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Los días del azúcar

Después de la reestructuración azucarera, a Mayabeque le quedaron en pie tres centrales listos para la zafra. Podían haber sido menos, porque la eficiencia estaba entre los criterios a tener en cuenta para decidir cuáles seguirían moliendo y cuáles no. Desde antes de la paralización, el Complejo Agroindustrial (CAI) Héctor Molina daba señales de bajo rendimiento. Sin embargo, continuó con vida gracias –entre otras razones– al adecuado funcionamiento de la red asociada a la producción de azúcar, que incluye tierras cultivables cercanas al central, mano de obra disponible e infraestructura para la transportación.

Para San Nicolás de Bari, eso fue lo mejor que pudo haber pasado.

Juan Nieves lo sabe muy bien. A él le tocó extraer piezas del ingenio Cuba Libre, ubicado en Matanzas, “un ingenio grandísimo”, “un ingenio poderoso, que hubo que parar”. Más de 30 años en la industria dedicado a rearmar el Héctor Molina pieza por pieza, tras el desgaste de cada molienda, hacen de Juan Nieves un hombre metódico, minucioso, sensible cuando de maquinarias azucareras se trata. En 2003, cuando extraía para el Héctor Molina los fragmentos del ingenio Cuba Libre que otros trabajadores habían cuidado durante décadas, Juan sintió que estaba haciendo de buitre. Así pasó también con los restos del central Perú en Las Tunas, “un ingenio checoslovaco, muy bueno”. Todo lo que no se vendió ni sirvió como repuesto fue convertido en chatarra.

“La tristeza que hay en aquellos lugares es tremenda”, dice Juan Nieves refiriéndose a los bateyes que rodean los centrales demolidos. “Si vas, verás miseria y desolación. No creo que haya desconfianza en la Revolución, pero sí hay penurias. De las comodidades que brindaba la industria azucarera, allí ya no queda nada”.

Si el Héctor Molina se nutrió de los despojos de otros centrales, si fue elegido “desde arriba” para que sobreviviera en la reestructuración, su historia más reciente debería ser el testimonio feliz de la eficiencia y la productividad. Sin embargo, el mayor ingenio de la región, el Coloso de Occidente, ha sido durante años el peor de la zafra. Esta condición la ha ganado por incumplir constantemente los planes de azúcar que se ha propuesto, por ser un consumidor excesivo de agua y energía eléctrica, por las persistentes roturas en los equipamientos –incluso en los que se han beneficiado con nuevas inversiones–, que a su vez generan paros no previstos y causan importantes pérdidas económicas. Los constantes cambios en el consejo directivo y unos bajos índices de rendimiento industrial y de la explotación de las capacidades productivas son los principales indicadores de su ineficiencia.

A ninguno de los que trabaja en el central le molesta el hollín de las chimeneas, aunque el piso de la casa se ponga hecho un asco y haya que quitar las sábanas blancas de la tendedera si cambia la dirección del viento. Tampoco hastía, en la madrugada, el zumbido constante del gigante azucarero, ni los olores nauseabundos del guarapo y la melaza. Nada de esto importa en San Nicolás de Bari. El central es la principal fuente de empleo del municipio. La mayoría de los trabajadores del Consejo dependen de que haya zafra, de que el Héctor Molina Riaño vuelva a alcanzar su capacidad de molida potencial de 6 900 toneladas de caña diarias y a producir alrededor de 780 toneladas de azúcar. Todos saben que si el central se para, si lo cierran por ineficiente, habrá un batey fantasma, como pasó con las villas que rodeaban cada uno de los ingenios que vivieron la reestructuración. Sin azúcar, dicen, no hay país.

Menos aún pueblo.

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Desde que el ingenio fue creado en 1850, los colonos construyeron alrededor un sistema de riego para mojar la caña con los primeros residuales. En el campo aún pueden verse algunas de esas zanjas hechas de ladrillos para desviar los líquidos hacia la costa sur, a dos kilómetros del batey. Al principio fueron solo los desechos de la molienda pero luego al central se le añadió una destilería y esa agua fue saliendo con mosto y vinazas, sustancias altamente corrosivas capaces de elevar el nivel de acidez en los suelos y de dañar los cultivos. Con los años, ante la posibilidad de que las aguas contuvieran metales pesados nocivos para la salud humana, la delegación del Ministerio de Ciencia Tecnología y Medio Ambiente (CITMA) del municipio prohibió el empleo de esos residuales para el riego.

“Yo llevo aquí 15 años y todo este tiempo hemos utilizados los residuales”, admite Rodobaldo León Aguilar, presidente de la Cooperativa de Producción Agropecuaria (CPA) Cuba-Nicaragua. “Los estamos utilizando prácticamente sin preparación, crudos, de uno salir por aquí y por allá y regar caña con ellos. Antes de que yo entrara, esta cooperativa los empleaba en las siembras de arroz y en los demás cultivos. Sé que es un riesgo grave. Los utilizo porque no me cuestan nada. En lo único que gasto es en el hombre que yo pongo a regar la tierra y en los equipos para preparar el terreno. La verdad, es un tremendo fertilizante: tiene fósforo, tiene potasio y nutrientes de la misma planta de caña que luego se recuperan”.

Es tan potente esa agua que todos los campesinos de la zona reconocen que no se le pueden dar dos riegos seguidos a una misma plantación de caña. “Tendrías que dar uno y después a los tres meses darle otro, porque es mucho. Es como si ahora a ti te cogieran y te dieran bistec de res en el desayuno, el almuerzo y la comida”.

Durante años, este método del exceso les ha permitido –a la CPA Cuba-Nicaragua y a otras cooperativas que han hecho canales para desviar el residual del central– ahorrar dinero en la producción de la misma caña que va al Héctor Molina. Especialmente cuando la Cuba-Nicaragua se ha propuesto una producción de 47 000 toneladas al año. Ante cifras tan altas, siempre se busca el modo de que los resultados estén a más corto plazo. En consecuencia, mucha urea y fertilizantes químicos.

En su tesis “Buenos suelos en extinción: la degradación de los suelos ferralíticos rojos en el occidente de Cuba” (2014), el Dr. Cs. José M. Febles González destaca que durante los últimos 30 años los suelos ferralíticos rojos de Mayabeque y Artemisa presentan una degradación intensa y pueden llegar a la extinción. “No obstante, la literatura especializada continúa clasificando a este tipo de suelo como ‘no erosionados’, lo cual ha propiciado la degradación secuencial de los suelos más productivos de Cuba”. La investigación también afirma que en nuestro país no se han definido los valores de referencia de contaminación por metales pesados para este tipo de suelos, lo cual imposibilita “relacionar los procesos de erosión, sedimentación y contaminación de la cobertura ferralítica”.

A los guajiros de aquí parece importarles bien poco que el suelo en torno al central sea ferralítico rojo, y la palabra “degradación” no los desvela. De momento, les basta con saber que la caña sigue brotando de la tierra sin demandar muchos cuidados. “La caña tiene eso: tú coges un campo, lo preparas, lo fertilizas y lo siembras y ese mismo año te va a dar 100 toneladas por hectárea”, asegura Rodobaldo.

El propio Rodobaldo reconoce que ellos han tenido la voluntad de utilizar abonos orgánicos como la cachaza, que es otro residual de la zafra. Sin embargo, de hacerlo tendría pérdidas porque la cachaza le parece muy cara y no tiene cómo regarla en el campo.

—La CPA tiene 1 045 hectáreas, y como este residual tiene tan poca concentración hay que aplicar una gran cantidad.

—¿En cuánto sale una tonelada de cachaza? –le pregunto.

—Está sobre los cuarenta y tantos pesos. Un camión sale en doscientos pesos.

Esto significa que con una tonelada se pueden fertilizar, cuando más, uno o dos cordeles cuadrados, y una hectárea tiene 24 cordeles. Con un saco de urea de 55 kilogramos, que les sale a 66 pesos, se fertilizan dos hectáreas. Antes, la cachaza del central era gratis, pero ahora la gente del tabaco y del cítrico compra un poco para sus plantaciones. Si Rodobaldo quiere usarla también, debe pagarla. Para él, lo ideal sería que cuando el central termine de hacer sus lagunas de oxidación, le pongan una instalación directa a sus plantaciones. Según sus cálculos, con una tubería de 90 litros por segundo podría utilizar casi 30 000 litros de agua a diario. “Si se aprovechara bien el residual –dice–, toda esa caña de los alrededores se montaría en más de 100 toneladas por hectárea”.

Gratis.

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Central Héctor Molina (Foto: Geisy Guia Delis)

Central Héctor Molina (Foto: Geisy Guia Delis)

Ana Julia Castillo, jefa de sección de la delegación del CITMA en el municipio, se muestra prudente en los detalles, como si una declaración pudiera comprometer la venta del azúcar, que de alcanzar altos niveles de pureza se destinaría a la exportación. Puede entenderse, como ha debido entender el grupo azucarero AZCUBA, que los consumidores foráneos se preocupen cada vez más por verificar las prácticas de las empresas que producen sus alimentos. De ahí que no resulte extraño el esfuerzo del país por avalar la inocuidad de los alimentos destinados a la exportación. En un contexto en el que han aumentado las normas sanitarias y de control en los mercados europeos y asiáticos, la producción del azúcar en Cuba se propone cumplir con el sistema de análisis de riesgos y de los puntos críticos de control HACCP. Esta regulación, adoptada recientemente en nuestro país, facilita la inspección por parte de las autoridades extranjeras para la certificación de los productos y favorece el comercio internacional. Es un sistema que promueve la FAO y que exigen los grandes compradores a los países exportadores para garantizar “productos más limpios”.

La producción del Molina es la de mayor volumen en el territorio. Si incumple el plan de entrega de azúcar para los días de zafra, la provincia Mayabeque se vuelve “incumplidora” en un sistema de emulación nacional. Por esta razón, al central lo atienden directamente el Ministerio del CITMA y su delegación provincial. Ana Julia solo se encarga de hacer cumplir sus disposiciones. “La industria vierte cada año cerca de 60 toneladas de ácido clorhídrico, sosa cáustica y otros elementos altamente agresivos a la costa”, dice. “Como consecuencia de ese vertimiento constante, se ha producido una alteración en la diversidad biológica. Han desaparecido algunas especies de la flora, como el patabán y la llana, árboles maderables protectores del litoral, y la línea costera ha retrocedido alrededor de 15 metros”.

Desde el siglo XIX, se han utilizado las aguas residuales sin un tratamiento adecuado. Hoy las zafras son de 80 o 90 días, pero una década atrás duraban hasta seis meses. Las medidas orientadas para reducir la carga contaminante del central comenzaron a implementarse en 2015 e incluyen la construcción de dos lagunas de oxidación con capacidad estimada para casi un millón de metros cúbicos de agua, un sistema de fertirriego, trampas de grasa y la gestión de los residuales sólidos como el bagazo. En las lagunas deben sedimentarse los materiales pesados, de manera que el agua, al pasar al riego, se encuentre apta para ser utilizada en los sembrados.

Ahora se les están realizando monitoreos a los desechos líquidos, para determinar los elementos con los que están saliendo al medioambiente. Días antes de comenzar la zafra chica, en noviembre de 2016, la obra aún no estaba terminada. “Si no hay una respuesta a los residuales, no va a moler el central”, dijo Ana Julia en aquella ocasión. En realidad, la decisión no le corresponde al CITMA del municipio, sino al CITMA y al Gobierno provinciales, o al Consejo de Estado. A las cinco de la mañana del 15 de noviembre de 2016, el Héctor Molina hizo pitar sus calderas para anunciar el inicio de la molienda. Los residuales eran, entonces, un problema menor en comparación con el costo de tener un central paralizado un día entero.

En cada municipio hay un Centro de Higiene y Epidemiología. Pastor Soto Fernández es uno de los especialistas de esa institución en San Nicolás de Bari. Según me explica, para ellos es casi imposible monitorear desde una mirada integradora la actividad del central. Resulta incluso más difícil realizar un estudio preventivo y sistemático de las fuentes contaminantes, ya que no cuentan con ningún equipo de medición. No pueden medir la calidad del aire, los niveles de ruido ambiental, la contaminación de los suelos ni la agresividad de los residuales. Si instituciones provinciales y nacionales han realizado mediciones en el Héctor Molina, en el Centro de Higiene y Epidemiología no están los resultados: a veces no los piden y otras no se los dan. Ellos ni son contraparte del CITMA, ni tienen cómo supervisar las acciones de la única industria del territorio para evitar brotes higiénico-epidemiológicos. Sí se encargan, no obstante, de la detección de ácaros para garantizar la calidad del azúcar que se exporta.

El propio central no tiene conocimiento de en qué medida está reduciendo su carga contaminante, según me explica su director, el ingeniero químico Alexis Rodríguez. Las pruebas de laboratorio se realizan durante la zafra para controlar que los valores de acidez de las aguas se mantengan en un nivel que les permita seguir produciendo. Fuera de las aguas no se mide otra cosa. Se espera que con las lagunas de oxidación y la construcción del fertirriego haya un resultado evidente a corto plazo, pero sin los números no hay cómo atestiguarlo. Alexis reconoce que “con las políticas medioambientales están aún en pañales”. Lleva dos años dirigiendo el Héctor Molina y no ignora que se encuentra en el peor ingenio de Cuba, “o en el que dicen que es el peor”.

“Primero hay que demostrar que hace azúcar –dice Alexis–. Luego hay que desarrollar una cultura por el ahorro de los portadores energéticos y el agua. A eso tiene que estar encaminado el sistema. Y a que la gente se sienta contenta”.

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“Los ingenios cubanos tienen algo muy peculiar, y es que las personas que se emplean en el ingenio lo aman como si fuera propio”, dice Juan Nieves, que habla de la fábrica y de su vida como si fueran una misma cosa. “Yo vivo aquí, y aquí me casé una primera vez y tuve un hijo. Luego me volví a casar y tuve dos más. Desgraciadamente, ellos no han querido estar en el ingenio. Han buscado otros caminos por temor a la inestabilidad de la industria azucarera”.

El paro de unos 13 centrales azucareros en la provincia y la reducción de los días de zafra, en los cuales se paga más, arrojaron un velo de incertidumbre sobre San Nicolás de Bari. Muchos profesionales con años de experiencia en el sector no se quedaron para ver el destino del Molina. “Este ingenio se depauperó”, comenta Alexis. “La gente se depauperó. Emigraron, se fueron, y los que entraron no sabían nada de ingenios. Y ahora hay que trabajar con esos que entraron para convertirlos en azucareros”.

A principios de noviembre, en el central se contaba con 623 trabajadores para hacer la zafra, pero en el sistema, que incluye a quienes siembran la caña, la cortan, la alzan y la trasladan, se contabilizaban unas 2 300 o 2 500 personas. Para finales de febrero de 2017, de acuerdo con los reportes de zafra, el central ya tenía 18 000 toneladas de azúcar de atraso en el plan pactado para esta contienda, que termina en abril. Es una cifra que puede incrementarse si hay roturas, o si el más pequeño eslabón de la cadena falla.

“Aquí se trabajan varias operaciones mecánicas, químicas, energéticas y eléctricas”, dice Alexis. “Tenemos una termoeléctrica. Cada maza de molienda pesa 22 toneladas. Para mí no hay fábrica tan compleja como un ingenio”. Su aspiración incluye entregar entre 20 y 30 megawatts por hora al Sistema Electroenergético Nacional si se materializa, en unos diez años, la bioeléctrica que han solicitado. “Esas plantas alemanas suponen un ahorro tremendo, porque con diez centrales se sustituiría una termoeléctrica, que sí consume combustible fósil”.

Antes de dirigir el central, Alexis estuvo al frente de la destilería. En 2016, ganó un premio del CITMA por crear una planta que aprovecha los residuales de esta industria en la elaboración de alimentos para cerdos. Asegura tener una vocación hacia la preservación del medioambiente y tiene una teoría interesante sobre la planta de caña como almacén vivo de agua en tiempo de sequía. Por ahora, sin embargo, se le presentan desafíos más urgentes: “Tengo que hacer azúcar para hacer dinero”.

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