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	<title>General &#8211; Periodismo de Barrio</title>
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	<description>Organización periodística cubana sin fines de lucro</description>
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	<title>General &#8211; Periodismo de Barrio</title>
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		<title>Ana Lilian y el Servicio Militar Obligatorio en Cuba</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Carlos Melián Moreno]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 27 Aug 2025 17:02:13 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[General]]></category>
		<category><![CDATA[educación]]></category>
		<category><![CDATA[ejército cubano]]></category>
		<category><![CDATA[fuerzas armadas]]></category>
		<category><![CDATA[servicio militar obligatorio]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>En este texto se trata de analizar la forma en que las Fuerzas Armadas Revolucionarias contribuyen a la pacificación y adoctrinamiento de la población cubana. </p>
<p>La entrada <a rel="nofollow" href="https://periodismodebarrio.org/2025/08/ana-lilian-y-el-servicio-militar-obligatorio-en-cuba/">Ana Lilian y el Servicio Militar Obligatorio en Cuba</a> se publicó primero en <a rel="nofollow" href="https://periodismodebarrio.org">Periodismo de Barrio</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Leí <em>Las aventuras de Huckleberry Finn</em>, de Mark Twain, en el Instituto Técnico Militar José Martí de Marianao, en un escondite que me duró lo suficiente como para devorar la novela. Las aventuras de aquel héroe y su amigo, escenas suyas flotando de noche sobre el río Misisipi son más nítidas que mi vida de fantasma en aquellos años militares.</p>
<p>Descansar, dormir, vagar como Huck Finn por trillos, ríos y herbazales, para mí no tenía precio. No era esnobismo; crecí en lugares similares a los que aparecen en la novela, lejos de la ciudad, escuchando el repentino estallar de las cigarras en pleno campo.</p>
<p>Aquella vida militar a la que había ido a parar era lo contrario. En vez de ceibas, anacahuitas o tamarindos, había muros de hormigón armado; en vez de silencio de bosque, las faldas eróticas de una loma y bostas de caballo, había polígonos de infantería, con su silencio y vapor de alquitrán, y esa sensación de fantasmas de gente fusilada que tienen todos esos lugares.</p>
<p>Nos levantaban de lunes a viernes a las seis de la mañana, nos ponían a marchar, nos hacían pases de lista, gritaban órdenes ridículas, nos decían que el caballo blanco de Maceo era violeta, nos colocaban un uniforme, nos metían en aulas y nos mandaban a dormir dentro de literas a las diez de la noche. Era una industria de enlatado en serie.</p>
<p>Pasábamos el día completo forzando al cuerpo a luchar contra la holgazanería que iba en dirección contraria a las intenciones de los oficiales: prepararnos para una guerra en abstracto.</p>
<p>Mientras escribo, borro y rehago. A veces justifico mi comportamiento en el pasado con razones actuales. Así que desentierro, hago un trabajo de arqueología. Recuerdo que durante años me hice la misma pregunta: ¿por qué duré tanto allí?</p>
<p>Pero es una pregunta incorrecta.</p>
<p>Ingresé a las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) por la Escuela Militar Camilo Cienfuegos (EMCC, más conocida como Camilitos) de Santiago de Cuba. Corría el año 1994, y aquella fue la única vía que encontré para hacer el bachillerato con mis notas mediocres. Mis otras opciones eran carreras técnicas como operador de bueyes, o <em>cerquero</em> (obreros que hacen cercas para delimitar terrenos, huertas, vaquerías, supongo). La situación económica de Cuba era muy frágil, no se creía mucho en los estudios superiores, que eran para gente con porvenir. En mi mundo soñábamos con ser “macetas”, el neologismo con el que nombrábamos a los nuevos ricos surgidos durante la crisis. Queríamos criar cerdos, levantar un restaurante, hacer dinero vendiendo bocaditos con mermelada de guayaba.</p>
<p>Carreras prácticas como técnico veterinario, técnico electrónico (para reparar hornillas, televisores, ventiladores, planchas) eran oficios muy disputados. Se vivía al día. En mi casa sembrábamos la tierra del patio para alimentarnos. Y mi papá había decidido dejar la construcción de hoteles en Cayo Coco para apoyar a mi mamá en casa, porque estaba perdiendo mucho peso.</p>
<p>Mi hermano iba cuando quería a la escuela y yo me la pasaba robando piezas de carros con un vecino que era cuatro o cinco años mayor que yo. No gané un centavo con eso, solo lo seguía a él porque era mecánico, siempre iba trepado en un carro diferente, y porque cuando se es adolescente uno sigue siempre a los que tienen unos años de más y no te aconsejan.</p>
<p>Había largos apagones, sobre todo cuando comenzaba la zafra azucarera. La gente estaba flaca, desnutrida. Se sobrevivía volviendo al pasado, saboreando allí lo comido cuando los soviéticos subvencionaban todo. Y se recordaba lo vestido, lo paseado y disfrutado; pero afuera, en la realidad, había un páramo al que había que darle sentido.</p>
<p>Mientras que ni yo ni nadie de mi entorno sabía cómo usar aquel país, Fidel Castro y sus colaboradores confiaban en que la población resistiría si ellos no perdían la fe en que las cosas mejorarían. Y eso los ayudaba a someternos.</p>
<p>El día en que mi madre me llevó a aquella escuela en la parrilla de su bicicleta, me dividí en dos y dialogué conmigo mismo:</p>
<p>—¿Qué estás haciendo? ¿Esto es lo que te gustaría hacer?</p>
<p>—Creo que no. No me van este uniforme, estas botas, este sambrán. Me siento ridículo.</p>
<p>—Mira las cercas de esa escuela, ¿qué significan?</p>
<p>—Parece una cárcel, ¿no? Será una cárcel.</p>
<p>—Está bien. Pero si no es esto lo que te gusta, ¿qué harías para sustituirlo y darle un camino a tu vida?</p>
<p>—No sé.</p>
<p>—Bueno, entonces entra hasta que vayas encontrando tu ruta. Recuerda también que nunca has estado en un albergue, y que eso te va a hacer sentir mal. Si tienes que llorar, llora, todo el mundo va a llorar; pero luego aguanta.</p>
<p>Aquella noche, en un albergue por primera vez, sin conocer a nadie, comencé a llorar. Tuve un dolor parecido al de un niño que se ha quedado huérfano de forma repentina.</p>
<p>Pensaba y no pensaba en llegar alto, tenía la corazonada de que me podría gustar y al mismo tiempo tenía la corazonada de que aquello no servía para mí. Desde el primer día el cuerpo me dijo: vete, mándate a correr, pero ¿hacia dónde?</p>
<p>Me entregué a las FAR como mucha gente se entrega a una iglesia, al pastor de un templo que habla alto y firme en nombre de Jehová, para ver si por ahí encuentra un formato, un sendero por el cual caminar.</p>
<p>A esta esperanza de encontrar un sendero, súmense pequeñas victorias cotidianas que encontraba en aquel universo donde me garantizaban las tres comidas diarias, ropa y calzado, fumar a escondidas, salir de pase, comer doble, hacer ejercicios, llegar a casa y ser recibido como un héroe de guerra.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>Un día creo que me harté de la disciplina de los Camilitos y para no abandonar la escuela me inventé un traslado a La Habana con el pretexto de conseguir una mejor carrera. Una prima mía estaba en la EMCC de Arroyo Arenas, me dio algunos tips y logré inscribirme allí para el último grado del bachillerato.</p>
<p>Aquella escuela me sorprendió. La de Santiago de Cuba era, en comparación con la de Arroyo Arenas, lo que es Corea del Norte frente a Corea del Sur.</p>
<p>En la escuela de Santiago vivíamos agotadoras jornadas de marchar, agotadores días en la agricultura. Teníamos un claustro de profesores mediocres y sin encanto, en una época en que todavía quedaban en Cuba educadores de la vieja escuela. El cuerpo de oficiales nos exigía como a reclutas, como si se nos preparara intensivamente para luchar contra el apartheid en África, y como si desde ese momento hubiéramos comenzado el servicio militar obligatorio.</p>
<p>Cualquier persona tenía atribuciones para mandarnos a hacer lo que se le antojara: cuidar cabras, cargar cajas, limpiar baños desbordados de heces fecales, y no permitirnos dormir hasta que no estuviera terminado el trabajo.</p>
<p>Toda la escuela parecía funcionar en pos de crearnos la idea de que éramos sirvientes, o sea, soldados de la patria, aunque podría asumirse que éramos sirvientes a secas, sombras uniformadas. Anulaban la diferencia entre un soldado y un sirviente.</p>
<p>En comparación con la escuela de Santiago de Cuba, la filosofía pedagógica de Arroyo Arenas era inexplicable. Parecían dos sistemas de enseñanza distintos. La brecha entre una y otra es la misma que hay entre el Oriente negro, pobre y servil, y el Occidente instruido, combustible y cosmopolita. La misma diferencia que hay entre La Habana y el resto de las provincias del “interior”.</p>
<p>En Santiago querían ser muy militares de ese modo en que un transformista quiere verse como una mujer. Nos exigían, por ejemplo, que el sambrán estuviese apretado y no solo que lo pareciera. El dedo índice del oficial que te hacía una requisa no podía entrar entre el cuero del cinturón y la barriga. Querían ir más profundo que un simple porte y aspecto marcial. El sambrán apretado era como un acto de penitencia, de expiación.</p>
<p>En Arroyo Arenas el uso del sambrán apretado parecía haberse abolido hacía tiempo, la disciplina era tan laxa que al principio me desubicó. No estuve de acuerdo con ella. Todo me parecía absurdo, algunas decisiones, por ejemplo, se tomaban en colectivo, como si, por encima del imperativo militar, hubiera alguna noción de democracia y respeto al otro. “Qué loco es este lugar”, me decía yo, “en un ejército no se pueden tomar decisiones democráticas”.</p>
<p>La exigencia académica, la calidad de las clases, la cultura de los profesores e incluso la honestidad del alumnado eran cualitativamente superiores en Arroyo Arenas. Llegué con notas más altas que las de mis nuevos compañeros y luego, al enfrentarme a los exámenes, me di cuenta de que mi rendimiento estaba muy por debajo. Mis notas estaban infladas a fuerza de fraude, exámenes flojos, tiempo de estudio trocado en largas jornadas de guardias y tareas agrícolas.</p>
<p>En Arroyo Arenas el fraude había sido reducido a cero. Los profesores solían irse del aula durante las pruebas, seguros de que para sus alumnos cometer fraude —al menos en la generación de 1997— era angustioso, humillante.</p>
<p>El más pillo del aula o el de más bajo rendimiento académico se cocía, se ponía rojo, se retorcía de impotencia ante un ejercicio que no podía resolver, pero nunca le pedía ayuda a un compañero. Para mí, en cambio, era tan fácil como volverme, sonreír, y pedir una pista. Contaba con el fraude para salir adelante.</p>
<p>En los primeros meses del curso los únicos que hacíamos el intento de fijarnos del trabajo de los otros éramos los pinareños y los orientales. Al cabo de muy poco la tentativa desapareció de nosotros y nos volvimos tan “honrados” como el resto de nuestros compañeros. Recuerdo que lo respeté, aunque nunca lo asumí como honradez total. No sabía de qué fuente venía aquello, y todavía me lo pregunto. Si brotaba de la competitividad o del respeto al esfuerzo del que estudiaba hasta tarde.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>La primera vez que escuché a alguien rebelarse contra el sistema en Cuba fue precisamente en 1997, y también en Arroyo Arenas.</p>
<p>Era una reunión sobre cómo se iban a distribuir las carreras universitarias, el momento de tomar decisiones importantes.</p>
<p>Ana Lilian levantó la mano y salió con estas preguntas: No quiero ser militar, no quiero seguir en las Fuerzas Armadas, quiero irme a casa. ¿Por qué entonces me obligan a optar por una plaza militar? ¿Me están castigando por no querer una? ¿Por qué tengo que dejar de graduarme aquí, y cambiar de escuela si lo que quiero es ser fiel a mis deseos?</p>
<p>Esas preguntas eran imposible en Santiago de Cuba. Ni siquiera estaba pidiendo el permiso marcial, levantó la mano y exigió, plantando cara. ¿A qué, a quién? Al sistema, al Comandante en Jefe, al General de Ejército, a las Fuerzas Armadas Revolucionarias. Ellos firmaban aquellas normas.</p>
<p>No era una disidencia en contra del comunismo ni del sistema político, pero sí estaba haciendo preguntas que para mí, en aquel momento, rompían el orden infalible y la justicia infinita de las instituciones cubanas. Sus reclamos resonaban en mí como preguntas copernicanas. ¿Qué hay detrás de todo esto?, me dije. ¿Si existe una Ana Lilian, si existe alguien que se opone a la leyes y las llama injustas, es porque entonces el sistema es falible?</p>
<p>Las preguntas de Ana Lilian eran de lujo: ¿Quiero estudiar lo que ustedes me ofrecen? ¿Mi futuro es por aquí? ¿Tengo yo algún poder sobre mi futuro? ¿Yo soy mía?</p>
<p>Estaba molesta porque iba a tener que irse de aquella escuela. ¿Pero por qué no se alegraba, si iba a dejar aquel mundo miserable? Pues porque sentía que la estaban castigando. El sistema suponía que un chico o chica de 14 años tenía que saber ya cuál sería su destino, y consagrarse a él.</p>
<p>Se sentía defraudada, su confianza en la profunda e infinita justicia del régimen se estaba quebrando. Su mente cuestionaba a las leyes del Dios-FAR, y exigía modificarlas. Eso me parecía maravilloso.</p>
<p>Ana dejó la EMCC antes de graduarse, salió a gestionarse una carrera de forma independiente, en las pruebas de ingreso. Estudió algo así como Bioquímica, me dijo cuando me la encontré un par de años después, siendo yo cadete del Instituto Técnico Militar (ITM).</p>
<p>Verla fuera de las Fuerzas Armadas, sin uniforme, me causó envidia. Yo todavía estaba convencido de que no me tocaba elegir. Debía tomar el primer camino que se me presentara. Ella, no obstante, gozaba de algún tipo de privilegio innato o familiar, que le permitía tener movilidad, o que le permitía decir: “de todos los caminos que existen, yo tomaré el que quiera, construyendo mi propio futuro”.</p>
<p>Creo fue un primero de mayo. Me saludó, hablamos un par de cosas, y la vi perderse en el ambiente de fiesta que venía después del desfile, cuando colocaban ómnibus para todas partes, y era muy divertido encontrar el que te llevaría a casa.</p>
<p>Mientras la miraba alejarse suspiré, ella me gustaba; me dije que de ahí seguramente se iría a casa, a una fiesta, a hacer el amor con su novio, y yo iría de regreso al orden interior, al rebaño, a los muros carcelarios del ITM, al pase de lista, a marchar levantando y tirando el pie con fuerza, a aquel sacrificio sin sentido alguno para mí.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>En el ITM me consagré a evadir todas las formaciones que pude. Los oficiales iban en una dirección y yo remaba en otra. No era el único. Un día me mandaron a trabajar en la panadería. Fue una gran semana, rodeado de panes. Allí se trabajaba intensamente desde la madrugada hasta poco después de las tres de la tarde. A esa hora los panaderos, todos civiles, debían irse a casa, pero lo que hacían era cerrar las puertas y ventanas y comenzar a producir con el doble de intensidad y rapidez.</p>
<p>Todos los días les asignaban, por ejemplo, una cubeta de mantequilla, de unas 20 o 30 libras, para la producción. De esa cantidad, usaban solo un 5%. El resto era empleado en hacer panecillos, pasteles, palitroques, que sacaban sobornando con panes a los cadetes de guardia en la puerta, y lo vendían fuera.</p>
<p>Lo que más me llamaba la atención era el entusiasmo y alegría con que lo hacían, entre bromas escatológicas, dándose tragos de ron, tomando todos los riesgos, apretando el acelerador como si se fueran a morir mañana, de ese modo alegre con que se le roba al Estado en Cuba.</p>
<p>Así también le robaba yo a las Fuerzas Armadas, sobre todo cuando se trataba del tiempo. Era un ladrón del tiempo que de alguna manera las Fuerzas Armadas me habían sustraído.</p>
<p>Un día me llamó mi jefe de compañía, un capitán.</p>
<p>Me cuadré ante él en su oficina. Yo tenía 18 años. Esos tipos eran implacables, te olfateaban; no esperaban dar con la verdad sino dar escarmientos, infundir respeto, y uno no sabía con qué iban a salir.</p>
<p>Yo era enclenque, si hacía un gesto militar demasiado acentuado podía perder el equilibrio. El jefe de compañía tenía mi tarjeta de reportes en la mano, la leyó, me miró a los ojos y me dijo: “¿Quién es usted, cadete? ¿Por qué no lo conozco?”.</p>
<p>No entendí, balbucí algo así como: “no lo sé, compañero capitán” mirando al frente, a la pared.</p>
<p>—Aquí dice que usted tiene más de 900 puntos en reportes, es una cifra demasiado alta, yo nunca había visto algo así. Usted es el peor cadete de la compañía y del ITM, pero ¿por qué no lo conozco? Esa es la pregunta que me hago.</p>
<p>“Vaya, es una buena pregunta”, me dije. Parecía ontológica. La premisa de una novela existencialista.</p>
<p>—¿Por qué tantos reportes? —me preguntó el capitán.</p>
<p>Tenía una idea remota. Nunca iba a formación. Le dije que era cuartelero permanente del aula y del cuarto de los oficiales, y que a veces me agarraban fuera de formación.</p>
<p>No estaba mintiendo. Yo no asistía a la inspección matutina, tampoco al traslado del dormitorio al comedor para desayunar, ni del comedor al aula, ni del aula al comedor para el almuerzo. Por asistir, solo iba en formación a la cena porque no había manera de escapar de ello.</p>
<p>Un amigo mío, Sandor, había logrado, por su gracia natural, que lo colocaran de cuartelero de limpieza del cuarto de los oficiales. Los oficiales se divertían con su ingenio. Cuando Sandor pidió la baja —todos lo hacían—, tuvo la gentileza de pasarme la tarea.</p>
<p>Luego de la gimnasia matutina yo iba a ese cuarto, que estaba en el último piso de nuestro dormitorio, y limpiaba el lugar. Tenía un par de camas pequeñas, siempre arrugadas, que yo arreglaba como un mucamo. El suelo siempre estaba lleno de semen; todas las noches alguno de los oficiales dormía allí con una cadete. Aquello era una violación seria del orden interior: los oficiales no podían tener relaciones afectivas con las cadetes.</p>
<p>Conseguí, en primer lugar, no asistir a la inspección matutina, que consistía en estar parado en firme, sin moverse, junto a la litera, y tener que aguantar el paso de un par de oficiales mirándonos como si fuéramos criminales. Revisaban el afeitado, el corte de cabello, el porte y aspecto, el orden interior (colocación de jabones, uniformes, cepillos de dientes, todo debía estar alineado). Si tenías alguna falta, el oficial podía gritarte, ponerte a hacer planchas, acribillarte a reportes que se inventaba en el aire y, si reclamabas, había un reporte fuerte para eso, “réplica” creo que se llamaba. En resumen, podían jugar psicológicamente contigo, porque se supone que así sucede en un combate, y tenías que estar listo para recibir mucha presión. Odiaba asistir a estas inspecciones, y hacía todo lo que estaba a mi alcance para evitarlas.</p>
<p>En segundo lugar, aquel trabajo de mucamo me permitía desayunar doble. Primero con la escuadra de cuarteleros que habían estado de guardia toda la noche. Y luego en el turno de mi compañía. Ahí casi siempre pillaba un reporte, pero ante la posibilidad de desayunar doble, la afrenta, el rayón sobre mi espíritu, desaparecía.</p>
<p>A la hora del almuerzo hacía lo mismo, me quedaba a barrer el aula. El problema casi siempre era que a la hora del almuerzo había muchos oficiales grises que se quitaban el aburrimiento pillando cadetes fuera de formación. Me imagino que para ellos poner reportes era como rezar 10 padrenuestros, o un sacrificio al Dios de la guerra. Siempre me pillaban, pero aquel era “el precio de la libertad”, y yo trataba de pillarles a ellos con tarjetas de reportes falsas.</p>
<p>Todos los fines de semana me quitaban el pase. Sucedía durante el infierno que eran “las cortes” de los viernes. Si sumabas una equis cantidad de puntos, por ejemplo, 11, no salías de pase. Las cortes se hacían en las aulas, sentados, inmóviles como estatuas. Para rascarse había que pedir permiso de forma viril. Y duraran lo que duraran parecían infinitas. Para ellos las cortes nos endurecían, para mí, eran una humillación.</p>
<p>Cuando nos quitaban el pase nos ponían a realizar alguna tarea física como limpiar áreas, pintar paredes. Creo que mi cara insulsa, mi mirada limpia, no dejaba rastros y aquella era mi ventaja. El capitán, por ejemplo, no me conocía aun cuando yo limpiaba el piso donde él y sus colegas tenían su madriguera.</p>
<p>En resumen, con aquel <em>record</em> de 900 reportes podrían haberme hecho el favor de expulsarme, pero algo sucedió. Y lo que sucedió fue lo que pasaba siempre: se olvidó de mí.</p>
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<p>En Santiago de Cuba, nuestra escuela de Camilitos fue invitada a una ceremonia militar donde se nos ordenó que gritáramos “¡¡¡HURRAAAAAA!!!”. No sabíamos qué significaba ese “hurra”. Tradicionalmente creo que decíamos siempre “¡VIVAAAA!” unas 10 veces hasta que la sincronía se descarrilaba y se volvía un sonido homogéneo. Lo uno y lo otro era fastidioso y nos agotaba. Debíamos hacerlo después del saludo del general que presidía la ceremonia, y los Camilitos vivíamos desmayándonos. Luego nos enteramos de que era el grito de guerra del Ejército Rojo.</p>
<p>Los traslados se hacían marchando y se nos exigía como a expertos, como se le exigiría precisión a un pelotón de zapadores. Todo el tiempo marchando de aquí para allá, bajo el sol, y nos cocinaban en ello.</p>
<p>En Santiago estaban obsesionados con ese método de lucha contra la blandenguería. En un año agarrabas un modo muy eficiente de administrar las fuerzas, las piernas, la oscilación de brazos. Hacíamos más con menos, la oscilación del puño por ejemplo, cuando llegaba a la altura del pecho nosotros la hacíamos temblar de forma sutil, similar a un tranque de <em>break dance</em>. Con eso enviábamos una señal de virilidad usando un esfuerzo mínimo. Marchábamos con la cabeza flotando, como si fuéramos una aparición, un pelotón de espectros.</p>
<p>Cuando el jefe de pelotón decía: “Paso de Revista”, dejaba medio minuto de silencio para que nos inclináramos hacia el lado izquierdo. En ese instante dejábamos libre el pie derecho esperando el comando final. En ese medio minuto el pelotón se inclinaba como un banco de algas en el fondo del mar. A veces el jefe de pelotón se demoraba esperando algún error y así ponerle un reporte a sus propios compañeros.</p>
<p>Luego elevábamos la pierna hasta formar un ángulo recto (Paso de Revista) o de o 45 grados (Paso Ordinario) y reventábamos la bota contra el pavimento. Hay algo curioso aquí, y es que no había manera de que reventaras el pie contra el pavimento sin emocionarte. ¿Lo sabían los oficiales? Quizá fueron los soviéticos los que le pasaron a Raúl Castro esa baza con un guiño de ojo.</p>
<p>Mientras más fuerte tirabas el pie, más sentías aquella rara sensación de salvar a la patria e incluso a la humanidad toda. No dudo que esa mini-dosis de patriotismo a cada segundo fuera una de las cosas que nos ayudaban a soportar el régimen.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>Hacer estos ejercicios a diario, en el verano permanente cubano, era agotador y poco saludable. Un compañero descubrió que era posible obtener la baja alegando que teníamos la rodilla destrozada.</p>
<p>Si ibas al hospital diciendo que caminabas con dificultad, era casi seguro que encontraran una anomalía por rayos X.</p>
<p>La ventaja de obtener la baja militar por la vía médica era que te transferían a una universidad civil sin tener que pasar dos años en el Servicio Militar Obligatorio. La desventaja era que tenían que operarte la rodilla.</p>
<p>Irse del ITM era similar a irse de Cuba; quiero decir que aquel era un ecosistema muy ideológico, quienes se iban como que morían, porque te convertías en algo parecido a un desertor, un rajado, un flojo. Desde la perspectiva de los que seguíamos dentro, ellos salían al mundo de los muertos, desaparecían, eran vidas imaginarias. Pero ese mundo de los muertos era sumamente atractivo, lleno de colores, tiempo y amplitud. Nos lo negábamos a nosotros mismos, pero en nuestro fuero interno también queríamos irnos allí.</p>
<p>Al cabo de unas semanas mis compañeros aparecían en muletas, con una pierna enyesada. Y me saludaban desde la distancia, porque tener esos papeles era una distancia. Ya eran hombres libres, traspasarían sin más el Punto de Control de Pase, y al hacerlo se volverían y echarían una mirada última a aquel lugar, a aquellos dormitorios carcelarios, a esos polígonos, y no marcharían más nunca, no más pases de lista tres o cuatro veces al día, y vivirían.</p>
<p>Yo no quería hacer algo que repercutiera en mi salud a largo plazo y pedí la baja a secas. Por otro lado, estaba en vía de convencerme de que no deseaba continuar estudiando una ingeniería que me aburría mucho.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>Una compañía, que en primer año comenzaba con 150 cadetes, se iba encogiendo hasta que al cabo de cinco años los que llegaban a graduarse eran seis o siete, como mucho. En quinto año era apenas un pelotoncito de tipos legendarios de cuyos cuerpos, de cuyas presencias, emanaba más la idea de ancianos retirados que de un cuerpo de acero radioactivo o cortante.</p>
<p>Luego de cinco años de sacrificio, guardias, marchas, cortes disciplinarias todos los viernes, les esperaba la vida en unidades regulares, una vida tan fuerte o más que la de cadete. A veces las responsabilidades eran tan grandes que si algo salía mal los oficiales al frente podían terminar en un calabozo.</p>
<p>Recuerdo que estando en un campamento agrícola en Candelaria, entonces provincia de Pinar del Río, un teniente fue sorprendido teniendo relaciones sexuales con un compañero nuestro. Los que los delataron fueron los reclutas de la unidad. Aquel día varios de ellos los estaban vigilando por un agujero en la pared de la oficina del teniente. Avisaron a un oficial, patearon la puerta. Dentro estaba el cadete en calzoncillos y el oficial desnudo. Esto no les pareció suficiente y se abalanzaron sobre ellos buscando pruebas de que había sucedido entre ambos un coito, o cualquier trato homosexual.</p>
<p>El teniente era el político de la unidad, justo el que debe hacer de bisagra entre la jefatura y los subordinados. No parecía mala persona, pero supongo que los reclutas se sacaban un ojo por ver caer a cualquiera de los oficiales que los dirigían.</p>
<p>Al enterarse de aquella falta la jefatura del ITM mandó a apresar a los amantes. Al cadete lo expulsaron de inmediato, y al oficial lo encerraron sin cordones ni cinturón en un calabozo que tenían en Marianao, en los pisos bajos del antiguo Colegio de Jesuitas.</p>
<p>No eran de fiar los reclutas, se pasaban horas mirándonos, tratando de encontrar cómplices. Querían ficharnos para robar combustible, piezas de tractores, arados y casi todos arrastraban años de castigo por indisciplinas, robos, fugas. Era una unidad del Ejército Juvenil del Trabajo, pero parecía una especie de campamento para sancionados. Cuando conversaba con ellos trataba de comprender por qué reincidían en delitos, pero mi verdadero objetivo era imaginar cómo sería mi vida entre sus filas. Me preguntaba si sería capaz de lograr no acumular años sancionado como ellos, para quienes fugarse, hacer fechorías, era algo tan natural como ir a orinar o a comer.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>Dentro del ITM había una plantilla de soldados que hacía campamento en una unidad de apoyo contigua. Luego de que mis amigos se fueron comencé a mirar a esos reclutas de otro modo. Ya no me parecían fantasmas. Más bien les tenía envidia. Pronto, en dos años como máximo, terminarían su servicio militar y continuarían con sus vidas puestas en pausa. Yo sentía que mi vida había sido puesta en pausa a los 14 años, cuando ingresé a la EMCC de Santiago de Cuba.</p>
<p>Luego supe que ellos no nos miraban como a fantasmas sino como a pobres abducidos, no comprendían que quisiéramos seguir en esa carrera. Más pronto que tarde pedí la baja y me incorporé a sus filas. El primer teniente que fue designado como nuevo jefe de mi compañía en el segundo año de la carrera me dijo: “Tranquilo, Melián, yo sé que a veces hace falta mucha valentía para irse de aquí”.</p>
<p>A partir de ese momento comencé a sentir un respeto de su parte que no sabía que existía. Yo no tenía por qué saludarlo más, pero lo hice por respeto. Eso sí, no marchaba, no formaba. Me perdía en escondites hasta que llegaran unos papeles que necesitaba para trasladarme a Santiago De Cuba a una unidad que me había gestionado mi madre.</p>
<p>Me mandaban a cumplir dos años de Servicio Militar Obligatorio. Luego de más de cinco conociendo qué eran las Fuerzas Armadas, aquella era una ley absurda, un castigo por desertar. Ana Lilian tenía razón cuando los emplazó. Pero no importaba, el mundo se abría demasiado ante mí. Sentí vértigo. Y ese vértigo era la libertad. El camino a casa fue más fácil de lo que nos pintaron.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>Los viejos amigos que veníamos de la EMCC de Santiago de Cuba nos solíamos reunir en el ITM en el horario de las comidas bajo unos ficus que crecían cerca del comedor. Ahí las compañías rompían filas y los cadetes nos desperdigábamos buscando la sombra.</p>
<p>El tema de conversación en las últimas semanas era irnos del ITM. Ya ellos habían decidido la variante de la rodilla. A mí me aterraba toda la situación. No sabía cómo podría ser mi vida al salir de allí. Tendría que comenzar de cero, y parece que todo mi cuerpo emitía esa señal.</p>
<p>Erick, que estaba decidido a operarse, me comentó que mi caso no era como el suyo. A diferencia de ellos, yo era muy pobre; si me iba a Santiago ¿cómo iba a vestir, cómo iba a calzar, cómo iba a comer? Desde el ITM yo mantenía calzada a toda mi familia: a mi madre, a mi padre y a mi hermano. Cuando iba de pase, les llevaba mis zapatos, y luego regresaba en chancletas, alegando que me lo habían robado todo.</p>
<p>Si mis padres iban a una fiesta y les mirabas bien los pies, podrías identificar que traían zapatos de las Fuerzas Armadas. En aquella época distribuían unas botas de punta fina para los hombres y unas cuñas para mujeres que yo había logrado canjearle a una compañera.</p>
<p>Lo que Erick me dijo me causó ese tipo de tristeza que abona positivamente tu idea de darle un vuelco a la vida. Hice lo contrario de lo que me sugirió, porque la idea que yo tenía de mí era diferente a la suya. Pero me llamó la atención la forma en que me veía. Estaba describiendo algo real, un país con clases sociales. Y yo no lo veía así quizá porque pertenecía al fondo, a la parte más ancha de la pirámide. La de gente sometida a la amplitud de las oportunidades, y otra a las estrecheces de la pobreza. Él era de los primeros, como Ana Lilian, y yo de los segundos. A mí me tocaban las Fuerzas Armadas.</p>
<p>A veces pienso que las Fuerzas Armadas son el laboratorio del totalitarismo cubano. El motor pequeño que mueve al motor grande. Pero hay otra manera de verlo. Las FAR, en última instancia, son torres de vigilancia sobre la población. No se preparan contra el pueblo sino que ya están dentro, combatiéndolo. Maniobrando, haciendo paseos de advertencia. El Servicio Militar Obligatorio, reclutador de miles de jóvenes que son mano de obra esclava para mantener sus unidades en “óptima o completa preparación combativa”, es una de las formas en que mejor se manifiesta su incidencia.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>Mi vida como soldado del Servicio Militar Obligatorio mejoró mucho en comparación con el trato que había recibido en la EMCC de Santiago de Cuba y en el ITM. Tenía una perspectiva de futuro en la cual me veía libre de tantos reglamentos, horarios, radares, vida en unidades militares, códigos arbitrarios, oficiales empoderados sobre nosotros.</p>
<p>Ya no nos ponían a marchar como soldados de plomo. Los oficiales nos trataban con un respeto que yo no conocía. Creo que nos temían. No es que tuviéramos muchos derechos, porque el hecho de estar allí, de forma obligatoria, como esclavos, nos despojaba de cualquier dignidad.</p>
<p>Lo que sentía era que en su fuero interior ellos, los más razonables, nos trataban a sabiendas de que aquella vida era indeseable y que un recluta era una contradicción en sí mismo. Era un reo armado, armado por ellos. Era peligroso en potencia, y estaba siempre a un paso de perder la cordura.</p>
<p>Comparé al Carlos cadete y al Carlos soldado: el segundo podía odiar al Estado que lo había colocado allí de forma obligatoria, pero el primero, además de despreciar aquel régimen, tenía que buscar el modo de amarlo, y también se tenía que odiar a sí mismo por seguir tolerándolo. Había una intensa presión moral que lo hacía dar vueltas en bucle.</p>
<p>Conseguí un traslado hacia una unidad desactivada de telecomunicaciones en Santiago de Cuba, muy cerca de mi casa. Viví el resto del servicio militar como un paseo. Dormía todo el día con el AKM debajo del colchón. Por las noches mi jefe inmediato, un sargento de tercera, traía a una amante y se acostaba con ella en la litera en que debíamos dormir los soldados. Para tener toda la unidad para él me pedía que me fuera a casa a dormir y que llegara a primera hora.</p>
<p>Y así fue durante un año y medio. A veces me daba mala conciencia, recordaba que había muchachos suicidándose en unidades de tanques, que eran las peores, pero recordaba que yo había estado cinco años y medio marchando, haciendo 24 horas de guardias, a veces dos veces por semana, había limpiado kilómetros de pasillos y baños llenos de heces fecales hasta la altura de los talones.</p>
<p>Sentía que en ese quinquenio las Fuerzas Armadas habían saciado conmigo algo esencial para ellas: su vanidad. Su sentido del ser, su demostrarse a sí mismas que les quedaba garra para amaestrar y destruir hombres de dentro y de fuera. En la EMCC de Santiago de Cuba trabajé en la agricultura, chapeé un campo con un pico en ausencia de machetes, comí potajes agrios, perseguí un buey durante toda una noche lluviosa, soporté a Zapata Dager, un hombre consagrado a la perfección, un primer teniente despiadado y honesto, al que le temíamos como se le teme al Inspector Javert, el carcelero que le hace la vida imposible a Jean Valjean en <em>Los Miserables</em>.</p>
<p>Me licenciaron cinco meses antes de lo previsto, pero no les avisé del error. Opté por la Orden 18, una oportunidad de acceder a carreras universitarias para quienes pasaban los dos años de Servicio Militar Obligatorio con una buena conducta. Saqué muy buenas notas y logré una buena posición en el escalafón. Obtuve una plaza en la carrera de Periodismo.</p>
<p>Un día en el que regresaba a mi casa desde la unidad, vi a un par de mujeres llorando, luego a dos reclutas corriendo, escapando de algo. Seguí caminando. Dos muchachas que estaban pasando el servicio militar voluntario —pues era una manera de optar también por la Orden 18— y que iban a menudo a mi casa a pedir agua, llegaron hasta mí corriendo y llorando. No entendí lo que decían; se refugiaron en una nave porcina que estaba cerca.</p>
<p>Me comencé a preocupar pero seguí caminando hasta ganar la carretera. Desde ella podía mirar lo que sucedía dentro de la unidad casi desmantelada de cohetes antiaéreos porque estaba en un nivel superior, sobre una elevación.</p>
<p>Oí una ráfaga corta y me agaché. Pero seguí avanzando. No sé por qué no sentía peligro. Frente a una de las naves había un soldado con una AKM en la mano. Conocía al chico, iba mucho al bulevar cerca de la calle Enramadas de Santiago de Cuba; no sabía que lo había pillado el SMO. Era fanático al <em>rock and roll</em>. Gritaba algo así: “Sal, ven, so puta, sal si eres hombre”.</p>
<p>Estaba llamando a un oficial para matarlo. Las ráfagas eran para él. El segundo jefe de la unidad le había hecho perder los estribos. Todos los vecinos de la localidad conocíamos a ese segundo jefe de unidad, un teniente coronel, porque nunca le daba un aventón a nadie. Ni a mujeres con niños pequeños ni a embarazadas ni a ancianas. A nadie. Luego se rumoreó que había sido amonestado, o licenciado, porque no era la primera vez que recibía un rafagazo. El anterior a este había sido de una mujer, una mujer como Ana Lilian.</p>
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		<title>Escapar de Cuba: la ilusión capitalista</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Carlos Melián Moreno]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 21 Aug 2025 15:19:47 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[General]]></category>
		<category><![CDATA[Capitalismo]]></category>
		<category><![CDATA[emigración cubana]]></category>
		<category><![CDATA[España]]></category>
		<category><![CDATA[trabajo]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>En esta nueva entrega de crónicas sobre su llegada al exilio en España, su autor refle-xiona sobre algunos puntos en común entre totalitarismo y capitalismo, sobre todo si se trata de levantar la mano para decir lo que se piensa.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>La residencia con la que ingresé a España me permitía estar en el país con plenos derechos, menos con el de trabajar. No obstante, había logrado poner en marcha una solicitud de residencia temporal como familiar de una ciudadana de la Unión Europea. Me había juntado formalmente como pareja de hecho con la chica que estaba saliendo. En la práctica vivíamos juntos y comenzaban a surgir planes para el futuro.</p>
<p>Tenía un certificado donde constaba que el proceso de una nueva residencia con derechos laborales estaba en marcha y con eso, en teoría, podía ser contratado. Iba con la idea de explicarlo así si conseguía algún curro.</p>
<p>Me inscribí a todo lo que encontraba afín a lo que yo sabía hacer: redacción, edición, incluso trabajos manuales como limpieza de áreas, etc. Pasaron un par de meses sin respuestas.</p>
<p>Las opciones de trabajo, además, nunca eran las de un “redactor”, a secas. Todas exigían conocimientos de posicionamiento en Google, de búsquedas de palabras clave, un mundo  raro para mí. El periodismo que hice en Cuba se basaba en primera instancia en la búsqueda de la verdad. Nunca manejé criterios de posicionamiento ante los robots de Google.</p>
<p>Un día mi suerte pareció cambiar. Me escribió alguien por WhatsApp; se ponía en contacto luego de haberme inscrito en una solicitud para redactor <em>online</em>. Apliqué a tantas que ni siquiera le podía preguntar cuál era. La comunicación con esta persona era particular: no demoraba en tener la próxima frase escrita, parecía que sabía lo que yo le iba a responder y ya tenía lista la pregunta siguiente.</p>
<p>Miré su foto de perfil de WhatsApp y no supe definir si era asiática o latina. Por ejemplo, me preguntaba: “¿Seguro que estás interesado en trabajar con nosotros desde tu casa y así ganarte un dinero extra, o a tiempo completo?”. Yo respondía: “Sí”. Fui cayendo de un sí a otro hasta que me dio la dirección del sitio donde tendrían una reunión conmigo. Era cerca de mi casa, en un número de Riera de Cassoles.</p>
<p>Me habían contactado con un par de semanas de antelación, así que tuve unos 15 días para ilusionarme, para pensar que al final no estaba siendo tan difícil encontrar trabajo si ya tan pronto iba a tener una primera entrevista.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>He de agregar que en estos días <a href="https://periodismodebarrio.org/2025/05/escapar-de-cuba-la-ilusion-de-correr/">correr fue, de alguna manera, perdiendo el sentido que tenía antes de la cita</a>. Si al inicio era muy atractivo empujar y conquistar una ciudad pesada, cuando conseguí la entrevista ya esa ciudad parecía ceder, como si de pronto le hubieran colocado ruedas en la base y empujarla fuera igual de fácil para niños y adultos, para tontos e inteligentes, para feos y guapos, para mediocres y brillantes.</p>
<p>Llegando el día me costaba dormir, tomaba pastillas para el sueño, dejaba de correr. Como en esas fechas intentaba hacer 10 kilómetros diarios, me daba miedo sufrir un shock y pescar una fatiga general por no haber dormido nada.</p>
<p>Intenté prepararme, pero no sabía de qué se trataba el puesto. No recuerdo si llamé al mismo número que me contactó para informarme más sobre cuál podrían ser las tareas que debía cumplir. Busqué un par de veces entre las tantas aplicaciones en las que me inscribí: LinkedIn, Infojobs, Indeed, y no encontré cual podría ser la plaza.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>El día de la entrevista me puse mi mejor abrigo —lo recuerdo porque estaba prácticamente nuevo, y pensé que con él iba a hacer la diferencia—. Limpié mis zapatos negros. Mi pareja me echó perfume. Salí con tiempo de casa para ir caminando y juntando aplomo.</p>
<p>El edificio estaba incrustado en otros edificios, su fachada era fea, sin otra pretensión que cierta elegancia moderna, <em>high tech</em>, recargada de aluminio y gruesos cristales. La cita era en un segundo o tercer piso.</p>
<p>Ahora, mientras lo pienso y trato de recordar lo que iba viviendo en aquel momento, me doy cuenta de que quiero respetar el no querer recordarlo del todo.</p>
<p>La chica que me contactó me escribió un día antes para advertirme que debía ser puntual. Una hora antes de la cita me volvió a escribir. Debía ser puntual. Este llamado a la puntualidad me pareció terrible, pero a la vez corporativo, confiable.</p>
<p>En la puerta del edificio aguardaba una chica latina con tacones y maquillaje apresurado. No recuerdo si usaba un <em>walkie</em> o el teléfono, pero debíamos esperar allí hasta que le dieran un aviso. Creo que esperaba a que fuéramos suficientes candidatos para subir a la oficina donde supuestamente nos entrevistarían.</p>
<p>Al menos esa era la idea que yo tenía: asistir a una entrevista.</p>
<p>Cuando fuimos suficientes, acaso unos 10 o 15, nos dijeron que subiéramos. En las escaleras algo comenzó a darme una señal poco grata que dejé pasar porque hablaba más de mí que del lugar al que me dirigía. En el primer o segundo piso pasamos junto al consulado de Bulgaria, un país que había sido comunista. Los consulados, la embajadas, los aeropuertos, los pasos fronterizos, suelen darme aprensión.</p>
<p>Walter Benjamin, un filósofo alemán al que leí con cariño y mucha atención antes de salir de Cuba, se suicidó por el influjo terrible de estas oficinas. Son lugares donde, entre otras cosas, deniegan el paso libre a gente que huye para conservarse vivo o cuerdo. Y ese poder es en sí mismo una cámara de tortura. Benjamin, sumido por la desesperación, seguro de no poder obtener la autorización para cruzar, decidió acabar con su vida; al otro día abrieron el paso fronterizo.</p>
<p>Miré hacia el vestíbulo de aquel consulado y a la noción fronteriza sumé el tufo del comunismo, su aislacionismo, su atrincheramiento contra el mundo y todo el que pensase diferente. Mis gritos y angustias en Cuba emanaban de su mobiliario, de aquel salón vacío con dos tristes butacas y una bandera marchita, ensimismada y avergonzada de todos los errores cometidos en su nombre en el pasado.</p>
<p>Seguí subiendo las escaleras tratando de deshacerme de aquella visión, pero no desapareció cuando llegué a la puerta de la compañía, más bien se incorporó, como acentuando mi creciente incomodidad.</p>
<p>Lo primero que vi fue un pequeño vestíbulo, creo que de color azul, en el cual había una hilera de mesas con ordenadores llevados por muchachas de edades entre 25 y 40 años. Todas lucían nerviosas como aprendices.</p>
<p>Me pidieron el nombre, no aparecía en su base de datos. Luego me preguntaron quién me había contactado, dije el nombre de la chica del WhatsApp y se miraron entre ellas. Una pareció encontrarme en una lista, o se lo inventó. Anotó mi nombre y apellidos. El nombre lo rotularon en una tira de papel con goma que me pegaron en el pecho. Un hombre, en cuyo pecho se leía “Dimitri” o “Valentín” me hizo señas con la mano.</p>
<p>El rostro de Dimitri, llamémosle así, era inquietante. Parecía de un país del Este de Europa. Era rubio y de pelo corto, tenía los ojos alineados, verdes y juntos de una lechuza, pero el mentón largo de un caballo. Parecía, por sus rasgos, por la poca curiosidad que emanaba de sus ojillos pequeños, una especie de ave cazadora. Era bajo de estatura, fornido, ágil, y a pesar de tener unos 50 años podías imaginártelo perfectamente dando paseítos, carreras, y bailes de boxeador.</p>
<p>“¿De dónde te han sacado, Dimitri?”, me dije. Pero el elemento que más me llamó la atención y que cambió toda mi percepción del conjunto, o sea, de aquellas chicas nerviosas, del local, del evento en general, fueron los zapatos de Dimitri.</p>
<p>En <em>Cosecha roja</em>, la novela de Dashiell Hammett, unos pequeños detalles le sirven al autor para describir el estado de degeneración moral de Poisonville, la ciudad a la que llega el protagonista: la barba de varios días de un guardia, dos botones arrancados de la camisa de otro, un policía dirigiendo el tráfico con un cigarrillo encendido en la boca.</p>
<p>Los zapatos de Dimitri eran ese cigarrillo, esos botones ausentes, esa barba de semanas en el poli de tráfico. Eran de color blanco, deportivos, pero estaban cuarteados y algo húmedos. Transparentaba en ellos el color pardo de los zapatos que llevan los <em>homeless. </em></p>
<p>A partir de ahí mis sentidos se afinaron, comencé a sentir olor a pies sucios en todo el local.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>Me dio la impresión de que Dimitri estaba allí por voluntarismo. Algo en aquel espacio parecía una puesta en escena.</p>
<p>Aún hoy doy crédito a mis impresiones, porque brotaban del contraste. Había llegado a aquel lugar con ingenuidad, con una predisposición humilde a lo que se me solicitara. Estaba todavía en luna de miel con el capitalismo, y me percibía a mí mismo como alguien inferior, un aprendiz, pero no había nacido ayer, todo lo que acontecía a mi alrededor me parecía desencajado, improvisado, demasiado familiar como para no leerlo como se leía en Cuba una impostura.</p>
<p>La mayoría de los porteros de instituciones en Barcelona van uniformados, Dimitri no. Tal parecía que lo habían colocado de portero por su cara. ¿Quién coloca al peor rostro del equipo en la puerta?</p>
<p>Dimitri leyó mi nombre pegado en mi pecho y me condujo de forma cordial un par de metros hasta hacerme girar en un tabique. Entonces se abrió todo el espacio: vi el lugar en el que me harían la entrevista.</p>
<p>No era una oficina ni nada parecido, sino un gran salón desnudo, similar a un salón de alquiler para fiestas de despedidas de solteros: paredes blancas, de yeso, rodapiés algo sucios, iluminación led blanca. Al fondo, ventanas corredizas que daban a la calle —una calle gris, urbana, triste—, y una pantalla para proyector sobre la cual había un patrón de calibración de imagen.</p>
<p>Los primeros 10, 20, o 30 que llegamos estuvimos un par de minutos de pie mientras dos o tres personas, jóvenes todas, colocaban unas sillas en fila frente a aquella pantalla.</p>
<p>Iban organizando las sillas sobre la marcha. Tanto ellos como el resto del personal no parecía formar parte de una agencia dedicada a organizar eventos. Algo en la forma en que tropezaban entre sí me daba la impresión de que su intervención allí era reciente, como si trabajaran en un convenio <em>pro </em><em>bono</em>, de semi-voluntariedad.</p>
<p>Colocaron la primera fila, se sentó un grupo de candidatos como yo. Colocaron otra fila, se sentó otro grupo; luego colocaron mi fila y me senté. Mis rodillas topaban con la fila de en frente. El abrigo que llevé comenzaba a molestarme, era aparatoso, ocupaba mucho espacio. Intenté sacar una libreta de mi mochila, para tomar apuntes, o demostrar que tomaba apuntes, pero se me hizo trabajoso pues molestaba a la persona que estaba a mi lado. El abrigo me daba calor, comencé a transpirar y me lo quité.</p>
<p>Detrás de mí iban colocando más y más filas y estas se iban llenando de más y más candidatos.</p>
<p>“¿Donde te has metido Carlos?, ¡sácate de aquí!” Me decía una vocecita por dentro.</p>
<p>Me daba vergüenza ponerme de pie e irme. El ego no me dejaba. Una fuerza me sacaba de allí y la otra me devolvía. Por un lado, aquello parecía decirme “eres más que esto, vete de aquí”, y por otra “eres nada, como todo emigrante, y te toca aprender”.</p>
<p>Por un momento me llené de coraje y me volví para examinar al resto de los candidatos. Cuando uno teme mirar al otro lo que evita es mirarse a sí mismo. Había personas de todas las edades, con mejor o peor pinta. Había sudamericanos, africanos, españoles y del resto de Europa. Todos buscaban trabajo. A esta altura calculé que habría cerca de 100 personas allí, 100 personas más tú, Carlos. El más especial del universo.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>De unos altavoces instalados a ambos lados de la pantalla comenzó a salir música disco de principio de los 2000 y al escucharla comprendí que la estaba echando en falta. Luego apareció un chico español de unos 30 años que hizo una intro dinámica, juvenil. Estaba allí para presentarnos, sin más, a una persona muy especial, una persona que le había dado un giro de 180 grados a su vida, una persona que le había enseñado a ganar el dinero que nunca imaginó ganar desde casa, sin la tiranía de Hacienda, sin la tiranía de X y de Y, etc.</p>
<p>La persona especial vino desde el fondo de las butacas, desde el fondo de nuestras nucas. Intuí que había estado observándonos desde el principio porque su figura era insulsa. Por el acento parecía venezolano o colombiano, tendría menos de 33 años. Era mestizo, con la barba bien cortada. Usaba jeans anchos, sucios de horas nalga y poco horario de sueño, y un jersey deportivo ordinario. El tipo de personas que olvidas tres segundos después de cruzártelo en el metro.</p>
<p>El chico agarró el micrófono sin formalidad y fue al grano. El paso de los honores del presentador a su discurso fue tan rápido que hacía pensar, entre líneas, que el primero era más un competidor esperando su momento, que un discípulo. Y que aquello pudo haber sido planeado tal cual. Algo así como que el <em>maestro</em> no quería discípulos sino competidores, pues por un lado necesitaba gente volcada al esquema de obtención de riquezas que nos iba a presentar y, por el otro, porque su nivel era inalcanzable, porque aunque se pretendiera competir con él, nunca se iba a salir de la condición de discípulo.</p>
<p>El <em>joven maestro</em> tenía mucho aplomo, abrió su discurso hablando sobre su fe inútil en los estudios y luego sobre su experiencia como autónomo: las deudas, la presión que recibió de Hacienda y de los clientes. En resumen, se había intentado insertar en el mundo del marketing pero no había encontrado descanso, sino mucho estrés. Aquella mala vida le reveló que se había hecho autónomo para ser más libre, para no tener jefes, pero al final se dio cuenta de que cada cliente era su jefe.</p>
<p>Ahí le dio un timonazo a su vida, comenzó a creer que iba a ser más libre siendo una especie híbrida de empleado e independiente —en ese punto me perdí, mi cabeza estaba tratando de comprender el todo—. Luego pasó a explicarnos un esquema financiero desarrollado por un japonés, que criticaba la forma ordinaria de obtener dinero y daba una solución a ello, una solución que nos permitía ser felices. O sea, el chico nos estaba presentando un camino hacia la felicidad.</p>
<p>Proyectó gráficos en la pantalla que tenía tras de sí. Usó flechas, rectángulos, alzó y bajó la voz para hacer énfasis retóricos. No apunté el nombre del autor japonés en el que se basaba porque me costaba comprender no solo lo que el chico quería enseñarnos, sino el sentido de estar allí sentado, escuchando aquel largo prólogo que no aterrizaba, que no nos decía qué demonios hacía aquella empresa y qué debíamos hacer nosotros para ganar dinero.</p>
<p>De pronto, el chico pareció molestarse, o lo fingió, e interrumpió su discurso. Dijo que haría una pausa porque no le gustaba hablar en vano. El tono en que lo dijo era arrogante, parecía que se había quedado vacío por dentro, y nos los echaba en cara.</p>
<p>Miró atentamente al público como un ministro evangélico, e hizo la siguiente pregunta: “¿Me gustaría saber quiénes son los que comparten mi filosofía de vida? O sea, levanten la mano quienes comparten esta filosofía de vida”.</p>
<p>Yo había comprendido bien poco del esquema económico que proponía, de hecho, no lo había propuesto aun; había propuesto, según su pregunta, “una filosofía de vida”, y yo no me había enterado a pesar de estar 100% presente. No levanté la mano. Miré un instante hacia la gente sentada después de mí para ver si alguien me secundaba y vi que todos los que me rodeaban, hasta el fondo, habían levantado la mano. Comprendían y estaban de acuerdo con aquella “filosofía de vida”.</p>
<p>Al verlos, tuve el impulso de subir mi mano también, pero algo me detuvo, ¿el orgullo, quizá? No lo sé. Era una mezcla de todo. Habíamos ido a buscar trabajo, un salario, y nos estaban vendiendo un evangelio. Creo que la posibilidad de comprender a aquel sujeto y aquel lugar, y no solo su filosofía de vida, fue más poderosa que el interés por lo que vendría después de la votación.</p>
<p>El <em>j</em><em>oven </em><em>gurú</em> clavó su mirada y magnetismo en mí y me preguntó si yo no compartía su “filosofía de vida”. Le dije que no era que no la compartiera, sino que no la había comprendido.</p>
<p>El chico no pareció escucharme, y volvió a hacerme la pregunta con un tono cargado, rabioso: “Te estoy preguntando algo, y quiero que me lo respondas: ¿compartes mi filosofía de vida? ¿Sí&#8230; o&#8230; no?”. La pausa retórica que colocó entre el sí y el no era más arrogante que la de los agentes de la seguridad del estado cubana que me interrogaron en su momento. Se creía con poder sobre mí y sobre el auditorio.</p>
<p>Le volví a responder que como le había dicho hace un segundo, quizá la compartía, pero antes tenía que comprenderla. El chico dijo, “vale, póngase de pie, diríjase al fondo, y vea a Dimitri, él le va a explicar mejor”.</p>
<p>Se hizo un silencio en el salón, recogí mi abrigo, la libreta, los introduje en la mochila; me tomé mi tiempo tratando de comprender lo que estaba sucediendo. Me dirigí hacia el fondo donde me esperaba la jeta de Dimitri, me presenté y le dije: “Dimitri, el chico me dijo que lo viera a usted”.</p>
<p>Dimitri levantó una mano y, con las yema de los dedos índice y pulgar, me quitó el nombre que me identificaba pegado en el pecho y me dijo: “ahora te puedes ir”.</p>
<p>Y me fui.</p>
<p>Bajé la escaleras, volví a ver el consulado de Bulgaria, salí a Riera de Cassoles; el cielo me pesaba. ¿Qué demonios acaba de pasar aquí?, me dije. Me sentía enfermo, un chorro de toxinas me pasaba por el pecho.</p>
<p>Durante meses continué aplicando a ofertas de LinkedIn y otras <em>apps</em> que instalé en el móvil. Apliqué a todo tipo de trabajos sin éxito. Algunos rechazos los comprendí, los de marketing, por ejemplo, pues en Cuba apenas conocía de qué se trataba. En los de periodista creo que valoraban que estuvieras empapado de España para poder escribir de ella. Pero otros rechazos parecían chistes: no clasifiqué ni para conserje de edificios, ni para lavaplatos, ni para ayudante de cocina, ni para mesero, ni para albañil.</p>
<p>Los de Riera de Cassoles me seguían llamando para que asistiera al entrenamiento. Funcionaban como operadoras telefónicas que intentaban venderte el mismo producto una y otra vez. Les respondía que ellos me habían expulsado y les pedí que me quitaran de su base de datos, que para mí Riera de Cassoles era el infierno. A veces pensé en ir para saber qué proponía el <em>joven gurú</em> después de aquel primer “paso fronterizo”, pero no quería verlos ni en pintura.</p>
<p>Evocarlos me hacía el exilio, el capitalismo, la emigración y el comunismo una misma cosa. Aquel espacio representaba a un <em>tiranuelo</em>, a un cúmulo de cobardes o de gente sin curiosidad que por no verse en peligro no levantaba la mano ni hacía preguntas. Barcelona comenzó a ensuciarse en mi cabeza. Era un asunto de salud mental mantenerme lejos.</p>
<p>Y seguían llamando. Alguna vez les dije que los iba a denunciar a la policía. Luego creo que identifiqué en LinkedIn la supuesta empresa que tomaba mis datos cada vez que yo aplicaba, y no le mandé más mi currículum.</p>
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		<title>La historia de Lucía: viaje de La Habana a Buenos Aires</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Ella Fernández]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 18 Aug 2025 17:19:34 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[General]]></category>
		<category><![CDATA[Argentina]]></category>
		<category><![CDATA[emigración cubana]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Lucía, 25 años, salió de La Habana el 17 de julio de 2025 y llegó a Buenos Aires tras un viaje por tierra que incluyó países como Guyana y Brasil. Su relato expone el entramado migratorio que miles de cubanos atraviesan para rehacer sus vidas en otras tierras. </p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right;"><em>Nací en una ciudad triste<br />
</em><em>suspendida del tiempo<br />
</em><em>como un sueño inacabado<br />
</em><em>que se repite siempre.</em></p>
<p style="text-align: right;">Cristina Peri Rossi</p>
<p>Hoy te vengo a contar la historia de Lucía.</p>
<p>Lucía. Cubana, 25 años, hija única, profesora universitaria de Historia. Lleva el pelo corto, con un flequillo que le enmarca la cara. Cabello fino, de textura entre liso y ondulado. Lee a Cristina Peri Rossi y a Idea Vilariño. Le gusta el vino, o eso creo. Es amiga de amigos. Su nombre real no es Lucía: es otro, completamente distinto. Pero así la he decidido bautizar en este texto porque me recuerda a la(s) Lucía(s) de Humberto Solás. Tal vez por su voz pausada y cálida. Tal vez porque su rostro guarda la curvatura de Adela Legrá. Tal vez porque, como las otras Lucías, ella también es una encarnación de mujer-isla.</p>
<p>Pero la Cuba de esta Lucía que les presento no está marcada por gestas mambisas ni por la resistencia a Gerardo Machado. Es la Cuba de 2025, donde el enemigo no llega en barcos ni viste uniforme extranjero: habla con nuestro propio acento. Un enemigo que, gota a gota, ha ido desbordando la isla y empujando a su gente hacia otras tierras. La Cuba de esta Lucía está atravesada por el fantasma omnipresente de la migración.</p>
<p>Nuestra protagonista llegó a Buenos Aires, Argentina, el 27 de julio de 2025, después de atravesar el continente sudamericano. Y esta es su historia.</p>
<p>“Yo voy a hacer el camino por tierra”, me escribió un par de semanas antes de iniciar el trayecto. “Salgo de La Habana el 17 de julio… cuando llegue, te cuento todo”.</p>
<p>“¿Por qué decidiste irte de Cuba?”, le pregunto.</p>
<p>Lucía no carga con una razón “espiritual” o “elevada” para haber salido del país; o eso dice. Fue la cotidianidad, nada más, lo que la llevó a emprender el viaje. No habla de prosperidad ni de comodidad, porque un día decidió no medir su vida con esos parámetros. Son palabras demasiado amplias y subjetivas, a las que ha preferido restarles todo el peso. Tampoco idealiza contextos foráneos. De su boca jamás salió el famoso “aquí no funciona, pero en el resto del mundo sí”.</p>
<p>Habla de frustración, de “una vida en pausa” por culpa de la maldita espera: el regreso de la luz, del agua y el gas. Esperaba para encender uno de los dos ventiladores que funcionaba en su apartamento. Esperaba becas para cursar estudios en instituciones extranjeras que nunca llegaron. Esperar y esperar.</p>
<p>Los cortes eléctricos, el transporte —o su ausencia—, la imposibilidad de acceder a “lo mínimo” para sobrevivir en un país dolarizado. Dinero para recargas, alquiler, comida —sin llegar jamás a sentirse bien alimentada—. Se sentía pequeña, infantil, desprovista y, al mismo tiempo, vieja.</p>
<p>“Tenía miedo de parecer de 35 años”, comenta.</p>
<p>Sola en un apartamento de La Habana, el calor le empezó a afectar. Su mente trabajaba el doble; sobrepensaba sin que nadie “le cortara el mambo” y le dijera: “tranquila, vamos a tomar un café”. No tenía esa compañía capaz de aligerar los problemas más mundanos. Ya no estaban los amigos, y los que quedaban hacían colas en la embajada de España para trámites de pasaporte.</p>
<p>“En mi pequeño entorno, parecía que todos lo tenían todo resuelto”, agrega.</p>
<p>La presión del “cronómetro del éxito” empezó a sonar en su cabeza. Tic-toc. El último que se queda, el encargado de apagar la luz del Morro, está maldito. Un reloj migratorio que le recordaba su responsabilidad, como hija única, de ayudar económicamente a su madre. Eran muchas razones a la vez.</p>
<p>Cuando conoció a su actual pareja —llamémosle Alberto—, este ya vivía en Argentina. Le habló de una Argentina-promesa, un país que “no estaba tan mal”.</p>
<p>No fue una huida… o capaz sí. Pero el calor y el tiempo se fusionaron en un mismo monstruo y Lucía decidió irse, y hacerlo “pronto”.</p>
<p>“Todo el mundo, o varias personas, me sugirieron que esperara mejor una beca en España. O que Alberto fuera a Cuba y nos casáramos; esperar un año y algo para que me llegara la visa y poder viajar. Pero yo soy cabezona, arrancada y eufórica”, confiesa.</p>
<p>En un episodio casi maníaco, la profesora de Historia decidió atravesar por tierra Guyana y Brasil hasta llegar a Argentina, con algo de su propio dinero y otro tanto prestado. Había escuchado experiencias de conocidos que habían hecho el mismo trayecto y no les había ido “tan mal”.</p>
<p>“No se lo puedes decir a nadie, porque los planes no se te dan”, le advirtieron viejas voces. Lucía hizo lo contrario y notificó su salida a toda la gente que amaba. Quería hablarlo, decirlo en voz alta, porque sentía que la idea —aunque tomada— no terminaba de calar en su cabeza. Hubo muchas despedidas y un grupo de WhatsApp en el que se sintió acompañada. La última persona a la que abrazó fue su mamá, en el aeropuerto rumbo a Guyana, el 17 de julio de 2025.</p>
<p>“Mi mamá es muy tímida, como yo. Las dos nos sentíamos minúsculas en un aeropuerto internacional”.</p>
<div id="attachment_15352" style="width: 820px" class="wp-caption aligncenter"><img decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-15352" class="wp-image-15352 size-large" src="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/08/Daniella-Fernandez-Realin-3727-900x600.jpg" alt="Las monedas de los países que atravesó para llegar a Argentina. Foto: Ella Fernández." width="810" height="540" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/08/Daniella-Fernandez-Realin-3727-900x600.jpg 900w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/08/Daniella-Fernandez-Realin-3727-300x200.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/08/Daniella-Fernandez-Realin-3727-768x512.jpg 768w" sizes="(max-width: 810px) 100vw, 810px" /><p id="caption-attachment-15352" class="wp-caption-text">Las monedas de los países que atravesó para llegar a Argentina. Foto: Ella Fernández.</p></div>
<p>Después del avión vino la <em>van</em> —o camioneta— y después, la canoa.</p>
<p>“Tenía un miedo tremendo. Me habían hablado de la canoa, [y] yo no sé nadar. Al final, la canoa resultó ser la parte más hermosa, dentro de lo que cabe, de la travesía, porque fue como un respiro”, recuerda.</p>
<p>El trayecto duró poco más de una semana. Para su sorpresa, todas las personas involucradas fueron “extremadamente amables”. Pero entiende que todo el entramado es, al final, un negocio. En el hostal donde se hospedó en Guyana le comentaron que, diariamente, salían al menos dos <em>vans</em> con 18 o 20 personas cada una. En la selva podían circular hasta 15 camionetas diarias llenas de migrantes procedentes de Cuba.</p>
<p>“Es un negocio bastante extenso”, comenta. “La persona que me prestó el servicio controló mi viaje desde la llegada a Guyana hasta Argentina. Es una red muy amplia y funciona bastante bien, independientemente de todo lo malo que puede suceder, porque muchísimas cosas pueden salir mal”.</p>
<p>Lucía describe cadenas de mando con posibles reemplazos, encargados de solventar errores y proveer soluciones rápidas en 24 a 48 horas.</p>
<p>“Tú contactas con una persona y le dices que quieres ir para Argentina. Esa persona te compra el pasaje para Guyana, donde paras en un hostal [donde te dan] una cajita de comida —arroz con pollo, una Fanta, un pomo de agua, después un heladito y una galletita—. Si tienes niños —y había muchas mujeres con niños, hombres con niños, adolescentes—, te dan alguna chuchería. Lo mismo si tienes una persona mayor o alguien con alguna dificultad, o que no quiere comer lo que le trajeron. Prestan atención a eso e intentan ayudarte en la medida de lo posible”.</p>
<p>Lucía no estuvo ni 24 horas en Guyana: esa misma noche salió rumbo a Brasil en una camioneta que atravesó la selva por un terraplén. Allí perdió la mochila con su certificado de soltería, antecedentes penales y certificado de nacimiento. No tenía cambio de ropa y estaba menstruando.</p>
<p>La lluvia intensa y las ruedas bajas del vehículo provocaban que la camioneta se detuviera constantemente. Le dijeron que el viaje duraba entre 18 y 22 horas, máximo 35 si el clima estaba mal. No fue así.</p>
<p>“Me sentaron al lado del chofer, junto al motor. El chofer estaba dormido, perdía la dirección. Nos pusimos nerviosos, pero como todo es ilegal, te das cuenta de tu vulnerabilidad: no puedes reclamar, no tienes línea [de teléfono], no tienes Internet”.</p>
<p>El chofer le pidió que le hablara para evitar dormirse. Lucía no pudo pegar ojo.</p>
<p>Llovía tanto que la tierra roja de la selva se volvía fango en cuestión de segundos. La camioneta dejó de andar varias veces; se vieron obligados a empujarlo. Luego se rompió el motor. Les habían dicho que, si esto pasaba, había que reemplazarlo, pero el chofer no quería porque el costo saldría de su propio bolsillo. Lucía temía pasar la noche en la selva. El conductor le habló de los jaguares de Guyana; ella se echó a llorar.</p>
<p>El final de ese tramo estuvo marcado por la llegada a un manglar donde los esperaban botes de aluminio muy pequeños, con maderas como asiento. Cruzaron un río y luego caminaron unos diez o quince minutos en total silencio hasta llegar a una casa. Allí Lucía se encontró con hombres que describe como “los típicos empresarios de novela brasileña”: traje y auriculares. Le pareció más inseguro ese encuentro que toda la travesía selvática.</p>
<p>“Nos metieron en un carro súper apretado y nos dejaron en hostales en Brasil”, detalla.</p>
<p>En Brasil, aquellos “empresarios de novela” le gestionaron el siguiente paso: un vuelo a Porto Alegre. Luego, un taxista la llevó a la frontera con Argentina. Fue a una Western Union, cambió 100 dólares por pesos argentinos y esperó.</p>
<p>Muchos cubanos del grupo se quedaron en Brasil para pedir refugio político; otros tenían como meta final Uruguay. Argentina es el destino menos solicitado. En ese grupo se sintió acogida. Todos hablaban de a quiénes habían dejado atrás, a quiénes iban a ver. Querían contar dónde habían trabajado en Cuba, dónde se graduaron. Había personas de todas las edades y grupos demográficos. Tomaban cerveza juntos, iban a la tienda, se acompañaban.</p>
<p>El día que Lucía cruzó la terminal de Santo Tomé, provincia argentina de Corrientes, llovía. Llegó a las 10:30 de la mañana; el bus a Buenos Aires salía a las seis de la tarde. Arribó a la estación bonaerense de Retiro a las 5:30 de la mañana del día siguiente. Era 28 de julio. Lo primero que recuerda es a Alberto corriendo hacia ella. Ella temblaba de frío: pleno invierno austral.</p>
<p>“Lo primero que hice fue comer chocotorta”, se ríe. “Tenía este chiste de que iba a cruzar todas las fronteras para comer chocotorta. Pero lo primero que sentí no fue felicidad, sino nerviosismo y hambre”.</p>
<div id="attachment_15354" style="width: 820px" class="wp-caption aligncenter"><img decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-15354" class="size-large wp-image-15354" src="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/08/Daniella-Fernandez-Realin-3726-900x600.jpg" alt="El objeto más significativo del viaje, según Lucía, fueron sus botas, destrozadas por completo: suelas despegadas que nunca se quitó porque no tenía cambio de ropa. Foto: Ella Fernández." width="810" height="540" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/08/Daniella-Fernandez-Realin-3726-900x600.jpg 900w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/08/Daniella-Fernandez-Realin-3726-300x200.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/08/Daniella-Fernandez-Realin-3726-768x512.jpg 768w" sizes="(max-width: 810px) 100vw, 810px" /><p id="caption-attachment-15354" class="wp-caption-text">El objeto más significativo del viaje, según Lucía, fueron sus botas, destrozadas por completo: suelas despegadas que nunca se quitó porque no tenía cambio de ropa. Foto: Ella Fernández.</p></div>
<p>Tras su llegada a Buenos Aires, le pregunté si había guardado algún objeto del viaje. Me dijo que siempre tuvo la intención de hacerlo. Conservó monedas —compró una botella de agua para quedarse con el cambio de un dólar—. En Guyana intentó llevarse una hoja de la selva, pero desapareció en la travesía.</p>
<p>El objeto más significativo fueron sus botas, destrozadas por completo: suelas despegadas que nunca se quitó porque no tenía cambio de ropa. Ya en Argentina, terminó arrancando los pedazos del calzado que colgaban. No piensa tirarlas; las quiere reparar. Le hubiese encantado conservar el pantalón con el que hizo la travesía, pero la prenda se desintegró: traía la tierra y el rastro de todo lo que había vivido.</p>
<p>Las botas —o lo que queda de ellas— y las monedas las guarda junto a recuerdos de Cuba: fotos, regalos y una dedicatoria escrita por un amigo en la primera página de un cómic de <em>The</em> <em>Watchmen</em>. El cómic era muy grande y no pudo llevarlo consigo: arrancó la página, doblada y maltrecha, y la tuvo siempre en su riñonera, un talismán para cuando tuviera miedo. Porque sí, tuvo miedo. Para vencer cualquier tipo de parálisis escribía oraciones, casi plegarias, en las notas del teléfono y las repetía durante horas, sin parar.</p>
<p>Cuando el vehículo que transportaba al grupo de cubanos por Guyana se averió en una zona poblada de ruidos animales —allí, donde vio un zorro blanco por primera vez en su vida—, Lucía se convenció de que si repetía cierta palabra durante una hora, sin beber agua ni detenerse, todo saldría bien.</p>
<p>Así, entre objetos que resistieron la travesía y rituales improvisados, llegó a una Argentina invernal. Efectivamente, al país de la chocotorta, del tango, del cuarteto y de la inflación. Un país difícil, con un gobierno poco afín a los extranjeros. Poco afín a muchas otras cosas.</p>
<p>Lleva menos de un mes en Buenos Aires y sabe que lo más duro está por venir, pero la ansiedad parece diluirse en la resiliencia de su voz. Todavía siente miedo, mucho miedo… a los cambios y a lo nuevo. Pero sigue; no queda otra. Ahí aparecen Raquel Revuelta, Eslinda Núñez y Legrá: las tres Lucías en una sola.</p>
<p>Mientras charlamos, mira a la gata de Alberto, a la que tantas veces vio por videollamada. Me cuenta de sus salidas al bar del barrio y de cómo, el otro día, un grupo de jóvenes argentinos le preguntó qué vuelo había tomado desde Cuba para llegar a Buenos Aires.</p>
<p>No supo qué responder.</p>
<div id="attachment_15356" style="width: 410px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-15356" class="size-large wp-image-15356" src="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/08/1-400x600.jpg" alt="Lucía vive ahora en Ciudad de Buenos Aires junto a Alberto y la gata que a la que tantas veces vio por videollamada. Foto: Ella Fernández." width="400" height="600" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/08/1-400x600.jpg 400w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/08/1-200x300.jpg 200w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/08/1-768x1152.jpg 768w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/08/1-scaled.jpg 1707w" sizes="(max-width: 400px) 100vw, 400px" /><p id="caption-attachment-15356" class="wp-caption-text">Lucía vive ahora en Ciudad de Buenos Aires junto a Alberto y la gata que a la que tantas veces vio por videollamada. Foto: Ella Fernández.</p></div>
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		<title>¿Cómo cocinar en Cuba?</title>
		<link>https://periodismodebarrio.org/2025/08/como-cocinar-en-cuba/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Periodismo de Barrio]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 04 Aug 2025 17:39:12 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[General]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>En este video, tres cubanos cuentan a Periodismo de Barrio su experiencia a la hora de enfrentarse a la cocina en tiempos de incertidumbre eléctrica y alimenticia. </p>
<p>La entrada <a rel="nofollow" href="https://periodismodebarrio.org/2025/08/como-cocinar-en-cuba/">¿Cómo cocinar en Cuba?</a> se publicó primero en <a rel="nofollow" href="https://periodismodebarrio.org">Periodismo de Barrio</a>.</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>El 86% de los hogares cubanos operan al margen de la supervivencia, según un estudio publicado en 2024 por el Observatorio Cubano de Derechos Humanos y el Observatorio de Derechos Sociales Cuba.</p>
<p>En este video, tres cubanos cuentan a <em>Periodismo de Barrio</em> su experiencia a la hora de enfrentarse a la cocina en tiempos de incertidumbre eléctrica y alimenticia.</p>
<p><iframe loading="lazy" title="¿Cómo cocinar en Cuba?" width="810" height="456" src="https://www.youtube.com/embed/W2AWxl2zWps?feature=oembed" frameborder="0" allow="accelerometer; autoplay; clipboard-write; encrypted-media; gyroscope; picture-in-picture; web-share" referrerpolicy="strict-origin-when-cross-origin" allowfullscreen></iframe></p>
<p>La entrada <a rel="nofollow" href="https://periodismodebarrio.org/2025/08/como-cocinar-en-cuba/">¿Cómo cocinar en Cuba?</a> se publicó primero en <a rel="nofollow" href="https://periodismodebarrio.org">Periodismo de Barrio</a>.</p>
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			</item>
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		<title>“Es bien traumático todo lo que estamos viviendo”: esposa de barbero cubano detenido por ICE en Miami</title>
		<link>https://periodismodebarrio.org/2025/06/inmigracion-cubana-detencion-ice-randy/</link>
					<comments>https://periodismodebarrio.org/2025/06/inmigracion-cubana-detencion-ice-randy/#respond</comments>
		
		<dc:creator><![CDATA[Mónica Baró Sánchez]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 24 Jun 2025 15:10:46 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[General]]></category>
		<category><![CDATA[emigración cubana]]></category>
		<category><![CDATA[Estados Unidos]]></category>
		<category><![CDATA[ICE]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>A pesar de que Donald Trump ha insistido en que los inmigrantes indocumentados que quiere deportar son criminales, los últimos cinco meses de su administración cuentan otra historia. </p>
<p>La entrada <a rel="nofollow" href="https://periodismodebarrio.org/2025/06/inmigracion-cubana-detencion-ice-randy/">“Es bien traumático todo lo que estamos viviendo”: esposa de barbero cubano detenido por ICE en Miami</a> se publicó primero en <a rel="nofollow" href="https://periodismodebarrio.org">Periodismo de Barrio</a>.</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>Roxana dice que ella nunca pensó que a su esposo le pudiera pasar. Ambos sentían incertidumbre por las noticias de arrestos de inmigrantes indocumentados en Estados Unidos, incluso miedo, pero pensaban que quizás esas personas que veían en las noticias habían tenido algún problema delictivo. Randy no, nunca. Randy no ha tenido ni una multa de tráfico y declaró sus <em>taxes</em> dos veces.</p>
<p>Randy llegó a Estados Unidos el 14 de febrero de 2022, tras cruzar la frontera por México, y desde entonces no hizo otra cosa que trabajar. En Cuba era barbero y decidió que en Estados Unidos seguiría su carrera. Pasó un curso de <em>Full Barber</em>, obtuvo una certificación —porque todo inmigrante sabe que siempre viene bien un papel de aquí para salir adelante—, rentó un sillón en una barbería de Hialeah y se puso a vivir de su pasión.</p>
<p>Durante más de tres años, Randy trabajó los siete días de la semana, entre 10 y 11 horas al día, y descansó dos domingo al mes. Es un hombre de 30 años que sueña con poder abrir su propia barbería y tener hijos con Roxana. No quiere perder el tiempo. Vinieron a Estados Unidos para eso, en busca de libertad y oportunidades, con la determinación de construir una vida mejor que la que dejaron atrás, en San Luis, Pinar del Río.</p>
<p>Él vino primero, y Roxana nueve meses después, en noviembre de 2022. A él lo soltaron con I-220A y a ella con parole humanitario. Roxana tuvo suerte. Pudo acogerse a la Ley de Ajuste Cubano y ya hoy es residente. Randy no. Presentó su solicitud de Green Card y no ha recibido respuesta. Forma parte del grupo de cerca de <a href="https://www.cafefuerte.com/miami/ice-impone-supervision-intensiva-a-inmigrantes-con-documento-i-220a/" target="_blank" rel="noopener">400 mil cubanos</a> que recibieron un documento I-220A en la frontera, tras entrar a Estados Unidos de manera irregular, y viven a la espera de un acto de benevolencia o justicia que arregle <a href="https://periodismodebarrio.org/2023/09/los-tipos-de-parole-en-estados-unidos-explicados/">su estatus migratorio</a>.</p>
<p>No imaginaron que algo pudiera salir mal en la segunda aparición en corte de Randy, el pasado 3 de junio. La cita era a las 8:30 de la mañana, en la corte de inmigración de Brickell, en el centro de Miami, y llegaron un poco antes. La abogada de Randy recomendó esperar afuera, dentro del carro, por como andan las cosas en estos días, hasta que faltaran apenas cinco minutos para pasar.</p>
<div id="attachment_15276" style="width: 440px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-15276" class="wp-image-15276 size-large" src="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/Randy-y-Roxana-2-430x600.jpg" alt="Randy y Roxana 2" width="430" height="600" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/Randy-y-Roxana-2-430x600.jpg 430w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/Randy-y-Roxana-2-215x300.jpg 215w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/Randy-y-Roxana-2-768x1072.jpg 768w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/Randy-y-Roxana-2-810x1131.jpg 810w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/Randy-y-Roxana-2.jpg 945w" sizes="(max-width: 430px) 100vw, 430px" /><p id="caption-attachment-15276" class="wp-caption-text">Randy y Roxana llegaron a Estados Unidos con el sueño de construir una vida juntos. Foto: Cortesía de la entrevistada.</p></div>
<p>A pesar de que la comunidad cubana inmigrante ha recibido un tratamiento excepcional en Estados Unidos desde la década de los sesenta, que la ha colocado en una posición de privilegio con respecto a otras, tras la entrada de Donald Trump en la Casa Blanca, en enero del presente año, la historia ha cambiado. Ya nadie que no sea ciudadano americano puede sentirse completamente a salvo de una deportación.</p>
<p>Supuestamente, la cruzada de Trump iba dirigida contra criminales. Eso fue lo que prometió durante su campaña por la presidencia: que tan pronto asumiera el cargo, lanzaría “el mayor programa de deportación de criminales” en la historia del país, y mucha gente creyó que así sería.</p>
<p>La primera ley que aprobó el Congreso en su segundo mandato fue la Laken Riley, que permite a las autoridades migratorias detener de inmediato y sin derecho a fianza a inmigrantes indocumentados que han sido condenados o acusados de distintos delitos. Se nombró así en memoria de la estudiante de enfermería de 22 años asesinada por José Antonio Ibarra, un venezolano indocumentado, mientras trotaba por el campus de la Universidad de Georgia, en una mañana de febrero de 2024. Sus defensores aseguran que, con ella, la seguridad en las calles aumentará y se evitarán otras muertes tan terribles como la de Riley.</p>
<p>Sus detractores opinan distinto. Consideran que es más bien un instrumento represivo para perseguir a inmigrantes. En primer lugar, porque la ley apunta no solo contra personas como Ibarra sino incluso contra quienes cometen <em>shoplifting</em> (robo en una tienda) o son acusados de cometerlo. En segundo lugar, porque entra en conflicto con la quinta enmienda de la Constitución al violar el derecho al debido proceso que tienen todas las personas en territorio estadounidense —no solo ciudadanos.</p>
<p>Con la Laken Riley, por ejemplo, un inmigrante indocumentado que ha sido acusado de robar un pintalabios de cinco dólares en Burlington puede ser detenido y deportado antes de acceder a la justicia, es decir, antes de que un tribunal determine su inocencia o culpabilidad.</p>
<p>En los primeros 100 días de la administración de Trump, el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos (ICE), según datos oficiales, arrestó a casi 66,500 inmigrantes indocumentados y expulsó a más de 65,600. Un reporte de la institución dijo que tres de cada cuatro personas arrestadas eran delincuentes. Sin embargo, el pasado 16 de junio CNN publicó una nota que puso en entredicho esta afirmación.</p>
<p><a href="https://www.cnn.com/2025/06/16/us/la-ice-raids-violent-criminals-records-invs" target="_blank" rel="noopener">Documentos internos revisados por CNN</a> revelaron que más del 75 por ciento de los inmigrantes detenidos por ICE desde el inicio del año fiscal en curso —en octubre de 2024— hasta finales de mayo de 2025, no tenían ninguna condena penal aparte de una infracción migratoria o de tráfico. La cifra de condenados por delitos graves, como asesinato, agresión, robo o violación, no llegaba ni al 10 por ciento.</p>
<p>Contrario a lo que repiten los discursos ultranacionalistas, no existe evidencia contundente que vincule criminalidad con inmigración. La evidencia, de hecho, afirma lo contrario. <a href="https://www.nber.org/system/files/working_papers/w31440/w31440.pdf" target="_blank" rel="noopener">Un reporte</a> del Buró Nacional de Investigación Económica revela que, durante 150 años, entre 1870 y 2020, los inmigrantes han registrado tasas de encarcelamiento más bajas que los nacidos en Estados Unidos. En la actualidad, tienen un 60 por ciento menos de probabilidades de ir a prisión.</p>
<div id="attachment_15277" style="width: 2058px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-15277" class="size-full wp-image-15277" src="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/WhatsApp-Image-2025-06-20-at-18.25.20-2.jpeg" alt="Randy y Roxana con su familia" width="2048" height="946" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/WhatsApp-Image-2025-06-20-at-18.25.20-2.jpeg 2048w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/WhatsApp-Image-2025-06-20-at-18.25.20-2-300x139.jpeg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/WhatsApp-Image-2025-06-20-at-18.25.20-2-1000x462.jpeg 1000w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/WhatsApp-Image-2025-06-20-at-18.25.20-2-768x355.jpeg 768w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/WhatsApp-Image-2025-06-20-at-18.25.20-2-1536x710.jpeg 1536w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/WhatsApp-Image-2025-06-20-at-18.25.20-2-810x374.jpeg 810w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/WhatsApp-Image-2025-06-20-at-18.25.20-2-1140x527.jpeg 1140w" sizes="(max-width: 2048px) 100vw, 2048px" /><p id="caption-attachment-15277" class="wp-caption-text">La vida cotidiana de Randy estaba llena de trabajo, celebraciones y familia. Foto: Cortesía de la entrevistada.</p></div>
<p>Supuestamente, Randy no tenía entonces por qué temer un arresto. A las 8:25 de la mañana entró a su segunda cita en la corte con la expectativa de que todo saldría bien. Muy pocos son los casos conocidos de cubanos con I-220A que han obtenido su residencia, pero a muchos les han prorrogado su fecha de corte para 2029, con lo cual ganan tiempo. Quizás con él hacían algo similar.</p>
<p>Roxana no pudo permanecer dentro. La mandaron a salir, al igual que a otros acompañantes, y a esperar afuera. Frente a ella había una puerta de otra corte distinta a la que había entrado su esposo y por ahí miraba salir a la gente. Gente de distintos países, no solo de Cuba. En un momento, presenció el arresto de un inmigrante y se asustó. Dice que lo arrestaron tres hombres y dos mujeres: “Lo tiraron para la pared, lo esposaron y se lo llevaron”.</p>
<p>Sobre la una de tarde, la abogada volvió sola y le dijo que a Randy se lo estaban llevando. “Yo me quedé así: ‘¿Cómo? ¿Cómo que se lo están llevando?’ Y cuando yo me mandé para allá, ya lo estaban esposando y a otro lo tenían contra la pared”. Esa fue la última vez que vio a su esposo.</p>
<p>A Randy lo llevaron ese día para el Centro de Transición de Broward, en Pompano Beach, Florida, y en menos de una semana lo trasladaron para el Centro Correccional del Condado de Adams, en Natchez, Mississippi. Roxana no tuvo tiempo de verlo de nuevo. En la primera visita a la que asistió en el centro de Pompano Beach le dijeron que su esposo estaba en una cita con un oficial y no podrían encontrarse. En la madrugada, cuando lo buscó en el Sistema de Localización de Detenidos en Línea del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos, descubrió que Randy se encontraba a más de 900 millas de distancia.</p>
<p>“Es bien traumático todo lo que estamos viviendo. Bien traumático. Se han separado muchas familias, familias con niños, gente que vino aquí a trabajar, buscando libertad, buscando la tranquilidad de poder expresarse. Y yo estoy agradecida de haber podido llegar a este país lleno de oportunidades, pero es fuerte lo que estamos viviendo ahora mismo”, dijo.</p>
<div id="attachment_15278" style="width: 438px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-15278" class="wp-image-15278 size-large" src="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/WhatsApp-Image-2025-06-20-at-18.25.19-428x600.jpeg" alt="Randy, barbero cubano detenido por el ICE" width="428" height="600" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/WhatsApp-Image-2025-06-20-at-18.25.19-428x600.jpeg 428w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/WhatsApp-Image-2025-06-20-at-18.25.19-214x300.jpeg 214w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/WhatsApp-Image-2025-06-20-at-18.25.19-768x1076.jpeg 768w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/WhatsApp-Image-2025-06-20-at-18.25.19-1096x1536.jpeg 1096w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/WhatsApp-Image-2025-06-20-at-18.25.19-810x1135.jpeg 810w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/WhatsApp-Image-2025-06-20-at-18.25.19-1140x1597.jpeg 1140w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/WhatsApp-Image-2025-06-20-at-18.25.19.jpeg 1142w" sizes="(max-width: 428px) 100vw, 428px" /><p id="caption-attachment-15278" class="wp-caption-text">Nada hacía prever que una simple cita en corte terminaría con su arresto. Foto: Cortesía de la entrevistada.</p></div>
<p>Roxana se encuentra ahora sola enfrentando todos los gastos de la casa. Sigue trabajando como asistente de mánager en un <em>carwash</em> y se mantiene fuerte por Randy. Eso le aconsejan sus amigos y sus compañeros de trabajo, que se mantenga fuerte. A cada rato, en el <em>carwash</em>, tiene que ir al baño a llorar, y luego volver a su rutina. Su jefe la entiende, le permite tomar descansos, pero Roxana no puede dejar de trabajar.</p>
<p>En medio de todo, le ha conmovido el apoyo de la comunidad cubana. Roxana organizó un GoFundMe para cubrir gastos legales —porque la abogada con la que fueron a la corte no quiso continuar con el caso y tuvo que contratar a otra persona— y en pocos días recaudó más de siete mil dólares. Su abogado actual pertenece al equipo de Wilfredo Allen. Roxana dice que confía en que sacará a Randy de la cárcel.</p>
<p>Mientras, continúan las noticias de arrestos de cubanos con I-220A tras asistir a sus citas en la corte. En los últimos días trascendieron los casos de Yordani López y Didie Espinoza, en las ciudades de Orlando y Miami, respectivamente. En ambos casos, sus esposas, al igual que Roxana, aseguraron que los cubanos no habían tenido problemas delictivos.</p>
<p>Laura Jiménez, abogada de Espinoza, en <a href="https://www.youtube.com/watch?v=45jqPx2GUcw" target="_blank" rel="noopener">entrevista con un medio local</a>, declaró que la detención de su cliente no es un caso aislado: “No me ha sucedido solo a mí. Ese mismo día, otros abogados vivieron situaciones similares. Es un patrón. Aquellos que tienen una audiencia próxima están en gran peligro de que esto les suceda”.</p>
<div id="attachment_15279" style="width: 2058px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-15279" class="size-full wp-image-15279" src="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/WhatsApp-Image-2025-06-20-at-18.25.20-4.jpeg" alt="Randy y Roxana en el cine" width="2048" height="1536" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/WhatsApp-Image-2025-06-20-at-18.25.20-4.jpeg 2048w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/WhatsApp-Image-2025-06-20-at-18.25.20-4-300x225.jpeg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/WhatsApp-Image-2025-06-20-at-18.25.20-4-800x600.jpeg 800w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/WhatsApp-Image-2025-06-20-at-18.25.20-4-768x576.jpeg 768w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/WhatsApp-Image-2025-06-20-at-18.25.20-4-80x60.jpeg 80w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/WhatsApp-Image-2025-06-20-at-18.25.20-4-1536x1152.jpeg 1536w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/WhatsApp-Image-2025-06-20-at-18.25.20-4-810x608.jpeg 810w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/WhatsApp-Image-2025-06-20-at-18.25.20-4-1140x855.jpeg 1140w" sizes="(max-width: 2048px) 100vw, 2048px" /><p id="caption-attachment-15279" class="wp-caption-text">Randy y Roxana, como otras miles de familias cubanas migrantes en Estados Unidos, solo quieren vivir en paz. Foto: Cortesía de la entrevistada.</p></div>
<p>En Pinar del Río, los padres de Randy, Dalia Padrón y Tony Mesa, no encuentran fuerzas para expresar lo que sienten. En un mensaje por escrito que hicieron llegar para este trabajo, comentaron que tienen un nudo en la garganta que no les deja hablar.</p>
<p>“Desde Cuba, estamos viviendo esto con un dolor muy grande. Nuestro hijo es un muchacho noble, educado, lleno de valores. No se merece estar en esa situación, esposado, tratado como un criminal, cuando lo único que ha hecho es buscar un futuro mejor y luchar por sus sueños”, contaron.</p>
<p>Gracias a Roxana escuchan su voz desde prisión. Cuando ella habla con Randy por teléfono pone el altavoz y usa un segundo teléfono para comunicarse con Dalia y Tony por WhatsApp. “Nos sentimos impotentes, con las manos atadas, sin poder hacer nada desde la distancia. Como padres, lo único que pedimos es que pueda salir ya de esta situación”, agregaron.</p>
<p>Roxana espera ahora una oportunidad para visitarlo en Mississippi. Ahí ha estado enfermo, con fiebre, al parecer por una infección en la garganta. A Randy no le han dicho nada sobre citas. Por ahora, hablan por teléfono. Randy llama dos o tres veces al día. Roxana le ha dicho que llame siempre que quiera y antes de dormir. Cuando pasa varias horas sin saber de él, lo rastrea en el sistema de localización. Introduce nueve dígitos y su país de nacimiento y revisa si sigue ahí o lo han vuelto a trasladar. Este jueves 19 de junio, Randy sigue ahí.</p>
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		<title>Después del retiro</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Periodismo de Barrio]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 20 Jun 2025 15:41:29 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[General]]></category>
		<category><![CDATA[crisis laboral]]></category>
		<category><![CDATA[economía]]></category>
		<category><![CDATA[trabajo]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Dos profesionales cubanos narran cómo la desmotivación y las carencias los llevaron a reinventarse fuera de sus oficios originales.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p data-start="216" data-end="427">
<p data-start="315" data-end="577">Zaima Villar y Tomás Esparraguera Faría se formaron como especialista en construcción civil y médico intensivista, respectivamente. Por desgracia, el ejercicio de sus profesiones en Cuba se convirtió con el tiempo en una experiencia de desgaste. Frente a un sistema que ofrece poco a cambio del esfuerzo, donde las obras no siempre llegan a buen puerto y el trabajo no basta para sostener la vida, ambos encontraron en otros oficios una forma de seguir adelante. No solo por necesidad económica, sino por todo lo que falta: reconocimiento, condiciones, motivación.</p>
<p data-start="887" data-end="1189">Este video recoge su testimonio. Hablan desde la experiencia de quienes fueron empujados a reinventarse, no por elección, sino por la imposibilidad de llevar una vida digna haciendo lo que estudiaron. Y también desde el vínculo que han construido en ese proceso, una forma de cuidado mutuo en medio de la precariedad.</p>
<p><iframe loading="lazy" title="Después del retiro" width="810" height="456" src="https://www.youtube.com/embed/trVKYxL3nj4?feature=oembed" frameborder="0" allow="accelerometer; autoplay; clipboard-write; encrypted-media; gyroscope; picture-in-picture; web-share" referrerpolicy="strict-origin-when-cross-origin" allowfullscreen></iframe></p>
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		<title>Amor y migración en tres actos</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Ella Fernández]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 02 Jun 2025 16:15:21 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[General]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Desde un encuentro fortuito en La Habana hasta la construcción de un teatro de títeres en Junín, Argentina, esta es la historia de dos mujeres cubanas que eligieron estar juntas y crear un mundo donde antes no había nada.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h4>Preludio</h4>
<p>Hay algo de esotérico en la historia de amor de Geraidy y Yaqui. Me cuentan que, una vez, saliendo de una misa en La Habana, un hombre las vio y les aconsejó que nunca se separaran. “El día que ustedes se separen, puede que las dos sean exitosas, pero el éxito de ustedes está en estar juntas. Son como los Ibeji, gemelos divinos, que vencieron al diablo cantando y bailando”, les dijo.</p>
<p>Los más escépticos, o quienes se aferran al materialismo dialéctico, podrán dudar. El destino siempre es cuestión de debate. Pero en esta historia, contada en tres actos, son tres los protagonistas: Gera, Yaqui y el maldito destino.</p>
<p>Me remito a una escena muy específica: La Habana, 2008. Geraidy abandona un ensayo por culpa de un retortijón de estómago. Sale del teatro, levanta la vista y ve a una misteriosa y hermosa mujer que fuma un cigarro, completamente enajenada del mundo. Gera —como cariñosamente le dicen— no lo sabe aún, pero esa mujer no solo se convertirá en su compañera de vida, sino también en la persona con quien, unos años después, emprenderá un proceso migratorio y levantará a pico y pala el primer teatro de títeres autogestivo de Junín, una ciudad al noreste de Buenos Aires. Una ciudad tan pampeana como conservadora.</p>
<div id="attachment_15231" style="width: 1930px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-15231" class="size-full wp-image-15231" src="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/1.-Daniella-Fernandez-Realin-0907.jpg" alt="Geraidy y Yaqui sonríen a la cámara. Foto: Ella Fernández." width="1920" height="1280" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/1.-Daniella-Fernandez-Realin-0907.jpg 1920w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/1.-Daniella-Fernandez-Realin-0907-300x200.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/1.-Daniella-Fernandez-Realin-0907-900x600.jpg 900w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/1.-Daniella-Fernandez-Realin-0907-768x512.jpg 768w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/1.-Daniella-Fernandez-Realin-0907-1536x1024.jpg 1536w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/1.-Daniella-Fernandez-Realin-0907-810x540.jpg 810w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/1.-Daniella-Fernandez-Realin-0907-1140x760.jpg 1140w" sizes="(max-width: 1920px) 100vw, 1920px" /><p id="caption-attachment-15231" class="wp-caption-text">Geraidy y Yaqui asumieron su sexualidad desde la infancia y lo comunicaron en sus hogares sin filtros, ni silencios. Nunca se ocultaron. Foto: Ella Fernández.</p></div>
<h4>Primer acto. El arte como salvación</h4>
<p>Geraidy y Yaqui provienen de contextos muy distintos. Son la prueba real de aquella canción de Buena Fe que decía “muchas Cubas en una Cuba”. A pesar de mi animosidad con la banda de mi adolescencia, tengo que darles la razón en esta.</p>
<p>Geraidy Brito Montes de Oca nació en 1976 en San Antonio de las Vueltas, en la provincia de Villa Clara. Un pueblo cuya extensión no supera los 40 kilómetros cuadrados. “Entras por donde mismo sales”, dice. Un pueblo diminuto con una casa de cultura, un cine-video, una discoteca, una biblioteca y, por algún motivo, una réplica del Molino Rojo de París. Lo que menos esperarías es que en esta comunidad —casi aldea— se desarrollen unas de las parrandas más vistosas del país.</p>
<p>Gera describe comparsas tan grandes que inhabilitan el paso. Carrozas construidas por los habitantes del pueblo que a la mañana son electricistas, plomeros, panaderos y, a la noche —divididos en barrios rivales—, dan vida a estructuras cargadas de luces, movimiento y efectos visuales. Incluso quienes emigran y dejan atrás el poblado de Vueltas, se comprometen a enviar insumos para las parrandas. Y lo cumplen.</p>
<p>Proveniente de una familia campesina —cortadores de caña, para ser específicos— Gera asegura que las posibilidades profesionales en Vueltas eran limitadas. “En mi pueblo era ser médico, abogado o maestra”. Pero ella, sin saber realmente por qué, siempre quiso ser artista.</p>
<p>Entró en el Instituto Preuniversitario Vocacional de Ciencias Exactas “Ernesto Che Guevara” de Villa Clara porque fue la forma que encontró de irse de Vueltas. Entre los doce turnos de clase del día, se enteró de que habían abierto las convocatorias para el Instituto Superior de Arte en La Habana (ISA). Más allá de bailar en la plaza y cantar en los matutinos, la formación artística de Gera era escasa, por no decir nula. Pero eso no la detuvo.</p>
<p>“Me fui a hacer las pruebas sin tener familia o amigos en La Habana, [en] pleno Período Especial” —cuenta. Dormí en portales y en el [hospital] Calixto García. Eran 12 becas a nivel [de] país y quedé en el puesto número 13. Pero el 12 falló y una de las profes que me hizo el examen —quien al parecer vio algo en mí— me dice ‘dale, que tú eres la 13 y si no vienes ahora, viene el 14’”.</p>
<p>En 1994, la nieta de cortadores de caña ingresó al ISA en el perfil de actuación. Fueron años duros. No solo por la escasez de alimentos, ropa y transporte que atravesaba al país. Gera llegó a ser expulsada de la beca por su orientación sexual. A pesar de todo fue la mejor graduada de su año y recibió el premio a la mejor actriz de su curso.</p>
<p>Su idea inicial era quedarse en La Habana, sobre todo porque varios directores de teatro, tras su tesis final, decidieron apostar por ella. Pero, al ser de Villa Clara, fue enviada a cumplir el servicio social en el Teatro Escambray, una emblemática agrupación formada en 1970 por grandes como Sergio Corrieri, Raquel Revuelta, Bárbara Domínguez y Carlos Pérez Peña, que funcionaba en el centro del país. Gera logró insertarse y armar “una familia maravillosa”. Allí permaneció tres años.</p>
<p>“Teatro Escambray me dio la posibilidad de sentirme la mujer hermosa que era. Porque, hasta ese momento, yo creía que nunca iba a poder hacer un personaje femenino. Eran tantas las críticas que recibía sobre la sexualidad…”, dice.</p>
<div id="attachment_15237" style="width: 1930px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-15237" class="size-full wp-image-15237" src="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/Daniella-Fernandez-Realin-0997.jpg" alt="Si les preguntas, la pareja dice haber dado más a la comunidad de Junín de lo que han recibido. Foto: Ella Fernández." width="1920" height="1280" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/Daniella-Fernandez-Realin-0997.jpg 1920w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/Daniella-Fernandez-Realin-0997-300x200.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/Daniella-Fernandez-Realin-0997-900x600.jpg 900w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/Daniella-Fernandez-Realin-0997-768x512.jpg 768w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/Daniella-Fernandez-Realin-0997-1536x1024.jpg 1536w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/Daniella-Fernandez-Realin-0997-810x540.jpg 810w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/Daniella-Fernandez-Realin-0997-1140x760.jpg 1140w" sizes="(max-width: 1920px) 100vw, 1920px" /><p id="caption-attachment-15237" class="wp-caption-text">Si les preguntas, la pareja dice haber dado más a la comunidad de Junín de lo que han recibido. Foto: Ella Fernández.</p></div>
<p>Durante los años siguientes recorrió la Isla, casi siempre abocada a lo comunitario. En algunos espacios se sintió atrapada, en otros no. Así fue hasta que cumplió los 30. Gera lo describe como un momento bisagra: “Vi el paisaje y dije: ‘los 31 no me agarran aquí, yo me voy’”.</p>
<p>Regresó a la capital cubana de la mano de Doris Gutiérrez, quien entonces dirigía la obra <em>María Estuardo</em> en el teatro Hubert de Blanck y quería que Gera asumiera el papel de Isabel Tudor. Con un elenco de estrellas “ya instaladas”, Gera pasó varios meses sin sueldo y pagando 15 dólares por una cama en un apartamento compartido. Tal vez por la homofobia, tal vez por ser hija de campesinos. No obstante, fue feliz. Fue nominada a los Premios Caricato por su interpretación de la monarca. Ahí estuvo, hasta que la echaron. Nunca entendió qué pasó, pero tampoco hizo preguntas. Tras una función como cualquier otra, se le acercaron para informarle que al día siguiente su contrato culminaba. Esa noche, sin saberlo, Yaqui estaba en el público.</p>
<p>Yaqui Saiz, por otra parte, nació en Guantánamo, pero se define habanera. Se fue muy chiquita para usar cualquier otro gentilicio. Desde pequeña le llamaron la atención las manualidades, la pintura y la escultura. Su tío era arquitecto y ella disfrutaba recrear sus planos. En un momento expresó su interés por entrar en la Academia Nacional de Bellas Artes San Alejandro, pero su familia no la acompañó en esa decisión. Cuando se inclinó por el dibujo arquitectónico, le compraron una mesa de dibujo.</p>
<p>La verdadera felicidad de Yaqui llegó en diciembre de 1989, cuando vio por primera vez la película <em>La Bella del Alhambra</em>. Fue su disparador. La atracción por la obra de Enrique Pineda Barnet no llegó ni siquiera por el personaje de Beatriz Valdés, ni por la puesta cinematográfica o la historia en sí. Era el ambiente del teatro musical que se trasladaba a la sala de cine. Algo cambió ese día, porque cuando se enteró de que había audiciones abiertas para <em>El encuentro de dos mundos</em>, una parodia sobre la llegada de Cristóbal Colón a América, decidió presentarse al papel de la india Guarín. Nunca había tomado una clase de ballet ni de canto. Solo imitaba lo que otros hacían, como imitaba los planos de su tío.</p>
<p>Rodeada de actrices graduadas del ISA, se aprendió el texto y las coreografías. Y tras un largo proceso de casting, le dieron el papel. El teatro musical fue su escuela durante cinco años. A través de este, y por azar del destino, se aproximó al mundo de los títeres. Por las mañanas, el elenco tenía clases de ballet, expresión corporal, etc. A la tarde ensayaban. Pero un mediodía, mientras todos se iban a almorzar, Yaqui conectó con el grupo de titiriteros Caleidoscopio.</p>
<p>“Me quedaba a ver los ensayos. Me pasó exactamente lo mismo que cuando vi <em>La Bella del Alhambra</em>”, dice. Esto la inspiró a montar un pequeño espectáculo con cuentos de Miguel Barnet y sones de Nicolás Guillén. De gira por México, un día, en la piscina del hotel donde se alojaban, Yaqui presentó aquel espectáculo para unos niños que correteaban por el lugar. Al productor a cargo de la gira le gustó y propuso venderlo. Con lo recaudado, Yaqui no se compró ropa ni zapatos; se compró un departamento en Centro Habana, que años después sería bautizado por amigos y conocidos del mundo del arte como “el orfelinato de San Miguel”.</p>
<p>El Teatro Musical cerró en 1999. No había presupuesto, le dijeron. Era una compañía muy grande. Mientras los actores eran reubicados en otras plazas, a Yaqui le ofrecieron dirigir su propio grupo bajo el ala del Centro de Teatro de La Habana. Un proyecto de títeres que bautizó como Nueva Línea. Más de una década de trabajo continuo que le permitió recorrer la isla y recibir disímiles galardones, a pesar del ninguneo hacia el género.</p>
<p>Su trilogía de Pelusín del Monte, basada en el personaje de Dora Alonso, fue un evento sin precedentes con padres saltando las cercas de la instalación, entradas revendidas en dólares, dos niños por butaca. Todo esto posicionó a Yaqui como una figura importante dentro del espectáculo de títeres en Cuba. A tal punto que, en 2012, la invitaron a formar parte de una nueva cátedra dedicada al género en el ISA. Pero ya, en ese punto de la historia, otra decisión había sido tomada.</p>
<div id="attachment_15236" style="width: 1930px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-15236" class="size-full wp-image-15236" src="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/Daniella-Fernandez-Realin-0879.jpg" alt="En su taller, ubicado encima del teatro, Yaqui da vida a varios de los títeres que forman parte de sus funciones. Foto: Ella Fernández." width="1920" height="1280" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/Daniella-Fernandez-Realin-0879.jpg 1920w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/Daniella-Fernandez-Realin-0879-300x200.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/Daniella-Fernandez-Realin-0879-900x600.jpg 900w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/Daniella-Fernandez-Realin-0879-768x512.jpg 768w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/Daniella-Fernandez-Realin-0879-1536x1024.jpg 1536w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/Daniella-Fernandez-Realin-0879-810x540.jpg 810w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/Daniella-Fernandez-Realin-0879-1140x760.jpg 1140w" sizes="(max-width: 1920px) 100vw, 1920px" /><p id="caption-attachment-15236" class="wp-caption-text">En su taller, ubicado encima del teatro, Yaqui da vida a varios de los títeres que forman parte de sus funciones. Foto: Ella Fernández.</p></div>
<h4>Segundo acto. El orfelinato de San Miguel</h4>
<p>Regresemos a la noche de 2008, en el Hubert de Blanck. Por entonces, en el apartamento de Yaqui en Centro Habana se alojaba un amigo quien le propuso ir a ver una obra con muy buenas críticas: <em>María Estuardo</em>. Yaqui pudo no haber ido. “No le gusta el teatro dramático”, –dice Geraidy. A día de hoy sigue sin gustarle”. Pero, una vez más, el destino se empeñó en reunirlas.</p>
<p>Tras la función, ese amigo le presentó a Gera. Para sorpresa de la villaclareña, Yaqui era la mujer que había visto fumando fuera del teatro. La figura enajenada tenía ahora nombre. Intercambiaron apenas tres palabras, pero fueron suficientes para que Yaqui la invitara a almorzar. Aquel día, Gera descubrió el universo de los títeres de Yaqui: “Yo dije: ‘Dios mío, qué mundo más alucinante’. Hasta entonces, los títeres para mí eran un universo distante”. El resto, como suele decirse, es historia.</p>
<p>Con el tiempo, entendieron que, pese a provenir de contextos muy distintos, sus trayectorias tenían sorprendentes paralelismos. Ambas asumieron su sexualidad desde la infancia y lo comunicaron en sus hogares sin filtros ni silencios. Nunca se ocultaron. Nunca permitieron que les dijeran que eran otra cosa distinta a lo que sentían ser, aunque muchos lo intentaron. Incluso desde la propia familia, hubo <em>bullying</em>.</p>
<p>El “orfelinato de San Miguel” se volvió su refugio, un pequeño planeta donde no tenían que explicar quiénes eran.</p>
<p>Yaqui terminó contratando a Gera como asistente de dirección. La amaba, pero al principio no la quería como titiritera. “El teatro dramático es hacia afuera. El titiritero, en cambio, trabaja hacia adentro. Le tiene que pasar <em>eso</em> al muñeco. No puedes opacarlo”, explica.</p>
<p>Un viaje imprevisto de uno de los integrantes de la compañía obligó a cambiar los planes. Estaban cerca de participar en un festival en Camagüey y no encontraban reemplazo. Tenían diez días para montar la obra. Yaqui no dudó. “Tú vas a hacer cada movimiento que yo haga. Por imitación. Y te lo vas a aprender de memoria”, le dijo a Gera, quien estaba invitada al mismo festival para representar a Isabel Tudor, el personaje que la había consagrado en la capital. El público esperaba a la reina. Pero quien apareció fue una titiritera.</p>
<p>Un productor español estaba presente. Eligió la obra de Nueva Línea y se fueron de gira por el País Vasco. Así comenzó una nueva etapa para ambas. Fueron felices. Lo fueron durante cuatro años en ese micromundo poblado de títeres. Pero en 2012, desde el Ministerio de Cultura, comenzó a imponerse una línea que buscaba cerrar compañías que, según las autoridades, “no tenían la calidad suficiente”. Yaqui, que conocía cada grupo del país, no se quedó callada.</p>
<p>“¿Qué entienden ustedes por calidad? —cuestionó—. ¿No será que quienes deben garantizar desde las artes escénicas no están haciendo su trabajo? Su deber no es cerrar compañías, es ayudarlas”.</p>
<p>Fue la primera confrontación. No sería la última. En menos de un año, Yaqui contactó a jóvenes músicos, diseñadores y técnicos recién egresados, y los vinculó con las agrupaciones en riesgo. Les ayudó a montar espectáculos. Aquellos colectivos, antes señalados como “marginales”, empezaron a ganar premios.</p>
<p>El paso siguiente fue una reunión inédita en Cuba: directores de teatro, danza y otras artes coincidieron en un mismo espacio. Yaqui aprovechó para hablar con franqueza sobre las irregularidades en el ámbito institucional. Expuso casos concretos de corrupción. Lo hizo con nombre y apellido. Las denuncias quedaron registradas en un acta firmada por los asistentes que llegó al Ministerio de Cultura (MINCULT) de manos de la mismísima titiritera. Incluso afirma haber entregado una copia a Raúl Castro.</p>
<p>Poco después, la citaron en el MINCULT. En plena conversación, la acusaron de recibir financiamiento por parte del gobierno de Estados Unidos. Que los artistas que habían firmado lo habían hecho “sin leer”. Yaqui había conseguido más de 500 firmas, en una Cuba sin internet. A partir de entonces, las puertas empezaron a cerrarse. Yaqui y Gera dejaron de ser convocadas a festivales, a giras, a espacios de formación. El cerco se estrechó.</p>
<p>El último festival al que asistió Nueva Línea —cuando ya solo quedaban ellas dos— fue en Vietnam, la meca del títere en Asia. Presentaron <em>Historia de burros</em>. Ganaron la medalla de plata, pero el viaje fue traumático. A su llegada al país extranjero, un agente de la Seguridad del Estado les retiró los pasaportes. No podían salir a la calle sin permiso. El sistema de vigilancia las siguió de regreso a La Habana. La persecución se volvió cotidiana.</p>
<div id="attachment_15235" style="width: 1930px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-15235" class="size-full wp-image-15235" src="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/Daniella-Fernandez-Realin-0884.jpg" alt="Títeres dentro del taller de Yaqui." width="1920" height="1280" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/Daniella-Fernandez-Realin-0884.jpg 1920w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/Daniella-Fernandez-Realin-0884-300x200.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/Daniella-Fernandez-Realin-0884-900x600.jpg 900w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/Daniella-Fernandez-Realin-0884-768x512.jpg 768w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/Daniella-Fernandez-Realin-0884-1536x1024.jpg 1536w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/Daniella-Fernandez-Realin-0884-810x540.jpg 810w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/Daniella-Fernandez-Realin-0884-1140x760.jpg 1140w" sizes="(max-width: 1920px) 100vw, 1920px" /><p id="caption-attachment-15235" class="wp-caption-text">Títeres dentro del taller de Yaqui. Foto. Ella Fernández.</p></div>
<h4>Tercer acto. Un teatro cubano en una ciudad improbable</h4>
<p>Eso fue todo. Un día decidieron vender el departamento. Tomaron sus más de trescientos títeres, la poca ropa que tenían, y emprendieron viaje a Argentina sin saber si les esperaban días de frío o de calor.</p>
<p>Argentina fue una casualidad. Pudo haber sido Grecia. O Indonesia. Lo confiesan sin rodeos. Se sentían asfixiadas y no había tiempo ni espacio para planear. Junín, como destino final, también fue un accidente del camino. En un encuentro de mujeres artistas en Santa Clara conocieron a un grupo de creadoras juninenses que las invitaron a visitar su ciudad. Gera y Yaqui tomaron la invitación con seriedad.</p>
<p>Al principio pensaron recorrer todo el país, pero descubrieron un público distinto: “Tal vez nuestra propuesta rompe con muchos esquemas” —reflexiona Yaqui—. Acá, casi todas las obras que hemos visto en los festivales cuentan la historia del príncipe y la princesa. Mucho títere de guante. Nosotras hablamos de la humanidad, de personajes grotescos, de personajes negros con pelo rojo, de otra estética. Y el público argentino no siempre está acostumbrado a eso”.</p>
<p>Tampoco fue fácil insertarse. Siendo cubanas, notaban que, apenas se sentaban en las mesas de titiriteros, lo primero que se les preguntaba era si eran de izquierda o de derecha. No había margen para la complejidad.</p>
<p>“No estaban abiertos a que una dijera: ‘Estoy de acuerdo con esto, pero creo que esto otro está mal’. Había —y hay— un tokenismo con respecto a Cuba en este país. Las mesas terminaban en discusiones. Y empezamos a callar”, agrega Gera.</p>
<p>En un momento se cansaron de viajar. Tenían dos opciones: ser nómadas o invertir lo poco que les quedaba. Consiguieron un terreno en las afueras de un Junín casi desértico. Las grandes capitales no les interesaban.</p>
<div id="attachment_15232" style="width: 1930px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-15232" class="size-full wp-image-15232" src="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/Daniella-Fernandez-Realin-0877.jpg" alt="Durante los primeros años de la construcción del teatro, Geraidy y Yaqui vivieron en un cuarto de cinco por cinco metros. Un espacio oscuro, sin ventanas. Foto: Ella Fernández." width="1920" height="1280" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/Daniella-Fernandez-Realin-0877.jpg 1920w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/Daniella-Fernandez-Realin-0877-300x200.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/Daniella-Fernandez-Realin-0877-900x600.jpg 900w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/Daniella-Fernandez-Realin-0877-768x512.jpg 768w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/Daniella-Fernandez-Realin-0877-1536x1024.jpg 1536w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/Daniella-Fernandez-Realin-0877-810x540.jpg 810w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/Daniella-Fernandez-Realin-0877-1140x760.jpg 1140w" sizes="(max-width: 1920px) 100vw, 1920px" /><p id="caption-attachment-15232" class="wp-caption-text">Durante los primeros años de la construcción del teatro, Geraidy y Yaqui vivieron en un cuarto de cinco por cinco metros. Un espacio oscuro, sin ventanas. Foto: Ella Fernández.</p></div>
<p>“Teníamos claro que teníamos que hacer algo en consecuencia con lo que queríamos. Una cosa es soñar con hacer teatro, otra cosa es hacerlo, y otra muy distinta es sostenerlo”, explica Gera.</p>
<p>La idea inicial fue dejar de ser las eternas invitadas. Crear un lugar donde pudieran hacer el arte que querían hacer, e invitar a otras personas a hacer lo mismo. Cada espectáculo que montaban venía cargado de concesiones —quitar texto, simplificar— para tener fondos y construir ese espacio propio. La libertad, de momento, era relativa.</p>
<p>Cada pared, cada tramo de techo, cada instalación eléctrica, cada centímetro de cerámica lo pusieron ellas. Gera y Yaqui. Diez años de obra. Cinco de ellos, vivieron en un cuarto de cinco por cinco metros. “Dijimos: tenemos diez años para construir físicamente este lugar. En esos diez años se hace todo o nos jodimos”, dicen ambas.</p>
<p>Y lo hicieron. Construyeron la primera Casa de Títeres Cubanas en Junín, específicamente, en Lavalle 1511. El único centro cultural de la ciudad construido de cero, sin dinero del Estado, por dos mujeres migrantes. Pero eso no les garantizó un espacio dentro de la comunidad. Si les preguntas, dicen haber dado más de lo que han recibido.</p>
<p>“Cuando un titiritero llega a una ciudad, lo primero que debe hacer es averiguar cuál es la historia del títere en ese lugar”, explica Yaqui. Y eso hicieron. Descubrieron que el gran referente local era Beto Mesa, trabajador ferroviario y titiritero, desaparecido durante la dictadura. ¿Dónde hicieron su primera función? En la iglesia donde Beto hacía sus funciones. ¿La segunda? En la vereda donde él solía pararse con sus muñecos. Mantuvieron contacto con su hermana, pero esta falleció antes de que el teatro se terminara de construir. Hoy, muchos espacios públicos en Junín llevan el nombre de Beto Mesa. Pero casi nadie sabe quién fue. Ni que hacía títeres.</p>
<p>Durante más de trece años, Gera y Yaqui han trabajado con escuelas de todo tipo —incluso las de perfil evangélico—; crearon un canal de YouTube con talleres gratuitos sobre construcción de títeres y rescate del teatro independiente local; cada enero destinan funciones a comedores y merenderos; han salido a la calle a dar presentaciones para ayudar a vecinos en dificultades económicas. Incluso se ofrecieron a la municipalidad como titiriteras oficiales de la ciudad, para trabajar en escuelas temas de acoso, maltrato animal, <em>bullying</em>. Nunca recibieron respuesta.</p>
<p>Junín es una ciudad marcada por un conservadurismo que no escapa al clima general del país. Con la llegada de figuras como Javier Milei, ese clima se volvió más notorio. Gera y Yaqui, al fin y al cabo, son una familia homoparental. Dos mujeres con acento extranjero. Dos mujeres sin miedo.</p>
<p>“Cuando empezamos a construir el teatro, el barrio entero nos hizo <em>bullying</em>. Por ser dos mujeres, pareja, haciendo el trabajo de un hombre, supuestamente. Porque una cosa es ser ayudante del albañil y otra cosa es ser el albañil. Nos veían, día y noche, poniendo ladrillos. Nosotras solas”.</p>
<p>Pero siguieron. Construyeron el teatro que soñaban. Un espacio donde se reivindica la labor artística, sea de alguien que estudió o de alguien jubilado que ahora quiere cantar o bailar. Y canta. Y baila. La verdad, sin embargo, es cruda: con la venta de entradas apenas alcanza para cubrir un 30% de los gastos. Sumaron un pequeño bar. Pero se niegan a vender fernet o choripán. “Mojitos, siempre”.</p>
<div id="attachment_15234" style="width: 1930px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-15234" class="size-full wp-image-15234" src="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/Daniella-Fernandez-Realin-0929.jpg" alt="Gera y Yaqui en una función en la Casa de Títeres Cubana Argentina en Junin." width="1920" height="1280" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/Daniella-Fernandez-Realin-0929.jpg 1920w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/Daniella-Fernandez-Realin-0929-300x200.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/Daniella-Fernandez-Realin-0929-900x600.jpg 900w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/Daniella-Fernandez-Realin-0929-768x512.jpg 768w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/Daniella-Fernandez-Realin-0929-1536x1024.jpg 1536w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/Daniella-Fernandez-Realin-0929-810x540.jpg 810w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/Daniella-Fernandez-Realin-0929-1140x760.jpg 1140w" sizes="(max-width: 1920px) 100vw, 1920px" /><p id="caption-attachment-15234" class="wp-caption-text">El último festival al que asistió Nueva Línea —cuando ya solo quedaban ellas dos— fue en Vietnam, donde presentaron la obra Historia de burros. Foto: Ella Fernández.</p></div>
<h4>Cierre</h4>
<p>A cada rato, Gera y Yaqui se miran. Se miran entre las paredes que colocaron con sus propias manos y la familia que construyeron, que incluye a un amoroso perro callejero y a un gato sofisticado. Se miran en el silencio casi inmóvil de Junín y, a veces, se preguntan cómo habría sido todo si hubieran tenido la posibilidad de construir este teatro en Cuba. Agradecen el pasaporte argentino. Pero quizá eso no sea suficiente.</p>
<p>El teatro está listo. Después de una década de obra, la meta está cumplida. Y, ahora sí, empieza el duelo de la migración.</p>
<p>“Ahora estamos entendiendo cosas que antes no teníamos tiempo de entender. Todo este tiempo fue convulso: tirar una pared, invertir en ladrillos, recibir artistas… Ahora entendemos que el destierro es un castigo. Lo sabemos desde la escuela primaria, por la vida de José Martí, pero no lo interiorizas hasta que te pasa. Creo que, después de la muerte de un hijo, el destierro es de las peores cosas que le puede pasar a un ser humano”.</p>
<p>“Destierro y migración no son lo mismo. El destierro es la conciencia del no retorno. Yo no me quería ir, pero me cerraron todo”.</p>
<p>Yaqui extraña las tarimas cubanas. Extraña el “ida y vuelta” con el público, la risa espontánea, la valoración inmediata, los aplausos después de cada gesto de un muñeco. En Argentina no ha sentido eso. Por el contrario, dice sentirse constantemente juzgada por un público que muchas veces no comprende las historias que ella quiere contar.</p>
<p>Definen la migración como una carrera de resistencia. Así la han vivido. No es la historia de todos, pero sí la de ellas: una maratón en la que, una y otra vez, se han visto obligadas a demostrar cuánto valen. Lloran y se ríen cuando piensan en lo absurdo de eso, más aún cuando el mundo entero está hecho de historias de migración. De movimiento.</p>
<p>Ese es el corazón de su más reciente obra: <em>El abuelo Felipe</em>. Una puesta en escena con música de la cantautora cubana Liuba María Hevia, inspirada en el abuelo de Yaqui, un español que emigró a Cuba en busca de una vida mejor, y que regresó a su tierra cuando ya era viejo.</p>
<p>Yaqui y Gera se abrazan. El destino, como un titiritero invisible, vuelve a tirar de los hilos y se mete en la escena. No hay guion que alcance para explicar cómo se cruzaron, cómo sobrevivieron ni cómo, contra todo pronóstico, construyeron una casa con forma de teatro. Quizás fue suerte. O coraje. O simplemente la obstinación de dos mujeres que no aceptaron los papeles que otros les asignaron. Será que las historias que empiezan por una casualidad pueden terminar siendo épicas.</p>
<p>El teatro está de pie. Pero la historia no termina aunque baje el telón.</p>
<p><em>Se escuchan aplausos.</em></p>
<div id="attachment_15233" style="width: 1717px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-15233" class="wp-image-15233 size-full" src="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/Daniella-Fernandez-Realin-0950-scaled.jpg" alt="Gera y Yaqui en una función en la Casa de Títeres Cubana Argentina en Junin." width="1707" height="2560" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/Daniella-Fernandez-Realin-0950-scaled.jpg 1707w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/Daniella-Fernandez-Realin-0950-200x300.jpg 200w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/Daniella-Fernandez-Realin-0950-400x600.jpg 400w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/Daniella-Fernandez-Realin-0950-768x1152.jpg 768w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/Daniella-Fernandez-Realin-0950-1024x1536.jpg 1024w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/Daniella-Fernandez-Realin-0950-1365x2048.jpg 1365w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/Daniella-Fernandez-Realin-0950-810x1215.jpg 810w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/Daniella-Fernandez-Realin-0950-1140x1710.jpg 1140w" sizes="(max-width: 1707px) 100vw, 1707px" /><p id="caption-attachment-15233" class="wp-caption-text">El teatro está listo. Después de una década de obra, la meta está cumplida. Foto: Ella Fernández.</p></div>
<div id="attachment_15240" style="width: 1930px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-15240" class="size-full wp-image-15240" src="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/Daniella-Fernandez-Realin-0996.jpg" alt="La primera Casa de Títeres Cubanas en Junín. El único centro cultural de la ciudad construido de cero, sin dinero del Estado, por dos mujeres migrantes. Foto: Ella Fernández." width="1920" height="1280" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/Daniella-Fernandez-Realin-0996.jpg 1920w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/Daniella-Fernandez-Realin-0996-300x200.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/Daniella-Fernandez-Realin-0996-900x600.jpg 900w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/Daniella-Fernandez-Realin-0996-768x512.jpg 768w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/Daniella-Fernandez-Realin-0996-1536x1024.jpg 1536w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/Daniella-Fernandez-Realin-0996-810x540.jpg 810w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/06/Daniella-Fernandez-Realin-0996-1140x760.jpg 1140w" sizes="(max-width: 1920px) 100vw, 1920px" /><p id="caption-attachment-15240" class="wp-caption-text">La primera Casa de Títeres Cubanas en Junín. El único centro cultural de la ciudad construido de cero, sin dinero del Estado, por dos mujeres migrantes. Foto: Ella Fernández.</p></div>
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		<title>¿Qué dice el anteproyecto de ley del Registro Civil?</title>
		<link>https://periodismodebarrio.org/2025/05/anteproyecto-ley-registro-civil-cuba/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Olivia Marín Álvarez]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 27 May 2025 15:10:01 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[General]]></category>
		<category><![CDATA[Registro civil]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>La legislación establece un sistema digitalizado, regula el reconocimiento de personas intersexuales desde el nacimiento, las inscripciones de multiparentalidad y los cambios de nombre, además de la protección de datos sensibles con un régimen de publicidad restringida. </p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>El pasado 13 de mayo el Consejo de Ministros <a href="https://www.trabajadores.cu/20250513/el-consejo-de-ministros-aprobo-cuatro-anteproyectos-de-ley-y-otras-disposiciones-normativas/" target="_blank" rel="noopener">aprobaba</a> el anteproyecto de Ley del Registro Civil, con el objetivo de actualizar la organización, dirección y funcionamiento de la institución ante las transformaciones sociales y tecnológicas del país.</p>
<p>La nueva regulación <a href="https://www.minjus.gob.cu/sites/default/files/archivos/publicacion/2025-01/Anteproyecto%2520de%2520Ley%2520del%2520Registro%2520Civil.pdf" target="_blank" rel="noopener">mantiene</a> la validez de las inscripciones realizadas bajo la ley de 1985 y la legalidad de los documentos emitidos antes del 1ro de enero de ese año, además de establecer que las solicitudes pendientes se tramiten de acuerdo con los nuevos procedimientos.</p>
<p>No obstante, aún no se conoce la fecha en que comenzará a implementarse, pues el documento establece su entrada en vigor 365 días naturales después de su publicación en la Gaceta Oficial de la República de Cuba.</p>
<p><em>Periodismo de Barrio </em>responde varias preguntas esenciales para comprender el contenido de la ley.</p>
<h4>¿Bajo qué principios se rige el Registro Civil?</h4>
<p>Entre los principios que rigen el funcionamiento de la institución se encuentra la obligatoriedad de la inscripción, lo cual implica que todos los hechos y actos relacionados con el estado civil de las personas deben ser inscritos de manera obligatoria, y ello garantiza su validez jurídica.</p>
<p>El principio de legalidad y oficialidad impone la responsabilidad de verificar la legalidad de los documentos antes de su inscripción; esto corresponde a las autoridades competentes, quienes están obligadas a actuar cuando dispongan de la documentación necesaria.</p>
<p>A su vez, el principio de la publicidad establece que el Registro Civil es público y, por ello, los ciudadanos tienen derecho a acceder a su información. Sin embargo, esta apertura está sujeta a limitaciones en el caso de datos sensibles que se encuentran protegidos por un régimen de publicidad restringida, de acuerdo con la normativa sobre protección de datos personales.</p>
<p>La presunción de exactitud señala que, una vez que los hechos o actos han sido inscritos, se consideran ciertos y válidos y no pueden modificarse sino a través de los procedimientos legales establecidos para la rectificación o cancelación.</p>
<p>Asimismo, la eficacia probatoria de la inscripción otorga plena validez como prueba de la identidad y el estado civil de las personas. En caso de ausencia de inscripción, solo se aceptan otros medios probatorios si se ha iniciado o solicitado previamente el proceso de registro.</p>
<p>Por su parte, la eficacia declarativa implica que la inscripción no crea los hechos, sino que certifica jurídicamente su existencia previa, por lo que es a partir de la inscripción que adquieren efectos legales frente a terceros.</p>
<p>También, se destaca el principio de inoponibilidad, por el cual los hechos y actos registrados se vuelven oponibles a terceros desde el momento de su inscripción y ello genera efectos jurídicos que trascienden a las personas directamente involucradas.</p>
<h4>¿Qué características tendrá el Registro Civil según el anteproyecto?</h4>
<p>El Registro Civil se compone por un conjunto de registros individuales para personas físicas, integrado por inscripciones, anotaciones y cancelaciones que documentan los hechos y actos relacionados con la identidad, el estado civil y otras circunstancias personales y familiares, los cuales pueden haber ocurrido tanto en territorio nacional como en el extranjero, siempre que afecten a ciudadanos cubanos o, en determinados casos, a extranjeros.</p>
<p>Este Registro será único, electrónico y automatizado, con sus datos integrados en una base de datos central gestionada por el Ministerio de Justicia. Según el anteproyecto, se aplicarán medidas de protección de datos personales, con especial cuidado en el manejo de información sensible.</p>
<p>Las inscripciones podrán solicitarse y practicarse en cualquier oficina registral, sin que importe el lugar donde haya ocurrido el hecho. Si el acto ocurrió fuera del país, la solicitud podrá hacerse en las Oficinas Consulares o directamente en Cuba, donde la Oficina Central es la encargada de procesar estos casos.</p>
<p>Cada ciudadano contará con un registro individual, es decir, un folio personal electrónico donde se asentarán cronológicamente todos los hechos y actos relacionados con su identidad y estado civil. Este código se asignará con la inscripción de nacimiento, la migración de datos del sistema anterior o el primer asiento practicado si no existe información previa en los registros.</p>
<p>El número será gestionado por el Sistema Único de Información Nacional del Ministerio del Interior y se crearán códigos únicos para personas con coincidencias numéricas o para aquellas inscritas antes de la existencia del carné de identidad. También, se asignarán códigos a extranjeros no residentes cuyos actos deban inscribirse y los ciudadanos podrán emplear el código para identificarse electrónicamente durante la realización de trámites en línea en plataformas oficiales.</p>
<p>En casos excepcionales en los que no sea posible el registro electrónico, se permitirá el uso temporal de soporte en papel, que deberá ser migrado al sistema digital sin generar duplicidad.</p>
<p>Para reforzar la seguridad, los registradores emplearán firma electrónica y sellos digitales al firmar los asientos y certificaciones.</p>
<h4>¿Qué derechos y deberes poseen los ciudadanos ante el nuevo Registro Civil?</h4>
<p>Dentro de los derechos que reconoce el documento se encuentra el derecho al nombre propio, así como a la inscripción continua, sucesiva y cronológica de todos los hechos y actos que afecten la identidad, el estado civil y demás circunstancias personales.</p>
<p>Las personas también tienen derecho a la identidad, la cual abarca datos fundamentales como el nombre, la fecha y el lugar de nacimiento; al acceso a la información contenida en el Registro Civil; a obtener certificaciones oficiales; y a la intimidad personal y familiar con respecto a los datos sensibles sometidos al régimen de publicidad restringida.</p>
<p>De igual forma, poseen el derecho de igualdad ante la ley, sin ningún tipo de discriminación por motivos de sexo, género, orientación sexual, identidad de género, edad, origen étnico, color de piel, creencias religiosas, discapacidad, nacionalidad o cualquier otra condición que atente contra la dignidad humana.</p>
<p>El documento establece el principio de accesibilidad universal, el cual garantiza que los servicios registrales estén diseñados para todas las personas. En este sentido, promueve las inscripciones o anotaciones que resguarden los intereses de menores de edad, personas con discapacidad y otras en situación de especial protección.</p>
<p>Se reconoce el derecho a rectificar, modificar o actualizar los datos registrados, así como a interponer recursos ante decisiones de los registradores.</p>
<p>Por su parte, los deberes consisten en promover las inscripciones cuando así lo exige la ley; instar tales inscripciones en los casos en que tengan carácter constitutivo, es decir, cuando el acto o hecho adquiera validez jurídica solo a partir de su inscripción; comunicar hechos y actos inscribibles y presentar la documentación necesaria, si no se encuentra disponible en fuentes oficiales; proporcionar información veraz al realizar solicitudes y cooperar activamente con el funcionamiento eficiente de las oficinas registrales durante la prestación del servicio.</p>
<h4>¿Qué hechos y actos pueden inscribirse en el Registro Civil?</h4>
<p>Para la inscripción se requiere la presentación tanto de instrumentos verbales como documentales que reflejen actos y hechos de relevancia jurídica. Los documentos auténticos pueden estar en cualquier soporte, incluso en formato electrónico, si cumplen los requisitos y formatos establecidos.</p>
<p>En el caso de documentos en idioma extranjero o con escritura ilegible, se exige su traducción oficial, y si son expedidos por autoridades extranjeras deben ser legalizados y protocolizados, con la excepción de aquellos países con los cuales Cuba tenga un convenio bilateral que exonere de este requisito.</p>
<p>Dentro de los hechos y actos inscribibles se encuentran el nacimiento, el nombre, apellidos y sus cambios; el sexo y el cambio de sexo; la filiación y sus modificaciones; la privación, suspensión y recuperación de la responsabilidad parental; la ciudadanía; el matrimonio, el divorcio y su nulidad; la unión de hecho afectiva; la viudez; la tutela y su extinción; la presunción de muerte; la defunción; y cualquier otro hecho o acto que afecte la situación jurídica de la persona.</p>
<p>Para los nacimientos, las inscripciones acreditan oficialmente datos como fecha, hora, lugar, identidad, sexo y, de ser posible, la filiación del nacido. Esta última, en el caso de la madre, se acredita por el hecho del parto, mientras que el reconocimiento paterno puede realizarse por quien tenga capacidad natural para engendrar y capacidad de discernimiento.</p>
<p>En general, los nacidos tienen dos vínculos filiatorios, los cuales representan su relación con los progenitores y determinan sus apellidos. No obstante, pueden tener un único vínculo cuando el nacido sea reconocido por solo uno de sus progenitores, o más de dos vínculos, de acuerdo con el reconocimiento de la multiparentalidad, mediante resolución judicial o escritura pública.</p>
<p>De igual forma, el reconocimiento de la filiación puede realizarse de manera voluntaria ante el registrador, mediante escritura notarial, testamento, declaración de progenitores fallecidos con descendencia, o resolución judicial que autorice actos como adopciones. Asimismo, se reconoce la filiación derivada de técnicas de reproducción humana asistida.</p>
<p>La inscripción debe ser realizada por los progenitores en un plazo de 72 horas tras el nacimiento, por solo uno de ellos, o por otras personas legalmente habilitadas, como personal de salud, funcionarios, familiares mayores de edad o quienes encuentren a un menor abandonado.</p>
<p>Si los progenitores no la realizan, se siguen procedimientos especiales que incluyen citaciones, plazos y apercibimientos. En caso de no lograr localizar al otro progenitor o no comparece, puede realizarse la inscripción sin consignar la paternidad, aunque se permite el reconocimiento posterior.</p>
<p>El nombre de la persona es elegido libremente por los progenitores, con un máximo de dos simples o uno compuesto y no se permiten nombres que atenten contra la dignidad, causen confusión, se repitan con hermanos vivos o correspondan a marcas registradas. Si los progenitores no asignan nombre válido, el registrador lo impone; y para los casos de filiación desconocida, también se asignan nombres y apellidos, aunque sin valor probatorio respecto a la filiación.</p>
<p>El orden de los apellidos se establece por acuerdo entre los padres cuando hay doble filiación, si no existe consenso se asigna primero el del padre y luego el de la madre. En los casos de un solo un vínculo filiatorio, este determina los apellidos y, en los de multiparentalidad, el orden es conciliado entre las partes o, en ausencia de acuerdo, por sorteo.</p>
<p>Para las adopciones realizadas antes de la inscripción del nacido, se deja constancia en el registro con carácter presuntivo y, una vez resuelta la adopción o si los progenitores desisten en el plazo legal, se practica la inscripción definitiva según corresponda.</p>
<p>En situaciones en las que el parte médico indique la condición intersexual del nacido, los progenitores pueden solicitar que se registre el sexo predominante por un plazo máximo de cinco años y, posteriormente, este podría ser modificado.</p>
<p>Con respecto a cambios de nombre y apellidos, pueden solicitarse directamente por la persona o sus representantes legales si es menor de edad. En casos de identidad sexual, puede modificarse el nombre sin alterar el sexo registrado y el cambio puede realizarse hasta dos veces si la primera ocurrió bajo responsabilidad parental.</p>
<p>Cuando el cambio es resultado de sentencias judiciales, como en situaciones de víctimas de violencia de género o sus descendientes, se inscribe bajo el régimen de publicidad restringida, pero no afecta la filiación, a no ser que el tribunal disponga lo contrario.</p>
<p>En circunstancias excepcionales o por razones de urgencia o seguridad, el Ministerio de Justicia puede autorizar el cambio de apellidos o incluso de identidad total, sin necesidad de cumplir los requisitos ordinarios.</p>
<p>En cuanto al matrimonio, la capacidad legal para contraerlo se establece en 18 años y en las personas con discapacidad, se garantiza el derecho de casarse mediante el uso de apoyos o ajustes razonables que les permitan expresar su voluntad; sin embargo, el funcionario autorizante puede solicitar la presencia de peritos para esclarecer los deseos de la persona si existen dudas.</p>
<p>También, se permite la celebración de matrimonios en circunstancias excepcionales, como en el caso de que uno de los contrayentes se encuentre en el extranjero, mediante la presencia de un apoderado; o cuando uno o ambos contrayentes se encuentren a bordo de naves o aeronaves cubanas y en peligro inminente de muerte.</p>
<p>A su vez, los divorcios y las anulaciones de matrimonio deben ser enviadas al Registro Civil en un plazo de tres días hábiles por los tribunales que dicten las resoluciones judiciales, y la inscripción de estos se realizará durante los siguientes siete días hábiles.</p>
<p>Por su parte, las uniones de hecho afectivas no constituyen un nuevo estado civil, pero su inscripción en el Registro posee efectos jurídicos declarativos. Los pactos de convivencia que determinan las relaciones económico-patrimoniales y otras disposiciones que adopte la pareja también son inscribibles mediante escritura notarial, al igual que la extinción o nulidad de la unión. No se permite inscribir una nueva unión de hecho afectiva si la anterior no ha sido previamente registrada como extinguida.</p>
<p>Al respecto de las inscripciones de cambio de sexo, estas pueden realizarse por voluntad propia o por decisión judicial y adquieren validez legal desde su inscripción, la cual posee acceso restringido. Además, es posible inscribir el cambio para personas bajo responsabilidad parental y descendientes que lo consientan, y puede realizarse sin modificar el nombre registrado al nacer.</p>
<p>En el caso de la “rectificación” voluntaria, se solicita directamente ante el Registro Civil y debe acompañarse del diagnóstico médico de disforia de género, sin exigirse cirugía, ni cambios corporales.</p>
<p>Se regulan también las inscripciones sobre privación, suspensión y recuperación de la responsabilidad parental, a través de resoluciones judiciales y se establece el acceso restringido a las causas.</p>
<p>En cuanto a la designación de apoyos y salvaguardias para personas en situación de discapacidad, las mismas se inscriben en el registro individual, mediante resoluciones judiciales o escrituras notariales, pero sin detallar su contenido.</p>
<p>De igual forma, la ausencia y la presunción de muerte se inscriben mediante resolución judicial, la cual debe indicar la fecha desde la cual se presume ocurrida la muerte.</p>
<p>Cuando ocurren defunciones, la inscripción debe contener la identidad del fallecido y no depende del lugar del fallecimiento, ni del sitio donde se encuentre el cuerpo, se realice el funeral, la necropsia o la cremación. Esta inscripción debe efectuarse dentro de los tres días hábiles posteriores al fallecimiento, salvo en situaciones excepcionales o por mandato judicial.</p>
<h4>¿Cómo se puede obtener acceso al Registro Civil?</h4>
<p>El Registro es de carácter público y las personas tienen derecho a conocer la información contenida en los asientos que les conciernen, así como las negativas de inscripción. Sin embargo, el acceso no es absoluto, pues se encuentra condicionado a la existencia de un interés legítimo, el cual debe justificarse por la necesidad de probar hechos relacionados con la identidad, el estado civil u otras circunstancias inscritas.</p>
<p>Si se solicita información de terceros o datos sensibles, el registrador debe verificar tanto la identidad del solicitante, como sus motivos y relación con el titular de los datos. El documento también señala que las solicitudes podrán realizarse de forma presencial o en línea.</p>
<p>El régimen de publicidad restringida para datos considerados sensibles se aplicará a información relacionada con la filiación, los cambios de identidad, la “rectificación del sexo”, las causas de privación de la responsabilidad parental o la causa de la muerte.</p>
<p>A partir de que la ley entre en vigor, las certificaciones serán emitidas en formato electrónico y, de manera excepcional, en papel, a petición del interesado o cuando no sea posible hacerlo en documento electrónico o digital. Estas certificaciones electrónicas se considerarán legalmente válidas desde su emisión, siempre que incluyan la firma electrónica del registrador, el comprobante del pago digital del impuesto correspondiente y el abono de la tarifa por el servicio.</p>
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		<title>Escapar de Cuba: la ilusión de correr</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Carlos Melián Moreno]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 12 May 2025 15:20:17 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[General]]></category>
		<category><![CDATA[Barcelona]]></category>
		<category><![CDATA[emigración]]></category>
		<category><![CDATA[España]]></category>
		<category><![CDATA[salud mental]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Este texto inaugura una serie que narra, en primera persona, cómo Carlos salió de la isla hacia un exilio que nunca imaginó, y el costo emocional que ello ha traído. </p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Llevaba casi un mes en Barcelona cuando decidí salir a correr. El plan era prepararme en lo moral y lo físico para lo que significaba recomenzar en un sitio desconocido. Preparar al cuerpo para una nueva casa, una larga marcha.</p>
<p>La ayuda de la organización que me sacó de Cuba junto a mis dos hijos y su madre, terminaría en cinco meses. Quería estar listo para resistir cuando llegara el final de aquel apoyo; por mí y por mis hijos, o por mis hijos y después por mí. Esto es importante si quiero explorar el modo en que sentía en aquel momento, porque creo que ese orden de prioridades (hacia uno mismo o sus hijos) cambia. Uno se vuelve hijo de uno mismo. Y hablo de mis hijos porque en un tiempo relativamente breve se convirtieron en lo que me permitió salir adelante, en la sustancia que le dio sentido a mi vida, y no siempre había sido así.</p>
<p>De correr también me gustaba la idea de diluirme en el entorno. Los bloques de edificios desde el principio hasta el final de la ciudad tenían una solidez que me atraía, una hechura firmemente geométrica, sin esos desniveles que suelen tener las paredes blancas, lisas, aplanadas manualmente por los albañiles de Cuba.</p>
<p>Me vestí con el único short que traje en el equipaje y un pulóver. Me amarré bien mis zapatillas para correr, tomé el móvil, me puse los audífonos y con el dedo dibujé en el mapa de Google un recorrido que sumara tres kilómetros, cuatro kilómetros, o no, mejor cinco. Cinco kilómetros era lo que corría irresponsablemente en las escuelas militares en las que estuve, y me parecía coser y cantar.</p>
<p>Me emocionaba poder ser parte durante un rato de esas cuadras y cuadras de edificios de ladrillos. Un niño entra un pie en el mar, y luego otro, y mientras va avanzando, sintiendo el roce del agua en la barriga, o los puntillazos del relieve irregular, doloroso incluso, de las piedras del lecho marino en la planta de los pies, descubre la sensación de ser parte de eso mayúsculo y perfecto que refulge a lo lejos, esa línea de azul eléctrico.</p>
<p>Era una experiencia desconocida. La condición carcomida de las ciudades cubanas, de La Habana, por ejemplo, de los escombros en las calles, la basura en la acera, la ropa vieja, rota, y los dientes careados de las personas, me parecían naturales y conectados entre sí como si uno fuera la continuidad del otro; un testimonio natural del paso de la vida hacia su fin.</p>
<p>Llegué a la planta baja y cerré con cuidado para no molestar a los vecinos. Nos lo habían dicho apenas entramos en la casa donde habitaríamos: no se podía poner música alta, no se podía usar la lavadora después de las diez de la noche. Los vecinos denunciaban, la clave era no molestarlos.</p>
<p>Aquel era un edificio ordinario, no tenía ascensor aunque sí balcones amplios, pisos luminosos y ventilados, muy importantes para un ambiente de familia. Tenía el puntal alto en el <em>lobby</em>, pero ese era el único elemento interesante en las zonas comunes, lo demás parecía institucional, policlínico. Al subir hasta nuestro piso por las escaleras, el techo se volvía bajo, las formas cuadradas, carcelarias, y carentes de elegancia. Tenía algunas baldosas sueltas, algo hundidas, en los rellanos, y en cada uno había ventanas de carpintería de aluminio blanca. La falta de imaginación de su diseño de zonas comunes me recordaba por momentos a las construcciones de Cuba, pero en aquellos días yo no hacía caso de ninguna información que indicara ruina o amargura. Todavía estaba muy viva en mí la caída económica que se manifestaba por todas partes en la isla, las calles rotas, los escombros, la basura. Barcelona estaba llena de planos generales que argumentaban a favor de una sociedad superior, vigorosa.</p>
<p>No es que siempre fuera optimista, tenía angustia la mayoría del tiempo, miedo al futuro nuestro. Se vencería la ayuda y teníamos un pasaje de vuelta a Cuba. En seis meses haríamos algo por nosotros y en contra de la organización que nos había traído a España: quedarnos, no regresar a la isla, no cumplir con esa promesa que le hice al gestor que me ayudó al comenzar el proceso.</p>
<p>Me decepcionaba no ser transparente con la organización que me apoyó y hacerlos quedar mal ante los registros de extranjería, no solo porque afectaría el prestigio de la organización, sino porque le cerraría las puertas a otros cubanos. Estaba muy agradecido con la política y la intención humanitaria que nos había traído a Europa, pero al mismo tiempo la opción de regresar a Cuba se me oscurecía en el futuro, era la opción de un suicida, no quedaba un solo foco de luz en ese pasillo.</p>
<p>Había retornado en otras cinco ocasiones a Cuba con un pesar que nunca interrogaba a fondo. Entrar al avión de regreso era volver a un sitio no deseado, enlutado, y siempre en algún momento me decía a mí mismo que debía procurar no quedarme, no manchar el programa que me había sacado de Cuba para que otros colegas disfrutaran de él, o para que se repitiera para mí.</p>
<p>Corría ahora para endurecer todo eso, arrinconarlo en la parte oscura de un cuarto. Con el cambio de perspectiva que implica salir de la isla por desesperación, por asfixia, con la idea de salvar algo urgente dentro de uno, la fórmula que me imponía –pensar en “los otros”– desaparecía, era un elemento insignificante en el horizonte. En esta ocasión lo que me repetía como un mantra era: “A Cuba no regresas, no. No regresas”. Y me fundaba una tabla moral que me lo permitiera: lo harás para cuidar a tus hijos y para salvar a tu cuerpo. Tu patria son tus hijos y tu cuerpo. Busca el pasadizo, baja la cabeza para que no te vean, y escapa en silencio.</p>
<p>No quería verme ni ver a mis hijos en la situación de no ser dueño de mi cuerpo. O de ver cómo el trabajo de años en una carrera, la de realizador de filmes, estaba amenazada, o se desvanecía bajo el acoso de la seguridad del estado.</p>
<p>Aunque poseíamos una documentación temporal y un estatus de residentes ya en trámites, este declaraba que no teníamos derecho a trabajar. Nuestros hijos no asistían a la escuela porque no había cupo para ellos hasta septiembre, y habíamos llegado a España en abril.</p>
<p>Cada semana que pasaba nos acercábamos más al momento en que estaríamos por nuestra cuenta, y no sabíamos qué era eso. Yo miraba a la gente, al entorno, y nada me decía cómo hacerlo. Las personas que nos ayudaban a través de una organización llamada Taula Per Mexic tampoco sabían cómo asistirnos para conseguir trabajo, o un permiso de trabajo; tampoco los que trabajaban en instituciones para orientar al emigrante —orientaban, pero en su discurso se posicionaban en un terreno ambiguo, siempre dejaban caer una noción azarosa: “será difícil”, “no dejen de llamar a…”—; había miles de personas en nuestra situación, y todas las vías que intentábamos fracasaban.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>Llegamos a España en primavera y yo le temía al invierno, no lo conocía. Corría también porque se me movía el piso pensando en el frío, para sentir que podría enfrentar aquello.</p>
<p>Había visto en internet una entrevista a un mendigo que vivía en una tienda de campaña. Él explicaba que correr todos los días le ayudaba a superar su condición; vivía bajo un puente. Al correr, el cuerpo liberaba unas sustancias que le ocasionaban alegría. Yo solía sentir lo mismo. Tenía bajones y ataques de ansiedad por la demora de los papeles, por las llamadas a la oficina de extranjería para aplicar a un proceso de asilo político que nadie atendía, o cuando mi pequeñez en aquel entorno me susurraba al oído que más nunca podría ejercer mi vocación: vivir de escribir historias y filmarlas. Cuando esto se cerraba sobre mí, cuando me dirigía a la posibilidad final, de acabar con todo –con mi vida–, lo primero que llegaba era el deber hacia mis hijos, y lo segundo esperar un poco, hasta el día siguiente. Espera a correr, me decía. Verás que el cielo se despeja. Y correr al amanecer no arreglaría nada, lo sabía, pero me alargaría el horizonte. Era algo artificial, como tomarse una droga, pero me ayudaría a esperar, fortalecer mi cuerpo y ganar serenidad.</p>
<p>Recuerdo la emoción que me provocaba la música al correr. Lograba que lo olvidara todo. Escuchaba a Los Van Van, temas de latin jazz, un movimiento de la 5ta sinfonía de Gustav Mahler, temas de Roots, de Sepultura, el <em>Walk</em> de Pantera, Freddy Mercury, José Luis Cortés, y números de <em>Un verano sin ti</em>, de Bad Bunny. No escuchaba música cubana porque me interesara lo nacional, o mis raíces, había renegado de eso o intentaba liberarme de ello, la escuchaba por su calidad musical, por su potencia escapista. Dentro de todos, Freddy Mercury era quien me emocionaba más, me daba un subidón. Al escucharlo me entraban ganas de llorar y lo dejaba salir, lloraba como había visto llorar a evangélicos en templos bautistas, y a veces bailaba, o hacía gestos con la cabeza que me hacían perder el equilibrio o el ritmo del trote o una sincronía que lograba establecer entre el movimiento del cuerpo y los latidos del corazón.</p>
<p>A la vez, hacia mí corría la impronta de la ciudad. La impronta de una versión de Europa que me parecía pujante y que me invitaba a unirme a ella, al primer mundo. La sentía venir y le abría las puertas, me salvaba. No importaba que fuera una noción falsa –si es que lo era–, era una puesta en escena favorable, optimista. Y me daba la impresión de que con toda la sociedad sucedía igual. Aquellas fachadas, las avenidas limpias, la música, la literatura, el cine, las largas y grandes hileras de árboles a cada lado de las avenidas, tenían una intención oculta que ha jugado a favor de darnos ánimo, regresarnos a la pista, decirnos: mira, la belleza existe a pesar de que “todos pasamos por eso que pasas ahora”, “no estás solo”, “no eres especial”, “corre y aguanta como todos hemos hecho”.</p>
<p>Tenía que lograr estar preparado para interpretar de la mejor manera posible aquel mensaje, porque no lo estaba. Era algo similar a lo que sentía cuando en Cuba entraba a un salón al que asistía esa gente que en La Habana gravita alrededor de una embajada del norte de Europa, y allí, de pie, mirando a todos, no sabía cómo sostener una copa con vino. Una sensación de bastardía avanzaba en dirección a mí, y era un tren arrojando chorros de humo hacia el cielo, uno de esos trenes regionales que entran en túneles cavados en los pechos de las lomas.</p>
<p style="text-align: center;"><img loading="lazy" decoding="async" class="aligncenter wp-image-15193 size-large" src="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/melian-800x600.jpg" alt="Carlos Melián Moreno preparándose para correr en Barcelona. Foto: Carlos Melián Moreno." width="800" height="600" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/melian-800x600.jpg 800w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/melian-300x225.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/melian-768x576.jpg 768w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/melian-80x60.jpg 80w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/melian-1536x1152.jpg 1536w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/melian-2048x1536.jpg 2048w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/melian-810x608.jpg 810w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/melian-1140x855.jpg 1140w" sizes="(max-width: 800px) 100vw, 800px" /></p>
<p>Era de noche aún, el clima era agradable, apenas calenté los músculos. Improvisé. Me estaba ganando una lesión ligera pero no lo sabía, y corrí de un salto guiado por el mapa, impaciente por conquistarlo todo corriendo.</p>
<p>La ciudad a media luz entraba con placer por mis ojos. Me inspiraba figurar en un nuevo juego. Desaparecer en la noche. Y creo que la madrugada, por su vecindad con el día, me ayudaba a creérmelo. Asimilar una educación que comenzaba en el ritual de la madrugada y terminaba en el esplendor y belleza de aquella ciudad que se iba revelando a medida que el sol salía y se deslizaba por los tejados, áticos y fachadas. Corrí por una calle estrecha con la acera señalizada por una hilera de bancos y de arbolitos contiguos de no más de tres metros de altura.</p>
<p>Corrí detrás de unos bancos vacíos en los que por las tardes había visto a unos ancianos, o al mismo anciano solitario, repetirse. Se sentaban y miraban a la pared blanca de enfrente, con un bastón en las manos o un andador de dos ruedas para no caerse. Al pasarles por el lado los veía volverse hacia mí esperándolo todo y esperando poco. Esperaban poco de todo.  Del presente, del futuro, con esa amargura que yo asumía era natural en los ancianos.</p>
<p>Corrí por debajo de arbolitos de hojas oscuras que nunca irían a verde. Tomé una de las calles comerciales loma abajo, pasé frente a supermercados iluminados desde dentro, tiendas de frutas llevadas por chinos con las persianas corridas hasta abajo, franquicias dentales, comercios de comida latina, tiendas de muebles, tiendas de pintura, un Hipercor, un <em>outlet</em> del Corte Inglés, y una gran avenida vacía. Quizá cambié el orden de uno u otro, pero no lo verificaré porque en general es lo que sucede en un sueño: los comercios, los objetos, los lugares cambian incluso en el mismo sueño en el mismo instante en que transcurren, y era así como me sentía yo. En un sueño. Todo se movía, corría para detenerlo.</p>
<p>Las avenidas de la nueva y desconocida ciudad parecían seguras, no percibía amenazas aunque debería haberlas. No me creía del todo nada, y eso seguía motivándome. Las ciudades de España eran bastante seguras, pero maldad había en todas partes. ¿Dónde estaba la maldad? Quería saber para mantenerla lejos.</p>
<p>Seguí la dirección que me iba dando el mapa de Google, agarré hacia la avenida Diagonal, en la que comenzaban a montar separadores para someterla a reparación, (aún cuando me parecía nueva). Corrí hasta que sentí que usaba la mitad de mi reserva física y di la vuelta. A medio camino sentí que no daba más, apenas podía respirar y tuve que parar a recuperar el aliento. Suspiré, “así que esta será mi nueva casa”, y luego acoté: “sí, quiero que esta sea mi nueva casa”. “¿Qué habrá que hacer para que mis hijos crezcan aquí?”. Estaba convencido de que quería eso.</p>
<p>Apoyé las manos en las rodillas y miré hacia el frente, donde una salida de metro vomitaba personas desconocidas rumbo a sus trabajos. A esa altura solo veía vitalidad por todas partes. Allá abajo era hora pico, miles de habitantes de la ciudad se movían de un lado al otro. Sabía que con un par de salidas más a correr superaría este sofoco y el cuerpo pediría más y más tramo.</p>
<p>En la vuelta era donde más alegría acumulaba, lo daba todo, lo sacaba todo. Ahí recibí lesiones en los muslos, en las pantorrillas, en el tobillo, que me mantuvieron sin poder correr de nuevo durante una o dos semanas. Estas lesiones jugaban con mis límites, eran los primeros chutes de realidad que recibía desde el afuera, desde la realidad física, la que hablaba de los límites que impone al cuerpo el paso del tiempo. Límites por fuera de las ideas, de las ansiedades que se acumulaban en mi cabeza, a las cuales podía engañar con tácticas como la de correr. Estos límites que representaba mi cuerpo de 44 años yo los asumía a veces como señales más grandes, advertencias que venían del futuro. Algo así como: “cuántas fuerzas te quedan para enfrentar y construir de cero una nueva vida”?</p>
<p>Un día en el que iba escuchando a Queen mientras corría, una muchacha muy guapa, corredora también, con un cuerpo perfecto, me sostuvo la mirada. Su mirada potente se juntó a la música, <em>Under pressure</em>, en esa parte maravillosa en que Freddy Mercury se desata, se rompe la camiseta y comienza a pedir amor, amor, amor (<em>Love, love, love, looooove!</em>). Unos tres o cuatro metros después, mi pie derecho dio contra un desnivel. Me fui de bruces hacia el suelo. Caí raspándome la palma de las manos y la rodilla. La música desapareció porque los audífonos se separaron de mi cabeza y cayeron unos metros más allá. En su lugar no entró el silencio, sino el ruido sucio del tráfico.</p>
<p>En Cuba, de vez en cuando, alguna lectura, o un filme o guion en el que trabajaba, me <em>llevaban</em> lejos de mi casa, de mi entorno, de mis hijos, de mi vida en pareja, de los problemas de aquel país, y un suceso súbito me traía al presente. Podía ser la detención y el interrogatorio a un colega, que últimamente eran más seguidos, podía ser una moto Suzuki, como las que usaban los represores de la seguridad del estado vestidos de paisano, podía ser un carro de policía cerca de mi casa, o algún nuevo decreto ley para controlar más a la gente.</p>
<p>Miré en rededor, miré mis manos, que me ardían mucho. A mis espaldas, se alzaba uno de los grandes iconos de la Barcelona pujante: la torre AGBAR. Un sombrío edificio de cristales azules de 34 plantas y 145 metros de altura que se disputa con la Sagrada Familia ser el símbolo arquitectónico de la ciudad. Fue el primer momento en que sentí que no estaba viviendo un ascenso, sino una caída. Una caída abrupta y mediocre. Mi estancia en Barcelona era el <em>crack</em> hueco que emiten unos audífonos baratos, rotos por la caída.</p>
<p>Me levanté, me limpié las manos, la rodilla, la ropa, y me fui caminando, presa de una sensación remota de fracaso; como asistiendo a una advertencia. Y la asumí. Me dije que aun así no quería regresar a Cuba; me hacía mucha ilusión correr.</p>
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		<title>Un día de apagón en Barcelona</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Carlos Melián Moreno]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 02 May 2025 16:09:16 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[General]]></category>
		<category><![CDATA[emigración cubana]]></category>
		<category><![CDATA[energía eléctrica]]></category>
		<category><![CDATA[España]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>¿Como vivió un cubano el apagón que detuvo a una parte de Europa el 28 de abril de 2025?</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Todavía no se sabe bien qué sucedió el 28 de abril a las 12:33 minutos del mediodía. Hubo una interrupción eléctrica de cinco segundos en España que dejó de alimentar todo lo que usara electricidad en una parte de este país, de Portugal y de Francia.</p>
<p>Trenes menores, trenes mayores, metros, aeropuertos, datáfonos, cajeros automáticos, cocinas de inducción, neveras de bares, luces de cine, semáforos, dejaron de funcionar allí donde los pilló el corte. Restablecer esos cinco segundos en los que se perdieron 15 gigavatios, duró unas 12 horas en algunas regiones.</p>
<div id="attachment_15163" style="width: 1930px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-15163" class="size-full wp-image-15163" src="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/1.jpg" alt="Interior oscuro de una panadería atendiendo sin luz." width="1920" height="1536" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/1.jpg 1920w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/1-300x240.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/1-750x600.jpg 750w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/1-768x614.jpg 768w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/1-1536x1229.jpg 1536w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/1-810x648.jpg 810w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/1-1140x912.jpg 1140w" sizes="(max-width: 1920px) 100vw, 1920px" /><p id="caption-attachment-15163" class="wp-caption-text">Con los datáfonos fuera de servicio, los comercios solo aceptaban efectivo. Foto: Carlos Melián Moreno.</p></div>
<p>El lunes 28 de abril, a eso de las 7:00 a.m. se me hacía tarde para entrar al Museo de la Música de Cataluña. Iba a hacerle tomas de video a un guitarrista. En el momento en que pasaba por Plaza Lesseps arrastrando trípodes, maletas con cámara y luces, miré hacia el suelo y vi un billete de cinco euros. Sentí pudor porque quise metérmelo en el bolsillo. Llevo meses sin un centavo, pero agarrar algo ajeno, incluyendo billetes en el piso, me produce una culpa tremenda y la sensación de pisar en falso. Así que busqué al dueño de los cinco euros.</p>
<p>A unos 15 centímetros del billete había un zapato, luego una pierna, luego un cuerpo sentado con negligencia sobre un banco: era un chico peruano, guatemalteco o boliviano de 17 o 18 años.</p>
<p>Le dije, “hey, ¿eso es tuyo, no?”. El chico dijo, “ah, sí, sí ¡gracias!”. Lo tomó, apretó la barriga, y se lo introdujo con dificultad en el bolsillo del <em>jeans,</em> y seguí mi camino. Pensé que el billete quizá no era suyo. Es que no había, o no vi, ningún otro indicio de que el billete fuera suyo, salvo los 15 centímetros entre el billete y la punta de su zapato.</p>
<p>Ahora no puedo dejar de recordarlo. Lo veo como un aviso del Señor Destino. A la altura de las 13:00 horas, nadie en Barcelona podía pagar con tarjeta, no había comunicaciones, ni internet, ni telefonía, el desarrollo retrocedió dos décadas. Se compraba con billetes como aquel que se llevó a casa el chico.</p>
<div id="attachment_15171" style="width: 1930px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-15171" class="size-full wp-image-15171" src="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/19.jpg" alt="Cartel electrónico de tráfico apagado durante el apagón en Barcelona." width="1920" height="1536" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/19.jpg 1920w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/19-300x240.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/19-750x600.jpg 750w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/19-768x614.jpg 768w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/19-1536x1229.jpg 1536w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/19-810x648.jpg 810w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/19-1140x912.jpg 1140w" sizes="(max-width: 1920px) 100vw, 1920px" /><p id="caption-attachment-15171" class="wp-caption-text">Cuando todo se apagó, hasta las señales electrónicas dejaron de hablar. Foto: Carlos Melián Moreno.</p></div>
<p>A las 12:30 la batería de mi cámara comenzó a decir que se acercaba a cero. El guitarrista al que grabé no dominaba todavía la pieza con la que quería filmarse y estudiaba entre toma y toma. No le llegaban a tiempo los dedos. Algunas notas le quedaban flojas, lerdas, imprecisas. Me pedía tiempo para limarse las uñas.</p>
<p>Le di hilo no solo porque no me gusta presionar a los clientes, sino porque mi cámara vieja se estaba calentando demasiado pronto y no sabía por qué.</p>
<p>Mientras el músico entraba en calor fui precavido y usé mi comodín para emergencias como estas: meter mi cabeza por debajo del brazo derecho y pedir. Y lo que pido a veces llega. Esas cosas me funcionan. Un <em>algo</em> me lo otorga.</p>
<p>Cuando la batería murió me levanté para poner otra; necesitaba hacer tiempo, dilatar el proceso. Cambié la batería y puse a cargar la que se había agotado. Eran las 12:33, conecté el cargador y dos o tres segundos después la mitad del museo se apagó. Pensé que había sido yo el causante del corte eléctrico.</p>
<p>El músico me pidió averiguar qué pasaba. Se habían apagado las vitrinas y las luces mías enchufadas a la red eléctrica dejaron de funcionar. Nos rodeaban instrumentos de todas las partes del mundo, parecían viejos fantasmas en penumbra. Fui a averiguar.</p>
<p>Encontré a dos de las empleadas y me dijeron que al parecer era un lío gordo. No había luz ni en España, ni en Italia, ni en Portugal, dijeron. Sonreímos porque a esa hora —es extraño, pero a esa hora— uno siente que ha sido escogido para protagonizar algo interesante. Queríamos que, si aquello era, que fuera en grande, supongo.</p>
<p>El músico se sumó a la conversación y también sonrió: “¿entonces es algo así como en plan catástrofe?”, dijo con una sonrisa y los ojos encendidos.</p>
<div id="attachment_15164" style="width: 1930px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-15164" class="size-full wp-image-15164" src="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/2.jpg" alt="Multitud en una parada de autobús bajo el sol en Barcelona." width="1920" height="1536" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/2.jpg 1920w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/2-300x240.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/2-750x600.jpg 750w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/2-768x614.jpg 768w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/2-1536x1229.jpg 1536w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/2-810x648.jpg 810w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/2-1140x912.jpg 1140w" sizes="(max-width: 1920px) 100vw, 1920px" /><p id="caption-attachment-15164" class="wp-caption-text">La ciudad se volcó a las calles ante el colapso del transporte. Foto: Carlos Melián Moreno.</p></div>
<p>Caminé hasta la entrada del local y miré por las ventanas, que eran unos grandes cuadrados acristalados. El museo está aislado sonoramente del exterior, se sentía como estar dentro de una pecera. Afuera la gente caminaba plácidamente. Parecían turistas, chicos en excursiones de clases.</p>
<p>El Museo de la Música está en la zona híper moderna, tecnológica y fría de Barcelona. Una zona industrial que fue retomada y convertida en barrio para que la gente viviera en él. El conjunto era agradable, aunque filoso. Parecía, cómo decirlo&#8230; un helado de barquillo eléctrico con sabor a metal galvanizado.</p>
<p>Por suerte hacía calor y el día era espléndido; no llegué a recordar que las desgracias ocurren en días espléndidos. Espléndidos y con cierta conexión entre luminosidad, buen clima y locura. Muchos miraban sus teléfonos, pero era imposible desentrañar si lo que chequeaban era la falta de internet. Yo no tenía, el músico tampoco.</p>
<p>Llamé a mi pareja y no recibí respuesta. Llamé a la madre de mis hijos: sin resultado. No debían tener señal de móvil tampoco. Vi, a lo lejos, un tranvía detenido. Estaba vacío y el conductor se abanicaba dentro.</p>
<p>¿Qué tal si es el comienzo de un ataque masivo? En 45 años vi muchas cosas: el fin de una utopía comunista, el fin de un milenio, la muerte del hombre más inteligente del mundo según mis padres y el Partido Comunista de Cuba, una pandemia de dos años, la muerte de mi madre, la muerte de mi padre, mi casa demolida, el fin de mi matrimonio, la lejanía de mis hijos. Toda la devastación era posible. Podía ver un ataque de gran magnitud y sobrevivirlo sin quebrarme.</p>
<div id="attachment_15169" style="width: 1930px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-15169" class="size-full wp-image-15169" src="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/6-1.jpg" alt="Personas sentadas en un anfiteatro urbano, muchas de ellas descansando bajo el sol." width="1920" height="1536" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/6-1.jpg 1920w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/6-1-300x240.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/6-1-750x600.jpg 750w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/6-1-768x614.jpg 768w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/6-1-1536x1229.jpg 1536w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/6-1-810x648.jpg 810w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/6-1-1140x912.jpg 1140w" sizes="(max-width: 1920px) 100vw, 1920px" /><p id="caption-attachment-15169" class="wp-caption-text">En medio del apagón, la ciudad se detuvo. Algunos se entregaron al sol y al pensamiento. Foto: Carlos Melián Moreno.</p></div>
<p>La arquitectura moderna provocaba en sí misma esta sensación. Al menos en mí. Una vez viajaba en el tren aéreo de la ciudad de Berlín, entre el lado oriental y el occidental, mirando el cambio estético e ideológico de aquellas fachadas, cuando pensé que aquel estado de bienestar peligraba. Me parecía obsceno. La otra mitad del mundo vivía en condiciones paupérrimas, no le iban a permitir estar tan adelante. Esperé que de un momento a otro aparecieran por cada flanco unos tipos fanatizados con Call Of Duty empuñando AKM, disparando.</p>
<p>Detrás de mí sentí la voz del músico. Pero seguí imaginando un plan de acción. La puerta de acceso al museo seguía cerrada. El elevador se podía usar, pero seguramente ametrallarlo estaría en los planes de los terroristas. Habría que buscar otra vía.</p>
<p>El músico me sacó de la planificación, me dijo que lo mejor era irnos; hacía unos 40 minutos esperábamos a que volviera la luz.</p>
<p>Eran muchos los trastos que llevábamos encima, agarré las cámaras, y dejé lo demás para buscarlo otro día. Las trabajadoras nos contaron que no había metro, que miles de personas se habían quedado allá abajo durante el apagón.</p>
<div id="attachment_15162" style="width: 1930px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-15162" class="size-full wp-image-15162" src="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/17.jpg" alt="Una mujer con su perro frente a una estación de metro cerrada." width="1920" height="1536" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/17.jpg 1920w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/17-300x240.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/17-750x600.jpg 750w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/17-768x614.jpg 768w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/17-1536x1229.jpg 1536w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/17-810x648.jpg 810w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/17-1140x912.jpg 1140w" sizes="(max-width: 1920px) 100vw, 1920px" /><p id="caption-attachment-15162" class="wp-caption-text">Sin metro, muchas personas quedaron varadas o tuvieron que improvisar rutas a pie. Foto: Carlos Melián Moreno.</p></div>
<p>Encontrar un taxi no fue fácil pero, vaya decepción: fue más sencillo de lo que esperábamos. Las calles estaban a tope de coches y eso no es común, el coche es una alternativa de transporte marginal en Barcelona. Hay carriles bicis, hay metro, hay trenes con tramos dentro de la ciudad, hay buses de todos los tamaños, tranvías, múltiples formas de trasladarse que, aunque tienen picos, casi nunca se llenan a tope como en Tokio, como en Bogotá, Medellín, o Cuba.</p>
<p>Las calles suelen estar aliviadas de coches y de gente y de bicis, pero aquel lunes, después del apagón, todos estaban en la calle, en coche o a pie. Por alguna razón, acaso la misma que manejé yo, no había casi ciclistas. Quise cuidarme del transito caótico, y la ansiedad desatada de los conductores.</p>
<p>El músico para el que trabajaba vivía como saltando de un tobogán a otro: organizaba aquellas filmaciones llamando a museos y a iglesias, gestionaba un bar para conciertos en el que ayudaba a servir, y una escuela de música. Cuando hacia silencios parecía que seguía hablando consigo mismo. Mientras nos alejábamos del museo le indicaba al taxista por dónde debía coger. El taxista era pakistaní y se dejaba guiar, sin una aplicación de mapas se le veía inseguro.</p>
<p>Por Google Maps se suelen guiar todos los conductores de esta parte del mundo en donde la red de redes es aliada del desarrollo y no representa una de las siete cabezas del peligro contra el <em>status quo</em>. La economía se mueve más por los pasillos virtuales de Google Maps que por la calle y su tiempo real.</p>
<p>Tengo la tesis de que los ciclistas de <em>delivery</em>, por ejemplo, con sus bicicletas tuneadas con motores eléctricos, son quienes imponen la velocidad y el tiempo que Google le asigna a los traslados en bicicleta. Lo he comprobado en persona llegando tarde a recoger a mi hijo. Los 18 minutos que prometía la app eran imposibles. El tráfico gestionado por Google Maps ha sido engullido por la industria del <em>delivery</em>. Es como una cárcel en El Salvador financiada por la libre competencia. Legitima el tiempo de traslado que la industria del <em>delivery</em> inventa. Sin internet, la cárcel desaparecía.</p>
<p>El músico agarraba el móvil e intentaba llamar a su escuela para dar órdenes, pero era inútil. Luego volvía a tomar el mando del taxi, e indicaba por dónde debía coger el chofer para evitar los embotellamientos según criterios x, y o z.</p>
<p>Me decía cosas así: “lo mejor es evitar tal calle, porque no hay carril de taxis y ello impediría seguir avanzando”. Se adelantaba a los acontecimientos y al parecer tenía razón porque el taxista, que manejaba con elegancia, sin dar timonazos, se dejaba llevar. Era evidente que muchos esperaban, y nosotros avanzábamos todo el tiempo por calles con o sin semáforos encendidos.</p>
<p>Richard Gere, que estaba de visita en la ciudad para presentar su documental sobre el Dalai Lama, se sorprendió al ver cómo ningún conductor le pisaba los talones a otro, ni se empujaba en los embotellamientos ni en los nudos que se armaban en los sitios con semáforos apagados. Era la misma ciudad que vi yo: predominaba el buen humor y una cierta camaradería, como si a una clase de universitarios le hubieran ordenado hacer un simulacro de tráfico autogestionado.</p>
<div id="attachment_15167" style="width: 1930px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-15167" class="size-full wp-image-15167" src="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/7-1.jpg" alt=" Policías coordinan el tráfico en una intersección concurrida." width="1920" height="1794" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/7-1.jpg 1920w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/7-1-300x280.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/7-1-642x600.jpg 642w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/7-1-768x718.jpg 768w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/7-1-1536x1435.jpg 1536w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/7-1-810x757.jpg 810w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/7-1-1140x1065.jpg 1140w" sizes="(max-width: 1920px) 100vw, 1920px" /><p id="caption-attachment-15167" class="wp-caption-text">Sin semáforos, la policía y la cortesía ciudadana mantuvieron el orden. Foto: Carlos Melián Moreno.</p></div>
<p>Al cabo de una o dos horas de apagón, mientras viajábamos en el taxi, comencé a creer que había localizado el núcleo de mi <em>algo</em>. Lo que pretendía encontrar en el apagón. Me volví hacia el músico y le dije: “en Cuba esto sucede a diario. Se logra vivir así, y tiene su lado saludable. O mejor, le encontramos su lado saludable”.</p>
<p>Miré la soleada ciudad que pasaba por la ventanilla, los edificios, las fachadas, el aire transparente. Pensé en millones de cocinas sin gas, todas eléctricas o de vitrocerámica. ¿Cómo iban a cocinar? Eso me gustó. Y me sorprendí diciendo: “si se va la luz durante un mes, será saludable, porque van a conocer lo que es la solidaridad, la gente se va a necesitar, se van a deber favores”.</p>
<div id="attachment_15168" style="width: 1930px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-15168" class="size-full wp-image-15168" src="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/9.jpg" alt="Dos mujeres se abanican sentadas frente a una tienda cerrada." width="1920" height="1794" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/9.jpg 1920w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/9-300x280.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/9-642x600.jpg 642w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/9-768x718.jpg 768w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/9-1536x1435.jpg 1536w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/9-810x757.jpg 810w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/9-1140x1065.jpg 1140w" sizes="(max-width: 1920px) 100vw, 1920px" /><p id="caption-attachment-15168" class="wp-caption-text">La pausa y la conversación reemplazaron al ritmo acelerado habitual. Foto: Carlos Melián Moreno.</p></div>
<p>Llegué a casa y agarré una cámara. Quizá algún medio de prensa me compraba fotos. Vivo a unos cuatro kilómetros de donde mis hijos. Fui caminando a ver cómo estaban e hice cientos de fotos sin pedirlas.</p>
<p>Las bocas de los metros habían sido cerradas o señalizadas con una cinta plástica. Las calles estaban llenas de personas que caminaban sin prisa, dejándose llevar.</p>
<p>Un amigo me escribió por WhatsApp que al cabo de dos horas, al ver que ni los rusos ni los marroquíes atacaban, lo que había era que esperar a que volvieran a subir el interruptor.</p>
<p>En el autobús que tomó la madre de mis hijos la gente conversaba entre sí sin conocerse, algunas se contaban la vida de esa forma en que se hacía antes, cuando se necesitaba estar menos solo, y uno se viraba hacia el compañero de asiento y le comentaba algo.</p>
<p>Los otros padres de la escuela de mi hijo contaron que los radios se habían agotado en las tiendas de pakistaníes. Y que vieron cómo subían de precio: el penúltimo lo vendieron a 10 euros y el último a 25.</p>
<p>Entre Plaza Lesseps y el hospital de San Pau vi a una chica cuyo perro la jalaba hacia el metro, estaba cansado y levantaba el rostro hacia ella: “qué pasa, no puedo más, bájame al enorme gusano de fierro que nos lleva a casa”. La dueña me dejó hacerle fotos, me preguntó de dónde era yo. Me sonrió.</p>
<p>A unos metros de allí le pedí a un dominicano que me dejara retratarlo mientras tomaba el sol. Había separado su silla de una mesa de la terraza del bar buscando el sol. Me dijo que ya no se iba a preocupar más, que iba a dejar que el tiempo pasara. Levantó la cabeza y dejó que la luz le diera de lleno en la cara.</p>
<p>Es cierto que no pedí fotos, pero a nadie le parecía importar que se las hiciera.</p>
<div id="attachment_15165" style="width: 1930px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-15165" class="size-full wp-image-15165" src="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/18.jpg" alt="Hombre sentado junto a una scooter, tomando el sol en la acera." width="1920" height="1536" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/18.jpg 1920w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/18-300x240.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/18-750x600.jpg 750w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/18-768x614.jpg 768w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/18-1536x1229.jpg 1536w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/18-810x648.jpg 810w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/05/18-1140x912.jpg 1140w" sizes="(max-width: 1920px) 100vw, 1920px" /><p id="caption-attachment-15165" class="wp-caption-text">“Decidí dejar que el tiempo pasara”, dijo este hombre al autor de la crónica. Foto: Carlos Melián Moreno.</p></div>
<p>Al llegar al edificio de mis hijos comencé a pegar gritos para que me abrieran la puerta; el intercomunicador no funcionaba sin electricidad. Uno de los vecinos salió al balcón y se ofreció a abrirme. Era la primera vez en dos años que hablaba conmigo.</p>
<p>Al subir a la casa tuve una especie de epifanía al verla a oscuras. Todo el día había tenido una rara sensación de familiaridad que era fácil de localizar. Venía de Cuba. Allá sabíamos qué hacer cuando había apagones. Dejarnos llevar. Si íbamos a la fabrica no producíamos, si íbamos a la oficina, conversábamos sobre la distribución de huevos y mortadella hasta que llegara la luz, si llegaba.</p>
<p>No era un saber sofisticado aprender a vivir sin luz eléctrica, aquí la gente reaccionaba igual. Aprender a vivir como cubanos no les tomaría 60 años.</p>
<p>Cuando regresé a mi casa mi pareja y yo encendimos unas velas, comimos algo ligero, y nos contamos cosas que con una pantalla delante no haríamos. Le hablé de la sensación que tuve al entrar a la casa de mis hijos. Sentí que los cubanos habíamos inventado el apagón y que allí, sin ser muy consciente, me había sentido orgulloso de ello.</p>
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