Me huelen las manos a lejía. Intento no descansar la cara sobre mi puño para poder saludar con dos besos sin traspasar ese hedor que no logro quitarme de las manos, aunque las lave constantemente. Tampoco toco mucho mi pelo. El tema son los guantes, que al quedarme grandes se cuela el agua clorada cuando meto las manos en la cubeta gris que guarda las mopas. Siento los dedos húmedos y el olor ya no se va.
El primer trabajo que tuve en España fue cargando cajas en una tienda de alimentación. Los martes y los viernes llegaban entre cuatro y cinco pallets con mercancía. A veces también los lunes. Galletas, refrescos, latas de conserva, cervezas. De las últimas, una vez conté cincuenta cajas que se convertían en cien movimientos porque había que sacarlas primero del pallet y llevarlas al almacén después. Levanta, acomoda, empuja el carro, levanta, acomoda otra vez. Cien veces.
Luego de una baja médica por una cervicalgia que duró 15 días, decidí buscarme la vida en otro sector. No mejor pagado, quizás menos lesivo. Así llegué a la residencia.
Según el Ministerio de Trabajo de España, para junio de 2025 el 88,8% de las mujeres extranjeras afiliadas trabajaba en el sector de los servicios, donde se incluyen la limpieza, los cuidados y la atención residencial. Entre ellas, las latinoamericanas constituyen el grupo más numeroso.
Yo, como miles de mujeres migrantes, encontré en los cuidados una de las pocas puertas abiertas al mercado laboral.
Lágrimas negras suena en mi oído. Voy tarareándola mientras me muevo por los pasillos blancos larguísimos de la planta menos uno, donde el cuidado se vuelve más invisible, el subsuelo. De ahí salen la comida caliente, la ropa limpia y planchada, las recetas, los insumos, y los carros que llevan el agua clorada para desinfectarlo todo. Todo lo que vive arriba depende de quienes estamos abajo.
Frotar el interior del inodoro con la escobilla se siente diferente si tarareo boleros. No sé si el dejar impecables las habitaciones de Vicenta, Baldomera o Visi hace que me conecte con ser nieta otra vez y me recuerde las canciones que cantaba con mi abuela. No sé si quitar el polvo deje de ser solo eso y se traduzca en cuidarles. O si la melodía de un bolero me permite concentrarme mejor que la de un reguetón. El caso es que siempre voy cantándolos. Por lo que sea.
Mi primer mes allí transcurrió entre lejía, mopas y conversaciones con ellas. “Buenos días, Baldomera, cómo te encuentras hoy”; “Ya está lista tu habitación, Vicenta”; “Gracias, cariño”; “Hola, Cati, vine a limpiar, qué lees hoy”; “¿Te importa que aparte las zapatillas, Visi?”.
Un día mi jefa me pasó a la lavandería. De nuevo, al subsuelo. Recuerdo la tristeza que sentí. Recuerdo pensar que había hecho algo mal y por eso me escondían. Recuerdo la molestia de no poder cuidarlas mientras les miraba a la cara. Sin embargo, he lavado, planchado y doblado cada prenda imaginando el rostro agradecido de Toñi —a quien no le he puesto cara, pero reconozco el corazón que dibujó en cada etiqueta—, o el cuerpo bien vestido de Vicenta.
Cuando cargaba cajas llegaba mucho más cansada a casa. Trabajaba diariamente, incluso en horas extras que nadie me pagó y yo tampoco reclamé. Una amiga me recordó que ser mujer y cubana era la combinación perfecta para creer que no podemos exigir que se respeten nuestros derechos, que tenemos que trabajar en eso.
Mis hijos se dieron cuenta del cambio de horario. No les bastó que les contara que ya no trabajaba en el mismo sitio. Tuvieron que verme más y mejor. “¿Dónde trabajas ahora? ¿Y qué haces allí?”. Les expliqué.
En Cuba, las mujeres dedican casi el triple de tiempo que los hombres al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado, según la Encuesta Nacional sobre Igualdad de Género. Yo fui uno de esos números en algún momento. Y esa desigualdad viajó conmigo cuando emigré. Esa es la explicación que le doy al hecho de continuar ocupándome (ahora también profesionalmente) de limpiar, cuidar o atender a otras personas.
Quizás por eso no veo un fallo en la profesión. Quizás, como le dije a mi madre, limpiar baños y doblar ropa cuesta menos que en casa porque te pagan por ello, aunque no te alcance para llegar a fin de mes.
En la cara de mi hija se dibujó un gesto desagradable cuando me escuchó decir que a veces las toallas llegan a la lavadora con rastro de sangre o heces. “¿Con mierda? ¿Tienes que limpiar la mierda de otros?”.
Sí.
No iba a mentirle. Limpiar heces, vómitos, orine o sangre no es agradable. No quiero que mi hija crea que todos los trabajos son iguales. Porque no lo son. Hay trabajos más duros, más peligrosos, mejor o peor pagados.
“Tu madre es la chica de la limpieza y limpiar la mierda de otros, hija mía, no es indigno”.
Corren tiempos de tradwives y conservadurismo. La sociedad que nos va quedando ha vuelto a romantizar el cuidado y, por un lado, intenta apropiarse de su lenguaje y celebrarlo cuando puede convertirse en estética o en sacrificio. Pero, por otro, cuando se convierte en empleo suele pagarse poco, esconderse en una planta menos uno y recaer sobre mujeres, en su mayoría migrantes.
Entonces, ¿cómo le enseño a mi hija, cuya adolescencia dobla la esquina, que limpiar no avergüenza, que el mundo insiste en establecer una jerarquía entre cuidar por amor y cuidar por sueldo? ¿Cómo le enseño a desconfiar de quienes glorifican el cuidado como sacrificio mientras desprecian a quienes cuidan como trabajo?
“Pregúntate siempre quién limpia la cocina de un hospital, quién cambia las sábanas de una residencia, quién friega el suelo de tu colegio o quién repone los refrescos en una tienda. Eso también es cuidar y si no cuidamos, hija mía, se para todo”, terminé.
Mañana volveré a caminar los pasillos blancos larguísimos de la planta menos uno. Llegaré al ascensor que lleva a la planta de Baldomera mientras canto un bolero. Limpiaré tantas habitaciones como me dé tiempo. Y volveré a mi casa con olor a lejía en las manos. Ojalá no se les olvide nunca que los cuidados también se ven así, que detrás de ese olor hay otras, miles de mujeres, que —como yo— limpian espacios para que otros puedan habitarlos.
