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Una isla inhóspita para la niñez

Ilustración: EMII.

Las intervenciones por Facebook Live de Amelia Calzadilla, una mujer de 30 años, traductora, guía turística, graduada de la Universidad de La Habana y con tres hijos, han colocado en primera fila las dificultades que enfrenta la mayoría de las personas que en Cuba tienen niños a su cargo. En la primera directa, Amelia luce desesperada porque le llegó una cuenta de electricidad muy alta, su salario íntegro. Según declara, no tiene acceso al gas manufacturado para la cocción de sus alimentos, y eso hace que la crianza de sus tres hijos se vuelva un problema matemático insoluble. No puede gastar dinero en comida, ni en zapatos, ni en ropa para ellos; sobrevive gracia a la ayuda de familiares en el extranjero, una circunstancia que percibe como indigna.

El video se hizo viral, otras madres y padres se identificaron, la llamaron valiente; un meme la homologó con Mariana Grajales, quien es, según la historia cubana, símbolo de todas las madres, ayudó en la lucha contra el colonialismo español y estuvo dispuesta a enviar a sus hijos a morir a la guerra. El vínculo con una heroína no es gratuito, está a tono con el miedo popular y la naturaleza represiva del Estado cubano. La llaman valiente porque debido a una directa como la suya pudo haber afrontado cargos por desacato, incitación a la violencia, etc. El Partido Comunista no tolera cuestionamientos ni críticas que emplacen su imagen, cree que incitan a una rebelión social; pero quedarse callados, tener que travestir o reprimir la opinión propia es otra dificultad que genera la necesidad de estallar en redes sociales.

Esta realidad no solo condiciona la vida de madres, padres y abuelos, también se expresa en los niños, aunque probablemente estos crezcan creyendo que es normal e indispensable como el aire que respiran. Los adultos no son niños, saben que existen soluciones y un sinnúmero de obstrucciones a sus necesidades y potencialidades creativas, creen que esta crisis se debe a una mala gestión del gobernante, y su impotencia crece al ver cómo el fracaso se oculta tras un velo de triunfalismo, propaganda nacionalista, argumentos que señalan el embargo económico de Estados Unidos contra Cuba como principal responsable de las carencias.

Muchas personas que ejercen hoy la función de cuidadores de niños se enfrentan diariamente a  duras interrogantes: ¿Cómo alimentar, educar, curar, salvar a sus hijos o nietos? ¿Qué futuro les espera en su país? Madres y padres de cuatro provincias del país respondieron a las preguntas de Periodismo de Barrio. Lo que sigue son sus historias.

Yaíma*: El Estado, ese salario que no alcanza

(Sancti Spíritus)

Vamos a partir de que para criar a dos niños aquí en Cuba, el primer problema es el salario. Yo soy licenciada en Educación y máster en Desarrollo Cultural Comunitario y gano 5 875 pesos porque tengo un cargo, y eso no me es suficiente para comprar la comida, las meriendas, la ropa, los zapatos y todas las cosas que los niños necesitan.

El salario no alcanza por lo siguiente: el Estado no vende, ni a sus precios ni a ningún otro precio, las cosas que hacen falta. El Estado les da a los niños una bola de pan diaria. Si los niños se la comen en el desayuno, no tengo pan para la merienda de la escuela. Suponiendo que todos los adultos de la casa se queden sin comer pan —somos cuatro en mi casa— tampoco alcanza, porque si los niños desayunan dos y les mando para la merienda de la escuela (mañana y tarde), cuando vengan tampoco tienen para merendar. Entonces, todas las demás personas de la casa no comieron pan.

En las panaderías especializadas de Sancti Spíritus no hay quien compre pan ya, porque es muy poquito y las colas son interminables, y yo no tengo tiempo por el trabajo y lo demás. Lo otro es comprárselo a los particulares a unos precios exorbitantes, unas jabitas con diez bolitas de pan chiquiticas a 60 pesos. Si tienes dos niños y lo tienes que hacer diario, por supuesto que el salario no te alcanza, todo se va nada más en merienda.

El desayuno: el Estado te vende para los niños de hasta siete años un litro de leche un día sí y uno no, y entre siete y 14 años, un litro de yogur. Si le das leche por la mañana —el vasito de “agua de leche” esa, que viene aguada porque es a granel—, por la noche no puedes darle para que te alcance para el otro día. Entonces ese niño puede tomar leche, pero el otro no; si al otro lo que le dan es yogur, y no le gusta ese yogur, no tiene con qué desayunar. Tienes que comprar el litro de leche en la calle. El litro de leche está a lo que te lo quieran vender: 20, 30, 40, 50 pesos. Por supuesto que con mi salario no puedo comprar un galón de leche a la semana para ellos, ni para hacerles un batido, ni un dulce, ni para darles un chocolate caliente cuando tengan frío, ni cuando tengan un problema del estómago, ni nada.

¿Plato fuerte? El MLC está a 118 o 119 pesos en la calle, por supuesto que no te alcanza para comprar un paquete de pollo, de pechuga, o un pedazo de jamón, o lo que sea de plato fuerte en las tiendas MLC. Entonces, ¿qué tienes para darles? Los frijoles están a 60 pesos, el arroz está a 30 pesos, las viandas están carísimas, la ensalada… Todo tienes que comprarlo por fuera: un picadillo por aquí, una masa de una hamburguesa que te encontraste por allá, pa’ ir tirando.

Ahora vamos a hablar de los medicamentos. No se te puede enfermar un niño, ¿oíste?, no le puede dar amigdalitis ni nada que lleve un antibiótico, porque a la farmacia no están entrando los medicamentos. A mí se me enfermó un niño hace poco y tuve que dar 700 pesos por dos tratamientos de Azitromicina. ¿Y si se me enferman los dos? ¿Y si tengo que comprar dos tratamientos de Azitromicina, o dos de Amoxicilina, y así sucesivamente? Eso suponiendo que sean niños sanos como los míos, que les da una amigdalitis o un catarro una vez cada seis meses. Los niños enfermizos, que llevan constantemente antihistamínicos, esteroides, no sé qué estarán haciendo los padres.

Ahora los gustos. Los niños no pueden tener gustos, no se pueden comer unas galleticas, un peter de chocolate, un chupa chupa, ninguna de esas cosas, porque el Estado no las vende. Únicamente en MLC. Pero en MLC tampoco hay, es cuando sacan, la matazón, la cola… ¿Dónde tienes que comprarlas? En los particulares, donde un chupa chupa te cuesta 60 pesos, un paquete de galleticas 60, 70, 80, 100 pesos, en dependencia del tipo.

Eso es sin contar actividades o cosas en la escuela, como el Día del Pionero, la fiesta de fin de curso, que siempre tienes que llevar algo para hacer un brindis, o dar dinero. Y tienes que resolver ese problema porque el hijo tuyo no puede ser el único que se va a aparecer ahí sin llevar una cosita. Entonces son dos, en dos aulas, volviéndote loca, a ver de dónde sacas algo porque tú en la casa no tienes nada.

Alexis Molina: “Mi hijo seguirá con los juguetes plásticos que yo le invento”

(Santa Cruz del Norte, Mayabeque)

Uno pasa mil trabajos para criar a un niño en este país, en especial porque mi hijo es complejo para comer, tiene el estómago muy sensible. Mi suegra hace las colas porque donde yo vivo no me entero de nada. La comida es un lío para encontrarla, se inventa en la casa con lo que hay, priorizándolo a él, como es lógico, aunque no tengamos para comer nosotros. Frutas no hay. Si acaso aparece una guayaba.

La ropa es otro problema. Hace meses que no le compro ropa a mi hijo. Él se viste ahora mismo con unos jueguitos que le compraron mis padres y unos regalos que le trajo mi padre biológico cuando vino de Estados Unidos. Lo demás es ropa vieja que todavía le sirve. Zapatos no tiene. Le regalaron algunos que están viejos, usados, pero tengo que lavárselos a ver si le sirven. Mientras tanto, para ir al “cuido” o a la casa de su abuela seguirá descalzo, porque cuestan una millonada.

Juguetes no le compro hace rato. Normalmente se los invento con potes y objetos de plástico. Ojalá pudiera comprarle juguetes didácticos, pero están muy caros. Por lo demás, acá no hay a dónde llevarlo para que juegue. En el pueblo hay un parque, y tal vez cuando esté más grande pueda ir a montar al menos el columpio. Mientras no camine, mi hijo seguirá con los juguetes plásticos que yo le invento.

“Uno pasa mil trabajos para criar a un niño en este país” (Ilustración: EMII).

Alberto*: Sin un futuro que legar

(Santiago de Cuba)

—Al chiquitico mío le encanta la leche. No se le puede comprar 1 kg porque cuesta mil pesos. Hay que estar comprando frutas porque todo está caro. ¡¿Te imaginas un muchacho que toma un jarro de leche diario?! Se me va la vida. No alcanza.

—¿Cuánto ganas al mes?

—Tres mil pesos. Hasta cuatro mil. Pero eso se me va en tres días. Y sin comprar carne. En cualquier bobería. Una libra de mortadella a 180 o 200 pesos, como les dé la gana. El país no les importa para nada. Ellos son los que tienen los recursos. Nada más hay que verle la cara a la [Beatriz] Johnson [gobernadora de Santiago de Cuba]. Ella no habla, ella manda a la gente a hablar, “a ver, dime tú”; no es como Fidel, que Fidel tenía conocimiento de todo.

—¿Cuántas veces a la semana ustedes comen carne?

—Una vez a la semana. Y tienes que hacer como los chinos, ligarlo con cualquier cosa que aparezca y picarlo en pedacitos chiquitos. Y lo mejor para los niños, que son tres. Los grandes deben conformarse con arroz y frijoles, papas fritas; hay que inventar. No se puede comer tres veces a la semana, que debía ser lo correcto, pero imagínate que la carne está a 220 la libra. Una carne al corte y con hueso. Cuando tú la cocinas se reduce, que si los precios se hubiesen mantenido como estaban antes…

—¿Has tenido problemas para conseguir medicinas para los niños?

—Claro. Los antibióticos están perdidos, sin embargo los merolicos los tienen, carísimos. Aquí han traído los blísteres de Amoxicilina a 250 pesos. ¿Cuánto vale una Dipirona en la calle?, 20 pesos. ¿Quién tiene la culpa de eso? El Estado, pues es quien la fabrica. No buscan el mecanismo para aliviarnos. Los dirigentes están haciendo dinero. Esta situación les sirve a quienes tienen dinero y a los que manejan recursos. Y le sirve también a la gente que tiene familia en el extranjero. Ellos son los que van a las tiendas en MLC, compran las cosas y luego van a revendértelas al precio que les dé la gana. Díaz-Canel dijo que en las [antiguas] tiendas en CUC no iba a faltar nada. Ni el aceite ni nada iba a faltar. Entonces estamos echando mentira, mi hermano.

—También han tenido problemas con el aseo…

—No sé qué es lo que ha pasado, a mí no me faltaba el jabón. En vez de darte, te quitan. Ahora están dando un jabón por persona. Yo quisiera saber si a ellos les alcanza el jabón ese para el mes entero, si un tubo de pasta de dientes les alcanza para tres meses. Si un paquete de sal les alcanza para tres meses. No hay sal, y estamos rodeados de mar. Yo le pongo un pescado a mi hijo chiquito en la mesa y no se lo come porque no sabe lo que es.

—¿Eso ha pasado?

—Claro que ha pasado. No comen cosas porque no tienen la posibilidad de conocerlas. En el tiempo de la URSS había de todo: calamar, pescados. ¿Dónde está todo eso? ¿Qué pasó con eso? Si te pones a analizar son cosas pequeñas en un país. La alimentación es una cosa básica en un país. Viven de la teta de todo el mundo: de Venezuela, del otro y del otro, y del bloqueo. Hace falta que les quiten el bloqueo. Ya la gente sabe la mentira de este país. Nunca se han dedicado a hacer prosperar al país, sino a robar con palabras lindas, “viva la revolución”, “hasta la victoria siempre”, y ¿entonces? El pueblo cubano lo único que ha hecho es resistir. Porque hablando no se gana, no se produce, hay que trabajar. Esto tiene que cambiar porque la situación está muy difícil. Y los niños la están sufriendo.

—¿Consideras que esta crisis donde más impacta es en tus hijos?

—Por supuesto, yo no sé desde cuándo no le compro un juguete a mi hijo. No vamos a hablar de una cosita plástica que sacaron de un molde feo. Te hablo de un juguete. El que tuve cuando estaban los soviéticos apoyando a Cuba y había juguetes de todo tipo. Cuando mi hijo estaba en el círculo infantil, pasábamos por la tienda, había allí una pizarra plástica y él quería que yo se la comprara. En aquel tiempo el CUC costaba 25 pesos. Yo le decía, “mijo, no te puedo comprar eso, vale 163 CUC. Te mando a hacer una de madera, más duradera, es mejor, y barata”. Pero él quería esa, y eso da dolor, ¿oíste? En mi tiempo yo tuve corre-calles, pistolitas…

—¿Cómo estás vistiendo a los niños?

—Con sacrificio. Hace poco les compré unos pantalones que me costaron cinco mil pesos. Y eso porque fueron amistades.

—Y si tú ganas tres mil pesos al mes, ¿cómo pudiste comprar esos pantalones?

—Inventando, como todos los cubanos. Compras una cosita aquí y la vendes por allá. Haciendo negocitos, “resistiendo con creatividad”, como dice Díaz-Canel. Esas son las ideas que maneja Canel: que el pueblo se vuelva ladrón, que se vuelva merolico. Hasta los médicos aquí son merolicos. Este país ha caído en la vergüenza. ¿Qué futuro tú tienes como padre para dejar en herencia a tus hijos? Aquí nada es tuyo. En esos países desde los 17 años ya los hijos están viviendo solos, alquilados. Aquí no. Es todo el tiempo machacando al pueblo. Si la gente hiciera lo que decía Fidel ya hubieran acabado con esta gente en el poder. Él decía que cuando un pueblo enérgico y viril llora, la injusticia tiembla. Pero esta gente en el poder no tiembla, el pueblo tiene que tirarse a la calle.

—¿Y por qué tú crees que la gente no se tira a la calle?

—Porque tienen miedo por sus hijos. Miedo no sé a qué. Porque ellos no pueden contra un país completo.

Marta María Ramírez: “Las garantías de vida que tengo son precarias”

(La Habana)

Mi pregunta como comunicadora feminista es: ¿Qué es lo que hace que esta protesta de Amelia Calzadilla sea viral y no otras que han hecho otras mujeres anteriormente? Pienso que el que Amelia haya hecho la directa al límite cuenta mucho. La sociedad necesita ver que ya no podemos más, que estamos al borde, profiriendo insultos, diciendo que nos lleven presas. Necesita vernos perder la cabeza.

Otra cosa que noto muy presente, a raíz del juicio de Johnny Depp contra Amber Heard y después del show mediático del divorcio de Shakira y Piqué, es esa idea de la “mala víctima”. En este sentido, la nota de Cubadebate es de las cosas más oprobiosas que he leído en medios oficiales. Me llama la atención cómo hay que ser un tipo de víctima para que seamos creíbles, o sea, las mujeres tenemos que lucir destruidas, desarregladas. Según esta lógica, solo las personas con una pobreza estructural tienen derecho legítimo a protestar.

Para mí ha sido muy difícil maternar en Cuba. Conseguir comida saludable para una criatura es casi imposible. Yo llevo una vida bastante frugal, por tanto, Nina aprende de mí este estilo de vida austero. No puedo proveerla de mucho más de todos modos, aunque me considero una persona privilegiada por tener amistades que me ayudan mucho. Yo invierto hasta 48 horas a la semana solamente en buscar comida. Todo lo demás me lleva prácticamente el resto del tiempo. Es una situación bastante precaria, sobre todo porque el periodismo independiente, labor que realizo, se encuentra absolutamente criminalizado, y más aún lo estará cuando entre en vigor el nuevo Código Penal. Por lo tanto, las garantías de vida que tengo son precarias.

Los medicamentos, inexistentes en la farmacia y solo adquiribles en el mercado negro a muy altos precios, se suman a esta imposibilidad de llevar una vida más o menos digna, como bien dijo Amelia en su directa. Según los estándares actuales, una vida digna implica tener cubiertas necesidades básicas de alimentación, educación, vivienda, salud, pero también cuentan las vacaciones u otro tipo de prestaciones que deben estar garantizadas por el Estado, incluso para las personas que trabajan en el universo privado. Yo no me puedo permitir salir de vacaciones, a pesar de mis privilegios.

Por otro lado, siguiendo la ruta trazada por Amelia en su directa, la situación no parece tener una solución inmediata, ni siquiera a largo plazo, porque no hay políticas públicas que sustenten ese cambio. Ahora mismo estamos viendo cómo a ella le han cortado la Internet, la han ido a visitar militantes del Partido Comunista para cuestionarla, quienes funcionan, obviamente, como agentes del Estado, y es una respuesta clásica ante el disenso en Cuba. Al final, el Gobierno cubano es una fábrica de disidentes, porque lo que logran es radicalizar a la gente.

Pero Amelia no está sola. Hay miles de madres que se encuentran en su misma situación y he podido participar en grupos digitales y otros espacios donde se debaten las mismas cuestiones que ella visibilizó en su directa. Esto tiene un costo altísimo a nivel social para el país, algo que el Gobierno no está evaluando porque en estos momentos solo están gobernando para mantener el control. Hay mujeres que se están quedando sin comer para poder alimentar a sus hijos y ancianos. Incluso a los hombres, porque son “los que trabajan duro”, según he podido leer en estos grupos. Ese mismo saldo sociológico ocurrió en los noventa, por eso hoy vemos una generación con altas cuotas de egoísmo, precisamente porque sus padres se quitaban la comida para dársela a sus hijos. También estamos observando la proliferación de enfermedades provocadas por la mala alimentación de aquellos años. Pero no existe una proyección por parte de la dirección del país hacia estas realidades.

Lo que opera en Cuba es un patriarcado acrítico. Luego de 63 años creo que su gestión no ha sido buena. Han tenido seis décadas para hacer algo. Y no me funciona, aun dentro de mis privilegios, aun siendo una “mala víctima”, que el bloqueo sea el único responsable de la pésima gestión de vida que está llevando el pueblo. Yo, como Amelia, también quiero que se acabe. Yo también quiero que se vayan ellos.

Neyis*: “Regresar con las manos vacías”

(Baire, Santiago de Cuba)

Yo tengo dos niñas, de siete y cinco años. La alimentación que les puedo dar es bastante básica teniendo en cuenta las pocas cosas que el cubano de a pie puede conseguir: unas libras de arroz, azúcar, frijoles negros o chícharos que vende el Gobierno mediante la libreta de abastecimiento. Ya a mediados de mes todos esos productos se terminaron. La compota, que no siempre tiene buena calidad, a los niños se la quitan a los tres años, cuando más falta les hace. La leche a los siete años, que tampoco es suficiente. Para la merienda de la escuela, que es dos veces al día, hay que hacer malabares. Muchas veces camino todo el pueblo buscándola, para regresar con las manos vacías. Es muy duro también cuando mis hijas se acuestan a dormir con hambre porque la leche o el yogur que quedan son para que desayunen.

Alrededor de los días 15 de cada mes hay que salir a conseguir, a sobreprecio en el mercado negro, los alimentos necesarios para mis hijas, a riesgo de que la policía nos atrape y nos sancione. Por supuesto, mi salario de abogada, 4 610 pesos, no me alcanza ni para empezar. Mi pareja de hecho y padre de mis hijas es vendedor en ese mercado negro. Al menos sabe dónde buscar los productos que necesitamos. Él no está de acuerdo con el Gobierno, dice que no le va a trabajar, por tanto, no tiene salario fijo, depende de lo que pueda conseguir.

Vestir y calzar a dos niñas hoy es una odisea, porque las tiendas estatales no venden nada o, por el contrario, la ropa que ofertan no tiene calidad. Todo hay que comprarlo a los particulares que viajan y traen para revender a precios exorbitantes. Las monedas extranjeras sobrepasan por mucho nuestra moneda, por tanto, en este momento mis hijas están usando unas chancletas, por ejemplo, que costaron 1 100 pesos cada par. Gracias a un tío mío que cumple misión internacionalista, mis hijas tienen algo de ropa interior, zapatos y mochila para la escuela.

En el círculo infantil nunca me han pedido dinero como tal, aunque sí piden materiales reciclables para confeccionar juguetes, por ejemplo. En la escuela tampoco me lo piden, pero el gasto que hay que hacer en materiales escolares debido al déficit que tiene el sistema educativo es tan grande que ya se le equipara. Incluso los libros hay que imprimirlos por cuenta propia, porque los que les dan vienen con errores o les faltan páginas. Intento fomentarles el hábito de la lectura cada día. Les leo muchas historias de fantasía para que ellas mantengan viva la imaginación. Normalmente descargo los libros de Internet, porque en las librerías la sección infantil es escasa, al menos en el pueblo donde vivimos. Juguetes hace mucho no les compro. Cualquier bobería cuesta más de 1000 pesos. Es una realidad muy triste.

“Vestir y calzar a dos niñas hoy es una odisea” (Ilustración: EMII).

Carlos Melián: Ningún niño que llora por hambre, enfermedad o hastío es consumista

(Santiago de Cuba)

A cada rato recuerdo el dibujo animado de Juan Padrón que hablaba mal del tirano Fulgencio Batista y cómo los funcionarios corruptos metían mano a las finanzas de la merienda o el desayuno escolar. Yo me preguntaba: ¿cómo algo tan pequeño, la merienda escolar, podría volverse un tema de alta corrupción? Pues siendo padre descubrí de qué se habla cuando decimos merienda. Para un niño una merienda es recreación. Para un padre es nutrición, sanidad. ¿Qué significa para un padre que su hijo se vaya todos los días a la escuela con un “jugo” de agua de azúcar?

Veamos el océano a través del pez. Para mí el tema de garantizarles la merienda a mis dos hijos (mi hija de 12 años y mi hijo de dos) fue un problema mayúsculo hasta hace unas semanas. El más pequeño ya no necesita merienda porque le tocó un círculo infantil al parecer abastecido. Mi hija está en la secundaria y come en la casa. El problema desapareció de momento, pero que se haya solucionado para mí no significa que esté solucionado para una cantidad importante de madres y padres trabajadores, madres solteras, personas de bajísimos ingresos. O sea, que uno esté sano, sin sufrir enfermedades, no significa que no haya personas en hospitales y sin medicinas curándose solas.

Lo que más me atormentaba de la merienda de mis hijos era el jugo. Me angustiaba todo el día, no había de dónde sacarlo. Pero era un problema tan pequeño que su pequeñez me hacía lucir ante mí mismo como un inútil, como un fracaso de padre. Alguna decisión se tomó mal para que un gran conflicto sea no poder garantizar el jugo a mis hijos para su merienda. No era falta de dinero, sino falta de productos en los comercios. Santiago de Cuba no es como La Habana, aquí las frutas se pierden. Cuando viajo a La Habana veo un paraíso, tanto de frutas como de productos de minindustrias, que me hace suspirar. Mermeladas de mango, de guayaba. Carísimas, pero las hay. En Santiago eso no existe. Durante el verano aparecen en abundancia, pero luego se esfuman. Buena parte del año no había mermeladas ni siquiera en las tiendas MLC. Y cuando las había eran carísimas. En algún momento llegué a comprar cinco paquetes de jugo de tamarindo solo para sentir alivio mental y ser útil como padre. Si uno trata de explicar por qué estalla y se pone en situación de riesgo político por una directa en Facebook, es porque estas situaciones de carencia extrema crean cierto malestar, cierta situación de impotencia y vida indigna.

Años antes había comprado un freezer solo para garantizar la merienda de mis pequeños. Como en mi casa hay árboles frutales, lo que necesitaba era un equipo para congelarlas durante todo el año. Llené el freezer de mangos, en compota y cortados en lascas; también puse zapote [mamey] y tamarindo. No dio abasto. Se trata de jugos para todo el año. Así que estaba atento siempre a si en algún mostrador de tienda colocaban alguna mermelada. En los últimos tiempos descubrí las guayabas y me ponía feliz si encontraba a alguien en la calle vendiéndolas. En mi patio había guayabas, pero las matas se secaron. Parece que una plaga no me las deja crecer. Entonces, veía guayabas y compraba 20 libras, las congelaba y las iba batiendo para los muchachos.

Pronto no tendremos ya ese beneficio, pues el Gobierno expropiará el lugar donde vivimos para construir la línea de un tren, y nos lanzará al sitio que determine, seguramente sin derecho a reclamación. Sin árboles frutales, que tardan años en afincarse. En algunos meses la opción de almacenar las frutas de mi patio será cero y nuestras vidas cambiarán, tanto en lo afectivo, por el amor a esos árboles, como en lo alimenticio. Habrá menos vitaminas para nosotros, tendremos que olvidarnos de algunas de las frutas que hemos comido durante años. El gasto económico será grande. Y ya no solo para nosotros, sino para toda la comunidad que comía de nuestros árboles. No hay ninguna señal que me diga que seremos expropiados de una forma justa.

Otro de los factores que nos angustian como padres es la carencia de transporte público. Las horas pico se traducen en horas de espera en algún punto de transportación. Los ómnibus no llegan, son informales. Los ves subir y nunca bajar, hasta que un vecino de la localidad pasa y trae una información rara: “oigan, el chofer se fue a la base de ómnibus porque se le rompió tal cosa”, o “se quedó sin combustible”. Los niños de uno sufren eso, tienen que plegarse a estos hechos que pudieras evitar si vivieras en un lugar con dirigentes empáticos, que resuelvan el modelo económico causante de este estado de precariedad constante. Mi hijo llora mucho en las paradas, quiere escapar de ahí, se desespera. Mi hijo es un ser humano aún sin ideología, no es un consumista sino un niño que encuentra absurdo estar en una parada durante horas. ¿Cómo le explico que no es culpa mía, o que es culpa del bloqueo yanqui? Y si le explico esto último y se lo cree, ¿qué clase de ser humano servil será a partir de ese momento? ¿Todo su fracaso estará amarrado a una fuerza mayor llamada bloqueo? Es absurdo. Su desarrollo como ser humano estaría a expensas de la buena voluntad del próximo presidente de los Estados Unidos. Esto es obsceno, un nuevo tipo de vasallaje. Mi hijo no tendrá esa educación, me niego a eso. Algo en mí siente que su llanto en la parada es el más justo de los llantos. Mi hijo es el único que tiene razón, es el más opositor de los opositores.

¿Cómo no he podido ser, como padre, capaz de sacar a mi familia de un entorno así, que reincide en sus políticas, persigue a quienes tratan de advertirle al poder que van por mal camino y que están lanzando a la sociedad a un futuro cada vez más adverso? ¿Cómo sacarlos de aquí? Ya no deseo vivir en este país. Creo que debe haber una solución para personas que no desean ya vivir bajo un proyecto social que no solo no-los-representa, sino que los aplasta, los condena económica y políticamente a desaparecer como seres sensibles, o seres con libre capacidad de pensar y desear. No quiero eso para mi hija, que tiene un potencial impresionante, ni para mi hijo, que llora con razón cuando tiene hambre o hastío.

Nelly Díaz: “Mi situación es real”

(Santiago de Cuba)

—Yo tengo un acortamiento congénito de cuatro centímetros en una pierna con respecto a la otra. Es la pierna derecha, e incluye fémur, tibia y peroné, y también el pie. Eso me ha producido una escoliosis. Estoy operada de una luxación bilateral de cadera. Esa operación fue a los ocho meses. Me pusieron alargadores con fijadores externos. En estos momentos tengo una lámina de metal en la rodilla con seis tornillos; me los colocaron a los 18 años y no me los he quitado. Todo eso me impide desplazarme caminando un buen tramo.

—¿Qué dificultades enfrentas como madre?

—Imagínate que a mi beba le dio una parálisis cerebral al nacer y nadie me lo dijo. Nadie se dio cuenta. Al cabo de los nueve meses me di cuenta yo de que no era normal que a mi hija no le diera por pararse ni sentarse ni nada. Presionando a los médicos la mandan con la neuróloga y al año le dictaminan la parálisis cerebral. Ahora, a un año y cinco meses de eso, yo no he podido aún comenzar a trabajar. Seguridad Social me tiene que dar una ayuda para poder cuidar a mi bebé aquí en casa, porque no puedo trabajar, y porque a mi hija le están dando fisioterapia. Todavía no he tenido respuesta sobre cuánto me van a pagar o cómo. Estoy con 1 900 pesos que me están pagando por el certificado médico de la niña. ¿Cómo puedo vivir yo con mis tres hijos?

Mis hijos comen lo que yo les pueda comprar. No comen galleticas, ni helados. No saben ya qué es eso. Y la chiquita ni hablar, a la hora de comprarle los pampers para que no se haga pipí encima me tengo que volver loca. Además, estoy dándole su fisioterapia. Eso es superincómodo [para la fisioterapeuta]; con una meadera o cagadera, imagínate tú. Ella tiene que tener su pañal desechable. Todavía no habla, no dice nada a estas alturas, está retrasada en todo.

—¿Desde cuándo hiciste el trámite para que te dieran la ayuda social?

—Comenzamos el trámite cuando tenía un año. Han pasado cinco meses y nada.

—¿La fisioterapia es en la casa?

—La fisioterapia es en el policlínico por cuatro días, y vienen dos veces a la casa a dársela. En estos momentos yo solo le estoy dando la de la casa. De mi casa al policlínico es loma contra loma. Cojeo, no puedo cargar a mi hija el tramo hasta la sala de rehabilitación. Para salir de mi casa era un motor diario: 50 pesos la ida y 50 la vuelta. Me dije, “espérate un momento, no puedo con esto”. Me estaba gastando una plata. Entonces ahora solo le estoy dando la fisioterapia en la casa. También he pensado una pila de veces hacer un video y publicarlo para ver si así acaban de agilizar el trámite. Porque, ¿qué hago yo con 1 900 pesos, una madre con tres muchachos? Nada.

Me dijeron que les estaban dando casa a madres con tres hijos. Se llama “madre numerosa”, y tú sabes que yo vivo aquí en hacinamiento, pero bueno, mi objetivo nunca fue la casa, y se lo dije a la muchacha de Seguridad Social. Tengo mi casa, es pequeña, y si me pueden ayudar con algunos materiales para hacer el cuarto que necesito, yo lo pago, pero no es lo que me interesa. Me interesa mi trabajo, no perder mi vínculo laboral.

—¿Has ido allí a insistir para que te den respuesta?

—No he ido. Salgo poco a hacer gestiones rápidas y hablo con la trabajadora social a cada rato. Me dijo que ellos tienen hasta seis meses para darme respuesta. Estoy esperando, vamos a ver qué pasa.

—¿Esa ayuda en cuántos pesos se traduciría?

—Tres mil más o menos. Mi salario es de 3 200. Dicen que es como el salario.

—¿En qué cosas gastas el dinero que te llega de una forma u otra?

—En comida y pañales desechables. Ahí se va todo.

—Claro. Y la comida que compras, ¿cómo la buscas? ¿Haces colas?

—La comida la compro por aquí. La pasan vendiendo. A veces puedo comprar algunos MLC y voy a la tienda y compro un picadillo, alguito. Pero la mayor parte de la comida la compro a gente que vende por la calle: salchichas, malanga. Imagínate que la niña necesita una sobrealimentación. Trato de llegar a lo mejor que puedo, pero no siempre lo puedo tener.

En algunos lugares no hago colas, pero en otros sí. En la cola del gas, por ejemplo, ahora pusieron prioridades única y exclusivamente para las personas que pagan por Transfermóvil. Eso quiere decir que ya los impedidos físicos tienen que hacer la misma cola del plan jaba [permiso que otorga el Estado y que prioriza a núcleos familiares donde todos trabajan]. Hay establecimientos que te dejan pasar con el carné de impedido físico, pero hay otros que no te lo permiten.

—En cuanto a los padres, ¿te sientes sola?

—El papá de los varones está viviendo en el monte. Viene de vez en cuando y me trae unas viandas, me deja un dinerito, pero está en el monte. El papá de la niña es un “niño” también, se aísla. Desde que nos dejamos hace dos meses, ha venido dos veces nada más. La abuela de la niña de vez en cuando viene y me trae una pieza de pollo, una toallita húmeda, un cereal. Pero no es la gran ayuda.

—Nelly, ¿quieres que diga tu nombre?

—Quizás, ¿qué tú crees?

—Creo que necesitas ayuda, y si dices tu nombre puede que despierte alguna sensibilidad en algún funcionario y te ayude.

—Ay, no sé. Lo que tú determines.

—Pero no quiero que este trabajo te haga la vida más difícil.

—No sé qué puede haber de malo. Pienso que no me pasa nada por poner mi nombre. Mi situación es real.

 

*A petición de algunos entrevistados, estos nombres han sido cambiados.

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