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Las que se fueron y las que siguen dentro: carta a mi sobrina en Cuba en la víspera del 8M

mujer sentada en un portal

7 de marzo, 2026
Buenos Aires, Argentina 

Querida M,

A tus casi quince años pensarás que la carta es un método anticuado. Dirás: “qué chea es mi tía” —no sé si tu generación seguirá utilizando la palabra “chea”—, pero entiende que “la carta” fue el método que los hijos del Período Especial encontramos para comunicarnos con aquellos familiares del “más allá”, sin dar más detalles que los necesarios.

Quizás te hable de un momento no tan distinto al que vives ahora. Era otra la crisis geopolítica, es cierto. No había mipymes, ni Instagram, ni TikTok. Pero la escasez también rondaba la casa como un fantasma.

La carta era entonces una píldora de nostalgia. La carta, anestesia críptica o emulador de presencia o cercanía inmediata antes de la llegada de WhatsApp, Signal o Telegram. No nos decíamos todas las verdades, pero tampoco nos mentíamos.

Nunca pensé que estaría del otro lado, sentada delante de un Word pirateado —no de una hoja de papel, porque ya no confío en mi caligrafía—, pensando en esta carta cuasi testamento, porque las llamadas son cortas e inestables y los audios de WhatsApp desesperantes.

Quiero que, mientras me lees, escuches mi acento; no el de ahora, sino el de hace diez años, cuando aún convivíamos cuatro generaciones de mujeres en aquella casa mal pintada de la calle Primera. Que guardes estas letras y las revisites, como aún hago yo a los 30 años con las hojas de papel que mis amigos me dieron antes de salir de Cuba. Quiero que me puedas leer —y escuchar— sin pensar en el consumo de datos o en el apuro ante un inminente corte eléctrico.

Mañana es 8 de marzo, querida M, y ayer no pude dormir pensando en tu futuro y en el mío. Puede que nos separe el mar Caribe, más de 11 mil kilómetros de continente sudamericano y quince años de vida, pero aunque no lo creas, tú y yo, pequeña, somos variables demográficas dentro del concepto de “mujer cubana”: la que se fue y la que está “adentro”. Y como tal, existimos en un mundo patriarcal que se desmorona a pedazos y donde nosotras —las migrantes y las que aún habitan la isla— nos vemos obligadas a luchar todos los días por seguir existiendo con plena dignidad.

mujer fregando la loza en una cocina. Foto: Ella Fernández

Las maternidades que cargan sobre sus hombros el peso de un país sin luz. Foto: Ella Fernández.

En Cuba peleábamos por ser escuchadas, respetadas, por el derecho a nuestra propia sexualidad o contra la doble jornada laboral. Peleábamos —y aún lo hacemos— contra un machismo disfrazado de cultura, que un 8M cualquiera regala mar pacíficos y poemas impresos. Esas luchas también se cargan a cuestas cuando montamos aviones o cruzamos selvas y ríos. Se emprenden en otros idiomas y, muchas veces, en solitario.

Mañana las calles aledañas al Congreso, en Buenos Aires, se tornarán verdes y púrpuras; las mismas calles que hace solo unos días aún olían a los gases que nos lanzaron a las puertas de una injusta reforma laboral —cuyo último eslabón somos, precisamente, las mujeres—. Mañana el sonido del impulso de las balas de goma será sustituido por batucadas y cánticos feministas.

Una fiesta política. O tal vez ni siquiera una fiesta, sino un desafío al poder que nos oprime. La felicidad —momentánea, o no— también es revolucionaria.

El presidente argentino Javier Milei dice que no hay plata —“no hay plata”—, cierra el Ministerio de la Mujer y desfinancia políticas ligadas al aborto seguro y gratuito. Tu tía aterrizó en Argentina 24 horas después de la aprobación de la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo.

Díaz-Canel, por su parte, dice que no hay combustible y rehúye de cualquier responsabilidad sobre la integridad física y mental de cuerpos feminizados y sexodisidentes. Aún en 2026 estamos esperando la aprobación de una Ley Integral contra la Violencia de Género. Tu tía estuvo entre las 40 firmantes que la exigieron en 2019.

Dijo Simone de Beauvoir que bastaría “una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres vuelvan a ser cuestionados”.

Aún en 2026 estamos esperando la aprobación de una Ley Integral contra la Violencia de Género. Foto: Ella Fernández.

Te invito a tomar estos consejos con un grano de sal, porque tu tía es un ser defectuoso. Pero quiero poder estar ahí, cerca tuyo, incluso cuando no estoy.

Te pido que tengas cuidado cuando regreses de noche —o de día— a casa. El gobierno —los gobiernos—, aunque debería, no nos cuida, pequeña. Nos cuidan nuestras hermanas y nuestras redes. Las tuyas serán tu mejor sustento.

En tiempos de resquebrajamiento económico o político te dirán que los reclamos de los feminismos no son urgentes. No hagas caso. Algunos incluso preguntarán: “¿Dónde están las feministas?”.

Ahí podrás responder: “Estamos aquí, sosteniendo lo que otros dejan caer”.

Por eso, te pido también que no te molestes “tanto” con tu madre; ella hace lo mejor que puede. No te asustes si la ves llorar: llorar es humano y nos hace libres, no débiles. Acompáñala. Entiéndela. Comprende su miedo, su cansancio y el no saber qué vendrá al día siguiente. Los malabares para garantizar ese plato de comida —que no siempre es tu preferido, lo sé—, el agua caliente para bañarse y los uniformes limpios y planchados para la escuela. Tu mamá, como tantas otras, carga sobre sus hombros el peso de un país sin luz.

Por eso, cuando estén en el portal, cerca de los rosales que plantó tu bisabuela, disfrutando de la brisa fría sobre las sillas mecedoras, abraza a tu mamá. Léele los libros de poesía que recolectaba en la universidad y que aún guarda en el librero de lo que alguna vez fue mi cuarto. Ya sabes dónde están. Ámala en esta cotidianidad surrealista, porque ella te ama mucho a ti. Cántale las canciones de las peñas de trova que tanto le gustaban.

Y así mismo te pido que no dejes que el apagón te quite la creatividad, que escribas y sueñes. Por muy difícil que sea, quiero que pienses en el día después —como hice yo anoche, en pleno desvelo— y en lo que significa la libertad para ti. Lucha por ello, porque nada está garantizado.

El gobierno —los gobiernos—, aunque deberían, no nos cuida. Nos cuidan nuestras redes. Foto: Ella Fernández.

No sé si en ese futuro que imaginas estaremos las cuatro generaciones de mujeres que alguna vez habitaron esa casa.

Pero no importa. Haz tuyo este espacio.
Ese y todos los que ocupes.
Hazte presente, incluso en un país que a veces parece expulsar a los suyos.

Te amaré, hoy y siempre, pequeña.
Incluso desde lejos.

Tu tía, no tan ausente

*** Al cierre de este texto, el Observatorio de Feminicidios de Yo Sí Te Creo en Cuba había registrado siete feminicidios, dos intentos de feminicidio y un asesinato de hombre por motivos de género en la Isla. 

“¿Dónde están las feministas?”, preguntan. “Estamos aquí, sosteniendo lo que otros dejan caer”. Foto: Ella Fernández.

“Mujer cubana”: la que emigró y la que permanece adentro. Foto: Ella Fernández.

Llevamos esas luchas a cuestas, en aviones, selvas y ríos. Se viven en otros idiomas y, a menudo, en soledad. Foto: Ella Fernández.

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