En enero de 2026, Cuba ya era un país exhausto. La crisis energética se había normalizado a tal punto que los apagones no eran noticia sino rutina. El mercado informal marcaba el precio real de casi todo. La emigración sostenida vaciaba barrios enteros y separaba familias.

El turismo, que durante décadas funcionó como válvula de oxígeno económico, tampoco lograba recuperarse de los golpes que significaron la pandemia y el recrudecimiento de sanciones durante el primer mandato de Donald Trump. Aunque en 2023 y 2024 hubo intentos de reanimación del sector turístico como la implementación de nuevas reformas y estrategias para el aumento de la entrada de clientes al país, las cifras nunca regresaron a los niveles de 2018.

El país entró al 2026 con hoteles operando a medias, infraestructuras deterioradas y una dependencia del turismo internacional que se sostenía sobre una economía interna frágil.

En enero de 2026, Donald Trump anunció un endurecimiento de las políticas hacia Cuba: presión máxima, revisión de acuerdos migratorios, restricciones adicionales a viajes y operaciones financieras. Medios como El País, BBC y The New York Times han documentado cómo la administración estadounidense reactivó mecanismos de presión económica bajo el argumento de que Cuba representaba para ese país una “amenaza inusual y extraordinaria”.

La narrativa oficial de Washington presenta las medidas como una herramienta para debilitar al gobierno cubano. En la práctica, las señales de inestabilidad geopolítica también impactan directamente en la percepción de riesgo de aerolíneas, agencias de viaje y turistas individuales.

“Me cancelaron todas las reservas de febrero y las de mitad de marzo. La gente está viendo las noticias internacionales y es como: bueno, si van a tirar una bomba en Cuba, no quiero estar ahí”, dice la dueña de un hostal ubicado en la Habana Vieja.

Países como Argentina e Irlanda han sugerido a sus ciudadanos que eviten o pospongan los viajes que no sean de carácter urgente a Cuba, otros como Canadá (uno de los principales remitentes de turismo a la isla), Reino Unido y España han advertido sobre la situación de asedio y la posibilidad de que en caso de viajar a Cuba podrían resultar afectados tanto por la situación energética como por la probabilidad de que se interrumpan los viajes aéreos.

El miedo opera como un factor económico real. El turismo funciona sobre la base de confianza: seguridad, estabilidad, previsibilidad. Cuando la narrativa internacional instala la idea de tensión, sanciones o posible escalada, el efecto es inmediato. No se trata solo de restricciones formales. Se trata de percepción.

En territorios como Caibarién, en Villa Clara, el turismo no es un sector más: es el motor de casi toda la economía local. La cercanía con los cayos, principal polo hotelero de la zona, ha generado una cadena productiva donde cada empleo directo sostiene varios indirectos: transporte, gastronomía, comercio informal, mipymes.

Una residente del lugar describe la incertidumbre que atraviesa su municipio:

“Están cerrando hoteles. El único que dicen que van a dejar abierto hasta ahora es [en el que trabaja] mi mamá. Dejaron cinco abiertos hasta que se retiren los clientes que quedan porque ya no va a entrar más ninguno”.

Según su testimonio, algunos trabajadores han sido reubicados, otros suspendidos. En la calle se comenta —subraya—,  que el primer mes se pagará el 100% del salario, pero el segundo es incierto. No hay información oficial clara. La incertidumbre es parte del paisaje.

“Aquí no sabemos nada de lo que va a suceder. Todo lo que se [sabe] lo dice la gente en la calle”, añade.

Foto: Ismario Rodríguez.

En economías frágiles, el rumor sustituye al parte oficial. El cierre de hoteles no solo afecta al personal de recepción o a las camareras. Impacta en taxistas, arrendadores, vendedores de alimentos, trabajadores por cuenta propia y pequeñas empresas que dependen del flujo turístico. Si el cayo no trae dinero a Caibarién, el dinero deja de circular.

En la Habana Vieja, a su vez, la dueña del hostal enfrenta otra arista de la crisis: los servicios básicos:

“Como no hay luz en ningún lugar, no hay forma de que entre agua aquí. Me he pasado hasta 12 días sin agua. Tres veces desde que empezó enero he tenido que comprar [una] pipa para poder tener agua para los clientes. Las pipas están a 20.000 pesos”.

En un contexto donde el dólar ronda cifras elevadas en el mercado informal, 20.000 pesos representan una carga enorme para un pequeño negocio privado que, además, perdió todas sus reservas del mes.

El turismo en Cuba no es solo una estadística macroeconómica, es la diferencia entre poder pagar una pipa de agua o no. Entre mantener empleados o despedirlos. Entre comprar aceite a 1.000 pesos o a 2.400 la botella  (precios de Caibarién, según el testimonio de sus residentes) y no comprarlo.

La percepción de asedio internacional no solo golpea a los grandes hoteles estatales. Golpea a quienes dependen de cada reserva cancelada.

¿Es solo Trump?

Reducir la crisis actual exclusivamente al endurecimiento de las políticas estadounidenses sería simplista e incorrecto. Cuba arrastra problemas estructurales profundos: baja productividad, dependencia de importaciones, déficit energético, caída sostenida en producción agrícola, burocracia ineficiente y limitaciones financieras internas.

Sin embargo, tampoco puede ignorarse el efecto acumulativo de sanciones que restringen acceso a financiamiento, combustible, transacciones internacionales y vuelos comerciales. Cuando un país con debilidades estructurales enfrenta además un entorno externo hostil, el margen de maniobra se reduce drásticamente.

En febrero, varios mercados emisores europeos comenzaron a reevaluar sus operaciones. La llegada de turistas alemanes a los cayos fue cancelada, según relatan trabajadores locales. La incertidumbre frena decisiones de viaje con meses de anticipación. En una economía donde cada temporada alta es vital para sobrevivir al resto del año, perder febrero y marzo puede ser devastador.

Foto: Periodismo de Barrio.

El miedo como variable económica

Uno de los elementos más llamativos es cómo el discurso internacional influye en la psicología colectiva.

“La gente anda como loca comprando aceite, arroz por carga, espaguetis”. Comenta la residente del municipio Caibarién en la provincia de Villa Clara.

La compra nerviosa no responde de manera directa a una situación que, francamente, no se siente diferente a la Cuba de diciembre, sino a la percepción de que algo puede pasar. En economías con historial de crisis, la memoria colectiva reacciona antes que las estadísticas. El miedo como catalizador de la inflación y la escasez.

Y mientras tanto, trabajadores del turismo intentan reubicarse: algunos regresan al magisterio, otros migran a mipymes. Pero incluso muchas de estas últimas dependen, directa o indirectamente, del ingreso que genera el turismo. Si el flujo externo se detiene, el efecto dominó es inevitable.

El nuevo endurecimiento de la política estadounidense hacia Cuba no cae en el vacío. Llega en un momento de vulnerabilidad extrema. La isla ya enfrentaba apagones prolongados, crisis hídrica, inflación descontrolada y una caída estructural del turismo.

Hoy, además de la normalizada incertidumbre, se respira un aire de tensión por el miedo a que no pase nada y todo sea en vano nuevamente. El cierre de hoteles y la avalancha de cancelaciones trae una sensación parecida a los inicios de la era Covid, cuando Cuba pasó de estar mal a ser invivible; y ese es precisamente el ánimo que inunda a la población: prepararse por si sucede algo pero con la desesperanza de que todo puede seguir igual, y sin decidirse aún si son peores las bombas o el hambre.

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Andra Vital

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