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La lenta asfixia de vivir en Cuba

A los cuatro años me preguntaron por primera vez si era revolucionaria. Una compañera de trabajo de mi madre formuló la pregunta como una especie de broma. Recuerdo vagamente el revuelo que sobrevino a mi negativa: mi pobre madre fue analizada por un Partido al que se había negado a pertenecer diez años antes. Escrutaron su crianza, buscando el fallo.

También varios miembros del Consejo de Dirección del politécnico en el que por aquel entonces se desempeñaba como profesora se turnaron para darme, uno tras otro, argumentos que no me convencieron ni un poco.
A mis cuatro años, yo no entendía de qué me había liberado un señor que daba discursos larguísimos que retrasaban los muñequitos. Yo no veía mejor a mi familia. Lo único que conocía en mis escasos años de vida era compartir con mi hermana mayor un cuarto sin puerta en una casa de madera.

Más tarde ese día, mi madre me explicó, simplificado, el concepto de lo que se podía decir en público. Algo que todos los cubanos nacidos en los últimos 67 años aprendemos a muy temprana edad: la diferencia entre el discurso político público del “deber ser” y los pensamientos reales que guardamos para espacios seguros.

Como mismo nunca lograron convencerme del todo de que me identificara con un proceso que me precedía en 40 años, tampoco logré entender mucho la diferencia entre lo político público y lo político privado. En mi mente, si algo es soberanamente obvio para todos, ¿por qué debería ser tratado con eufemismos?

En este instante, esa línea se desdibuja constantemente ante un pueblo cansado de metáforas y discursos ochenteros, aunque el miedo a lo que te pueda pasar si hablas abiertamente, perdura.

Pero ya tenemos muy poco que perder. En una isla a oscuras sobre nuestras espaldas y con nuestros hijos pasando hambre, poco se teme; poco hay que puedan hacernos que sea peor.

Mientras escribo a oscuras durante la última caída del Sistema Eléctrico Nacional, —SEN, para los amigos—, mi atención se desvía a una vecina que tose, a otro que decidió gastar la batería que le quedaba en alegrarnos la vida con Celia Cruz y Juan Gabriel, y al que reproduce a todo volumen un reel de Instagram donde se habla, desde fuera, del respeto a la soberanía del pueblo cubano.

Hoy nadie comió en este pasillo. El SEN se cayó a las seis de la tarde y media hora después ya no había gas. Aquí las casas son muy pequeñas, hacinadas, no hay donde poner cocinas alternativas de carbón o leña.

En mi pasillo la única que tiene planta soy yo, y es un espacio tan pequeño que ni siquiera puedo usarla.

En mi pasillo, la vecina que tose, todos los días pide a gritos que pase algo, aunque sea una bomba.

Hace poco, un amigo que lleva años en otro país me dijo que él creía que los cubanos sí estaríamos dispuestos a hipotecar la soberanía por un tiempo si eso implicaba mejoría para la situación actual.

Le respondí que la soberanía no se come, que le vendía la mía a buen precio. Sin embargo, yo nunca he sido dueña de mi soberanía para venderla.

Todo el mundo tiene algo que decir sobre Cuba desde que nos convertimos en el siguiente objetivo de Donald Trump. Periodistas cubanos que hace al menos cinco años no pisan este suelo, venezolanos (porque somos casi lo mismo), especialistas en Cuba con acento gallego… todo el mundo.

Menos los cubanos que vivimos en Cuba.

Como si ya no quedara nadie en la isla. Como si nos dieran por muertos.

Ciertamente se siente así. Es insostenible la vida en un país donde no te ves los pies después de las seis de la tarde los siete días de la semana; donde cargar el agua se hace a las tres de la mañana con una linterna en la mano; donde, cuando tienes corriente, tu corazón se salta tres latidos cada vez que se para la máquina del refrigerador, porque ya no sabes si es peor el apagón o la incertidumbre de cuándo te van a quitar la luz. Lo empeora que personas que no nacieron ni cerca de un batey o que no vienen a Cuba desde que existía el CUC crean que pueden hablar por mí.

Y yo estoy casi segura de que sigo viva, aunque no sea por decisión propia.
Lo he pensado: acabar con todo de una vez. Y sé que no soy la única. La salud mental en Cuba debe de estar ahora mismo al borde del colapso, pero ni siquiera eso termina de nombrarse del todo. No hay descanso, no hay certezas, no hay medicamentos, no hay servicios médicos suficientes, no hay tiempo ni espacio para derrumbarse. Mis amigas se medican y huyen, se refugian en lo que pueden para no sentir, porque la desesperanza es horrible. Porque tener tres décadas de vida y sentir que no hay luz al final del túnel, que tus ambiciones se reducen a necesidades básicas, te hacen querer morirte.

Vivir en Cuba hoy es eso: no vivir. Pensar todo el tiempo en cuándo podrás dormir seis horas seguidas, cómo vas a alimentar a los tuyos, cómo arrancarte la soga que te aprieta poquito a poco, ahogándote sin llegar a matarte nunca.

Somos el faro de una izquierda internacional que da asco, que viene a comerse la poca comida que hay y a entregarle donaciones a un gobierno que dialoga con todos menos con los que vivimos aquí, los que ya casi nos morimos.

Porque de eso se trata: de irse muriendo sin que suceda realmente. De abrir los ojos cada mañana y sentir que la vida no empieza, que apenas continúa. De contar las horas de apagón, la basura acumulada durante un mes, las moscas, las chinches, los mosquitos. Se trata de velar por el agua que no llega, escuchar al vecino con la madre encamada llorando por el calor, la nevera que se descongela, los jóvenes que queman edificios del Partido Comunista de Cuba. Y entonces dejar de creer en algo, callarse, sentir que todo se estrecha a tu alrededor, que vivir se vuelve un espacio cada vez más pequeño, más bajo, más cerrado, y una incapacidad tangible de respirar profundamente.

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