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Mar Verde

Mar Verde es una comunidad reconocida oficialmente desde 1981 (Foto: Julio Batista)

Mar Verde es una comunidad reconocida oficialmente desde 1981 (Foto: Julio Batista)

El mar se lo traga todo. Y el 25 de octubre de 2012 las olas provocadas por el huracán Sandy masticaron el Barrio Rojo hasta que de los hogares más cercanos a la playa solo quedó el piso.

Aquel era el centro de la vida playera de Mar Verde, 48 viviendas a pocos metros de la orilla, alejado de los ruidos de Santiago de Cuba. En ese lugar la gente vivía en paz: alquilaban casas, criaban animales, pescaban… Justo por allí tocó tierra Sandy, a la una de la madrugada, con vientos sostenidos de 175 kilómetros por hora. A la mañana siguiente, cuando el temporal había cesado, en el Barrio Rojo solo se mantenían seis edificaciones en pie.

La catástrofe más demoledora que vivió la comunidad marcó el inicio de una nueva vida para casi todos sus habitantes. Cuarenta familias tuvieron que buscar cobijo y muchos hallaron la solución en las cabañas deshabitadas de lo que había sido primero un medio básico de la Central Termoeléctrica santiaguera Antonio Maceo (Renté), y luego sitio de hospedaje perteneciente a la empresa Baconao.

Cuando la gente llegó, no encontró más que cuatro bloques de habitaciones, casi todas sin techo, repletas de basura y arena. Allí se refugiarían durante tres años y tres meses. En aquel sitio Mar Verde comenzaría a reinventarse.

Aún las cabañas albergan a las mismas personas.

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Mar Verde ocupa apenas 0.321 km² (Foto: Julio Batista)

Mar Verde ocupa apenas 0.321 km² (Foto: Julio Batista)

Mar Verde es una comunidad reconocida oficialmente desde 1981, está ubicada en la playa de igual nombre, forma parte del Consejo Popular Agüero-Mar Verde que abarca 62.4 kilómetros cuadrados y es la circunscripción 47 entre las 277 que integran el municipio Santiago de Cuba. Allí no hay teléfono fijo, no llega el correo, no hay tiendas, agromercados, farmacias, escuelas o bodegas; apenas un consultorio del médico de la familia para auxilios mínimos. Mar Verde está al borde suroeste de la ciudad, justo en el límite costero con el municipio Guamá, y no aparece en muchos mapas comerciales.

Los niños del lugar van a la escuela primaria en El Carmen, a la Secundaria Básica y al Preuniversitario en Santiago de Cuba. La bodega más cercana está a dos kilómetros, la farmacia a cinco, y para atenderse en un policlínico los habitantes deben desplazarse hasta el reparto Nuevo Vista Alegre, a veinte kilómetros.

Un viaje de 40 minutos en guagua separa la playa y la comunidad de la capital provincial. La ruta 204 realiza el recorrido de 16 kilómetros desde la terminal El Serrano en ese tiempo. También puede emplearse la 400, que sigue más allá, hasta Caletón, o subirse a una camioneta particular que cobra 5 pesos. Quienes salen y regresan a Mar Verde diariamente se han acostumbrado a los ómnibus y a sus horarios.

La primera ruta directa entra a la playa entre las 5:30 y las 6:00 de la mañana. La última, antes de las 9:00 p.m. A partir de esa hora se depende de la confronta asignada a Caletón. Aunque la verdad es que tiene poco uso. Después de las 8:00 de la noche raras veces sale o entra alguien, salvo por cuestiones de urgencia.

Mar Verde ocupa apenas 0.321 km², está ubicado en tierra de nadie y es un asentamiento eminentemente rural, aunque por la división político administrativa esté atado al municipio cabecera. Allí, el Plan Turquino ha incentivado la producción local de alimentos. Esperanza Galindo, delegada de la circunscripción, explica que en la playa todo gira en torno a la pesca y la cría de animales.

Divididos por una carretera serpenteante, la gente del poblado ha nacido y vivido separada en dos mundos: la playa y la loma. Los de abajo crían y pescan; los de arriba, mayoritariamente, cultivan y también pescan. Pescar es parte indisoluble de este pueblo, se transmite como un gen. De cierta manera, ambos grupos solo están conectados por el mar y el aislamiento. Ese ha sido su denominador común.

A media tarde, cuando van saliendo del agua con las sartas de pescados, los hombres del pueblo llegan a la Pista de Baile de la playa, donde ofertan refresco de cola, vino Soroa y siete tipos diferentes de ron. Es una isla de ruido en medio de la nada, el único lugar que parece habitado a esa hora.

En las cabañas el paso del tiempo podría medirse en términos de vidas. Desde octubre de 2012 han nacido tres varones y una niña; el menor de ellos es Jorge Leandro, de apenas siete meses. Allí también han muerto igual cifra de ancianos. Según confirma Esperanza Galindo, hoy viven en las cabañas 31 familias: 28 en los bloques del campismo, y otras tres en habitaciones más alejadas. En total, 85 personas, el mismo número que llegó hace tres años para reinventarse la vida después de Sandy.

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Esperanza Rodríguez tiene 62 años y a primera vista podrían calculársele diez más. Llegó a la playa hace poco menos de una década, en busca de las brisas que calmaran su constante asma. Vivía en la capital de la provincia, cerca de la calle Aguilera, pero allá no podía respirar. La humedad, la ciudad y su aire cargado le oprimían el pecho.

Entonces permutó y entre 2006 y 2012 el Barrio Rojo fue su hogar. Con medio siglo a las espaldas comenzó de cero. Allí volvería a trabajar, cocinando para un grupo de hombres que sacrificaban y limpiaban cerdos cada día. Entre eso y salir en las mañanas al portal pasaba su tiempo.

Muchas veces uno de los cuartos de su casa se llenaba de amistades o estudiantes de medicina que trabajan con su hermana, la doctora. Entonces fungía como anfitriona. Hablaba con todos, reía, actuaba como la abuela de una manada. Esperanza, por esa época, se confesaba feliz.

Pero llegó Sandy y lo cambió todo. O casi todo.

De una casa que colindaba con la costa suroriental de Cuba, pasó a vivir en la cabaña número 48, que posee dos piezas de idéntico tamaño –tres metros de largo por tres de ancho–, una cocinita y un baño. Todo su mobiliario se resume con sencillez elemental: un refrigerador, un ventilador, dos camas personales, una pequeña repisa de madera adornada con pedazos de coral que le regalan, la antigua mesa metálica del patio y cuatro sillas de tres modelos diferentes.

El jueves 6 de enero de 2016 debía entrar agua. El régimen de abastecimiento surte las tuberías cada diez días, u once. Por lo tanto, los días del agua en Mar Verde son sagrados. Cada dos cabañas hay un tanque de fibrocemento que algunos han logrado bajar para que funcione, pues la escasa presión no consigue llenarlos en las torres donde originalmente estaban ubicados. Tampoco hay horarios fijos. El agua puede llegar lo mismo en la madrugada que en la noche.

A diferencia del agua, la vida allí tiene rutinas estrictas. Si se llega en la mañana solo se podrá conversar con las mujeres. En ese tiempo hay que ser breve, la mayoría está atareada cuidando los animales, preparando el almuerzo o cuidando a los niños. Ninguna mira el mar.

Únicamente en la tarde es posible encontrar a los hombres. A esa hora regresan de pescar. En Mar Verde menos de una decena de personas está vinculada laboralmente a alguna institución estatal, casi todas en la ciudad de Santiago de Cuba.

Cuando llegué ese jueves, Esperanza estaba despierta. Eran poco más de las nueve de la mañana y buena parte de las mujeres esperaban para llenar de agua cuanto cacharro tuviesen a mano. Los vecinos cuentan que se les prometió ayuda con unos tanques plásticos para almacenarla, pero jamás llegaron. Esa sería una de las primeras promesas.

Cada diez días, u once, las mujeres de Mar Verde se movilizan. Los cuatro bloques son una revolución. Entonces el asentamiento da la sensación de tener vida y, además del viento y las olas, se escuchan voces. El jueves 6 de enero el agua llegaría a las 11 de la noche y tendría a los vecinos despiertos, acarreando cubetas, hasta cerca de las cinco de la madrugada. Eso dejó tiempo para conversar.

Desde siempre, el abastecimiento de agua de Mar Verde llegó de Presa Parada, pero la sequía que vivió el territorio oriental de Cuba durante 2015 impidió que el embalse continuara abasteciendo a la población y el gobierno empleó la perforación de un centenar de pozos criollos como solución. A partir de ese momento el agua ha sido salobre.

Según datos publicados por Celene Batista Milanés en su artículo “La experiencia de la región Suroriental de Cuba en el enfrentamiento al cambio climático”, la salinización de los pozos podría estar relacionada con los trastornos que sufren los ecosistemas costeros de esta zona ante el cambio climático, pues “la intrusión de agua salada como consecuencia de la subida del nivel del mar reducirá la calidad y cantidad de los suministros de agua dulce, disminuyendo sus reservas y disponibilidad para el consumo del hombre, los animales y los cultivos”.

En Mar Verde a casi nadie le alcanza el agua, y cuando se agotan las reservas, se paga por ella. Por 20 pesos los dueños de pozos artesanales abastecen a los clientes. No es lo más rentable, pero es la vía que han encontrado quienes no disponen de grandes recipientes para almacenarla.

“Tenemos veces de usar dos pastillas de jabón y la ropa no queda bien, porque el agua tiene mucha sal. Lo otro es tomarla… ¿ya la probaste?”, me pregunta Esperanza. Hasta entonces no lo había hecho. El agua allí hay que engañarla, filtrarla, hervirla, mezclarla con refresco, con azúcar, con limón, con lo que se tenga… y aun así, la sal se nota.

Lo más triste del campismo no es el silencio de las tardes, o la espesa oscuridad de las noches. Lo doloroso de este lugar es la falta de fe. No lo dicen así, pero en las miradas se advierte la amargura y el resentimiento de quienes se sienten olvidados. En la playa las personas no tienen ganas de hablar. Tres años de espera les han sembrado la desconfianza en el rostro. No por eso dejan de recibir a los desconocidos, ni de ofrecer el agua salobre que beben a diario, ni de disculparse porque no está fría o no tienen algo mejor que brindar.

En el minúsculo portal de la cabaña, converso con Esperanza. Esa noche dormiré en su casa, en la cama de la sala. Conocer el Mar Verde nocturno implica no salir hasta el día siguiente. A las 9:30 p.m. en el campismo no hay nadie caminando. Puertas y ventanas cerradas. Solo los grillos, algún sonido lejano de televisor y las olas componen la nana que arropa la desolación.

“Yo estaba muy contenta, venía y me sentaba frente al mar. Pero ya no quiero ni verlo. Ahora solo quiero vivir, quiero ver mi vida lejos de aquí”, rezonga Esperanza. Su antigua casa tenía un patio grande con terraza, matas de fruta bomba y una de tamarindo. Ella nunca crió animales, y ahora padece de asma, insuficiencia renal, hipertensión y neuropatía diabética.

Después de Sandy, buscando entre lo que fue suyo, tuvo un accidente con una piedra que terminó con la amputación del dedo gordo del pie izquierdo. Su angiólogo le prohibió regresar al mar, o pasear por la arena. Nunca más ha vuelto al sitio donde estaba su casa. No puede y no quiere. Al igual que ella casi todos los habitantes del campismo evitan pasar por el antiguo barrio. Caminar por las ruinas es la peor manera de recordar.

Hoy Esperanza solo tiene una rutina. De lunes a viernes se despierta a las 5:00 a.m. para sacar del refrigerador la merienda de Alejandro, el hijo de Natacha y Alexander, sus vecinos de la cabaña 47.

El niño tiene ocho años, la energía de un escuadrón de milicias y cuando sea grande quiere una careta y una pistola para pescar como todos los hombres. Ya conoce todos los caracoles y su valor para la artesanía. Alejandro va a la escuela primaria en Santiago de Cuba y, de tanto levantarse temprano, muchas veces se duerme en clase.

Natacha, que físicamente se parece a Esperanza, se queda con las llaves de la cabaña para poder usar el refrigerador. Esperanza la considera su hija. Alejandro llama a su vecina por el nombre que se ha ganado: abuela.

A Espe, como le dice Natacha, el ciclón le arrebató su vida anterior y en pago le regaló una familia. Ella lo explica con el mismo fervor con que lee cada noche algún pasaje de la vieja y manoseada Biblia que descansa sobre la repisa: “…mi Señor nunca me deja desamparada, Él siempre me cuida”. Esta vez, para Esperanza, la Trinidad llegó con nombres más comunes.

Esperanza conoce que cerca están construyendo su casa, pero sabe poco de las condiciones: apenas que no está frente al mar, ni cerca de los hospitales. A estas alturas prefiere no saber. No quiere sumar más desengaños. Tres años es demasiado tiempo para acumular promesas incumplidas.

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Aún con los sentidos embotados por la tragedia y el miedo crónico de la noche anterior, Hildelbrando Tapia Ávila tuvo que preocuparse por encontrar un sitio para su familia. Al igual que sus vecinos llegaría a las cabañas. Al igual que otras 31 familias, en los siguientes cinco días, él y Odelkis Cisneros harían lo necesario para sobrevivir. Limpiarían y remendarían el espacio con los despojos que Sandy dejó a orillas de la playa. Tres meses más tarde el Gobierno santiaguero otorgaría al campismo la condición de Facilidad Temporal Estatal.

Veinte años de vivir frente al mar no habían preparado a Hildelbrando. Cada temporada se formaban y desaparecían ciclones pero en dos décadas Mar Verde solo había sufrido una inundación a causa de las lluvias. El mar, con ellos, era benévolo.

Sin embargo, el 26 de octubre en el antiguo vecindario la escena era lamentable. Mucha gente buscaba entre la basura, otros se llevaban de la basura ajena cualquier cosa que sirviera para armar una nueva casa. Se peleaban por la rapiña de la supervivencia. Eran buitres humanos repartiéndose el festín que ofrecía el cadáver del Barrio Rojo.

Restos de antiguas casas en Mar Verde (Foto: Julio Batista)

La cabaña que escogieron no tenía techo. Mientras Odelkis sacaba la arena de su futura casa, Hildelbrando acopiaba retazos de tejas de fibrocemento, pedazos de cinc y cuanto hallaba de sus pertenencias. Cualquier cosa significaba un bien preciado.

El gran hallazgo fue la foto del primer año de Claudia, que apareció flotando en su marco y hoy está cada vez más desmejorada por la humedad. En octubre de 2012 la niña tenía 20 meses de nacida. Hoy, con casi 5 años, ha pasado más tiempo albergada en el campismo que en su propia casa.

Con lo que encontraron en los días siguientes los nuevos inquilinos cercaron pequeños espacios detrás de sus cabañas. En ellos construyeron corrales improvisados, criaron animales, los vendieron y compraron algunas cosas que el mar les llevó. Luego volverían a criar para seguir manteniéndose. Reprodujeron a menor escala la vida que tuvieron antes.

Entonces la Oficina de Planificación Física declaró que los patios eran ilegales y ordenó su derribo. Pero la gente del Barrio Rojo ya había perdido demasiado. La negación de los vecinos fue tajante y, al final, con la intervención de la delegada de la Circunscripción, las autoridades permitieron los nuevos patios hasta que cesara la permanencia de los albergados. Desde entonces han pasado tres años. Nunca más han regresado a preguntar por las cercas.

Junto al mar, justo detrás del cuarto bloque de cabañas, se extendía una línea de trincheras en desuso, pertenecientes las Fuerzas Armadas Revolucionarias. Esa también fue una oportunidad que aprovecharon. Hildelbrando cuenta que habló con el Jefe de Sector y “todos los hombres jóvenes empezamos a recuperar las cabillas de esa construcción y a venderlas. Con esa platica aguantamos los primeros tiempos, porque hasta dos meses después no se pudo pescar, el ciclón había desbaratado el fondo marino. Así hemos sobrevivido, haciendo un trabajito por aquí, otro por allá, criando algún animalito, arañando como se puede”.

Nadie tenía dinero, por eso cuando un vecino mataba algún ovejo, o un macho, se pedían prestadas cinco, seis libras de carne para comer. No podía ser más que eso. Los refrigeradores no funcionan sin electricidad y debían freír la carne para conservarla. La deuda se anotaba y más tarde era pagada puntualmente. Era el inicio de las relaciones en una comunidad a la que se le añadía otro reto: la convivencia directa.

Las nuevas condiciones también han sido el catalizador de conflictos. Odelkis Cisneros trabajó como maestra primaria antes de que una crisis de la glándula tiroidea la alejara del magisterio sin terminar la licenciatura. Ella está segura de que después de Sandy todos quedaron afectados. “Nunca tuvimos asistencia psicológica aquí en el campismo. La gente tuvo que adaptarse a vivir muy pegada, como no lo había hecho nunca. Además, todo el estrés del huracán lo guardamos dentro”. Por eso cree ella que cualquier discusión pequeña “se convierte en el fin del mundo”.

Odelkis Cisneros (Foto: Julio Batista)

Hoy Hildelbrando solo tiene una chiva. Había comprado dos, pero una se la robaron y a esta no la pierde de vista. Al lado del corral acomoda sus implementos de pesca: patas de rana, snorkel y careta. Calcula que la lata de caracoles cinturita recolectada en una semana le reportará cerca de 20 CUC por su valor para la confección de artículos religiosos. En Mar Verde no solo de pescado y leche vive el hombre. Allí nada se desaprovecha. A esta gente el mar les quitó todo, y de alguna manera debe restituírselo. Esa es su filosofía.

Hilde y Odelkis han visto el sitio donde edifican desde hace dos años el nuevo barrio. Ellos tampoco saben demasiado del lugar. Alguien les comentó que quienes no tuviesen la propiedad de la antigua casa vivirían como arrendatarios los primeros cinco años, y solo cumplido ese tiempo comenzarían a pagar los apartamentos como propietarios.

Nadie más pudo confirmar esta información. A Esperanza, la delegada, aún no le han dicho de manera oficial cuál será el costo para los futuros dueños. Ella solo asegura que la mayor parte de ese dinero será subsidiado por el Estado.

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Urbanización polifuncional para habitantes de Mar Verde (Foto: Julio Batista)

A 1.320 metros de Mar Verde se construye una urbanización polifuncional en la zona rural de San Agustín, prevista para cerca de 230 viviendas repartidas en edificaciones de dos plantas, sin patios traseros o balcones.

Entre mayo y junio de 2014 comenzaron los movimientos de tierra para acondicionar el espacio, escogido por los mismos habitantes de Mar Verde por encontrarse relativamente cerca de la playa.

En septiembre inició el trabajo y tres meses después, el ingeniero Raúl Gata Alvarado, por entonces jefe de obras, anunció al periódico provincial Sierra Maestra: “Para este año teníamos previsto las labores de inicio y desarrollo, […] pero debido al rápido avance del trabajo y a la necesidad de restituirle a cada familia su hogar lo más pronto posible, decidimos terminar para el 31 de diciembre 56 de las 250 viviendas a ejecutar”. No se cumplió.

Una segunda planificación apuntaba a diciembre de 2015. Esperanza Galindo comenta que a medida que avanzaba el año “se sabía que esas viviendas no se podían entregar, entonces se decidió apoyar las obras priorizadas por el 500 aniversario de la ciudad. En Santiago había una revolución de la construcción con las obras que había que entregar el 26 de julio, y se mandaron todos los hombres que estaban trabajando en otros lugares”. En agosto de 2015 los trabajos se reanudaron, pero el atraso era insalvable. Era la segunda vez que se incumplía el plan.

Actualmente, según declaraciones ofrecidas por José Ramírez Guevara, Director Técnico del Ministerio de las Construcciones (MICONS) en la provincia santiaguera, se habla de finalizar la comunidad en diciembre de 2016 con una cifra cercana a las 230 casas. En la primera semana de enero apenas 13 biplantas (26 apartamentos) estaban edificadas totalmente.

Después de todo este tiempo la gente del campismo se muestra escéptica. Perdieron la capacidad de creer en otra cosa que no sean sus manos, sus pulmones, el mar, sus animales o los ocupantes de la cabaña más cercana. Los que nada esperan no corren el riesgo de decepcionarse.

En una ocasión el Comandante de la Revolución Ramiro Valdés visitó la obra. Regla Cuesta Milanés vive en la cabaña 53 y como secretaria del Núcleo Zonal del Partido Comunista de Cuba estaba presente en el recorrido. Cuenta que, durante de la inspección, Ramiro comenzó a tocar la pared con el dedo y mientras más raspaba, hurgando, más grande se hacía el hueco. En ese momento, y a voz en cuello, le preguntó al jefe de obras qué habían hecho con los materiales. Con variaciones más o menos efectistas –hay quienes dicen que la pared se desplomó cuando apoyó la mano–, la anécdota es un ejemplo que todos citan. En la playa, la calidad de la terminación preocupa mucho.

En las cabañas sobran historias sobre el desvío de materiales. Hasta sus puertas han llevado el cemento que, supuestamente, debería ser empleado en las futuras viviendas. Entre ellos tampoco escasean las denuncias.

La misma delegada lo confirma: “Yo no he coincidido nunca”, dice la delegada, “pero los vecinos me han dicho que han venido constructores proponiendo una bolsa de cemento o una cabilla”. Esperanza Galindo dice también que autoridades como el Jefe del Sector han sido puestas al tanto, pero “aun cuando eso se ha hecho en múltiples ocasiones, ahí se mantiene la situación”.

Para la construcción de la comunidad se emplea como base la tipología Sandino, concebida originalmente para favorecer una ejecución rápida. Sin embargo, las adecuaciones realizadas a esta modalidad inciden en el retraso del proyecto.

Según Ramírez, “el Sandino clásico posee columnas finas y paredes de 6 cm de espesor, o sea, que no se les puede dar mucha responsabilidad en cuanto a estabilidad y carga. Eso obliga a que la fortaleza de la edificación descanse en la estructura: columnas, vigas y entrepisos. Por eso tuvimos que diseñar columnas (40×40 cm) y vigas (30×40 cm) de grandes dimensiones, reforzadas con elementos de acero y capaces de soportar la estructura y los elementos sueltos ante cualquier movimiento sísmico; ello también incluye zapatas más profundas y resistentes. Todo lo que se revierte en mayor tiempo de trabajo.

“Por eso la construcción se complejiza, pues todos esos elementos son de fundición in situ, el acero se coloca en el lugar y las placas intermedias también deben fundirse allí. Lejos de ser el Sandino, para lo que fue diseñado, en nuestro caso estamos construyendo casi con sistemas convencionales por las condiciones sismorresistentes que debemos cumplir”.

El costo de cada casa en San Agustín supera los 60.000 pesos. Ello representa que, solo para edificar 230, se ha presupuestado una inversión superior a los 13.800.000 pesos. Sin embargo, el funcionario del MICONS asegura que el monto final será mayor, pues el proceso “se encarece mucho debido a los costos indirectos: movimiento de tierras, transporte, mano de obra, redes (eléctricas, hidráulicas y sanitarias, acorde con los requerimientos del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente) y vías. Eso incrementa el costo de las casas”.

Otra de las preocupaciones de los futuros inquilinos es continuar alejados de las escuelas, los servicios médicos y sin acceso a la venta de productos agrícolas e industriales. A ellos nadie les ha explicado muy bien, o no les han explicado en lo absoluto, en qué consiste un centro polifuncional.

Confirman Ramírez y Galindo que el acceso a los servicios fue algo previsto desde el primer minuto. Ramírez argumenta que durante el diseño polifuncional del nuevo asentamiento se tomó en cuenta las necesidades de sus habitantes. “Allí hay que crear también las facilidades para que el pueblo pueda acceder a diferentes servicios básicos: tienda, consultorios, farmacias, espacios recreativos… porque si haces un asentamiento de este tipo (alejado) y no los garantizas, estás resolviendo un problema de vivienda, pero creas otros”. Esperanza Galindo agrega que los reclamos incluyen la construcción de una escuela mixta (primaria y secundaria), los servicios de comunicación con Etecsa y la creación de un Policlínico Principal de Urgencia (PPU).

Estos detalles no los dominaba el resto de los entrevistados en el campismo. A ellos solo se les ha dicho que las casas serán de piso de cemento pulido, que deberán pagar sus viviendas, que no podrán tener animales allí y que compartirán el nuevo reparto con desconocidos de las circunscripciones 46 (Boca de Cabaña) y 48 (Punta de Sal).

Cuando eligieron el sitio, pensaron que allí solo vivirían ellos, los desplazados del Barrio Rojo. El terreno era espacioso y permitía mantener la cría de animales en los futuros patios. “Si hubiese sido así, la gente no tendría reparos en mudarse”, confirma la delegada. Pero después de Sandy, con 15.889 derrumbes totales en la provincia y varias comunidades costeras destrozadas, cada pedazo de terreno y tiempo eran preciosos.

El aprovechamiento del espacio disponible primó para edificar construcciones de dos niveles, asegura Ramírez. “Ello siempre se evalúa, pues no contamos con muchas áreas donde construir. Por eso se plantea que debemos crecer verticalmente. En este caso se trata de una vivienda de área mínima (45 y 55 m²) y no de alto estándar (110-120 m²). Con tantas tumbadas por el ciclón, no podemos darnos el lujo de construir casas de alto estándar y que personas sigan en los albergues por 10 o 12 años más”.

Otra cuestión es la terminación de las biplantas, que tendrán las condiciones elementales para vivir. Sobre este particular Ramírez explica que “no se trata de una vivienda terminada. Es un sistema de vivienda semilla, entregado a un nivel de ejecución alto y que el usuario puede terminar de acuerdo con su gusto y posibilidades. Lo primero es resolver un problema de protección y habitabilidad con una vivienda fuerte, resistente a huracanes y sismos, con carpintería, iluminación, agua y sistema sanitario. A partir de ahí lo demás corre por el propietario de la vivienda. Pero el Estado no se puede responsabilizar con eso ahora”.

Aun con los servicios garantizados, para los habitantes de la playa queda la interrogante más importante: sin espacios para criar, ¿de qué vivirán? “Imagínate, qué voy a hacer yo en un segundo piso. Si vivo en el monte es para tener un pedacito de patio donde criar mis ovejos y los animalitos, como hacía antes”, comenta Hildelbrando a la puerta de su cabaña.

En la segunda y más reciente visita del Primer Secretario del Partido en la provincia, Lázaro Expósito, el principal obstáculo planteado por los vecinos para la mudanza fue justo ese. La solución propuesta por el dirigente fue la creación de corrales colectivos en las afueras de la urbanización y que entre todos los propietarios contribuyeran al cuidado de los animales. La idea no fue bien recibida.

A los habitantes de la playa les costó adaptarse a vivir tan cerca, pero siempre mantuvieron la independencia de sus crías. Actualmente no saben hacerlo de otra manera, y por el momento nadie los ha acompañado en el proceso.

¿Qué pasará con los ovejos de las familias de Mar Verde? (Foto: Julio Batista)

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Según los resultados del macroproyecto Peligros y Vulnerabilidad Costera (2050-2100), en el cual participaron más de 300 expertos e investigadores de 13 organizaciones, el nivel medio del mar (NMM) en el archipiélago ascendió a un promedio de 1,43 milímetros por año en las últimas décadas. Ello representa que para 2050 el 2,45 por ciento de la superficie cubana estará sumergido por un aumento de 27 centímetros del NMM. Medio siglo más tarde las aguas habrán ocupado el 5,80 por ciento del país y el mar subirá 85 cm por encima de su actual nivel. Estos cálculos no incluyen el terreno perteneciente a la cayería.

En Cuba el Decreto-Ley 212, fechado en julio de 1997, regula el uso de las zonas costeras, restringe la construcción de instalaciones y el crecimiento de los asentamientos humanos en las playas. Según el documento, ninguna construcción debe estar en la duna más próxima al mar o, en ausencia de dunas, a menos de 40 metros –tierra adentro– “a partir del inicio de la franja de vegetación natural consolidada más próxima al mar”. En el Barrio Rojo muchas casas estaban construidas a apenas 10 metros del mar.

Con un retroceso medio de la línea costera de 1,2 metros por año, las más cercanas hubiesen sido alcanzadas eventualmente. Entonces Mar Verde y su gente solo tendrían una opción: adaptarse a las nuevas circunstancias.

Esperanza Galindo ha sido la delegada de la circunscripción 47 desde 2010 y comenta que, mucho antes de Sandy, ya existía el proyecto de mudarlos. “Se estaba haciendo un estudio, pues estábamos en la duna de la playa. Pero Sandy llegó primero y ya no era solo sacar a la gente de aquí, porque medio Santiago estaba en el piso”.

No se trata solo del antiguo barrio. Esperanza confirma que las cabañas y el viejo centro de elaboración de la playa también serán demolidos una vez que los vecinos sean reubicados. “Nos dijeron lo mismo, que estas construcciones también estaban en la duna y tenían que quitarlas”. Según ella la playa no cambiará su objeto social. La infraestructura destruida será edificada en otra área más alta, y en lugar de cabañas comenzarán a alquilar casas de campaña.

Experiencias similares en otras comunidades costeras desplazadas por el cambio climático podrían servir de ejemplo para buscar un modelo autóctono que solucione las necesidades particulares de Mar Verde. Como explica María Elena Perdomo López, investigadora titular del Centro de Estudios y Servicios Ambientales de Villa Clara, “es usual que las personas muestren cierto rechazo a los cambios, pues el arraigamiento a las rutinas es inherente al género humano. El grado de resistencia depende del tipo de cambio y de lo bien que se conozca”.

Cualquier transformación en sus casos implica la pérdida de la seguridad a la que han estado atadas varias generaciones. Representa, en toda medida, un cambio de mentalidad y toma de conciencia. Por ello, la especialista recalca la importancia de “hacer un trabajo educativo, de persuasión, de convencimiento, que promueva la participación e implicación. Tratar de cambiar la forma de pensar de las personas. Aplicar la legislación sobre las zonas costeras. Hay que considerar en un balance costo-beneficios cuáles serían las mejores opciones, sin perder la perspectiva de que cada caso requiere un tratamiento particularizado; no olvidar la singularidad de los contextos, y que lo más importante son las vidas humanas”.

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La costa suroriental de Cuba está catalogada por los estudios medioambientales como una de las zonas más vulnerables a los fenómenos naturales y las afectaciones por el aumento del nivel medio del mar, según el artículo de la investigadora Celene Batista. Esparcidos a lo largo de tres provincias (Granma, Santiago de Cuba y Guantánamo), 15 municipios costeros son el asentamiento de 1.030.974 personas que se incluyen en esa condición: vulnerables.

Hasta este momento los habitantes de la playa Mar Verde no han contado con el acompañamiento imprescindible. Allí ha faltado, y aún falta, la explicación precisa y el diálogo con los moradores. Ello se traduce en incertidumbre.

Esperanza Galindo cree que habrá solución, que al final la gente entenderá y hallará la forma de salir adelante. “Hay que esperar a que terminen de construir, porque quizás las mismas personas que hoy no quieren irse, se deciden cuando vean las comodidades que tendrán. Lo más complicado es el tema de los animales, y quién sabe si hasta eso se resuelva”.

Otros preferirían un cambio radical. Irse a la ciudad. Comenzar una nueva vida lejos de la costa, de los animales, de todo cuanto les recuerde el sitio al que no podrán volver. Esperanza Rodríguez, ya con su diabetes avanzada, es uno de ellos. A fin de cuentas, los habitantes del Barrio Rojo son luchadores: sobrevivieron a Sandy y luego al campismo. Mudar la piel y adaptarse, para ellos, se ha convertido en mecanismo imprescindible.

Al final, el mar se lo tragará todo. Y Mar Verde no será la excepción.

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