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El batey que parece domingo

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“Esto es punto muerto aquí, mijo. Zona muerta”, espetó la vieja que cargaba el saco. “Todo es una bola de marabú. Las áreas de caña las cogieron paʼ nada”, y apuntó a los antiguos campos con guardarraya, donde hay maleza, y dibujó en el cielo el humo de las chimeneas del Central Benito Juárez.

La vieja que cargaba el saco venía desde la feria dominical de Placetas en un coche de caballos que, ante la falta de otro transporte y ante la pena o ambición del cochero, sobrepasaba el límite permitido de carga. La vieja, lo mismo que otras tres mil almas que viven alrededor de Zaza, según el diagnóstico del Consejo Popular, tiene que ir los domingos hasta la cabecera municipal a comprar viandas, vegetales, hortalizas, especias, todo lo que –oh, paradoja– se cultiva en los campos (como Zaza) y se vende en las ciudades (como Placetas).

“La única esperanza de este municipio es que está en el paso paʼ la cayería”, se consuela la vieja antes de apearse a la entrada del batey. “Yo le insistí a mi hijo paʼ que llenara las planillas. Le dije: ‘Oye, vete paʼllá, que aquí sí no vas a hacer nadaʼ. Aquí no hay empleo. Desde la Colonia la vida de Placetas eran los tres centrales. Y los entregaron en bandeja de plata”.

Se apea, sin pena propia, sin conmiseración de los demás, porque la fatalidad diaria no entristece a nadie. Carga el saco de las provisiones. Se asoma a su casa y deja en el coche a la maestra, a un par de jóvenes, a los periodistas y al cochero. La calesa colonial llega hasta el corazón del batey, que es el corazón del descampado y del óxido. La calle principal va hasta la iglesia, pasa el parque, pasa la escuela, pasa un par de merenderos particulares, pasa las ruinas del Central Benito Juárez y deja a un lado el barracón, deja a un lado el alambique, deja a un lado la vida íntima de la gente que sobrevivió al ingenio.

Y los viajeros no pueden ver las antiguas líneas de ferrocarril que bifurcaban el batey ni los bocoyes de azúcar ni los trenes ni las plantaciones. No pueden escuchar las campanas ni apenarse por el yugo de los esclavos ni asistir a las populosas misas que organizaba el negrero Julián de Zulueta y Amondo.

Ahora pueden imaginarse los pitazos del Central Benito Juárez, pueden saborear en el aire el ácido aroma de la caña madura, pueden tocar incluso los granos de azúcar crudo, recién salidos de la maquinaria que depura y transforma la gramínea. Y pueden ver, a la escala de sus recuerdos, la separación definitiva de las piezas, el reciclaje de la chatarra, la oxidación de los metales, la descontaminación del cielo y la parálisis del tiempo.

“Ya la gente se acostumbró, pero los primeros años que hicieron este desbarajuste los obreros del Central estaban muy disgustados. Incluso, los jubilados decían: ‘Mira como dejamos estoʼ. Veían destruir aquello así…”.

—¿Y sufrían?

—Sufrían –había respondido la vieja del saco antes de meterse en su casa–. Es que aquí había muchos puestecitos de trabajo, paʼ los que tenían nivel y paʼ los que no.

Y también había recordado que su madre trabajaba como técnica en el laboratorio del Central Benito Juárez. Y que su padre ponía a funcionar las máquinas intestinas del propio ingenio. Y que, si Dios lo permite, ahora su hijo se va a los cayos de Caibarién.

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Una vista de Zaza (Foto: Maykel González Vivero)

Una vista de Zaza (Foto: Maykel González Vivero)

Pero, aun cuando el hijo de la señora que carga sacos de viandas los domingos desde la feria agropecuaria de Placetas y otros cientos de hijos de vecinos se vayan a los cayos de Caibarién a ganarse la vida, Alberto Cubas Pérez no se irá de Zaza. Que para él no es de forma exacta Zaza, sino Benito Juárez, el nombre que dio la Revolución al Central y a su batey, en su incontenible afán de renombrar las cosas que ya eran y que habían sido un siglo antes.

Desde su casa propia y desde la Casa de Cultura de la comunidad Benito Juárez, donde trabaja como metodólogo de Creación, Alberto ha escrito cartas a Eusebio Leal, al ministro de Cultura, a la antigua directora del Consejo Nacional de Patrimonio Cultural, Marta Arjona, y a los periódicos Granma, Trabajadores y Juventud Rebelde.

—Yo mandé unas cuantas cartas reclamando ayuda para el batey y el barracón. Pero todo el mundo dijo que no había recursos. Y es un crimen, porque este es el mejor barracón que se mantiene en Villa Clara. Yo quería que lo repararan como casa de familia, o que hicieran allí un museo de la cultura afrocubana. Algo así.

—Y no se pudo, supongo.

—No, no, no… Al ministro de Cultura le hice dos cartas y siempre me dio respuesta. Venía el que atendía esa parte en el MINAZ provincial y me decía que no había recursos, que no había recursos, que no había recursos… Ya después me cansé. A Eusebio Leal le hice tres cartas. Siempre me respondió y una vez mandó a su secretario y a un par de arquitectos a valorar el barracón. Al final me dijeron lo mismo: que no había dinero.

Los deseos de Alberto Cubas Pérez, como el singular de su primer apellido, están transidos por la crisis económica. A este hombre lo carcome la decadencia de uno de los conjuntos azucareros decimonónicos –hasta hace poco– más íntegros de Villa Clara. “Lo que tiene Benito Juárez –exagera Cubas– no lo puede exhibir ningún otro batey: el barracón, el alambique, la enfermería para esclavos, el fuerte y el tejar, la casa del dueño, la iglesia católica…”.

“Fíjate que en el siglo XIX Zaza llegó a convertirse en el principal trapiche de Placetas. En 1874 se decía que Julián de Zulueta y Amondo, el fundador del ingenio, era uno de los hombres más ricos de la Isla”.

“El Central no paró de moler. Nunca”, rememora Cubas. “Hasta 1959, la familia Zulueta dirigió la fábrica y poseyó 300 caballerías de tierra en todos estos alrededores”.

Poco después, la Revolución nacionalizó las tierras y el Central, arrancó la vía férrea, modernizó las máquinas, mantuvo los empleos y responsabilizó al Complejo Agroindustrial (CAI) Benito Juárez con el batey. Prometió que la caña iba a ser el presente y el futuro del país. Porque los que hacían la Revolución no conocían a ciencia cierta –cómo iban a conocerlo– el futuro del país.

“El Central Zaza solo sobrevivió hasta 1998. Para esa fecha nuestra dirección política había decidido desactivar casi todos los ingenios porque no eran rentables. Y pararon las tres fábricas de Placetas”. Alberto Cubas Pérez quisiera decir: “Y bien, se acabó el Central, aquí estamos, ninguna desgracia nos sobrevino. No tengo nada más que decirte”. Pero no le permito detenerse. Ahora no.

—¿Y qué pasó después, cuando cerraron el Central?

—Se creó la Tarea Álvaro Reinoso. Todos los trabajadores, que aquí llegaban a más de 900, comenzaron a estudiar: unos sacaron la primaria, otros noveno grado y otros más el pre. En cada central desactivado había un aula.

—Pero imagino que muchos obreros vieron con dolor el fin del ingenio.

—Bueno, lo vieron con dolor, pero no quedaron desamparados. Había gente que estudiaba y ganaba más de 800 pesos mensuales. Claro, a los más viejos no les gustaba mucho estudiar y a medida que iba pasando el tiempo fueron buscando otro trabajo.

El Central Benito Juárez dio paso a la Empresa Agropecuaria homónima, cuyas oficinas se movieron hacia Placetas hace poco, y a una fundición (Gelma) de válvulas que hoy es, simplemente, una fundición de comederos de cerdos. Los restos físicos del ingenio se convirtieron en un molino de pienso, en un par de almacenes y en un taller donde no trabajan más de siete u ocho personas. Ni las CPA ni las UBPC ni las CCS que existían antes de la parálisis azucarera o que llegaron a fundarse después pueden acoger a todos los trabajadores que el Central vomitó.

—El ingenio era la vida del batey, ¿no? –intenté conmover a Cubas.

—Sí. Antes el Central atendía a toda la comunidad: el deporte, las áreas verdes, la ambulancia, el servicio médico; atendía el agua.

—¿Y ahora?

—Ahora se hace cargo el Estado. Unos dicen que esto ha empeorao un poco pero, a pesar de eso, los que viven más pa’trás en los campos vienen paʼquí. De Máximo. De las Marías. De Capestani. Vienen. Y muchos de aquí se van paʼ Placetas.

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Niños en el parque infantil (Foto: Maykel González Vivero)

A punto de mediodía el batey de Zaza se rinde. Unos niños se balancean en los columpios del parque infantil bajo supervisión de los padres. Un corrido mexicano suena para nadie en algún sitio indescifrable. De todos modos, el tedio se cuela en el juego de los niños y en la música. En algún momento, los padres se marchan con los hijos, y el corrido se detiene.

El lunes siguiente los estudiantes asistirán a la escuela, los maestros impartirán sus clases planificadas con antelación, los campesinos tratarán de mitigar la sequía y algunos trabajadores partirán a Placetas en planchas de caballo, a falta de otro transporte. El martes la iglesia entregará comida a los más necesitados y acaso el viernes la música norteña, el reguetón y Pimpinela (en esa posible combinación) lograrán reunir a una decena de jóvenes en el círculo social.

Si no fuera porque el lunes tampoco habrá trabajo, tampoco pitará el Central, tampoco llegará la caña ni echarán a andar las maquinarias, se pensaría que el domingo de asueto anuncia la siguiente jornada de trabajo. Pero la gente no reposa en paz ni festeja: cuando les quitaron el ingenio también perdieron la capacidad de sobresaltarse.

En el paisaje o detrás del paisaje, la torre del Benito Juárez les recuerda con impertinencia que el Central dejó de moler a finales del siglo pasado. Y les mantiene atados a lo que fue: hasta que no se oxiden y desaparezcan los hierros que nadie recicló, hasta que no se derruyan las últimas piedras del barracón donde vive casi una veintena de familias, hasta que nadie más pueda apuntar los antiguos cañaverales ni dibujar en el cielo la silueta del humo, la generación de turno no olvidará el ingenio.

A la inversa de todos los que se van, este domingo dos testigos de Jehová llegaron desde la cabecera municipal, tres o cuatro kilómetros hacia el noroeste. De espaldas a la iglesia católica, esperan.

Uno supone que deberían ir a tocar las puertas de las casas, perseverar cuando les echen las mismas puertas en las caras, si eso pasa, y predicar el mensaje divino a contrapelo de los maleducados. Pero los dos cristianos permanecen ociosos, en un banco, a la orilla del parque infantil. ¿Esperan por los ancianos, esperan por los hombres desocupados, esperan por los jóvenes aburridos en el tedio de las 12 del día del domingo para hablarles de Dios? No se sabe. Están sentados, con demasiada calma, y otean el estrecho horizonte de Zaza.

—La gente… ¿cómo recibe el Evangelio por estas zonas? –les interpelé.

—Bien. Hay bastantes personas estudiando la Biblia. Es bueno predicar aquí porque en el campo las personas son más receptivas al mensaje de Dios.

—¿Porque son más humildes?

—Bueno, las personas, mientras más humildes, más aceptan la palabra de Dios. Dice la Biblia que para un rico es difícil entrar en el reino de los cielos. Es como meter un camello en el hueco de una aguja. Imposible.

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El barracón (Foto: Maykel González Vivero)

Sobre la espalda de los humildes, lo sabrá Dios, se alza todavía el barracón que mandó a construir don Julián de Zulueta y Amondo. Los viejos muros del edificio fueron trazados en el siglo XIX sobre una línea de humildad –si no queremos decir pobreza– que llega sin radicales interrupciones hasta hoy. La penuria económica se sobrepuso al fin de la esclavitud, sobrevivió a todos los amos Julianes de Zulueta, superó la crisis económica del 33, sorteó la zafra de los diez millones y venció la propia existencia del Central Benito Juárez.

Pero, sin acceder a cavilaciones tan fatales, Santiago Rojas Isidro, un anciano que vive el tiempo muerto de su retiro, descansa a la entrada del barracón, como en la foto sepia de una escena triste. Hace dos años, en abril de 2015, Santiago también descansaba en el mismo quicio de la misma puerta.

—Hace 20 años –toma la conversación el anciano– estoy oyendo que nos van a dar una casa, pero me muero de viejo y no la veo. Yo no discuto na’ porque sabemos que Oriente está grave. Cuando ellos [el Gobierno] determinen si queda algo allá, va y nos lo dan. Pero aquellos están más necesitados que nosotros.

—¿Quiénes están más necesitados, Santiago?

—Los orientales, con el problema de los ciclones. Uno no puede desesperarse por eso. Na’. Algún día llega [la casa].

—Alguna gente de aquí se ha muerto… –sugerí, indiscretamente.

—Sí, cómo no. Esperando las casas… Pero bueno, si no la veo yo, la ven mis nietos, la goza mi familia.

—Por lo menos usted es optimista.

—Yo sí soy realista. Es la verdad. Si no hay materiales, ¿qué le van a hacer? ¿De qué materiales nos van a fabricar una casa? Hay que esperar que hagan ellos allá en Oriente, porque hay que ver a aquellos pobres infelices por televisión.

Santiago Rojas Isidro espera la misma casa que espera su esposa Marta Chirino Díaz, que espera Benita Domínguez Pérez, que espera Dayimí Moreno Cruz, que espera Edier Sánchez Reyes, que esperan Daimí Jiménez Chaviano y su hijo y su esposo, y que esperan Inaquel Pérez Hernández y su hija y sus dos nietos menores de un año, y casi una veintena de familias que vive entre los muros húmedos del barracón. Y que espera un hijo huérfano y que esperaba su madre antes de morir. Y que esperan, incluso, los que no viven en el barracón y desean el bien de los demás.

La casa que anhelan debería ser, según las promesas que han escuchado, un edificio multifamiliar que se emplazaría entre el barracón y la torre sempiterna del Central.

—Según nos explicó el delegado en la última asamblea de rendición de cuentas –dice Osvaldo Trimiño González, presidente del Consejo Popular Benito Juárez desde 2013 hasta 2016– se van a hacer cinco edificios en el municipio de Placetas. Uno lo construirán aquí en Benito Juárez, este año o el que viene.

—¿Pero se trata de un proyecto, nada más?

—Sí, es un proyecto…

—¿…que todavía no está aprobado?

—No. Todavía no.

—¿Pero crees que el edificio llegará a construirse?

—Sí, yo pienso que sí. En el municipio de Placetas se han hecho varios edificios. Este lo construirían aquí, en Benito Juárez, paʼ que los campos no se sigan despoblando.

Osvaldo era presidente del Consejo Popular antes que Miguel, y Miguel fue presidente del Consejo Popular hasta que renunció hace un par de meses. Pero Miguel no quiere hablar, porque le advirtieron que no diera declaraciones a los periodistas. Después de Miguel, Marisol Ricaño Miranda asumió la presidencia del Consejo Popular Benito Juárez.

—Marisol, la gente del barracón dice que les van a construir un edificio…

—Pa’l 2018.

—¿No hay nada seguro todavía?

—No es seguro. Tú sabes cómo es eso aquí.

—¿Y usted tiene esperanzas de que fabriquen el edificio?

—Sí. Está en pronóstico paʼl 2018. Eso fue lo que me dijeron.

Benita Domínguez Pérez y Santiago Rojar Isidro (Foto: Maykel González Vivero)

Digan lo que digan los delegados, Santiago Rojas Isidro no sabe cuántos años más podrá estar sentado en la puerta de su casa-barracón. Pero confía en que, al menos, sus nietos disfrutarán el apartamento que le corresponde. Benita, a su lado, no puede evitar la turbación: casi grita con desespero que sus esperanzas se echaron a perder: “¡Eran verdes y se volvieron negras!”, hasta se burla.

—¿Usted llegó a trabajar en el Central? –abordé a Santiago, otra vez.

—Sí, ahí yo hice muchas cosas. Yo era tractorista, pero también manejaba una pala… Trabajé en veinte cosas, en lo que hiciera falta.

—¿Y cómo era la vida en esos tiempos?

—La vida paʼl pobre más o menos va siendo igual siempre. El pobre que nace paʼ 10 quilos no llega a 15. Olvídate. Por mucho que guapee. La vida es así: hay una clase más pobre, una más rica, otra más mediana…

—¿Y a usted cuál le tocó? —osé preguntar.

—¡La pobre! Pero vivo orgulloso.

—Santiago –quise cambiar de tema–, qué calma tienen los domingos aquí…

—Aquí –respondió sin disgusto– siempre parece domingo.

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