Habla de un sujeto que se siente fuera de la narración histórica de aquel momento. Este sentimiento no lo convierte en un disidente, ni en miembro de una clase social. Xu pertenece más bien al género de personas que abrazan la causa “revolucionaria” no porque quieran cambiar el mundo sino porque buscan su felicidad, y esta búsqueda trasciende cualquier sistema político. El principal objetivo de Xu Fugu será vivir en paz con su familia, a la que se ve impulsado a proteger durante décadas. Solo cuenta con sus títeres, su voz y una alegría vital que le permite ser resiliente.

Zhang Yimou parece señalar en la familia de Xu Fugu, expropiada pero lista para hacer borrón y cuenta nueva, el motor de la China que desea, una clase media volcada hacia sí misma, hacia el confort. Personas que viven su vida y no la vida ajena del caudillo, el proyecto del genio en el poder. El director reivindica el vivir a secas, la gloria de la felicidad en familia, y es duro en su ataque al colectivismo como despojo.

La película fue prohibida en las salas de cine de la China continental por las críticas que hacía a la gestión de Mao. Su título esconde una tragedia, sugiere cuán difícil resultaba estar vivo en aquellos días, cuán poco dueños de sí eran los ciudadanos chinos y cuán pesadas y hasta mortales resultaban las ideas que prometían traer el paraíso a la tierra. Todo el filme es un reflejo de la Revolución cubana. Incluso la presencia de un enemigo externo, en este caso Taiwán, a donde se había mudado la oposición anticomunista. Los obreros de la fundición sueñan con bombardear aquella isla usando balas que fabricarían con el hierro que obtienen de fundir sus cazuelas.

En la escena final, Xu Fugu le dice a su nieto, luego de pensarlo, que el futuro está en la felicidad y prosperidad del hombre. Lo último que había hablado con su pequeño hijo antes de morir durante el Gran Salto Adelante fue lo contrario: que el futuro de todos estaba en el comunismo. Su nueva visión de futuro alude a la gestión de Deng Xiaoping, que había incorporado a la fórmula comunista el sentido de desarrollo y prosperidad material. Aunque por las canas de Xu Fugu y su esposa se insinúa que ya ha muerto Mao, esta frase no recrea la ideología de aquella época, sino la que rodea a Zhang Yimou en 1994. El imaginario que impulsó las protestas de Tiananmen se autorretrata en ¡Vivir!: sus simpatías y antipatías, sus heridas y fantasmas. En general, el filme contiene situaciones y personajes muy cercanos a los que vive un cubano. Es la historia del fracaso y escarmiento masivo de una sociedad que se había negado a sí misma.

Aquel año de 1994 se estrenaron en el mundo otras dos exitosas películas que reflejan idéntico agotamiento: Fresa y Chocolate (Cuba) y Quemado por el sol (Rusia).

Fresa y Chocolate, de Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío, aborda de forma constructiva y conciliadora la represión contra homosexuales durante la Revolución. La película está cruzada por el espíritu de intolerancia y pobreza de una Habana gris, llena de derrumbes y delatores. El Gobierno cubano maniobró de modo similar a su par chino: prohibió el filme en televisión durante décadas y restringió al mínimo su proyección en cines. Las salas cinematográficas se repletaron de militantes del Partido Comunista, que asistían más como fuerza de choque que como espectadores.

Quemado por el sol, de Nikita Mikhalkov, narra una historia de delaciones y revanchas personales bajo la sombra del terror que instaló Iósif Stalin en Rusia. Un veterano de guerra es arrestado bajo una extraña acusación. Quien va a cumplir la orden es un viejo “amigo” suyo. Durante el arresto, ambos se acusan de haber usado el poder para llevarse a la mujer amada, la bella esposa del veterano. Más adelante este será ejecutado en una de las purgas que ordena Stalin. El “amigo”, que funge como agente de la policía política, siente asco al descubrir que es parte de aquel mecanismo monstruoso y se suicida. El estalinismo, el comunismo real, es presentado como un dispositivo en degradación terminal.

Si tres ciudadanos descontentos de los países respectivos vieran los tres filmes sentirían cercanía entre ellos. Son mensajeros de la misma experiencia relativa a los efectos: el estar expuesto al sol de la burocracia, el colectivismo, la delación, la angustia de un individualismo que no prospera, que se juzga y se culpa una y otra vez para expulsar el mal de sí.

Tal parece que el hombre nuevo en el comunismo es derrotado por fuerzas externas, por los altibajos del Estado ante los ataques de sus enemigos. Pero podría ser lo contrario, un asunto más doméstico. El hombre nuevo es un ideal empobrecido por ese Estado que en la práctica es apenas una recreación del idealismo de un puñado de hombres cada día más ancianos y aferrados al poder. Convierten su modelo de individuo en un sujeto ideal estrecho vencido por sí mismo, por la falacia que lo constituyó, por una debilidad o fortaleza que no es más que su espíritu en evolución y expansión.

Como narraciones, estas películas no presentan cuerpos viriles tonificados por el proyecto y dogma científico del comunismo, sino su opuesto. El individuo derrota a las fuerzas que le son externas y eso le impide ser el hombre nuevo. Parece una figura de cera expuesta al calor, como un retrato de Antonia Eiriz: rostros y cuerpos que se derriten por la energía destructora de una contienda cuyo sentido real será agotarse sin llegar a nada.

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La primera pregunta de las “Cinco claves para entender la situación de Cuba hoy”: “¿Cómo derivaron los acontecimientos de los últimos días en estos sucesos?”, conectaba las protestas del 11 de julio (“estos sucesos”) con los “acontecimientos de los últimos días”. A saber por el texto, los acontecimientos eran dos a la vez: los causados por la crisis asistencial que generó la pandemia en la provincia de Matanzas y las protestas de San Antonio de los Baños.

En la pregunta quedaba dicha ya una parte importante de la respuesta. Sin embargo, el medio de prensa habla en estos términos: “Con insatisfacciones legítimas por parte del pueblo, como reconociera el propio presidente del país, Miguel Díaz-Canel Bermúdez, la génesis de las protestas radica en algo más que la acumulación de frustraciones”. La expresión “algo más” aludía a la campaña mediática contra el Gobierno articulada en redes sociales. Y el alcance de la “acumulación de frustraciones” se constriñe a Matanzas (clave número 1: emergencia sanitaria) y San Antonio de los Baños (clave número 4: malestar por cortes de energía, falta de medicamentos, “así como otros factores asociados a la escasez”).

Podría esperarse que, de resolverse estas frustraciones, se extinguiría el malestar popular generalizado. Una operación retórica como esta equivale a que un historiador afirme que las causas de la Primera Guerra Mundial fueron el atentando al archiduque Francisco Fernando de Austria en Sarajevo y no las tensiones imperialistas que venían creciendo en Europa. El redactor buscaba restringir y despolitizar el alcance de las protestas.

El pistoletazo inicial, las protestas de San Antonio de los Baños, fue relegado a un cuarto puesto entre las claves. Comenzar con él generaría una sensación de acumulación abstracta de irrespeto a la autoridad, abstracción solo comprensible si el mal es de larga data. Las consignas en la calle (insultos al presidente, gritos de “libertad” y “abajo el comunismo”, apropiación de lemas de la izquierda continental —de la cual Cuba es abanderada— como “el pueblo unido jamás será vencido”) eran síntomas de una polarización política más profunda.

Es probable que sin las condiciones generadas por la pandemia no hubiera ocurrido un 11 de julio; sin embargo, hay en el imaginario nacional un desgaste acumulado, asociado al deseo de mejorar según el esfuerzo propio. Cada generación nacida dentro de la Revolución ha visto el modo en que la calidad de vida se va depauperando. Hay una separación entre la capacidad que el individuo cree tener para agenciárselas con éxito y la fallida gestión de un Estado que ni hace por la sociedad (porque es incapaz con su base económica y sus dogmas) ni deja hacer.

Sean o no culpa directa del embargo estadounidense las dificultades que han pesado por décadas, son un hecho tanto como las férreas restricciones económicas que el Estado cubano ha impuesto a su población. Estas causan, precisamente, la impotencia, frustración y desesperanza que el Gobierno del norte planificó desde el principio. Así que el Gobierno cubano se ha ajustado como la “fruta madura” a la hoja de ruta de su enemigo. Lo que la propaganda del Partido Comunista ha logrado exportar: que el “bloqueo norteamericano” nos impide desarrollarnos, tiene una reapropiación o equivalencia en el imaginario popular. Las personas le llaman “bloqueo interno”. El editorial no habla de ellas. Este pasar por alto pudo ser fruto tanto de estrechez de miras luego de una educación deficiente o adoctrinada, como de autocensura.

Podríamos establecer que el redactor de Alma Mater trabajó sobre la distinción que hace Leo Strauss entre enseñanza exotérica (pública) y esotérica (secreta). Strauss considera que es importante detenerse en ello para comprender el pensamiento de una época. La práctica de decir solo lo que conviene, según las circunstancias imperantes en el momento de decirlas, hace que el pensamiento de un periodo histórico no se revele tal cual es. El autor judío-alemán sugiere en Enseñanza exotérica que la distinción exotérica/esotérica florece donde hay un dispositivo de poder acechando y ordenando. Allí donde la persecución es más acentuada será más amplia la distancia entre ambas educaciones.

Si Platón dice que el hombre vive como en el fondo de una caverna, y que las cosas que percibe son meras sombras y no las cosas reales, Strauss agrega: “el principiante es un hombre que no ha salido aún, ni por un instante, de la caverna, y que no ha apartado los ojos de las sombras proyectadas por cosas fabricadas por el hombre hacia la salida de la caverna, mientras que el filósofo es el hombre que ya ha salido de la caverna y que (si no se le obliga a hacer lo contrario) vive fuera de ella, en «las islas de los bienaventurados»”.

El redactor de Alma Mater calculó el impacto que podría tener su editorial en los lectores y en las autoridades, así que la finalidad de sus “claves” no fue salir de la caverna ni crear filósofos, sino alimentar a los principiantes y a las autoridades políticas censoras. El censor es una especie de guardián, sabe lo que es necesario callar, promueve la omisión, ya sea porque el contenido omitido le parece extraño, o porque conoce el problema y la conveniencia de no divulgarlo. El censor erige la realidad necesaria aun cuando sea una verdad a medias o una falsedad.

Días después del artículo, Alma Mater publicó una serie de entrevistas a intelectuales de diferentes campos de las ciencias sociales y la economía, quienes afirmaron que las causas de las protestas se remontaban a tensiones incubadas desde antes. A partir de las reflexiones de Strauss se podría afirmar que estas entrevistas estaban destinadas a “filósofos” y no a “principiantes”, a diferencia de las “Cinco claves…”, escritas para un público cuya inteligencia “no se basa en la intuición sino en las costumbres o las leyes”, más susceptible de creer en “sombras proyectadas”.

Esas entrevistas fueron los trabajos más arriesgados que hizo la publicación acerca del 11 de julio. Sus análisis no obviaban las sanciones estadounidenses contra el Gobierno cubano, pero las tomaban como escenario por defecto, condiciones que siempre van a estar ahí, como el agricultor que debe concebir su cultivo en la falda inclinada de una montaña o en un campo repleto de piedras (idea no muy lejana a lo que piensa el ciudadano común en Cuba). Para estos especialistas, las protestas tuvieron relación con un desgaste en el cuerpo social. El alto nivel de prohibiciones que sostiene el Gobierno comunista sobre su sociedad y la desconexión de los dirigentes con la base popular estaban pasando factura.

Las consignas con palabras obscenas, los mueras al comunismo y los gritos de libertad surgían de un hartazgo. No eran académicos los que recorrían las calles durante esa jornada, pero la indignación estaba más relacionada con las explicaciones que ofrecían aquellos señores dedicados al pensamiento y la investigación a través de datos empíricos que con el editorial de Alma Mater. Era muy posible que los manifestantes asintieran al leerlos.

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¿Qué sucedió en el imaginario chino después de Tiananmen? A seis años de aquel suceso se hace una película como Vivir y esta es censurada. En 1998 Hu Shuli inaugura su revista independiente Caijin. El nombre significa “economía y finanzas”, lo cual quiere decir “no nos meteremos en política”. Esta promesa implícita parece una tapadera políticamente aséptica para poder penetrar en la realidad del país y hacer periodismo. La sociedad se va incorporando más y más al proyecto de Deng, la economía va delante y la política al lado del Partido Comunista.

El 15 de enero de 2005 murió sin repercusión alguna Zhao Ziyang, quien fuera primer secretario del PCCh durante las revueltas estudiantiles de 1989. Zhao fue destituido por su conducta comprensiva hacia los estudiantes, se le acusó de blando y permisivo. Con su remoción concluyó una época de duda sobre cómo conducir en pareja a esos bueyes que son la economía y la política. La ola represiva que siguió a su separación del cargo y fue orquestada por los vectores más conservadores de la dirigencia comunista.

El silencio que veló la muerte de Zhao no debería pasarse por alto, porque las protestas de Tiananmen fueron provocadas por la muerte de Hu Yaobang, dirigente que ocupó el mismo puesto y fue tan liberal como Zhao Ziyang. ¿Por qué el deceso de dos hombres removidos del mismo puesto en el lapso de dos años, por la misma conducta liberal, no tuvo igual repercusión? Creemos que el entender esta diferencia podría acercarnos al espíritu de la época anterior y posterior a los sucesos de Tiananmen.

Zhao había ingresado en la Liga Comunista Juvenil en 1932 y en 1938 obtuvo su militancia en el PCCh. Siguió en activo durante la guerra civil que ganó Mao en 1949. Dos años después estuvo a cargo de la reforma agraria en la provincia de Guangdong y sus resultados le valieron ser promovido como cuadro. En 1967, durante la Revolución Cultural, fue detenido en plena calle y acusado de revisionista. La Guardia Roja lo obligó a renunciar a todos sus cargos y su imagen no fue rehabilitada hasta 1971.

En 1975, a petición de Deng Xiaoping, Zhao Ziyang es designado como primer secretario del Partido Comunista en Sichuan, una de las provincias con más habitantes de China. Allí supervisó reformas económicas exitosas. Tiempo después, Deng lo colocó al frente del PCCh como un agente necesario contra el conservadurismo, pero, tal como su antecesor Hu Yaobang, no hizo una interpretación tranquilizadora de la doctrina de los cuatro principios que debía regentar la nueva era de remonte.

En los años de reclusión domiciliaria bajo vigilancia a las afueras de Beijing, jugó al golf, recapituló y grabó de forma secreta unas cintas de audio que salieron de imprenta cuatro años después con el título Prisionero del Estado. Diario secreto del presidente Zhao Ziyang. No sabremos nunca si Zhao aceptó ese título, pues el texto no es beligerante, no lleva el tono de un disidente sino el de un militante al que le gustaría hacer algo por arreglar las cosas. Su necesidad de hacer públicas estas memorias fue inferida por quienes llevaron a término el proyecto. Se publicó en Hong Kong, no en China.

Por decisión del editor, el libro comienza con las notas sobre Tiananmen, pero desconocemos el orden que Zhao dispuso. La cautela que tuvo por salvar las grabaciones creando un puzle de amigos que las sacaban de su residencia vigilada, más su silencio sobre cuándo o cómo publicar un texto con estas memorias, son indicios de ansiedad y tensión. Por momentos pareciera que concibió las memorias con culpa, cual mensajes en botellas que fue liberando solo por si llegara a haber necesidad de unirlos como piezas en la posteridad. Este cuidado por no importunar o no sobresalir nos hace pensar en una duda de Zhao sobre su lugar en la historia. ¿La poca repercusión de su muerte tuvo relación con su personalidad, o con un cambio en el norte político de la sociedad china?

Analicemos qué diferencias existían entre Zhao Ziyang y Hu Yaobang. Hu Yaobang, exprimer secretario del PCCh que falleció por un ataque al corazón (hecho que movilizó a los estudiantes hacia Tiananmen), había logrado revertir numerosos casos de persecución injustificada después de los años de Mao. También defendía el plan de reformas y era incorruptible. El tema corrupción vs. moral comunista era álgido por aquellos días, y a Hu Yaobang se le veía como un faro, un arquetipo de honradez. Zhao no tuvo la misma suerte. Confiesa en su diario que sobre él pesaban incluso acusaciones de corrupto, referidas al rápido ascenso de un hijo suyo como empresario y a la desviación de un tren de fertilizantes hacia su provincia natal. Zhao era un hombre atormentado por las dudas, acaso por la culpa.

Dentro de la población había descontento por la degradación que sufrió Hu Yaobang en 1987. Asimismo, por la campaña contra la liberalización burguesa que se inició aquel año y cuya conclusión era una de las principales demandas de los estudiantes, pues recordaba la Revolución Cultural y los tiempos represivos de Mao. La campaña fue leída por los intelectuales como una nueva operación contra el ya impostergable progreso. El progreso (salir del hambre, la pobreza, incorporarse al mundo moderno) fue nuevamente frenado, anatemizado.

Se habían ralentizado o paralizado las reformas económicas y políticas prometidas. La expectativa popular hacia el cambio se sentía traicionada al menos en una parte importante de la población urbana que sufría inflación y pobreza (mientras que el sector campesino gozaba de cierto auge económico).

En el libro hay pasajes donde Zhao se detiene a liberar de responsabilidad a Deng Xiaoping por el uso de la fuerza en Tiananmen. Sea cual fuere el móvil de esta conducta (miedo a que las grabaciones fueran destruidas, respeto ante la causa anticapitalista), se advierte que en Zhao habla un hombre fiel, que sacrifica mucho de sí por evitar que el caos se cierna sobre China. Si se acopiara su sentido de pertenencia y su fidelidad a Mao durante años y, por tanto, la ansiedad, la tensión y la culpa que esta educación sentimental le generaba; si todo ello se trasladase a una parte importante de la población, también se podría intuir por qué la muerte de Zhao en 2005 no tuvo más repercusión, transcurrió sin pasión y sin reproches.

El silencio que rodeó su muerte es relevante, además, porque en él colaboró el control que ejerce el Estado chino sobre la propaganda y el imaginario colectivo. El Gobierno apagó el hecho, y al hacerlo dejó su recordación en manos de quienes pudieran revivirlo. Quienes lo recordaron, ¿lo juzgaron y perdió interés para ellos? Quienes lo evocaron como un justo, ¿se sintieron solos o con miedo a las consecuencias represivas que les traería manifestar su adhesión públicamente? Tal silencio no deja de ser un acontecimiento. ¿Había ya lo necesario en China: cierto estado de bienestar, cierta prosperidad basada en el trabajo y el esfuerzo individual, aunque no fuese democrática, para que en las multitudes aquellas brazas de rebeldía se apagaran?

La mudez colectiva ante la muerte de Zhao hace pensar también que los chinos habían menospreciado al Partido Comunista tanto en lo político como en lo económico.

Volvamos al 19 de mayo de 1989. Zhao Ziyang, primer secretario del PCCh y una de las principales cabezas reformistas de esos años de euforia política y aceleración, se baja del auto y llega a donde acampan los estudiantes. Allí les ruega que se retiren a sus casas. Los estudiantes no obedecen, lo ignoran. Zhao está jugando su última carta, tratando de hacerle ver al PCCh que él tiene razón y que los jóvenes son manejables, pero termina llorando ante las cámaras de televisión que reportan para el mundo entero.

Por esos días unos embajadores de la Comunidad Económica Europea asistieron a una recepción oficial. La presidió un alto funcionario chino que había estado cerca de la toma de decisiones durante las protestas. Los extranjeros se mostraron curiosos por saber el motivo de la reticencia a reprimir las manifestaciones. Eugenio Bregolat, diplomático español allí presente, narra que el alto funcionario se mostró esquivo. En vez de responder, devolvía preguntas sobre cuál era la visión de sus colegas sobre el mismo asunto. ¿Evitaba dar información o buscaba acopiar información? Ya más en confianza, el funcionario contó que Zhao no había asistido a la reunión donde se decidió imponer la ley marcial sobre los estudiantes de Tiananmen porque “estaba enfermo”. Bregolat infirió que a Zhao lo habían despedido del cargo y sustituido por una coalición de facto donde Deng Xiaoping era la máxima autoridad. El viaje que Zhao hizo a Corea del Norte luego la reunión con los estudiantes, su llanto ante las cámaras, su presunta falta de potencia habían engendrado su caída en desgracia.

La actitud de Zhao Ziyang, mirada desde ambos bandos, exhibe la falta de resolución propia de un político de oficio, fiel a un aparato, a un ministerio. Revela a alguien que conoce el límite al que puede llegar sin que se tensen hasta reventar los hilos que le confieren poder. Límite tras el cual se es apenas un muñeco de trapo. No estuvo en sus manos desenredar la madeja, pues debía enfrentar fuerzas superiores a las suyas. A saber por su historial, había en él la convicción de que el país necesitaba una ruta nueva, liberal, pero no estaba bien dispuesto, o preparado, o interesado en ir por más.

En Prisionero del Estado…, Zhao insiste en que debe cesar el gobierno de los hombres para dar paso al gobierno de las leyes; en la necesidad de un Estado de derecho. Pero el modo en que regresa a él una y otra vez parece más un eslogan voluntarista, un mantra que era necesario repetir pacientemente para que, años después, retumbara de forma subliminal en el instinto de sus contemporáneos, a fin de que se abrieran a una economía no lastrada por lo político.

El fracaso de Zhao y Tiananmen 1989 hacen pensar que tanto esta figura como las protestas fueron el residuo de entropía necesario en todo proceso que implique revolucionar una estructura, un statu quo; el desprendimiento de calor generado luego que dos capas tectónicas con agendas y personalidad propias (la capitalista/liberal y la socialista/centralizada) se vieran las narices, dialogaran e intercambiaran energía.

Al leer a Zhao Ziyang también se tiene la impresión de que él, sobre todo, fue una invención de Deng, una pieza que el jefe supremo desplegaba en un juego de estrategia. Deng escuchaba, asentía, pero la función de Zhao en el tablero era jugar contra piezas de polaridad opuesta. Era fácil exponer el plan de Zhao entre copas un domingo; muy difícil, sin embargo, llevarlo a la práctica. En varios pasajes de su libro Zhao explica cómo Deng le desaprobaba medidas que habían acordado días antes con un apretón de manos. Deng, la cabeza del país, necesitaba apreciar vectores, tendencias enfrentadas que su imaginación no podía recrear, para tomar la mejor decisión.

***

En la jornada del 11 de julio de 2021 un hecho emplazó a la revista Alma Mater. A pocos metros de su sede, en la esquina del hotel Saratoga, fue detenido Leonardo Romero Negrín, estudiante de Física en la Universidad de La Habana. Leonardo había sido notorio meses antes cuando en una inusual manifestación callejera sacó un cartel que decía “Socialismo Sí, Represión No” y terminó con una medida cautelar en su contra. La manifestación fue en la transitada calle Obispo y en solidaridad con el artista Luis Manuel Otero Alcántara, que se encontraba en huelga de hambre luego de que unos funcionarios orientados por la Seguridad del Estado entraran en su casa, robaran y destruyeran obras de su autoría. Protagonizada por unos pocos activistas, fue sofocada rápidamente por la policía. En el video que circula por las redes sociales no se distingue cuántas personas participaban; sí se notan varios agentes de las fuerzas de choque de la Seguridad del Estado.

Según contó Leonardo, el 11 de julio había salido a ver qué pasaba en las calles. Arrastraba un posible juicio por razones políticas, así que quería evitar más problemas. Su plan era mantenerse distante, no participar en las protestas, pero fue apresado al defender a un antiguo alumno suyo al que unos policías estaban pateando. Trató de cubrir al chico con su cuerpo y dos agentes de civil lo cargaron y condujeron a una estación. El momento en que suspenden a Leonardo en el aire y lo trasladan hacia alguna parte se perpetuó en una foto-símbolo que circuló en medios independientes. Su rostro, resumen del día, hace una mueca que describe su dolor físico tanto como la magnitud de su indignación.

Rara avis, Leonardo salió libre una semana después y lo contó todo. La mayoría de los detenidos que fueron liberados prefirieron hacer silencio, sintieron la amenaza que por defecto ejerce un sistema sumamente articulado y centralizado como el cubano. Leonardo no calló, y el porqué acaso tenga relación con el cartel que había provocado la anterior detención policial.

Para él en particular, TENÍA SENTIDO HABLAR. La Joven Cuba, medio independiente de centro-izquierda que publica textos de opinión, transcribió y publicó un audio con su testimonio. Lo habían trasladado a varios lugares donde sufrió y presenció maltratos, palizas y vejaciones a los detenidos en las protestas. Fue lo primero en aparecer sobre lo sucedido puertas adentro en las instituciones represivas.

La denuncia hecha por Leonardo sobre su detención el 11 de julio no fue probablemente lo que comprometió a Alma Mater a dar una respuesta. Hubo un elemento de peso que colocó el deber de informar fuera de la propia revista. Ese elemento debía tener suficiente potencia para emplazar a todo el sistema de la prensa cubana, del cual A. M. era apenas un terminal.

En una de las estaciones por donde pasó, Leonardo vio a un fotógrafo de Alma Mater presenciar los atropellos que sufrían los detenidos. La conducta de las autoridades que describió Leonardo coincide con recreaciones de abusos policiales divulgadas en películas de ficción. Un oficial le dio un cabezazo en el tabique al estilo “policía duro” y lo dejó inconsciente. El estudiante reclamó en la entrevista que revisaran las cámaras de seguridad del Hotel Saratoga y sugirió que buscaran el testimonio de aquel fotógrafo. Quería que dieran fe de la franqueza de su testimonio, de que su arresto y los golpes que recibió fueron arbitrarios.

Alma Mater existía más como medio estatal que como ente con identidad propia. Tenía, como el resto de la prensa oficial, suficientes credenciales de secretismo y sometimiento corporativo. Podían ignorar tranquilamente el emplazamiento de Leonardo. Los medios oficiales en Cuba resuelven cualquier conflicto ético con una suprameta: su fidelidad a la Revolución. En ese ámbito son “inmortales” y amorales. No corren el peligro de desaparecer por bancarrota financiera o de perder anunciantes por un escándalo. Ellos son el Estado, y el Estado los defiende como se defiende a sí mismo. Son coches de un tren de acero, madera prensada y aluminio que cambia su tripulación sin que ello implique una alteración del servicio. Cuando se presenta un escándalo la responsabilidad se pasa al colectivo, que es anónimo hasta convertirse en chivo expiatorio. Llegado ese momento, sale de las sombras gloriosas del colectivo el individuo falible, corrupto, y se le penaliza.

La denuncia de Leonardo le permitió una circunstancia periodística moralmente incontestable al equipo de Alma Mater: “ser”. Pero, como es propio de países totalitarios, A. M. era percibida como instancia vacía, deshabitada, despersonalizada. Esto es, que lo que esperaba la audiencia enterada de este reto no era una respuesta de A. M., sino de todo el sistema de medios oficiales y al mismo tiempo del Estado, del Partido Comunista.

Como las expectativas son muy diversas, del mismo modo en que se presumía que el sistema respondería a través de su terminal Alma Mater (y la respuesta podría ser no responder, dar la espalda), también se esperaba que A. M. luchara por aprovechar el momentum que este cruce de hechos, desencadenado por el testimonio de Leonardo, propiciaba. Se esperaba de la revista que consiguiera una anomalía, un salto genético; que expandiera el alcance del periodismo oficial cubano. Una expectativa no infundada, porque el colectivo de jóvenes en plantilla había dado señales de no ser demasiado pasivo. ¿De qué manera usarían toda su artillería? Era un duelo interesante: la plantilla contra el censor, Alma Mater vs. Alma Mater.

Como era un medio altamente controlado y burocratizado, estuvo días, semanas preparando una respuesta. La demora comenzó a tomar sentido entre los que aguardaban el desenlace. Se sabía que la novia era díscola, y que si demoraba tanto en salir del cuarto de maquillaje era porque la sospecha del arrepentimiento, de que terminaría huyendo por la ventana, era cada vez más probable.

En su novela corta El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, Robert Louis Stevenson describe cómo dos personalidades, la de un doctor respetable y amante de buenas costumbres y un misántropo lujurioso, luchan entre sí dentro de un mismo cuerpo. Henry Jekyll se toma una pócima que hace aflorar a la bestia que habita dentro de él: el señor Hyde. Finalmente muere el señor Hyde, pero ello significa que muere también el noble doctor Jekyll.

Esta historia recuerda al Periodista el texto que finalmente produjo Alma Mater. Su título, “Deudas”, apela al compromiso que hiciera la revista en redes sociales días después de publicado el testimonio de Leonardo: aclarar los hechos. Como promesa es ambigua: parece una mina moral colocada al  Departamento Ideológico del Partido para convencer al Ministerio del Interior de rendir cuentas a la sociedad. Desde el título mismo, el informe expresa un enfrentamiento interior, un pulso entre la personalidad censora, defensora de las buenas costumbres, y la rebelde y díscola juventud que quiso que el poder respondiera a través de uno de sus terminales: Alma Mater. Es como un trofeo de caza, cuyo peso solo puede valorar el equipo que lo consiguió, dadas las presiones que tuvo que soportar.

“Deudas” está firmado por tres autores. Si algo caracteriza a este texto es la cautela cuando da cuenta del proceder de los funcionarios del Ministerio del Interior implicados en las escenas de maltrato. En el siguiente fragmento se percibe que los redactores se permiten ser periodistas:

Leonardo llega a la estación. Entra caminando, al tiempo que lo sujetan del brazo: “Cuando atravieso el umbral de la puerta me trasladan a un patiecito, allí estaba un muchacho —que luego supe era periodista de Alma Mater— y ve cómo me lanzan al piso de un estrellón y entre cuatro me empiezan a caer a patadas. Me cubro la cara y me golpean en las costillas y en el antebrazo, diciéndome mercenario y otras cosas”.

Interrumpimos su narración para preguntarle si tiene marcas de los golpes que refiere, para fotografiarlos. Explica que no, que no las tiene, pues ya ha pasado una semana. Nos muestra el antebrazo izquierdo que exhibe una leve hinchazón.

Los redactores intentan encontrar algún elemento que confirme el testimonio. Es natural que en casos como este el buen periodista trate de saber si el entrevistado está exagerando. Leonardo solo muestra una “leve hinchazón”, pero en el texto no aparece la fotografía que pudieran haber hecho.

Otra parte del texto narra en boca de Leonardo cómo los detenidos de aquel día observaron que a los que presentaban heridas visibles o muestras de violencia no los liberaban hasta que no lucieran sanos. Si esta entrevista se realiza en la casa de Leonardo es porque fue liberado, y ello implica que ya no tiene marcas de violencia. Si el mismo texto explica por qué Leonardo no las tiene, ¿por qué dejan este fragmento de la entrevista? Una respuesta sería que los redactores quieren lucir periodistas inquisitorios, críticos, para de ese modo imprimir una apariencia de imparcialidad en el texto. Otra, que quieren poner en duda el testimonio del estudiante.

Leonardo alega haber recibido un cabezazo en la nariz. La Fiscalía, en su investigación, le mostró fotos de los policías de servicio aquel día y Leonardo identificó a uno como autor. El agente negó la agresión y expuso que solo requirió a Leonardo verbalmente cuando se cruzaron en la puerta. “Los demás testigos manifestantes entrevistados declararon no haber presenciado el hecho. Por lo tanto, aun y cuando el examen médico reconoció la existencia de la lesión, la investigación no comprobó el hecho. Las pruebas no arrojaron que fuera ese oficial”, concluyen los redactores.

Cuando el texto menciona la “investigación” no se refiere a las indagaciones de los tres periodistas, sino al informe que emitió la Fiscalía. Para un lector crítico, el valor periodístico de este párrafo es dudoso pues quien lo emite es el Estado.

Los periodistas de Alma Mater no cuestionan ni comprueban la investigación de la Fiscalía. Ante Leonardo pueden ser o parecer periodistas con vocación, pero ante la Fiscalía son voceros. El ejercicio crítico de su oficio estaría cuestionando algo más general: la justeza de la Revolución. La Fiscalía General de la República de Cuba es en última instancia un doctor Jekyll consciente de que si acusa, encarcela o mata al señor Hyde, estaría extinguiéndose a sí mismo: Pero A. M. es también esa Fiscalía, está cosida a ella.

El trabajo no plantea dudas, pero tampoco fidelidad. Para ello habría que estar expuesto. Ser fiel implica luchar contra zonas críticas de uno mismo y a veces se consigue la victoria con trucos banales. Ulises se amarra al mástil del barco para cuando escuche el canto de las sirenas no nadar hasta ellas; su misión es regresar a Ítaca, y es fiel a eso. Pero no estamos ante un texto que muestre la superación de dudas hacia el testimonio del Estado/Fiscalía, o la duda como figura intelectual. Al leerlo vemos cierto principio o vocación de anulación crítica.

Para un individuo que acata el discurso del poder sin cuestionarlo un ápice, es “natural” que los redactores no interroguen en absoluto las conclusiones de la Fiscalía. Para el nicho de lectores a los que convencen, las conclusiones que emita cualquier terminal del Estado, incluyendo Alma Mater, son infalibles. Tal eficacia se basa, sobre todo, en una educación que se hace verosímil en la costumbre. Pero esto acontece justo en un momento del devenir del país con mucha actividad crítica (lo que se percibe en la serie de entrevistas que publicó A. M.), así que más parece un celofán para ocultar lo que en realidad sucede. Ese ocultamiento es eficiente solo en cuanto que la convivencia voluntaria con una mentira despeja el sentimiento de ser ingenuo o de haber sido engañado.

“Deudas” está escrito en el tono que impone la Fiscalía. Los fragmentos que corresponden al informe de la institución irradian a todo el texto. Poseen el estilo entre cordial y afable de una autoridad, en este caso, con hábito de no rendir cuentas por sus decisiones e infidelidades. Tanto aquí como en las “Cinco claves…” se podría recrear, entre líneas, una contienda sentimental similar a la que debieron atravesar, en China, no solo Hu Shuli como periodista, sino Hu Yaobang y Zhao Ziyang como políticos.

Si bien en las sociedades capitalistas occidentales se estimula el apetito y el consumo a través de la seducción y la diversidad de productos cada vez más específicos, la carencia de seducción en el comunismo no implica que el apetito desaparezca. En sociedades altamente reguladas como Cuba en 2021 o la China de fines de los ochenta, los periodistas estaban seducidos por las ansias de crear y ser pioneros. Eran mujeres y hombres inclinados a desanudar las contradicciones que generaba un cambio de mentalidad. Reclamaban libertad política, económica y el tránsito estructural hacia un bienestar sostenible. A estas pulsiones creativas se les oponían el talento y la imaginación conservadora promovidos por el Partido Comunista, el cual esperaba una anulación del instinto autónomo que retoñaba en una época que esperaba superar los errores y humillantes fracasos del pasado.

¿Quién estaba al frente de la revista Alma Mater durante aquellas semanas? Armando Franco Senén, de 28 años. El chico llevaba unos dieciocho meses en el cargo. Según la norma, era demasiado joven para asumir un puesto como ese. Sus amigos cercanos lo caracterizan como un gato que cae siempre de pie, un sujeto al que el poder atrae. Durante todo el preuniversitario y la universidad ocupó altos cargos como dirigente de la juventud comunista en sus centros docentes. Lo evocan como lleno de ambiciones, como líder nato. ¿Cuánto habría de Hu Shuli en él?

 

La primera parte de este ensayo se titula “Para la prensa cubana, Hu Shuli es una pregunta y una respuesta” y puede leerse aquí.

La tercera parte de este ensayo se titula “Armando Franco y Hu Shuli, dos posibilidades” y puede leerse aquí.

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