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Terremoto

¡Cae allí un muro sobre dos pobres viejos

que no tuvieron tiempo para huir!

José Martí

A propósito del terremoto que sacudió Santiago en 1578 (magnitud estimada: 6.8; intensidad: 8.0), fray Manuel de Machado, guardián del convento de San Francisco, escribió: “el qual temblor hizo mucho daño y derrumbo muchas casas en esta ciudad y en este nuestro convento nos derribo un pedazo de un dormitorio donde los religiosos que moraban este convento estaban recoxidos”. Por su parte, Miguel Pinedo, fiscal de la Audiencia de Santo Domingo, dio fe en una carta de las consecuencias de aquel sismo: “este pueblo de Santiago esta tan destrosado que es cierto ni se halla que comer ni aun hay con lo comprarlo y vale mas caro que en Nombre de Dios”.

Cien años después, en febrero de 1678, el llamado Temblor Grande (magnitud estimada: 6.8; intensidad: 8.0), al que siguieron tormentas, provocó daños en numerosas viviendas, en la iglesia de Santa Catalina, en el convento de San Francisco y en la capilla mayor de la catedral, donde una efigie de Jesucristo fue reducida a pedazos. “Amenazados por las ruinas, mujeres y niños dejaron sus casas para refugiarse en patios y corrales bajo la inclemencia del tiempo, los temblores más tenues se prolongaron por unos treinta días”, dice la historiadora Olga Portuondo en el libro ¡Misericordia! Terremotos y otras calamidades en la mentalidad del santiaguero (Editorial Oriente, 2014).

Ochenta y ocho años después, en junio de 1766, otro terremoto (magnitud estimada: 7.6; intensidad: 9.0) conmocionó la ciudad. “Desde el mismo 12 de junio”, dice Olga Portuondo, “el gobernador había ordenado levantar en las cuatro plazas […] barracas provisionales con velas de las embarcaciones, por estar todas las casas inhabitables e ignorarse cuándo cesarían los temblores”. Julián Joseph Bravo, sacerdote y tercer capellán de la virgen de la Caridad del Cobre, describiría así la catástrofe: “temblo la tierra con una trepidación tan estraña, y con un impulso tan terrible, acompañado de un ruido tan estrepitoso, que todos a unos pensabamos ser tragados por la tierra, y sepultados en sus entrañas; la ruina fue universal, todas las casas caidas, los templos padecieron desmayos, las fortalezas arruinadas, las mas altas cerranías desvanecidas en diversas partes”. La imitación de las construcciones del reino de Lima y de otros sitios que sufrían los embates de sismos, hechas con maderas ligadas, se planteó como una necesidad. Nuestra Señora de los Dolores fue elegida patrona contra los terremotos.

Ochenta y seis años después, en agosto de 1852, una fuerte sacudida (magnitud estimada: 7.3; intensidad: 9.0) lanzó a los pobladores de Santiago hacia las plazas y calles. El catalán Miguel Estorch, testigo del suceso, escribiría un texto titulado Apuntes para la Historia sobre el terremoto que tuvo lugar en Santiago de Cuba y otros puntos el 20 de Agosto de 1852 y temblores subsiguientes, donde se cuenta que el terremoto “levantaba y dejaba caer la ciudad entera, como pudiera un niño hacerlo con un ligero juguete”. Aquel 20 de agosto, el periódico El Orden publicó una nota de último minuto que decía: “Por todas partes se oye el piadoso grito ¡Misericordia! Por todas partes se ven gentes postradas, implorando la clemencia Divina. Hacia algunos puntos de la ciudad vemos una nube de polvo que anuncia la caída de algunos edificios. Vénse señoras desmayadas, y niños que salen despavoridos de sus escuelas, y padres y madres que corren hacia ellas en busca de sus hijos. […] Háblase ya de varias desgracias; pero nos abstenemos ahora de informar de ninguna, pues en los primeros momentos siempre hay exageraciones, ó solo diremos que muchas debe haber habido, y los momentos son angustiosos, pues mientras redactamos este desaliñado párrafo en que damos tan triste noticia, hemos tenido que interrumpirlo por otros sacudimientos de tierra”. En lo adelante, por un tiempo, el estallido de un trueno o el crujir de la madera resultaron insoportables.

Ochenta años después, el 3 de febrero de 1932, un sismo (magnitud: 6.75; intensidad: 8.0) causó estragos en Santiago de Cuba. “Horrible, anonadante, el terremoto de esta madrugada”, fue, al día siguiente, el titular del Diario de Cuba. Según cuenta Olga Portuondo, hubo “más de una decena de muertos y 200 heridos, algunos de los cuales, por su gravedad, fallecieron posteriormente”. Y hubo grietas en el suelo, derrumbes, anuncios y cables caídos, personas en ropa interior deambulando por las calles, reclusos que escaparon de sus prisiones, comerciantes que amenazaron con alterar los precios de los víveres de primera necesidad y un hombre que les rogó a los bomberos que se encargaran de salvar no a su hijo pequeño, presumiblemente muerto, sino a su esposa, todavía viva.

Ochenta y cuatro años después, a partir de la madrugada del 17 de enero de 2016, el Centro Nacional de Investigaciones Sismológicas (CENAIS) comenzó a detectar una actividad sísmica anómala al suroeste de la ciudad de Santiago de Cuba, que produjo, hasta el martes 26, más de 30 sismos perceptibles por la población en varias ciudades del Oriente cubano.

La anomalía ha estado dada por el número de terremotos registrados y por sus magnitudes máximas. “El promedio de sismos que se registran diariamente en esta zona es 14 o menos”, nos explica Enrique D. Arango, jefe del Servicio Sismológico Nacional, a quien entrevistamos el martes 19 de enero. “Como promedio”, dice, “las magnitudes oscilan entre 1.0 y 2.5”. Durante los días 17 y 18 de enero, el CENAIS registró 409 y 57 sismos, respectivamente. Las magnitudes máximas oscilaron entre 2.4 y 5.0.

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Hay gente que amanece en los parques (Foto: Julio Batista)

Hay gente que amanece en los parques (Foto: Julio Batista)

Hay gente que amanece en los parques, gente que –temerosa de que le roben– no abandona su casa y gente que no solo abandona su casa, sino también el municipio y aun la provincia. Algunos, probablemente malintencionados, predicen el día y la hora exactos en que habrá un sismo de gran intensidad y otros, desinformados, se alarman y difunden la noticia, que dan por cierta.

“El terremoto de Oriente parece confirmar la teoría de que se hunde la tierra en el Caribe”, rezaba un titular tras el sismo de 1932. Por esas fechas, según Olga Portuondo, la “Sociedad Geográfica de los Estados Unidos, radicada en Nueva York, expresaba que Santiago de Cuba estaba sobre un sartén, porque se encontraba en el cráter de un volcán milenario”.

Desde el comienzo de la actividad sísmica anómala el pasado 17 de enero, tanto la Defensa Civil como los especialistas del CENAIS se han ocupado de indicar cuáles son las precauciones que deben tomarse y de aclarar buena parte de las dudas que inquietan, sobre todo, a los santiagueros. Hoy, tras varias jornadas en que los especialistas han concedido entrevistas, participado en mesas redondas, respondido a llamadas telefónicas e incluso visitado algunas comunidades, la mayoría de los santiagueros sabe –debería saber– que las estructuras geológicas a las que se atribuyen los sismos ocurridos en Cuba no son los volcanes, sino las fallas, y que la ciudad de Santiago de Cuba se encuentra próxima a la falla Oriente, la cual constituye un límite de placas y es la principal zona sismogeneradora que afecta el territorio cubano.

Bladimir Moreno, director del CENAIS, ha subrayado –en entrevistas divulgadas por la televisión y la prensa– que resulta imposible pronosticar cuándo habrá un sismo de gran magnitud, si bien es casi seguro que va a ocurrir, y ha explicado que “de cada 100 actividades anómalas que se registran solo cinco terminan con un gran movimiento telúrico”, aunque apenas “empieza una actividad sísmica anormal aumenta la probabilidad de ocurrir un terremoto fuerte porque por lo general los grandes sismos tienen premonitores”.

“Un terremoto puede ser fuerte por varias características”, dice Tomás J. Chuy, investigador titular del CENAIS. “Porque la magnitud sea grande y afecte un área considerable, o bien puede ser no de una gran magnitud pero sí superficial, caso en el cual también podría afectar un área considerable”.

La magnitud de un sismo, nos explica Enrique D. Arango, es la energía liberada en el foco o hipocentro del terremoto, se mide por la escala de Richter y se determina a través de los sismómetros, mientras que la intensidad es la medida de los efectos en las personas, las construcciones y el medio ambiente en general. “Tanto la magnitud como la intensidad reflejan la dimensión del terremoto”, dice. “En el caso de los sismos históricos estos fueron valorados por su intensidad, aunque de manera retroactiva en el tiempo a partir de la revisión de los archivos históricos, por lo cual es una medida un tanto subjetiva o cualitativa. La magnitud es la medida del tamaño del terremoto y es más cuantitativa”.

La intensidad de un sismo se mide por diferentes escalas. Desde hace unos diez años, en Cuba se emplea la escala EMS-98 (europea), mucho más completa que la utilizada antes, la MSK, pues “detalla mejor los aspectos de los daños en las edificaciones”.

“Últimamente”, dice Arango, “no estamos dando la intensidad, pero la determinamos nosotros a partir de recorridos por la ciudad y el campo. Para esto se hacen encuestas con los parámetros que están incluidos en la escala de intensidad. Por ejemplo, se pregunta cómo se sintió el sismo, si estaba dormida la persona y se despertó, si se movieron objetos o si se agrietó alguna pared”.

Según Tomás J. Chuy, no se descarta la posibilidad de que un terremoto pueda alcanzar magnitudes de hasta 8.0 en Santiago de Cuba. “Esta es la magnitud máxima de la falla Oriente”, dice. Arango, por otra parte, nos explica que “de acuerdo con el estimado de la energía acumulada desde la ocurrencia de los últimos sismos fuertes, un terremoto en Santiago de Cuba podría llegar a tener una magnitud de 6.75 en la escala de Richter”, o sea, la misma del terremoto de 1932.

“Los técnicos que estudiaron los destrozos ocasionados en los edificios por el terremoto de 1932 concluyeron que se debían a la mala calidad de los materiales y a los métodos inadecuados de construcción”, escribe Olga Portuondo en ¡Misericordia! Terremotos y otras calamidades en la mentalidad del santiaguero. En una síntesis del Plan General de Ordenamiento Urbano de la Ciudad de Santiago de Cuba, fechada en mayo de 2014, puede leerse: “Más del 70 por ciento de las edificaciones de la ciudad son susceptibles a daños por sismos de grandes intensidad, y a las inundaciones como consecuencia de eventos hidrometeorológicos”. En este documento, además, se afirma que 72.738 viviendas se hallaban en regular y mal estado técnico-constructivo.

“Los códigos de diseño constituyen sin dudas el documento fundamental para garantizar la supervivencia de las estructuras en caso de sismos de gran magnitud”, dicen los autores de “Realidades del código sísmico vigente en Cuba. Retos para su actualización” (Ciencia en su PC, enero-marzo de 2014). De ahí que, en países ubicados en zonas sísmicas, resulte imprescindible “contar con códigos de diseño sismorresistente actualizados, que garanticen que las edificaciones sobrevivan a los terremotos de gran magnitud”.

En estos momentos, el código sísmico vigente en Cuba es el NC 46:99, de 1999. Según Yelena Berenguer, uno de los autores del trabajo citado, ya existe una nueva propuesta de Norma Cubana de Construcciones Sismorresistentes, que está aprobada pero aún no es oficial.

Casi ningún edificio construido en Santiago supera los cinco pisos (Foto: Mónica Baró)

En las conclusiones de “Realidades del código sísmico vigente en Cuba. Retos para su actualización”, Grisel Morejón (CENAIS), Yelena Berenguer (CENAIS), Carlos Llanes (CUJAE) y Zenaida P. Frómeta (Universidad de Oriente), escriben: “En el código sismorresistente cubano NC 46:99 se han detectado problemas en varios métodos, procedimientos y coeficientes; entre ellos el mapa de peligro sísmico, el coeficiente de reducción de las fuerzas sísmicas y los valores límites de deriva; los cuales deben ser mejorados en futuras actualizaciones de este código”. Uno de los problemas identificados, según los autores, podría llegar a “provocar el fallo de las estructuras y las consecuentes pérdidas de vidas humanas y materiales”.

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A Aymara López –51 años, ama de casa– le ha costado dormir desde la madrugada del 17 de enero. Su hijo mayor, que vive en Boniato y pertenece a un comando de Rescate y Salvamento, está movilizado. “Yo estoy sola con mi hijo chiquito”, dice, “cumpliendo con las normas de defensa orientadas por el Partido y el Gobierno”. Rafael, de 14 años, tiene una lesión cerebral grave, padece un síndrome incurable que le provoca convulsiones, es ciego, postrado, asmático crónico e inmunodeprimido.

Su mochila de emergencia contiene, principalmente, “paños, ropa, alimentos y medicinas que el niño debe tomar para las convulsiones”. La cama del niño permanece en la sala y Aymara, por su parte, se mantiene alerta. “Por las noches lo acuesto vestido, me visto yo y me acuesto tarde”, dice. “Como estoy nerviosa, no me duermo rápido”.

La ciudad de Santiago de Cuba, azotada por 20 de los 28 terremotos fuertes reportados históricamente en Cuba, es sin duda la más vulnerable a fenómenos de este tipo. Dentro de ella –dentro de cualquier ciudad–, los más vulnerables son, obviamente, los niños, las mujeres, los ancianos y las personas con discapacidad.

Simulación con niños en Santiago de Cuba (Foto: Oxfam)

Según Tichico Yoel Cobián, presidente municipal de la Asociación Nacional del Ciego (ANCI), el municipio Santiago de Cuba es, en todo el país, el que más asociados tiene: 2.311. “Incluso”, dice, “tiene muchos más asociados que algunas provincias”.

Charles Barrientos, presidente municipal de la Asociación Cubana de Limitados Físicos Motores (ACLIFIM), asegura que el municipio Santiago de Cuba, con 3.000 asociados, es el segundo del país en cuanto a la cantidad de personas con discapacidad físico motora.

Por su parte, la Asociación Nacional de Sordos de Cuba (ANSOC) cuenta en el municipio Santiago de Cuba con 1.107 asociados, 59 de los cuales son personas oyentes que sirven de apoyo, de acuerdo con María Teresa Suárez, presidenta municipal de la Asociación.

Desde mayo de 2015, en las ciudades de Santiago de Cuba, Guantánamo y Baracoa está funcionando el proyecto Ciudades Preparadas y Alertas ante el Riesgo Sísmico en el Oriente Cubano, que está concebido para 18 meses y, por tanto, debe terminar en octubre de 2016. Cofinanciada por la Unión Europea, esta iniciativa tiene al CENAIS como contraparte principal e implementadora del proyecto en coordinación con la Defensa Civil; como asociados internacionales, a CARE France y OXFAM Bélgica, con la consultoría técnica de Handicap International; y cuenta con la participación de la ANSOC, la ANCI, la ACLIFIM, la Universidad de Oriente y la Cruz Roja Cubana.

El proyecto, al que se han destinado casi 700.000 euros, tiene tres objetivos fundamentales: el fortalecimiento de los procesos de monitoreo y vigilancia del CENAIS, reforzar la capacidad de gestión ante riesgo sísmico por parte de decisores locales, y la preparación de las comunidades. Lo que lo distingue de experiencias anteriores es su enfoque inclusivo, que privilegia a las mujeres y las niñas, ancianos y ancianas, y personas con discapacidad.

“Para estudiar los sismos de Cuba y tener un dominio más completo de respuesta ante uno fuerte requerimos de más estaciones sismológicas”, dice Tomás Jacinto Chuy. De acuerdo con Benjamin Deblois, Coordinador Humanitario de OXFAM en Cuba, se equipará al CENAIS con cinco nuevas estaciones y 40 acelerógrafos, 30 de ellos para la ciudad de Santiago de Cuba y diez para la ciudad de Guantánamo. “Los acelerógrafos te permiten medir la aceleración de la resonancia y definir dónde la vibración puede crear daños, y permitirán saber luego dónde puedes construir, qué tipo de construcción puedes hacer en qué tipo de suelo”, dice. “Ya hemos realizado la compra internacional y estaremos recibiendo los materiales a principios de febrero”. La información recolectada a través de estos equipos incidirá favorablemente en la toma de decisiones.

Como parte de un diplomado que asesora el CENAIS y que ya comenzó, en la Universidad de Oriente se impartirá un módulo de gestión inclusiva de riesgo, que abarca “tanto el enfoque de género como el enfoque de personas con discapacidad”. Dirigido principalmente a los decisores locales –60 por ciento de Santiago de Cuba y 40 por ciento de Guantánamo–, el módulo ha implicado procesos de sensibilización a docentes y tiene alrededor de 30 participantes directos, que luego podrían hacer réplicas en sus municipios, en sus consejos populares, “aunque”, dice Deblois, “con esto no ya podemos comprometernos”.

El proyecto tiene claro que el reforzamiento de la capacidad de respuesta de los decisores locales no se limita solamente a la instrucción. “También preposicionamos un stock de ayuda humanitaria ubicado en la oficina del Estado Mayor Nacional de la Defensa Civil de la Región Oriental, en Holguín”, dice Deblois, “así, en caso de un terremoto fuerte, se puede recurrir al material almacenado allí, que llegaría muy rápidamente. Todos los materiales que estamos importando para el preposicionamiento están adaptados a las necesidades diferenciadas de las mujeres y las personas con discapacidad”. Entre otras cosas, el stock de ayuda humanitaria –cuyo contenido se negocia con la Defensa Civil, “quien aprueba qué se compra y qué no”– incluiría: cámaras de visión infrarroja, detectores de personas, equipos portátiles de comunicación, sistemas de luces y equipamiento para personas con discapacidad.

En conjunto con Handicap International, se forma a las personas de la Cruz Roja, encargadas, a su vez, de conducir la formación en las comunidades a través de debates, ejercicios prácticos de evacuación, proyección de audiovisuales, y de hacer un mapeo de riesgo. “La idea es poder distinguir entre una mujer, un anciano, una persona con discapacidad”, dice Deblois, “y de algún modo poder focalizar el tipo de ayuda y respuesta que se requiere en cada caso”.

El objetivo es que al menos el 10 por ciento de la población residente en cada ciudad se beneficie con el aprendizaje y la preparación. Las personas directamente beneficiadas de esta capacitación, según Deblois, ascienden a 80.321. De ellas, el 51 por ciento son mujeres, el 16.2 por ciento son personas con algún tipo de discapacidad, el 23.6 por ciento son niños y jóvenes, y el 31 por ciento son ancianos y ancianas.

“Hoy estamos actuando en los 29 consejos populares de la ciudad de Santiago de Cuba”, dice Sergio Peña, secretario general de la Cruz Roja en la provincia. “No solo enseñamos cómo comportarse durante un sismo, sino después del sismo. Igualmente, trabajamos en las escuelas, con un juego que se llama Caminata Sísmica, que se hace sobre una lona grande donde los niños aprenden acerca del sismo y cómo protegerse. Cruz Roja tiene algo parecido, que siempre hemos usado, pero es un poco más abarcador. Es el juego de Riesgolandia, que trae los riesgos según todos los desastres que pudieran ocurrir”.

“Este proyecto llena un vacío enorme”, dice Charles Barrientos, presidente municipal de la ACLIFIM. “Se había hablado del pueblo en general, pero no específicamente de la persona con discapacidad”.

“Además de las personas con discapacidad que existen en una comunidad, un sismo de gran magnitud, por sí solo, puede provocar muchas más, e incluso las que ya tenían una discapacidad pueden presentar discapacidades múltiples”, explica Tichico Yoel Cobián, presidente municipal de la ANCI. “Por eso, como los terremotos son impredecibles, lo importante es la prevención, saber cómo proceder antes, durante y después”. Un componente esencial, en este sentido, es el Plan Familiar de Prevención ante el Riesgo Sísmico, que debe recoger, por ejemplo, cuáles son los lugares de protección y peligro dentro de la vivienda, por dónde se va a salir, el sitio al que deben dirigirse, quién se ocupará de la persona con discapacidad o de buscar a los niños a la escuela, cuál será el punto de reencuentro.

“Junto con la jaba o mochila de emergencia, toda persona, con discapacidad o sin ella, debe tener a mano o encima un pequeño silbato que indique dónde se encuentra en caso de que quede atrapada”, dice Tichico Yoel Cobián.

Nancy, de 63 años, es licenciada en Lengua Española y Literatura, fue profesora de secundaria, siente afición por los diminutivos y, aunque no tiene ninguna discapacidad, cumple al pie de la letra con las medidas de prevención. “Yo soy extremadamente organizada y me gusta todo en cada lugar”, dice. “No se puede vivir por vivir. Hay que vivir metódica y organizadamente”.

Su jaba de emergencia contiene: “una colchita, una toalla, artículos de primera necesidad, medicina de primeros auxilios –dipirona, esparadrapo–, confituras que renuevo cada cierto tiempo –galleticas, caramelitos–, pan chiquitico tostado, agua clorada, jabón, detergente, un vasito, una cucharita, azúcar, sal, leche, una almohadita, una colcha, una sombrilla playera por si hace mucho sol, el cargador del móvil y un pitico; en los bolsillitos guardo el carnet de identidad y el tarjetón de los medicamentos”.

El silbato, me cuenta, se mantiene siempre en su cartera personal, y cuando ocurrieron los primeros temblores se lo colgó en el cuello. “Cuando hay una fiestecita”, dice, “que estamos alegres, bailando y todo eso, yo sueno el pitico y la gente se ríe. Todo el mundo se ríe. Y yo pienso: ‘Si ustedes supieran la importancia de este pitico’”.

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“Desde que era joven y pertenecía a la Cruz Roja, yo aprendí que debíamos tener preparado un bolso, cerca de la cama, por si había un terremoto”, dice Elba Reyes, 65 años, jubilada.

Elba se encontraba durmiendo junto a su esposo cuando a la 1:37 de la madrugada del domingo 17 de enero ocurrió el primer temblor perceptible, de magnitud 4.8 en la escala de Richter. “Vi que mi esposo se levantó rápido de la cama y yo también me levanté”, dice Elba. “Pensé que a su madre le había pasado algo. Él me dijo entonces que había habido un temblor. Urgentemente, puse la mano debajo de una mesita que hay en mi casa, junto a mi cama, y saqué el bolso de emergencia”.

La madre de su esposo, que vive con ellos, es una anciana postrada de 105 años. Enseguida fueron a verla y decidieron cambiarle la ropa y ponerla luego en el sillón de ruedas, próxima a la puerta. “Ella preguntó que por qué le ponían tanta ropa, que por qué tenía medias, si era de madrugada”, dice Elba. “Yo le expliqué que por si había que salir de casa, que estaba temblando, que como ella es sorda no había escuchado nada ni tampoco lo había sentido porque estaba dormida, y que la estábamos preparando para que no le pasara nada, protegiendo su vida”.

Elba, que perteneció a las Brigadas de Producción y Defensa en el Caney, se siente segura. “En primer lugar, de los conocimientos que tengo para protegerme yo y mi familia, y de lo que va a hacer el Estado, el Gobierno, en momentos difíciles. Estoy segura de que habrá helicópteros, de que sacarán a las personas de los lugares que se pongan escabrosos”.

“En una situación como esta, toda nuestra fuerza de voluntarios, que son más de 4.000 en la provincia, se activa para proteger los bienes y las vidas de las personas, que es lo más importante en estos momentos”, asegura el secretario general de la Cruz Roja en la provincia Santiago de Cuba. “Primero que todo, nos encargamos de activar todos los grupos de rescate de la Cruz Roja. Nuestras fuerzas, automáticamente, se ponen a disposición del Consejo de Defensa provincial”.

Aparte del Grupo Especial de Operaciones y Socorro, que tiene alcance provincial y cuenta con 30 voluntarios, hay un Grupo Municipal de Operaciones y Socorro por cada uno de los municipios, y el de Santiago de Cuba también tiene 30 personas. Además, explica Sergio Peña, existen Grupos Comunitarios de Operaciones y Socorro, que están en cada consejo popular y oscilan entre 5 y 10 personas.

“Hay grupos iguales en todas las provincias de Cuba, y en estos momentos todos se encuentran localizables”, dice Peña. “Si algo sucede en Santiago, los grupos de nosotros probablemente serán afectados. Hasta puede que colapse nuestra sede, aunque mis recursos de primera instancia están guardados en un contenedor bien protegido, fuera del inmueble que ocupamos. Independientemente de la reserva que tenemos en provincia para la actuación en las primeras horas, existe un preposicionamiento de equipos e insumos en Holguín, a dos horas de aquí, que es la primera respuesta que entrará a Santiago de Cuba”.

El 26 de enero, cuando lo entrevistamos, el mayor Fabián Rodríguez, jefe del Destacamento Nacional de Rescate y Salvamento, con sede en La Habana, afirma que los 20 hombres designados para prestar ayuda en Santiago de Cuba ya están listos y tienen el equipamiento y el avituallamiento logístico necesario para enfrentar distintos escenarios: escapes de gas y sustancias tóxicas y reactivas, incendios, personas atrapadas bajo los escombros. Cuentan, asimismo, con el equipamiento imprescindible para que puedan subsistir por un tiempo determinado: higiene personal, alimentos, colchones para dormir, etcétera. “Cuando lleguen esos hombres a Santiago de Cuba”, dice el mayor Rodríguez, “no pueden llegar 20 problemas, sino 20 soluciones”.

El 26 de enero, los 20 hombres se encontraban en la Variante 2: estrictamente localizables. De aplicarse la Variante 1, en menos de un ahora deberían presentarse en la unidad.

“La idea es que, si ocurre un terremoto, los 20 hombres se conviertan en 400”, dice el mayor Rodríguez. “Bajo las órdenes de cada técnico de rescate, que tiene una preparación especializada superior, estarán la Cruz Roja, las FAR, las Brigadas de Producción y Defensa. A un solo técnico de rescate se le pueden asignar hasta 20 hombres. Y el apoyo no es solamente de la capital. Cada una de las provincias está preparada para apoyar en dependencia del evento que sea”.

No es extraño que a raíz de un terremoto colapsen las redes eléctricas y la comunicación. En semejante contexto, los radioaficionados desempeñarían un papel fundamental.

“Desde la madrugada del domingo se activó la red de emergencia de radioaficionados”, dice Mario Court, presidente de la Federación Nacional de Radioaficionados en el municipio Santiago de Cuba. “Aquí en Santiago contamos con un radioaficionado por cada Zona de Defensa. Esto posibilita que, si las vías principales de comunicación se interrumpen, se puedan dar a conocer, de forma rápida y segura, las orientaciones de la Defensa Civil”.

En la provincia hay un total de 824 radioaficionados, la mayoría de los cuales se concentra en el municipio cabecera, que tiene 423. “Tenemos un radioaficionado en el puesto de mando del CENAIS y otro en el Consejo de Defensa Provincial, más el resto que está en sus casas”, dice Mario Court. “Incluso, tenemos preparados a los municipios aledaños –principalmente Palma Soriano, San Luis, La Maya– para que puedan servir de relay [repetidor] si es necesario trasmitir alguna información”.

“En nuestro país tenemos la preparación técnica, contamos con el equipamiento requerido, estamos preparados desde el punto de vista de la conformación de estrategias para enfrentar la situación”, dice el mayor Rodríguez. “Quedaría por ver, sin embargo, si estamos preparados desde el punto de vista emocional”.

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