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Subte E

Subte E, Buenos Aires, Argentina.

Tengo un vínculo afectivo, medio inexplicable, con el subte de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Sé que, para los porteños y los inmigrantes curtidos, el metro es un espacio entre lo funcional y lo asqueroso; pero para mí mantiene un encanto cinematográfico. En Cuba lo había conocido solo a través de filmes y fotografías.

Demoré cuatro meses, ya instalada en la ciudad, para entrar sola por la boca de la Línea E. Antes temía perderme ahí dentro y sé, por experiencia, que eso implica correr el riesgo de un episodio depresivo leve. Ahora, que domino combinaciones y logré cogerle la vuelta a escabullirme para no pagar el pasaje, me siento menos desubicada. Llego a casa y anuncio: “salté la ruletica dos veces, así que hice todo el viaje gratis, mi amor”.

Argentina está entre los destinos menos “solicitados” por los cubanos en las travesías que parten de Guyana y se concentran en Brasil. Por cercanas, se prefieren las opciones —con plataformas económicas más estables— de Brasil mismo o de Uruguay. Chile no, porque te juran que es el epicentro de la xenofobia, o eso me decía un tunero cuya madre no resistió el maltrato. La mujer que ejerció de coyote en mi caso me comentó que podía contar con las manos a quienes buscábamos llegar aquí. En noviembre, incluso, dejó de ser una opción en su negocio; lo sé porque aún sigo en el grupo de Telegram.

No creo que exista en este país la posibilidad de forjar una comunidad fuerte. Según cifras de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), de las Naciones Unidas, 1.147 cubanos vivían en Argentina en 2020. Teniendo en cuenta la extensión del país, es un número considerablemente bajo, aunque podría aumentar si contamos el grueso de personas procedentes de la Isla que aún no acceden a un proceso migratorio formal. De cualquier forma, me sucede que ningún argentino espera que sea cubana, pero yo insisto en decirlo. Siempre lo digo.

Buenos Aires es hermosa, sí. Pero no me acostumbro ni un carajo. Conocí a algunos cubanos y todos, excepto uno —que retornará pronto a La Habana y no piensa volver—, me consolaron con “el tiempo”. Una señora me tomó las manos y me dijo que “el gorrión sigue engordando con los años”, pero que uno aprende a sobrellevarlo sin reprimirlo, a darle su lugar digno. Le creo, y me enternece que haya elegido esas palabras.

En este punto, estoy segura de que estoy viviendo, pero también estoy esperando a que el tiempo se acumule y pase.

Sucede que no he conseguido un trabajo fijo, de ocho horas, con uno o dos días de descanso. El tipo de empleo que marca el ritmo de tu vida y te sostiene. El tiempo muerto es un peso físico. Me quedo mirando al techo y calculo cuántos currículums enviados equivalen a una hora de lectura en la plaza. Pesa más porque mi estatus migratorio incluye un permiso amplio de trabajo y reconozco ese privilegio. No quiero caer en eso. No quiero compararme.

Entro a las redes y veo a amigos fotografiándose en los espejos de las tiendas, otros paseando con compañeros de postgrados internacionales. De inmediato los juzgo, sin fundamento, como casos más “exitosos” de emigración. Sin embargo, hice lo que quería hacer. Elegí. Y tengo la felicidad que puse como prioridad.

Pero no me preparé para este tibio limbo que es el desempleo, ni para la punzada tras las postulaciones denegadas. Solo me responden de los anuncios más sospechosos. He recibido ofertas directas para que venda mis óvulos, y sé que es el algoritmo tanteando lo desesperada que puedo estar. En caso de hacerlo, tendría asegurado el ingreso de cuatro meses de un empleo común.

No me malinterpreten. Trabajos tuve. Pocos y breves.

El primero fue en un call center en Microcentro, anidado por adolescentes recién entrados en edad laboral. Dos parlantes, distribuidos por los extremos de la habitación, reproducían distintas canciones de reguetón. La idea, según me explicaron, es obligarte a alzar la voz y que te sea imposible concentrarte en otra cosa que no sea intentar escuchar al cliente. Si no puedes pensar, tampoco puedes distraerte. Digamos que no fui entusiasta de la idea de bailar mientras llamaba. No estoy bromeando, nos comunicaron la posibilidad de bailar para generar “energía colectiva”. El pago estaba por debajo del salario mínimo. Renuncié antes de que me echaran.

También estuve bajo el incierto título de “recepcionista polivalente” en un salón. La entrevista tomó menos de cinco minutos. La señora me miró con sospecha y seguidamente me dio el visto bueno. La información sobre el trabajo fue escasa, casi susurrando la remuneración y los horarios. Para no hacer el cuento largo, las muchachas que desfilábamos por los locales de la cadena teníamos que gestionar cinco puestos de trabajo por el pago de uno. Poco a poco me percaté de que se manejaba la noción de que contratar extranjeras era mejor porque, según la jefatura, “las argentinas no querían trabajar”. Esta hipótesis se sustentaba en el rechazo de las nacionales a ocuparse de almacenes insalubres con plagas de roedores. ¿Cómo yo, en mi situación, iba a hacerme la fina?

Al final, me hice la fina y, en ocasiones, me arrepiento bastante.

La experiencia más reciente fue como ayudante de un carpintero que terminó siendo más bien un restaurador inmobiliario. Nunca había trabajado en oficios, pero se sintió noble y me gustó. Mami me decía que le mortificaba verme con guantes y lijas, toda sucia, pero yo le respondía con un alivio honesto. Era el mejor trato que había recibido, hasta un día en el que mi jefe decidió acariciarme la oreja de imprevisto mientras estaba sentada en el suelo limando, hallándonos solos en el lugar. Fingí un poco de demencia, porque ¿cómo que otra renuncia?

Siento vergüenza por la inestabilidad. Me siento incapaz. Pero también sé cuidarme mejor.

Diariamente emprendo alguna búsqueda. Recorro los barrios con currículums y, según el lugar, me presento: recepcionista, vendedora, cajera, niñera, docente, bedel, marketer, o bachera. Les entrego una hoja de vida semificticia y les agradezco que la reciban, aunque no estén contratando en ese momento. Después de horas en la calle me siento pegajosa y me da pena entrar a los locales mejor cuidados.

En parte por esto, he llegado a experimentar un odio irracional hacia este país. Pero no lo conozco lo suficiente para eso. Sé que es miedo. El miedo de quien quiere entrar a un espacio, pero no encuentra las puertas. Temo haber dejado a Cuba y no saber hacerme cargo de lo que eso significa.

En una fiesta a la que fui, una muchacha me sugirió colarme en las facultades para poner anuncios en los baños ofreciendo repasos. No lo he hecho todavía, pero está contemplada como próxima estrategia. Sería menos rentable que vender mis óvulos, pero de funcionar será un bálsamo.

Escribo esto como un registro. Llevo el recuento con más dulzura de lo que parece, me río mucho, recibo el apoyo incondicional de mis cercanos, el sostén diario. Aún puedo escribir y sospechar que tendré mucha suerte en el futuro.

Esta ciudad es hermosa y me acostumbraré.

Me lo repito como un mantra: soy profe, soy historiadora en potencia. No importa que ahora mismo, frente al resto, parezca cualquier otra cosa.

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