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Donde acaba el río

Cuando este río suena es porque mierda trae. La gente del Náutico y de Flores lleva años sabiéndolo y te lo suelta sin preámbulos: “Esto es una cochiná”. Y la cochiná llega hasta el mar, flota, se hunde, vuelve a emerger.

Las aguas turbias del Quibú vienen a morir, como por capricho, en estas zonas residenciales del oeste capitalino. A ambos lados del río, desde la 5ta. Avenida y con el mar como frontera, se extienden silenciosos dos repartos del municipio Playa. A la derecha está el Náutico, uno de los barrios con las propiedades más caras de La Habana. Los apartamentos hoy tienen un valor superior a los 80.000 CUC y aun las casas en ruinas pueden alcanzar fácilmente el cuarto de millón de CUC.

—Si la vivienda tiene vista al mar es más cara, no importa que esté deteriorada porque los nuevos dueños la reparan y la modernizan. Lo que hace atractivo a este lugar es que es excelente para criar a los niños, para tener privacidad. No hay ruidos de autos y el aire es muy saludable – explica Gloria Ochoa, quien lleva más de sesenta años en el vecindario y se ha convertido en una especie de historiadora de la localidad.

Desde que se inauguró en 1949, el Náutico fue concebido con una sola entrada principal para garantizar la seguridad de los inquilinos. Incluso los carteros y los lecheros debían ser los mismos porque la policía residencial no dejaba pasar a los extraños. Pronto, la clase media alta habanera comenzó a disputarse los terrenos disponibles.

—Aquí había un casino, un círculo social y un club de yates. Con un reparto así no era necesario irse a las playas del Este para el ocio. Los más ricos podían dejar sus barcos en el muelle e ir caminando a sus chalets. Todos querían vivir aquí –recuerda Gloria.

En 1955, el Quibú era al menos 500 metros más amplio en su desembocadura. Ese año se rellenó con tierra parte del lado a la derecha y surgieron las calles desde la 122 hasta la 158, la cual queda justamente en el borde del río que se quedó con unos 30 metros de ancho. Gloria conserva en la sala de su casa una fotografía de ese momento, en el que el Náutico solo era un puñado de tierra con unas cincuenta residencias. En el nuevo terreno se construyeron nuevas casas, diseñadas por los mejores arquitectos de la época. En 1958 se terminaron muchos de estos espacios de veraneos y en 1959 triunfó la Revolución Cubana.

El nuevo gobierno tenía como prioridad en su programa político resolver el problema de la vivienda y con la reforma urbana se redujo la cantidad de propiedades que una persona podía tener, así como la cantidad de suelo que ocupaban. Las viviendas de las familias que emigraron hacia Estados Unidos y a otros países fueron confiscadas o expropiadas para convertirlas en escuelas, albergues u otros centros de interés social.

Unos 57 años después, en el Náutico queda un casino en ruinas y muelles carcomidos por el salitre. Quedan también viviendas hermosas y algunos vecinos afables que se saludan y preguntan las novedades. Un barrio, efectivamente, tranquilo; solo en la calle 158 se percibe el olor desagradable, las emanaciones del río, la mezcla salobre de la suciedad.

Sin embargo, para ver de qué se trata hay que ir hacia la ribera izquierda del río. Allí está el barrio de Flores. Es una zona, también, de alto valor inmobiliario. No alcanza las cifras exorbitantes de 250.000 CUC pero las ofertas más discretas rondan los 45.000 CUC. Además de parques desolados donde el olor de los almendros es menos amargo que el tufillo del mar, en la calle 162 afloran nuevas mansiones, con sistemas complicados de alarmas y cámaras de video vigilancia. De una arquitectura sobria son las viviendas, con altos muros, equipos de unas cuantas toneladas para el aire acondicionado y ventanas herméticas de cristal. Nada sale, pero sobre todo, nada entra; ni peste, ni inmundicia.

También hay edificios hechos por microbrigadas, y algunas casitas erigidas con esfuerzo propio frente al mar. Aunque son pocos los seres humanos con los que uno se tropieza, son más que los que se verán en el Náutico. Pero hay algo en común en ambos barrios: a casi nadie le importa qué es lo que trae el río o cuánto tiempo pueden estar descomponiéndose en la playa los desechos sólidos que arrastra. Pocas personas que no sean residentes se adentran en estas calles. Algunos vecinos, porteros, jardineros y aburridos transeúntes de cuando en cuando miran sobre sus hombros el color del río cuando pasan por el puente de la 5ta. Avenida. Parecen ser los únicos testigos de esa vida silenciosa y microscópicamente putrefacta que transporta el Quibú.

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Carlos Pupo se crió en el Quibú. Y la crianza también llevó un poco de acción y aprendizaje. Nació en el Náutico, “en una casita humilde”. Su barrio era muy aburrido y 1974 parecía un buen año para organizar expediciones.

—Yo tendría unos nueve años, y nos reuníamos unos cuantos muchachos de mi edad, éramos una turba y nos íbamos hasta allá arriba, a la parte alta del río, buscando petróleo. Abríamos huecos en medio del agua. Como salía un líquido prieto y oscuro gritábamos: “Encontramos petróleo”. Y era churre, claro.

Han transcurrido cuatro décadas, pero recuerda las tardes en que se le escapaba a la madre, desde el reparto Flores en el municipio Playa, para ir a pescar cerca de los puentes de El Laguito. Cada vez que allí se abrían las compuertas, carpas y otros peces se mezclaban con el resto de las especies autóctonas del río.

—Una vez encontramos un pescado muerto flotando en el agua y nos lo llevamos, lo asamos, y menos mal que no nos lo comimos porque el pellejo y las escamas se le caían solos.

—¿Seguro que no lo probaste? –le pregunto.

—Lo hicimos por la aventura –dice.

Modesto Flores ha vivido 47 años al lado del Quibú (Foto: Geisy Guia)

Modesto Flores ha vivido 47 años al lado del Quibú (Foto: Geisy Guia)

Modesto Flores es cuñado de Carlos y ha sobrevivido 47 años en la desembocadura del Quibú, un lugar donde convergen el mar y 30 kilómetros de cloacas. Es un hombre grueso, pequeño, y habla a gritos.

—Yo sí pesqué algunos y me los comí. Los cogí ahí, en el malecón que está por allá, en aquella punta en el delta del Náutico. Los peces que yo encontraba todavía estaban vivos.

Tal vez eran los que acababan de entrar desde el mar y no habían tenido tiempo de saturarse de contaminación, o eran bichos resistentes, más fuertes que las aguas podridas de Marianao y La Lisa. De adulto, Modesto se especializó en la captura de clarias, nombre criollo del pez gato.

—Ya no bajan ni se reproducen mucho en el río. Pero yo las pescaba, les echaba limón y me las comía fritas y con ron.

El apartamento en el que vive Modesto, en la planta baja, pertenece a un edificio azul de seis propiedades horizontales que fue construido en 1958 y confiscado en 1959, y que fungía como hotel del Ministerio del Transporte hasta el 16 de enero de 2015. Hace un año que el inmueble de cuatro pisos está vacío.

Modesto es dueño de su vivienda, su caso es una excepción porque ocupa 24 metros cuadrados que lo avalaron para solicitar el derecho sobre esa propiedad; pero otras diez familias ocupan los estrechos cuartos de la servidumbre –unos 13,59 metros cuadrados– y se consideran arrendatarios.

—Yo nací aquí. Mi papá vino a vivir a este edificio cuando lo inauguraron, como responsable de los servicios y el mantenimiento. Él y mi madre eran un matrimonio soltero en un pequeño cuarto. Pero después la familia empezó a crecer y llegamos a ser doce en el mismo lugar. Nunca pensaron en el futuro, eran gente noble y no ocuparon el edificio. Los demás trabajadores también se conformaron con el cuartico. Además, enseguida el gobierno le dio un uso al edificio.

Su habitación está a menos de un metro del Quibú.

En 2006, con fondos de la Dirección Provincial de Recursos Hidráulicos, en el Náutico se realizaron varias obras para la ampliación del lecho de la desembocadura del río. Excavaron en el fondo y construyeron un muro de contención que funcionaba a su vez como un canal.

—El problema es que no terminaron lo que vinieron a hacer –explica Modesto–. El río tenía unas curvas que aguantaban las penetraciones del mar y se las quitaron. Ahora cuando las olas retroceden todo se acumula aquí, la basura del río y la del mar.

El “aquí” al que se refiere Modesto es un muro de unos diez metros de largo que no formaba parte del proyecto original, que se debió haber derrumbado y en el cual ahora se amontona una cantidad considerable de desechos.

—Eso de recoger la basura en esta parte o en el fondo del río se ha hecho dos o tres veces en 20 años y yo tengo 47 de vivir en este lugar –dice.

—Que haya tanta basura es también responsabilidad de nosotros porque no organizamos trabajos voluntarios todo el tiempo –responde Carlos.

—Carlos, vamos a llenarnos de conciencia, limpiamos esto aquí todos los días, que no es un problema creado por nosotros, y ¿dónde botamos la basura, en el río? Entonces no hacemos nada. Basta un viento y esto se vuelve a ensuciar de nuevo.

Además de los desechos que arrastra el río, ratones, cucarachas y otros insectos a los que les apasionen la mugre vienen a parar a la orilla de este edificio. Por eso Modesto tiene cuatro gatos. En el patio hay dos gallinas, un gallo, alrededor de seis pollos pequeños y un pato que llegó con los vientos del norte y las lluvias de diciembre; cree que es un pato californiano. Al parecer todos son mascotas y no está dispuesto a comérselas.

—Los tengo de bonito –aclara.

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—Mis hermanos y yo nos bañábamos de pequeños en el río, en realidad nos caíamos –cuenta Modesto–. Hacíamos botes con los que jugábamos en el agua. Los primeros poliespumas que entraron a Cuba los tuvimos nosotros, eran los que venían sosteniendo los cristales del Palacio de las Convenciones. Íbamos a buscarlos para jugar y fajarnos en el Quibú como piratas.

En la parte baja del arroyo el agua alcanza entre 45 centímetros y un metro de altura, de los cuales al menos 20 centímetros están cubiertos de un lino verdusco y miles de objetos infectos.

—Hasta hace poco una familia entera, padre, madre e hija pequeña, venía mucho por aquí –recuerda Modesto–. El hombre se desvestía por completo y se lanzaba así sin más, solo con esnórquel y patas de ranas a pescar. La mujer se sentaba a ver nadar a su esposo y mecía a la bebé en el cochecito para que se durmiera. El padre a veces tiraba un paño para recoger más peces. Era todo un espectáculo.

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Las familias que viven en las márgenes de la cuenca emplean sus aguas para regar pequeños cultivos, muchas veces destinados para autoconsumo. La bombean con turbinas hacia los canteros y patios, o desvían pequeños arroyos por gravedad.

La investigación “Caracterización de cepas de Escherichia Coli (E. Coli) de importancia clínica humana aisladas de ecosistemas dulceacuícolas de La Habana”, realizada por la especialista Beatriz Romeu, analiza la diversidad genética de 76 cepas de las 108 aisladas en los ríos Almendares, Quibú y Luyanó.

La E. Coli es una bacteria que forma parte de la microbiota normal del tracto gastrointestinal del ser humano y es usada en el mundo como indicador de contaminación fecal. Las concentraciones de este microorganismo obtenidas en los tres afluentes fueron superiores a los valores máximos permisibles establecidos en la Norma Cubana No. 22 de 1999 para lugares de baño en costas y en masas de aguas interiores.

En el Quibú “el arribo de las bacterias fecales es constante y en altas concentraciones durante todo el año”, afirma Romeu.

De las 108 cepas aisladas, 26 fueron resistentes al menos a uno de los quince antibióticos utilizados, entre ellos la ampicilina y el ciprofloxacino. Seis de esas cepas procedían del río Quibú. No es difícil contagiarse, basta que el agua entre en contacto con un corte en la piel o una pequeña herida para estar en riesgo.

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Julio viene cada dos días al Náutico a reciclar aluminio (Foto: Geisy Guia)

Un zapato de bebé, la pantalla de un televisor, decenas de bolsas plásticas y otros objetos deformes componen parte del sedimento donde terminan las aguas del Quibú. Probablemente estos trastes hayan estado naufragando por meses hasta llegar a la parte baja del río.

Un hombre va levantando el lodo verdoso del fondo cuando camina. Lleva botas plásticas, un palo largo y un saco al hombro. Su nombre es Julio Jorrín y hace tres meses que viene a recuperar latas en la orilla del Náutico. Trabaja aquí un día y descansa dos. Usualmente puede recoger hasta diez kilogramos en una sola jornada. En la Casa de Compra de Materias Primas a la Población de Santa Fe el kilo de aluminio está a trece pesos.

Julio cree que como el río pasa por el Bote de 100, tal vez arrastre algo de la basura de allá.

—Cada vez que hay una crecida o llueve demasiado todo lo que viene a parar aquí es de Marianao, Boyeros, ya ni sé de dónde. Y antes la basura llegaba hasta más arriba.

El equipo de saneadores de la zona especial Siboney-Atabey recoge una vez al mes los escombros que dejan los vecinos a unos diez metros de la orilla. Pedro Martínez, jefe del equipo, dice que el delta no se limpia porque “la basura que está pegada al mar no la recoge nadie. Para limpiar ahí hay que reportarlo en la Empresa Provincial de Comunales”.

—Hace más de diez años no se limpia ese pedazo, según los vecinos del lugar. ¿En todo ese tiempo nadie lo ha reportado? –le pregunto.

—Eso solo se limpia si alguien lo informa o si el basurero sale en la televisión. Que lo pongan en el Noticiero y verás qué rápido mandan de la empresa un pelotón a limpiar con un Volvo retroexcavador y cuatro camiones colectores.

Pedro lleva diez años trabajando para Comunales en este circuito que incluye el Náutico, y repite:

—Nunca nadie me ha pedido que vaya a limpiar ahí y jamás se ha hecho en ese tiempo una limpieza.

Raydonis Troncoso forma parte de la brigada desde hace cinco años y explica que se necesitan equipos especiales para sanear el área.

—Nosotros nos hemos esforzado por recoger la basura de la tierra firme cuando el mar no se veía desde la calle.

—Ya a las cuatro de la tarde aquí no se puede estar –dice Julio–. No por la peste, sino por la mosquitera. Usted se sienta diez minutos en cualquier piedra y los mosquitos la levantan.

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Otro hombre risueño y descalzo sobre la arena verdosa salpica con sal dos puñados enormes de gusanos. Se llama Aracelio Odio y viene desde hace tres meses al Náutico a buscar carnada para pescar. La consigue en la orilla, pero hay quienes se meten en el agua a buscarla.

—A veces no quiero ni venir porque aquí puede suceder cualquier cosa. Se puede contaminar uno mismo y esas situaciones hay que evitarlas.

—¿Consigue bastante calandraca?

—A veces, hoy es un día que con lo que cogí me paso una semana sin venir. Pero en realidad son lombrices de arena y las encuentro a la orilla del mar, con tanta basura y contaminación permanecen en la hierba húmeda y se reproducen.

Aracelio aclara que no se dedica a reunir carnada como una cosa seria, pues es albañil de profesión.

—Tengo mil dos gentes que andan detrás de mí, pero ¿qué pasa? Tengo que tomarme mi tiempo en la vida también y mi día de recreación. Yo esto lo hago por entretenimiento, porque me gusta ir a pescar y después comerme un buen pescado frito o asado.

—¿Pero pescaría uno aquí?

—No, ni muerto. Bueno, ni muerto no, no lo haría en esta orilla. Mar afuera sí.

Donde más le gusta pescar es en el malecón de La Habana Vieja, pero en sus últimos intentos la policía le ha prohibido lanzar carnada y carrete. A pesar de los esfuerzos por limpiar la bahía y reducir los niveles de contaminación, las autoridades no recomiendan la pesca deportiva en esta área. Como Aracelio anda en bicicleta, da sus viajecitos de un extremo a otro de la ciudad.

—A veces yo he venido y he tenido que irme porque la peste aquí no hay quien la aguante.

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Carlos es cocinero, me asegura que “ha viajado” y habla de la peste negra en Inglaterra, primer país industrializado, y del Támesis, en medio de la ciudad, y de cómo todo los excrementos y desechos eran lanzados allí y causaban miles de muertes, hasta que alguien se dio cuenta de la necesidad de preservar esas aguas y hoy es un río que le da vida a Londres.

—Dice mi papá que antes del 59 había unos inspectores que pasaban por el río en unos pequeños botes y le ponían multas a cualquier persona que se atreviera a lanzar un papelito al agua –comenta Modesto.

Muy serio, después de pensarlo unos segundos, Carlos dice:

—Yo los atendería, les daría café y hasta una meriendita si hubiese inspectores que se encargaran de mantener la limpieza en el río. Creo que si hay leyes, también se les deben poner condiciones a las personas para que las cumplan y no hagan lo que les dé la gana. Lo que sí es triste es que nosotros en Cuba estemos hablando de cambio climático y contaminación y tengamos esto así. El río Quibú es una vergüenza para este país.

—Antes no había tantos pomos plásticos como los hay ahora. No hará ni un mes que vino un señor y se puso a separar aquí en el muro los envases de la pasta de diente Natural –añade Modesto.

—¿Para reciclar? –pregunto.

—Bueno, ten cuidado y no sea uno de los que luego te venden lleno.

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Tras el crepúsculo las luces del restaurante el Náutico se reflejan en el río: el neón rojo disperso, ligeras ondas doradas que mueve la corriente. Los carteles que anuncian la comida son enormes: pastas humeantes y apetitosos mariscos brillando en PVC, acompañados de un reguetón estridente como música incidental. Si se esperan cinco, diez minutos, media hora en el puente mirando al mar no se verá pasar un yate hacia ningún casino. Pero si es fin de semana y se aguarda lo suficiente, aparecerán decenas de destellos emitidos desde las lámparas decorativas de algún ferry o desde un crucero cargado de turistas, atraídos por el misterio de una isla que intentan redescubrir. La imagen será una de esas de postales, el barco al fondo, otra vez las luces sobre el Quibú. Si es de noche, será incluso hermoso.

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