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	<title>cuentos &#8211; Periodismo de Barrio</title>
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	<title>cuentos &#8211; Periodismo de Barrio</title>
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		<title>Desaparecido</title>
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		<dc:creator><![CDATA[elTOQUE]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 02 Jul 2020 11:00:41 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[COVID-19]]></category>
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		<category><![CDATA[cuentos]]></category>
		<category><![CDATA[Historias de Cuarentena]]></category>
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		<category><![CDATA[Voces Latinas]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>"Desaparecido", del autor cubano Pedro Alberto Sosa, recibió una Mención de Honor en el concurso Historias de Cuarentena 2020.</p>
<p>La entrada <a rel="nofollow" href="https://periodismodebarrio.org/2020/07/desaparecido/">Desaparecido</a> se publicó primero en <a rel="nofollow" href="https://periodismodebarrio.org">Periodismo de Barrio</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><em>El proyecto </em><a href="https://www.facebook.com/OrgVocesLatinas/" target="_blank" rel="noopener">Voces Latinas</a><em>, que reúne periodistas de Ecuador, Cuba y Costa Rica, presentó en el pasado mes de abril la convocatoria al primer concurso de cuentos cortos </em>Historias de Cuarentena 2020<em>. El objetivo de esta iniciativa fue registrar, de forma creativa, las vivencias de las personas de la región frente a la crisis causada por la COVID-19; y estimular a escritores emergentes a contar sus historias durante el confinamiento.</em></p>
<p><em>La convocatoria contó con el apoyo de medios como </em><a id="js_k9" class="profileLink" href="https://www.facebook.com/LaBarraEspaciadora/?__tn__=K-R&amp;eid=ARA1aqaix2c0gU5CiewgHgSVVQIeYsyslgO5jtnyJJSdWEV1Vj1oeM5ZiQvG1Bo-g6TedPioAmP13CVF&amp;fref=mentions&amp;__xts__%5B0%5D=68.ARCEw35Br4L3Ir8gGdIxWXp0VUGUyOrQgxrQiKOjY86SKdNdlypGo5o07_lqLKTx0MU-hckKIyx8Ny68s54V3VdvWFmmXW07bl8F7wi8c6Yc9aK4B1dnmS82asz0H__u0QKQ3FNwucQhyZ2Su9_lu8DmzUmp6Xb-M8CTRUFSUgx-Iy-8UqJKE2kwuZ_BTSqSfz5jNcFEtwk-tE9RkLOr61ikl-dy87J2IIeRIC_WTZZygjMRd02E-qbvjQTQ_Lm4LPcIHy-vKXqSH9uJ_Dg4UchsTBmCu6vBVEtV3neSIF-OskPGOIgNS3CHrMCvNFcg3elmQnlX7eb_nhr0EXzd3cY" data-hovercard="/ajax/hovercard/page.php?id=553820201345988&amp;extragetparams=%7B%22__tn__%22%3A%22%2CdK-R-R%22%2C%22eid%22%3A%22ARA1aqaix2c0gU5CiewgHgSVVQIeYsyslgO5jtnyJJSdWEV1Vj1oeM5ZiQvG1Bo-g6TedPioAmP13CVF%22%2C%22fref%22%3A%22mentions%22%7D" data-hovercard-prefer-more-content-show="1" aria-describedby="u_1m_1" aria-owns="" target="_blank" rel="noopener">La Barra Espaciadora</a><em>, </em><a class="profileLink" href="https://www.facebook.com/DistintasLatitudes/?__tn__=K-R&amp;eid=ARDspZaotKoXlF1qpl4Q4omV9Y6C8_lmbYeSFKhuCRTTbTH9UgUV6KF8coQkKoVhCyVRrwFwBnmW3dPk&amp;fref=mentions&amp;__xts__%5B0%5D=68.ARCEw35Br4L3Ir8gGdIxWXp0VUGUyOrQgxrQiKOjY86SKdNdlypGo5o07_lqLKTx0MU-hckKIyx8Ny68s54V3VdvWFmmXW07bl8F7wi8c6Yc9aK4B1dnmS82asz0H__u0QKQ3FNwucQhyZ2Su9_lu8DmzUmp6Xb-M8CTRUFSUgx-Iy-8UqJKE2kwuZ_BTSqSfz5jNcFEtwk-tE9RkLOr61ikl-dy87J2IIeRIC_WTZZygjMRd02E-qbvjQTQ_Lm4LPcIHy-vKXqSH9uJ_Dg4UchsTBmCu6vBVEtV3neSIF-OskPGOIgNS3CHrMCvNFcg3elmQnlX7eb_nhr0EXzd3cY" data-hovercard="/ajax/hovercard/page.php?id=92476443117&amp;extragetparams=%7B%22__tn__%22%3A%22%2CdK-R-R%22%2C%22eid%22%3A%22ARDspZaotKoXlF1qpl4Q4omV9Y6C8_lmbYeSFKhuCRTTbTH9UgUV6KF8coQkKoVhCyVRrwFwBnmW3dPk%22%2C%22fref%22%3A%22mentions%22%7D" data-hovercard-prefer-more-content-show="1" target="_blank" rel="noopener">Distintas Latitudes</a> <em>y el Servicio de Información de </em><a class="profileLink" href="https://www.facebook.com/eltoquecom/?__tn__=K-R&amp;eid=ARCyZXj0fmzLjnOBohV6fKmgihPzYKA2yhX6N6B54TOIaHX6W_CB8HON1TakM942FG0xY4NRH4MibWVN&amp;fref=mentions&amp;__xts__%5B0%5D=68.ARCEw35Br4L3Ir8gGdIxWXp0VUGUyOrQgxrQiKOjY86SKdNdlypGo5o07_lqLKTx0MU-hckKIyx8Ny68s54V3VdvWFmmXW07bl8F7wi8c6Yc9aK4B1dnmS82asz0H__u0QKQ3FNwucQhyZ2Su9_lu8DmzUmp6Xb-M8CTRUFSUgx-Iy-8UqJKE2kwuZ_BTSqSfz5jNcFEtwk-tE9RkLOr61ikl-dy87J2IIeRIC_WTZZygjMRd02E-qbvjQTQ_Lm4LPcIHy-vKXqSH9uJ_Dg4UchsTBmCu6vBVEtV3neSIF-OskPGOIgNS3CHrMCvNFcg3elmQnlX7eb_nhr0EXzd3cY" data-hovercard="/ajax/hovercard/page.php?id=174673405887258&amp;extragetparams=%7B%22__tn__%22%3A%22%2CdK-R-R%22%2C%22eid%22%3A%22ARCyZXj0fmzLjnOBohV6fKmgihPzYKA2yhX6N6B54TOIaHX6W_CB8HON1TakM942FG0xY4NRH4MibWVN%22%2C%22fref%22%3A%22mentions%22%7D" data-hovercard-prefer-more-content-show="1" target="_blank" rel="noopener">elTOQUE</a><em> y </em><a class="profileLink" href="https://www.facebook.com/periodismodebarrio/?__tn__=K-R&amp;eid=ARCg2fjq1J0DrfB4XYR7VJ77kZRS2appR587ld9nBPQQcPQ7kEnj2huesmuy1bBuOjNKubwtkYgF98qI&amp;fref=mentions&amp;__xts__%5B0%5D=68.ARCEw35Br4L3Ir8gGdIxWXp0VUGUyOrQgxrQiKOjY86SKdNdlypGo5o07_lqLKTx0MU-hckKIyx8Ny68s54V3VdvWFmmXW07bl8F7wi8c6Yc9aK4B1dnmS82asz0H__u0QKQ3FNwucQhyZ2Su9_lu8DmzUmp6Xb-M8CTRUFSUgx-Iy-8UqJKE2kwuZ_BTSqSfz5jNcFEtwk-tE9RkLOr61ikl-dy87J2IIeRIC_WTZZygjMRd02E-qbvjQTQ_Lm4LPcIHy-vKXqSH9uJ_Dg4UchsTBmCu6vBVEtV3neSIF-OskPGOIgNS3CHrMCvNFcg3elmQnlX7eb_nhr0EXzd3cY" data-hovercard="/ajax/hovercard/page.php?id=930334450364889&amp;extragetparams=%7B%22__tn__%22%3A%22%2CdK-R-R%22%2C%22eid%22%3A%22ARCg2fjq1J0DrfB4XYR7VJ77kZRS2appR587ld9nBPQQcPQ7kEnj2huesmuy1bBuOjNKubwtkYgF98qI%22%2C%22fref%22%3A%22mentions%22%7D" data-hovercard-prefer-more-content-show="1" target="_blank" rel="noopener">Periodismo de Barrio</a><em>. Se recibieron más de 20 cuentos desde Ecuador, Perú, Paraguay, Venezuela y Cuba.</em></p>
<p>Desaparecido<em>, del autor cubano Pedro Alberto Sosa, recibió una Mención de Honor. Publicamos el cuento a continuación:</em></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ya estoy muy viejo y no me acuerdo bien de nada, pero sé que fue hace 40 o 70 años, exactamente uno o el otro. No podíamos salir. Estábamos como presos entre las paredes llenas de moho de la vieja casa de puntal alto que heredé de mi madre. La vendí hace un tiempo, justamente para olvidar, antes de que la edad me acompañara en ese empeño, pero entonces vivíamos ahí. No podíamos salir, no me pregunte la razón, ya estoy viejo para acordarme de esas cosas, pero no, no podíamos salir. Algo había afuera. Algo…</p>
<p>Nos habíamos preparado para quedarnos dentro. Pasé unas dos semanas dando vueltas en mi bicicleta, comprando alimentos para mí, mi esposa y los niños. Cuando aquello llegó y no se pudo salir más, teníamos las despensas y el refrigerador llenos de comida, de mierda, pero comida al fin y al cabo. María, mi mujer, buscó los viejos juegos de mesa que estaban guardados en algún rincón y pasábamos las tardes jugando no sé bien a qué, ya estoy viejo para recordar. Sé que nos entreteníamos.</p>
<p>Un día, perdido entre los otros tantos que se mezclaban como una informe masa temporal en la cual casi no se diferenciaban unos de otros, hizo un calor insoportable, algo insólito, temperaturas de récord. Teníamos las ventanas abiertas para que corriera algo de fresco. Quizás así fue como nos vio, a través de una ventana abierta, fisgoneando en pleno acto de uno de sus tantos rasgos desagradables. Fue en el transcurso de aquel día cuando tocó la puerta con unos golpecitos endebles, provenientes, en apariencia, de algún ser débil, aunque no podía estar más lejos de serlo. Hoy pagaría cuanto fuera por volver a ese momento y trancarlo todo, escondernos debajo de la cama y no salir nunca, pero algunas cosas no se pueden cambiar aunque se quiera. Yo mismo le pedí a Luisito, mi hijo mayor, que abriera. Aunque esté viejo y la memoria ya me juegue malas pasadas, cada día me atormentan los vestigios de la ausencia que aquello provocó.</p>
<p><strong> </strong>Creo que fue hace unos cincuenta años, más o menos. Estábamos encerrados y pasábamos las tardes jugando al ajedrez o al parchís. Luis, mi esposo, leía en las mañanas –él lee mucho, por eso habla con palabras tan raras, o bonitas, no sé– y luego, casi siempre, se nos unía a mí y a los niños en los juegos de las tardes.</p>
<p>En el parchís ganaba cualquiera, depende mucho de la suerte. En el ajedrez, Luisito, nuestro hijo mayor, siempre nos humillaba a mí y a Isabelita, pero con mi esposo tenía partidas muy cerradas. Eran hasta emocionantes. A veces pasaban horas jugando y la niña y yo nos manteníamos todo el tiempo atentas, como si fuera un campeonato mundial o algo.</p>
<p>Sí, Luisito era muy inteligente. También era cariñoso, juguetón… A veces venía y me hacía cosquillas mientras cocinaba. Nunca nos hemos perdonado haber dejado que abriera la puerta.</p>
<p>&nbsp;</p>
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<p>Ilustración: Wimar Verdecia.Yo era una niña. Tenía seis años. Por eso me acuerdo bien de que fue hace 60 años. Cuando uno es niño, sabe perfectamente a qué edad ocurrió cada cosa, en qué momento de su vida. Luego, en la adultez, todo se difumina más y es como un solo día de un montón de años.</p>
<p>No entendía demasiado y, además, me ocultaban mucho por mi edad. Aunque me acuerdo bien de la fecha, casi todo lo demás me resulta un poco confuso. Sé que estábamos en medio de una partida de parchís, los cuatro, o quizás solo éramos tres, y la puerta sonó con unos golpecitos flojos. Creo que abrió papá, aunque bien pudo haber mandado abrir a Luisito, no sé. Desde ese momento, todo fue muy raro, no hubo más juegos ni más alegría ni nada más. Recuerdo la incertidumbre de no entender la situación y el silencio pesado de toda la casa, roto solo a veces por la horrible tos.</p>
<p>Luisito se trancó en un cuarto, o quizás lo trancaron, y de adentro salía de a ratos una tos espantosa, como un rugido de bestia, que chocaba en las paredes y se aprovechaba del silencio para convertirse en el eco que marcó, en mi mente, aquellos días de estar trancados. Cuando intento recordar esa etapa, solo tengo la certeza de mis seis años y del eco.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Como ya soy un pobre viejo inservible, duermo mucho, y a menudo revivo la escena en mis sueños más perturbadores: mi hijo contento, con la sonrisa de ir ganando al parchís pegada en los labios, dando saltitos hacia la puerta, corriendo el pestillo, abriendo, y justo entonces, justo después del acostumbrado rechinar de la madera, la figura que tanto quise olvidar hasta que lo logré, la certeza extraña de cómo era de bella y horrible al mismo tiempo, la impotencia ante el gesto y el sentimiento de adoración inmediata por parte de mi hijo hacia aquella cosa.</p>
<p>Isabelita, por suerte, no la vio. Ni a ella ni el rostro de Luisito al verla. Si hubiera visto alguno de los dos, quizás la hubiéramos perdido también.</p>
<p>Luisito se volvió un fanático, un sumiso. Solo hablaba de esa cosa, solo pensaba en ella, no quería saber de nada más. Mi esposa y yo nos vimos obligados a trancarlo en una habitación con ella, para salvar a Isabelita de aquella adoración malévola. Así fue como lo perdimos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ya le he dicho cómo era de cariñoso Luisito, y juguetón, e inteligente, pero ella lo volvió distinto. No sonreía, no jugaba, comenzó a ponerse pálido y ojeroso, apenas comía. Además, tosía como un tuberculoso mientras estaban en la habitación. No sé qué hacían, pero él no quería salir. Parecía estar feliz de haberse quedado solo con ella. No necesitaba a nadie más.</p>
<p>Se imaginará cómo pudo haberme dolido a mí, su madre. Todos los días lloraba pegada a la puerta, escuchándolo toser. Le preparaba las comidas y meriendas en una bandeja, que colocaba en el suelo frente a la habitación, le tocaba para avisarle y, de lejos, veía su mano pálida salir a tientas por entre la puerta entreabierta, como si tuviera miedo de exponerse completo al exterior —al exterior del resto de la casa, porque al exterior de fuera temíamos exponernos todos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Nunca volví a ver a mi hermano. Mis padres me tranquilizaban diciéndome que pronto se desprendería de aquella cosa, fuera lo que fuera, y volvería a ser el mismo, pero eso nunca ocurrió.</p>
<p>Una tarde, como ya no había juegos y papá pasaba el día leyendo y mamá dando vueltas en la cocina aunque no hiciera nada, me apoyé a la puerta de la habitación y le hablé a Luisito, le dije que saliera y jugara conmigo, que dejara aquel aislamiento personal dentro de nuestro aislamiento colectivo. Le dije todo eso con otras palabras, claro está, era una niña, y su respuesta fue un débil puñetazo en la puerta y una ráfaga larga, demasiado larga, de la macabra tos. Una ráfaga aparentemente sin fin, de la cual me alejé cuando papá me agarró para sacarme cargada de ahí. Vi a mamá empuñando el mango de la puerta, en una aparente disyuntiva entre si entrar o no. Finalmente, papá dobló un recodo conmigo encima y mamá no sé qué hizo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<div id="attachment_7819" style="width: 1210px" class="wp-caption alignnone"><img decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-7819" class="size-full wp-image-7819" src="https://www.periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2020/07/Mención_3_PB.png" alt="" width="1200" height="500" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2020/07/Mención_3_PB.png 1200w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2020/07/Mención_3_PB-300x125.png 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2020/07/Mención_3_PB-1000x417.png 1000w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2020/07/Mención_3_PB-768x320.png 768w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2020/07/Mención_3_PB-810x338.png 810w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2020/07/Mención_3_PB-1140x475.png 1140w" sizes="(max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><p id="caption-attachment-7819" class="wp-caption-text">Ilustración: Wimar Verdecia.</p></div>
<p>Una mañana despertamos y estaban las dos puertas abiertas de par en par, la de la habitación y la del frente de la casa. Luisito se había esfumado. Aquella cosa se lo llevó y no sabemos a dónde.</p>
<p>Desde entonces, mis ojos no están nunca secos. No he llorado, yo no suelo llorar. Llámeme machista si desea, pero eso se lo dejo a las mujeres. Sin embargo, he vivido todos estos años en el momento justo antes de romper en llanto, sin nunca llegar a hacerlo. La edad me ha hecho olvidar la cosa monstruosa e, incluso, me duele decirlo, los detalles en el rostro de mi hijo, su forma de caminar, el sonido de su risa, pero no su ausencia, nunca su ausencia.</p>
<p>Pasé tres semanas en cama, llorando y gritando como una loca. Me pellizcaba y arañaba a mí misma. A veces caía al suelo y me seguía revolcando sin importarme la dureza o el frío o el polvo. Soñaba con Luisito abrazándome y diciéndome que todo era mi culpa, en tono muy dulce, con cariño, pero diciéndomelo.</p>
<p>Nunca volvimos a saber de aquella cosa. Tampoco queríamos saber de ella. Nos sabíamos incapaces de herirla, o de enfrentarla de cualquier forma, y saber su estado o paradero solo nos hubiera causado más dolor.</p>
<p>Perdimos a Luisito con ella y tuvimos que resignarnos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Lo más curioso, para mí, es el sueño. ¿Alguna vez ha tenido un sueño o una pesadilla que, no sabe por qué, recuerda aunque hayan pasado sesenta años? Yo sí, y en parte mi confusión en todo el asunto de Luisito es su culpa, porque sus detalles se me mezclan con los de la realidad. Si a eso le sumamos que recuerdo poco de esta última…</p>
<p>La mayoría de las cosas soy capaz de contarlas, pero no las sé en verdad. Simplemente las he escuchado tanto a lo largo de los años que ya hasta me parece saberlas.</p>
<p>El sueño fue muy raro. Jugábamos parchís papá, mamá y yo. La puerta sonaba débilmente y papá abría. En el sueño, era Luisito quien había tocado y entraba pálido, débil, tambaleándose. Lo encerraban en la habitación porque, de alguna forma, traía con él aquello que rondaba afuera y a lo que tanto le temíamos. Luego la tos una y otra vez y el eco por toda la casa —no podía faltar ni en mis sueños de aquellos días. Luego, en mi pesadilla, yo tocaba la puerta y provocaba la misma ráfaga larga de tos que, creo, ocurrió también en realidad. En la fantasía, medio dormida por el cansancio ilusorio de la falsa noche del sueño, vi a mamá salir de la casa, seguida por papá, que cargaba a Luisito. Más tarde, entraban nuevamente mamá y papá, solos.</p>
<p>Lo más curioso es que, por pura casualidad, la mañana siguiente fue cuando desapareció mi hermano. Quizás por eso recuerdo aquel sueño entre tantas otras cosas que no sé, pero me han hecho saber.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Datos del autor:</strong></p>
<p>Pedro Alberto Sosa (La Habana, Cuba, 1998). Estudiante de tercer año de la carrera de Periodismo en la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana. Colaborador en medios cubanos como <em>Juventud Rebelde</em> y <em>elTOQUE</em>.</p>
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		<title>Distancia de intimidad</title>
		<link>https://periodismodebarrio.org/2020/06/distancia-de-intimidad/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[elTOQUE]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 30 Jun 2020 11:00:09 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[COVID-19]]></category>
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		<category><![CDATA[cuentos]]></category>
		<category><![CDATA[Historias de Cuarentena]]></category>
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		<category><![CDATA[Voces Latinas]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>"Distancia de intimidad", de la autora paraguaya Alexandra Pose, fue el Cuento Ganador del concurso Historias de Cuarentena 2020.</p>
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]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><em>El proyecto </em><a href="https://www.facebook.com/OrgVocesLatinas/" target="_blank" rel="noopener">Voces Latinas</a><em>, que reúne periodistas de Ecuador, Cuba y Costa Rica, presentó en el pasado mes de abril la convocatoria al primer concurso de cuentos cortos </em>Historias de Cuarentena 2020<em>. El objetivo de esta iniciativa fue registrar, de forma creativa, las vivencias de las personas de la región frente a la crisis causada por la COVID-19; y estimular a escritores emergentes a contar sus historias durante el confinamiento.</em></p>
<p><em>La convocatoria contó con el apoyo de medios como </em><a id="js_k9" class="profileLink" href="https://www.facebook.com/LaBarraEspaciadora/?__tn__=K-R&amp;eid=ARA1aqaix2c0gU5CiewgHgSVVQIeYsyslgO5jtnyJJSdWEV1Vj1oeM5ZiQvG1Bo-g6TedPioAmP13CVF&amp;fref=mentions&amp;__xts__%5B0%5D=68.ARCEw35Br4L3Ir8gGdIxWXp0VUGUyOrQgxrQiKOjY86SKdNdlypGo5o07_lqLKTx0MU-hckKIyx8Ny68s54V3VdvWFmmXW07bl8F7wi8c6Yc9aK4B1dnmS82asz0H__u0QKQ3FNwucQhyZ2Su9_lu8DmzUmp6Xb-M8CTRUFSUgx-Iy-8UqJKE2kwuZ_BTSqSfz5jNcFEtwk-tE9RkLOr61ikl-dy87J2IIeRIC_WTZZygjMRd02E-qbvjQTQ_Lm4LPcIHy-vKXqSH9uJ_Dg4UchsTBmCu6vBVEtV3neSIF-OskPGOIgNS3CHrMCvNFcg3elmQnlX7eb_nhr0EXzd3cY" data-hovercard="/ajax/hovercard/page.php?id=553820201345988&amp;extragetparams=%7B%22__tn__%22%3A%22%2CdK-R-R%22%2C%22eid%22%3A%22ARA1aqaix2c0gU5CiewgHgSVVQIeYsyslgO5jtnyJJSdWEV1Vj1oeM5ZiQvG1Bo-g6TedPioAmP13CVF%22%2C%22fref%22%3A%22mentions%22%7D" data-hovercard-prefer-more-content-show="1" aria-describedby="u_1m_1" aria-owns="" target="_blank" rel="noopener">La Barra Espaciadora</a><em>, </em><a class="profileLink" href="https://www.facebook.com/DistintasLatitudes/?__tn__=K-R&amp;eid=ARDspZaotKoXlF1qpl4Q4omV9Y6C8_lmbYeSFKhuCRTTbTH9UgUV6KF8coQkKoVhCyVRrwFwBnmW3dPk&amp;fref=mentions&amp;__xts__%5B0%5D=68.ARCEw35Br4L3Ir8gGdIxWXp0VUGUyOrQgxrQiKOjY86SKdNdlypGo5o07_lqLKTx0MU-hckKIyx8Ny68s54V3VdvWFmmXW07bl8F7wi8c6Yc9aK4B1dnmS82asz0H__u0QKQ3FNwucQhyZ2Su9_lu8DmzUmp6Xb-M8CTRUFSUgx-Iy-8UqJKE2kwuZ_BTSqSfz5jNcFEtwk-tE9RkLOr61ikl-dy87J2IIeRIC_WTZZygjMRd02E-qbvjQTQ_Lm4LPcIHy-vKXqSH9uJ_Dg4UchsTBmCu6vBVEtV3neSIF-OskPGOIgNS3CHrMCvNFcg3elmQnlX7eb_nhr0EXzd3cY" data-hovercard="/ajax/hovercard/page.php?id=92476443117&amp;extragetparams=%7B%22__tn__%22%3A%22%2CdK-R-R%22%2C%22eid%22%3A%22ARDspZaotKoXlF1qpl4Q4omV9Y6C8_lmbYeSFKhuCRTTbTH9UgUV6KF8coQkKoVhCyVRrwFwBnmW3dPk%22%2C%22fref%22%3A%22mentions%22%7D" data-hovercard-prefer-more-content-show="1" target="_blank" rel="noopener">Distintas Latitudes</a> <em>y el Servicio de Información de </em><a class="profileLink" href="https://www.facebook.com/eltoquecom/?__tn__=K-R&amp;eid=ARCyZXj0fmzLjnOBohV6fKmgihPzYKA2yhX6N6B54TOIaHX6W_CB8HON1TakM942FG0xY4NRH4MibWVN&amp;fref=mentions&amp;__xts__%5B0%5D=68.ARCEw35Br4L3Ir8gGdIxWXp0VUGUyOrQgxrQiKOjY86SKdNdlypGo5o07_lqLKTx0MU-hckKIyx8Ny68s54V3VdvWFmmXW07bl8F7wi8c6Yc9aK4B1dnmS82asz0H__u0QKQ3FNwucQhyZ2Su9_lu8DmzUmp6Xb-M8CTRUFSUgx-Iy-8UqJKE2kwuZ_BTSqSfz5jNcFEtwk-tE9RkLOr61ikl-dy87J2IIeRIC_WTZZygjMRd02E-qbvjQTQ_Lm4LPcIHy-vKXqSH9uJ_Dg4UchsTBmCu6vBVEtV3neSIF-OskPGOIgNS3CHrMCvNFcg3elmQnlX7eb_nhr0EXzd3cY" data-hovercard="/ajax/hovercard/page.php?id=174673405887258&amp;extragetparams=%7B%22__tn__%22%3A%22%2CdK-R-R%22%2C%22eid%22%3A%22ARCyZXj0fmzLjnOBohV6fKmgihPzYKA2yhX6N6B54TOIaHX6W_CB8HON1TakM942FG0xY4NRH4MibWVN%22%2C%22fref%22%3A%22mentions%22%7D" data-hovercard-prefer-more-content-show="1" target="_blank" rel="noopener">elTOQUE</a><em> y </em><a class="profileLink" href="https://www.facebook.com/periodismodebarrio/?__tn__=K-R&amp;eid=ARCg2fjq1J0DrfB4XYR7VJ77kZRS2appR587ld9nBPQQcPQ7kEnj2huesmuy1bBuOjNKubwtkYgF98qI&amp;fref=mentions&amp;__xts__%5B0%5D=68.ARCEw35Br4L3Ir8gGdIxWXp0VUGUyOrQgxrQiKOjY86SKdNdlypGo5o07_lqLKTx0MU-hckKIyx8Ny68s54V3VdvWFmmXW07bl8F7wi8c6Yc9aK4B1dnmS82asz0H__u0QKQ3FNwucQhyZ2Su9_lu8DmzUmp6Xb-M8CTRUFSUgx-Iy-8UqJKE2kwuZ_BTSqSfz5jNcFEtwk-tE9RkLOr61ikl-dy87J2IIeRIC_WTZZygjMRd02E-qbvjQTQ_Lm4LPcIHy-vKXqSH9uJ_Dg4UchsTBmCu6vBVEtV3neSIF-OskPGOIgNS3CHrMCvNFcg3elmQnlX7eb_nhr0EXzd3cY" data-hovercard="/ajax/hovercard/page.php?id=930334450364889&amp;extragetparams=%7B%22__tn__%22%3A%22%2CdK-R-R%22%2C%22eid%22%3A%22ARCg2fjq1J0DrfB4XYR7VJ77kZRS2appR587ld9nBPQQcPQ7kEnj2huesmuy1bBuOjNKubwtkYgF98qI%22%2C%22fref%22%3A%22mentions%22%7D" data-hovercard-prefer-more-content-show="1" target="_blank" rel="noopener">Periodismo de Barrio</a><em>. Se recibieron más de 20 cuentos desde Ecuador, Perú, Paraguay, Venezuela y Cuba.</em></p>
<p>Distancia de intimidad<em>, de la autora paraguaya Alexandra Pose, fue seleccionado por el jurado como <strong>Cuento Ganador</strong>. Publicamos el cuento a continuación:</em></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Debajo de la puerta de mi habitación se filtra un olor a carne quemada, me desconcentra. Me saco los auriculares, abro la ventana y aprovecho para estirar las piernas y dar unos pasos descalza. Afuera está Carlos cocinando, ese olor a carne me da ganas de vomitar, debo esperar que desaparezca antes de aventurarme a la cocina. Mi oficina quedó reducida a un espacio de cuatro por cinco donde se guarda lo que me resta de intimidad.</p>
<p>¿Cómo era vivir con mi hermano antes de la pandemia? Nunca nos cruzábamos, yo llegaba tarde del trabajo y él estaba en la casa de su nueva novia. La existencia de nuestros padres en la casa hacía que solo nos tuviéramos que ver algunos domingos (en los que el menú no fuese asado).</p>
<p>Voy a la cocina. Saco del refrigerador un par de huevos —no es que sepa cocinar, pero al menos sé preparar una <em>omelette. </em>Busco un sartén en la alacena, pero ya no queda ninguno. En el fregadero hay una torre de cacerolas con grasa, junto con los platos del día anterior. Incluso se unió la tabla de cortar, que ahora hasta tiene un rastro de sangre.</p>
<p>Se nota la ausencia de mamá, ella no los dejaba acumular. Yo solo limpio lo que uso, pero no pienso hacerme cargo del desastre de Carlos. Aunque tenga que comer de un cartón. Desisto y ordeno un <em>delivery</em> de pizza, me la como en el cuarto mientras veo una película. Trato de tener en mente que las familias en un monoambiente la deben pasar peor que yo. La gente logra entretenerse: como ese escritor francés que hizo una expedición dentro de su propio cuarto. Lo único interesante del mío es la guitarra.</p>
<p>Desgraciadamente mi almuerzo no dura tanto. Mi padre lo interrumpe con una llamada telefónica.</p>
<p>—“Salimos solo para ir al supermercado acá en Coronel Oviedo, les extrañamos”.</p>
<p>—“Nosotros también papá”.</p>
<p>—“Qué bárbaro lo que pasa, leí que es un virus para que mueran los adultos mayores”.</p>
<p>—“Basta, papá, esas son noticias falsas”.</p>
<p>—“No son falsas, yo sé lo que son las <em>fake news</em> también, hija”.</p>
<p>—“No salgan más, compren de Internet. Qué miedo, Sole, mirá si nos roba la tarjeta algún <em>hacker</em>”.</p>
<p>—“Mmm… no va a pasar eso”.</p>
<p>—“Bueno, te llamo más tarde para que me enseñes cómo usar eso, entonces”.</p>
<p>Paso frente al cuarto de Carlos. Le recuerdo que limpie el asesinato que dejó en la cocina. Me responde el silencio. Le doy de comer a las perras y les cargo agua fresca.</p>
<p>Voy al baño, Carlos no secó el piso luego de bañarse y ahora lo debo hacer yo, si pretendo darme una ducha. La cocina también sigue igual, pero no tengo tiempo de quejarme, debo estar en una reunión a las tres. Me coloco una camisa, debajo un <em>jean</em> y hasta perfume, quizás eso me ponga de mejor humor. Me saluda mi jefe, los otros programadores y la analista. Carlos golpea la puerta de mi cuarto. No le hago caso. ¿No se da cuenta de que estoy trabajando?</p>
<p>—“Sole, papá quiere que le enseñes cómo comprar de Internet”.</p>
<p>—“Disculpen un momento, ya regreso… Ahora estoy en una videollamada, Carlos. ¿No ves, <em>pio</em>? Enseñale vos”.</p>
<p>—“Pero vos sos la experta. No es astrofísica tampoco, Carlos. Seguro hiciste alguna vez un pedido de Amazon. No puedo hablar ahora”.</p>
<p>Regreso y me disculpo con mis colaboradores. La analista se ríe, me consuela diciendo que su hijo la molesta todo el tiempo ahora que no lo puede dejar en la guardería. Tal parece que todas las empresas —al mismo tiempo— quieren entrar al mundo de las compras <em>online</em>. Pero ya es tarde para eso, de hecho, también es tarde para estos encargos, no voy a terminarlos para las seis de la tarde. Mi jefe se enoja, los otros programadores también protestan conmigo y la llamada se termina así.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>Necesito una cerveza. Voy a la bodega más cercana, El baratote. Al regresar encuentro a la novia de mi hermano, nos saludamos de lejos, me sonríe y se vuelve a colocar el tapabocas con vergüenza. Se encierran en su habitación y yo en la mía. Me gustaría que Elena también me visitase. Le escribo.</p>
<p>—“¿Qué haces?”.</p>
<p>—“Hola, Sole, tomo una cerveza ¿y vos?”.</p>
<p>—“También. Te extraño, Elena, quiero pasar la cuarentena contigo y no con el imbécil de mi hermano”.</p>
<p>—“¿Tan mal la pasas?”.</p>
<p>—“Sí, prefiero hacer esas cosas que veo que la gente sube al Instagram: pintar su casa o hasta hornear pan. Siempre quise saber hacer pan”.</p>
<p>—“Más tarde podemos sextear si querés, Sole”.</p>
<p>—“Pero yo quiero verte”.</p>
<p>—“No podemos, ¿tus viejos no son población de riesgo?”.</p>
<p>—“Ellos se quedaron atrapados en lo de mi abuela en Oviedo, no hay peligro”.</p>
<p>—“Igual, Sole, la policía controla cada esquina”.</p>
<p>Exploro las opciones de Netflix. Me aburro. Todas las películas que encuentro son decepcionantes. Me gustaría ver por lo menos una película en compañía. Empecé a leer el <em>Decamerón</em>, también sucede durante una pandemia. Quisiera retirarme a un bosque y dedicarme a ser entretenida por narraciones ingeniosas, sin preocuparme por trabajar. Me cuesta concentrarme en la lectura. Escribo a un amigo programador, entre los varones de la oficina se encuentran <em>online</em> a jugar <em>Call of Duty</em>. Elijo volver al <em>Decamerón</em> hasta que Elena me escribe.</p>
<p>—“Perdón, <em>baby</em>, me fui a comprar más birra”.</p>
<p>—“¡Pensé que tenías miedo de salir!”.</p>
<p>—“Pero fui acá cerquita nomás, a El baratote cerca de tu casa”.</p>
<p>—“Estuvimos cerca entonces”, respondo y apago el teléfono.</p>
<p>Agarro la guitarra. Rasgo un par de notas. Aunque no me agrade mi voz, me animo a cantar “Dancing barefoot”. Escucho la televisión encenderse en la sala “Seis nuevos casos sin nexo aparente solamente en la capital”. ¿Es que no puede ver la tele en su habitación? Si él puede hacer ruido, yo también puedo. Conecto la guitarra por el amplificador y me paso la correa al hombro. El volumen del televisor sube. No escucho mi propia voz.</p>
<p>—“Carlos, andá a tu pieza, estoy tratando de tocar algo”.</p>
<p>—“Y tocá, boluda, ¿quién <em>pio</em> te dice algo?”.</p>
<p>—“Está muy fuerte la tele, no me concentro”.</p>
<p>—“¡Ja! En mi época podía ensayar en el piano con metrónomo mientras los albañiles trabajaban. Intentá un poco usar metrónomo una vez en tu vida”.</p>
<p>—“¡Dejame en paz, Carlos! Yo toco para entretenerme, no para tener un título”.</p>
<p>—“No vas a poder luego si seguís tocando así”.</p>
<p>—“Por lo menos la miro a mi guitarra, ¿sabes? No como tu piano que se usa de posavasos”.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<div id="attachment_7783" style="width: 1210px" class="wp-caption alignnone"><img decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-7783" class="size-full wp-image-7783" src="https://www.periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2020/06/1_PB_IG-op.jpg" alt="" width="1200" height="1202" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2020/06/1_PB_IG-op.jpg 1200w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2020/06/1_PB_IG-op-300x300.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2020/06/1_PB_IG-op-599x600.jpg 599w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2020/06/1_PB_IG-op-150x150.jpg 150w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2020/06/1_PB_IG-op-768x769.jpg 768w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2020/06/1_PB_IG-op-65x65.jpg 65w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2020/06/1_PB_IG-op-810x811.jpg 810w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2020/06/1_PB_IG-op-1140x1142.jpg 1140w" sizes="(max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><p id="caption-attachment-7783" class="wp-caption-text">Ilustración: Mary Esther Lemus.</p></div>
<p>Tengo reuniones en la mañana, me quedé mirando una serie para intentar conciliar el sueño. Me despierto cansada, ni siquiera me tomo la molestia de cambiarme el pijama. Me hago un café y ya estoy frente a la computadora nuevamente. Mamá me llama al mediodía.</p>
<p>—“¿Ya comieron Jennifer y Angelina? Mirá que tienen que comer ellas”.</p>
<p>—“Ahora les voy a dar de comer, están tristes porque no pueden salir de paseo todavía”.</p>
<p>—“¿Y vos y Carlos comen algo?”.</p>
<p>—“Él dejó un asesinato en la cocina que todavía no limpia”.</p>
<p>—“Por lo menos se alimenta, mi hija, no como vos que vivís a base de pizza”.</p>
<p>—“Mamá, Carlos es un inconsciente, anoche vino su novia”.</p>
<p>—“Y dejale, mi hija, encima que no puede trabajar”.</p>
<p>Alimento a las perras. Les acaricio la cabeza y ellas me lamen las manos. Prometo sacarlas de paseo tan pronto se pueda. Se tiran en la tierra, como si también se aburrieran y me miran desde ahí. Entro a la casa; la cocina está peor que antes. Pido un <em>delivery</em> de comida china y me encierro en mi pieza hasta la hora de mi terapia.</p>
<p>Carlos se pasea por el pasillo. Cierro la puerta de mi habitación y me llaveo, me da una falsa sensación de privacidad. Necesito que haya silencio en esta casa, por lo menos un poco, pero es imposible. Él enciende el televisor de la sala: “La mayor parte de los casos sin nexo resultaron tener un nexo extramatrimonial”, se ríe a carcajadas. Estoy harta de las noticias de este virus. Tomo la <em>notebook</em> bajo el brazo y voy al patio, las perras se levantan a recibirme con ladridos, regreso a la sala con la <em>notebook</em> en mano.</p>
<p>—“¿Carlos, justo ahora tenés que ver tele?”.</p>
<p>—“¿Y a qué hora querés que vea?”.</p>
<p>—“¡Y no sé!”.</p>
<p>Llevo la <em>notebook</em> hasta la pieza de mis padres, cierro la puerta, pero sigo escuchando la televisión de la sala. Me encierro en el baño y prendo la ducha. Me siento en el inodoro, me coloco auriculares y hago la llamada. Respiro.</p>
<p>—Disculpame que te llame de acá. No tengo intimidad en esta casa.</p>
<p>—¿Disculparte? No tengo nada que disculparte. ¿No te gusta el lugar?</p>
<p>—No, es el baño de mis padres. Todavía no encuentro mi lugar.</p>
<p>Extraño ese diván suyo, el sonido del aire acondicionado y los libros ordenados por seminario de Lacan. Contarlos en mi cabeza para tranquilizarme, recordar que es un lugar de distención, lejos de todos, donde descansa mi intimidad, tranquila. Le confieso que planeo robar las pastillas de dormir de mi madre. Me cuenta que hay un aumento de insomnio en la población, eso me tranquiliza un poco. Me pasa el teléfono de una colega, por si quisiera consultar con una psiquiatra.</p>
<p>Ver tantas imágenes en las redes sociales de gente aprendiendo a cocinar hace que me entren ganas a mí también, así que compro un polvo para hacer tortas cuando voy al supermercado. En la noche regreso a mi lectura del <em>Decamerón</em>. Al pasar por la cocina veo que la novia de Carlos regresó, los encuentro viendo una película acurrucados en la sala, al menos mantienen el volumen bajo esta vez.</p>
<p>Cierro la puerta de mi cuarto y llamo a Elena.</p>
<p>—“¡Hola, Sole! No me avisaste lo del <em>sexting</em> ayer”.</p>
<p>—“Es que tuve un mal día”.</p>
<p>—“Qué mierda esta situación, ¿verdad? Si sobrevivimos al coronavirus, vamos a morirnos del rebrote de dengue…”.</p>
<p>—“¿Podemos hablar de otra cosa?”.</p>
<p>—“Ok. ¿Qué tal tu casa?”.</p>
<p>—“Mal”.</p>
<p>—“Yo también, me peleé con mi <em>roommate</em>, difícil es la convivencia”.</p>
<p>—“Sería mejor si pasaras la cuarentena conmigo en lugar de tu <em>roommate</em>”.</p>
<p>—“Ja, ja, necesito mi intimidad también”.</p>
<p>—“Pero igual terminas compartiendo espacio con otra persona y a mí ni siquiera me visitas”.</p>
<p>—“No es eso, Sole, pero te puedo hacer una videollamada”.</p>
<p>—“No. Estoy harta de eso”.</p>
<p>—“Hagamos otra cosa entonces; tomemos un curso <em>online</em> juntas”.</p>
<p>—“Eso suena divertido”.</p>
<p>—“Uno de alemán”.</p>
<p>—“Ok, me gusta la idea. Ja, ja, vamos a ser compañeras, aunque… preferiría que sea presencial, así puedo sentarme a tu lado y preguntarte ¿cómo te llamás? Y que me respondas con voz tímida: Soledad. Qué nombre más lindo, voy a decirte”.</p>
<p>—“¿En serio te parece lindo mi nombre? Siempre me decís que es dramático”.</p>
<p>—“¿Por qué susurras?”.</p>
<p>—“Porque mi hermano está en la sala”.</p>
<p>—“Como iba diciendo, en la próxima clase te digo: ‘discúlpame, Sole, ¿me prestás un bolígrafo?ʼ. ‘Claroʼ, me vas a responder sonrojándote. Y cuando el aula esté vacía me voy a sentar sobre una mesa para decirte: ‘me salvaste hoy, Sole, ¿cómo puedo agradecerte?ʼ. ‘No es nadaʼ, me vas a responder, vas a tratar de llegar al bolígrafo que tengo en la mano, pero yo voy a abrir más las piernas para que tengas que acercarte más a mí y te pueda poner los brazos en la cintura y desprenderte un botón de la camisa al decirte: ‘¿Segura? ¿No te gustaría un masaje por lo menos?, tan casada que se te ve, te voy a acariciar los hombros, bajar hacia tus pechos…ʼ”</p>
<p>—“Elena, no estoy de humor, quiero conversar”.</p>
<p>—“Y eso hacemos, ¿o no?”.</p>
<p>—“Ves mucho porno, ¿quién coge en una sala de clases?”.</p>
<p>—“¡Ay, Soledad, qué intensa!”.</p>
<p>Voy a la cocina, quito de la heladera los restos del almuerzo y los caliento en el microondas. En el sofá, Carlos y su novia se ríen juntos, ella le toca el cabello. El microondas emite el pitido para advertirme que mi comida está lista. Busco un plato, pero esta vez no encuentro ninguno limpio.</p>
<p>—“Carlos, ¿cuándo pensás limpiar este quilombo?”.</p>
<p>—“No pude nomás, Sole. Hay visitas ahora, no seas dramática”.</p>
<p>—“¿Dramática yo?”.</p>
<p>—“Estás haciendo un escándalo, lavá nomás un plato y mañana yo voy a limpiar el resto”.</p>
<p>—“Yo voy a ayudarte, Sole, no te preocupes”.</p>
<p>—“¡Claro que me preocupo! Y vos no tenés porqué hacer nada en esta casa, es más, no deberías luego estar acá, en plena cuarentena”.</p>
<p>—“¿Qué te pasa a vos hoy. Sole? Me quería visitar nomás un ratito”.</p>
<p>—“Nada, no me pasa nada. Quiero que se respeten nomás las medidas higiénicas y de distanciamiento social”.</p>
<p>Carlos se levanta del sillón confundido, lo empujo al pasar y me encierro en mi cuarto. Me dan ganas de llorar, pero no lo haré. Deslizo la pantalla del teléfono con historias de Facebook, todos están deprimidos. Busco alguna película para ver en la <em>notebook</em>, todas son sobre algún virus que se esparció en Italia o en algún laboratorio de Tokio que convierte a la gente en <em>zombie</em>. Abro el <em>Decamerón</em>, tomo una pastilla de mamá, reviso el teléfono. No me concentro en la lectura. Creo que debería disculparme con la novia de Carlos, no recuerdo ni su nombre. Igual no tenía porqué venir, todo el mundo está respetando la cuarentena. Reviso el teléfono. Mi jefe pregunta cuánto tiempo nos llevaría desarrollar un sitio de citas. ¿A esta hora? Comparte un artículo sobre Tinder:<em> “</em>Aumentaron la cantidad de mensajes que los usuarios se mandan, la gente quiere hablar”.</p>
<p>Esto no me lo esperaba. Exploro la aplicación. ¿Por qué siento que hablo menos con Elena entonces? No somos novias, pero llevamos saliendo medio año. Le envié una imagen graciosa de un gato a la que me respondió con tan solo una risa, sin ánimo de conversar. Leo una entrevista que dieron los programadores de Tinder sobre sus actualizaciones por distanciamiento social: La base de datos para búsqueda ahora escupe usuarios de todo el mundo. Las interacciones entre estos se basan en más tiempo con mensajes de texto y respuestas inmediatas, mientras las interacciones de Elena parecieran encriptadas para mantener la distancia conmigo hasta en lo virtual, y ya que nuestros sistemas operativos son tan incompatibles, yo también decido cifrar mi código fuente para que no sepa lo decepcionada que estoy y le respondo dándole las buenas noches.</p>
<p>Decido descargar la aplicación. Contacto con una argentina que vive en la Costa. También sufre de insomnio. Me recomienda películas. Me cuenta que vivía del turismo, que extraña ir a la playa y que es casada. Le digo que acá no tenemos playa, que no soporto vivir en esta casa y de mi relación con Elena.</p>
<p>—“Sos muy potra para estar llorando por una <em>wacha</em>”.</p>
<p>—“¿Qué es potra?”.</p>
<p>—“Significa linda en argentino”.</p>
<p>—“Gracias, pero me siento sola”.</p>
<p>—“No hay remedio para eso, nena, yo también me siento sola”.</p>
<p>—“Pero si estás casada”.</p>
<p>—“Peor”.</p>
<p>—“¡Oh, qué tragedia!, tu esposa olvidó lavar los cubiertos”.</p>
<p>—“Ja, ja, subestimas la convivencia; peleamos por plata, bueno, por todo a estas alturas”.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<div id="attachment_7785" style="width: 1210px" class="wp-caption alignnone"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-7785" class="size-full wp-image-7785" src="https://www.periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2020/06/2_PB_IG-op.jpg" alt="" width="1200" height="1197" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2020/06/2_PB_IG-op.jpg 1200w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2020/06/2_PB_IG-op-300x300.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2020/06/2_PB_IG-op-602x600.jpg 602w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2020/06/2_PB_IG-op-150x150.jpg 150w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2020/06/2_PB_IG-op-768x766.jpg 768w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2020/06/2_PB_IG-op-65x65.jpg 65w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2020/06/2_PB_IG-op-810x808.jpg 810w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2020/06/2_PB_IG-op-1140x1137.jpg 1140w" sizes="(max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><p id="caption-attachment-7785" class="wp-caption-text">Ilustración: Mary Esther Lemus.</p></div>
<p>Es sábado y no tengo trabajo. Desperté tarde. Estoy cansada de Elena; hoy voy a dedicarme a mí, y a hacer la torta que dejé pendiente. La cocina está sorprendentemente limpia. Coloco huevos, leche y el polvo en un bol. Mi jefe me pide una respuesta sobre el sitio de citas, lo ignoro. Meto la mezcla al horno y, mientras, me recuesto en la cama . Al rato irrumpe Carlos para decirme que la torta se quemó. Corro a la cocina, noto el humo en el pasillo y encuentro la torta sobre la mesada. Doy un suspiro. Carlos se ríe a carcajadas y saca el teléfono.</p>
<p>—“¿Qué vas a hacer?”.</p>
<p>—“Le voy a mandar una foto a mamá”.</p>
<p>—“¡Pará, Carlos! No es simpático”.</p>
<p>—“Claro que sí, meter en el horno nomás era la instrucción”.</p>
<p>Me encierro en mi cuarto, intento tocar la guitarra, pero no me sale la voz. Conecto los auriculares al amplificador de la guitarra, el sonido es sucio. Me tiro en la cama, reviso el teléfono, mi nueva amiga argentina me pregunta qué tal mi día. Le respondo con la foto de la torta que mandó Carlos al grupo familiar. Observo su forma detenidamente: parece terreno volcánico, tiene una erupción justo en el medio y se endureció así. Me da risa. Hablamos hasta que me quedo dormida. Carlos golpea mi puerta a la tarde. Me pregunta si estoy. Claro que estoy, ¿a dónde me iría? Quiere invitarme a algo. Abro la puerta y me espera con un pedazo de torta. Resoplo. Él trata de ocultar una sonrisa. Llevo el pedazo a la sala y él me sigue con otro. Me acomodo en el sofá, él en el sillón y alza las zapatillas sucias sobre la mesa del centro.</p>
<p>—“Salió rica”.</p>
<p>—“Gracias, Sole, es la primera vez que la hago”.</p>
<p>Lo miro con el ceño fruncido. Él se disculpa entre risas y me contagia a mí también.</p>
<p>—“¿Y tu novia no va a venir hoy?”.</p>
<p>—“No”.</p>
<p>—“¿Es por lo que dije el otro día?”.</p>
<p>—“En realidad le dije que necesitaba mi espacio”.</p>
<p>—“¿Qué espacio?”.</p>
<p>—“Cualquiera. Tener mi intimidad, mantener la magia y todo eso”.</p>
<p>Dejo el plato sobre la mesa y extiendo los brazos en el sofá. Carlos enciende el televisor. Le pido que no ponga las noticias. Deja la final de un mundial de fútbol con Maradona. Aunque el partido es viejo, me abstrae y me entretiene. Carlos me cuenta que también tiene un teclado en su habitación, casi no lo toca, por eso no sé de su existencia. Quito el teléfono y le pregunto a la argentina si le gusta “el Diego”. Responde que no es futbolera.</p>
<p>Por la noche voy al supermercado en busca de comida para las mascotas y algo para la cena. Mamá me llama al regresar; no me cree que las perras están bien. Necesita escuchar sus ladridos. ¿Por qué no una foto? Se niega, eso trae mala suerte. No sé cómo lograr que ladren, justo ahora. Encuentro un palo de escoba y se los lanzo. Angelina se esquiva, pero a Jennifer —que es más traviesa— le da en una pata. Se acerca a mí extrañada. Me lame las manos. Le digo a mamá que se niegan a ladrar. “Una sola cosa podés hacer”. Me alejo del jardín y las perras ladran al advertir mi ausencia. Mi madre las oye y agradece.</p>
<p>Al entrar a la casa escucho unas tímidas notas de piano. Guardo las compras y me lavo las manos. La cocina sigue limpia y la música proviene del cuarto de Carlos, me acerco a su puerta, la encuentro abierta y lo observo tocar. Él advierte mi presencia y se detiene.</p>
<p>—“Hola, Carlos, ¿qué es?”.</p>
<p>—“Macanadas nomás, estoy oxidado. ¿No vas a “bailar descalza” hoy?”.</p>
<p>—“Ja, ja, ja. No creo, no tengo buena voz”.</p>
<p>—“Yo tampoco, pero te acompañaría en el piano si supiera las notas”.</p>
<p>—“Un clásico entonces. Supongo que conoces ‘Dreamsʼ de Fleetwood Mac”.</p>
<p>—“Obvio”.</p>
<p>Busco la guitarra de mi cuarto, me pongo la correa al hombro y vuelvo. Carlos hace la introducción en el piano. Rasgueo las notas <em>Now here you go again, you say you want your freedom</em>. Mi voz sale temblorosa, pero me recompongo para el segundo verso. Al llegar al coro, Carlos se anima a hacer la segunda voz. Se equivoca en la letra y tararea el resto. Nos reímos, pero seguimos tocando.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Datos de la autora: </strong></p>
<p>Alexandra Pose (Asunción, Paraguay, 1988). Diseñadora ux/ui, <em>Front-end developer</em>. Bajista. Lectora. Militante lésbica y vegetariana. Tercer puesto en el concurso de cuentos cortos del CCR Cabildo 2014.</p>
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