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El ciclo de la sequía

A unos 50 kilómetros de Santiago de Cuba está Yerba de Guinea. Desde allí hacia Vista Alegre el transporte radica en tus pies o las patas de lo que puedas conseguir, a menos que enfiles para Ramón de Las Yaguas o Tontina, esta última ya en Guantánamo, adonde van los tractores. En el rumbo de Vista Alegre las distancias son medidas por cantíos de gallo o “allí mismitico”.

Yerba de Guinea tiene restaurante, farmacia, local para extraerte las muelas y un letrero desteñido de “Sector de la Policía Nacional Revolucionaria”. Preguntas por algo que atienda lo hidráulico, no hay.

—No cae un nortecito –dice Rosa Acuña–, las nubes no paran aquí.

Te vas alejando, miras hacia atrás. A medida que disminuye la imagen del centro del pueblo aumenta la aridez a tu alrededor.

—El agua venía del Río Baconao –dice Rosalina Pujol–, la tubería está rota hace un año, ahora la cogemos de “la División” (unidad militar de Yerba de Guinea). Al principio venía muy sucia, pero ha mejorado algo. Antes de eso había que pagar pipa a ciento y pico de pesos a los particulares. No, y cogemos de la División porque estamos a la orilla del camino. Los demás buscan en un pozo por ahí, que tiene más de cien años. Cuando no le queda agua, a comprar, hijito. Hay quien llena aquí en mi manguera.

Rosalina vive con su hija, totalmente postrada debido a malformaciones congénitas (Foto: Lian Morales)

Rosalina vive con su hija, totalmente postrada debido a malformaciones congénitas (Foto: Lian Morales)

Sigues camino a Vista Alegre. En estos predios la gente ha muerto bastante, por infarto, de cáncer, bajo los árboles, junto a los gallos de pelea, a través de hojas afiladas, en accidentes masivos.

El camino recoge los nombres de los padres y abuelos. Bajas la loma de Mario, atraviesas el primer río seco, subes un cerro y llegas al Vista Alegre actual. Tres casas.

Los Serret son los únicos que tienen pozo en varios kilómetros a la redonda.

—La presa de aquí es un potrero –dice Ricardo Serret hijo.

—Tú bajas por el trillito y vas a ver también el río seco igual –dice Ricardo Serret padre–. De momento yo tengo mi pozo que resuelve alguito, pero los demás buscan el agua a San Félix, a tres kilómetros como mínimo. ¿La cosecha? El cuarentaicinco por ciento del café ya lo perdí, se vaneó, se quemó. ¿Lo demás? No, aquí todo se perdió: maíz, boniato, calabaza, frijol. To’ se jodió.

—¿Qué le hace la sequía al café? –pregunto.

—Se vanea, no cuaja el grano –responde Ricardo padre–, no madura como debe, se quema de un lado y eso afecta el otro grano de la vaina. Cada año la sequía es más fuerte. Esta es una zona crítica, crítica.

A unos metros de la presa desaparecida, Erik Almenares trata de extender su campo unos metros. Mientras más amplio, más posibilidades de que nazca algo.

Erik Almenares, la única persona corpulenta en todo el recorrido (Foto: Lian Morales)

Estás en el límite entre Vista Alegre y La Juba, cerca de la finca de Yodalys (Nuni) Gómez y Artemio Almenares. En el patio de la casa abundaban los pavos reales. En su lugar merodean ovejos flacos que comen tierra atontados por la sequía.

—Me tienen loca –exclama Nuni–, sobre todo en la cocina y el baño, parece que la humedad con jabón los atrae más, me devoran toda la tierra del piso.

—Ay, compay, lo que estamos pasando es criminal –Artemio habla sin mover sus pupilas de humo azul–. Esa presa desde que la hicieron hace más de treinta años nunca se había secado. Allí había también un poco de agua acumulada, pa’ mí que la presa se filtraba. Ahí quedaba un poquito, milagrosamente, pero todos los animales iban y lo mismo se orinaban que se ensuciaban. Eran tres arroyos que daban a la presa, no queda uno. Los animales ya dan gritos, son muchos para esas dos goticas de fango.

En la cocina de Nuni solo hay dos calabazas del tamaño de un puño, pero se desviven en atenciones con todo el que llega, como en los viejos tiempos. En los actuales, el nieto se atreve a cortar una oreja de puerca para un potaje. La pequeña bestia, preñada, se perdió en el monte, regresó un año después con una manada de puerquitos y gusanos. La curaron, sobrevivió, hasta que llegó su hora.

Nuni habla como una niña que narra sus aventuras. De pronto:

—¡Ay, Popó, ahora sí!

Acontece lo único que podía ser noticia, lo que ya no se recordaba.

—Usted la trajo –me dice–. Una lluviecita de verdad.

En el imprevisto recogimiento se escuchan, cabizbajas, las palabras de Artemio:

—La oportunidad del cafetal robusta (brasileño) ya pasó, es nuevo. Esta debía ser su segunda parición, no ha tenido suerte.

Hace una pausa y cruza una pierna sobre la otra. Tras cambiar de postura aborda otro problema:

—Si velas por la noche te roban por el día, y viceversa. ¿Desde cuándo tú no ves un policía? Uno no lo va a hacer, pero el que deseara matar un ternero en el patio lo hacía, sin miedo, si tú no ves a nadie, compay. Esa tranquilidad me gustaría, que no tenga que haber policía encima de un barrio, pero es que no lo hacen porque hay tranquilidad. Es que la delincuencia está generalizada. ¿Tú crees que un campesino tiene que estar, a veces sin salud, corre pa’ aquí corre pa’ allá con un animalito, todo el día y toda la noche? ¿Cuándo va a dormir?

—El otro día a una le robaron to’ los blúmer –comenta Nuni–, pobrecita. A otra le cayeron a pedradas a la casa, le mataron los perros, quedó uno tambaleándose.

—A mí el robo me ha afectado menos –dice Artemio–. Tengo licencia de escopeta, la mayoría de la juventud lo sabe en el barrio.

—¡Eo!, agua de verdad –exclama Nuni–. Hacen falta unos nortecitos buenos. Los asientos, la cama, el suelo, to’ se calienta, una no sabe dónde se va a tirar, la calor, jum…

—El agua no se empoza en ningún lugar. –Artemio adivina lo que sucede afuera–. La tierra se la chupa. Tú caminas y el polvo hace chuaca chuaca.

El puerco encerrado en la cocina la emprende con el perro. Ambos parecen de una misma especie, por lo famélicos que están.

—¡Gila! –Nuni los separa–. Ese puerquito me tiene obstinada, siempre confunde el rabo del perro con un bicho. No se pueden tener machos sueltos. Antes se comían una yerbita, una lombriz, una yagüita, palmiche, ya venían pa’l corral con algo en la barriga.

Deja de llover, el perro empieza a sonar como un tiroteo. Sus huesos no recordaban la humedad, su rabo vuelve a ser víctima del puerco.

***

Los campesinos de Vista Alegre y La Juba habían dejado de recoger el café por miedo a matar las débiles plantas. Sin embargo, a los animales se les sacrifica por parejas, antes de que sequen por completo, o sean robados, o envenenados. Cada día en estas tierras, si no desaparece una yegua con su potro, aparecen tres cuartos de burro y se recogen decenas de gallinas y pavos envenenados.

Regresas a Vista Alegre, atraviesas el potrero que fue represa y tres caminos que fueron arroyos.

En casa de Arelis Noay casi siempre te responden con el apellido.

—No hay agua porque nunca llegaron las mangueras del acueducto de San Félix –responde, sin que la pregunta termine, Arelis, negra de más de seis pies de estatura y no pocos de envergadura, que no cree en sequías ni en jefes ni en periodistas–. Llegaron hasta casa de Kikí, y fue a cojone, y allí no hay hace más de diez años, por eso yo discutí en San Félix cuando inauguraron el acueducto. Se empezó a regar que estaba concluido. Trajeron bastantes mangueras, había hasta gente que hacía hortalizas. Y todavía les descuentan a los campesinos, hasta a los que no han lucrado una gotica de agua.

Arelis tiene finca, y cafetales en el otro extremo de Vista Alegre, pero trabaja en la Granja “Hermanos Díaz” de Yerba de Guinea.

—La presa de allá se secó hace tres años, en la Granja, la Unidad de Cultivos Varios no está produciendo.

En Vista Alegre la casa de Kikí es la tercera, se conoce como “El otro lado”.

—El agua me la traen de algún lugar de El Aguacate –dice Gladys Pérez, viuda de Kikí–, no te sé especificar de dónde.

Uno de los últimos disgustos de Kikí ocurrió cuando encontraron su burra, la que todo resolvía, sin un cuarto trasero. El burrito se salvó a golpe de biberón.

En la finca, las piñas, los plátanos, los aguacates, si brotan, se caen secos.

—El café ahora sí puede responder, y todo el seco hay que quitarlo –explica Gladys a propósito de la lluvia–. Si ese está pegado al verde, lo embroma también, porque ahora chorrea un agua que lo quema, y no sale de primera calidad. Hay que sacárselo a las matas para que emparejen. Ese café tiene un lado maduro y uno verde, o está seco, y un lado tiene grano y el otro no, ese es el problema.

El precio de compra estatal de una lata de café de primera calidad es 161 pesos; de segunda, 137; y de tercera, 87.

A la salida del “El otro lado” está petrificado Roberto (Betico) Piñeda, cuya familia fue Pineda hasta que el papá de Betico fue inscrito en el registro civil por el abuelo borracho. Betico Piñeda no puede creer que la lluvia exista.

Camino al acueducto de San Félix los kilómetros aproximados de los guajiros dejan de coincidir. Son unos cuantos, en eso estamos de acuerdo.

La ruta del acueducto está muy resbaladiza, hay que dejarlo para mañana. De los jefes de la Cooperativa de Producción Agropecuaria (CPA) “Ramón Garrido”, cuando la construcción del acueducto a principios de siglo, no queda ninguno. Ya lo han dicho todos en Vista Alegre: la gente se va a borbotones, lo mismo a la Yerba que a otro continente. Sigues hacia Palmarito.

Olga Almenares, miembro de la Junta Directiva de la CPA “Ramón Garrido” cuando la obra del acueducto, además Vigilante de la Zona 36 de los Comité de Defensa de la Revolución de la Circunscripción 172, y Pausides (Chilo) Barroso, entonces presidente de la Sección Penal del Tribunal Municipal y uno de los campesinos que estuvo al frente del trabajo, explican:

—Eso fue un proyecto con la UNICEF y la FAO hace unos catorce años –dice Pausides–. Los recursos se trajeron a través de CAJIMAYA (empresa de transporte). Hubo serias dificultades con los herrajes, que no se fabricaban en la provincia, fundamentalmente las llaves de paso. Se derramaba parte del agua o se trababa.

—El diámetro de las mangueras es de unas dos pulgadas –le digo–. Es mucha la presión del agua.

—Sí, la caja almacena bastante, se alimenta de un manantial que nunca se ha secado.

—Y como es por gravedad, la presión es constante –le digo esta vez a Olga.

—El trabajo se culminó pero después no aguantó –responde ella.

—¿Qué pasó con las mangueras? –le pregunto.

—La gente prácticamente se las ha ido dejando llevar, pero se mantiene el agua almacenada. Hace poco la limpiamos para que no se obstruya el paso del manantial a la caja.

El acueducto de San Félix consiste en el trasvase de un manantial a una caja de agua y de esta a la red de mangueras hacia las casas, todo por fuerza de gravedad (Foto: Lian Morales)

—¿Y no hay perspectivas de reponer las mangueras? –continúo.

—No hay más, pero es que hay una cosa –responde Pausides–: casi toda la gente que se beneficiaba con esto se ha ido paulatinamente, y les han robado las mangueras.

—¿A qué profundidad estaban?

—No, eso iba a ras de tierra, y por las cañadas, levantadas. Estamos en el monte.

—¿Quiénes realizaron las instalaciones?

—Gente de aquí, los mismos afiliados a la CPA, todos. Trabajamos la plomería y eso porque la técnica no era difícil. En los cabezales, hicimos los engranes con miel de abeja, y entonces pra, se ponía un pasador y no se botaba el agua.

—El material no era malo –dice Olga–, pero la manipulación conllevó a que se descompusiera.

—Fue una ayuda buena, se pagaban dos pesos al mes –comenta Pausides.

—Esa cuota serviría de reembolso a la cooperativa –argumenta Olga–, para los gastos que hubiera tenido en la construcción del acueducto. Y al contrario, fue la misma cooperativa la que tuvo que terminar tomando de la cuenta de Operaciones y de Actividades Culturales para terminar de pagar más de dos mil pesos al banco, porque muchos campesinos se fueron o dejaron de pagar cuando se deterioró el servicio.

—Había más proyectos, en La Pimienta y El Aguacate –dice Pausides–, pero el único realizado fue este porque tenemos una fuente natural. Si hubiesen sido más hubiéramos tenido más reserva de repuestos.

La conversación, al discurrir por el tema de la sequía, aviva sus amarguras:

—El ciclón Sandy y la seca me acabaron los mangos, aguacates, zapotes, cedros, palmas…, los cafetales –recuenta Pausides–. Yo recogía 75 cajas de limón, ahora no llego a 10. El año del ciclón (2012) entregué 412 latas de café; el año pasado, 8 a pulmón. Vendía 70 quintales de mango, y dándoselo casi todo a los animales; ahora, ni uno.

—A ese campo de plátano que tú ves ahí –dice Olga–, le he echado no sé cuántos cubitos de agua, esas matas tienen como ocho años. Por allá abajo equivocadamente quedan dos maticas guapeando. Hasta la piña que no es de agua se ha secado. El café se quedó sin hojas, desmayado…

***

En el camino de regreso, después de pasar unas lajas que parecen lápidas, con frases anónimas sobre el deber revolucionario del campesino, llama la atención el silencio en la escuela de San Félix. Todos los entrevistados estudiaron allí. Hoy no es una escuela, es la casa de Diosmar Aranda, niño de cinco años que pronto caminará ocho kilómetros para ir a la primaria de La Juba. La que debía ser su escuela llegó a ser su casa porque no hay niños. Quién se lo iba a decir a las fértiles bisabuelas de los campos cubanos: un monte sin niños. Por ahora, Diosmar se entretiene con los burros y las gallinas de Guinea, a las que solo puedes coger si preparas una botella de alcohol con granos de maíz.

Diosmar Aranda Viltre (Foto: Lian Morales)

En las lomas que preceden a Vista Alegre, un joven movevan ha visto cómo se le secan cientos de posturas de café, ha perdido la cuenta. Le quedan más de mil por sembrar. Las sumerge en un cubo de agua constantemente. Cuando ya están sembradas las riega con vasitos. El campo es una loma de unas cinco hectáreas. Primera vez que se ve el agua, cargada durante cuatro kilómetros de El Aguacate a Vista Alegre, derramarse en el suelo inútilmente, día tras día.

***

Dos semanas después, la seca ha vuelto a su rutina. Varios nublados pasaron de largo.

En Vista Alegre están trabajando Cándido Castellano y Agustín Castillo. Son boyeros, van a las fincas donde los necesiten, rompen la tierra, aran, rastrillan y surcan. El suelo está muy compacto, lo normal sería arar y surcar.

—Tengo 27 años y estoy hecho un viejo –dice Cándido, hombre musculoso de 1,90 cm de estatura–. El esfuerzo es mucho, la tierra está muy dura.

—Los bueyes están derrengados –dice Agustín, de 31 años–, el trabajo se alarga porque a veces hay que detenerse para que las costillas no se les revienten. Esto acaba con el animal, es trabajo para tractores. Y estas bestias no andan por donde hay buenos herbazales, tampoco se pasan la noche comiendo porque duermen con nosotros para que no se los roben.

En los dos campos que están arando esta mañana se combinarán los surcos de maíz y calabaza, o al menos sus semillas.

Ahora es cuando más sol debe dar en la tierra, para que se desmorone. La hierba arruinaría todo el suelo removido si cae agua. Si recibe el bendito líquido tras la siembra, es otra cuestión que tampoco depende de la voluntad, here is an explanation.

Un acueducto hubiera permitido que llegaran posturas fuertes al surco, las hortalizas existirían, se podrían regar las primeras etapas, siempre cruciales, de los cultivos de ciclo corto, o hacer riegos de emergencia. Los cultivos prenderían.

En estas tierras la agricultura siempre fue de tipo secano. Un acueducto en pleno monte sería un esplendor, pero en épocas pasadas. Los kilómetros de mangueras en los bosques, cañadas y lomas no resistieron tres signos de esta época de Vista Alegre y caseríos aledaños: el robo, la migración, la escasez.

Cándido (a la derecha) con Ojinegro y Diamante. Agustín (detrás) con Vencedor y Lomibayo (Foto: Lian Morales)

Los vastos guayabales y naranjales, las manadas de animales portentosos como el carnero Joaquín, terror de las hembras y de los intrusos, no son más que nostalgias. También los niños, los cuentos del haitiano Fabián y el gallego Marcorí, las innumerables casitas, las celebraciones.

En los surcos se echarán semillas por costumbre. Dos semanas después de la lluvia solitaria el ciclo de la escasez comienza, una vez más. El sentido de vivir en el campo es prehistórico. Es decir, eterno.

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