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Hombres de sal

Los tres hombres a bordo del Marisol inician una coreografía que se les ha adherido a los huesos de tanto repetirla. Sincrónicos, callados, sin darse órdenes los unos a los otros, llenan de hielo la nevera y organizan los víveres: un poco de pan, arroz sin cocinar, tomates, ají pimiento, dos barras de guayaba, una bolsa de queso, trozos de carne de cerdo cruda.

Amontonan los abrigos en la malla negra que está pegada al techo para ahorrar espacio en el bote, acomodan el cojín de esponja viejísima sobre el asiento trasero, suben el palangre: una caja de madera dividida en dos partes, en una esquina están los 108 anzuelos y en la otra, envueltos en círculos, los rollos de sedal. En una lata, justo al lado del motor, se guardan los machuelos.

Terminan el despacho: rellenan el formulario que exige la Capitanía del Puerto con los datos de rigor –nombres, números de identidad, tiempo estimado del viaje y zona de pesca– y se encomiendan a Dios.

Los tres hombres que están a bordo del Marisol salen siempre a pescar descalzos. Y nunca les acompañan mujeres.

Excepto esta vez.

De izquierda a derecha: Michel Recio, Vladimir Salas y Carlos Reyes (Fotos: Julio Batista y Elaine Díaz)

De izquierda a derecha: Michel Recio, Vladimir Salas y Carlos Reyes (Fotos: Julio Batista y Elaine Díaz)

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La pesca es una tradición, sabiduría que se transmite de padre a hijo y a la que no renuncian Vladimir Salas (43 años), Michel Recio (39 años) y Carlos Reyes (46 años), aunque mantengan empleos estatales porque cada vez resulta más difícil vivir solamente de lo que trae el mar.

A Carlos no le llaman Carlos, sino Hatuey, como su padre.

Michel hubiese querido ser médico, ingeniero, cosmonauta, presidente de la República. Pero le tocó ser pescador.

Vladimir es el patrón del Marisol. Negro, alto, flaco. Mirada honesta, brazos cansados. Habla poco y fuma mucho.

El Marisol tiene siete metros de eslora y 1.70 de manga. Para los pescadores de la base Trocha, el Marisol es un bote grande. Uno de los botes en que se puede salir por varios días.

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Apenas unas cuadras lo separan físicamente de la entrada de la base Trocha, pero Potón ya no se acerca al muelle. Estamos en enero de 2016 y me recibe en su casa, dice que está regada porque es hombre y vive solo y que no tiene mucho que ofrecer, salvo un poco de agua. Potón no salía de la base a inicios de los 90, cuando la comunidad era un basurero que combustionaba con frecuencia debido al petróleo procedente del mar. Casuchas de madera, sostenidas por palos raquíticos que venían a encajarse en el fondo de la bahía, constituían el único refugio para los pescadores.

Una tarde, Potón vio a Alfredo Jordán, entonces segundo secretario del Comité Municipal del Partido Comunista, de visita por la zona. Jordán usualmente miraba Cangrejitos desde el otro lado de la bahía. Quizás por eso, cuando llegó, su primera pregunta fue “¿Quién es el delegado de aquí?”.

—Yo –respondió Potón.

—¿Usted tiene cojones para arreglar todo esto?

—Bueno, chico, si usted como Partido me ayuda, yo lo arreglo.

—¿Cómo usted arreglaría todo esto?

—¿Yo? Facilito. Empiezo a rellenarlo y a levantarlo todo nuevo. Pero necesito materiales.

—Yo te doy lo que tú quieras.

A pocas cuadras de Cangrejitos iniciaban las obras para ampliar el Hospital Militar. Potón sabía que estaban descargando pilotes en el basurero y se entrevistó con el jefe de la obra. Le pidió los pilotes y le dijo que en lugar de gastar petróleo para llevarlos hasta el basurero se los dejara en la base de pesca.

“Aquí venía todo el mundo a trabajar”, dice Potón (Foto: Cortesía de Potón)

—Me dieron grúa, tractor y empezamos a enterrar los 300 pilotes acumulados y a construir un muro para trancar la tierra, como contención, hasta que rellenamos todo. Como nos sobraron tantos pilotes, hicimos la cimentación de los cuartos de pescadores y un ranchón para fiestas y actividades.

En 1998, impulsados por Potón, los pescadores de la base Trocha iban a Guamá con los víveres que facilitaba la base: petróleo, aceite para motor, engrudo, carnada, y entregaban diez libras al Estado. El Estado, a su vez, distribuía el pescado en las clínicas, en los hogares maternos, en asilos de ancianos y, especialmente, entre los niños hospitalizados.

Cuba atravesaba por la peor crisis económica de su historia y en Cangrejitos se enseñaba a pescar a los niños y a los ciegos.

—Nuestros atletas, cuando iban a La Habana a las competencias, salían de acá con cinco pesos en el bolsillo y en tren. Cuando yo entré, hice fuerza, e iban y venían en avión con un poco de pesos en el bolsillo. Ya nos decían ‘los millonarios’, no ‘los palestinos’. Dábamos fiestas para todos los pescadores. Hasta de La Habana me mandaban gente enviada por el Inder –organismo al que se supedita la pesca deportiva– nacional. Esto era aquí ‘comida y cerveza’. ¿Y quién pagaba? La Federación de Pesca Deportiva.

A Potón comenzaron a llamarle “El Rey de Cangrejitos” y las autoridades “le crearon una fama de que estaba robando”, cuenta Michel. Fue separado de su cargo aunque no se logró probar su culpabilidad en el proceso legal que se interpuso. “Después de que Potón salió de aquí, empezaron a desaparecerse todas las cosas que habían comprado”, añade Michel.

La mayoría de los pescadores con los que hablé quisiera que Potón fuera el administrador de la base nuevamente; pero cuando lo sugieren en las reuniones, los directivos del Inder hacen caso omiso a la propuesta.

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Vladimir (izquierda) y Michel (derecha) (Foto: Elaine Díaz)

A las 7:12 p.m. del viernes 8 de enero de 2016, dos horas después de salir de la base, Michel, Carlos y Vladimir fondean a unas dos millas de Mar Verde.

—¿Tú has pescado alguna vez? –me pregunta Vladimir.

—Sí, una vez. Lancé la vara y algo picó. Era un bicho pequeño, me dio lástima, por eso lo solté.

—Ay mi madre, ¿tú te imaginas que todo el mundo cogiera el pescado y lo soltara? Habría que navegar arriba de los pescaos.

—¿Aquí lo que van a buscar es carnada? –averiguo.

—No, cuando tú bajas el anzuelo, no sabes lo que va a picar –responde Carlos.

—¿Tú sientes cuando algo pica porque te hala el cordel?

—Si el pescado pica, tú lo sientes. Coge, mira, prueba para que veas.

—¿Y si pica una cosa grande?

—Ojalá. Tú, tira el cordel que si se pega una cosa grande, nosotros lo halamos.

Las ‘cosas grandes’ se venden mejor. Las ‘cosas grandes’ son las que sostienen económicamente a los tres hombres. Las ‘cosas grandes’, también, alimentan más. Agujas, petos, tiburones: esos son los tipos de peces que Vladimir, Michel y Carlos esperan llevar de vuelta a casa. Si tienen suerte.

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Este es el único varadero de la base Trocha (Foto: Elaine Díaz)

La historia de los botes del muelle de Cangrejitos se pudiera contar a través de sus motores. El motor del Tiburón ya no da más, dice Michel, su patrón. Y no porque sea perezoso, sino porque tiene cinco reparaciones, porque debe resistir el golpe del salitre vivo por años y porque ha ido hasta Granma, que es lo mismo que decir que ha navegado bastante.

Una de esas reparaciones la hicieron el 14 de noviembre de 2015, después de estar perdidos durante tres días. El 7 de noviembre, Michel, junto al dueño del bote y su hijo, salió a pescar en Aserradero. El día 10, mientras navegaban rumbo a Río Grande de Chivirico, les sorprendió un mal tiempo. “Cuando estábamos como siete millas afuera, empezamos a sentir un ruido extraño en el motor, hasta que explotó. Navegamos a golpe de vela. Comíamos lo que teníamos: agua, pescado, arroz. Entramos a Aserradero el día 13 y llegamos aquí, a Santiago, el día 14”.

Michel cuenta la historia con fastidio, porque no es la historia del hombre contra el mar, es la historia del hombre contra su circunstancia en tierra. En todo caso, es de los pescadores con suerte. Al menos puede salir, aun a riesgo de perderse. Y regresar con buen pescado. Con pescado sano. Al viejo Carapacho le toca quedarse en la bahía, con su sobrino, pescando a remo limpio y con vara, porque el motor de su chalana ya no sirve y no tiene cómo arreglarlo o comprar uno nuevo. Legalmente, Carapacho no debería estar ahí. En la bahía de Santiago de Cuba no está autorizada la pesca debido a la contaminación provocada por el vertimiento de desechos residenciales e industriales.

Si no hablara con los pescadores, si no supiera de los motores carcomidos por el tiempo, de las bombas de agua frágiles, de las baterías que no se reemplazan, probablemente pensaría que los botes del muelle de Cangrejitos están en perfectas condiciones. Para cumplir con los requerimientos de Capitanía, sus dueños los pintan, contratan a alguien que con excelente caligrafía dibuja el “Base Trocha-Santiago de Cuba” de la parte trasera y el nombre del bote en el lado izquierdo y luego cobra entre uno y cinco pesos convertibles por el trabajo.

Pero “si usted se sube en ellos, si los ve bien de cerca”, advierte Carlos, “casi toda la madera está podrida”.

De la madera podrida, de la falta de sitios donde comprar artes de pesca, petróleo, tornillos, del desgaste de los raíles del único varadero de Cangrejitos y de otras carestías hablaron los pescadores en una reunión en 2013 con Lázaro Expósito, primer secretario del Partido Comunista de Cuba en la provincia. Estaban también los representantes del Inder y de la Empresa de Recuperación de Materias Primas. “Todo el mundo se comprometió delante del secretario a apoyarnos un poquito más. La gente de Materias Primas se comprometió a ayudarnos con los motores, que los pican y los botan”. Pero ya han pasado dos años y “nadie nos apoya, nadie nos ayuda”.

Los raíles del único varadero para sacar los botes del agua están podridos. Los pescadores han hecho gestiones para arreglarlos, han pedido las líneas de tren que ya no se usan, pero les dicen que eso va para materia prima. “Véndelas, cámbialas por pescado, cualquier cosa”, sugiere Carlos, porque cuando el varadero se termine de romper, no habrá modo alguno de dar mantenimiento a los botes y habrá que dejar que se hundan. “¿Cómo los va a sacar? ¿Cuántos hombres se necesitan para subir ese bote?”.

—¿Se les han hundido botes aquí? –pregunto.

—¿Aquí? Unas cuantas veces se han hundido botes. Otra cosa, hoy, si quieres agrandar el bote te ponen tremendas trabas –dice.

—¿Qué tiene que hacer para agrandarlo?

—¿Para agrandarlo? Yo creo que buscar quién sembró el árbol y quién te va a vender la madera.

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Michel sube a bordo la primera aguja (Foto: Elaine Díaz)

Las artes de pesca se compran a revendedores. Un metro de cordel cuesta hasta un peso y cincuenta centavos. “Si es finito, entonces son cuarenta centavos”, dice Carlos. Un cono de cordel de 1.000 metros costaría 1.500 pesos. El palangre, por ejemplo, tiene casi 5.000 metros de cordel en línea recta.

El palangre hay que empezar a tirarlo de madrugada y demora hasta cuatro horas dejar listos los 108 anzuelos con carnada. Luego toca esperar. Cuando un pez “muerde el hierro”, dice Michel, “lo dejas que brinque dos o tres veces y vas a buscarlo”. Si es una aguja, se sube al bote a mano limpia. Luego se pica y se guarda en la nevera.

—¿Solo se vende de la cabeza para abajo?

—Sí –dice Vladimir.

—¿Y con lo otro qué se hace? ¿Lo botan?

—No, lo regalamos.

Tres agujas, tres petos y una manta picarán durante los tres días. A eso le llaman una buena pesca: ‘cosas grandes’.

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Los lunes, después del noticiero, el canal Cubavisión transmite “Vivir del cuento”, un programa humorístico cuyo personaje principal, Pánfilo, ha navegado con perspicacia por todos los problemas sociales del país. Pánfilo habla, casi siempre, del pollo por pescado, que debería escribirse polloporpescado, todo junto, y acuñarse como palabra autóctona de Cuba.

El Estado otorga mensualmente cuotas de pollo y pescado a la población, a precios subsidiados, pero ante la ausencia frecuente del pescado racionado, entrega una cuota adicional de pollo que se anuncia en los mullidos pizarrones de la bodega como pollo por pescado. Se podría decir pollo, pero ‘pollo’, a secas, implicaría renunciar a la posibilidad de que algún día, no importa cuándo, los pizarrones vuelvan a anunciar ‘pescado’. Solo pescado. Pescadoporpescado.

A Carlos le parece aburrida la cantaleta de Pánfilo sobre el polloporpescado. Es que Carlos come pescadoporpollo. Rubias, pargos, petos. Nada de jurel. Eso es cosa de gente que compra comida enlatada. Comida enlatada es lo único que tengo yo en el mar. Y cajas de jugo, pomos de agua, paquetes de galleta. Todo previamente elaborado y empacado industrialmente. Muy a lo campismo, a lo excursión, a lo aventura. Y siete latas de spam.

Carlos quiere hablar del spam, porque “si Pánfilo habla del pescado, nosotros tenemos que hablar de otra cosa. Así que Pánfilo con su pescado, y nosotros con el spam”. Michel solo pide que “conversen bajito no sea que venga un pescador submarino y se lleve las latas”. Vladimir embarra unos trozos de pan con mayonesa y carne prensada y los reparte. Los tres hombres comen callados. Nada ha quedado de la primera lata. Vladimir sugiere que la cojan de reliquia. “¿Cuando muchacho tú comías spam, Michel?”, pregunta.

Recostado sobre la proa, Michel se inclina, alza los brazos al cielo y grita: “Ay, papa, si tú vieras esto”.

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—Déjame poner mi pan pa’cá porque no puede estar muy cerca de Michel –dice Vladimir.

—Brinca como el tiburón de Jolopito y se lo lleva –interviene Carlos.

—¿Qué es el “tiburón de Jolopito”? –pregunto.

—Historias de pescadores –responden al unísono los tres hombres.

—Mandinga estaba pescando unos pargos y cuando cogió el primero vino un tiburón y se lo llevó –dice Vladimir.

—¿De verdad?

—Eso es mentira, son historias que cuentan.

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Orinar. Uno se sienta repetitivamente en cierto lugar más o menos cómodo diseñado para ello. Los que se pueden permitir ese lujo. Hay quienes deben acuclillarse en un hueco hacia ninguna parte. Es tan repetitivo, tan monótono, tan automático… Cuando estás en un bote, en medio del mar, orinar sigue siendo un proceso repetitivo, monótono y automático… para los hombres. Los siete metros del bote, la ausencia de puertas, de huecos, son barreras que no notará tampoco una mujer. Hasta que necesite orinar.

Carlos, Vladimir y Michel lo saben. Por eso improvisan una cortina con la lona de tapar la nevera y no hacen chistes al respecto. Lo que viene después es casi un ritual: desabrocharse el pantalón, agacharse, ver las gotas salpicando los tenis, alcanzar el papel sanitario, rellenar una cubeta de agua y echarla sobre el piso del bote, quitar la cortina, decir cualquier cosa, lo primero que te venga a la cabeza para alejar ese pedazo de vergüenza.

—¿Cuándo voy a ver un delfín, dónde están las ballenas?

—Tírales spam, para que veas como vienen –dice Michel.

—Hazlo, que este es capaz de tirarse al agua para comérselo –responde Carlos.

Ya nadie se acuerda de orinar.

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“Tiburón”, el bote de Michel (Foto: Julio Batista)

Michel es capaz de tirarse al agua detrás de una lata de spam, y también es capaz de pasar un huracán encima de su bote, “porque cuando tú quieres lo que tú tienes, uno lo cuida con su vida si lo quiere conservar”.

El 24 de octubre de 2012 los pescadores de la base Trocha amarraron los botes como pudieron. “Ningún pescador santiaguero había vivido lo que era un ciclón, a no ser los que estuvieron cuando el Flora. Nadie sabía cuánto iba a subir la marea”, dice. “Y mucho menos yo”.

A las doce de la noche, cuando el agua había alcanzado un metro y medio, Michel salió del cuarto de pescadores. “Ya los botes no se veían casi. Los pilotes tampoco. Yo tiré la soga y amarré el bote mío… y luego se siguieron amarrando unos con otros, todos juntos”. Pero el viento cambió del sur al este y una marejada inmensa lo desbarató todo. A las dos de la madrugada, Michel subió encima de su bote para asegurarlo.

Allí amaneció.

***

—Despiértala, para que vea los delfines.

Carlos dice que me dejen dormir, que ya he tenido bastante del mar. Michel dice que me despierten y punto, que ir hasta allá solo vale la pena si uno alcanza a ver a los delfines. Los escucho conversar, como si estuviéramos en tierra firme, pero no puedo abrir los ojos. Anestesiada por los efectos del gravinol, con los párpados que pesan, me asomo. Son tres parejas. Los delfines siempre andan en parejas.

—Si no estuvieras aquí, les pegaba un tiro —vocifera Michel.

Yo sé que no.

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