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La guerra en las colmenas

Todavía están tranquilas. Zumban y vuelan entre las cajas mientras José Antonio, Andro y Luis Alberto descargan herramientas de una carreta acoplada a un tractor, a pocos metros de ellas. Después, cuando comience la humareda, se van a enfurecer y empezarán a atacar a lo loco, a tirarse como pequeños misiles contra los velos, bum, contra los guantes, bum, contra los sombreros, y si encuentran algún lugar blando donde clavar el aguijón, ahí mismo van a meterlo, a tambalearse un poco, a morir. En cada jornada mueren miles. Una guerrita de dos o tres horas que casi nunca ganan. Después de la humareda muchas abejas volarán kilómetros tras el olor a miel y habrá colchones de abejas muertas entre las cajas.

El tractor había llegado de Cabezas, Matanzas, a las siete de la mañana y había parqueado en un claro en la finca La Isolina, bastante lejos del pueblo. José Antonio había llegado antes, en bicicleta. José Antonio López, 52 años, empezó en esto a los 10, echando humo, que es el trabajo de los principiantes. Su tío Pastor López había cogido a mano una colmena de un árbol en las lomas donde vive, en 1948, había hecho una cría en cajas rústicas y se había vuelto apicultor leyendo. En Cabezas, en aquel tiempo, no había panales artificiales ni tecnologías. No había tanto interés por la miel. La gente vivía de la agricultura. Pastor tenía una finca de diez hectáreas y sembraba frijoles, malanga, tomate, con su hermano Pepe, el padre de José Antonio. José Antonio hizo un técnico medio en cultivo de caña. Después su padre enfermó de los nervios y asumió el campo. Multiplicó las colmenas del tío e hizo las suyas.

José Antonio López Álvarez (Foto: Marcos Paz)

José Antonio López Álvarez (Foto: Marcos Paz)

“Lo mío es echar humo”, dice Andro Pérez, de 16 años, y agarra la última herramienta que queda en la carreta. Explica que trabaja con un fuelle o ahumador, un mecanismo al que se le pone madera ardiente y suelta humo cuando se presiona. Esto hay que hacerlo colmena por colmena, al destaparlas. El humo atonta las abejas, las azora aunque no las daña. Cuando las colmenas quedan vacías se trabaja en calma.

Con 12 años, Andro fue a castrar (sacar miel) con su primo. Salió con picaduras en la cara, se acobardó, pero le gusta esto, la apicultura. Así que hace unos meses conoció a José Antonio y le preguntó si podía ayudarlo los fines de semana.

Mientras Andro se ajusta la malla que le cubre hasta los hombros, Luis Alberto Pérez está agachado, vigilando la pira donde arde la leña que irá al fuelle. Antes estuvo al timón del tractor, que es alquilado, por cierto (200 pesos/día). Luis tiene 68 años y, por su cuenta, lleva 15 o 20 con José Antonio. Aprendió en la marcha. Como todos, lleva pantalón por dentro de las botas altas, mangas largas, sombrero. Hay que dejarse poca piel afuera. Aun así, no hay día que venga al colmenar y no se vaya con 10 o 15 ronchas. Se acostumbró. Se quita el rejo y sigue. “Como el boxeo”, dice José Antonio. “Te duele y sigue”.

Castrar es un proceso que tarda horas (Foto: Marcos Paz)

Hay días en que las abejas están particularmente furiosas. Puede ser mal clima o que vinieron abejas de otras tierras a chuparles las flores. “Cuando se ponen así hay que dejarlas”, dice Luis, y luego cuenta que hace poco fueron a castrar con una yunta de bueyes. Las abejas cosieron a los bueyes, se les metieron hasta por los huecos de la nariz. Desde entonces, dice, alquilan el tractor. Lo de Luis es desellar y centrifugar panales. También viene solo de vez en cuando, a inspeccionar.

Las cajas tienen un fondo de madera que sirve como piso y una abertura del ancho de una tabla que se llama piquera, por donde van y vienen las abejas. La estructura se pinta con aceite y se tapa con cinc para que no entre lluvia. La lluvia es un problema. Las altera. Y a la miel no le puede caer agua porque le disminuye la densidad y mientras menos densa, la Empresa Apícola Cubana (Apicuba) la paga a menor precio. Esto responde a uno de los objetivos de calidad de la Empresa: “Reducir la humedad de la miel exportable desde la formación del lote a menos de 19,5 %”. Para medirla, desde 2012, Apicuba repartió refractómetros que José Antonio no usa demasiado. Sabe por experiencia que colmena bien cerrada no es húmeda.

Los panales son marcos alambrados con láminas de cera que se colocan dentro de las cajas, uno sobre otro, como un edificio. Hay centímetros entre marco y marco. Las láminas vienen con agujeros que son como habitaciones vacías que hay que amueblar: la reina pone huevos en el piso de abajo; en los restantes, las obreras dejan la miel de la que todos se alimentan. Tapan con cera. El tapón de la cría es carmelita claro, el otro es blanco. Así se distinguen, porque a veces la reina también pone en otro piso, o aparecen obreras ponedoras si la reina está enferma. Estas obreras hacen puestas salteadas. La reina lo hace uniformemente. “Cuando uno revisa y ve que no hay puestas es que se perdió la reina”, dice José Antonio. “Entonces les pongo un panal con huevecitos del día, y como las obreras saben que están sin reina, la fabrican”. Fabricarla es elegir una cría y alimentarla desmedidamente. Para evitar este procedimiento, Apicuba las vende en 80 pesos. Las entrega en jaulas, listas para poner.

Cada colonia tiene una reina y 60 000 obreras más o menos, en el caso de la Apis mellifera,que es la especie que tiene José Antonio. La abeja melipona o de la tierra forma colonias mucho más pequeñas. El zángano es el macho.

En la base de la colmena hay una pequeña abertura llamada piquera, por donde van y vienen las abejas (Foto: Marcos Paz)

Veinte años atrás, por la varroa, un ácaro que come abejas (“les chupa el abdomen”), José Antonio perdió más de cien colmenas. Fue con el tío al monte. Consiguió nuevas. Ahora para cuidarlas pone un cuadro sin lámina, es decir, de alambre solo, en el segundo piso de cada caja. Ahí la reina solo pone zánganos. La varroa solo se reproduce en celdas de zánganos. A este piso le llaman trampa. Cada 21 días, José Antonio desella y saca la plaga. Le enseñó Apicuba, que antes le vendía Bayvarol, químico alemán contra la varroasis, pero dejó de hacerlo. Le dijeron que porque contamina.

A las 7:30 Andro dispara el humo, José Antonio destapa y empieza la guerrita. Las abejas de la colmena uno, medio bravas, medio lelas, pinchan todo lo que encuentran. Otras huyen, se pierden por la finca. Vienen refuerzos desde las otras cajas, peligrosos escuadrones suicidas que lo mismo arremeten contra el hombre que contra la madera. Esto solo sucede cuando están particularmente bravas. Luis dice que la cosa se va a poner fea.

En diciembre hay hambre en las colmenas. Salió campanilla morada, pero poca, y el hambre también las pone furiosas. En septiembre floreció el bejuco leñatero y esa miel se sacó a finales de octubre. Desde entonces no había habido castra y no va a volver a haber hasta febrero. Las floraciones buenas en esta zona eran de septiembre a marzo, que es la época del piñón florido, pero lo han arrancado casi todo. En julio y agosto hay hambre. Florece la verbena de conejo, pero ni tanto: las abejas mueren. José Antonio hace melado de azúcar y pone un pomo con huecos en cada colmena para que chupen. También quiere sembrar ajonjolí, que sale en agosto. Entre abril y junio donde único florece es en la costa. En la Ciénaga de Zapata, por ejemplo, a 45 kilómetros de Cabezas, esos son los meses de mayor acopio: la mitad de su producción anual. Pero Cabezas está lejos de costas.

José Antonio va sacando cuadro a cuadro y los organiza en una carretilla. Cierra, abre otra, repite el proceso hasta terminar con las 22 cajas que hay en el claro, en dos hileras. Son ataques rápidos. Cada vez que destapa, aunque no da tiempo a que se vaya el humo, Andro aprieta el fuelle sobre la colmena así que trabajan en medio de una neblina pegajosa que sale de las cajas hasta el horizonte. Cuando hay 30 cuadros en la carretilla le toca a Luis: lleva la carretilla al desnatador, que es un barril cortado por la mitad, saca los cuadros y los desella con una cuchilla. Desellar es romper el edificio, sacar del cuadro las paredes de cera con todo y miel. Luego se centrifugan. La centrífuga separa la cera y vierte la miel en cubos. Los cubos de miel limpia van al barril, que tiene un colador en la boca, para quitar impurezas.

Esta miel de campanilla morada, dice José Antonio, es clara y repugnante. La miel oscura y menos viscosa sale del leñatero. Oscura, aunque a la gente no le gusta, “tiene más propiedades”.

Luis Alberto Pérez va quitando la cera y la miel de los panales con una cuchilla (Foto: Marcos Paz)

Hubo un tiempo, como a las 7:30, en que el tractor era un lugar de calma, un refugio donde se estaba a salvo de los zumbidos y de los pinchazos. Desde ahí, como desde una base militar en la que no dan los tiros, se podía ver la guerra en las colmenas pasivamente. Pero Luis empieza a desellar a tres metros de la carreta y una mancha de abejas arremete también contra el tractor, contra mí y contra un par de guajiros valientes que vienen a pedirle un pedazo de panal a Luis y que salen corriendo a tragar miel en el camino de tierra, muertos de risa, quitándose aguijones. A la una del día, cuando el tractor parte, una mancha de abejas parte con él, muchas de ellas muertas, pegadas al barril que trae la miel, y otras siguen volándole alrededor, chocando las cabezas contra el metal, tratando de traspasarlo.

La sombra del sombrero en los ojos grises, zanjas en la cara por culpa del sol, manos encallecidas. Lo único que habla José Antonio son respuestas para mí, brevedades, líneas precisas. Después de que se bañe y se ponga un short, a las siete de la noche, va a estar campante, va a reírse un poco, va a tener nervios y músculos en el cuerpo. Ahora, mientras descarga el barril en el terraplén frente a su casa, sigue silencioso.

En la sala hay dos sillones, mucho espacio y la bicicleta. En uno de los cuartos sus dos hijas adolescentes copian el Paquete. Su esposa médico, que no hace mucho llegó del consultorio, está fumando en el patio. Frente a la casa, en un cuarto de desahogo, José Antonio termina de acomodar las herramientas y Luis se despide, va a devolver el tractor. Hoy llenaron dos tercios de barril: unos 200 kilogramos.

José Antonio va al patio, monta un caldero en un fogón y vierte la cera que sacó de la castra. La cera se cocina, sale líquida, se vierte en moldes hasta que se enfríe y luego se le vende a Apicuba, que paga el kilogramo en dependencia del color: amarilla, 42 pesos; oscura, 38 pesos. Cada barril de miel da poco menos de cinco kilogramos de cera. Luego Apicuba le venderá esa cera hecha láminas, a 4,50 pesos cada una. Le venderá las cajas (35 pesos), el cuadro (4,50), el rollo de alambre (18). Y el ahumador por 540, y una centrífuga de nueve panales, manual, “que no es muy buena”, a 5 020.

Cada cuadro viene desarmado, hay que ensamblarlo y alambrarlo. Una cosa cansona que hay que hacer siempre porque muchos cuadros se rompen en la castra. Los barriles, que dicen Apicuba Cuban Honey, los dan vacíos. Los entregas llenos.

Los panales, luego de que se les saca la miel y la cera, son reparados y vueltos a usar (Foto: Marcos Paz)

—¿Se puede comprar abejas?

—Hay quien lo ha hecho, pero es, por ejemplo, si muere un colmenero o si alguno quiere salir de ellas. Aquí un muchacho vendió sus abejas y se fue de taxista.

—¿Quién pone el precio?

—El que las va a vender. Pero ese precio no paga los materiales, porque el muchacho las vendió en cien pesos, y cuando tú te pones a sacar cuentas…

José Antonio tiene tres colmenares en fincas de amigos y atiende el del tío: 150 colmenas en total. Ningún amigo le renta el espacio. Él les regala miel cuando le piden. Su plan anual de entrega es de 5,4 toneladas (18 barriles de 300 kg). Apicuba le paga el kilogramo a 17,90 pesos: 17 900 pesos (746 CUC) por tonelada. Antes de que el dinero llegue a sus manos le descuentan 895 pesos (un 5 %) para el presupuesto del Estado. Otros 358 pesos (2 %) para la Cooperativa de Créditos y Servicios José Antonio Echevarría, a la que pertenece.

Según la Comisión Europea, en 2017 cada tonelada de miel se vendía a un precio de 2 226 euros (2 539 CUC al precio actual del euro) en ese mercado. En Cuba hay 186 000 colmenas que producen, como promedio, 8 000 toneladas de miel/año y aportan unos 20 millones de dólares al país.

Como a las cuatro José Antonio almuerza en un sillón en la sala y dice que no tiene a quién dejarle las colmenas cuando se ponga viejo, porque a sus hijas no les interesa. Que quiere ver si Andro las atiende. Le pregunto por qué esta mañana había llegado primero, en bicicleta, y dice que cada vez que toca castra se levanta a las cinco y consigue merienda para todos aunque hoy no merendaron, porque la cosa se les puso fea y había que acabar rápido. Tiene las manos llenas de picadas porque hoy, para que el fotógrafo y yo nos acercáramos, Luis y él trabajaron sin guantes. Le está engordando una roncha en la ceja porque en algún momento se le metieron dentro del velo. En medio de la humareda José Antonio soporta los pinchazos de la misma manera que el boxeador soporta los piñazos mientras está en el ring.

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