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	<title>huracán Irma &#8211; Periodismo de Barrio</title>
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	<description>Organización periodística cubana sin fines de lucro</description>
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	<title>huracán Irma &#8211; Periodismo de Barrio</title>
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		<title>Se van los seres</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Jesús Jank Curbelo]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 24 Apr 2018 17:20:33 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Desastres naturales]]></category>
		<category><![CDATA[huracán Irma]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Sobre la fe de una familia antes, durante y después del huracán Irma.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h1 style="text-align: center;">I</h1>
<p>Los pobres tienen que orinar afuera porque el baño fue el único pedazo de casa que les quedó bajo techo. Sobre el retrete, pusieron una tabla rectangular que, por las cuatro esquinas, se aguanta sobre cubos bocabajo, y el baño, que no tiene más espacio que el que ocupa la tabla, se convirtió en la cama donde descansa el niño, que es inválido, que mira atentamente hacia no se sabe qué y que, cuando ríe, hace que Maribel corra a sentarse en el colchón y empiece a acariciarlo, a decirle “Niñito, ¿tú me quieres?”, aunque sabe que el niño está en su limbo y ni la conoce ni sabe qué es risa ni va decirle que la quiere.</p>
<p>El niño es un cuerpo en calzoncillos. Lleva dos días metido en la cama. Maribel puso un fogón en el suelo y ahí, con una llama que se alimenta con alcohol, cocina un poco del arroz y los frijoles que les quedan. Hay pollo y carne en el congelador, pero no hay luz eléctrica en el pueblo ni, al parecer, en toda la provincia, y Maribel teme que la carne mala pueda enfermar al niño. Así que le cocina un par de huevos. Cuando están listos, los sirve en un plato, se sienta en el colchón y le hace llegar la cuchara a la boca mientras está tumbado sobre un hombro, porque el niño es demasiado pesado e hipotónico, y mantenerlo sentado requiere de un hombre sosteniéndolo.</p>
<p>No es que no haya hombres en la casa. Es que los dos que hay, Hugo y Alfredo, llevan el día entero tratando de armar la casa contigua, donde vivían el niño, su madre y su padrastro, y que acabó en el suelo después de que el ciclón la zarandease. Antes, tenía un cuarto, un baño, una cocina y un patio extenso sembrado con flores por el que andaban tres gallinas que ponían, cada una, un huevo diario: el desayuno, el almuerzo y la cena. También había un corral con un cerdo de casi 200 libras que la madre del niño alimentaba desde hacía meses con palmiche y sobras para, cuando llegara a las 300, venderlo en 6 000 pesos, que son más o menos 250 dólares, lo que cuesta en la tienda del pueblo un televisor a color de los antiguos.</p>
<p>La mañana de anteayer, cuando el ciclón ya se había marchado y tan solo quedaban la llovizna y el viento y la tristeza, la casa estaba inclinada hacia adelante. Pero ya ayer las vigas se partieron y el techo entero se desplomó.</p>
<p>Ahora no hay gallinas ni flores en el patio y, mientras la madre y el padrastro del niño escarban con desespero, tratando de salvar algún adorno, algún pantalón o lo que quede vivo bajo las tablas; mientras Hugo y Alfredo zafan los clavos buenos y los guardan, o buscan tablas que puedan servirles para hacer nuevamente las paredes, el niño abre la boca, Maribel no para de hablarle, y el cerdo está amarrado en la sala, a pocos metros del fogón.</p>
<h1 style="text-align: center;">II</h1>
<p>Hace 32 años, pocos días después del ciclón Kate, les habían vendido cinco tejas a 250 pesos cada una porque la afectación, según los cálculos de los que vinieron a hacer los cálculos, había sido parcial. En realidad, necesitaban ocho. Pero el monto de tejas que el Gobierno pudo asignar a todo el municipio quedó mínimamente por debajo de las necesidades reales, así que Hugo enchufó aquellas cinco de manera que rellenaran el espacio de ocho, y también puso trozos de maderas y de cartones en los agujeros entre una teja y otra, o entre aquellos listones de fibrocemento de tres metros de largo por uno de ancho que le habían costado, cada uno, su salario mensual.</p>
<p>También les habían vendido dos vigas a 80 pesos la viga y con ellas, y con las buenas que quedaron, Hugo sostuvo el techo. Las paredes, por suerte, solo se habían tambaleado un poco, y las dos o tres tablas que volaron Hugo las pudo reemplazar por otras que consiguió en medio de la debacle del día después, cuando, ya se sabe, todo el mundo se lanza a buscar tablas o casi cualquier cosa que haya volado de las casas vecinas.</p>
<p>Pero eso fue en noviembre de 1985, cuando a Hugo le alegraba no haber sido uno de los cuatro muertos que habían mencionado en la radio, en los reportes, y le consolaba que los que vinieron a hacer los cálculos le hubieran dicho que no pasaba nada, que ocho tejas es una bobería, que el Kate, con sus vientos de 200 km/h, había tumbado 5 000 casas completas en Cuba y que la de él nada más que era una de las 60 000 que habían sido “parcialmente dañadas”.</p>
<p>Cuando aquello, Hugo tenía 37 años y pasaba las noches en un bote cogiendo peces, y pasaba los días en la escuela del pueblo, explicándoles a los niños cómo funcionan los peces, las aves, la vida en general. Dormía poco, y hacía menos de un año que había puesto en orden los papeles de aquella casa que antes había sido de sus padres, al costado de una de las lomas de Punta Alegre, un pueblito pesquero en Ciego de Ávila, de donde es Hugo, donde ha nacido toda su familia.</p>
<p>Pero Hugo ya no tiene ni esperanza porque, desde su puerta, lo único que ve son los escombros donde solía ver medio kilómetro de techos grises tapando las arterias asfaltadas del pueblo; porque el día después del Kate habían pasado a verle algunos policías, algún jefe zonal, pero ya hace dos días que el ciclón Irma le dejó la casa sin techo, excepto el baño; acabó con la casa de su sobrino, el padrastro del niño, y nadie ha venido a preguntarles nada.</p>
<p>Después del Kate, incluso, veía techos grises y no escombros. No tantos. Pero cuando aquello, mijo, Maribel era linda como una conductora de televisión y no esta mujer hosca de 66 años que no se calla, de cara huesuda y ojeras ovaladas, con saetas de pelo amarillo entre las canas.</p>
<p>Y cuando aquello, mijo, llevábamos tres años de casados, Maribel tenía dientes y el pelo le caía hasta la mitad de la espalda mientras apaciguaba a los dos niños (el suyo y el sobrino), y yo ponía el techo por las tardes, y me cogía la noche, y el ruido del martillo tenía a toda la cuadra despierta.</p>
<h1 style="text-align: center;">III</h1>
<p>El 8 de septiembre de 2017, Cuba estaba completamente alerta. El huracán Irma, que se había formado como ciclón tropical el 30 de agosto, y que rumbo al Caribe había alcanzado categoría 5 en la escala Saffir-Simpson, había dejado cientos de viviendas destruidas en Haití y en República Dominicana, inundaciones soberbias, árboles en medio de las vías. Antes, en Puerto Rico, había dejado por lo menos tres muertos, más de un millón de personas a oscuras por daños en los sistemas eléctricos, y otras 200 000 sin agua en las llaves. Entre los tres países, había más de 50 000 refugiados. Eso, según los reportes parciales.</p>
<p>La radio y la televisión cubanas transmitían programas especiales las 24 horas. El Estado Mayor Nacional de la Defensa Civil, entidad encargada de la seguridad ciudadana en la Isla en tiempos de desastres, había dicho en su “Nota informativa número 3”, emitida ese día, que Irma mantenía rumbo oeste noroeste, que había incrementado su velocidad de traslación a 28 km/h, y que “a las seis de la mañana de hoy su posición fue localizada a 310 kilómetros al estesudeste de las islas Turcas y Caicos”, al norte de Haití. La “Nota”, además, establecía la Fase de Alarma para las provincias Guantánamo, Santiago de Cuba, Granma, Holguín, Las Tunas, Camagüey y Ciego de Ávila.</p>
<p>En Punta Alegre, desde el día 7, más de 2 000 de sus 7 665 habitantes estaban evacuados en casas de vecinos, y otros 675 en albergues: las dos escuelas del pueblo, el policlínico, un almacén. Según Juan Carlos Balmaseda, el presidente de la Zona de Defensa local, se había priorizado “la evacuación de las 198 viviendas de la zona litoral, que es la más vulnerable”. También se habían vendido al por mayor panes, dulces y galletas, a precios bajos. Había una ambulancia lista para pasar la noche andando, y en todos los albergues había un médico, una enfermera, medicinas básicas (dipirona, aspirina), un balón de oxígeno, agua potable, uno o dos cocineros…</p>
<p>Alfredo, el hijo de Hugo, se había echado el niño a los hombros y lo había llevado por el trillo angosto desde la loma en que viven hasta la calle asfaltada (unos cien metros), luego lo había llevado a casa de Elsa, una vecina, “que tiene el techo bueno y paredes de ladrillos”. Allí había más de 30 personas. Todas del barrio. Además, había muebles, televisores, refrigeradores. Quedaba poco espacio sin ocupar. Raúl, el padrastro del niño, había trasladado hasta allí su refrigerador y el de Maribel: los únicos electrodomésticos de la familia. También había intentado trasladar al cerdo, pero Elsa le rogó que no lo hiciera, así que lo amarró en la sala de Hugo.</p>
<p>A las seis de la tarde del día 8, mientras oscurecía, se escuchaba el ruido hueco del viento entre los techos, el niño estaba inerte en una cama del único cuarto de la casa de Elsa, y Maribel tenía entre las manos un radio a pilas que repetía la necesidad de mantenerse alertas, de cumplir las orientaciones dadas por la Defensa Civil. El resto de los vecinos se agolpaba en las butacas, encima de la mesa, en cualquier espacio libre de la sala, escuchaban la radio y hablaban poco y rápido por los móviles, los mantenían en modo de ahorro de energía, porque en casa de Elsa no hay teléfono fijo (en Punta Alegre hay muy pocos teléfonos fijos), la comunicación, en estos casos, es más imprescindible de lo usual y la luz eléctrica estaba cortada desde el día anterior.</p>
<p>A las 8:30 empezó a llover feo, era noche cerrada y no circulaba un alma por las calles. A veces, se escuchaba la camionetica de Juan Carlos Balmaseda, que iba de acá para allá, nerviosamente, revisándolo todo.</p>
<p>En la escuela secundaria, a cuatro cuadras de la casa de Elsa, había casi 70 evacuados y una barra de madera clavada en la puerta principal. Los evacuados habían comido arroz y jamonada en bandejas plásticas, pero los niños habían bebido un vaso con leche y los adultos no. La escuela secundaria estaba alumbrada gracias a un grupo electrógeno. Era uno de los pocos locales encendidos en el pueblo. Yandy, el hombre que me había ofrecido pasar la noche en su casa, a dos casas de la escuela, con 10 personas más, había pasado furtivamente un cable desde el grupo electrógeno hasta su cuarto, y veía las noticias en la televisión. Llovía fortísimo. La madre de Yandy preparó tamales y comimos bien. En la casa de Elsa, cada vecino había aportado algo, e hicieron una caldosa que Maribel no probó, porque lloraba, pensaba en que su casa estaba débil y podía derrumbarse; también pensaba en la casa del niño…</p>
<h1 style="text-align: center;">IV</h1>
<p>El niño tiene 25 años. Su madre, Mayelín, es de Florencia, un municipio al norte de Ciego de Ávila. Allí, en los carnavales de diciembre de 2015, conoció a Raúl: fuerte, mulato, lindo, de 27 años. Ella tenía 43 y a aquel hijo sin padre que no podía valerse por sí mismo, porque un trauma que le ocasionó el fórceps, al nacer, había desembocado en una parálisis cerebral severa.</p>
<p>Raúl nunca tuvo padres. Lo criaron Hugo y Maribel. Por eso, él y Mayelín vendieron en Florencia y fueron a vivir a Punta Alegre. La casa les costó 20 000 pesos.</p>
<p>Cuando la conocí, Mayelín me pareció demasiado blanca y pensé que esa podía ser la causa de las grietas que tiene en la cara, en el cuello, en las manos. Tenía botas altas de goma, el pelo rubio, la blusa hecha un nudo a la altura del ombligo. Llovía y ella estaba encaramada en el guano que era el techo de su casa, escarbando. Cuarenta minutos antes, yo recorría los restos del pueblo viendo el desastre y Hugo me había visto, me preguntó si yo era el periodista y me llevó hasta el baño donde el niño miraba hacia la nada donde estábamos. Maribel siguió haciendo la comida, combada sobre el fogón en el suelo, murmurando. Hugo me enseñó el resto de la casa: piso de tierra húmedo, paredes de tablas húmedas, dos sillas húmedas, una cama cubierta por un nailon donde, me dijo, habían dormido todos menos el niño y Maribel.</p>
<p>—Antenoche volvimos pa’ aquí –dijo–. Le preparamos al niño ahí en el baño pa’ que… Bueno, pa’ que… Porque no vamos a estar todo el tiempo en casa de la vecina, molestando.</p>
<p>Después, me llevó a la casa contigua. Entonces, por supuesto, no sabíamos que Irma había derrumbado totalmente 778 viviendas de las 2 309 que conforman el pueblo; no sabíamos que había otras 245 a medio derrumbar y, mucho menos, que en todo el país Irma había dejado 158 554 viviendas afectadas. Incluso los periodistas obtienen esas cifras varios meses después. Así que ni Hugo ni yo sabíamos que esa tarde, por culpa del ciclón, había 10 cubanos muertos, pero comenzamos a sospecharlo cuando Yandy llegó con la noticia de que había uno en Bolivia, un municipio cercano a Punta Alegre. Al parecer, el hombre no había querido que lo evacuaran. La casa entera se le cayó encima.</p>
<p>Entonces Hugo, que es muy religioso, hijo de Oshún, la diosa yoruba de los ríos, tuvo un ataque de esperanza y dijo que había que dar gracias por la vida, y una hora después estábamos todos en la sala de Hugo, sentados alrededor de una vela encendida que habían colocado en la mesa, con una especie de cúpula que la protegía de los goterones de lluvia que caían sobre nosotros, en todas partes. También había flores, un crucifijo dentro de una copa y una palangana con agua en la que cada uno de nosotros metió las manos para bendecirse. El niño nos miraba fijamente. Maribel, Hugo, Alfredo, Mayelín, Raúl y Yandy coreaban cánticos en lengua africana. A veces, no cantaban, y Hugo decía cosas como “luz y progreso” o “gracias a Dios”. El niño seguía mirándonos. Había viento y caía la noche. Casi una hora después, Hugo dijo que había que despedir a los espíritus. Se levantó y, con las manos alzadas, mientras la lluvia le caía encima, dijo: “Al salir de aquí, que cada uno de nosotros se sienta fortificado en las prácticas del bien y del amor al prójimo”. Cantó:</p>
<p><em>Se van los seres, se van los seres, </em></p>
<p><em>se van los seres a otra mansión.</em></p>
<p><em>Gracias le damos, gracias le damos,</em></p>
<p><em>gracias le damos al Divino Señor.</em></p>
<p>“Se van los seres”, coreamos todos, y yo pensé que dejaban la lluvia, el fogón en el suelo, las paredes de madera en el suelo.</p>
<p>Se van los seres.</p>
<p>Nos dejan el cerdo, el techo del baño, los ojos del niño.</p>
<p>Se van los seres.</p>
<p>Continuamos solos.</p>
<p>Se van los seres, cantamos.</p>
<p>Se van.</p>
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		<item>
		<title>Iglesias cubanas continúan ayudando a damnificados por el huracán Irma</title>
		<link>https://periodismodebarrio.org/2018/01/iglesias-cubanas-continuan-ayudando-a-damnificados-por-el-huracan-irma/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Geisy Guia Delis]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 01 Jan 2018 17:29:12 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Desastres naturales]]></category>
		<category><![CDATA[huracán Irma]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>En medio de la recuperación que todavía viven los damnificados por el huracán Irma en Cuba, dos instituciones religiosas cubanas coordinan y ofrecen su ayuda. </p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>La sensación de desamparo del día después, para Huanny, fue casi tan intensa como el miedo a morir que le trajo Irma. Regresar a la casa y descubrir las huellas de sal en las paredes, tener el mar metido dentro, arriba, afuera, en todas partes, le dejó una imagen grotesca de la supervivencia. Su casa es un edificio en ruinas que nunca se demolió, en la costa de Jaimanitas, al oeste de La Habana. Hace diez años “se coló” en La Sociedad y desde entonces vive allí con sus dos hijos y su esposo. El techo, dice, se lo aguanta Dios para que no le caiga encima. En el piso, las ollas para recoger la lluvia. Con el huracán se le perdieron las puertas y las ventanas, se mojaron los colchones. Es difícil saber si estructuralmente la vivienda ha quedado en peor estado. Ella cree que sí, pero no insiste en contar las nuevas grietas ni los bloques caídos en la planta alta.</p>
<p>Con todo lo anterior, se conforma. De alguna manera, es el precio a pagar por sus ganas de vivir donde se supone que no deba. Lo que le molesta a Huanny es ser invisible. Dice que el mar arrastró piedras de hasta un metro de altura y cuando los buldóceres fueron a sacarlas no llegaron hasta su casa, “porque nosotros somos ilegales, y ahí están las piedras todavía. Luego, cuando el Gobierno empezó a vender los kits de cocina, los colchones, las sábanas y los jabones para los damnificados, tampoco nos tuvieron en cuenta. En la televisión pusieron todo lo que estaba llegando al aeropuerto para los damnificados; yo soy una damnificada por el huracán Irma y al ciclón no le importó si yo era legal o ilegal, tampoco a las personas ni a los países que hicieron las donaciones”.</p>
<div id="attachment_2771" style="width: 1010px" class="wp-caption alignnone"><img fetchpriority="high" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-2771" class="size-full wp-image-2771" src="https://www.periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2018/01/IMGL6638.jpg" alt="Huanny Verónica vive a menos de un metro del mar; cuando Irma llegó, le inundó la casa (Foto: Ismario Rodríguez)" width="1000" height="667" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2018/01/IMGL6638.jpg 1000w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2018/01/IMGL6638-300x200.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2018/01/IMGL6638-768x512.jpg 768w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2018/01/IMGL6638-900x600.jpg 900w" sizes="(max-width: 1000px) 100vw, 1000px" /><p id="caption-attachment-2771" class="wp-caption-text">Huanny Verónica vive a menos de un metro del mar; cuando Irma llegó, le inundó la casa (Foto: Ismario Rodríguez)</p></div>
<p>En su caso, la primera ayuda y las palabras de consuelo vinieron con las monjas y las hermanas de la iglesia de la comunidad. Una bolsa con macarrones, latas de pescado, leche, detergente y jabones. Aguardó en vano los materiales de construcción, el colchón, algún efecto electrodoméstico y el kit de cocina. Sin embargo, días después el Poder Popular le suministró cuatro piezas de donativos: una frazada, una sábana, una toalla y un peine.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<div id="attachment_2772" style="width: 1010px" class="wp-caption alignnone"><img decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-2772" class="size-full wp-image-2772" src="https://www.periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2018/01/IMGL6646.jpg" alt="La hermana Onoria continúa coordinando la ayuda que ofrece Cáritas Habana en Jaimanitas (Foto: Ismario Rodríguez)" width="1000" height="667" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2018/01/IMGL6646.jpg 1000w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2018/01/IMGL6646-300x200.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2018/01/IMGL6646-768x512.jpg 768w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2018/01/IMGL6646-900x600.jpg 900w" sizes="(max-width: 1000px) 100vw, 1000px" /><p id="caption-attachment-2772" class="wp-caption-text">La hermana Onoria continúa coordinando la ayuda que ofrece Cáritas Habana en Jaimanitas (Foto: Ismario Rodríguez)</p></div>
<p>La hermana Onoria Paredes no pudo evitar salir a las calles de Jaimanitas tan pronto se acabó la noche del huracán. A las seis de la mañana y vestida con su hábito, estaba brincando árboles derribados para visitar a los enfermos; lo que había visto en su casa horas antes la asustó. “Varias familias fueron a evacuarse conmigo porque jamás la inundación había llegado a mi vivienda. No obstante, en esta ocasión el agua de mar, el río y las cloacas entraron e inundaron todo. Había gusanos y fango por todas partes. Como subió hasta la altura de la rodilla, tuvimos que lavarnos las piernas con hipoclorito. Yo solo pensaba en que esa misma agua les mojó los colchones a las personas”.</p>
<p>Paredes pertenece a la Congregación Hijas de la Misericordia de la Tercera Orden Regular de San Francisco. Aunque es de Paraguay, lleva un año y medio en Cuba, trabajando en la capilla Virgen de la Caridad, Estrella del Mar. Al ver tanta destrucción, decidió conformar de manera voluntaria un equipo de tres mujeres de la iglesia para levantar datos de las familias afectadas. Luz Marina, Milagros, Isabel y los niños de la catequesis se ofrecieron para colaborar. “Es increíble la capacidad de los niños para identificar las personas que necesitan más ayuda. Les pedimos que miraran en sus cuadras quiénes habían perdido todo y muy pronto regresaron con nombres”, comenta la hermana.</p>
<p>Los primeros donativos recibidos por Onoria de manos de Cáritas Habana, institución de la Iglesia Católica para el servicio de la caridad, incluían agua potable, latas de sardinas, leche, jabón de baño y de lavar. A medida que se conocía la situación crítica de Jaimanitas iban llegando otras provisiones: víveres, aseos y ropas. “El coordinador de Cáritas para ayuda en casos de emergencias nos pidió que recogiéramos por escrito los datos de las familias damnificadas. Hasta el momento hemos contabilizado 64 familias que necesitan nuestro apoyo, especialmente colchones”.</p>
<p>Según Onoria, en todos los casos detectados las voluntarias Luz Marina, Isabel y Milagros hicieron las entregas en las viviendas, porque no querían dar la impresión de que tenían condiciones para asistir a todos los damnificados. “Nosotras en realidad no podemos, somos pobres; y además no queríamos sustituir al Estado en sus funciones”, explica Onoria. “Al principio no teníamos cómo saber el daño real que les causó el ciclón a las personas y entrábamos a las casas para dar apoyo y preguntar cómo les había llevado el ciclón. Entonces ellos nos contaban todo, nos daban detalles, nos enseñaban las afectaciones”.</p>
<p>De esta forma, dieron con La Sociedad, el edificio que está a menos de un metro del mar, y a su vez con Huanny, con Marina Castro y su hija Graciela León Castro –quien, además de perder todas sus pertenencias y el techo, no pudo evitar que la fuerza del agua le destruyera la cocina, el baño y el cuarto.</p>
<p>Luz Marina García, una de las voluntarias que trabaja con la hermana Onoria, recuerda que cuando los huracanes Sandy y Matthew hicieron estragos en el oriente del país, en la capilla se organizaron unas colectas para enviar a los damnificados. “Es maravilloso saber que hay quienes están haciendo por nosotros lo mismo que hicimos por otros en aquel momento”.</p>
<p>“Las mujeres de la iglesia son las únicas que han venido a hacernos más ligera esta pena. Los del Gobierno vinieron pero solo para recordarnos nuestra situación de ilegalidad. No sabemos si nos van a sacar de aquí o no, pero ya mi hija lleva un mes viviendo en casa de su suegra, y eso era una solución temporal”, comenta Marina Castro.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<div id="attachment_2773" style="width: 853px" class="wp-caption alignnone"><img decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-2773" class="size-full wp-image-2773" src="https://www.periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2018/01/infografia-ACT-ALIANZA-y-CIC-cortes-a-del-CIC.png" alt="Resumen del proyecto presentado inmediatamente después del paso del huracán Irma por Cuba" width="843" height="651" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2018/01/infografia-ACT-ALIANZA-y-CIC-cortes-a-del-CIC.png 843w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2018/01/infografia-ACT-ALIANZA-y-CIC-cortes-a-del-CIC-300x232.png 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2018/01/infografia-ACT-ALIANZA-y-CIC-cortes-a-del-CIC-768x593.png 768w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2018/01/infografia-ACT-ALIANZA-y-CIC-cortes-a-del-CIC-777x600.png 777w" sizes="(max-width: 843px) 100vw, 843px" /><p id="caption-attachment-2773" class="wp-caption-text">Resumen del proyecto presentado inmediatamente después del paso del huracán Irma por Cuba (Imagen cortesía del Consejo de Iglesias de Cuba)</p></div>
<p>El 12 de septiembre, el Consejo de Iglesias de Cuba (CIC) presentó en la plataforma digital de <a href="http://www.actalliance.org" target="_blank" rel="noopener">ACT Alianza</a> un proyecto para recaudar fondos bajo el concepto de Respuesta Humanitaria a la emergencia a causa del huracán Irma. La institución religiosa cubana solicitó 1 450 065 USD para ejecutar en un periodo de 15 meses en distintos territorios del país. Esta petición de ayuda se realizó en un contexto complejo en el que varios países de la región fueron azotados por fenómenos naturales intensos, lo cual influyó a la hora de decidir hacia dónde se destinan los bienes. El objetivo final es beneficiar a unos 9 330 hogares.</p>
<p>En el documento presentado en ACT Alianza se explica que la ayuda consiste en techos, artículos para el hogar, colchones, kits de alimentos y para la rehabilitación de algunos cultivos, apoyo psicosocial, apoyo a pequeñas actividades comerciales y purificadores de agua, entre otros.</p>
<p>Edel Rivero, coordinador de Comunicación del CIC, agregó que “la Embajada de Canadá y el PNUD también ofrecieron ayudas para los damnificados. Han sido valiosas, además, las alianzas con los gobiernos locales, el Ministerio de Comercio Exterior, la Oficina de Atención a Asuntos Religiosos, entre otros”.</p>
<div id="attachment_2774" style="width: 1010px" class="wp-caption alignnone"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-2774" class="size-full wp-image-2774" src="https://www.periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2018/01/casa-de-abuelos-de-marianao-foto-Erick-Colk.jpg" alt="Unos días después, el Consejo de Iglesias entregó una ayuda en un hogar para ancianos (Foto: Erick Colk)" width="1000" height="666" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2018/01/casa-de-abuelos-de-marianao-foto-Erick-Colk.jpg 1000w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2018/01/casa-de-abuelos-de-marianao-foto-Erick-Colk-300x200.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2018/01/casa-de-abuelos-de-marianao-foto-Erick-Colk-768x511.jpg 768w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2018/01/casa-de-abuelos-de-marianao-foto-Erick-Colk-901x600.jpg 901w" sizes="(max-width: 1000px) 100vw, 1000px" /><p id="caption-attachment-2774" class="wp-caption-text">Unos días después, el Consejo de Iglesias entregó una ayuda en un hogar para ancianos (Foto: Erick Colk)</p></div>
<p>Los recursos que el CIC tenía en sus almacenes fueron movilizados inmediatamente después del huracán. Uno de los primeros centros beneficiados en La Habana fue el Hogar Metodista de Abuelos de Marianao. De acuerdo con Mauricio Freman, administrador del centro –con capacidad para acoger a 40 ancianos–, se recibieron dos sillas de rueda y varios kits de higiene.</p>
<p>Desde 2004, el CIC trabaja en situaciones de emergencias a causa del cambio climático, que han ayudado a fortalecer la resiliencia comunitaria y a implementar acciones de ayuda humanitaria ante los efectos de la sequía, los sismos e inundaciones costeras. “Cada problema que hemos enfrentado ha sido una oportunidad para mejorar nuestra respuesta”, dice el reverendo Rusindo. “Hemos ganado credibilidad y confianza en lo que hacemos y eso se traduce en más ayuda”.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<div id="attachment_2775" style="width: 1010px" class="wp-caption alignnone"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-2775" class="size-full wp-image-2775" src="https://www.periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2018/01/IMGL6371.jpg" alt="Sonia y su hijo Yak (Foto: Ismario Rodríguez)" width="1000" height="667" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2018/01/IMGL6371.jpg 1000w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2018/01/IMGL6371-300x200.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2018/01/IMGL6371-768x512.jpg 768w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2018/01/IMGL6371-900x600.jpg 900w" sizes="(max-width: 1000px) 100vw, 1000px" /><p id="caption-attachment-2775" class="wp-caption-text">Sonia y su hijo Yak (Foto: Ismario Rodríguez)</p></div>
<p>Cuando Sonia Lavín agradece sonríe y cruza las manos sobre el pecho. No le gusta molestar, dice, pero no sabe qué hubiese sido de ella sin ayuda. Antes de hablar de Irma y sus destrozos explica que tiene dos hijos: uno hemipléjico y el otro con problemas psicológicos, preso en el Combinado del Este.</p>
<p>El agua de mar y la del río Jaimanitas se unieron y a Sonia la inundación le llegó hasta la cintura. Tiene 66 años, es asmática, y luego de poner al sol los colchones, con la guata que pudo recuperar, cosió a mano una colchoneta y un sofá. Los primeros días después del huracán, su hijo Yak, de 46 años, quien pese a su discapacidad física vive en una vivienda independiente dentro del mismo terreno de Sonia, durmió en un colchón personal que la hermana Onoria le facilitó. “Fue un alivio, porque yo soy jubilada. Mi chequera es de 142 pesos y no tenía cómo resolver tantos problemas. Aquí conviven conmigo cuatro núcleos familiares”, explica Sonia.</p>
<p>Cuando llegaron los suministros que el Poder Popular repartió en la comunidad y ella sacó la cuenta de todo lo que tenía que pagar al 50 % del valor original –kits de aseo, cocina, colchones, etc.–, supo que no le iba a alcanzar ni para empezar. Después de varios días pidió una entrevista con los trabajadores sociales, y tras demostrar que no tenía los requisitos para solicitar un crédito, a Sonia le subsidiaron cuatro colchones. Dos semanas antes, las monjas le habían dejado algunas toallas y víveres.</p>
<p>Sonia, al igual que Huanny, no tiene propiedad de su vivienda. Lleva 50 años como residente en un terreno que está en usufructo, según le dijo un funcionario de la Dirección de Vivienda Municipal de Playa. Sin embargo, ella ha recibido mejor atención por parte del Gobierno, debido a que ella y su hijo están registrados como casos sociales.</p>
<p>Yak, a causa de su parálisis no puede hablar, pero cada vez que se le visita se agita y señala el techo de madera, deteriorado. El colchón nuevo lo tiene en la sala, mientras espera la cubierta que le fue prometida.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>Al cierre de este reportaje, Huanny recibió dos colchones que Cáritas Habana envió. Luz Marina García comenta que ya han entregado doce y que continúan llegando. Han decidido priorizar aquellas familias que, por ilegales, quedaron más desprotegidas.</p>
<p><em>Intentamos obtener declaraciones sobre este caso en el Consejo Popular y con la Asamblea Municipal del Poder Popular (AMPP) de Playa. El presidente del Consejo Popular dijo no estar autorizado a dar ninguna información sobre el huracán. La presidenta de la AMPP nos informó que cualquier petición de entrevista de un medio independiente debe ser procesada y orientada por el Consejo de la Administración de La Habana y el Comité Provincial del Partido. Al momento de publicar este trabajo, la autorización no había sido concedida.</em></p>
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		<title>Nadie quiere que le olviden</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Mónica Baró Sánchez]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 01 Nov 2017 18:38:35 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Comunidades vulnerables]]></category>
		<category><![CDATA[huracán Irma]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Un edificio inhabitable en Habana Vieja, después del huracán. </p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Los vecinos más desesperados de Merced 212 dicen que en Habana Vieja las cosas solo se resuelven de una manera y que esa manera es el escándalo. Más cuando se trata de viviendas y hay que resolverlas con urgencia. Saben que si algo no soporta el gobierno es que la gente saque el perro muerto de su casa. Que los problemas se vuelvan públicos. Fue por eso que el lunes 11 de septiembre decidieron sacar a la calle butacas, sillones, un banco; lo que estimaron suficiente para hacerse notar y recordar a las autoridades que aquí, en un edificio declarado inhabitable, seguían habitando 16 familias: 44 personas, 11 menores de edad, 3 embarazadas.</p>
<p>El día anterior, que era el día después del huracán Irma, al revisar el inmueble, habían descubierto que lo peor había empeorado. Las grietas que ya estaban se habían agrandado y otras habían aparecido. Irma apenas había rozado La Habana al salir de Cuba rumbo a La Florida. El ojo pasó a unos 140 kilómetros. Pero La Habana, en especial esas hermanas caídas en desgracia que son Habana Vieja y Centro Habana, solo necesitan que las roce un huracán para estremecerse desde los mismísimos cimientos y, en ocasiones, colapsar.</p>
<p>Merced 212 no colapsó con Irma. Se estremeció, pero no colapsó. Tuvo dos derrumbes parciales: unos cuantos ladrillos que se desprendieron y algunos trozos de balcón. Nada alarmante. Lo usual con las tempestades más ordinarias, así que es un buen resultado para un huracán.</p>
<p>El problema, aseguran sus habitantes, son las grietas que permiten a los ojos mirar del otro lado. Las grietas en los muros de carga, en la azotea, en los techos de las viviendas.</p>
<p>A solicitud de Olga Fresneda, vecina del tercer y último piso, un arquitecto de la Dirección Municipal de Vivienda acudió a examinarlo en la mañana del 11 de septiembre y confirmó el agravamiento del caso. En una hoja de papel escribió y firmó una “Notificación de Peligro”, en la que advirtió que se evidenciaban “afectaciones hacia el muro perimetral ya en desplazamiento activo y existencia de agrietamiento” y recomendó trasladar a albergues o viviendas a los residentes de la última planta.</p>
<p>El dictamen técnico oficial, que lleva cuño y sello, quedó en confeccionarlo en los próximos días. Los vecinos, tres semanas después de su visita, no han vuelto a tener noticias suyas.</p>
<p>Después de Irma, Yuliet Miranda, la hija de Olga de 16 años que tiene 36 semanas de embarazo, no ha vuelto a subir al cuarto que su esposo y ella recién terminaron de reparar con motivo de la niña que va a nacer. Repellaron paredes y techos. Taparon sus grietas. Pintaron de azul, blanco y rosado.</p>
<p>Claro que sabían que el edificio estaba declarado inhabitable y que el último piso era el peor de todos. El edificio está en mal estado desde hace 50 temporadas ciclónicas. Pero la gente de aquí lleva demasiado tiempo haciendo lo mismo: preparando derretidos de cemento y arena, atravesando vigas, colocando parches, tumbando pedazos podridos, pintando y volviendo a pintar. Y eso, vivir en pugna con el deterioro y el clima, es lo normal.</p>
<p>Sus habitantes, en algún punto, determinaron no esperar a salir de lo inhabitable para comenzar a vivir sus vidas; sobre todo, porque nadie nunca ha sabido, como tampoco nadie lo sabía antes de Irma, ni nadie lo sabe ahora, cuánto tiempo hay que esperar.</p>
<p>—No es que seamos conformistas –dice Olga, la madre de Yuliet–, nosotros nos hemos movido, pero nunca nos han hecho caso, o nos han dado respuestas negativas: no se puede hacer nada, no tenemos, no hay. Y una no tiene para dónde irse.</p>
<div id="attachment_2714" style="width: 910px" class="wp-caption alignnone"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-2714" class="size-full wp-image-2714" src="https://www.periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/11/Edificio-27.jpg" alt="Olga, en la azotea (Foto: Ismario Rodríguez)" width="900" height="600" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/11/Edificio-27.jpg 900w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/11/Edificio-27-300x200.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/11/Edificio-27-768x512.jpg 768w" sizes="(max-width: 900px) 100vw, 900px" /><p id="caption-attachment-2714" class="wp-caption-text">Olga, en la azotea (Foto: Ismario Rodríguez)</p></div>
<p>También, en algún otro punto, pudieron haber dejado de creer que saldrían de lo malo y que esto era todo, su suerte, su cruz, lo que les tocaba.</p>
<p>No es raro, teniendo en cuenta los antecedentes, que hoy muchos vecinos expresen más fe en la resistencia del edificio, que en quienes sean que disponen del poder para salvarlos de un derrumbe. Merced 212, en medio siglo, les ha defraudado menos.</p>
<p>Rita María Abreu, quien ocupa la habitación del fondo de la planta baja, no se evacuó porque su hijo no quiso evacuarse y ese es el único hijo que a ella le queda. El otro se le murió con apenas 27, hace cinco años, y dice que no quiere volver a llorar a otro hijo. Rita no se queda en un edificio en ruinas sino al lado del hijo que no quiere perder.</p>
<p>De acuerdo con los testimonios de los vecinos, al edificio sí vinieron a evacuar.</p>
<p>El sábado, sobre las tres de la tarde, la delegada de la circunscripción apareció, se paró en el patio interior, pidió a los vecinos que se asomaran en los pasillos y, desde ahí, les comunicó que debían salir, sin llevar sus bienes consigo. Unos no entendieron adónde debían ir, otros dejaron de entender cuando escucharon que debían dejar atrás sus bienes, otros no recuerdan ni lo que dijo, otros no se enteraron de que estuvo ahí, otros no estaban a esa ahora en el lugar.</p>
<p>Yiván Torriente cuenta que él estaba, se asomó al pasillo y escuchó, pero que cuando salió como a la media hora para intentar evacuarse, porque tiene un bebé de cinco meses y una esposa embarazada, en la calle no encontró a nadie que estuviera evacuando, ni medios de transporte, ni nada que le indicara qué rumbo tomar.</p>
<p>Jeyser Rodríguez era uno de los que estaba trabajando cuando la delegada vino. Su madre, Martha Fábregas, sí estaba, pero Jeyser de todas maneras ya pensaba pasar el mal rato aquí. Dice que no tuvieron quien les ofreciera refugio y tampoco querían dejar sus cosas solas.</p>
<p>Su madre y él son originarios de Baracoa, una ciudad del Oriente de Cuba, situada a unos 990 kilómetros de La Habana. Aquí llevan solo cinco años. Hay un tío, pero no les gusta molestarlo. A las dos de la mañana, no obstante, tuvieron que molestar al tío.</p>
<p>A las dos de la mañana, una pared del cuarto donde residen empezó a temblar. A Martha la atacaron los nervios. La pared es la pared que tiene una de las grietas más brutales. La gente dice que el día que ocurra el derrumbe, va a ocurrir por ese lado, que el edificio se abrirá como un abanico.</p>
<p>Martha pensó que la profecía del abanico se cumpliría con Irma. Sin embargo, Jeyser regresó a su cuarto.</p>
<p>Una vez que el huracán estuvo lo suficientemente lejos de la Isla, quienes se habían marchado del edificio retornaron. La mayoría, el mismo domingo, como si los riesgos hubieran desaparecido. Pero si algo aprenden los inquilinos de un inhabitable es que si mala es la tempestad, peor es la calma que sobreviene.</p>
<p>Los riesgos no desaparecen cuando el cielo se despeja. Muy al contrario, se incrementan. Lo que las lluvias y el viento no tumban, puede tumbarlo el sol. Los dos derrumbes parciales reportados por los vecinos de aquí ocurrieron en la tarde del jueves 14 de septiembre.</p>
<p>Aunque en Merced 212 ya se pueden escuchar cafeteras colando, ollas de presión, batidoras eléctricas, televisores con novelas y noticias, conversaciones en los pasillos, cantos y rezos afrocubanos, pasos en las escaleras, puertas que se cierran, es decir, los ruidos clásicos de la rutina doméstica en una ciudadela habanera, la posibilidad de una tragedia que interrumpa abruptamente esa rutina no ha disminuido.</p>
<p>Hay familias, las menos, que no han vuelto a dormir en el edificio después del huracán. Las demás no tienen para dónde ir. Su estrategia de protección consiste en exponerse lo indispensable al peligro. Pasan el mayor tiempo posible en la calle y van a sus casas solo a cambiarse de ropa, comer, bañarse y dormir.</p>
<p>También hay quienes han renunciado a la barbacoa y colocado sus colchones cerca de la puerta de salida, que es colocarlos más lejos del techo, y ahí duermen, como se dice, con un ojo abierto y otro cerrado. Yiván, por ejemplo, mal duerme en una butaca junto a la puerta, desde donde vigila el sueño de su esposa y su hijo, al tiempo que presta oídos al edificio, por si le siente estertores que anticipen un derrumbe.</p>
<div id="attachment_2715" style="width: 910px" class="wp-caption alignnone"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-2715" class="size-full wp-image-2715" src="https://www.periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/11/Edificio-36.jpg" alt="Yiván, el esposo de Blanca y el padre de Jorge (Foto: Ismario Rodríguez)" width="900" height="600" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/11/Edificio-36.jpg 900w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/11/Edificio-36-300x200.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/11/Edificio-36-768x512.jpg 768w" sizes="(max-width: 900px) 100vw, 900px" /><p id="caption-attachment-2715" class="wp-caption-text">Yiván, el esposo de Blanca y el padre de Jorge (Foto: Ismario Rodríguez)</p></div>
<p>Quieren pensar que, si finalmente todo se desploma, el entrepiso que divide la habitación en dos niveles puede servir como contención y soportar lo que sea que caiga y, quizás, ganarles unos segundos para escapar. Quizás.</p>
<p>Ruth Rivera sí decidió marcharse desde 2006 con su hija de seis años, tras un derrumbe atroz que las despertó en la madrugada y las hizo huir despavoridas. Desde entonces, no han vuelto. O no del todo, porque Ruth viene casi a diario. En su cuarto, en el primer piso, es donde se pone y se quita el uniforme de enfermera.</p>
<p>Su trabajo y el preuniversitario donde estudia la hija quedan en este mismo barrio.</p>
<p>Antes de Irma, de vez en cuando ella y la hija se quedaban a pasar la noche. Ahora no. Ahora Ruth no deja a la hija ni siquiera entrar. Su hija está embarazada. Sin embargo, Ruth insiste en que, si bien las han acogido en otro lugar, su casa es el último cuarto del primer piso de Merced 212. Ahí nacieron ella y su hija y esa es la dirección que registran sus documentos de identidad y será donde inscribirán al bebé que nazca.</p>
<p>El último dictamen técnico que se preserva data del año del derrumbe que espantó de manera irremediable a Ruth. (Lo que se derrumbó fue el baño colectivo del cuarto nivel –o tercer piso– y un tanque de hormigón que almacenaba agua). Dicho dictamen habla de “muros agrietados, socavados”, “filtraciones a través de la cubierta”, “peligro inminente de derrumbe en otras áreas” y, al final, recomienda la demolición parcial del cuarto nivel y una reparación capital de todos los niveles.</p>
<p>La recomendación, vale aclarar, no debe entenderse como un plan, ni a corto, ni a mediano, ni a largo plazo. Es, en concreto, una sección del formato de los dictámenes técnicos que no debe dejarse en blanco.</p>
<p>Elizabeth Martínez, vecina del segundo piso, cuenta con un documento más reciente. Se trata de una “Notificación de Peligrosidad” fechada en mayo de 2016. Se la entregaron con motivo de otro derrumbe, que tuvo el mismo origen que el de 2006, y está firmada por un inspector técnico de la Unidad Municipal de Inversiones de la Vivienda de Habana Vieja.</p>
<p>La notificación de Elizabeth, madre de dos niños pequeños, dice, con contundencia, que la habitación que ocupa ofrece peligro para la vida de sus inquilinos y <strong>PROHIBE</strong> (así, en mayúscula y negrita) “el uso o estancia de dicha área o elemento”. Más abajo, recomienda, “como medida de emergencia y seguridad”, que “<strong>sea desocupada inmediatamente</strong>” (igual, en negrita).</p>
<p>Un año después de todas esas letras en mayúscula y negrita, Elizabeth continúa en la misma habitación.</p>
<div id="attachment_2716" style="width: 910px" class="wp-caption alignnone"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-2716" class="size-full wp-image-2716" src="https://www.periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/11/Edificio-50.jpg" alt="Elizabeth en los bajos del edificio, con sus hijos (Foto: Ismario Rodríguez)" width="900" height="600" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/11/Edificio-50.jpg 900w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/11/Edificio-50-300x200.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/11/Edificio-50-768x512.jpg 768w" sizes="(max-width: 900px) 100vw, 900px" /><p id="caption-attachment-2716" class="wp-caption-text">Elizabeth en los bajos del edificio, con sus hijos (Foto: Ismario Rodríguez)</p></div>
<p>El lunes 11 de septiembre, cuando los vecinos más desesperados decidieron sacar a la calle el perro muerto que es el hecho de que el edificio donde viven puede venirse abajo, no estaban intentando poner de manifiesto un problema que causara el huracán Irma. Han debido transcurrir muchos años de papeles inoperantes para llegar hasta las circunstancias actuales.</p>
<p>La orden de albergue más antigua, a nombre de la madre de José Ignacio Perdomo, residente en el primer piso, data de 1967. José Ignacio, quien vino a vivir aquí con un año en 1963, cuenta que Merced 212 se agrietó tras la segunda explosión del barco de vapor <em>La Coubre</em>, en 1960. Sin embargo, han sido el tiempo, la falta de mantenimiento y la hostilidad del clima lo que más ha lastimado la estructura. El edificio se construyó hace más de 100 años.</p>
<p>En La Habana, al cierre de 2015, había <a href="http://www.radiociudadhabana.icrt.cu/2016/02/21/programa-de-la-vivienda-en-la-habana-con-logros-y-muchos-retos/" target="_blank" rel="noopener">más de 34 000 familias con anuencia de albergue</a>, que es decir más de 34 000 familias residiendo en viviendas declaradas inhabitables.</p>
<p>Merced 212 ya no puede continuar tentando la suerte. Lo saben sus vecinos y las autoridades del municipio, que lo han identificado como una de las dos edificaciones del Consejo Popular San Isidro que, por quedar con secuelas de Irma, debe ser evacuada.</p>
<p>En la tarde del martes 12 de septiembre, dos funcionarias de la Unidad Municipal de Atención a Comunidades de Tránsito, institución mejor conocida como Albergue, vinieron para levantar información. En la sala de Ana Victoria Rodríguez, en el primer cuarto de la planta baja, apuntaron nombres y apellidos, carnés de identidad, dictámenes técnicos, órdenes de albergues, títulos de los usufructos y hasta enfermedades, y dijeron que recogieran y empaquetaran sus bienes porque iban a mandar camiones para mudar.</p>
<p>Al anochecer, los vecinos más desesperados guardaron las butacas, los sillones, el banco. Desmontaron la protesta.</p>
<p>El miércoles en la mañana, una funcionaria del Partido Comunista de Cuba del municipio convocó a una reunión en la Casa de Abuelos, justo frente al edificio. Los asistentes recuerdan, especialmente, que les dijeron que tuvieran confianza en el Partido. Confianza en el Partido, confianza en el Partido, confianza en el Partido: es lo que reiteran todos. Como si la funcionaria no hubiera dicho nada más.</p>
<p>Después de ese encuentro, alrededor de las once, un grupo de vecinos se dirigió a la sede del gobierno de Habana Vieja para ver al presidente de la Asamblea Municipal del Poder Popular y averiguar pormenores de su caso. Ahí, el presidente les atendió en la calle y les dijo que estaba buscando una oferta que hacerles. A Yilam Quintero, en específico, le pidió que citara a los vecinos para una reunión a las tres de la tarde, que llegaría con una respuesta, y que les exhortara a no continuar sacando muebles para la calle.</p>
<p>A las tres de la tarde, en las afueras de Merced 212, los vecinos se miraban las caras. A las cinco de la tarde, todavía se miraban las caras y comenzaban a desesperarse. Se preguntaban qué había pasado con el presidente y por qué no había enviado a alguien en su nombre con la respuesta o al menos con una disculpa. Entonces, decidieron jugar dominó.</p>
<p>Si hay que mirarse las caras, más vale no aburrirse. Sacaron los muebles de antes, más una mesa y cuatro sillas para jugar dominó y las pusieron en el mismo medio de la calle.</p>
<p>En menos de dos horas, la policía llegó. Los jugadores de dominó estaban bloqueando la vía. Es cierto que Merced no es una vía muy transitada, pero se transita. Aquello era considerado inadmisible. Pero había varias cosas que los vecinos también consideraban inadmisibles, así que continuaron jugando.</p>
<p>—Yo tengo que hacer algo para que me ayuden, para que nos ayuden… –dice Yiván, que jugó dominó–. Entonces es la amenaza: que si te vamos a llamar a la policía, que si te vamos a llamar a la especializada. Uno no tiene miedo. Y mucho menos cuando la vida de sus hijos está en riesgo. Uno no tiene miedo.</p>
<div id="attachment_2717" style="width: 910px" class="wp-caption alignnone"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-2717" class="size-full wp-image-2717" src="https://www.periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/11/Edificio-8.jpg" alt="Paredes interiores en el segundo piso (Foto: Ismario Rodríguez)" width="900" height="600" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/11/Edificio-8.jpg 900w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/11/Edificio-8-300x200.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/11/Edificio-8-768x512.jpg 768w" sizes="(max-width: 900px) 100vw, 900px" /><p id="caption-attachment-2717" class="wp-caption-text">Paredes interiores en el segundo piso (Foto: Ismario Rodríguez)</p></div>
<p>Sobre las nueve de la noche, el presidente del gobierno municipal apareció en un auto, acompañado por otras dos representantes del gobierno. Las otras dos representantes permanecieron calladas. Quien habló fue el presidente, que dijo, de acuerdo con los testimonios de quienes asistieron a su aparición, que le dieran un chance hasta mañana, que iba a sorprenderles con una oferta de locales temporales tan pero tan buena, que luego nadie iba a querer irse de ahí cuando fueran a otorgar viviendas.</p>
<p>Al día siguiente, poco después de las cuatro de la tarde, las mismas funcionarias de Albergue que habían estado el martes en la sala de Ana Victoria levantando información llegaron para comunicar que los jefes de núcleos familiares debían presentarse en el gobierno municipal a las cinco de la tarde. Finalmente, les harían saber la oferta.</p>
<p>A las cinco de la tarde, los jefes de núcleo estaban en el gobierno municipal. Ansiosos por que les sorprendieran. Allí había una comisión integrada por cuatro personas sentadas en torno a una mesa redonda. El presidente no era una de esas cuatro personas.</p>
<p>Uno por uno, los jefes de núcleo fueron pasando, daban los datos que ya habían dado en la tarde del martes, escuchaban la oferta. Cada vez que alguien salía, contaba al resto la oferta que había escuchado. En todos los casos era la misma. Y, uno por uno, fueron también rechazando la oferta. Luego, firmaron un documento donde dejaron constancia de su rechazo y retornaron a sus viviendas.</p>
<p>Lo que ofertaron fueron unas oficinas en un edificio de la calle Obispo, que poco a poco iban a ir habilitando. Con baño colectivo. Uno para más de cuarenta personas, incluyendo a los niños.</p>
<p>No habría cocina, ni siquiera colectiva, apenas una meseta donde podrían colocar el desayuno, almuerzo y comida que el gobierno les iba a mandar a diario, mientras estuvieran allí. Sería algo temporal; aunque no sabían precisar cuánto tiempo cabía en la palabra temporal.</p>
<p>Y lo más importante: no podrían llevar para las oficinas sus pertenencias. Todo, sus ropas, sus muebles, sus equipos, tendrían que dejarlo en el edificio. Había que ir con las manos peladas. No a vivir sino simplemente a estar, a estar vivo, como mismo se está vivo en una esquina o en el banco de un parque.</p>
<p>Yilam y otras tres personas han querido aclarar que no aspiran a una habitación en el Hotel Manzana (en el Hotel Manzana Kempinski). Su aspiración es que les oferten algo que cuente con las condiciones indispensables.</p>
<p>Cuando hablan de condiciones indispensables, hablan de un espacio para cada familia con baño y cocina, aunque sea en una única habitación, que es en definitiva lo que tienen en el edificio. Hablan de privacidad y protección. Hablan de llevar consigo sus bienes. Hablan de acceso a los servicios de agua, electricidad y gas. Hablan de algo tan vital como la dignidad.</p>
<p>Ana Victoria, la del primer cuarto de la planta baja, se niega porque no quiere perder sus comodidades. Es una mujer con 67 años de edad y las piernas enfermas, que ha trabajado más de la mitad de su vida. Fueron 23 como maestra de primaria y secundaria, porque ella es licenciada en educación, y otros 20 como vendedora ambulante.</p>
<div id="attachment_2718" style="width: 876px" class="wp-caption alignnone"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-2718" class="size-full wp-image-2718" src="https://www.periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/11/Edificio-54.jpg" alt="Ana Victoria arma cucuruchos de maní para vender en el día de las Mercedes (Foto: Ismario Rodríguez)" width="866" height="600" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/11/Edificio-54.jpg 866w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/11/Edificio-54-300x208.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/11/Edificio-54-768x532.jpg 768w" sizes="(max-width: 866px) 100vw, 866px" /><p id="caption-attachment-2718" class="wp-caption-text">Ana Victoria arma cucuruchos de maní para vender en el día de las Mercedes (Foto: Ismario Rodríguez)</p></div>
<p>El aula la abandonó en 1998. Su madre era diabética, le salió una úlcera en un pie, quisieron cortárselo, la madre dijo que se mataba, y Ana Victoria se la llevó a su cuarto para cuidarla ella misma. En el Servicio Militar estaba el hijo, que criaba sola. Y como el salario de maestra no alcanzaba, empezó a vender cosas en la calle.</p>
<p>Las comodidades que no quiere perder y por las que está dispuesta a arriesgar su vida son una cocina y un baño azulejados, una barbacoa con escalera –que casi no usa porque le cuesta demasiado subir–, un televisor, un refrigerador, un ventilador, una olla arrocera y algunos muebles. No es que sea insensata o superficial. Ni ella ni ningún otro vecino que plantea la misma disposición.</p>
<p>Si la gente arriesga la vida por lo poco que tienen, es porque le cuesta demasiada vida lograr lo poco que tienen.</p>
<p>Ana Victoria no se aferra a azulejos, ni a un televisor, ni a un refrigerador. Lo que no quiere perder, en realidad, son 43 años de trabajo: de dar clases, de no vestirse, de no pasear, de revender cigarros, de ir detenida por vender sin licencia, de vender tamales en la playa y maní afuera de los teatros, de cambiar el aula por la calle, de un sacrificio tras otro. Ana Victoria, vaya contradicción, se está aferrando a su vida.</p>
<p>Rita, un año menor que Ana Victoria, se enfrenta al mismo conflicto:</p>
<p>—Mientras yo tenga las cosas mías quiero cuidarlas, porque después de los cincuenta años no se hace nada… ¿Cómo voy a recuperar mis cosas si las pierdo?</p>
<p>El presidente del Consejo Popular San Isidro, Silvio Mederos, en entrevista con <em>Periodismo de Barrio</em>, realizada el 22 de septiembre, informó que las dos edificaciones afectadas en esta zona por el huracán Irma que planean evacuar debido al peligro que representan son Merced 212 y San Ignacio 713. San Ignacio 713 acoge a una sola familia, pero conformada por 12 niños y 10 adultos. Sin embargo, no disponen todavía de un sitio para trasladarles.</p>
<p>La Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana (OHC) cedió al gobierno municipal el primer piso del edificio del Grupo de Trabajo Estatal Bahía de La Habana, situado en la Avenida del Puerto, en el mismo municipio, y para ahí trasladarían a los habitantes de ambas edificaciones, pero en estos momentos las oficinas están siendo adaptadas a viviendas y Silvio Mederos no sabe qué tiempo demorará ese proceso. Lo que sí asegura es que, una vez queden listas, las personas podrán trasladar consigo sus pertenencias.</p>
<p>Hasta el sábado 23 de septiembre, en el piso prestado por la OHC había ocho familias alojadas, procedentes de un edificio de Centro Habana, ubicado frente al Malecón, que con las penetraciones del mar ocasionadas por Irma había sufrido múltiples derrumbes (de paredes, techos y columnas) y sus habitantes se habían visto obligados a abandonarlo. Cuenta Andrea García, una de sus habitantes, que cuando les trajeron para este sitio en la noche del 21, llevaban 12 días durmiendo a la intemperie con las pocas cosas que habían conseguido salvar.</p>
<p>Pero las labores de habilitación de este albergue no habían finalizado entonces. Recién comenzaban.</p>
<p>Ese sábado, mientras una brigada constructiva levantaba paredes de cartón yeso (o pladur) e instalaba los servicios sanitarios, las primeras 23 personas albergadas comenzaban a organizar sus muebles y equipos y a recrear la calidez de sus hogares perdidos. De acuerdo con Robin Galindo, administrador del albergue, el plan es adecuar a viviendas un total de 42 oficinas.</p>
<p>No todas tendrían ventanas, solo hay ventanas de un lado, y ninguna tendría baño en su interior. Los baños serían colectivos. Hasta ese momento, había ocho funcionando. Tampoco se pondría gas. El piso es un préstamo temporal y, eventualmente, volverá a ser un centro de trabajo; por lo cual debe alterarse lo menos posible su estructura.</p>
<div id="attachment_2719" style="width: 910px" class="wp-caption alignnone"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-2719" class="size-full wp-image-2719" src="https://www.periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/11/Edificio-60.jpg" alt="Uno de los destinos posibles (Foto: Ismario Rodríguez)" width="900" height="600" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/11/Edificio-60.jpg 900w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/11/Edificio-60-300x200.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/11/Edificio-60-768x512.jpg 768w" sizes="(max-width: 900px) 100vw, 900px" /><p id="caption-attachment-2719" class="wp-caption-text">Uno de los destinos posibles (Foto: Ismario Rodríguez)</p></div>
<p>Sin embargo, todavía ninguna de las 16 familias, ni la otra de San Ignacio 713, sabe, con certeza, a qué lugar será trasladada.</p>
<p>Yilam, junto con otras tres vecinas, el 3 de octubre acudió al gobierno municipal en busca de una respuesta y, luego de persistir durante casi siete horas y quedarse sola, el presidente la atendió y le comunicó que mantendría la oferta de Obispo, que para ahí podrían ir con sus bienes, una vez que terminaran de adecuar las oficinas. En cualquier caso, corresponde continuar esperando.</p>
<p>Lo único que sí saben los vecinos de Merced 212 es lo que quieren y lo que no. Si a algo temen tanto como a los derrumbes es a los albergues. Nadie concibe el albergue como un espacio transitorio, una escala rumbo a un destino mejor. Un albergue se asocia más con un naufragio que con un refugio. Hay demasiadas historias en su contra.</p>
<p>La familia de 22 personas de San Ignacio 713 vive ahí en condición de albergada. San Ignacio 713 es un local que le entregó la Dirección Municipal de la Vivienda de Habana Vieja, mediante Acta Jurada, por un período de 20 días, porque un derrumbe había destruido el cuarto del edificio donde originalmente residía. Eso fue en enero de 1998: hace casi 20 años.</p>
<p>Y 20 años y doce nacimientos después, la familia de 22 personas espera para ser trasladada a otro albergue, pues en la noche del 9 de septiembre se derrumbó parte del esqueleto del edificio que queda en el patio del local, y Andrés Miranda, de 51 años, quedó sepultado por los escombros. No murió, pero sufrió lesiones graves en la cabeza y en una pierna.</p>
<p>No muy lejos, en el edificio de Obispo, donde primero propusieron evacuar, conviven actualmente tres familias que fueron para ahí por quince días y ya llevan cuatro años.</p>
<p>Es comprensible que los vecinos de Merced 212 no confíen, que cuando escuchen hablar de albergue, no piensen en el sitio donde pasarían una ínfima parte de su existencia sino donde podrían pasar la mitad o la tercera parte de su existencia, los mejores años o los últimos. Por eso exigen que se parezca a una vivienda. En alguna medida, intentan garantizar que, si les olvidan, sus vidas continúen lo más dignamente posible.</p>
<p>En un edificio inhabitable hay miedo al derrumbe y hay miedo al olvido, pero hay también un cuarto que se puede llamar hogar. En un albergue, que no tuviera lo necesario para llamarse hogar, solo quedaría miedo al olvido. Aunque la familia de San Ignacio 713 diría que no, que, en ocasiones, en un albergue también hay el miedo al derrumbe.</p>
<p>La entrada <a rel="nofollow" href="https://periodismodebarrio.org/2017/11/nadie-quiere-que-le-olviden/">Nadie quiere que le olviden</a> se publicó primero en <a rel="nofollow" href="https://periodismodebarrio.org">Periodismo de Barrio</a>.</p>
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		<title>Matanzas, un drama en tres actos</title>
		<link>https://periodismodebarrio.org/2017/10/matanzas-un-drama-en-tres-actos/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Elaine Díaz]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 03 Oct 2017 14:40:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Desastres naturales]]></category>
		<category><![CDATA[huracán Irma]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El huracán Irma salió de Cuba por un punto ubicado a 45 kilómetros de Punta Hicacos. La provincia de Matanzas resultó severamente afectada, sobre todo los municipios Matanzas y Cárdenas. Además, se reportaron daños en Varadero, uno de los polos turísticos más importantes del país, y en el municipio agrícola Martí.</p>
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]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<h2><strong>Prólogo</strong></h2>
<p>Dice un actor del grupo de teatro local: “En Matanzas no pasó nada. Si acaso, puso la ciudad un poco más fea”.</p>
<p>Dice un custodio en el polo turístico Varadero: “El gobierno nos preguntó si queríamos que nos mandaran ayuda para recoger los árboles y los escombros. Les dijimos que no, que por nosotros no se preocuparan, que íbamos a recoger todo esto solos”.</p>
<p>Dice un chofer de taxi, cuando pasa por Versalles, barrio de pescadores: “Hubo una corrida de pargo tres días después. Lunes, martes y miércoles. Había mucho pargo y poca electricidad”.</p>
<p>Dice Javier Fal, agricultor en Itabo, que Irma le dijo: “Te voy a moler”.</p>
<p>Cerca de la termoeléctrica Antonio Guiteras nadie dice, pero todos vemos. Camiones, carros, ómnibus Transtur, taxis amarillos. Hay mucha gente vigilando que la termoeléctrica eche a andar. Los camiones están numerados. El último que veo tiene un cartel donde se lee: “CTE 43. Recuperación Huracán Irma”.</p>
<h2><strong>El pescador</strong></h2>
<div id="attachment_2694" style="width: 1010px" class="wp-caption alignnone"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-2694" class="wp-image-2694" src="https://www.periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/10/MG_3362.jpg" alt="" width="1000" height="667" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/10/MG_3362.jpg 2000w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/10/MG_3362-300x200.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/10/MG_3362-768x512.jpg 768w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/10/MG_3362-900x600.jpg 900w" sizes="(max-width: 1000px) 100vw, 1000px" /><p id="caption-attachment-2694" class="wp-caption-text">Rodolfo García (Roly) y Yuri Rodríguez se preparan para tirar el palangre antes del anochecer (Foto: Jorge Ricardo)</p></div>
<p>Primero salió Irma, por un punto ubicado a 45 kilómetros de Punta Hicacos, y detrás los pescadores. Se sabe que huracán trae pescado. Y por eso Rodolfo García (Roly) y Yuri Rodríguez subieron a su bote, el más pequeño de los 20 que se guardan en la base Camilo Cienfuegos, y se echaron al mar, hasta que hubo demasiado pargo vivo en el mar y demasiado pargo muerto en el bote.</p>
<p>“Hay que irse echando”, dijo Yuri, “que nos hundimos”.</p>
<p>Tenían más de 200 libras.</p>
<p>Si les preguntas a los pescadores el pargo se vendió mal. Sin electricidad en las casas ni en los frigoríficos del Estado, bajó hasta 8 pesos la libra. Si les preguntas a los clientes, que compraban 3 o 4 pescados para cocinar durante el día, a ese precio debería estar siempre.</p>
<p>En la base Camilo Cienfuegos no se perdió ningún bote. Los vientos huracanados los zarandearon, las olas del mar entraron por el río y alcanzaron los cuartos de los pescadores. Tumbaron la habitación del custodio, que estaba dentro, más para garantizar que los daños que se contabilizaran al día siguiente fueran efectivamente producto del huracán que para proteger lo que sea que hubiera que proteger en la Base. Antes de que el mar inundara la Base y el custodio tuviera que irse –porque presintió, en un destello de sentido común, que un cuarto de tabla de madera y techo de cualquier cosa no resiste mar, viento y río–, Yuri regresó y amarró por segunda vez su bote, que ya estaba virado.</p>
<p>Lo salvó.</p>
<h2><strong>El agricultor</strong></h2>
<div id="attachment_2695" style="width: 1010px" class="wp-caption alignnone"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-2695" class="wp-image-2695" src="https://www.periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/10/MG_3490.jpg" alt="(Foto: Jorge Ricardo)" width="1000" height="667" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/10/MG_3490.jpg 2000w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/10/MG_3490-300x200.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/10/MG_3490-768x512.jpg 768w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/10/MG_3490-900x600.jpg 900w" sizes="(max-width: 1000px) 100vw, 1000px" /><p id="caption-attachment-2695" class="wp-caption-text">Javier Fal salvó 3 000 matas de plátano (Foto: Jorge Ricardo)</p></div>
<p>Javier Fal habla de Irma en masculino. “Del daño, en la vida real, uno se da cuenta cuando pasan los días”, dice este agricultor que vive en Zapato, pueblo del municipio agrícola Martí. Él cree que el huracán se ensañó con “la esquinita esta” y señala las 9 000 matas que fueran su plantación de plátanos. Cree también que Irma machacó la finca y, “al no quedar complacido”, viró y dijo: “Te voy a patear otra vez, para que tú veas que soy un <em>caballote</em> de verdad”.</p>
<p>Pero las estadísticas confirman que lo sucedido en la finca de Javier fue la norma, no la excepción.</p>
<p>Se siembra plátano por amor al plátano. Primero, porque este cultivo tarda un año en cosecharse; segundo, porque requiere una buena inversión para comprar posturas, librar a las plantas de hierbas y plagas, fertilizarlas e instalar regadíos; y tercero, porque es difícil que sobreviva a los fuertes vientos de un huracán o a la sequía. A los frijoles y al maíz, como son cultivos de ciclo corto, no se les toma tanto cariño. En su platanal, Javier Fal invirtió 100 000 pesos y esperaba recoger 570 000. De esos, un 7 % le tocaba a la Cooperativa. El resto era para la casa. Y cuando dice “la casa” se refiere –lo recalca hasta el delirio– a la fiesta de 15 años de una de sus hijas.</p>
<p>A todos convenía que Javier entregara la cosecha prometida de plátano. Las cifras de pérdidas agrícolas oficiales, hoy números fríos sobre papel, se convertirán mañana en desabastecimiento palpable en los mercados. “La demanda de la población no podrá ser satisfecha en los próximos meses”, <a href="http://onu.org.cu/files/files/SitRep_13_Huracan_Irma_SNU_Cuba_200917.pdf" target="_blank" rel="noopener">asegura el informe presentado por la Oficina de Naciones Unidas</a>.</p>
<p>No obstante, el hecho de que Javier siembre para su hija, y que siembre, también, con su hija, cambia favorablemente el panorama de su finca.</p>
<p>Se dice que las fincas familiares se recuperan con mayor facilidad de los desastres naturales. Por lo obvio, porque son de una familia, de un conjunto de personas que dependen de ellas. Porque cuando Javier no tuvo valor para llegar hasta el final de la línea de plátano sembrado, su padre dijo que caminara más, que las últimas no estaban partidas. Y hay una diferencia notable entre la mata de plátano partida y la que está acostada. La misma que entre la vida y la muerte. La mata de plátano acostada se puede salvar.</p>
<p>“Hay dos hectáreas de plátanos que recuperamos. Fuimos mata por mata y las paramos, les echamos un poco de tierra, y a los pocos días se pusieron verdecitas de nuevo”, dice Javier. Dos hectáreas de plátano son 3 000 matas. La familia de Javier tiene menos de 10 integrantes. La recuperación duró tres días.</p>
<p>“Estas matas tienen cuatro meses y medio”, dice. “Habrá plátano aquí el próximo año antes de que llegue cualquier ciclón”.</p>
<h2><strong>El sobreviviente</strong></h2>
<div id="attachment_2696" style="width: 1010px" class="wp-caption alignnone"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-2696" class="wp-image-2696" src="https://www.periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/10/MG_3252.jpg" alt="(Foto: Jorge Ricardo)" width="1000" height="667" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/10/MG_3252.jpg 2000w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/10/MG_3252-300x200.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/10/MG_3252-768x512.jpg 768w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/10/MG_3252-900x600.jpg 900w" sizes="(max-width: 1000px) 100vw, 1000px" /><p id="caption-attachment-2696" class="wp-caption-text">Rosendo piensa recortar su casa y señala el sitio. Es por donde están los palos que sostienen el techo (Foto: Jorge Ricardo)</p></div>
<p>Rosendo, cuando lo fueron a buscar para evacuarse, se escondió. Y al chofer del ómnibus casi le cuesta la vida.</p>
<p>Unas horas antes de que el chofer pasara por su casa levantada con tablas y con techo de zinc, Rosendo había llevado pescado frito, tres bolsas de leche, arroz y galletas para su cueva, a 2 kilómetros de su vivienda. La cueva no le es extraña a Rosendo. Allí encontró refugio cuando tenía 29 años y decidió abandonar Versalles, un pueblo de Matanzas, para irse al mar y al campo. Allí vivió con Collar, su perro entrenado que agarraba todos los conejos, pero que “no quería cuentos con las jutías”. Allí cocinó los conejos de Collar y las jutías suyas.</p>
<p>A la cueva le llama “un lugar seguro”. Que es la razón por la que Rosendo no le teme a los huracanes: porque desde 1931 está mirando ciclones y siempre ha tratado de estar en un lugar seguro.</p>
<p>Cuando el huracán Irma abatió el poblado costero donde vive Rosendo, al que llaman Finca Santa Teresita, el hombre pasó por tres lugares inseguros. Del primero lo sacó una marejada, del segundo otra marejada, y del tercero una racha de viento que le llevó el techo y permitió que una tercera marejada se colara. Así amaneció.</p>
<p>En el barrio de Rosendo vive tan poca gente a tiempo completo que si no hubiera salido <a href="http://webcache.googleusercontent.com/search?q=cache:www.giron.cu/es/noticia/sociedad/rosendo-%E2%80%9Cel-mar-no-cree-en-nadie%E2%80%9D" target="_blank" rel="noopener">su foto en el periódico local yo no lo habría encontrado</a>. Y si yo no lo hubiera encontrado, Rosendo quizás no habría sabido que su foto salió en el periódico local. Es una zona costera donde, antes del huracán, había una docena de casas de mampostería con dueños que solo venían los fines de semana a vacacionar. Ahora llega poca gente: los que tienen las viviendas en pie, a darles una vuelta; los que tienen las viviendas en el piso, a ver si quedó algo que merezca ser rescatado; y los que no tienen viviendas ni en pie ni en el piso, pero buscan qué se pueden robar para completar sus casas o venderlo a los que tienen viviendas en el piso en el próximo barrio.</p>
<p>El día del huracán, el chofer del ómnibus donde iban a evacuar a Rosendo regresó sin él. El viento casi vira la guagua, el chofer tuvo que bajarse y meterse en casa de unos vecinos que encontró cerca. “A mí me da una pena eso”, dice el hombre de 88 años que espera que lleguen los clavos para reparar el techo de su casa. ¿Que si tuvo daños? Dice que ninguno. Que el huracán le llevó algo a la casa. Quizás las planchas de zinc que le faltan al techo. Es difícil de determinar porque la casa de Rosendo no parece que se la llevó el huracán; parece, si acaso, que la trajo el ciclón y la dejó en este sitio. Pero ya que estamos en temporada de recuperación, va a aprovechar y “cortarla”. “¿Para qué quiero tanta casa?”, dice y señala un desnivel por donde la piensa “cortar”.</p>
<h2><strong>Epílogo</strong></h2>
<div id="attachment_2697" style="width: 1010px" class="wp-caption alignnone"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-2697" class="wp-image-2697" src="https://www.periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/10/MG_3278.jpg" alt="(Foto: Jorge Ricardo)" width="1000" height="667" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/10/MG_3278.jpg 2000w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/10/MG_3278-300x200.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/10/MG_3278-768x512.jpg 768w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/10/MG_3278-900x600.jpg 900w" sizes="(max-width: 1000px) 100vw, 1000px" /><p id="caption-attachment-2697" class="wp-caption-text">En esta zona se derrumbaron casi todas las casas de verano. A lo lejos, se encuentra la termoeléctrica Antonio Guiteras (Foto: Jorge Ricardo)</p></div>
<p>En Matanzas hubo 2 600 viviendas dañadas y 200 derrumbes totales.</p>
<p>Cuba perdió, en menos de 72 horas, 50 500 hectáreas de cultivos. De ellas, 26 915 (más del 50 %) eran de plátanos: el 25 % de la plantación nacional.</p>
<p>La termoeléctrica Antonio Guiteras se reincorporó al sistema electroenergético nacional (SEN) este lunes 1 de octubre.</p>
<p><em>Este trabajo fue realizado con apoyo del Centro de Periodismo Investigativo de Puerto Rico.</em></p>
<p>La entrada <a rel="nofollow" href="https://periodismodebarrio.org/2017/10/matanzas-un-drama-en-tres-actos/">Matanzas, un drama en tres actos</a> se publicó primero en <a rel="nofollow" href="https://periodismodebarrio.org">Periodismo de Barrio</a>.</p>
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