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	<title>Tomás Ernesto Pérez &#8211; Periodismo de Barrio</title>
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	<description>Organización periodística cubana sin fines de lucro</description>
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	<title>Tomás Ernesto Pérez &#8211; Periodismo de Barrio</title>
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		<title>Ayudar no fue tan fácil</title>
		<link>https://periodismodebarrio.org/2019/08/ayudar-no-fue-tan-facil/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Tomás Ernesto Pérez]]></dc:creator>
		<pubDate>Sun, 04 Aug 2019 23:00:53 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Desastres naturales]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>En este podcast te contamos lo que hicieron Roberto y Jeison, cada uno por su cuenta. Te contamos, también, lo que no pudieron hacer.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Tras el tornado que azotó La Habana el pasado 27 de enero, muchos cubanos residentes en el exterior buscaron la manera de ayudar a los damnificados. En este podcast te contamos lo que hicieron Roberto y Jeison, cada uno por su cuenta. Te contamos, también, lo que no pudieron hacer.</p>
<p><iframe style="width: 100%;" src="https://www.ivoox.com/player_ej_102359458_6_1.html?c1=9f9f9f" height="200" frameborder="0" scrolling="no" allowfullscreen="allowfullscreen"></iframe></p>
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		<title>Todos quieren salir de la basura</title>
		<link>https://periodismodebarrio.org/2018/09/todos-quieren-salir-de-la-basura/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Tomás Ernesto Pérez]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 26 Sep 2018 18:01:01 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Desarrollo sostenible]]></category>
		<category><![CDATA[ponte verde]]></category>
		<category><![CDATA[reciclaje]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>PonteVerde, un proyecto para clasificar y reciclar residuos en un barrio de La Habana, no ha funcionado.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Si nunca hubiera estado en Alemania, Noruega, Portugal, Fidel García hubiera dicho sí, hubiera cogido la jaba azul, el cubito amarillo, se hubiera puesto a ordenar la basura meticulosamente y con Fidel solo, es decir, con la basura de Fidel, la pequeña industria del reciclaje en Cuba se hubiera, como se dice, puesto las botas, porque él es artista: hace cuadros, esculturas, instalaciones, productos que generan desperdicios. Pero Fidel ha visto un poco de mundo. Y cuando el presidente del CDR trató de incorporarlo a un proyecto para clasificar y reciclar la basura en Micro X Fidel dijo que no.</p>
<p>Su apartamento se convirtió en el único de los 66 del edificio que no tiene calcomanía en la puerta, ellos (él y su madre) se convirtieron, de cierta manera, en antisociales y también, de cierta manera, en profetas: “Ese tipo de cosas no marcha aquí”. En Noruega, por ejemplo, Fidel ha visto que la gente saca las bolsas por las noches, deja cada una donde corresponde y los contenedores amanecen vacíos. Hay limpieza. En Micro X no.</p>
<p>El SP–21 es la suma de varios edificios de cinco plantas: dos apartamentos en la primera y tres en las restantes. Más de 250 personas. Si un forastero necesita dar con Fulano le dirán, como una cosa corriente, que lo encuentre en la puerta del lado de allá del tercer piso, en la segunda escalera. Fidel y Teresa, su madre, viven en el bajo del lado de allá, en la tercera escalera, pero a la casa se entra desde el patio, por una reja a más de media cuadra de donde debería estar la puerta. La casa huele a perro. Muchas luces. Dibujos enmarcados en una pared, en otra, la fotografía de un panel solar que interviene la blancura de la Antártida, obra de él. Teresa Valenzuela, 70 años, fue periodista de Radio Rebelde. El techo no les toca las cabezas porque no es dos centímetros más bajo.</p>
<p>Desde hace 30 años, y tiene 36, todas las tardes Fidel amontona condones usados, botellas, cabos de cigarros, cáscaras, las porquerías que durante el día los vecinos dejan caer al patio. A veces recoge chancletas, blusas, pinzas de tender ropa y las guarda, porque en algún momento alguien vendrá a reclamarlas. Antes recogía con guantes. Ahora lo hace con una vara que trajo de Alemania. Desde hace 30 años Teresa discute esta situación en el CDR, la abordó en la radio. Pero ya empieza a aceptar que las cosas, cuando van mal, no tienden a mejor.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>

<a href='https://periodismodebarrio.org/2018/09/todos-quieren-salir-de-la-basura/micro-x_ponte-verde-16/'><img fetchpriority="high" decoding="async" width="375" height="195" src="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2018/09/Micro-X_Ponte-Verde-16-375x195.jpg" class="attachment-vce-lay-b size-vce-lay-b" alt="Micro X está ubicado en uno de los extremos al este de La Habana (Foto: Ismario Rodríguez)" /></a>
<a href='https://periodismodebarrio.org/2018/09/todos-quieren-salir-de-la-basura/micro-x_ponte-verde-4/'><img decoding="async" width="375" height="195" src="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2018/09/Micro-X_Ponte-Verde-4-375x195.jpg" class="attachment-vce-lay-b size-vce-lay-b" alt="100 edificios y 22 casas en no más de tres kilómetros cuadrados (Foto: Ismario Rodríguez)" /></a>
<a href='https://periodismodebarrio.org/2018/09/todos-quieren-salir-de-la-basura/micro-x_ponte-verde-5/'><img decoding="async" width="375" height="195" src="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2018/09/Micro-X_Ponte-Verde-5-375x195.jpg" class="attachment-vce-lay-b size-vce-lay-b" alt="Micro X tiene 9 700 habitantes (Foto: Ismario Rodríguez)" /></a>
<a href='https://periodismodebarrio.org/2018/09/todos-quieren-salir-de-la-basura/micro-x_ponte-verde-8/'><img loading="lazy" decoding="async" width="375" height="195" src="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2018/09/Micro-X_Ponte-Verde-8-375x195.jpg" class="attachment-vce-lay-b size-vce-lay-b" alt="La basura es un problema en este barrio (Foto: Ismario Rodríguez)" /></a>
<a href='https://periodismodebarrio.org/2018/09/todos-quieren-salir-de-la-basura/micro-x_ponte-verde-19/'><img loading="lazy" decoding="async" width="375" height="195" src="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2018/09/Micro-X_Ponte-Verde-19-375x195.jpg" class="attachment-vce-lay-b size-vce-lay-b" alt="Un solo habitante genera 0.65 kg/día de desechos (Foto: Ismario Rodríguez)" /></a>
<a href='https://periodismodebarrio.org/2018/09/todos-quieren-salir-de-la-basura/micro-x_ponte-verde-20/'><img loading="lazy" decoding="async" width="375" height="195" src="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2018/09/Micro-X_Ponte-Verde-20-375x195.jpg" class="attachment-vce-lay-b size-vce-lay-b" alt="En febrero de 2017 el barrio tenía 70 contenedores plásticos (Foto: Ismario Rodríguez)" /></a>

<p>Micro X pertenece al Consejo Popular Alamar Este y está ubicado en uno de los extremos de la ciudad. Un barrio laberíntico: 100 edificios y 22 casas en no más de tres kilómetros cuadrados. 9 700 habitantes, poco más, poco menos, de los cuales solo es nativo un mínimo por ciento.</p>
<p>Los edificios, uno frente a otro, respiran por espacios intermedios parecidos a parques, con su hierba, sus bancos, sus áreas pavimentadas. Un parquecito infantil desguazado y otro más o menos desguazado. La bodega, una tienda, algunos árboles, quioscos particulares, la parada del ómnibus P11. Los taxis llegan de Habana Vieja, terminan al lado del Ditú y regresan y cobran 20 pesos por pasajero. El mar está cerca. Los microvertederos, que son siete, tienen lo mismo escombros que ratas que peste a comida podrida que un DVD. A Teresa le alarma el que está al lado de la escuela primaria Panchito Gómez Toro: la reja lo separa del terreno donde juegan los niños.</p>
<p>La basura es un problema.</p>
<p>Estimaciones de la Dirección Municipal de Servicios Comunales (DMSC) afirman que entre 2015 y 2016 Micro X generaba diariamente 58 metros cúbicos de desperdicios; un promedio, advierten; lo desmenuzan: siete metros cúbicos de restos de poda, 12.8 de escombros y 38.3 de residuos domiciliarios. Un solo habitante (también promedio) generaba 0.65 kg/día. Los centros y entidades productivas y de servicios, según el informe, causaban un 24 % de ese total: 365 kg diarios de alimentos, 215 de papel y cartón, 95 de vidrio, 64 de plástico… Dos restaurantes privados, dos escuelas primarias, la escuela secundaria, la especial, el Ditú, la guarapera y la residencia estudiantil, sumadas, pasaban de 15 kg diarios.</p>
<p>En febrero de 2017 el barrio tenía 70 contenedores plásticos, de 0.77 metros cúbicos, en 24 puntos para residuos sólidos urbanos (RSU). De los 70 había 23 rotos. El paisaje también estaba roto. A pesar de las políticas de planificación del sistema de recogida/transportación de RSU vigentes, que persiguen cobertura total para toda la ciudad y toda la Isla, la falta de recursos en las estructuras de Comunales hacía que la basura se derramara del tanque a la calle mientras los camiones pasaban días sin aparecer. Probablemente por eso, también por la esperanza del bien común que es, en definitiva, el propio, a más del 85 % de los vecinos aquel proyecto llamado PonteVerde, cuyo propósito era (es) promover un sistema de gestión integral de los RSU en Micro X, no les pareció absurdo. Si resultaba optimaría la imagen del barrio, la salud, porque esa acumulación de residuos trae secuelas, y el reciclaje pasaría a ser una forma de desarrollo económico.</p>
<div id="attachment_3174" style="width: 1010px" class="wp-caption alignnone"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-3174" class="wp-image-3174 size-full" src="https://www.periodismodebarrio.orgwp-content/uploads/2018/09/Micro-X_Ponte-Verde-25.jpg" alt="Entre 2015 y 2016 Micro X generaba diariamente 58 metros cúbicos de desperdicios (Foto: Ismario Rodríguez)" width="1000" height="563" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2018/09/Micro-X_Ponte-Verde-25.jpg 1000w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2018/09/Micro-X_Ponte-Verde-25-300x169.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2018/09/Micro-X_Ponte-Verde-25-768x432.jpg 768w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2018/09/Micro-X_Ponte-Verde-25-810x456.jpg 810w" sizes="(max-width: 1000px) 100vw, 1000px" /><p id="caption-attachment-3174" class="wp-caption-text">Entre 2015 y 2016 Micro X generaba diariamente 58 metros cúbicos de desperdicios (Foto: Ismario Rodríguez)</p></div>
<p>PonteVerde había resultado de la cooperación entre la Fundación Oxfam Intermón, ONG radicada en España que quiere “combatir la pobreza y la injusticia”, y tres entidades cubanas: el Centro Félix Varela, “asociación independiente de carácter civil, autónoma, sin fines de lucro, con capacidad para poseer patrimonio propio y ser sujeto de derechos y obligaciones al amparo de la legislación”; el Taller de Transformación Integral del Barrio (TTIB) Alamar Este, cuya misión es promover procesos participativos para la transformación física y social de esa comunidad; y la Asamblea Municipal del Poder Popular de Habana del Este, que se encargaría de convocar y coordinar la participación de las entidades gubernamentales, y de que estas cumplieran las responsabilidades que asumieran en el marco del proyecto.</p>
<p>En 2015 PonteVerde había sido presentado a la convocatoria de subvenciones Ciudades Específicas del Ayuntamiento de Barcelona, bajo el nombre Participación Comunitaria y Compromiso Ciudadano para la Gestión Integral de Desechos Sólidos Urbanos en la Localidad Habanera de Micro X, Consejo Popular Alamar Este. Y había sido aprobado. La investigación previa mostraba números estimulantes: el 99 % del total de residuos generados allí era potencialmente reciclable. Esto representaba entre 54 y 58 metros cúbicos de RSU diarios, distribuidos como sigue:</p>
<p>–Orgánicos (kg/día): 5 807 de alimentos y 839 de árboles.</p>
<p>–Inorgánicos (kg/día): 1 093 de vidrio, 1 031 de papel y cartón, 789 de plástico y 6 365 de escombros.</p>
<p>Se trazó un plan:</p>
<p>La clasificación la haría cada vivienda, cada centro de trabajo, en cubitos amarillos y jabas azules que recibirían gratis, por núcleo: el cubo para los restos de comida, frutas, vegetales; la jaba para los pomos, botellas. El resto (baterías, aparatos electrónicos) continuaría siendo manejado como de costumbre.</p>
<p>Junto a los tanques grises habituales pondrían contenedores azules y amarillos: la gente vertería cada envase donde corresponde y los contenedores amanecerían vacíos (los amarillos siempre; grises y azules, en días alternos). La recogida y la transportación precisaban un nuevo sistema: los no reciclables continuarían yendo al vertedero de Campo Florido; los orgánicos serían trasladados hacia centros de compostaje, emplazados en fincas en usufructo, para ser transformados en abono natural; y los inorgánicos hacia un Centro de Reclasificación y Transferencia, donde luego de un proceso de tratamiento serían vendidos a la Empresa de Recuperación de Materias Primas (que los obtenía solo a través de convenios con centros del Estado, o de recolectores formales e informales), a cuentapropistas o a cualquier organismo que los solicitase.</p>
<p>Hasta febrero de 2017, el presupuesto para PonteVerde rondaba los 146 000 euros.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<div id="attachment_3175" style="width: 910px" class="wp-caption alignnone"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-3175" class="wp-image-3175 size-full" src="https://www.periodismodebarrio.orgwp-content/uploads/2018/09/Micro-X_Ponte-Verde-10.jpg" alt="A principios de marzo de 2017 el proyecto echó a andar (Foto: Ismario Rodríguez)" width="900" height="600" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2018/09/Micro-X_Ponte-Verde-10.jpg 900w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2018/09/Micro-X_Ponte-Verde-10-300x200.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2018/09/Micro-X_Ponte-Verde-10-768x512.jpg 768w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2018/09/Micro-X_Ponte-Verde-10-810x540.jpg 810w" sizes="(max-width: 900px) 100vw, 900px" /><p id="caption-attachment-3175" class="wp-caption-text">A principios de marzo de 2017 el proyecto echó a andar (Foto: Ismario Rodríguez)</p></div>
<p>Hubo de todo: hubo quien vendió el cesto en 50 pesos y quien dijo sí por decir que sí; hubo quien se embulló, pero la velocidad cotidiana le hizo parar; hubo quien continúa…</p>
<p>El día que convocaron al 11­–C, Ivian Alejandro Duani estaba en la escuela. Tiene 20 años, estudia Medicina, vive en el quinto piso. El día que convocaron, su madre, que trabaja, y su hermana, que ahora pasó para séptimo grado, tampoco estaban.</p>
<p>–Yo llegué al edificio y me dijeron que habían repartido cesticos, esto, lo otro. Pero más nunca vinieron. Lo que hicieron fue poner un cartel en los bajos donde decía lo que había que hacer. Entonces empecé, pero no porque me hubieran dado nada. Empecé porque me gustó la idea.</p>
<p>Pasó meses clasificando. Al principio, todo. Luego solo papeles y cartones. Hace un mes, como nadie se preocupó por entregarle un módulo, también porque es mejor gastar una jaba en sacar la basura que gastar tres, desistió.</p>
<p>A principios de marzo de 2017, después de que fuera aprobado por el Ministerio cubano de Comercio Exterior, el proyecto echó a andar. Seleccionaron a tres promotores por edificio. Los del 11–C fueron Jorge, secretario del Partido, Basilia, del Consejo de Vecinos, y María Esther, de la Federación de Mujeres. Concertaron reuniones. Andrea del Sol Leyva, especialista principal del TTIB, y Ailena Alberto Águila, del equipo gestor del proyecto, adiestraron a los promotores; los promotores adiestraron al barrio.</p>
<p>Entretanto se organizaron Ferias de Reciclaje: artesanos locales que exhibían y vendían llaveros u otros adornos hechos con desechos; agricultores locales que hablaban de lo útil del empleo de productos orgánicos en las plantas; talleres, libros, teatro callejero…</p>
<div id="attachment_3176" style="width: 910px" class="wp-caption alignnone"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-3176" class="wp-image-3176 size-full" src="https://www.periodismodebarrio.orgwp-content/uploads/2018/09/Micro-X_Ponte-Verde-2.jpg" alt="Ponte Verde ha organizado varias Ferias de Reciclaje (Foto: Ismario Rodríguez)" width="900" height="600" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2018/09/Micro-X_Ponte-Verde-2.jpg 900w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2018/09/Micro-X_Ponte-Verde-2-300x200.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2018/09/Micro-X_Ponte-Verde-2-768x512.jpg 768w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2018/09/Micro-X_Ponte-Verde-2-810x540.jpg 810w" sizes="(max-width: 900px) 100vw, 900px" /><p id="caption-attachment-3176" class="wp-caption-text">Ponte Verde ha organizado varias Ferias de Reciclaje (Foto: Ismario Rodríguez)</p></div>
<p>Once meses después habían logrado comprometer a 2 490 de los 3 375 apartamentos previstos: 8 688 personas. Como estaba acordado, los gestores pusieron 36 tanques azules y 27 tanques amarillos; pusieron 2 694 cubos y jabas en manos de los promotores y estos se encargarían de repartirlos.</p>
<p>María Esther Aldama Pérez, en un cuaderno que le dieron, lleva el control de los vecinos a los que ya dio el módulo, con sus nombres y firmas. De los 45 que tocaban al 11­–C le faltan 12 módulos por entregar. “No he tenido tiempo”, se justifica.</p>
<p>–El proyecto está bueno. Todo el mundo quiere salir de la basura, pero siempre hay gente sin conciencia. Por eso yo voy, me paro en la esquina y miro que los tanques estén tapados, que boten cada cosa donde hay que botarla.</p>
<p>El módulo incluye un manual con datos generales y la explicación minuciosa de qué hacer con los desechos. Ahora cada vivienda que dijo sí exhibe una pequeña calcomanía redonda en la puerta, morada y verde: AQUÍ RECICLAMOS.</p>
<p>–Al principio todo estaba estupendo –dice Ángela Abreu, 73 años, vecina del SP–21–, lo que pasó fue que a los pocos días la basura se empezó a acumular, y la gente empezó a desencantarse. A nosotros (ella y su esposo) nos costó acostumbrarnos. Después yo le decía: “René, acuérdate: bota el cestico aquí y lo otro allá”, porque creímos que iba a dar frutos. Pero nada de eso se cumple ya.</p>
<p>José Luis Quintana Leyva, el hombre que no convenció a Fidel, del SP–21, lo confirma: la recogida sigue siendo pésima. Así que muchas personas, cuando los tanques grises están llenos utilizan, por ejemplo, los azules: eso no es funcional para el objeto de PonteVerde pero es más higiénico que botar jabas en medio de la acera. A veces, si no queda más remedio, se utiliza la acera. La basura empezó a mezclarse. Los <em>buzos</em>, que viven de revolverla a ver si dan con algo aprovechable, lo tuvieron más fácil: competían con PonteVerde y PonteVerde nunca los tuvo en cuenta. Ahora casi nadie clasifica y María Esther se ensaña con la conciencia.</p>
<p>–¿Cómo ha funcionado la recogida?</p>
<p>–Hay gente protestando porque quiere más jabas…</p>
<p>–¿Cómo ha funcionado la recogida?</p>
<p>–Y también hay quien bota lo azul en lo amarillo…</p>
<p>A media cuadra hay cuatro o cinco tanques atestados.</p>
<p>Hay gente con problemas para admitir las cosas que van mal.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<div id="attachment_3179" style="width: 1010px" class="wp-caption alignnone"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-3179" class="wp-image-3179 size-full" src="https://www.periodismodebarrio.orgwp-content/uploads/2018/09/Micro-X_Ponte-Verde-4-1.jpg" alt="Abraham Ibáñez Pérez, 48 años, jefe del Centro (Foto: Ismario Rodríguez)" width="1000" height="563" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2018/09/Micro-X_Ponte-Verde-4-1.jpg 1000w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2018/09/Micro-X_Ponte-Verde-4-1-300x169.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2018/09/Micro-X_Ponte-Verde-4-1-768x432.jpg 768w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2018/09/Micro-X_Ponte-Verde-4-1-810x456.jpg 810w" sizes="(max-width: 1000px) 100vw, 1000px" /><p id="caption-attachment-3179" class="wp-caption-text">Abraham Ibáñez Pérez, 48 años, jefe del Centro de Reclasificación y Transferencia de Alamar (Foto: Ismario Rodríguez)</p></div>
<p>Era un taller de mecánica, ahora es el Centro de Reclasificación y Transferencia de Alamar: una nave atestada, un poco de sol entra por las dos puertas, un parqueo con autos desmontados, mosquitos, moscas, monte, a cien metros de la Unidad de Construcciones Militares de Colina Villareal.</p>
<p>En la nave dos hombres apelotonan unos cuantos pomos en una esquina, otro tensa un nudo de alambre en una pila de cartones: hacen a mano el trabajo porque las máquinas, una prensadora de aluminio y dos de cartón, llegaron, dicen, hace dos o tres días y no se han puesto en marcha. Pero hay orden: de este lado los cartones, en pacas de 50 kg, de este otro los pomos, bocabajo, dentro de botes plásticos, y en este las botellas por colores, en cajas de 24. Todo eso debió haber sido vendido hace tiempo a Materias Primas, a algún artesano, pero no se ha ajustado un plan de precios con el gobierno.</p>
<p>Desde que lo crearon, en enero de 2018, como parte del proyecto, el Centro ha compilado 3 000 pomos azules, 249 pomos de aceite, 1 685 pomos blancos, 415 pomos verdes: lo que sale de los tanques azules de Micro X.</p>
<p>Abraham Ibáñez Pérez, 48 años, jefe del Centro, dice que para hacer la recogida el proyecto les asignó tres Piaggio (motorinas azules, italianas, con portacargas de 2.5 metros cúbicos): uno como reserva y dos que dan tres viajes cada noche entre el Centro y los puntos. Dice que cada Piaggio consume 12 litros de combustible/día, que ese combustible debía dárselos la DMSC, pero hubo dificultades: estuvieron mucho tiempo caminando con petróleo del Taller comunitario.</p>
<p>–En enero empezamos a recoger y la población estaba muy contenta. Separaban la comida en un lado, el cartón en otro. Pero en febrero tuvimos que parar porque los Piaggio no tenían chapa. El mes que duró el trámite, quien limpió fue el camión de Comunales. Y la gente dijo: “¿Qué hacemos nosotros en esto si al final echan todo en el mismo lugar?”.</p>
<p>Como hay de todo en todos los tanques los hombres de los Piaggio se han vuelto <em>buzos</em>: se hunden en los tanques, agarran lo que sirve, dejan el resto para Comunales.</p>
<p>–Si todo el mundo nos da la espalda, qué más vamos a hacer: recoger y tirar pa’ acá –dice uno de los choferes, Emilio Rodríguez, y con quien da la espalda se refiere a quien no les da el petróleo, a los salarios&#8230;</p>
<p>La idea del Centro era que funcionara como cooperativa, y no fue tal por los constantes cambios en las políticas nacionales respecto al trabajo por cuenta propia. Así que sus 22 empleados son subordinados de Comunales, y cobran entre 250 y 315 pesos mensuales, es decir, entre 10 y 12 CUC. Nueve de ellos trabajan de noche: chofer y ayudante de cada Piaggio, y chofer con dos ayudantes destinados al camión que debe asumir los tanques amarillos. El camión salió de Japón en mayo, llegó al puerto de Mariel en junio, a mediados de julio a Comunales, y todavía no presta servicios. Brian González, el chofer, que no lo ha visto, lo que sabe es que deben adaptarle un mecanismo para elevar contenedores, pasarlo por el somatón, tramitarle una chapa. Mientras tanto los tanques amarillos también los limpia el colector común.</p>
<p>Cuando se hizo el diagnóstico, en 2016, la recogida en Micro X se hacía con frecuencia de dos a cinco días. La DMSC tenía tres camiones Zil–130 remotorizados con capacidad para recoger nueve metros cúbicos en cada viaje, un tractor con un tráiler de 12 metros cúbicos, y un camión colector compactador con capacidad para 42 metros cúbicos. Según el informe, la asignación mensual de combustible a la DMSC era de 29 000 litros, que le garantizaban, en promedio, 215 recorridos punto–vertedero. El sistema de recogida y transportación que habían concebido para el proyecto atenuaría el problema. Dice Abraham que tiene la esperanza de que se enrumbe pronto, un día de estos, cuando empiece el camión.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<div id="attachment_3192" style="width: 1010px" class="wp-caption alignnone"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-3192" class="wp-image-3192" src="https://www.periodismodebarrio.orgwp-content/uploads/2018/09/liuvar_alejandro-ramirez-1.jpg" alt="Liuvar Ojeda, productor de abonos naturales (Foto: Alejandro Ramírez)" width="1000" height="667" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2018/09/liuvar_alejandro-ramirez-1.jpg 720w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2018/09/liuvar_alejandro-ramirez-1-300x200.jpg 300w" sizes="(max-width: 1000px) 100vw, 1000px" /><p id="caption-attachment-3192" class="wp-caption-text">Liuvar Ojeda, productor de abonos naturales (Foto: Alejandro Ramírez)</p></div>
<p>Como Liuvar Ojeda es productor de abonos naturales, algunos de ellos certificados, de calidad, los organizadores de PonteVerde le propusieron experimentar con RSU en lugar de excrecencias, que era su fuerte. Él dijo: Si el transporte depende de Comunales no me arriesgo, “porque yo sé que no tienen recursos”, y le garantizaron que el transporte correría por parte del proyecto.</p>
<p>Es complejo el proceso para obtener este tipo de abonos. Es un ventilador industrial conectado a una manguera que atraviesa el cantero al que deben ir a parar los desechos. Ese ventilador impulsa el aire hacia la manguera, que tiene taponeado el otro extremo y lo distribuye a través de agujeros: enfría la basura desde dentro. Desde afuera, un par de veces al día, se vierte agua sobre la basura. La descomposición se transforma en una especie de tierra que se cierne: el abono se lleva hacia la finca; lo que no es abono, vuelve al cantero. Este sistema debe permitir que lo que naturalmente se descompone en un periodo entre tres y seis meses, lo haga entre dos y cinco.</p>
<p>Entre marzo y diciembre de 2017, Liuvar construyó cuatro canteros de 30 metros de largo, con cinco muros que levantó con piedras que fue apilando de cualquier lugar donde hubiera piedras para ahorrar dinero. A pesar de eso, y de que la mano de obra la emprendieron trabajadores suyos, sin costo, invirtió 23 000 pesos en cemento, gravilla, arena, el ventilador. Su proyecto era ambicioso: en el primer cantero pretendía habilitar una planta de biogás. Hizo cuentas: en cada cantero caben 90 metros cúbicos de desechos, que, una vez procesados, dan 30 metros cúbicos de abono. Como tiene contratos con Turismo y algunas tiendas especializadas, cada cantero debía aportarle cerca de 11 000 pesos (el precio de venta mínimo es 250 pesos/metro cúbico), así que más o menos en un año recuperaría la inversión.</p>
<p>–Pero yo soy paciente. ¿Hay que esperar más tiempo? Pues se espera.</p>
<p>El problema del tiempo es que, de cara al Ministerio de Comercio Exterior y al Ayuntamiento de Barcelona, los proyectos de colaboración se ejecutan en el periodo de un año. Así que Oxfam se ha visto obligado a solicitar prórrogas que le permitan seguir gestionando el presupuesto que les asignaron. Para el Ayuntamiento, el proyecto terminó en junio; para el Ministerio se extiende hasta noviembre.</p>
<div id="attachment_3178" style="width: 1010px" class="wp-caption alignnone"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-3178" class="wp-image-3178 size-full" src="https://www.periodismodebarrio.orgwp-content/uploads/2018/09/Micro-X_Ponte-Verde-2_Gustavo.jpg" alt="Gustavo decidió convertir El Ciruelo, su finca, en un Centro de Producción de Abonos Orgánicos (Foto: Ismario Rodríguez)" width="1000" height="563" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2018/09/Micro-X_Ponte-Verde-2_Gustavo.jpg 1000w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2018/09/Micro-X_Ponte-Verde-2_Gustavo-300x169.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2018/09/Micro-X_Ponte-Verde-2_Gustavo-768x432.jpg 768w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2018/09/Micro-X_Ponte-Verde-2_Gustavo-810x456.jpg 810w" sizes="(max-width: 1000px) 100vw, 1000px" /><p id="caption-attachment-3178" class="wp-caption-text">Gustavo Silveira decidió convertir El Ciruelo, su finca, en un Centro de Producción de Abonos Orgánicos (Foto: Ismario Rodríguez)</p></div>
<p>Gustavo Silveira tiene bigotes, 58 años y una finca de seis hectáreas donde siembra mangos, aguacates, habichuelas. Tiene también la creencia inflexible de que sus plantas, que están grandes, sólidas, van a crecer mejor con abono natural porque los químicos, a pesar de que no invierte mucho en ellos (poco más de 600 pesos/año), nunca le han dado demasiada confianza.</p>
<p>Por eso se iluminó cuando Liuvar le habló de PonteVerde, y decidió convertir El Ciruelo, su finca, en un Centro de Producción de Abonos Orgánicos. El proyecto le regaló un termómetro, dos carretillas, un cartel que dice que su finca, por fin, es ese Centro, y la garantía de que el material para hacer abono iba a llegarle estable: lo que va a parar a los tanques amarillos de Micro X. Él haría el proceso, y todo el resultado sería suyo. Liuvar, que tiene una parcela pequeña, produciría con fines comerciales.</p>
<p>Gustavo invirtió más de 6 000 pesos en comprar y cargar piedras, arena y recebo para los canteros, en el ventilador, mangueras negras de dos milímetros de grosor, una yunta de bueyes. Construyó con sus manos dos canteros de 3.60 x 15 metros, en una llanura a 700 metros de la finca. Tiene previsto construir dos más. El camión debe llenar los canteros, uno a la vez, porque Gustavo tiene un solo ventilador que irá rotando. Pero, sabemos, el camión no marcha, y la cooperativa Antero Regalado, a la que Gustavo pertenece, no ha firmado un contrato con Comunales que fije cuánto debe pagar él por cada metro cuadrado de desechos.</p>
<p>–¿En cuánto tiempo piensas recuperar la inversión?</p>
<p>–No tengo idea. Yo estoy haciendo todo esto a fe.</p>
<p>“Lo que más me preocupa es la cultura de los que clasifican, porque, ¿y si el camión me trae cosas que no se descomponen? Por eso, cuando se haga el contrato, tiene que decir: tú puedes traerme 10 000 metros cuadrados, pero me descuentas lo que no sirva”.</p>
<p>Mario Pino, 75 años, vende café en una mesa portátil frente al Ditú de Micro X y dice que reciclaje es lo que hace él con los vasitos: usarlos, lavarlos, volver a usarlos. Si alguno se le rompe, Mario lo pone cuidadosamente en la hierba, acaba de vender el termo, se va y lo deja ahí. Tengo que hacer yo muchas cosas como para pararme a botar nada en ningún lugar. A veces, en su casa, deja caer los mochos de tabacos por la ventana, que es mucho más fácil. Los niños tiran piedras, los adultos, preservativos. Debe ser genético.</p>
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		<title>Punta de Maisí</title>
		<link>https://periodismodebarrio.org/2016/10/punta-de-maisi/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Tomás Ernesto Pérez]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 19 Oct 2016 15:09:54 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Desastres naturales]]></category>
		<category><![CDATA[númerodiez]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>En Punta de Maisí la calma es inquietante, como si fuese realmente el preámbulo de alguna desgracia, como si algo, no se sabe qué, estuviese a punto de ocurrir.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>En el patio de su casa, Hildermarzo Leyva me dice:</p>
<p>—En Punta de Maisí hay su bandolero como en todos los lugares, y su chismoso, pero a la gente le gusta porque es un lugar tranquilo.</p>
<p>Es cierto que en el poblado se respira tranquilidad, aunque no es el tipo de tranquilidad que tranquiliza. En Punta de Maisí la calma es inquietante, como si fuese realmente el preámbulo de alguna desgracia, como si algo, no se sabe qué, estuviese a punto de ocurrir. Cuando visito el pueblo, hay un liniero encaramado en un poste de madera, y por las calles desnudas circulan con fastidio, como almas en pena, algunos vehículos que por su cuidada apariencia desentonan con el paisaje. Hay casas destruidas por completo y hay otras que fueron mutiladas y que sus dueños tratarán de enmendar. Hay gente reunida en los patios o en los portales, consolándose mutuamente, bostezando. A ratos, el golpe de un martillo perturba la serenidad en este pedazo de tierra lleno de piedras y arbustos marchitos. El aire huele a sal y a humo de leña quemada. Un perro comienza a ladrar abruptamente y abruptamente se calla. Dos hermanos descargan una carretilla repleta de tejas rotas en la entrada de su casa y desaparecen dentro, sin dirigirse la palabra.</p>
<p>El martes 11 de octubre, con toda su calma, es un día atareado en el extremo más oriental de Cuba. El huracán Matthew, aparte de los numerosos destrozos, les ha dejado eso: unas cuantas semanas colmadas de martillazos, un ir y venir de vehículos que resplandecen al sol y agitan el polvo de las calles, un caudal de lamentos y la incrédula felicidad de haber sobrevivido.</p>
<p>—Pasamos un rato malo, malo de verdad –dice Hildermarzo–. Parecía que estaban arrastrando escombros arriba de la placa. Era como un bicho que quería buscar por dónde meterse.</p>
<p>Hildermarzo y su familia, entre la que había dos niños y un discapacitado, pasaron la tormenta en su propia vivienda, en un cuarto de placa construido expresamente para que sirviera de refugio en situaciones meteorológicas extremas. Matthew les llevó una parte del techo y una ventana. El martes 11 de octubre, apenas han logrado sacar la mitad de los escombros.</p>
<p>—Y hay otros que están peor que yo –dice–. Hay gente que no tiene nada.</p>
<p>También hay gente, la mayoría, que no pudo refugiarse en su propia casa y se vio obligada a buscar refugio en las cuevas de los alrededores.</p>
<p>—Irse para la cueva es algo tradicional del barrio –me explica Georvis Romero–. Por años, cuando hay ciclones, las personas acuden a las cuevas, porque esa es la seguridad.</p>
<p>Esa seguridad, según Georvis, es relativa, y se limita más bien al hecho de que en las cuevas no suele haber derrumbes. Sin embargo, en la cueva en que él y su familia se evacuaron, como a un kilómetro y medio de su casa, el azote de los vientos fue despiadado.</p>
<p>—Yo recuerdo que antiguamente nos refugiábamos en las cuevas y nunca pasó nada –dice Raúl Fitó–. La pasábamos bien, entre comillas, y esta vez yo pensé: “Ahí no va a haber problema”.</p>
<p>Georvis, Raúl y toda la familia, incluidos un bebé de un mes y otro de cinco meses, se fueron para la cueva un día antes de que el ciclón entrara, para evitar que los cogiera la lluvia. Se llevaron consigo lo que tenían de la canasta básica –arroz, azúcar, carne en conserva–, agua potable en porrones de plástico, colchonetas y sacos de henequén para dormir, dos cunas para los bebés. Al llegar a la cueva lo organizaron todo, cortaron la leña antes de que se cargara de humedad e hicieron fogones utilizando parte de la leña y piedras. Esa noche, la primera, durmieron más o menos como siempre. La segunda, la del ciclón, fue radicalmente distinta. Raúl asegura que en sus 54 años de vida nunca había pasado una noche como aquella.</p>
<p>—Cuando empezó a penetrar el aire, con agua fuerte para adentro, yo pensé que nos íbamos a ahogar –dice–. La cueva era recta y al final tenía un recodo, y yo creí que allá no iba a llegar el agua, pero sí llegó. Menos mal que habíamos puesto un nailon con palo de palmera atravesado y eso nos protegió bastante. Después de que pasó el aire fuerte, la cueva empezó a filtrar, por la intensa lluvia. Eso yo nunca lo había visto. Esa agua venía contaminada seguramente, porque ahí hay estiércol de murciélago, de chivo, sabe Dios de cuántas cosas más. Nos dio picazón, diarrea, hongo en los pies. Pasamos la noche en vela.</p>
<p>La familia de un vecino suyo, Hilde Castillo, incluidas sus cinco hijas, todas menores de edad, también se refugió en una cueva. El agua potable se les acabó y tuvieron que beber el agua que corría por las paredes de la cueva. El resultado de eso es que el martes 11 de octubre una de sus niñas está ingresada en el hospital, tras haber padecido fiebre, diarrea y vómitos.</p>
<div id="attachment_1706" style="width: 1009px" class="wp-caption alignnone"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-1706" class="size-full wp-image-1706" src="http://www.periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/10/Portada.jpg" alt="Las hijas de Hilde Castillo juegan en su vivienda sin techo, solas (Foto: Tomás E. Pérez)" width="999" height="600" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/10/Portada.jpg 999w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/10/Portada-300x180.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/10/Portada-768x461.jpg 768w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/10/Portada-450x270.jpg 450w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/10/Portada-150x90.jpg 150w" sizes="(max-width: 999px) 100vw, 999px" /><p id="caption-attachment-1706" class="wp-caption-text">Las hijas de Hilde Castillo juegan en su vivienda sin techo, solas (Foto: Tomás E. Pérez)</p></div>
<p>—Lo que más nos golpeó después del ciclón fue el problema del agua potable –dice Raúl–. Todo se contaminó. El agua de la cisterna se puso casi salada. Nos pasamos como cinco o seis días sin agua potable. Y sin médico. Antier domingo fue que mandaron a un especialista y ayer lunes nos atendimos todos.</p>
<p>Conversamos en el patio de su vivienda. El viento sacude los pañales blancos que cuelgan de la tendedera. Sobre los arbustos, desperdigada aquí y allá, hay ropa interior secándose al sol. Un colchón empapado descansa contra una cerca. Los demás colchones están dentro, porque esa mañana amenazó con llover. Los sacan por el día para que se oreen y en la noche los meten en la casa, los cubren con sacos de henequén secos y duermen encima. El huracán les llevó el techo de zinc y madera. El de la cocina, que es de guano, no sufrió daños.</p>
<p>—Pregunte por ahí, que se lo van a decir –dice Raúl–. Yo no sé qué misterio tiene el guano, pero es resistente al ciclón.</p>
<p>Cuando salieron de la cueva, lo primero que hicieron fue limpiar los escombros y poner un techo provisional con las pocas tejas que quedaron para protegerse del sol y del agua. El domingo por la tarde se restableció la cobertura de los teléfonos celulares, que han cargado en el faro, y gracias a eso han podido llamar a sus familiares de La Habana y mantenerse informados.</p>
<p>—Yo pienso que el Estado, la Iglesia o alguien tenga que venir con un techo –dice Raúl–. Ahora queda esperar.</p>
<p>Cuando me despido de Raúl, de Georvis y de su numerosa familia –22 en total–, salgo a buscar a Hilde Castillo. Conversamos sentados en una cama en casa de su madre, con el cielo por techo. Es entonces cuando me habla del subsidio que le concedieron hace tres años, de sus cinco niñas, de su esposa recién operada, del ingreso de una de sus hijas, de los chivos que se comieron en la cueva, de un coronel que visitó su casa después del ciclón y le entregó un jabón y un paquete de papel sanitario y una bolsa de palitroques. Hilde me pide que lo acompañe a su casa para que vea las condiciones en que quedó. Le digo que sí, que por supuesto. Hilde no sabe que es la última persona que entrevistaré en Punta de Maisí. Yo, en ese momento, tampoco puedo saberlo.</p>
<p>—Tienes que tener mucho cuidado –me advierte justo antes de abandonar la casa de su madre–, porque están buscando a los periodistas que andan por ahí.</p>
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		<title>El mundo según Salcines</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Tomás Ernesto Pérez]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 14 Sep 2016 18:43:54 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Soberanía alimentaria]]></category>
		<category><![CDATA[númerodiez]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>La agricultura orgánica, el sexo, Fidel Castro, la Biblia, Pánfilo, etcétera, vistos por un guajiro que vive en Alamar.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>—Yo voy a empezar a hablar mierda y después tú quitas lo que te parezca.</p>
<p>El Miguel Salcines que tengo delante, espigado, canoso, siempre con un sombrero encajado en la cabeza, no habla como el Miguel Salcines de las entrevistas que circulan por ahí. Este, el de carne y hueso, dice mierda, culo, pinga, cojones y etcétera. Muchos lectores con alma de abuelita agradecerían que se suprimieran esas palabras, o que se remplazaran por algún eufemismo, pero el resultado de eso sería el equivalente literario al café descafeinado: más sano, pero menos auténtico. Ni siquiera un hombre como Salcines, que lleva cerca de 20 años promoviendo la salud, me perdonaría una versión descafeinada de sí mismo.</p>
<p>Miguel Ángel Salcines López nació en Gibara, provincia de Holguín, en 1950, y un curso emergente lo trajo a La Habana, en donde se quedó a vivir a finales de los sesenta. En Holguín había recibido un entrenamiento en riego y drenaje y aquí se hizo técnico medio en Agronomía. Trabajó en la dirección de Riego y Drenaje del Ministerio de la Agricultura, hasta que alrededor de 1996, en pleno Periodo Especial, el ministro de la Agricultura les dijo a sus funcionarios que todo el que deseara incorporarse a la agricultura rural o urbana estaría liberado de su cargo.</p>
<p>A Salcines lo designaron jefe de Agricultura Urbana en el municipio Habana del Este. Entonces contaba con el apoyo de varias instituciones científicas que, por el recrudecimiento del Bloqueo y sus probables consecuencias, desde antes del Periodo Especial estudiaban las maneras de desarrollar una agricultura sin petróleo. (Cuando algún norteamericano le pregunta de dónde nos viene esta furia de la agricultura orgánica –y se lo preguntan con más frecuencia de la que él quisiera–, Salcines suele responder: “De Ronald Reagan”).</p>
<p>—Entre mis obligaciones –dice– estaba la entrega de tierras ociosas en la ciudad a personas dispuestas a trabajar en la agricultura. Eso me permitió asignarme un pedazo de tierra en Alamar y renunciar a mi cargo como delegado. La responsabilidad era demasiado grande para mí.</p>
<p>Salcines asegura que no se arrepiente de su renuncia, y cuando dice que no se arrepiente uno casi está obligado a creerle, porque ese pedazo de tierra es de las mejores cosas que le han pasado en la vida.</p>
<p>Desde el comienzo, trabajó en conjunto con ONG nacionales y extranjeras, lo que le posibilitó realizar un estudio de factibilidad y luego un plan estratégico de desarrollo. Los cinco cooperativistas del principio llegarían a ser 185. Poco a poco, la Unidad Básica de Producción Cooperativa (UBPC) “Organopónico Vivero Alamar”, con Salcines al frente, comenzó a tomar otra dimensión, a diversificarse.</p>
<div id="attachment_1562" style="width: 1010px" class="wp-caption alignnone"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-1562" class="wp-image-1562 size-full" src="http://www.periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/09/IMG_9585.jpg" alt="img_9585" width="1000" height="563" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/09/IMG_9585.jpg 1000w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/09/IMG_9585-300x169.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/09/IMG_9585-768x432.jpg 768w" sizes="(max-width: 1000px) 100vw, 1000px" /><p id="caption-attachment-1562" class="wp-caption-text">En este jardín de Edén contemporáneo hay solo una cosa prohibida: el uso de químicos (Foto: Tomás E. Pérez)</p></div>
<p>—Yo diría que nos fuimos delante del pelotón, porque empezamos una casa de posturas con tres millones de posturas, umbráculo para la producción de frutales en bolsas, plantas ornamentales y medicinales y espirituales y aromáticas, vegetales en general, cría de toros y conejos, caña de azúcar, producción de compost, una pequeña industria, casa de cultivos protegidos, casa de cultivos semiprotegidos, cultivos intensivos, cultivos tradicionales, producción de hongos y germinados…</p>
<p>El Vivero, que en 1997, el año de su fundación, había producido unas 20 toneladas de hortalizas y vegetales, en 2006 produjo más de diez veces esa cantidad. En el año 2000 se inició la producción de condimentos secos, con un total anual de apenas 40 kilogramos que a la altura de 2007 llegaría a rondar la tonelada y media. Estos y otros números, extraídos de <em>Cuatro experiencias exitosas en UBPC</em> (Asociación Cubana de Técnicos Agrícolas y Forestales, 2007), justificaron precisamente la inclusión del Vivero en este libro.</p>
<p>Según consta en <em>El hambre</em>, para el periodista argentino Martín Caparrós “la idea de que hay que volver a los cultivos orgánicos a escala individual o pueblerina es otro efecto del desconcierto”, un modo de refugiarse en “mecanismos de un pasado idealizado”. Salcines, que no ha leído a Caparrós, insiste en que la agricultura orgánica de hoy no es la de los pobladores originarios de América ni la de ningún pasado idealizado, porque la agricultura orgánica de hoy, obviamente, tiene un respaldo científico del que carecían los mayas. Según él, el éxito del Vivero obedece, en parte, a la acertada aplicación de la ciencia.</p>
<p>Hay un puñado de frases a las que Salcines les guarda un cariño especial y es realmente extraordinaria la habilidad con que las cuela en la conversación. Cualquiera pensaría que, llegado un punto, hablar con él acaba siendo aburrido o predecible por esta causa. <em>Error</em>. Es cierto que las repite una y otra vez, como si fueran mantras, pero nunca se sabe con certeza el momento en que uno de estos mantras va a aparecer y la incertidumbre resulta estimulante. Cuando por fin aparece, hay que contenerse para no saltar de emoción (no estoy exagerando).</p>
<p>Mantra # 1: “Yo tengo un mar de conocimiento con un centímetro de profundidad”.</p>
<p>Se supone que un hombre tan empeñado en reconocer sus limitaciones se lo piense dos veces antes de afirmar, sin el más mínimo asomo de pudor, que lo sabe <em>casi todo</em> sobre alguna materia, sin embargo…</p>
<p>Mantra # 2: “Yo lo sé <em>casi todo</em> sobre agricultura orgánica”.</p>
<p>Hubo una época en que no solo intentaron darle fertilizantes, sino que lo presionaron para que los utilizara, y hubo miembros de la cooperativa que se sumaron a la presión. Salcines se rompió la cabeza pensando en una manera de convencer a sus compañeros de que no valía la pena abandonar la agricultura orgánica. El sentido común lo condujo al argumento definitivo.</p>
<p>—Si cogemos los fertilizantes, quizá aumentemos la producción y haya más ganancias –les dijo–. A la larga, eso puede afectar los suelos, pero lo peor no es eso. Lo peor es que está demostrado que los productos químicos dan impotencia sexual.</p>
<p>Las presiones se desinflaron y Salcines, según sus propias palabras, comprobó el tremendo impacto del sexo en la sociedad. En 2014, dos años después de que el cineasta Alejandro Ramírez filmara <em>Tierralismo</em>, un documental dedicado al Vivero, Salcines, cuya reputación había crecido considerablemente, fue invitado a dar una charla en el evento TEDxHabana, celebrado en la Sala Covarrubias del Teatro Nacional de Cuba. El reto que se le presentaba entonces era el de hablar sobre agricultura orgánica y comida sana sin resultar muy aburrido. La solución era evidente: sexo.</p>
<p>El título de su charla: “El Kamasutra de la alimentación”.</p>
<p>Hay que decir, en honor a la verdad, que Salcines hace trampa, porque si bien al principio de la charla suelta frases como “No vamos a hablar de posiciones, vamos a hablar de conceptos”, o “Somos un ser social, pero somos un ser sexual”, o “Si quieres tener un sexo sano, come sano; si quieres tener un sexo malo, come malo”, en el 90 por ciento de la charla no se alude al Kamasutra, ni se menciona el leve parecido del <em>lingam</em> con cierto fruto cucurbitáceo que se sirve como ensalada y que algunas mujeres emplean para estimular el <em>yoni</em>… No, nada de eso. Salcines promete un festín, pero termina ofreciendo una merienda.</p>
<p>Hasta no hace mucho, la cooperativa podía permitirse garantizar merienda y almuerzo a sus trabajadores, así como los servicios de barbería y manicura, todo gratis. Eso, junto con los préstamos sin intereses, un horario laboral relativamente holgado (6 horas en verano y 7 horas en invierno) y una forma de pago que combina salario y acciones y que tiene en cuenta el rendimiento y el número de años acumulados, responde a una voluntad de hacer atractivo y ventajoso el trabajo en el Vivero.</p>
<div id="attachment_1559" style="width: 1010px" class="wp-caption alignnone"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-1559" class="wp-image-1559 size-full" src="http://www.periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/09/IMG_9571.jpg" alt="img_9571" width="1000" height="563" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/09/IMG_9571.jpg 1000w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/09/IMG_9571-300x169.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/09/IMG_9571-768x432.jpg 768w" sizes="(max-width: 1000px) 100vw, 1000px" /><p id="caption-attachment-1559" class="wp-caption-text">Esta mañana, Tomeguín y Sinsonte apenas tienen descanso (Foto: Tomás E. Pérez)</p></div>
<p>Mantra # 3: “El hombre no es lo más importante, el hombre es lo <em>único</em> importante”.</p>
<p>Salcines cree en la necesidad de atraer personas hacia la agricultura. Según él, los medios de comunicación en Cuba no son efectivos a la hora de promover el trabajo en la tierra, que en el imaginario popular, por razones muy diversas, está asociado casi siempre al sufrimiento y es entendido incluso como un castigo. Ciertamente, a la imagen del campesino debería inyectársele un poco de glamour. El guajiro con el azadón, lleno de polvo hasta las cejas y empapado en sudor puede llegar a ser deprimente (no cuesta imaginar a algunos padres señalando el televisor y advirtiéndoles a sus hijos que si no hacen la tarea terminarán como ese viejito de ahí). El sudor, el calor, la suciedad y el esfuerzo físico forman parte del trabajo en el campo, pero –admitámoslo– no son atractivos en términos publicitarios. (Tampoco son atractivas la insalubridad y la pobreza, de ahí que a nadie se le ocurra poner una fotografía de Indaya en ninguna de esas postales del tipo “Cuba, paraíso caribeño”).</p>
<p>—Eso de la biotecnología, la informática, la medicina… <em>pinga</em>. La agricultura era lo gordo aquí. No estoy negando que el desarrollo intelectual de los jóvenes sea importante, pero la agricultura siempre había funcionado y debe funcionar para que este país camine.</p>
<p>El Vivero proporciona alimentos orgánicos, frescos y no demasiado caros a la comunidad, pero no solo. También se venden plantas ornamentales, medicinales y las llamadas “espirituales”, cuyos fines son principalmente religiosos. El Vivero, además, ha creado empleos y ha contribuido a acercar la agricultura a los niños, que en ocasiones van de visita con sus profesores o con sus padres (“Sal de ahí, muchacho, que te vas a cagar los zapatos” es una frase bastante común en estas visitas).</p>
<p>—Ancianos de más de ochenta años se han ido de aquí para el hospital y no han regresado –dice Salcines–. Pero se han ido con calidad de vida, sintiéndose parte de algo y aportando económicamente a sus hogares.</p>
<p>Según Salcines, a muchos ancianos la agricultura les sentaría mejor que el tai chi y el yoga. Él asegura que no tiene nada en contra del tai chi y el yoga, y cuando dice que no tiene nada en contra uno casi está obligado a no creerle, porque hay algo en el tono de su voz que inspira cualquier cosa menos confianza.</p>
<div id="attachment_1565" style="width: 1010px" class="wp-caption alignnone"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-1565" class="wp-image-1565 size-full" src="http://www.periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/09/IMG_9601.jpg" alt="img_9601" width="1000" height="588" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/09/IMG_9601.jpg 1000w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/09/IMG_9601-300x176.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/09/IMG_9601-768x452.jpg 768w" sizes="(max-width: 1000px) 100vw, 1000px" /><p id="caption-attachment-1565" class="wp-caption-text">Salcines no puede esconder el orgullo cuando habla de sus toros (Foto: Tomás E. Pérez)</p></div>
<p>El Vivero se ha convertido en una especie de Meca de la agricultura orgánica en Cuba. El número de visitas que allí se reciben es francamente asombroso. Hay visitantes de instituciones relacionadas con la agricultura, y visitantes que vienen de otras provincias y aprovechan la oportunidad para hablar aunque sea un momento con Salcines, al que algunos consideran una suerte de gurú, y otros que vienen de fuera de Cuba. Cuando estuve en el Vivero coincidí con un grupo de turistas norteamericanos extrañamente dispuestos a enfangarse los pies (había llovido y andaban en sandalias), con un grupo de Taiwán, con dos coreanas, con una estudiante guatemalteca de Agronomía que está haciendo las prácticas de su especialidad en el organopónico, y con un estudiante norteamericano y un joven alemán cuya idea de unas vacaciones en Cuba incluye dar guataca y desyerbar canteros. Además de por su prestigio, el Vivero recibe tantas visitas porque está a solo unos pocos minutos de la Habana Vieja y muy cerca de la carretera que conduce a Varadero, por lo que suele ser un destino habitual dentro de los llamados paquetes turísticos.</p>
<p>Según el propio Salcines, la suya es la mejor finca urbana de producción orgánica de Cuba y una de las mejores del mundo.</p>
<p>—Yo estuve en California el año pasado, y te puedo asegurar que la escuela de producción orgánica en Cuba no tiene nada que envidiarle a esa gente –dice–. Ah, nosotros, por el Bloqueo, tenemos limitaciones básicas de insumos, y a veces nos vemos forzados a castrar la tecnología porque nos faltan tuberías, tanques, etcétera. Cosas de muy poco valor que sin embargo nos tienen refrenados.</p>
<p>Y está el otro bloqueo, por supuesto, el de la burocracia y las prohibiciones absurdas. El responsable de que mandaran a cerrar el restaurant de comida orgánica que había en el Vivero y de que el capital generado por la cooperativa no pueda invertirse de manera expedita para crecer aún más o mantener lo que ya se ha alcanzado.</p>
<p>Mantra # 4: “Lo que no crece, perece”.</p>
<p>Y también está –imposible obviarlo– esa clase de gente cuya meta principal en la vida parece consistir en amargarle la vida al prójimo. Salcines, que de niño recibió una formación cristiana, explica la existencia de envidiosos, mediocres y aguafiestas apelando a una mezcla disparatada de teología y choteo:</p>
<p>—Antes de que hubiera el pecado original, los tigres jugaban con los carneros, los venados jugaban con los leones… Un vacilón aquello. Y hubo un tipo (se llamaba Lucifer, no sé si has oído hablar de él) que reunió un tercio de los ángeles del cielo, porque estaba preparando un golpe de Estado. Por supuesto, Cristo, que tenía Seguridad del Estado, se enteró y los botó a todos. ¡A vagar con el pecado original! Y a la larga nos jodimos nosotros. Lo interesante del caso es esto: un tercio de los hombres no sirve.</p>
<p>Salcines se declara ateo, pero la influencia de su formación cristiana es tan persistente que el primer criterio de autoridad al que acude para convencerme de que podemos vivir sin comer carne no es un estudio científico ni nada por el estilo, sino la Biblia. Su argumento, básicamente, es que Adán y Eva se comieron una manzana, no un trozo de bistec. Si le echamos un vistazo al Génesis comprobaremos que el asunto es mucho más interesante.</p>
<p>En el jardín de Edén –el organopónico más famoso de la historia– había varios tipos de plantas: “hierba verde, hierba que da simiente según su naturaleza [léase cereales, legumbres…], y árbol que da fruto, cuya simiente está en él” (Gn 1:12). La dieta de Adán y su mujer era vegetariana, pero debía limitarse a los árboles que dan frutos y a los cereales (Gn 1:29). La llamada “hierba verde”, por su parte, estaba reservada para los animales: “Y a toda bestia de la tierra, y a todas las aves de los cielos, y a todo lo que se mueve sobre la tierra, en que hay vida, toda hierba verde les será para comer” (Gn 1:30). Así, pues, animales y humanos se diferenciaban, entre otras cosas, por la clase de vegetales que consumían. Luego, cuando la mujer comió del fruto prohibido y lo ofreció a su marido para que lo probara, Dios le auguró a Adán varias calamidades. La que nos interesa: “maldita será la tierra por amor de ti; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida; espinos y cardos te producirá, <em>y comerás hierba del campo</em>” (Gn 3:17-18). Adán, creado a imagen de Dios y destinado originalmente a señorear los peces, las aves y las bestias terrestres, fue empujado a comer, como castigo, comida de animales. De acuerdo con la Biblia, el primer pecado obligó al hombre a modificar su dieta, a la cual, a partir de entonces, se irían incorporando la lechuga, la acelga, el berro, la espinaca, etcétera.</p>
<p>Actualmente, el Vivero se beneficia del Proyecto de Apoyo a la Agricultura Sostenible en Cuba (PAAS), que comenzó en septiembre de 2013 y terminará en septiembre de 2017. Coordinado por la Asociación Cubana de Técnicos Agrícolas y Forestales (ACTAF), y con financiamiento (231.248 euros) de la Agencia Suiza para el Desarrollo y la Cooperación y de la organización no gubernamental Hivos, de Holanda, el PAAS incide en nueve municipios del occidente y el centro del país.</p>
<p>Se prevé que el Vivero, gracias a este proyecto, disponga de una planta de beneficio para las hortalizas, en donde se lavarán y envasarán para su posterior comercialización. Una etiqueta certificará que se trata de productos orgánicos y servirá de garantía a los clientes, lo cual es loable a la vez que irónico en un país donde no hay una política de etiquetado de los alimentos transgénicos. La certificación se hará a través de un Sistema Participativo de Garantía (SPG), en cuya implementación se trabaja.</p>
<p>El SPG, puesto en práctica en países como Brasil, Estados Unidos, India, Francia, Colombia y Perú, es un sistema de verificación alternativo y complementario a la certificación independiente realizada por un tercero, y estimula la participación directa de los productores y los consumidores en el proceso de garantía. Según la Federación Internacional de Movimientos de Agricultura Orgánica (IFOAM): “El enfoque primario de mercado local y comercialización directa de los programas de SPG fomenta el fortalecimiento comunitario, la protección ambiental y el apoyo a las economías locales en general”.</p>
<p>La implementación del SPG supone la creación de un sistema de trazabilidad. Gonzalo González, jefe de Producción de la cooperativa, me explica que en una de las computadoras de su oficina se lleva el registro de dónde se compró una semilla determinada, qué manejo tuvo en la casa de posturas y luego en el área de producción, en qué campo y batería de canteros se sembró, etcétera. A cada producto se le asigna un código que indica la ubicación, la fecha de cosecha, más un número que se corresponde con la persona que cosechó ese cultivo. Cuando empiece a funcionar el etiquetado, si a un cliente le da diarrea y piensa que fue por la lechuga y va al Vivero –etiqueta en mano– a reclamar, existe el modo de verificar cada uno de los pasos que siguió esa lechuga antes de ser vendida.</p>
<p>Durante nuestras conversaciones, que se extienden a lo largo de varios días en el mes de agosto, salta a la vista que a Salcines le encanta etiquetar. Sus opiniones-etiquetas, a menudo ácidas y lapidarias, abarcan la papa cubana (“nitrato puro”), Ronald Reagan (“un comemierda”), Barack Obama (“está <em>escapado</em>”), Pitbull (“un anormal”), George W. Bush (“otro anormal”), la propaganda nacional (“fanática y estúpida”), Cuba antes de 1959 (“un feudalismo de medio palo”), los video clips cubanos (“pornográficos más que eróticos”), Fidel Castro (“un humanista romántico”), Pánfilo (“el Tipo”), etcétera, etcétera.</p>
<p>Salcines no habrá leído a Caparrós, pero, según él, de joven se leyó <em>Guerra y paz</em>, <em>Los miserables</em>, a Dostoievski, a Hemingway, a Benito Pérez Galdós, “toda esa mierda”. Ahora, más que leer, se entretiene viendo Telesur o los documentales que copia del Paquete Semanal. Lo último que recuerda haber leído trataba sobre producción biointensiva de alimentos, y tiene el propósito de escribir un libro que, independientemente del nivel escolar y posibilidad económica de las personas, muestre cómo se pueden generar alimentos sanos en el espacio familiar.</p>
<p>El 12 de agosto, mientras nos tomamos una cerveza frente a su casa –a unos metros del Vivero–, la conversación desemboca inevitablemente en el tema que más le apasiona y le preocupa después de la agricultura orgánica: Cuba.</p>
<p>—Hubo un alemán (se llamaba Goethe, no sé si has oído hablar de él) que dijo: “Prefiero la injusticia al desorden”. Aquí, con tal de evitar la injusticia, hay un desorden que le ronca los cojones. –Se da un trago de cerveza, me mira a los ojos, me señala con el dedo–. Ponte a estudiar a Goethe.</p>
<p>—Yo he leído algo de Goethe –le digo riéndome–, pero no conocía esa frase.</p>
<p>Salcines se acomoda en su silla, se da otro buche de cerveza y me mira con cara de “estás embarcado”.</p>
<p>—Búscala –dice–. Aparece en Wikipedia.</p>
<p>Un rato después, teniendo en cuenta que es 12 de agosto y todo eso, la conversación sigue un curso bastante lógico.</p>
<p>—Tienen una obsesión con el cumpleaños de Fidel… Yo lo entiendo, porque soy fidelista, pero los jóvenes no entienden ni cojones. ¡Se cansan! Fidel es Fidel, y yo lo quiero y lo adoro y doy el culo por él, pero está bueno ya. Eso es monárquico, caballo. Eso es religioso. Eso es…</p>
<p>Salcines no abunda mucho en su vida privada y yo no insisto. Lo más íntimo que alcanzo a sacarle es el nombre de su primera mujer –América–, con quien tuvo una hija que trabaja en el Vivero, y el de su segunda mujer –Flor–, que también trabaja en el Vivero y es su pareja en la actualidad. En algún momento me aclara que acuario es el signo zodiacal de las tres mujeres que ha tenido, lo cual me resulta sumamente útil para comprender que hay una mujer fantasma de la que no conozco ni el nombre.</p>
<p>Nuestras respectivas cervezas se acaban y pedimos otra cada uno. El calor es sofocante y en las bocinas suena un reguetón de moda. Salcines, por enésima vez, suelta aquello de que tiene un mar de conocimientos con un centímetro de profundidad, y en esta ocasión decido no contenerme.</p>
<p>—Y si eso es así, Salcines, ¿cómo es posible que diga que lo sabe <em>casi todo</em> sobre agricultura orgánica?</p>
<p>Él me mira, sonríe, se da un buche.</p>
<p>—Porque me sé el teléfono de casi todo el mundo.</p>
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		<title>El baño</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Tomás Ernesto Pérez]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 15 Aug 2016 12:09:31 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Recursos naturales]]></category>
		<category><![CDATA[númeronueve]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Hay cosas que el agua no puede limpiar.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right;"><em>Lávame más y más de mi maldad, y límpiame de mi pecado.</em></p>
<p style="text-align: right;">Salmos 51:2</p>
<p>—Los que se van a bañar, por favor, levanten la mano.</p>
<p>23 de julio de 2016, Habana Vieja.</p>
<p>Los sábados por la mañana, cada 15 días, los menesterosos tienen la Comunidad de Sant’Egidio para ellos solos. Allí participan de una charla motivacional, reciben una merienda, se duchan.</p>
<p>Los menesterosos: gente que vive en la calle y vive, a menudo, también de la calle. Entre ellos hay alcohólicos, discapacitados, seropositivos, expresidiarios. Algunos poseen tan poco que todo lo que poseen les cabe en un maletín.</p>
<p>Los menesterosos: gente que duerme mal, come peor y apenas se baña.</p>
<p>Por eso, precisamente, estoy aquí: para escribir la historia del baño.</p>
<p>Por eso, cuando salimos de Sant’Egidio, le pregunto a Armando:</p>
<p>—¿Nos podemos sentar en algún parque?</p>
<p>La historia que busco, me doy cuenta enseguida, no está en la iglesia, sino en la calle.</p>
<p>A Armando se le unen Vladimir y otro cuyo nombre no logro recordar.</p>
<p>Vladimir y el otro se bañaron. Armando tenía intenciones de hacerlo, pero no lo hizo.</p>
<p>—Se me olvidó que quería bañarme –dice.</p>
<p>Llevan encima la misma ropa con la que vinieron. Siempre que se puede les entregan una muda limpia, pero hoy no se pudo.</p>
<p>Al principio, acordamos ir a un parque no muy lejos de la iglesia. Luego, Vladimir y el otro conversan aparte. Cuando se acercan a mí, es el otro el que habla:</p>
<p>—Si te interesa hacer un trabajo periodístico, mejor nos sentamos en un parque que queda por la lanchita de Regla –dice–. Hay más tranquilidad.</p>
<p>De camino a ese parque, Vladimir se zambulle en un tanque de basura. Le pide dinero a un turista. Me enseña las tres monedas relucientes en la palma de su mano sucia.</p>
<p>—Espérenme ahí –dice el otro–. Voy a ver un momento a mi sobrina.</p>
<p>Armando y yo nos quedamos solos. Me pregunta:</p>
<p>—¿Estás preocupado?</p>
<p>—No –le respondo–. ¿Por qué iba a estar preocupado?</p>
<p>Sonrío para tranquilizarlo. Lo agarro por el hombro. Él, sin embargo, se empeña en tranquilizarme a mí.</p>
<p>—No te preocupes –dice–. No te va a pasar nada.</p>
<p>No he dejado de sonreír. Lo miro a los ojos. Lo agarro otra vez por el hombro.</p>
<p>Me digo:</p>
<p><em>—Que no se te olvide lavarte las manos. </em></p>
<p>Le digo:</p>
<p>—No estoy preocupado, compadre. De verdad.</p>
<p>—No te preocupes –insiste–. No te va a pasar nada. A mí hay que matarme.</p>
<p>Vladimir hurga en un latón a media cuadra de distancia. El otro se aproxima caminando.</p>
<p>—¿La sobrina de él vive cerca? –le pregunto a Armando.</p>
<p>—No sé –me contesta, la mirada en el suelo, inquieto–. No sé.</p>
<p>La inquietud de Armando es contagiosa. De golpe, no me apetece seguir caminando por esa calle, aunque se llame Luz. No me apetece averiguar si tengo o no razones para estar preocupado, aunque Armando no se canse de repetir que nada me va a pasar.</p>
<p>No me apetece, pero he resuelto quedarme.</p>
<p>Vladimir y el otro ya casi nos alcanzan.</p>
<p>—Escúchame bien –dice Armando–. No confíes en ninguno de nosotros.</p>
<p>Me digo:</p>
<p>—<em>Lárgate</em>.</p>
<p>Les digo:</p>
<p>—Creo que mejor lo dejamos para otro día.</p>
<p>Me deshago en excusas: no ando con la cámara, se me hizo tarde, me están esperando.</p>
<p>No miro atrás ni una vez. Siento, mientras me alejo, un alivio tremendo.</p>
<p>Cuando llego a mi casa, lo primero que hago es meterme en la ducha. Me enjabono. Me enjuago. Bajo el chorro de agua tibia, la suciedad que he traído conmigo se va.</p>
<p>La vergüenza no.</p>
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		<title>La Pampa</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Tomás Ernesto Pérez]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 11 Jul 2016 22:42:46 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Comunidades vulnerables]]></category>
		<category><![CDATA[númeroocho]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Eran microbrigadistas y no tenían casa. Sin quererlo, se convirtieron en ocupantes ilegales de un edificio en Centro Habana.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[[vc_row][vc_column][vc_column_text]
<p class="p1"><span class="s1">Todo, tarde o temprano, se desmorona. Pero hay cosas –y eso lo sabemos de sobra– cuyo desplome no ocurre de golpe sino de a poco. Mírese al espejo. Asómese al balcón. Aquí o allá, en el hilo blanco que le despunta en la sien o en el gesto torcido del panadero, puede vislumbrarse la caída. Hay acontecimientos –y eso los vecinos de La Pampa lo saben de sobra– que habitan el tiempo elástico de los gerundios. Hay cosas que se derrumban una mañana, una tarde, un minuto cualquieras, y hay otras que, sencillamente, sin acabar de caer, se van cayendo. </span></p>
<p class="p1"><span class="s1">Esta podría ser, quizá, la historia de un derrumbe aplazado. </span></p>
<p class="p1" style="text-align: center;"><span class="s1">***</span></p>
<p class="p1"><span class="s1">Dentro de unos años, puede que la fecha de nacimiento de Fidel Castro no pase de ser un dato minúsculo en su biografía. Hoy, en cambio, se pretende que sea un motivo de júbilo y celebración. El laicismo de las escuelas cubanas es cierto solo en apariencia. Desde niños, aunque no atinemos a verlo, recibimos una educación religiosa. Birán es, de alguna manera, nuestro Belén. Por ello, tal vez, Andrés Boudet no olvida la fecha en que llegó a La Pampa: 13 de agosto de 1998. </span></p>
<p class="p1"><span class="s1">La Pampa, que hasta apenas unos días antes había sido una posada, era en ese momento un edificio vacío y ruinoso que, de repararse, podía ser aprovechado. La Microbrigada de Centro Habana asumió la tarea. Andrés, que no tenía casa propia y trabajaba en la construcción para hacerse de una, fue el primero en poner un pie allí. Recuerda que era de madrugada cuando se detuvo en el número 103 de la calle Marina, frente al Parque Maceo, y atravesó la puerta. </span></p>
<p class="p1"><span class="s1">En principio, iba con la misión de restaurar la red eléctrica del edificio, pero su jefe, además, le permitió quedarse en una de las habitaciones, en parte para que mantuviera a raya a los intrusos. Se instaló en la planta baja, en el cuarto más próximo a la puerta que da a la calle, desde el cual, si uno se lo propone, no resulta difícil controlar quién entra y quién sale. Residir en el primer cuarto, obviamente, tiene asimismo sus dificultades. Sin embargo, en aquella etapa no se echaban a ver. Las desventajas de vivir tan cerca de la entrada empezaron a aflorar mucho más tarde, cuando él, Andrés, dejó de ser el único habitante de La Pampa. </span></p>
<p class="p1"><span class="s1">Durante un tiempo, se dedicó a arrancar de paredes y techos los cables viejos, inservibles. Aún hoy, cuando se traspasa el umbral, uno puede ver al comienzo del pasillo el vestigio de su faena. Arrancaba cables, subía y bajaba escaleras, se aburría a ratos, como un mayordomo sin patrón, y esperaba por el resto de las fuerzas que acometerían la reparación de La Pampa. Nunca llegaron. El edificio –lenta, silenciosamente– siguió desmoronándose.</span></p>
<p class="p1"><span class="s1">Sí llegaban, de cuando en cuando, personas en busca de un sitio donde establecerse, dispuestas a ocupar alguno de los cuartos vacantes. La presencia de Andrés no bastó para ahuyentarlas. A solicitud suya, la dirección de la Microbrigada de Centro Habana envió a dos hombres para que hicieran guardia. Más adelante, aquellos hombres se multiplicaron. Los cuartos del edificio se fueron llenando de trabajadores de la Microbrigada que, como Andrés, optaban por una casa. De este modo, se mataban dos pájaros de un tiro. Primero, al ocupar las habitaciones con su propio personal se garantizaba que nadie ajeno a la entidad tratara o consiguiera finalmente ocuparlas. Segundo, se resolvía el problema más acuciante de esos trabajadores: la necesidad de una vivienda. Se trataba, en este caso, de una solución transitoria, porque la vivienda definitiva, supuestamente, llegaría en el futuro. </span></p>
<p class="p1"><span class="s1">Esta podría ser, también, la historia de esa casa que no acaba de llegar, que siempre está llegando. </span></p>
<div id="attachment_1291" style="width: 1010px" class="wp-caption alignnone"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-1291" class="size-full wp-image-1291" src="http://www.periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/07/IMGL3129.jpg" alt="Al ver su fachada, nadie adivinaría que La Pampa (a la izquierda) se cae a pedazos (Foto: Ismario Rodríguez)" width="1000" height="680" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/07/IMGL3129.jpg 1000w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/07/IMGL3129-300x204.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/07/IMGL3129-768x522.jpg 768w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/07/IMGL3129-882x600.jpg 882w" sizes="(max-width: 1000px) 100vw, 1000px" /><p id="caption-attachment-1291" class="wp-caption-text">Al ver su fachada, nadie adivinaría que La Pampa (a la izquierda) se cae a pedazos (Foto: Ismario Rodríguez)</p></div>
<p class="p1" style="text-align: center;"><span class="s1">***</span></p>
<p class="p1"><span class="s1">En diciembre de 2015, hay en el edificio 15 apartamentos habitados, en los que reside un total de 18 niños. Esta información nos la ofrece Caridad López, la esposa de Andrés. Caridad, que hoy trabaja como custodio en el cabaret Las Vegas, se mudó con Andrés para el primer cuarto de la planta baja en 2001, y el día en que los vecinos acordaron conformar un CDR, no porque alguien se los exigiera sino porque entendieron que debían hacerlo, fue elegida presidenta. </span></p>
<p class="p1"><span class="s1">El edificio, en diciembre de 2015, ya no es el mismo de años atrás. Su deterioro es todavía mayor. Se cae, literalmente, a pedazos. En algún momento, nadie recuerda cuándo, un arquitecto dictaminó que era inhabitable e irreparable. Por otro lado, los que empecinadamente lo habitan no son los mismos de antes. Ha habido personas que se han marchado y otras que las han remplazado. Ha habido núcleos familiares que se han reducido y otros que han aumentado. Ha habido, por supuesto, nacimientos. Tampoco es igual la gente porque han cambiado sus circunstancias. Unos cuantos, los menos, se mantienen trabajando en la construcción y hay otros que no. Los que sí se mantienen ni siquiera lo hacen en la misma entidad, ya que en 2011, al fusionarse con los Contingentes, desaparecen las Microbrigadas. Ahora trabajan para la Empresa Constructora de la Administración Local no. 2 (ECAL 2). No son iguales, en suma, porque ya no piensan ni sienten igual. La Pampa, con su fachada embustera, se les ha metido dentro. La Pampa y todo lo demás.</span></p>
<p class="p1"><span class="s1">No solo el edificio se desploma. </span></p>
<p class="p1" style="text-align: center;"><span class="s1">***</span></p>
<p class="p1"><span class="s1">Maritza Cervera llegó a la Microbrigada en 2004 y a La Pampa en 2005. Tenía tres hijos –un varón y dos hembras– cuando se instaló en el edificio. Allí nació el cuarto, una niña que ahora tiene 9 años. </span></p>
<p class="p1"><span class="s1">“Yo estoy dando vueltas desde los 15”, me dice Maritza en abril de 2016. “Mis padres me botaron para la calle con mis bultos y me pusieron en la puerta del que entonces era mi novio, porque era negro”. Ese novio terminó siendo el padre de sus dos hijos mayores. Las cosas comenzaron a ir mal y se separaron. Vivió un tiempo en casa de su abuela, hasta que inició otra relación con el que terminaría siendo el padre de su tercer hijo. Las cosas, nuevamente, comenzaron a ir mal. Cuando conoció a su actual esposo, también negro, vivieron alquilados. Los 17 años que llevan juntos los han pasado dando tumbos de aquí para allá, mudando de sitio como trashumantes: Mantilla, Habana Vieja, Alamar. De vez en cuando visita a sus padres, pero sabe que no puede regresar a vivir con ellos: todavía le echan en cara su presunta falta. </span></p>
<p class="p1"><span class="s1">La Pampa no figura en el carnet de identidad de las personas que lo habitan. Como ocurre a veces, los documentos oficiales están divorciados de la realidad. Las direcciones que aparecen en el carnet remiten a lugares en los que alguna vez se vivió. O a lugares en los que vive un familiar. A lugares, incluso, que ya no existen. </span></p>
<p class="p1"><span class="s1">Según su carnet de identidad, Maritza vive en un derrumbe.</span></p>
<p class="p1" style="text-align: center;"><span class="s1"> ***</span></p>
<p class="p1"><span class="s1">Andrés es de los pocos que continúa trabajando en la construcción. La primera vez que conversamos, en diciembre de 2015, se esfuerza por recordar en qué año empezó a trabajar en la Microbrigada, pero no lo consigue. Como último recurso, acude a su archivo personal. Descubre enseguida que no está completo: al parecer, hubo papeles que se perdieron cuando el mar, a solo unos metros de La Pampa, irrumpió en su cuarto. Su archivo es una jaba de nailon repleta de diplomas y toda clase de reconocimientos. No logra encontrar ninguno que le permita determinar la fecha exacta. Debe llevar, calcula, más de 20 años construyendo y reparando edificios. </span></p>
<p class="p1"><span class="s1">Maritza, al contrario de Andrés, abandonó la construcción en 2013 y actualmente no trabaja. Cuando se fue, ocupaba el cargo de secretaria. Comprendió que su casa tardaría en llegar, si acaso llegaba, y se resistió a aceptar que otros, con menos años que ella en la construcción, corrieran con mejor suerte. La ganó, dice, el desencanto. Por eso, al contrario de Andrés, Maritza se deshizo de todos sus papeles. </span></p>
<p class="p1"><span class="s1">Se suponía que los reconocimientos fueran tomados en cuenta a la hora de otorgarse una vivienda, pero, al fin y al cabo, no sirvieron de mucho. “Muy tarde me vine a percatar de cómo eran las cosas”, dice Andrés. “Algunos vieron el engaño y se fueron. Yo sigo porque ya estoy montado en el tren. Yo tengo que seguir”.</span></p>
<p class="p1"><span class="s1">En diciembre de 2015, Andrés me explica el motivo por el cual, según él, tiene que seguir: en la calle Indio, entre Monte y Rayo, se está construyendo un edificio de 12 apartamentos, y entre ellos se encuentra el suyo. En este edificio, cuya construcción se ha visto detenida y reiniciada en varias ocasiones, trabajan las 12 personas a las que se asignarán las viviendas. Hace alrededor de tres años, me cuenta, se cayó de la segunda planta y el accidente lo obligó a hacer reposo durante meses. En la actualidad, debido a las secuelas de la caída, aún trabaja allí, pero como custodio. “Esa es la historia del microbrigadista”, dice. “Cuando el microbrigadista coge la casa no la disfruta, porque termina destruido”.</span></p>
<p class="p1"><span class="s1">Andrés, al contrario de Maritza, consideró que valía la pena esperar. </span></p>
<p class="p1" style="text-align: center;"><span class="s1">***</span></p>
<p class="p1"><span class="s1">En La Pampa, como en cualquier edificio, cada quien carga con sus problemas particulares. Los dos televisores de Andrés, por ejemplo, están rotos. Está roto, además, el refrigerador. Cuando viene la jamonada a la bodega, en casa de Andrés todo el mundo sabe que se almorzará jamonada, y que en la tarde comerán jamonada, y que al día siguiente, por la mañana, habrá jamonada en el desayuno. Lo mismo con el picadillo, con el pollo o con la carne de cerdo que a Caridad, si hay el dinero, tanto le gusta comprar. A veces guardan alguna cosa en el refrigerador de una vecina, pero esa no siempre es la mejor opción. Ya les ha ocurrido que a la hora de cocinar la vecina no está. </span></p>
<p class="p1"><span class="s1">Como en cualquier edificio, los vecinos pueden ser un problema. Están las recriminaciones, el cotilleo, la falta de consideración, el egoísmo, los resentimientos. Hubo una época en que a buena parte de los que iban de visita se les pedía que, por favor, tocaran el timbre de Andrés, porque él vivía muy cerca de la entrada y, claro, no le costaba interrumpir lo que estuviera haciendo para abrir la puerta. Hubo un día en que Andrés, cansado ya de pasar trabajo, decidió que era preferible no tener timbre. </span></p>
<p class="p1"><span class="s1">En La Pampa, lógicamente, hay muchos problemas compartidos. El agua es uno de ellos: no llega a los apartamentos. Cada quien, cuando necesita un poco, la saca de la cisterna. No todos se cuidan de hacerlo con un cubo limpio. Por eso, mientras Maritza hierve el agua de tomar, en casa de Andrés, más precavidos, la buscan fuera del edificio, en la pila que encuentren disponible. Puede ser, digamos, en un policlínico. </span></p>
<p class="p1"><span class="s1">Otro problema es el hacinamiento. En un cuarto de La Pampa, tres personas son casi una multitud. Esto se echa a ver, principalmente, a la hora de dormir. En abril de 2016, Maritza me invita a subir a su barbacoa. En ese cubículo diminuto, tanto que no cabe una cama, duermen dos de sus hijas, su esposo y ella. Duermen en el piso, apretujados, en colchonetas. Andrés, Caridad y sus tres hijos duermen asimismo en un pedacito. “Para hacer el amor, tenemos que esperar a que los muchachos se vayan, a que no haya nadie”, dice. “Como yo soy un viejo, esa parte casi ni me preocupa”. No deja de resultar irónico que allí, en lo que alguna vez fue una posada, la intimidad cueste tan cara. </span></p>
<p class="p1"><span class="s1">También está, desde luego, el sobresalto de vivir en un edificio que se desmorona. </span></p>
<div id="attachment_1290" style="width: 1010px" class="wp-caption alignnone"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-1290" class="size-full wp-image-1290" src="http://www.periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/07/IMGL3117.jpg" alt="Maritza tiene claro que solicitar ayuda a sus padres no es una opción (Foto: Ismario Rodríguez)" width="1000" height="601" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/07/IMGL3117.jpg 1000w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/07/IMGL3117-300x180.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/07/IMGL3117-768x462.jpg 768w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/07/IMGL3117-998x600.jpg 998w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/07/IMGL3117-450x270.jpg 450w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/07/IMGL3117-150x90.jpg 150w" sizes="(max-width: 1000px) 100vw, 1000px" /><p id="caption-attachment-1290" class="wp-caption-text">Maritza tiene claro que solicitar ayuda a sus padres no es una opción (Foto: Ismario Rodríguez)</p></div>
<p class="p1" style="text-align: center;"><span class="s1">***</span></p>
<p class="p1"><span class="s1">“Nosotros somos el edificio fantasma”, me dice Caridad en diciembre de 2015, refiriéndose a la escasa atención que han recibido por parte del gobierno y de las instituciones en cuyas manos podría estar la solución a su problema fundamental: La Pampa. </span></p>
<p class="p1"><span class="s1">Con la desaparición de la Microbrigada de Centro Habana, la entidad que los había puesto allí, quedaron en una especie de limbo. Pagan el agua, la electricidad, el gas, el CDR; sin embargo, todo el que reside en el edificio es considerado un ocupante ilegal. </span></p>
<p class="p1"><span class="s1">Escriben al Consejo de la Administración Municipal (CAM), a la Unidad Provincial para la Atención a las Comunidades de Tránsito (UPACT), al Comité Central, pero las respuestas que reciben, cuando las reciben, son elusivas. </span></p>
<p class="p1"><span class="s1">“Sí han venido a sacarnos”, me aclara Andrés. “La primera vez, yo había acabado de salir del hospital, porque me había dado un preinfarto. Vinieron el Jefe de Sector, la directora de Vivienda, varios inspectores y como tres policías”. De acuerdo con Andrés, el Jefe de Sector le dijo: “Mañana yo voy a poner una rastra ahí y toda la mierda esa que tienen allá adentro la voy a sacar y van a ir para la calle”. Y dice Andrés que él, por su parte, le respondió: “A lo mejor empieza por arriba, no sé, pero si empieza por aquí usted no va a coger ninguna de mis cosas, para que no se embarre las manos de mierda”. En otra ocasión, me cuenta, intentaron sacarlos para traer a los vecinos de un edificio que se había derrumbado en Belascoaín. “Pero nadie ha venido para informar que nos van a entregar una casa, o que nos van a mandar para un albergue”, dice.</span></p>
<p class="p1"><span class="s1">Él, entonces, no sospecha que faltan apenas unos días para que eso cambie.</span></p>
<p class="p1" style="text-align: center;"><span class="s1">***</span></p>
<p class="p1"><span class="s1">En la noche del 17 de enero de 2016, se cayeron unos pedazos de techo en la planta de arriba y los vecinos –los de arriba– llamaron a los bomberos. Cuentan que los bomberos llegaron y, al ver el deplorable estado del edificio, llamaron al gobierno municipal. Al riesgo que significaba el edificio en sí mismo, se sumaba el del mar, que desde la tarde de ese día sobrepasó el muro del malecón. </span></p>
<p class="p1"><span class="s1">Cuando llegó el presidente de la Asamblea Municipal del Poder Popular (AMPP) de Centro Habana, acompañado por una funcionaria de la Unidad Municipal para la Atención a las Comunidades de Tránsito (UMACT) y por el arquitecto de la comunidad, que confirmó la condición de inhabitable e irreparable del edificio, aquel expresó la necesidad de evacuar La Pampa, para lo cual dispondrían de una guagua que los trasladaría hacia la Escuela de Instructores de Arte “Eduardo García Delgado”, en Boyeros. La evacuación se llevó a cabo en la madrugada del 18 de enero. </span></p>
<p class="p1"><span class="s1">Todos los vecinos de La Pampa coinciden en una cosa: el presidente de la AMPP les aseguró que la evacuación duraría 72 horas, pues, según él, se trataba de una medida provisoria, destinada a evitar daños causados por las penetraciones del mar. Todos, huelga decirlo, se sintieron profundamente engañados cuando descubrieron que era mentira.</span></p>
<p class="p1"><span class="s1">La mayoría de las pertenencias se quedó en La Pampa. Hubo personas de afuera que intentaron aprovecharse de la situación para ocupar los cuartos deshabitados o robar. La gente, enseguida, encontró la forma de dividirse entre La Pampa y la Escuela de Instructores de Arte. Al principio, dicen, hubo policías haciendo guardia en el edificio, pero después, de pronto, desaparecieron. Cada quien se las ingenió para cuidar su casa y lo que había dentro. Un día se quedaba uno, otro día el otro, al día siguiente los dos. Y así. </span></p>
<p class="p1"><span class="s1">Cuando visité La Pampa, en abril de este año, nunca lo encontré vacío. Siempre había alguien durmiendo, o lavando, o preparando el almuerzo, o limpiando el piso. Ni de lejos parecía un edificio evacuado. Lo raro, más bien, habría sido no encontrar a nadie. A fin de cuentas, los niños no habían cambiado de escuela ni los adultos de trabajo. </span></p>
<p class="p1"><span class="s1">Para muchos, desgraciadamente, el viaje diario de Boyeros a Centro Habana era obligatorio.</span></p>
<p class="p1" style="text-align: center;"><span class="s1">***</span></p>
<p class="p1"><span class="s1">En abril de 2016, cuando conversamos, Andrés me cuenta que recibió una mala noticia: el edificio de Indio entre Monte y Rayo ya no tendrá 12 apartamentos, sino nueve. Uno de los tres que ya no se van a construir es el suyo. “Yo no entiendo nada”, me dice. Lo que no entiende es por qué, de repente, alguien tomó la decisión de realizar solo nueve apartamentos. Andrés no se cuestiona el hecho de que el suyo se cuente entre los que fueron “cancelados”, porque existe una suerte de escalafón, una lista. “Yo estaba en la lista”, me había explicado en diciembre de 2015, “pero me quitaron. Después, a una muchacha que estaba incluida en la lista le dieron vivienda, y a un hombre que también estaba incluido le ofrecieron un apartamento en San Miguel y aceptó. Entonces me volvieron a incluir”.</span></p>
<p class="p1"><span class="s1">Andrés sabe que, en esa lista, el suyo no es un número ganador.</span></p>
<p class="p1"><span class="s1">A mediados de abril, los habitantes de La Pampa son citados para una reunión en la Unidad Municipal para la Atención a las Comunidades de Tránsito (UMACT). Allí los entrevistan, les aclaran algunas dudas –sí, se les deberá tener en cuenta el tiempo que llevan residiendo en La Pampa– y les explican, además, cuáles son sus opciones. Dicho así parece que son muchas, pero no. A muchos de ellos, las palabras “albergue” y “comunidad de tránsito” le suenan a injusticia. </span></p>
<p class="p1"><span class="s1">Caridad es una de esas personas. A Andrés y a ella, en diferentes momentos, los montan en un carro, o en una guagua, y los llevan a varios albergues para que decidan si les convienen. Por una razón u otra, no quedan complacidos con lo que ven. </span></p>
<p class="p1"><span class="s1">Hasta un día.</span></p>
<p class="p1"><span class="s1">Actualmente, Andrés y Caridad residen, más o menos satisfechos, en el albergue Sevilla, en el municipio Diez de Octubre.</span></p>
<p class="p1" style="text-align: center;"><span class="s1">***</span></p>
<p class="p1"><span class="s1">En junio de 2016, cuando visito La Pampa, consigo dar con Maritza de pura casualidad. La puerta de su cuarto está entreabierta y desde afuera alcanzo a ver cuatro piernas estiradas en el suelo. Alzo la mano y toco. Las piernas se mueven, se levantan, y la puerta se abre. Estaban durmiendo en el piso.</span></p>
<p class="p1"><span class="s1">Ese día, me entero después, han pasado por el edificio a recoger las cosas que aún no se habían podido llevar para el albergue que les otorgaron en el reparto Antonio Guiteras, en el municipio Habana del Este. </span></p>
<p class="p1"><span class="s1">“Poco a poco me iré adaptando”, me dice Abel Herrera, el esposo de Maritza. “A lo mejor me esperan diez años en el albergue. Aquí viví once. A lo mejor puedo pasar diez más allá. No lo quisiera, porque me gustaría que cuando lleguen los 15 de mi hija ya tuviéramos nuestra casa, y para eso faltan seis años. A lo mejor en dos años me voy. Nadie sabe. Ahora queda adaptarse y, quizá, agradecer”. </span></p>
<p class="p1"><span class="s1">A Maritza se la ve conforme. Insiste en que han ganado en varios sentidos. En seguridad. En espacio. </span></p>
<p class="p1"><span class="s1">Cuando la visito en el albergue, me percato de que esa ganancia de espacio a la que se refería Maritza es discutible. El cubículo es bastante pequeño. En el piso, una al lado de la otra, las mismas colchonetas de siempre. Cuando ella me empieza a hablar de los arreglos que necesita hacer en su cubículo y de la manera en que piensa dividirlo para ganar también en privacidad, no puedo dejar de sorprenderme. </span></p>
<p class="p1"><span class="s1">Su optimismo deslumbra.</span></p>
<p class="p1">[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]
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		<title>Piedras en el camino</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Tomás Ernesto Pérez]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 21 Mar 2016 14:22:47 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Contaminación ambiental]]></category>
		<category><![CDATA[contaminación]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>La historia de José Manuel Barba, un hombre que no se deja ganar por el desaliento.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Los días más difíciles son aquellos en los que, además del pan, tiene que repartir el pollo, las balitas de gas o los mandados del mes. En los peores, la noche lo agarra en la calle, empujando el carretón de tres ruedas reservado para las jornadas agotadoras. El 10 de febrero de 2016, miércoles, es un día fácil.</p>
<p>A pesar de las arrugas y de su vientre abultado, no cuesta imaginarlo levantando pesas. José Manuel Barba, de 59 años, suele repartir el pan en bicicleta, pero recién se le rompió una llanta. Ahora lo transporta en una carretilla, dentro de una caja grande de cartón que alguna vez estuvo llena de zapatos brasileños. No usa guantes para manipular el pan y a nadie parece importarle. De usarlos, eso sí, serían unos guantes inmensos.</p>
<p>“¿Cómo anda la pierna?”, le pregunta a una mujer que ha salido a recoger el pan.</p>
<p>“Más o menos”, dice ella. “Lo que me hace falta es una pierna nueva”.</p>
<p>“Sí”, dice él sonriendo. “Una pierna de jamón sería perfecta”.</p>
<p>Antes de ser mensajero, Barba fue profesor de Matemática y de Computación. Sus primeras clases las impartió en 1973, mientras estudiaba en el Destacamento Pedagógico “Manuel Ascunce Domenech”, en la Isla de la Juventud. De vuelta en La Habana, se incorporó a la Escuela Formadora de Maestros Primarios “José Martí”, en Cojímar, y luego al Instituto Superior Pedagógico “Enrique José Varona”. En 1993, abandonó las aulas y empezó a trabajar, literalmente, en la calle. Algún que otro amigo ha querido convencerlo de que vuelva a dar clases, pero él, que ha acumulado más años repartiendo mandados que enseñando Matemática, ha dicho siempre que no.</p>
<p>“Cuando empecé en esto de la mensajería, en mi bodega había como 20 mensajeros”, me dice mientras caminamos. Hoy, de aquellos 20, solo queda él. Hay quienes se preguntan, de hecho, cómo ha durado tanto, por qué. “Es un trabajo tranquilo”, dice. “No cojo guaguas, tengo tiempo para hacer otras cosas, la relación con mis clientes es buena”.</p>
<p>Durante su itinerario, Barba intercambia saludos y chistes con sus clientes y con los conocidos que va encontrando por el camino. “Yo le digo en broma a mi esposa que no le puedo pegar ningún tarro en Cojímar”, dice, “porque aquí todo el mundo me conoce”. Con “todo el mundo” no se refiere solo a las personas. Tocar a la misma puerta día tras día lo ha convertido por fuerza en una figura entrañable para las mascotas de sus clientes, que son las primeras en asomar la cabeza cuando suena el silbato. A la mayoría de los perros, Barba los recompensa con un trozo de pan, o con un pan entero, y todos, salvo el bóxer, le pagan meneando la cola.</p>
<p>“¿Te dejo los panes en la mesa?”, le pregunta a un cliente cuyas manos, como el overol azul que lleva puesto, están manchadas de negro.</p>
<p>“Te lo voy a agradecer”, dice el hombre.</p>
<p>Barba entra, deja los panes y regresa. En la sala de esta casa hay unos muebles que le pertenecen y que no le caben en la suya. “Él no es de mis clientes más viejos, y mira tú”, me dirá después. “A veces me pregunta si me debe dinero, y claro que no me debe nada. El otro día me dio 20 pesos”.</p>
<p>Ha habido clientes que lo han invitado a almorzar, o que le han ofrecido un pedazo de pudín, o una silla para que descanse. Las muestras de generosidad no han sido pocas.</p>
<p>Cuando ocurrió la desgracia, en 2013, fueron muchísimas.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>Eran los años de los reproductores de video Beta y VHS, los años en que circulaban de mano en mano las últimas películas de Jean-Claude Van Damme, Chuck Norris, Jackie Chan y Mark Dacascos, repletas de sangre, tiroteos y patadas. <em>Por encima de la ley</em> (<em>Above the Law</em>, 1988), conocida también por el nombre del personaje principal, <em>Nico</em>, añadió un nuevo rostro al panteón de los tipos duros: Steven Seagal.</p>
<p>Cuando vio <em>Por encima de la ley</em>, Barba se quedó fascinado. Se puso a averiguar y descubrió que Steven Seagal era 7mo. dan de aikido, un arte marcial de origen japonés fundado por Morihei Ueshiba a principios del siglo XX. En 1995, un cuñado le regaló a Barba un libro sobre aikido. El obsequio marcó el inicio de su tránsito por “el camino de armonización con la energía universal”.<a href="#_edn1" name="_ednref1">[*]</a></p>
<p>Alrededor de esa fecha, le hablaron de su parecido con Steven Seagal, un parecido del que él asegura no darse cuenta, y al que le niega cualquier relación con su interés en el aikido. Sin embargo, lejos de ignorar la supuesta similitud, Barba contribuyó a refinarla, aunque solo fuese, como él afirma, para seguirles la corriente a sus amigos. Hasta ese minuto, acostumbraba llevar el pelo corto. Varios amigos bromistas, según él, le insistieron en que se lo dejara crecer, para que pudiera recogérselo en un moño, como Steven Seagal. La broma, si es que lo fue realmente, ha perdurado hasta hoy.</p>
<p>Con los años, fue haciéndose de libros sobre aikido, que le regalaban los turistas hospedados en algunas casas que él atendía como mensajero. El 15 de mayo de 2000, comenzó a practicar en la Sala Polivalente “Jesús Montané”, en donde impartía clases el presidente de la Asociación Cubana de Aikido, Carlos Sosa, a quien había conocido en 1998.</p>
<p>En 2003, luego de obtener el 1er. dan, se hizo instructor, y en 2009 consiguió que le permitieran utilizar La Casona de Cojímar, el centro deportivo de esta localidad, para dar clases de aikido. La felicidad fue breve, porque, asegura, a fin de priorizar las clases de karate lo “expulsaron” de La Casona. “El karate es un deporte competitivo, da medallas”, dice. “El aikido no”.</p>
<p>Desde 2006, aproximadamente, estableció relaciones con la Sección Cultural de la Embajada de Japón en Cuba, que se han mantenido hasta la actualidad, y en 2012, tras “una etapa de problemas internos”, se separó de la Asociación Cubana de Aikido.</p>
<p>De un tiempo acá, Barba se ha empeñado en echar a andar un proyecto comunitario, Sembrando Hombres, diseñado para promover la práctica de aikido, la cultura japonesa y un estilo de vida saludable, a través de conferencias, visitas a museos, talleres, la lectura de libros y la fundación de una academia de aikido en Cojímar. Sembrando Hombres, además, pretende “fortalecer el trabajo comunitario encaminado a la limpieza de la playa El Cachón”.</p>
<p>La falta de un local que sirva de sede, imprescindible para instaurar la academia de aikido, ha entorpecido el desarrollo del proyecto. A pesar de las trabas, el sensei Seagal, como algunos le llaman a Barba, no se ha dejado ganar por el desaliento.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<div id="attachment_1046" style="width: 1010px" class="wp-caption alignnone"><a href="http://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/03/IMG_8188.jpg"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-1046" class="wp-image-1046 size-full" src="http://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/03/IMG_8188.jpg" alt="Exhibición de artes marciales en Cojímar (Foto: Tomás Ernesto Pérez)" width="1000" height="600" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/03/IMG_8188.jpg 1000w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/03/IMG_8188-300x180.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/03/IMG_8188-450x270.jpg 450w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/03/IMG_8188-150x90.jpg 150w" sizes="(max-width: 1000px) 100vw, 1000px" /></a><p id="caption-attachment-1046" class="wp-caption-text">Exhibición de artes marciales en Cojímar (Foto: Tomás Ernesto Pérez)</p></div>
<p>El 10 de febrero de 2016, a las 8:00 p.m., la ruta 58 lo deja en la terminal de ómnibus, a unos metros de la Sala Polivalente “Ramón Fonst”. Allí lo esperan dos de los instructores que participarán en la demostración de aikido programada para el viernes 12 de febrero en La Cabaña, sede de la Feria Internacional del Libro. Dentro de un maletín negro lleva el uniforme. En un estuche con forma de tubo, igualmente negro, las armas de madera que se utilizan para practicar.</p>
<p>Los instructores están sentados en un banco, de cara al tatami rojo y amarillo donde 16 adolescentes, dispuestos en parejas, se esfuerzan por complacer a su entrenadora, que no se cansa de gritar: “¡Proyecta! ¡Proyecta!”. Barba se deshace del maletín, del estuche con las armas de madera, y saluda a sus compañeros de entrenamiento.</p>
<p>En lo que termina la clase de judo, los aikidokas se entretienen conversando, principalmente sobre el futuro. La presentación el próximo viernes en La Cabaña es la tarea más inmediata, pero no es la única. También están, a fines de mes, el taller con los maestros japoneses, la exhibición de artes marciales y el examen, que otorgará validez internacional a sus grados. Están sus proyectos en común, las ideas que podrían materializarse cuando hayan sido legitimados por el examen. Y están, por supuesto, sus problemas personales. “Me hicieron una maraña en el trabajo”, se lamenta uno de los instructores.</p>
<p>La clase acaba a las 8:15 p.m., pero Barba y los dos instructores no se cambian de ropa hasta que el último de los judocas abandona el local, varios minutos más tarde. Lo primero que hacen es calentar. Luego, ya desentumecidos, repasan algunas técnicas y movimientos –con armas y sin ellas– que tal vez ejecuten el viernes. Una parte del entrenamiento la ocupan en determinar cuáles incluir y cuáles no. Los instructores, más jóvenes que Barba, proponen algunas que él desestima porque las considera muy complejas o porque no las han ensayado lo suficiente. “A estas alturas no podemos estar inventando”, me dirá después, en el viaje de regreso a Cojímar. “Y menos nosotros, que no somos profesionales”.</p>
<p>El hecho de que no son profesionales resulta evidente, por ejemplo, en la torpeza de algunas ejecuciones. Las más difíciles y hasta cierto punto espectaculares se las ceden a Barba, que debe enfrentar, de forma escalonada, el ataque de varios hombres armados. Uno de los instructores lo ataca con un cuchillo y él se lo quita de encima. El segundo lo ataca con un bastón y él se lo quita de encima. El primero lo ataca con un sable y él se lo quita de encima. Esto lo repiten una y otras vez porque a Barba, que los desarma a todos, se le olvida en ocasiones que no puede quedarse con el cuchillo, el bastón o el sable en la mano.</p>
<p>“Coges el arma y la sueltas. Tú eres el bárbaro. A ti no te hacen falta las armas”, le dice uno de los instructores, impaciente. “A lo mejor hay que demorarse tirándose, para dejarte respirar”.</p>
<p>“No”, dice Barba. “Yo respiro bien”.</p>
<p>A ratos da la impresión de que los atacantes se lanzan al suelo no porque sean obligados a hacerlo, sino porque les toca. A Barba se le ocurre añadir en el programa una técnica que no ofrece dudas, ya que el agresor es levantado en peso y derribado. Los instructores están de acuerdo. Al primer intento, cuando la ejecuta, se lleva las manos a la cintura, los músculos repentinamente contraídos por el dolor. “Tengo la sacrolumbalgia en candela”, dice.</p>
<p>El entrenamiento concluye sobre las 10:00 p.m. Antes de irse, convienen en la hora a la que deben encontrarse en La Cabaña, en las técnicas que incluirán en la demostración y en la importancia de que el sensei Seagal se ponga una faja en la cintura.</p>
<p>El viernes, desafortunadamente, las cosas no saldrán como él espera.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p><em>En tierra peligrosa</em> (<em>On Deadly Ground</em>, 1994) es una película mala, de las peores de Steven Seagal, quien no solo interpreta al personaje principal, Forrest Taft, sino que se atreve a dirigir.</p>
<p>Taft, un especialista en extinción de incendios que trabaja en las plataformas de petróleo en Alaska, le hace la guerra al presidente de una compañía petrolera que pone en riesgo el medio ambiente. En la última escena, Taft pronuncia un discurso que, según cuentan, fue recortado en la versión final de la película porque duraba once minutos. Este discurso, un alegato a favor del medio ambiente y en contra de las empresas que lo contaminan, goza de cierto prestigio entre ese especie rara que son los ecologistas adictos al cine de acción.</p>
<p>La película, supuestamente, expresa las inquietudes de Steven Seagal, que recibió en 1991 el First Annual Environmental Media Awards. “Steven”, dice su sitio web oficial, “ha apoyado muchas obras de beneficencia, incluidas varias causas medioambientales”.</p>
<p>Barba, por su parte, no se levanta en las mañanas atormentado por los índices de contaminación en el río Quibú, ni por la contaminación del manto freático causada por el vertedero de 100 y Boyeros, y mucho menos por lo que pasa en Alaska. Barba se despierta, se asea, desayuna, se viste con su ropa de trabajar y sale a la calle. Y en las calles de Cojímar está la basura, y en la playa de Cojímar, y en el río, en donde desembocan los residuos domésticos de Alamar, Guiteras y Cojímar, y en donde algunas industrias vierten sus desechos. Cuando termina de repartir el pan, el pollo, las balitas de gas, los mandados del mes, barba regresa a su casa. Y en su casa, a veces, escribe cartas.</p>
<div id="attachment_1044" style="width: 1010px" class="wp-caption alignnone"><a href="http://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/03/IMG_8429.jpg"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-1044" class="wp-image-1044 size-full" src="http://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/03/IMG_8429.jpg" alt="En las calles de Cojímar está la basura, y en la playa de Cojímar, y en el río (Foto: Tomás Ernesto Pérez)" width="1000" height="600" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/03/IMG_8429.jpg 1000w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/03/IMG_8429-300x180.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/03/IMG_8429-450x270.jpg 450w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/03/IMG_8429-150x90.jpg 150w" sizes="(max-width: 1000px) 100vw, 1000px" /></a><p id="caption-attachment-1044" class="wp-caption-text">En las calles de Cojímar está la basura, y en la playa de Cojímar, y en el río (Foto: Tomás Ernesto Pérez)</p></div>
<p>“Observen que la hierba rodea este lugar, allí mosquitos, moscas, cucarachas, ratones y fetidez se dan la mano y van a danzar con los niños dentro de los salones”, escribe en una carta a <em>Tribuna</em>, a propósito de un vertedero frente a un círculo infantil.</p>
<p>En otra carta a <em>Tribuna</em>, ahora a raíz de un salidero de aguas albañales, dice: “estas aguas se combinan con un enorme vertedero que la indisciplina social y la ineficiencia de Comunales han creado alrededor de un agromercado, donde se venden alimentos y se ofertan gratis moscas, cucarachas, ratones, y cuanto bicho aparezca”.</p>
<p>A la sección “Papelitos hablan” del programa Hola Habana escribe, de nuevo, sobre un vertedero. “He pedido en lo personal, a la Presidenta del Consejo Popular, reunirnos con Comunales y elaborar una estrategia de recogida de basura pero nos plantea que aquellos hicieron una planificación recientemente y que todo va a mejorar (con lo cual no está convencida)”, dice en la carta. En ella, solicita ayuda para “movilizar la vergüenza de todos, de la población y de los directores de empresas, organizaciones políticas y de masas, del Gobierno que nos representa en la localidad, del CAM”.</p>
<p>Su “obra maestra”, la carta que resume todas sus preocupaciones, fue publicada en la sección “Acuse de recibo” de <em>Juventud Rebelde</em>, el 14 de mayo de 2015. En esta ocasión, utiliza como pretexto el cumpleaños de un vecino para hablar de basureros que “son capaces de cerrar el tráfico en algunas calles”, de una playa “contaminada y sucia, donde la arena es cubierta por volúmenes de basura preocupantes”, y de un río “cuya cuenca es agredida por la población y entidades estatales, lo que provoca un alto índice de contaminación y un gigantesco reservorio de vectores”.</p>
<p>La carta, que es en realidad un acto de acrobacia, termina diciendo: “El próximo 20 de mayo mi amigo Miguel cumplirá 101 años. No será famoso como Santiago, el protagonista de <em>El viejo y el mar</em>. O como Gregorio, el patrón del Pilar. Pero sería feliz si le regaláramos un entorno que le recuerde a su Cojímar de antaño. El que añora cada día, cuando sale a buscar el pan o cuando va al mercado, esquivando charcos, zanjas y basureros”.</p>
<p>Un personaje de Steven Seagal no se habría desgastado escribiendo cartas. Un personaje de Steven Seagal le habría torcido el cuello, por ejemplo, al director de Comunales. Pero Barba, obviamente, no es un personaje de Steven Seagal ni su vida es una película de acción. Puestos a escoger, habría que decir que su vida se acerca más bien a esas comedias con tintes dramáticos, de bajo presupuesto, que ponen los miércoles en De Nuestra América.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>El viernes 12 de febrero de 2016 es el primer día en que la Feria Internacional del Libro abre al público. Cuando Barba llega al <em>stand</em> de Japón, el tatami que será utilizado en la demostración de aikido ya está ahí.</p>
<p>Como en la noche del entrenamiento, lleva consigo el maletín negro y el estuche con las armas de madera. Tiene puestos unos tenis, un jean azul y un pulóver de mangas largas; encima de este, además, tiene un pulóver negro con el logo del Satomi Hakkenkai Dojo. A la sombra la temperatura es fresca, pero bajo el sol del mediodía sus dos pulóveres parecen excesivos.</p>
<p>En el <em>stand</em> de Japón se exhiben libros que no están a la venta, te regalan una hoja de papel con tu nombre escrito en japonés y, si eres mujer, te visten con un traje típico de ese país para que te saques una foto con el celular. Barba saluda, suelta el maletín y el estuche, se tira una foto con una niña japonesa y pregunta si han visto a alguno de los que participarán en la demostración de aikido, reprogramada para la 1:30 p.m. Le dicen que sí, que hubo dos que pasaron por el <em>stand</em> y se fueron porque, según ellos, tenían que trabajar.</p>
<p>Barba decide dar una vuelta para ver si encuentra a los que pasaron por el <em>stand</em>, o a otros que quizá no lo han encontrado, o están comprando libros, o acabaron de llegar. Se supone que estén vestidos con un pulóver idéntico al suyo. De ser así, piensa Barba, no debe resultar complicado distinguirlos entre el hormiguero de gente que corre, suda, se empuja, cargada con posters de Cristiano Ronaldo, novelas policiacas, historietas y revistas de costura. A partir de este momento, se arrepentirá de haberse puesto los dos pulóveres.</p>
<p>No encuentra a nadie en su recorrido. Para ganar tiempo, traslada el tatami hacia la nave en que se hará la demostración. Con esto no gana tiempo, sino que lo pierde. El hombre que cuida el local se marcha y Barba, que no tiene llave para cerrar la puerta, no puede irse. Las probabilidades de que el día se arregle son mínimas. Él lo sabe. Se le nota en la cara.</p>
<p>Si la demostración se suspende, intentará pasarla para otro día. A los que debían participar y no vinieron, o vinieron y se largaron, tendrá que regañarlos como se merecen.</p>
<p>Cuando por fin regresa el que cuida la nave, Barba se dirige hacia el <em>stand</em> de Japón. Tal vez hay alguien de su tropa esperándolo allí, algún rezagado. Eso sería un golpe de suerte. Por el camino se cruza con una muchacha cubana que trabaja en la Embajada japonesa y viene precisamente del <em>stand</em>. Ella, con ánimo de resolver el problema, propone una salida.</p>
<p>“En última instancia, profe, el muchacho y usted pueden hacer la demostración”, dice.</p>
<p>El muchacho soy yo. Barba ni siquiera se toma el trabajo de considerar la propuesta. “Hoy he pasado uno de los mayores bochornos de mi vida”, me dirá luego, debatiéndose entre la vergüenza, la decepción, la rabia y el cansancio.</p>
<p>Esa tarde, para colmo, tiene que repartir el pollo.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>Cuando salió de la Casa de Abuelos “Celia Sánchez Manduley”, donde impartía clases de ejercicios terapéuticos, alguien le dijo: “Corre, que tu casa se está quemando”. Era la mañana del viernes 17 de mayo de 2013, una fecha que, si pudiera, Barba suprimiría del calendario.</p>
<p>En la casa no había nadie. Roxana, su hija, rompió a llorar apenas llegó. Magaly, su esposa, se desmayó. “El shock emocional y sicológico fue grande”, escribiría el 18 de febrero de 2014, en una carta dirigida a Mercedes López Acea, primera secretaria del Partido Comunista de Cuba (PCC) en La Habana.</p>
<p>El fuego, provocado por un cortocircuito, se ensañó con la cocina, el baño y un cuarto. La casa estaba a medio construir, pero el incendio devolvió a Barba y a su familia a una etapa que creían haber superado. No podría decirse que tuvieron que empezar desde cero, porque no todo se perdió. Sin embargo, el golpe fue duro. Sí se perdieron, entre otras cosas, un refrigerador, la cocina de gas, un televisor, sus libros, las libretas de abastecimiento de sus clientes.</p>
<p>La respuesta de familiares, amigos, compañeros de trabajo de su esposa y de sus hijos, vecinos, conocidos y clientes fue inmediata. Les ofrecieron refrigeradores, cocinas de gas, ollas eléctricas, platos, cubiertos, cafeteras, muebles, ropa, comida, dinero, materiales de construcción, pintura. Hubo regalos que Barba aceptó y hubo otros que no.</p>
<p>El 6 de junio de 2013, solicitó un subsidio de 85.000 pesos –la suma correspondiente a la construcción de la célula básica habitacional– para recuperar lo perdido y terminar lo que habían empezado años atrás. “Era el comienzo de un camino espinoso, estresante al límite del infarto, lento, lleno de insensibilidades”, escribió en la carta a López Acea.</p>
<p>En noviembre de 2013 se le hizo el cheque bancario, pero el estrés continuó. En febrero del año siguiente aún no podía construir porque no le habían entregado la licencia. En el rastro había problemas con el suministro y la medida de los áridos, y algunos transportistas exigían cobrar en efectivo. Antes de escribir a la primera secretaria del PCC en La Habana, recorrió los “escalones previos” y las respuestas que recibió se le antojaron “inefectivas o morosas”.</p>
<p>La carta, dividida en “Introducción”, “Desarrollo” y “Conclusiones”, parece un informe.</p>
<p>En la “Introducción” se refiere al incendio, a sus consecuencias, a la ayuda que le prestaron, y habla de las trayectorias laborales y partidistas de su esposa, sus dos hijos y él, “para que se tenga en cuenta”, escribe, “la total seriedad y responsabilidad que asumimos al redactar esta carta”.</p>
<p>En el “Desarrollo”, plagado de viñetas, enumera algunos de los problemas que se han dado, algunos ejemplos de personas perjudicadas o maltratadas –junto con sus datos personales y una breve descripción de los maltratos– y, por último, lo que se podría hacer para combatir esos problemas.</p>
<p>Las “Conclusiones” abren con una cita de José Martí: “Cuando aparece en Cojímar un problema, no van a buscar la solución a Dantzig”. Aquí menciona a Martí, “Los zapaticos de rosa”, los piratas y corsarios que rondaban Cojímar (“diferentes a los actuales en vestuario pero no en mentalidad”), los ingleses que tomaron La Habana, Hemingway, Fidel Castro, Raúl Corrales, Nelson Domínguez, Mirta Yáñez.</p>
<p>“Sería interesante convocar una audiencia pública en Cojímar para escuchar las opiniones de la gente sobre el trabajo del Poder Popular, la vivienda, acueducto, educación, recreación”, escribe al final.</p>
<p>Así, lo que podía haber sido una carta sobre su lamentable situación acabó siendo, como era de esperar, una carta sobre la comunidad.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>Una pared de plástico divide la nave en dos mitades que no se comunican entre sí. El <em>stand</em> de Japón, ubicado en una de esas mitades, es el primero de cuatro cubículos dispuestos en línea. Le siguen el <em>stand</em> de Bolivia, un cubículo ocupado provisionalmente por un profesor cubano de Go y otro cubículo vacío, en donde Barba y el resto de los que participarán en la demostración de aikido se cambian de ropa. Encima de ellos, estampado en el frente del <em>stand</em>, hay un cartel que reza: “Libros de uso y raros”.</p>
<p>Cuando terminan de ponerse los uniformes salen a la calle, en donde una pareja de jóvenes se tira una foto con Barba. Entre todos, conducen hacia el lugar en que se hará la demostración cada una de las piezas rectangulares y acolchonadas que conforman el tatami. Es sábado y en La Cabaña la gente se aglomera. El día anterior, un poco más tarde, Barba recorría esas mismas calles, buscando entre la multitud un rostro familiar.</p>
<div id="attachment_1047" style="width: 1010px" class="wp-caption alignnone"><a href="http://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/03/IMG_8017.jpg"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-1047" class="wp-image-1047 size-full" src="http://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/03/IMG_8017.jpg" alt="Barba y el maestro japonés de aikido Jun Nomoto (Foto: Tomás Ernesto Pérez)" width="1000" height="600" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/03/IMG_8017.jpg 1000w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/03/IMG_8017-300x180.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/03/IMG_8017-450x270.jpg 450w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/03/IMG_8017-150x90.jpg 150w" sizes="(max-width: 1000px) 100vw, 1000px" /></a><p id="caption-attachment-1047" class="wp-caption-text">Barba y el maestro japonés de aikido Jun Nomoto (Foto: Tomás Ernesto Pérez)</p></div>
<p>El nuevo espacio designado para la demostración de aikido no satisface a Barba, porque es bastante pequeño y se encuentra al final de una nave que no recibe muchas visitas. Si la hacen allí, lo más probable es que no tengan público. Lo ideal sería que pudiesen colocar el tatami al aire libre, sobre la hierba, pero no pueden. En la nave donde se encuentra el <em>stand</em> de Japón el espacio también es pequeño. Sin embargo, a juzgar por la cantidad de gente interesada en tener un papel con su nombre escrito en japonés, no les faltaría público. Regresar parece ser la mejor alternativa. Cuando se enteran de que deben llevar el tatami de vuelta al sitio del que lo acaban de traer, a algunos en la tropa de Barba les cuesta disimular el fastidio.</p>
<p>Una vez de regreso, colocan el tatami en el piso. Al fondo, en la pared plástica que divide la nave a la mitad, Barba pega con cinta adhesiva un retrato del fundador del aikido. Primero intenta ponerlo en la pared de la izquierda, pero la cinta adhesiva no prende bien y el retrato se cae.</p>
<p>Como el espacio es tan reducido, y como el retrato de Morihei Ueshiba está colocado al fondo de la nave, los aikidokas deben formar de espaldas al público. A las mujeres que atienden el <em>stand</em> de Bolivia, que no es muy popular, no les hace mucha gracia la demostración de artes marciales, porque los espectadores se amontonan frente al <em>stand</em> y les bloquean la vista.</p>
<p>El público, en verdad, es más bien escaso. Habrá, a lo sumo, unas 25 o 30 personas, y la mayoría son familiares o amigos de quienes participan en la demostración. El <em>stand</em> de Japón continúa siendo el principal foco de interés. Caminar entre la gente apiñada en torno a este cubículo resulta difícil. El escándalo apenas permite oír las explicaciones de Barba. Una mujer lo filma con el celular, y filma luego los movimientos y técnicas que se ejecutan por parejas. Un adolescente que está en el público, acompañado por dos amigas, se burla de los uniformes, de las caídas.</p>
<p>“Vámonos de aquí”, le dice una de las amigas.</p>
<p>“Espérate”, dice él. “Quiero ver cómo se caen a palos”.</p>
<p>Una de las piezas del tatami se desacopla y deja en el suelo un resquicio en el que alguien puede tropezar. Uno de los aikidokas, al caer, rueda sobre el tatami y se golpea contra la pared. Barba, casi al concluir la demostración, se enfrenta a varios atacantes. En el público, unos se admiran de su destreza y a otros, en cambio, les provoca risa. Para terminar, Barba agradece la presencia de los espectadores, el apoyo de la Embajada de Japón y la ecuanimidad de las mujeres en el <em>stand</em> de Bolivia.</p>
<p>“No había tanto público”, le digo un rato después, mientras se cambia de ropa en el último cubículo.</p>
<p>“No”, me dice. “No había tanto”.</p>
<p>“¿Te parece que el sacrificio vale la pena?”, le pregunto.</p>
<p>“Depende de cómo tú lo veas”, me responde. “Hay gente que necesita mucho y por eso sufre mucho. Yo me conformo con poco”.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>En noviembre de 2014, un amigo que trabaja en el Hotel Plaza lo llamó por teléfono. “Aquí hay un japonés que es profesor de aikido”, le dijo. “Le hablé de ti y dice que quiere hablar contigo”.</p>
<p>Ese día, en la tarde, Barba fue hasta el Hotel Plaza y conoció al japonés. Su amigo, que domina el inglés, sirvió de intérprete en la conversación. Cuando se despidieron, el japonés le dio su tarjeta de presentación y Barba le dio la dirección de correo electrónico de su esposa.</p>
<p>En febrero de 2015, el japonés, que se llama Jun Nomoto, es 7mo. dan de aikido y preside el Satomi Hakkenkai Dojo, con sede en Tokio, le escribió. Regresaría a Cuba en abril para impartir un seminario. Lo acompañarían cuatro maestros de aikido, dos hombres y dos mujeres, todos con 6to. dan.</p>
<p>Los seminarios se impartieron en Cojímar los días 16 y 17 de abril, y el 18 hubo una exhibición de artes marciales en La Casona. Nomoto le regaló a Barba varios pulóveres negros y una chaqueta de entrenamiento con el logo del Satomi Hakkenkai Dojo –un perrito–. La chaqueta, además, traía su nombre escrito en japonés.</p>
<p>En esa visita, Nomoto le prometió a Barba que en otra ocasión vendría a Cuba para hacerles los exámenes a él y a los instructores con los que suele trabajar, a fin de que sus grados tuvieran validez internacional y fuesen reconocidos por el Hombu Dojo, sede mundial del aikido.</p>
<p>Meses después, Nomoto confirmó que su promesa era cierta: regresaría a finales de febrero de 2016. Como en la visita anterior, Barba se ocupó de todos los detalles. Reservó una casa de alquiler en Cojímar para que los maestros japoneses se hospedaran. Se aseguró de que pudiesen realizar los talleres, el examen y la exhibición de artes marciales en La Casona. Coordinó la recogida de los japoneses en el aeropuerto. Fue al restaurante La Terraza, en Cojímar, y averiguó cuánto dinero debía reunir si quería pagarles un almuerzo. Se encargó de diseñar los diplomas que se entregarían a los que participaran en los seminarios y en la exhibición, y veló por que estuvieran impresos a tiempo. Envió por correo las invitaciones. Pasó por las escuelas de Cojímar para promocionar la exhibición. Consiguió que la Embajada de Japón le prestara una bandera de ese país.</p>
<p>Y, por supuesto, explicó a sus clientes que el día 24 de febrero les devolvería sus libretas de abastecimiento.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>El sábado 20 de febrero de 2016, a solo una semana del examen, Barba recibe un correo de Nomoto en donde el maestro japonés le comunica cuáles son los precios de los exámenes, según los grados a que correspondan. En el correo, Nomoto le explica que en el Hombu Dojo, por tratarse de cubanos, aceptaron rebajar los precios en un 50 por ciento. Así, el examen para obtener el 1er. dan costaría 100 dólares; para el 2do. dan, 150 dólares; y para el 3er. dan, 200 dólares.</p>
<p>Barba, desde luego, había sido inscrito como aspirante a 3er. dan.</p>
<p>“Yo sé que en el mundo entero estos exámenes se cobran”, me dice junto a la panadería. “Pero como Nomoto no había hablado de dinero hasta ahora, me imaginé que iban a hacer una excepción con nosotros”.</p>
<p>Al día siguiente, varios instructores deben ir a su casa para limpiar las piezas del tatami que se utilizará en La Casona los días 26, 27 y 28 de febrero. Ese puede ser un buen momento para darles la mala noticia.</p>
<p>El domingo, solo tres instructores se aparecen en su casa. Las piezas del tatami están apiladas en el patio, en donde crece una mata de bambú que Barba sembró hace unos años, con el propósito de utilizar la madera para construir algunas estructuras japonesas que ha visto en libros y almanaques. Casi todas las piezas, que tienen una cara azul y una roja, están manchadas de algo negro que podría ser moho.</p>
<p>Las manchas desaparecen con agua y cepillo. A las más oscuras hay que añadirles detergente y, después, restregar, restregar, restregar. Hay, en total, unas 100 piezas. Barba, quizá para cuidarse la cintura, no participa en el cepillado. Él y uno de los instructores, que dice tener otitis, se dedican a organizar en el techo de la casa y en el patio las piezas que se van limpiando.</p>
<p>Al mediodía, se hace un alto para la merienda. Barba prepara un pan con jamonada frita y un batido de coco instantáneo para cada uno. Los instructores se acomodan en los sillones de aluminio que hay en la sala y comen con avidez. En una de las paredes laterales, cuelga un almanaque de 2016 con fotografías del monte Fuji.</p>
<p>Aún no se han acabado el pan cuando llega la esposa de Barba, que los saluda a todos.</p>
<p>“¿Ya les contaste la mala noticia?”, le pregunta a Barba.</p>
<p>Él, mientras camina hacia ella, la mira con los ojos bien abiertos</p>
<p>“No, todavía”, dice inmediatamente, y se vuelve hacia los instructores. “La mala noticia es que se cayó el alquiler que había conseguido para los japoneses”.</p>
<p>A continuación, les cuenta la historia enrevesada que le hizo la dueña de la casa, las justificaciones absurdas que le dio. “Es una falta de respeto por parte de ella”, dice, y los demás concuerdan.</p>
<p>Al cabo de media hora, el efecto reparador del pan con jamonada y el batido se desvanece. La calidad del cepillado va disminuyendo conforme pasa el tiempo y menguan las energías. Las expectativas también disminuyen. Al principio, la idea era que las piezas del tatami quedaran impecablemente limpias. Cuando los ánimos comienzan a decaer, el afán de perfección se disuelve. La idea, entonces, es que las piezas no queden <em>tan</em> sucias. Hacia el final de la jornada se repite el mismo diálogo.</p>
<p>“A esta se le podría dar más cepillo”, dice Barba, no muy convencido.</p>
<p>“Esas manchas que le quedan no se caen”, dice el que la limpió.</p>
<p>Cuando la última de las piezas se pone a secar, Barba se reúne en el patio con los instructores. Insiste en el tema del alquiler, que le preocupa muchísimo, y organiza la recogida en el aeropuerto.</p>
<p>“Hay otra mala noticia”, dice por fin.</p>
<p>Los instructores lo escuchan en silencio mientras Barba les habla del correo de Nomoto. “Él lo sabe, porque me lo comentó, pero yo le expliqué la situación de nosotros en Cuba”, dice Barba. “Le recordé que aquí no manejamos dólares, que mi salario mensual es 30 CUC. Nomoto me pidió que le dijera cuánto dinero podemos reunir, para ver de qué forma nos pueden ayudar. Un amigo mío me va a prestar la mitad. Una opción podría ser pagar la mitad cuando vengan y pagarles el resto después, poco a poco, o en la próxima visita de ellos a Cuba”.</p>
<p>A los instructores les parece una buena opción. Tratarán de encontrar, como Barba, alguien que les preste el dinero.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>Se le ve abatido, inseguro, de mal humor. “Hoy me siento muy mal”, me dice Barba el lunes 21 de febrero. Apenas durmió esa madrugada. Se levantó varias veces para ir al baño a vomitar. Tuvo diarreas. Mareos.</p>
<p>En el carretón, junto con la caja del pan, hay varias balitas de gas que debe repartir. Ese día se abstiene de hacer bromas durante el recorrido. Tampoco habrá saludos calurosos. Se limita a sonar el silbato, recoger las balitas vacías, entregar las llenas, repartir el pan.</p>
<div id="attachment_1043" style="width: 1010px" class="wp-caption alignnone"><a href="http://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/03/IMG_8421.jpg"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-1043" class="wp-image-1043 size-full" src="http://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/03/IMG_8421.jpg" alt="En el carretón, junto con la caja del pan, hay varias balitas de gas que debe repartir (Foto: Tomás Ernesto Pérez)" width="1000" height="600" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/03/IMG_8421.jpg 1000w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/03/IMG_8421-300x180.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/03/IMG_8421-450x270.jpg 450w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/03/IMG_8421-150x90.jpg 150w" sizes="(max-width: 1000px) 100vw, 1000px" /></a><p id="caption-attachment-1043" class="wp-caption-text">En el carretón, junto con la caja del pan, hay varias balitas de gas que debe repartir (Foto: Tomás Ernesto Pérez)</p></div>
<p>“Ayer vine por la tarde y no estabas”, le reprocha a un cliente. “Tremendo embarque”.</p>
<p>No ha resuelto aún el problema del alquiler de los japoneses. Eso le incomoda, sobre todo porque él, precisamente para evitar una situación como esta, lo había coordinado con tiempo. Alquileres no faltan, pero él pretendía que fuera en Cojímar y que todos los maestros estuviesen alojados en un mismo sitio.</p>
<p>Llama en una casa y espera. Como no sale nadie, sigue caminando. Ya ha avanzado media cuadra cuando le gritan. Barba se da la vuelta, suspira. Media cuadra, hoy, es una distancia enorme.</p>
<p>“Ahora tengo que ir hasta <em>allá</em>”, me dice, con una voz apagada.</p>
<p>En La Casona, comprobó que el local donde se realizará el taller está igual que siempre. No lo han limpiado. No lo han pintado. No les importa.</p>
<p>“La gente quiere que le busques los mandados pero no te da el dinero”, me dice cuando regresa, arrastrándose más que caminando, los hombros caídos.</p>
<p>Fue al restaurante La Terraza para confirmar el almuerzo y descubrió que no lo podrá hacer. Hubo un malentendido. La primera vez que estuvo por ahí, preguntó con cuánto dinero podían comer siete personas y le respondieron que con 12 CUC. Y él siempre creyó que con 12 CUC podía pagar el almuerzo de las siete personas. Nunca entendió, hasta ahora, que 12 CUC era lo que debía pagar <em>por</em> <em>cada</em> <em>persona</em>.</p>
<p>“El camino es tortuoso”, me dice mientras empuja el carretón, lentamente, como si ya no le quedaran fuerzas. Avanza unos metros. Se detiene, suena el silbato, respira profundo. Se inclina hacia delante, despacio. Se aferra al carretón. Se inclina todavía más y apoya la cabeza en un brazo. Se lamenta. Se lamenta. No para de lamentarse.</p>
<p>“Parece que me va a dar un cólico nefrítico”, dice.</p>
<p>Cuando se yergue, veo que tiene la frente empapada en sudor. Se quita la faja de la cintura y camina encorvado hacia la reja de la casa a la que acaba de llamar. Abre la reja, camina unos pasos y se derrumba en uno de los sillones del portal.</p>
<p>“No te asustes si vomito”, dice. “O si me desmayo”.</p>
<p>Cuando el cliente, Miguel, aparece en el portal, Barba tiene los ojos cerrados. Le explico a Miguel lo que pasa. Barba, me doy cuenta, prefiere que no hable, que nadie hable, y me callo. Miguel, en cambio, hace el cuento de la vez en que le dio un cólico nefrítico y tuvieron que ponerle sueros porque el dolor era insoportable.</p>
<p>“Por favor, no hables”, le dice Barba, hundido en el sillón, sin abrir los ojos. “Si no hay silencio no puedo concentrarme en el dolor”.</p>
<p>El dolor tarda unos 40 minutos en desaparecer. En ese lapso, Barba se toma una pastilla que le doy y otra que le da una vecina, más un jarabe contra los males de estómago. Ese día, por la noche, irá al policlínico, y al día siguiente se hará un ultrasonido en la clínica donde trabaja su hijo.</p>
<p>Si lleva una piedra dentro es muy pequeña, porque no se ve.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>El 27 de febrero, Barba y otros seis instructores cubanos de aikido fueron examinados por un tribunal de maestros japoneses que encabezó Jun Nomoto.</p>
<p>Como habían acordado, los cubanos solo pagaron la mitad del dinero. Sin embargo, Nomoto decidió que ellos, los japoneses, pondrían la otra mitad. A los que no consiguieron reunir el dinero del examen, Barba se lo prestó.</p>
<p>Para poder hacerlo, tuvo que echar mano a los ahorros destinados a la construcción de su casa.</p>
<p><a href="#_ednref1" name="_edn1">[*]</a> Posible traducción del término <em>aikido</em>.</p>
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		<title>Terremoto</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Tomás Ernesto Pérez]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 03 Feb 2016 15:27:58 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Desastres naturales]]></category>
		<category><![CDATA[General]]></category>
		<category><![CDATA[numerocuatro]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El 17 de enero de 2016, el Centro Nacional de Investigaciones Sismológicas (CENAIS) comenzó a detectar una actividad sísmica anómala.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right;"><em>¡Cae allí un muro sobre dos pobres viejos </em></p>
<p style="text-align: right;"><em>que no tuvieron tiempo para huir!</em></p>
<p style="text-align: right;">José Martí</p>
<p>A propósito del terremoto que sacudió Santiago en 1578 (magnitud estimada: 6.8; intensidad: 8.0), fray Manuel de Machado, guardián del convento de San Francisco, escribió: “el qual temblor hizo mucho daño y derrumbo muchas casas en esta ciudad y en este nuestro convento nos derribo un pedazo de un dormitorio donde los religiosos que moraban este convento estaban recoxidos”. Por su parte, Miguel Pinedo, fiscal de la Audiencia de Santo Domingo, dio fe en una carta de las consecuencias de aquel sismo: “este pueblo de Santiago esta tan destrosado que es cierto ni se halla que comer ni aun hay con lo comprarlo y vale mas caro que en Nombre de Dios”.</p>
<p>Cien años después, en febrero de 1678, el llamado Temblor Grande (magnitud estimada: 6.8; intensidad: 8.0), al que siguieron tormentas, provocó daños en numerosas viviendas, en la iglesia de Santa Catalina, en el convento de San Francisco y en la capilla mayor de la catedral, donde una efigie de Jesucristo fue reducida a pedazos. “Amenazados por las ruinas, mujeres y niños dejaron sus casas para refugiarse en patios y corrales bajo la inclemencia del tiempo, los temblores más tenues se prolongaron por unos treinta días”, dice la historiadora Olga Portuondo en el libro <em>¡Misericordia! Terremotos y otras calamidades en la mentalidad del santiaguero</em> (Editorial Oriente, 2014).</p>
<p>Ochenta y ocho años después, en junio de 1766, otro terremoto (magnitud estimada: 7.6; intensidad: 9.0) conmocionó la ciudad. “Desde el mismo 12 de junio”, dice Olga Portuondo, “el gobernador había ordenado levantar en las cuatro plazas […] barracas provisionales con velas de las embarcaciones, por estar todas las casas inhabitables e ignorarse cuándo cesarían los temblores”. Julián Joseph Bravo, sacerdote y tercer capellán de la virgen de la Caridad del Cobre, describiría así la catástrofe: “temblo la tierra con una trepidación tan estraña, y con un impulso tan terrible, acompañado de un ruido tan estrepitoso, que todos a unos pensabamos ser tragados por la tierra, y sepultados en sus entrañas; la ruina fue universal, todas las casas caidas, los templos padecieron desmayos, las fortalezas arruinadas, las mas altas cerranías desvanecidas en diversas partes”. La imitación de las construcciones del reino de Lima y de otros sitios que sufrían los embates de sismos, hechas con maderas ligadas, se planteó como una necesidad. Nuestra Señora de los Dolores fue elegida patrona contra los terremotos.</p>
<p>Ochenta y seis años después, en agosto de 1852, una fuerte sacudida (magnitud estimada: 7.3; intensidad: 9.0) lanzó a los pobladores de Santiago hacia las plazas y calles. El catalán Miguel Estorch, testigo del suceso, escribiría un texto titulado <em>Apuntes para la Historia sobre el terremoto que tuvo lugar en Santiago de Cuba y otros puntos el 20 de Agosto de 1852 y temblores subsiguientes</em>, donde se cuenta que el terremoto “levantaba y dejaba caer la ciudad entera, como pudiera un niño hacerlo con un ligero juguete”. Aquel 20 de agosto, el periódico <em>El Orden</em> publicó una nota de último minuto que decía: “Por todas partes se oye el piadoso grito ¡Misericordia! Por todas partes se ven gentes postradas, implorando la clemencia Divina. Hacia algunos puntos de la ciudad vemos una nube de polvo que anuncia la caída de algunos edificios. Vénse señoras desmayadas, y niños que salen despavoridos de sus escuelas, y padres y madres que corren hacia ellas en busca de sus hijos. […] Háblase ya de varias desgracias; pero nos abstenemos ahora de informar de ninguna, pues en los primeros momentos siempre hay exageraciones, ó solo diremos que muchas debe haber habido, y los momentos son angustiosos, pues mientras redactamos este desaliñado párrafo en que damos tan triste noticia, hemos tenido que interrumpirlo por otros sacudimientos de tierra”. En lo adelante, por un tiempo, el estallido de un trueno o el crujir de la madera resultaron insoportables.</p>
<p>Ochenta años después, el 3 de febrero de 1932, un sismo (magnitud: 6.75; intensidad: 8.0) causó estragos en Santiago de Cuba. “Horrible, anonadante, el terremoto de esta madrugada”, fue, al día siguiente, el titular del <em>Diario de Cuba</em>. Según cuenta Olga Portuondo, hubo “más de una decena de muertos y 200 heridos, algunos de los cuales, por su gravedad, fallecieron posteriormente”. Y hubo grietas en el suelo, derrumbes, anuncios y cables caídos, personas en ropa interior deambulando por las calles, reclusos que escaparon de sus prisiones, comerciantes que amenazaron con alterar los precios de los víveres de primera necesidad y un hombre que les rogó a los bomberos que se encargaran de salvar no a su hijo pequeño, presumiblemente muerto, sino a su esposa, todavía viva.</p>
<p>Ochenta y cuatro años después, a partir de la madrugada del 17 de enero de 2016, el Centro Nacional de Investigaciones Sismológicas (CENAIS) comenzó a detectar una actividad sísmica anómala al suroeste de la ciudad de Santiago de Cuba, que produjo, hasta el martes 26, más de 30 sismos perceptibles por la población en varias ciudades del Oriente cubano.</p>
<p>La anomalía ha estado dada por el número de terremotos registrados y por sus magnitudes máximas. “El promedio de sismos que se registran diariamente en esta zona es 14 o menos”, nos explica Enrique D. Arango, jefe del Servicio Sismológico Nacional, a quien entrevistamos el martes 19 de enero. “Como promedio”, dice, “las magnitudes oscilan entre 1.0 y 2.5”. Durante los días 17 y 18 de enero, el CENAIS registró 409 y 57 sismos, respectivamente. Las magnitudes máximas oscilaron entre 2.4 y 5.0.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<div id="attachment_943" style="width: 1010px" class="wp-caption alignnone"><a href="http://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/02/02_parque_julio.jpg"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-943" class="wp-image-943" src="http://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/02/02_parque_julio-1000x600.jpg" alt="Hay gente que amanece en los parques (Foto: Julio Batista)" width="1000" height="600" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/02/02_parque_julio-1000x600.jpg 1000w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/02/02_parque_julio-300x180.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/02/02_parque_julio-450x270.jpg 450w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/02/02_parque_julio-150x90.jpg 150w" sizes="(max-width: 1000px) 100vw, 1000px" /></a><p id="caption-attachment-943" class="wp-caption-text">Hay gente que amanece en los parques (Foto: Julio Batista)</p></div>
<p>Hay gente que amanece en los parques, gente que –temerosa de que le roben– no abandona su casa y gente que no solo abandona su casa, sino también el municipio y aun la provincia. Algunos, probablemente malintencionados, predicen el día y la hora exactos en que habrá un sismo de gran intensidad y otros, desinformados, se alarman y difunden la noticia, que dan por cierta.</p>
<p>“El terremoto de Oriente parece confirmar la teoría de que se hunde la tierra en el Caribe”, rezaba un titular tras el sismo de 1932. Por esas fechas, según Olga Portuondo, la “Sociedad Geográfica de los Estados Unidos, radicada en Nueva York, expresaba que Santiago de Cuba estaba sobre un sartén, porque se encontraba en el cráter de un volcán milenario”.</p>
<p>Desde el comienzo de la actividad sísmica anómala el pasado 17 de enero, tanto la Defensa Civil como los especialistas del CENAIS se han ocupado de indicar cuáles son las precauciones que deben tomarse y de aclarar buena parte de las dudas que inquietan, sobre todo, a los santiagueros. Hoy, tras varias jornadas en que los especialistas han concedido entrevistas, participado en mesas redondas, respondido a llamadas telefónicas e incluso visitado algunas comunidades, la mayoría de los santiagueros sabe –debería saber– que las estructuras geológicas a las que se atribuyen los sismos ocurridos en Cuba no son los volcanes, sino las fallas, y que la ciudad de Santiago de Cuba se encuentra próxima a la falla Oriente, la cual constituye un límite de placas y es la principal zona sismogeneradora que afecta el territorio cubano.</p>
<p>Bladimir Moreno, director del CENAIS, ha subrayado –en entrevistas divulgadas por la televisión y la prensa– que resulta imposible pronosticar cuándo habrá un sismo de gran magnitud, si bien es casi seguro que va a ocurrir, y ha explicado que “de cada 100 actividades anómalas que se registran solo cinco terminan con un gran movimiento telúrico”, aunque apenas “empieza una actividad sísmica anormal aumenta la probabilidad de ocurrir un terremoto fuerte porque por lo general los grandes sismos tienen premonitores”.</p>
<p>“Un terremoto puede ser fuerte por varias características”, dice Tomás J. Chuy, investigador titular del CENAIS. “Porque la magnitud sea grande y afecte un área considerable, o bien puede ser no de una gran magnitud pero sí superficial, caso en el cual también podría afectar un área considerable”.</p>
<p>La magnitud de un sismo, nos explica Enrique D. Arango, es la energía liberada en el foco o hipocentro del terremoto, se mide por la escala de Richter y se determina a través de los sismómetros, mientras que la intensidad es la medida de los efectos en las personas, las construcciones y el medio ambiente en general. “Tanto la magnitud como la intensidad reflejan la dimensión del terremoto”, dice. “En el caso de los sismos históricos estos fueron valorados por su intensidad, aunque de manera retroactiva en el tiempo a partir de la revisión de los archivos históricos, por lo cual es una medida un tanto subjetiva o cualitativa. La magnitud es la medida del tamaño del terremoto y es más cuantitativa”.</p>
<p>La intensidad de un sismo se mide por diferentes escalas. Desde hace unos diez años, en Cuba se emplea la escala EMS-98 (europea), mucho más completa que la utilizada antes, la MSK, pues “detalla mejor los aspectos de los daños en las edificaciones”.</p>
<p>“Últimamente”, dice Arango, “no estamos dando la intensidad, pero la determinamos nosotros a partir de recorridos por la ciudad y el campo. Para esto se hacen encuestas con los parámetros que están incluidos en la escala de intensidad. Por ejemplo, se pregunta cómo se sintió el sismo, si estaba dormida la persona y se despertó, si se movieron objetos o si se agrietó alguna pared”.</p>
<p>Según Tomás J. Chuy, no se descarta la posibilidad de que un terremoto pueda alcanzar magnitudes de hasta 8.0 en Santiago de Cuba. “Esta es la magnitud máxima de la falla Oriente”, dice. Arango, por otra parte, nos explica que “de acuerdo con el estimado de la energía acumulada desde la ocurrencia de los últimos sismos fuertes, un terremoto en Santiago de Cuba podría llegar a tener una magnitud de 6.75 en la escala de Richter”, o sea, la misma del terremoto de 1932.</p>
<p>“Los técnicos que estudiaron los destrozos ocasionados en los edificios por el terremoto de 1932 concluyeron que se debían a la mala calidad de los materiales y a los métodos inadecuados de construcción”, escribe Olga Portuondo en <em>¡Misericordia! Terremotos y otras calamidades en la mentalidad del santiaguero</em>. En una <a href="http://www.ipf.cu/sites/default/files/upload_files/documentos/plan_general_de_ordenamiento_territorial_y_urbano_s_de_cuba.rar" target="_blank" rel="noopener">síntesis del Plan General de Ordenamiento Urbano de la Ciudad de Santiago de Cuba</a>, fechada en mayo de 2014, puede leerse: “Más del 70 por ciento de las edificaciones de la ciudad son susceptibles a daños por sismos de grandes intensidad, y a las inundaciones como consecuencia de eventos hidrometeorológicos”. En este documento, además, se afirma que 72.738 viviendas se hallaban en regular y mal estado técnico-constructivo.</p>
<p>“Los códigos de diseño constituyen sin dudas el documento fundamental para garantizar la supervivencia de las estructuras en caso de sismos de gran magnitud”, dicen los autores de <a href="http://cienciapc.idict.cu/index.php/cienciapc/article/view/320/768" target="_blank" rel="noopener">“Realidades del código sísmico vigente en Cuba. Retos para su actualización”</a> (<em>Ciencia en su PC</em>, enero-marzo de 2014). De ahí que, en países ubicados en zonas sísmicas, resulte imprescindible “contar con códigos de diseño sismorresistente actualizados, que garanticen que las edificaciones sobrevivan a los terremotos de gran magnitud”.</p>
<p>En estos momentos, el código sísmico vigente en Cuba es el NC 46:99, de 1999. Según Yelena Berenguer, uno de los autores del trabajo citado, ya existe una nueva propuesta de Norma Cubana de Construcciones Sismorresistentes, que está aprobada pero aún no es oficial.</p>
<div id="attachment_944" style="width: 1010px" class="wp-caption alignnone"><a href="http://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/02/03_edificios_monica.jpg"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-944" class="wp-image-944" src="http://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/02/03_edificios_monica-1000x600.jpg" alt="Casi ningún edificio construido en Santiago supera los cinco pisos (Foto: Mónica Baró)" width="1000" height="600" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/02/03_edificios_monica-1000x600.jpg 1000w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/02/03_edificios_monica-300x180.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/02/03_edificios_monica-450x270.jpg 450w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/02/03_edificios_monica-150x90.jpg 150w" sizes="(max-width: 1000px) 100vw, 1000px" /></a><p id="caption-attachment-944" class="wp-caption-text">Casi ningún edificio construido en Santiago supera los cinco pisos (Foto: Mónica Baró)</p></div>
<p>En las conclusiones de “Realidades del código sísmico vigente en Cuba. Retos para su actualización”, Grisel Morejón (CENAIS), Yelena Berenguer (CENAIS), Carlos Llanes (CUJAE) y Zenaida P. Frómeta (Universidad de Oriente), escriben: “En el código sismorresistente cubano NC 46:99 se han detectado problemas en varios métodos, procedimientos y coeficientes; entre ellos el mapa de peligro sísmico, el coeficiente de reducción de las fuerzas sísmicas y los valores límites de deriva; los cuales deben ser mejorados en futuras actualizaciones de este código”. Uno de los problemas identificados, según los autores, podría llegar a “provocar el fallo de las estructuras y las consecuentes pérdidas de vidas humanas y materiales”.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>A Aymara López –51 años, ama de casa– le ha costado dormir desde la madrugada del 17 de enero. Su hijo mayor, que vive en Boniato y pertenece a un comando de Rescate y Salvamento, está movilizado. “Yo estoy sola con mi hijo chiquito”, dice, “cumpliendo con las normas de defensa orientadas por el Partido y el Gobierno”. Rafael, de 14 años, tiene una lesión cerebral grave, padece un síndrome incurable que le provoca convulsiones, es ciego, postrado, asmático crónico e inmunodeprimido.</p>
<p>Su mochila de emergencia contiene, principalmente, “paños, ropa, alimentos y medicinas que el niño debe tomar para las convulsiones”. La cama del niño permanece en la sala y Aymara, por su parte, se mantiene alerta. “Por las noches lo acuesto vestido, me visto yo y me acuesto tarde”, dice. “Como estoy nerviosa, no me duermo rápido”.</p>
<p>La ciudad de Santiago de Cuba, azotada por 20 de los 28 terremotos fuertes reportados históricamente en Cuba, es sin duda la más vulnerable a fenómenos de este tipo. Dentro de ella –dentro de cualquier ciudad–, los más vulnerables son, obviamente, los niños, las mujeres, los ancianos y las personas con discapacidad.</p>
<div id="attachment_946" style="width: 478px" class="wp-caption alignleft"><a href="http://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/02/04_simulación-con-niños-en-Santiago-de-Cuba_Oxfam.jpg"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-946" class="size-full wp-image-946" src="http://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/02/04_simulación-con-niños-en-Santiago-de-Cuba_Oxfam.jpg" alt="Simulación con niños en Santiago de Cuba (Foto: Oxfam)" width="468" height="281" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/02/04_simulación-con-niños-en-Santiago-de-Cuba_Oxfam.jpg 468w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/02/04_simulación-con-niños-en-Santiago-de-Cuba_Oxfam-300x180.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/02/04_simulación-con-niños-en-Santiago-de-Cuba_Oxfam-450x270.jpg 450w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/02/04_simulación-con-niños-en-Santiago-de-Cuba_Oxfam-150x90.jpg 150w" sizes="(max-width: 468px) 100vw, 468px" /></a><p id="caption-attachment-946" class="wp-caption-text">Simulación con niños en Santiago de Cuba (Foto: Oxfam)</p></div>
<p>Según Tichico Yoel Cobián, presidente municipal de la Asociación Nacional del Ciego (ANCI), el municipio Santiago de Cuba es, en todo el país, el que más asociados tiene: 2.311. “Incluso”, dice, “tiene muchos más asociados que algunas provincias”.</p>
<p>Charles Barrientos, presidente municipal de la Asociación Cubana de Limitados Físicos Motores (ACLIFIM), asegura que el municipio Santiago de Cuba, con 3.000 asociados, es el segundo del país en cuanto a la cantidad de personas con discapacidad físico motora.</p>
<p>Por su parte, la Asociación Nacional de Sordos de Cuba (ANSOC) cuenta en el municipio Santiago de Cuba con 1.107 asociados, 59 de los cuales son personas oyentes que sirven de apoyo, de acuerdo con María Teresa Suárez, presidenta municipal de la Asociación.</p>
<p>Desde mayo de 2015, en las ciudades de Santiago de Cuba, Guantánamo y Baracoa está funcionando el proyecto Ciudades Preparadas y Alertas ante el Riesgo Sísmico en el Oriente Cubano, que está concebido para 18 meses y, por tanto, debe terminar en octubre de 2016. Cofinanciada por la Unión Europea, esta iniciativa tiene al CENAIS como contraparte principal e implementadora del proyecto en coordinación con la Defensa Civil; como asociados internacionales, a CARE France y OXFAM Bélgica, con la consultoría técnica de Handicap International; y cuenta con la participación de la ANSOC, la ANCI, la ACLIFIM, la Universidad de Oriente y la Cruz Roja Cubana.</p>
<p>El proyecto, al que se han destinado casi 700.000 euros, tiene tres objetivos fundamentales: el fortalecimiento de los procesos de monitoreo y vigilancia del CENAIS, reforzar la capacidad de gestión ante riesgo sísmico por parte de decisores locales, y la preparación de las comunidades. Lo que lo distingue de experiencias anteriores es su enfoque inclusivo, que privilegia a las mujeres y las niñas, ancianos y ancianas, y personas con discapacidad.</p>
<p>“Para estudiar los sismos de Cuba y tener un dominio más completo de respuesta ante uno fuerte requerimos de más estaciones sismológicas”, dice Tomás Jacinto Chuy. De acuerdo con Benjamin Deblois, Coordinador Humanitario de OXFAM en Cuba, se equipará al CENAIS con cinco nuevas estaciones y 40 acelerógrafos, 30 de ellos para la ciudad de Santiago de Cuba y diez para la ciudad de Guantánamo. “Los acelerógrafos te permiten medir la aceleración de la resonancia y definir dónde la vibración puede crear daños, y permitirán saber luego dónde puedes construir, qué tipo de construcción puedes hacer en qué tipo de suelo”, dice. “Ya hemos realizado la compra internacional y estaremos recibiendo los materiales a principios de febrero”. La información recolectada a través de estos equipos incidirá favorablemente en la toma de decisiones.</p>
<p>Como parte de un diplomado que asesora el CENAIS y que ya comenzó, en la Universidad de Oriente se impartirá un módulo de gestión inclusiva de riesgo, que abarca “tanto el enfoque de género como el enfoque de personas con discapacidad”. Dirigido principalmente a los decisores locales –60 por ciento de Santiago de Cuba y 40 por ciento de Guantánamo–, el módulo ha implicado procesos de sensibilización a docentes y tiene alrededor de 30 participantes directos, que luego podrían hacer réplicas en sus municipios, en sus consejos populares, “aunque”, dice Deblois, “con esto no ya podemos comprometernos”.</p>
<p>El proyecto tiene claro que el reforzamiento de la capacidad de respuesta de los decisores locales no se limita solamente a la instrucción. “También preposicionamos un <em>stock</em> de ayuda humanitaria ubicado en la oficina del Estado Mayor Nacional de la Defensa Civil de la Región Oriental, en Holguín”, dice Deblois, “así, en caso de un terremoto fuerte, se puede recurrir al material almacenado allí, que llegaría muy rápidamente. Todos los materiales que estamos importando para el preposicionamiento están adaptados a las necesidades diferenciadas de las mujeres y las personas con discapacidad”. Entre otras cosas, el <em>stock</em> de ayuda humanitaria –cuyo contenido se negocia con la Defensa Civil, “quien aprueba qué se compra y qué no”– incluiría: cámaras de visión infrarroja, detectores de personas, equipos portátiles de comunicación, sistemas de luces y equipamiento para personas con discapacidad.</p>
<p>En conjunto con Handicap International, se forma a las personas de la Cruz Roja, encargadas, a su vez, de conducir la formación en las comunidades a través de debates, ejercicios prácticos de evacuación, proyección de audiovisuales, y de hacer un mapeo de riesgo. “La idea es poder distinguir entre una mujer, un anciano, una persona con discapacidad”, dice Deblois, “y de algún modo poder focalizar el tipo de ayuda y respuesta que se requiere en cada caso”.</p>
<p>El objetivo es que al menos el 10 por ciento de la población residente en cada ciudad se beneficie con el aprendizaje y la preparación. Las personas directamente beneficiadas de esta capacitación, según Deblois, ascienden a 80.321. De ellas, el 51 por ciento son mujeres, el 16.2 por ciento son personas con algún tipo de discapacidad, el 23.6 por ciento son niños y jóvenes, y el 31 por ciento son ancianos y ancianas.</p>
<p>“Hoy estamos actuando en los 29 consejos populares de la ciudad de Santiago de Cuba”, dice Sergio Peña, secretario general de la Cruz Roja en la provincia. “No solo enseñamos cómo comportarse durante un sismo, sino después del sismo. Igualmente, trabajamos en las escuelas, con un juego que se llama Caminata Sísmica, que se hace sobre una lona grande donde los niños aprenden acerca del sismo y cómo protegerse. Cruz Roja tiene algo parecido, que siempre hemos usado, pero es un poco más abarcador. Es el juego de Riesgolandia, que trae los riesgos según todos los desastres que pudieran ocurrir”.</p>
<p>“Este proyecto llena un vacío enorme”, dice Charles Barrientos, presidente municipal de la ACLIFIM. “Se había hablado del pueblo en general, pero no específicamente de la persona con discapacidad”.</p>
<p>“Además de las personas con discapacidad que existen en una comunidad, un sismo de gran magnitud, por sí solo, puede provocar muchas más, e incluso las que ya tenían una discapacidad pueden presentar discapacidades múltiples”, explica Tichico Yoel Cobián, presidente municipal de la ANCI. “Por eso, como los terremotos son impredecibles, lo importante es la prevención, saber cómo proceder antes, durante y después”. Un componente esencial, en este sentido, es el Plan Familiar de Prevención ante el Riesgo Sísmico, que debe recoger, por ejemplo, cuáles son los lugares de protección y peligro dentro de la vivienda, por dónde se va a salir, el sitio al que deben dirigirse, quién se ocupará de la persona con discapacidad o de buscar a los niños a la escuela, cuál será el punto de reencuentro.</p>
<p>“Junto con la jaba o mochila de emergencia, toda persona, con discapacidad o sin ella, debe tener a mano o encima un pequeño silbato que indique dónde se encuentra en caso de que quede atrapada”, dice Tichico Yoel Cobián.</p>
<p>Nancy, de 63 años, es licenciada en Lengua Española y Literatura, fue profesora de secundaria, siente afición por los diminutivos y, aunque no tiene ninguna discapacidad, cumple al pie de la letra con las medidas de prevención. “Yo soy extremadamente organizada y me gusta todo en cada lugar”, dice. “No se puede vivir por vivir. Hay que vivir metódica y organizadamente”.</p>
<p>Su jaba de emergencia contiene: “una colchita, una toalla, artículos de primera necesidad, medicina de primeros auxilios –dipirona, esparadrapo–, confituras que renuevo cada cierto tiempo –galleticas, caramelitos–, pan chiquitico tostado, agua clorada, jabón, detergente, un vasito, una cucharita, azúcar, sal, leche, una almohadita, una colcha, una sombrilla playera por si hace mucho sol, el cargador del móvil y un pitico; en los bolsillitos guardo el carnet de identidad y el tarjetón de los medicamentos”.</p>
<p>El silbato, me cuenta, se mantiene siempre en su cartera personal, y cuando ocurrieron los primeros temblores se lo colgó en el cuello. “Cuando hay una fiestecita”, dice, “que estamos alegres, bailando y todo eso, yo sueno el pitico y la gente se ríe. Todo el mundo se ríe. Y yo pienso: ‘Si ustedes supieran la importancia de este pitico’”.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>“Desde que era joven y pertenecía a la Cruz Roja, yo aprendí que debíamos tener preparado un bolso, cerca de la cama, por si había un terremoto”, dice Elba Reyes, 65 años, jubilada.</p>
<p>Elba se encontraba durmiendo junto a su esposo cuando a la 1:37 de la madrugada del domingo 17 de enero ocurrió el primer temblor perceptible, de magnitud 4.8 en la escala de Richter. “Vi que mi esposo se levantó rápido de la cama y yo también me levanté”, dice Elba. “Pensé que a su madre le había pasado algo. Él me dijo entonces que había habido un temblor. Urgentemente, puse la mano debajo de una mesita que hay en mi casa, junto a mi cama, y saqué el bolso de emergencia”.</p>
<p>La madre de su esposo, que vive con ellos, es una anciana postrada de 105 años. Enseguida fueron a verla y decidieron cambiarle la ropa y ponerla luego en el sillón de ruedas, próxima a la puerta. “Ella preguntó que por qué le ponían tanta ropa, que por qué tenía medias, si era de madrugada”, dice Elba. “Yo le expliqué que por si había que salir de casa, que estaba temblando, que como ella es sorda no había escuchado nada ni tampoco lo había sentido porque estaba dormida, y que la estábamos preparando para que no le pasara nada, protegiendo su vida”.</p>
<p>Elba, que perteneció a las Brigadas de Producción y Defensa en el Caney, se siente segura. “En primer lugar, de los conocimientos que tengo para protegerme yo y mi familia, y de lo que va a hacer el Estado, el Gobierno, en momentos difíciles. Estoy segura de que habrá helicópteros, de que sacarán a las personas de los lugares que se pongan escabrosos”.</p>
<p>“En una situación como esta, toda nuestra fuerza de voluntarios, que son más de 4.000 en la provincia, se activa para proteger los bienes y las vidas de las personas, que es lo más importante en estos momentos”, asegura el secretario general de la Cruz Roja en la provincia Santiago de Cuba. “Primero que todo, nos encargamos de activar todos los grupos de rescate de la Cruz Roja. Nuestras fuerzas, automáticamente, se ponen a disposición del Consejo de Defensa provincial”.</p>
<p>Aparte del Grupo Especial de Operaciones y Socorro, que tiene alcance provincial y cuenta con 30 voluntarios, hay un Grupo Municipal de Operaciones y Socorro por cada uno de los municipios, y el de Santiago de Cuba también tiene 30 personas. Además, explica Sergio Peña, existen Grupos Comunitarios de Operaciones y Socorro, que están en cada consejo popular y oscilan entre 5 y 10 personas.</p>
<p>“Hay grupos iguales en todas las provincias de Cuba, y en estos momentos todos se encuentran localizables”, dice Peña. “Si algo sucede en Santiago, los grupos de nosotros probablemente serán afectados. Hasta puede que colapse nuestra sede, aunque mis recursos de primera instancia están guardados en un contenedor bien protegido, fuera del inmueble que ocupamos. Independientemente de la reserva que tenemos en provincia para la actuación en las primeras horas, existe un preposicionamiento de equipos e insumos en Holguín, a dos horas de aquí, que es la primera respuesta que entrará a Santiago de Cuba”.</p>
<p>El 26 de enero, cuando lo entrevistamos, el mayor Fabián Rodríguez, jefe del Destacamento Nacional de Rescate y Salvamento, con sede en La Habana, afirma que los 20 hombres designados para prestar ayuda en Santiago de Cuba ya están listos y tienen el equipamiento y el avituallamiento logístico necesario para enfrentar distintos escenarios: escapes de gas y sustancias tóxicas y reactivas, incendios, personas atrapadas bajo los escombros. Cuentan, asimismo, con el equipamiento imprescindible para que puedan subsistir por un tiempo determinado: higiene personal, alimentos, colchones para dormir, etcétera. “Cuando lleguen esos hombres a Santiago de Cuba”, dice el mayor Rodríguez, “no pueden llegar 20 problemas, sino 20 soluciones”.</p>
<p>El 26 de enero, los 20 hombres se encontraban en la Variante 2: estrictamente localizables. De aplicarse la Variante 1, en menos de un ahora deberían presentarse en la unidad.</p>
<p>“La idea es que, si ocurre un terremoto, los 20 hombres se conviertan en 400”, dice el mayor Rodríguez. “Bajo las órdenes de cada técnico de rescate, que tiene una preparación especializada superior, estarán la Cruz Roja, las FAR, las Brigadas de Producción y Defensa. A un solo técnico de rescate se le pueden asignar hasta 20 hombres. Y el apoyo no es solamente de la capital. Cada una de las provincias está preparada para apoyar en dependencia del evento que sea”.</p>
<p>No es extraño que a raíz de un terremoto colapsen las redes eléctricas y la comunicación. En semejante contexto, los radioaficionados desempeñarían un papel fundamental.</p>
<p>“Desde la madrugada del domingo se activó la red de emergencia de radioaficionados”, dice Mario Court, presidente de la Federación Nacional de Radioaficionados en el municipio Santiago de Cuba. “Aquí en Santiago contamos con un radioaficionado por cada Zona de Defensa. Esto posibilita que, si las vías principales de comunicación se interrumpen, se puedan dar a conocer, de forma rápida y segura, las orientaciones de la Defensa Civil”.</p>
<p>En la provincia hay un total de 824 radioaficionados, la mayoría de los cuales se concentra en el municipio cabecera, que tiene 423. “Tenemos un radioaficionado en el puesto de mando del CENAIS y otro en el Consejo de Defensa Provincial, más el resto que está en sus casas”, dice Mario Court. “Incluso, tenemos preparados a los municipios aledaños –principalmente Palma Soriano, San Luis, La Maya– para que puedan servir de <em>relay </em>[repetidor] si es necesario trasmitir alguna información”.</p>
<p>“En nuestro país tenemos la preparación técnica, contamos con el equipamiento requerido, estamos preparados desde el punto de vista de la conformación de estrategias para enfrentar la situación”, dice el mayor Rodríguez. “Quedaría por ver, sin embargo, si estamos preparados desde el punto de vista emocional”.</p>
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		<title>Microbrigadas</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Tomás Ernesto Pérez]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 04 Jan 2016 18:01:47 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Comunidades vulnerables]]></category>
		<category><![CDATA[vivienda]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>La historia de las microbrigadas.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right;"><em>…en cada pueblo hay su modo de fabricar, </em></p>
<p style="text-align: right;"><em>según haya frío o calor, o sean de una raza o de otra…</em></p>
<p style="text-align: right;">José Martí, “La historia del hombre contada por sus casas”</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>El 26 de julio de <a href="http://www.cuba.cu/gobierno/discursos/1970/esp/f260770e.html" target="_blank" rel="noopener">1970</a>, Fidel Castro admitía: “Sí, señores imperialistas: es difícil la construcción del socialismo”. Tan difícil que todavía hoy, 45 años después, andamos buscando la manera. Pero la construcción del socialismo no era lo único que nos desvelaba. También estaba el problema de la <em>construcción</em>, a secas. Tan difícil que todavía hoy, 45 años después.</p>
<p>Según el libro <em>Arquitectura y urbanismo de la Revolución Cubana</em> (1989), de Roberto Segre, entre 1965 y 1970 “se produce una disminución considerable de las viviendas construidas por el Estado; de más de 10.000 realizadas en 1967, se baja a 4.000 en 1970”.</p>
<p>Aquel 26 de julio de 1970, Fidel Castro aventuraba una salida: “Nosotros, tomando decenas de miles de obreros a poner ladrillos, no resolvemos. Pueden los propios usuarios en muchos lugares, bajo alguna dirección técnica, participar en la solución de estos problemas”.</p>
<p>En un país de grandes contradicciones, a nadie extraña que el nombre de una de las orquestas más exitosas, los Van Van, aluda a un fracaso. Antes que una prueba de incompetencia, la zafra del 70 –alentada por la consigna “los diez millones van”– fue una muestra de insensatez. La cohesión de todos los cubanos en la disparatada epopeya del azúcar sirvió para endulzar la derrota. En diciembre de ese año se crearon las Microbrigadas, en primera instancia, como respuesta a la situación de la vivienda. El restablecimiento de la confianza perdida podía llegar a ser un deseable efecto secundario.</p>
<p>Las Microbrigadas estaban compuestas por hombres y mujeres que abandonaban sus trabajos habituales a fin de construir viviendas para ellos y sus compañeros, quienes debían quedarse cubriendo sus funciones –el llamado <em>plustrabajo</em>– con el objetivo de que la producción no se afectara. En <a href="http://www.cuba.cu/gobierno/discursos/1978/esp/f021278e.html" target="_blank" rel="noopener">1978</a>, Fidel tendría que reconocer que “muchos centros […] lo hicieron efectivamente con plustrabajo, y otros porque les sobraba personal, lo que tenían era plustrabajadores”.</p>
<p>Una vez concluidas las viviendas, el 20 por ciento de ellas se entregaba al Estado y el resto se asignaba en asambleas de trabajadores, donde se consideraban –por orden de prioridad– méritos y necesidades. En teoría, el haber participado directamente en la construcción no otorgaba derechos especiales.</p>
<p>Los microbrigadistas continuaban cobrando en el centro laboral al que pertenecían. En septiembre de <a href="http://www.cuba.cu/gobierno/discursos/1987/esp/f160987e.html" target="_blank" rel="noopener">1987</a>, Fidel lo explicaba así: “No nos cuesta virtualmente un centavo más en salario, porque con el salario que le pagan en la fábrica trabaja allí. El Estado le reintegra a la fábrica ese salario para que la fábrica sea más eficiente en sus cálculos, en sus resultados”.</p>
<p>El total de obreros que integraban una brigada era 33, los imprescindibles para construir, en nueve meses, un edificio de cinco plantas con 30 apartamentos de dos o tres dormitorios cada uno. Una parte del equipo se solía destinar a obras sociales: escuelas, círculos infantiles, alcantarillado. Se trabajaba de 8 a.m. a 6 p.m., de lunes a sábado. Los domingos, toda la mañana.</p>
<div id="attachment_853" style="width: 410px" class="wp-caption alignleft"><a href="http://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/01/arquitecto.jpg"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-853" class="wp-image-853" src="http://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/01/arquitecto-905x1024.jpg" alt="Humberto Ramírez, presidente de la Sociedad de Arquitectura de La Habana (Foto: Tomás Ernesto Pérez)" width="400" height="452" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/01/arquitecto-905x1024.jpg 905w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/01/arquitecto-265x300.jpg 265w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/01/arquitecto.jpg 1181w" sizes="(max-width: 400px) 100vw, 400px" /></a><p id="caption-attachment-853" class="wp-caption-text">Humberto Ramírez, presidente de la Sociedad de Arquitectura de La Habana (Foto: Tomás Ernesto Pérez)</p></div>
<p>Humberto Ramírez, presidente de la Sociedad de Arquitectura de La Habana, asegura que no puede hablarse del Movimiento de Microbrigadas sin mencionar a Máximo Andión, administrador de la fábrica metalúrgica Vanguardia Socialista. “Aquella era una de las pocas fábricas que tenía una producción –si lo veíamos en una gráfica– ascendente”, dice Ramírez, “mientras que las demás estaban subiendo y bajando, o solo bajando. Fidel reparó en eso y fue a verlo. Entonces se dio cuenta de que Máximo era una persona extraordinaria, por encima de la media”.</p>
<p>La excepcionalidad le valió a Máximo que Fidel lo colocara al frente del Plan Alamar. Este reparto habanero, identificado con el Movimiento de Microbrigadas, es el mayor conjunto de vivienda social en Cuba, pero no el mejor. El premio, en cuanto a calidad, se lo lleva la Unidad Vecinal no. 1 de la Habana del Este, actual reparto Camilo Cienfuegos, realizada entre 1959 y 1961, una etapa –diría el arquitecto <a href="http://www.espaciolaical.org/contens/28/5461.pdf" target="_blank" rel="noopener">Mario Coyula</a>– en la que “los constructores todavía no habían aprendido a construir mal”.</p>
<p>Alamar contaba con un puñado de casas de antes de 1959 y con unas 400 construidas a comienzos de los 60. Era ya una zona urbanizada. Había calles, aceras, electricidad, alumbrado público y un acueducto de agua salobre que hacía de la distracción un hábito peligroso. El más leve descuido podía echar a perder una colada de café.</p>
<p>El nuevo proyecto urbano, a cargo de la Dirección de Viviendas del Ministerio de la Construcción (MICONS) de La Habana, fue concebido para 130.000 habitantes. La directiva –apunta Coyula– era precisa: recurrir “al modelo reduccionista de bloques iguales repetidos hasta el infinito […] para que cada centro de trabajo tuviese el suyo”. De ahí que Alamar semeje una gigantesca ofrenda a la monotonía. En este paraíso del <em>déjà-vu</em>, todos los caminos conducen al aburrimiento.</p>
<p>Los primeros edificios eran de cuatro plantas. En una de sus visitas diarias a Alamar, Fidel sugirió elevarlos a cinco. “No fue una buena solución”, dice Humberto Ramírez, “porque subir cinco pisos no es fácil”.</p>
<p>Cuando en 1972 le propusieron que se incorporara al Movimiento, Ramírez tenía 28 años y era profesor en la Escuela de Arquitectura. “Las zonas uno y dos de Alamar ya se habían terminado”, recuerda. “Las zonas tres y cuatro estaban en construcción, la cinco completa estaba en ejecución y la seis estaba bastante adelantada”. En ese punto –de acuerdo con Segre– existían 444 brigadas, que aglutinaban a 12.715 obreros.</p>
<p>Sin renunciar a sus clases, Ramírez asumió la dirección del departamento técnico en Alamar, al que se sumaron otros profesores y aun estudiantes. A lo largo de nuestro encuentro, insiste en que se tomaron las precauciones técnicas que exigían las obras. “Durante aquellos años, en las Microbrigadas había un control técnico riguroso. En primer lugar, había el deseo de hacer las cosas bien, que en muchos lugares se ha perdido. Era parte del ego. Cuando las personas no saben y quieren hacer el trabajo, si tú les dices cómo debe ser, lo hacen bien. Cuando empieza la autosuficiencia, o cuando a la gente le importa poco el trabajo, aunque sepa hacerlo, es que vienen las complicaciones”.</p>
<div id="attachment_854" style="width: 410px" class="wp-caption alignleft"><a href="http://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/01/excavacion-de-cisterna.jpg"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-854" class="wp-image-854" src="http://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/01/excavacion-de-cisterna.jpg" alt="Excavación de una cisterna en Alamar (Foto cortesía de Humberto Ramírez)" width="400" height="483" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/01/excavacion-de-cisterna.jpg 567w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/01/excavacion-de-cisterna-249x300.jpg 249w" sizes="(max-width: 400px) 100vw, 400px" /></a><p id="caption-attachment-854" class="wp-caption-text">Excavación de una cisterna en Alamar (Foto cortesía de Humberto Ramírez)</p></div>
<p>Ramírez no olvidará el día en que propuso que los edificios de las zonas uno y dos se pintaran del mismo color. “A mí se me ocurre que debían pintarse de blanco, y los balcones, las escaleras, de otro color, para identificarlos”, dice. “Aquello fue tremendo con los microbrigadistas. La gente me decía: ‘¡No, arquitecto, qué va!’. Uno lo quería rosado, el otro verde, el otro azul. Su sentido de pertenencia era muy fuerte y te discutían, porque, claro, se habían metido un año entero trabajando allí”. Ya por esas fechas las visitas de Fidel habían comenzado a ser semanales. En una de ellas, Máximo le comentó: “El arquitecto nuevo quiere pintar todo esto de blanco”. A Fidel la iniciativa le pareció genial. A los microbrigadistas también.</p>
<p>El rigor y el entusiasmo esbozados por Ramírez habría que atribuírselos además al momento en que todo esto acontecía. Él lo reconoce. “Esa, por supuesto, es la efervescencia de una Revolución”, dice. “En verdad, había un ambiente extraordinario”.</p>
<p>Sin embargo, lo que para algunos fue una época de esplendor, para otros –artistas, escritores, homosexuales– fueron años dolorosamente opacos. Eduardo Heras León, premio nacional de literatura, los resumió en una frase: “Aquellos días fueron una fábrica de miedo”.</p>
<p>Luego de publicarse el volumen de cuentos <em>Los pasos en la hierba</em>, al que tacharon de contrarrevolucionario, Heras León fue reubicado en Vanguardia Socialista. Alguien pensó que una fábrica metalúrgica tenía potencial como reformatorio. Aquella experiencia motivó un libro cuyo título, más que referirse al trabajo en la fábrica, hacía alusión al temple necesario para afrontar un castigo irrazonable: <em>Acero</em>. En aquel sitio, vinculado al origen de las Microbrigadas, se dio la infeliz confluencia de lo innovador y lo retrógrado. Vanguardia Socialista se convirtió en el instrumento de unas ideas que refutaban su nombre.</p>
<p>Hacia el final de la entrevista, conforme avanza en el tiempo, el relato de Ramírez cede al desencanto. “Un problema que siempre hemos tenido es que empezamos bien, pero no nos mantenemos”, dice. Lo que vino después confirmó este criterio.</p>
<p>“Vivimos bajo el imperio de la cifra”, escribe Martín Caparrós en ese prodigio que es <em>El hambre</em>. En una época fascinada por los números, parece imposible resistirse a la tentación de implantar un récord. Fidel Castro, que ya tenía en su haber el discurso más largo pronunciado en la ONU, se empeñó en construir el campamento de pioneros más grande del mundo, con capacidad para 10.000 niños en periodo de clases y 20.000 niños en verano. “En el de los soviéticos, que era el mayor entonces, solo había capacidad para 6.000 niños”, dice Ramírez.</p>
<p>La Ciudad de los Pioneros “José Martí” de Tarará significó un duro golpe para el Movimiento. “El MICONS casi no tenía fuerza de trabajo para hacer una cosa así y se cogió a la gente de las Microbrigadas, que fue lo que sucedió siempre y siempre fue un fallo. Ya no era solamente el mercado, el círculo infantil, el acueducto, el alcantarillado o la planta de tratamiento de agua, sino algo extra que nada tenía que ver con Alamar. Y ahí hubo un problema. A veces pasaban tres, cuatro, cinco meses y el edificio no caminaba porque la gente estaba trabajando en Tarará. Las escuelas, el policlínico, el centro comercial, todo eso se hacía con mucho entusiasmo porque las personas sabían que era para ellas, pero Tarará era otra cosa. Seguía habiendo el mismo espíritu del principio, que durante muchos años no se perdió, pero ya no era igual”.</p>
<p>Según el libro de Segre, para 1975 llegó a haber más de 30.000 obreros, organizados en 1.150 microbrigadas. Ese año, el Movimiento Popular para la Liberación de Angola solicitó con urgencia la cooperación militar de Cuba. El 21 de agosto, tras un contacto en Luanda ese mismo mes, el primer comandante Díaz Argüelles regresó a Angola como jefe de la Misión Militar cubana. Se enviaron instructores, fusiles, cañones antitanque, uniformes, alimento. El año próximo, hacia finales de marzo, el número de efectivos cubanos en tierra africana ascendía a 36.000.</p>
<p>“Lamentablemente”, dice Ramírez, “Máximo quiso hacer una misión internacionalista y se fue para Angola. Por él se quedó una compañera que, aunque trabajó bien, no tenía su personalidad”.</p>
<p>A partir de ahí, las desgracias se fueron acumulando. Ramírez las enumera con el tono sombrío de quien repasa las bajas sufridas en un combate. “Al irse Máximo, yo perdí un poco de interés y acabé yéndome también”, dice. “Cuando yo me fui se quedó otro arquitecto por mí, que trabajaba conmigo al principio, y se cambió completamente el proyecto urbanístico. Fue una porquería lo que se hizo. Los edificios tenían problemas. Las calles se hicieron por detrás de los edificios, en vez de ir por delante, como en cualquier lugar del mundo. Tú vas caminando y lo que ves son los patios, las tendederas. Ya no se sembró una mata ni se hicieron jardines. La urbanización es espantosa, horrible. Empezaron a fallar los materiales y, por otra parte, cuando los economistas se pusieron a calcular, la cuenta no les daba”.</p>
<p>Los detractores de las Microbrigadas se aferraron al argumento económico. Varios años más tarde, en <a href="http://www.cuba.cu/gobierno/discursos/1989/esp/f050689e.html" target="_blank" rel="noopener">1989</a>, Fidel recordaría: “Habíamos encontrado una buena solución, pero no pararon en su guerra para liquidarlas, en nombre del marxismo-leninismo, eso es lo peor; en nombre de los libros de texto y de las teorías de los libros de economía”.</p>
<p>La debilidad del Movimiento –que, según Coyula, para 1983 ya había construido 100.000 viviendas en todo el país– no dejó de crecer. Su muerte parecía impostergable. No obstante, en 1986, como parte del Proceso de Rectificación de Errores y Tendencias Negativas, fue revitalizado.</p>
<p>Prácticamente, hubo que empezar desde cero. “[N]o tenía nada”, diría Fidel en <a href="http://www.cuba.cu/gobierno/discursos/1989/esp/f300989e.html" target="_blank" rel="noopener">1989</a>, “ni un camión, ni un yipi, ni una concretera, hubo que hacerlo todo nuevo; no tenía personal calificado, no tenía profesionales universitarios, no tenía técnicos medios de la construcción”.</p>
<p>Al contrario de otros, Máximo sobrevivió a la guerra. Fidel lo llamó, habló con él. La historia, en apariencia, se repetía, y digo <em>en apariencia</em> porque no fue igual y porque no todos la vivieron igual. “Las Microbrigadas de los 80 no se parecen en nada a las de los 70”, dice Ramírez. “La gente ya no trabajaba con el amor del principio”.</p>
<p>Lucía Mirurgia Alie, microbrigadista de la nueva hornada, discrepa con él. “Se trabajaba con entusiasmo”, dice. “Cada obra se tomaba como lo que era: una tarea política”.</p>
<p>En esta segunda etapa, el objetivo no era construir viviendas en la periferia, como en los 70 –Alamar, Altahabana, San Agustín–, sino aprovechar la infraestructura urbana existente. “Se suponía que iban a realizarse proyectos atípicos en parcelas que quedaban en zonas consolidadas de la ciudad, lo cual es una buenísima idea. Pero no fueron <em>tan</em> atípicos, por la premura con que se hizo todo”, dice la arquitecta Dania González.</p>
<p>Por la misma época se crearon las microbrigadas sociales, enfocadas principalmente en la reparación de ciudadelas. Estas, a diferencia de las otras, no estaban organizadas por centros de trabajo, sino por lugares de residencia.</p>
<p>En 1987, Máximo le preguntó a Ramírez si le interesaba hacer el proyecto de un centro de exposiciones que Fidel quería construir. Ramírez dijo que sí. De este modo, se convirtió en el proyectista de Expocuba.</p>
<p>Ese mismo año, se creó el Contingente “Blas Roca”, inspirado en las Microbrigadas. En junio, Mirurgia se incorporó al Movimiento luego de haber tenido su primer hijo. En septiembre, Fidel dio a conocer en un <a href="http://www.cuba.cu/gobierno/discursos/1987/esp/f160987e.html" target="_blank" rel="noopener">discurso</a> que ya había alrededor de 18.000 microbrigadistas.</p>
<p>En febrero de 1989, entró en vigor la <a href="http://www.tsp.cu/sites/default/files/ley_no.65_general_vivienda_cuba.pdf" target="_blank" rel="noopener">Ley General de la Vivienda, no. 65</a>. Las microbrigadas, según el artículo 8, <em>podían</em> estar subordinadas a los órganos locales del Poder Popular y a una entidad constructora decidida por el Gobierno.</p>
<p>No solo se construyeron viviendas. “Hicimos círculos infantiles, postas médicas, mercados concentradores”, dice Mirurgia. “Todas las obras de choque que se realizaron en el país a partir de la creación de las Microbrigadas fueron acometidas por nosotros”. En junio de <a href="http://www.cuba.cu/gobierno/discursos/1989/esp/f050689e.html" target="_blank" rel="noopener">1989</a>, solo en la capital había ya 35.000 microbrigadistas. En <a href="http://www.cuba.cu/gobierno/discursos/1989/esp/f300989e.html" target="_blank" rel="noopener">septiembre</a>, las viviendas construidas por el Movimiento –desde 1986– superaban las 15.500 y se habían terminado más de 1.550 consultorios médicos, 111 círculos infantiles y 22 panaderías. Hay que añadir, además, su presencia en Expocuba, en las obras de los Panamericanos, y la realización de escuelas, terminales de ómnibus, policlínicos.</p>
<p>En noviembre de 1989, cuando miles de cubanos se afanaban en levantar paredes, los berlineses echaron abajo el Muro que separaba Alemania. Las consecuencias fueron devastadoras para Cuba. En <a href="http://www.cuba.cu/gobierno/discursos/1992/esp/f051292e.html" target="_blank" rel="noopener">1992</a>, Fidel decía: “Sí, sufrimos enormemente por todos los programas que hemos tenido que reducir muchísimo, sufrimos enormemente por todas las cosas que nos proponíamos hacer, sobre todo para el bienestar directo de la población, como los programas de viviendas, que no podemos mantenerlos en este momento”.</p>
<p>Muchos obreros de la construcción, incluidos los microbrigadistas, terminaron en la agricultura o en “otros frentes”. “En temporada ciclónica”, dice Mirurgia, “a nosotros incluso nos cogían para hacer el trabajo de Comunales”.</p>
<p>En el Periodo Especial, un porciento considerable de los edificios que se habían empezado a construir se detuvieron y muchos centros de trabajo retiraron a sus microbrigadistas, aun en contra de la dirección del Movimiento. Mirurgia, que durante más de 25 años fue secretaria del Buró Sindical a nivel de Base en el Movimiento de Microbrigadas, explica: “En 2006 o 2008, no recuerdo bien, nos propusimos volver a levantar las Microbrigadas para tener fuerza de trabajo y poder terminar los edificios que se habían quedado en cimentación, primera, segunda y tercera plantas. Citamos a los directores, al sindicato y al PCC de los centros que habían retirado a sus fuerzas, para ver si no querían las posiciones que les había otorgado el Movimiento y dárselas entonces a otros centros a fin de traer fuerza nueva”.</p>
<p>A propósito de los edificios que demoran cuatro, siete, diez y hasta veinte años en construirse, Dania González, autora del libro <em>Economía y calidad en la vivienda. Un enfoque cubano </em>(1997), dice: “Esos muros, esos cerramentos, expuestos a la intemperie, a la lluvia y todo lo demás, están absorbiendo y acumulando en su masa la humedad. Cuando se termina al cabo de los años, el edificio nace con un cáncer”. La Habana –tan llena de edificios viejos roídos por la metástasis y de edificios nuevos que nacieron enfermos– es un enorme salón de oncología.</p>
<p>Por motivos de salud, Fidel delegó en Raúl Castro la dirección del país el 31 de julio de 2006, y en febrero de 2008, por las mismas razones, renunció a la presidencia de Cuba. El 24 de ese mes, en la VII Legislatura de la Asamblea Nacional del Poder Popular, Raúl fue elegido presidente de los Consejos de Estado y de Ministros.</p>
<p>El sexto Congreso del Partido Comunista de Cuba aprobó en abril de 2011 los Lineamientos de la Política Económica y Social del Partido y la Revolución. El 21 de septiembre, la sección “Acuse de recibo” de <em>Juventud Rebelde</em> dio a conocer las <a href="http://www.juventudrebelde.cu/columnas/acuse-recibo/2011-09-21/gecal-explica-sus-funciones/" target="_blank" rel="noopener">funciones del Grupo Empresarial Constructor de la Administración Local</a> de La Habana (GECAL), una “nueva estructura que asume la actividad constructiva del Poder Popular” y que surgió “a partir de la fusión de las antes llamadas micros sociales, el Movimiento de Microbrigadas y varios contingentes, con vistas a imprimirles a esas fuerzas un diseño empresarial”.</p>
<p>La fusión que dio origen a GECAL, entidad a la que se subordinan varias empresas, fue el tiro de gracia a las Microbrigadas, pero no implicó que desaparecieran los microbrigadistas. Aquí había un problema. En la nueva estructura, los microbrigadistas son un lastre, algo que sobra, que está pero no debería. No son, estrictamente, obreros de la construcción, sino personas que construyen <em>para</em> obtener una casa, <em>hasta</em> que la obtengan. “Somos como un niño de teta al que soltaron y nadie quiere cargar. Como un hijo adoptivo”, dice Mirurgia. En GECAL, esa suerte de hospicio, se rehusaron a concedernos una entrevista.</p>
<p>La deuda contraída con los microbrigadistas se ha ido saldando paulatinamente. Sin embargo, aún quedan personas como Jorge Dinza, Carlos Rojas y Diana Diago, quienes siguen esperando por su vivienda.</p>
<p>El 28 de junio de 2014, bajo el título <a href="http://www.juventudrebelde.cu/columnas/acuse-recibo/2014-06-28/cumplieron-y-/" target="_blank" rel="noopener">“Cumplieron, y…”</a>, la sección “Acuse de recibo” de <em>Juventud Rebelde</em> exponía el caso de esos tres microbrigadistas, junto con el de Lucía Mirurgia. El artículo terminaba diciendo: “¿Cuánta más atención se debe prestar a casos excepcionales como estos, cuánta delicadeza para pulsar una solución más cercana a lo que esperan quienes entregaron tanto? Lucía, sin muchas alternativas, y Jorge Dinza, Carlos Rojas y Diana Diago, sin una vivienda: ese no debía ser el tratamiento”.</p>
<div id="attachment_855" style="width: 1010px" class="wp-caption alignnone"><a href="http://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/01/mirurgia.jpg"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-855" class="wp-image-855" src="http://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/01/mirurgia-1024x614.jpg" alt="En enero de 2014, a Mirurgia le asignaron una vivienda en 33 y 44, municipio Playa, pero todavía no la ha ocupado (Foto: Tomás Ernesto Pérez)" width="1000" height="600" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/01/mirurgia-1024x614.jpg 1024w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/01/mirurgia-300x180.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/01/mirurgia-1000x600.jpg 1000w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/01/mirurgia-450x270.jpg 450w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/01/mirurgia-150x90.jpg 150w" sizes="(max-width: 1000px) 100vw, 1000px" /></a><p id="caption-attachment-855" class="wp-caption-text">En enero de 2014, a Mirurgia le asignaron una vivienda en 33 y 44, municipio Playa, pero todavía no la ha ocupado (Foto: Tomás Ernesto Pérez)</p></div>
<p>En enero de 2014, a Mirurgia le asignaron una vivienda en 33 y 44, municipio Playa, pero todavía no la ha ocupado. El apartamento no cumple sus expectativas. Primero, porque tiene solo dos cuartos, insuficientes para un núcleo de siete personas. Segundo, porque las condiciones constructivas son pésimas: problemas de plomería, ventanas de aluminio pandeadas, instalación eléctrica deficiente, piso con desnivel. Ante la falta de alternativas, está dispuesta a aceptar los dos cuartos, aunque se niega a asumir la reparación que demanda el apartamento. No ocuparlo es su manera de presionar para que el Contingente 26 de Julio, a cargo de la construcción del edificio, realice el trabajo.</p>
<p>“No me parece que, después de tantos años, deba meterme en un apartamento donde es necesario seguir construyendo, cuando yo, que no soy constructora, lo que he hecho toda mi vida es construir”, dice. “Además, yo no tengo los materiales ni la capacidad económica que requieren esos materiales, ni dinero para pagarles a un albañil, a un electricista, a un plomero”.</p>
<p>Las imperfecciones no son exclusivas de su apartamento. El edificio completo –un ala más que otra– es una obra maestra de la chapucería. Virgilio Eduardo Jiménez trabajó en su construcción desde el comienzo, en 2004, hasta que se terminó, en 2014. “La falta de organización influyó muchísimo. La despreocupación. Cuando hay que terminar en dos días una cosa que realmente se lleva una semana caemos en la falta de control de la calidad”, dice. “Por otro lado, nunca entendí por qué trajeron brigadas cuentapropistas a trabajar aquí”.</p>
<p>Virgilio, que vive en el edificio, tampoco entiende por qué la mayoría de los tanques de agua eran de uso, ni el hecho de que a solo un mes de haber ocupado su vivienda la humedad tiñera las paredes. En una esquina de la azotea nunca pusieron la manta impermeabilizante. El techo del apartamento que está debajo, salpicado de grietas y manchas verdes, parece el mapa de un país ignoto.</p>
<p>Allí, todos se encuentran a la espera de que el Contingente 26 de Julio, o quien sea, solucione al menos una parte de los problemas. Por las fechas en que venía el Papa –no faltaba más– sí se encargaron de pintar el edificio.</p>
<p>“Mi centro de trabajo ya no tiene respaldo para pagarme, porque mi condición de microbrigadista desapareció en el momento en que me ‘dieron’ una vivienda”, dice Mirurgia, que aparece en la plantilla de la Dirección Provincial de Bufetes Colectivos, pero trabaja en la UEB no. 2, subordinada a la Empresa Provincial de Construcción de Viviendas Contingente 26 de Julio. “Cuando me reincorpore, la guerra para que me reparen aquello será peor”.</p>
<p>“Si le asignaron una vivienda y no la ha ocupado, es porque en realidad no la necesita”, dice Antonia Céspedes, vecina del edificio. Mirurgia, que vive en Guanabacoa, en una casita con techo de tejas y algunas paredes interiores de madera, opina que, ante todo, uno debe respetarse. “Yo estuve muchísimos años en las Microbrigadas para mejorar, no para meterme en una vivienda donde tengo que seguir desgastándome”, dice. “Bastante sacrifiqué a mi familia, mi capacitación, mi salud, para irme al final con la de trapo. Si he vivido casi 40 años en malas condiciones, ¿no puedo esperar 40 o 41? ¿Cuál es la diferencia?”.</p>
<p>Un defecto que se les acostumbra señalar a las Microbrigadas es que los microbrigadistas, cuando empezaban, no sabían construir. Al cabo del tiempo, cuando por fin habían aprendido un poco, recibían su vivienda y abandonaban el Movimiento. “Fue siempre un proceso de aprendizaje”, dice Dania González.</p>
<p>Otro problema, según Coyula, “era que las viviendas construidas no contribuían a resolver el problema del deterioro y pérdida del fondo, sino el de la cohabitación”. Las microbrigadas sociales, encargadas de restaurar, jamás tuvieron la fuerza del Movimiento.</p>
<p>En “Lo feo es como un cáncer”, el narrador y guionista de cine Arturo Arango escribe: “Lo único más feo que un edificio de microbrigadas son dos o tres edificios de microbrigadas”. De acuerdo con Dania González, no había argumentos de peso para desdeñar la estética. “La rapidez no puede ser la justificación para hacer las cosas mal”, dice. “En mi opinión, en Cuba le hemos dado poca importancia a la arquitectura. Se habla de cifras, de metas, y la vivienda es cuatro paredes y un techo. Se ha tratado de minimizar la importancia del proyecto, que es donde se gana la batalla, porque pensar cuesta menos que los recursos materiales que se vierten en la construcción. La única manera de hacer algo que cueste lo menos posible y con la mayor calidad posible es pensando, y ese es el proceso de diseño. El proyecto cuesta apenas el 10 por ciento de la ejecución de una obra”.</p>
<p>Dentro de unos 20 años, los edificios construidos en la década del 70 estarán llegando al fin de su vida útil. Dania González asegura que un edificio de hormigón armado tiene una vida útil que oscila entre 60 y 100 años, pero ya a los 60 está arribando al límite. “Los edificios de microbrigada, aunque sean de bloques, tienen el entrepiso de hormigón armado”, explica. “Lo primero que colapsan son las instalaciones hidráulicas, sanitarias, que se empotran dentro de la masa de la construcción. Está científicamente demostrado que duran 25 años. Sin embargo, como no se les da el mantenimiento requerido y no se reparan a tiempo, comienzan a filtrarse, el agua se esparce por la losa de hormigón armado y oxida el acero, se explota la losa, el acero se separa del hormigón y se destruye el material”.</p>
<p>Su larga experiencia como microbrigadista despierta en Mirurgia emociones contradictorias. “Las Microbrigadas me han lacerado la vida”, dice. “Todas las patologías que tengo hoy –bursitis, osteocondritis, hernia umbilical, problemas circulatorios– se las debo al Movimiento”. Sin embargo, esta mujer adolorida también encuentra motivos para decir: “Nosotros recordamos con nostalgia la historia de las Microbrigadas. Quedamos poquitos, pero a veces nos ponemos a recordar y decimos: ‘¿Te acuerdas? Esto no se parece en nada a aquello’”.</p>
<p>En enero de 2016, luego de 29 años en la construcción, Mirurgia se reincorporará a su centro de trabajo.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Salvador</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Tomás Ernesto Pérez]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 30 Nov 2015 13:07:59 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Comunidades vulnerables]]></category>
		<category><![CDATA[jutinicú]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Esta es la historia de Salvador, minero y campesino a quien las palabras, cuando habla, le salen despacio, como destiladas.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Apenas cuesta imaginar el <em>jeep</em> que se detiene al borde del camino, la expectación en el rostro achinado del joven que termina de acordonarse un zapato y se levanta, la tranquilidad con que ese otro joven que va en el <em>jeep</em>, muy serio, sin la sonrisa que más tarde se volverá legendaria, pregunta a quemarropa:</p>
<p>—¿Te quieres morir?</p>
<p>Tampoco es difícil imaginar el leve encogimiento de hombros que antecede a la respuesta:</p>
<p>—Pues sí, me quiero morir.</p>
<p>—Entonces súbete.</p>
<p>El escenario de este encuentro es la Sierra Maestra. El intrépido muchacho que se monta en el <em>jeep</em>, tras la insólita invitación de Camilo Cienfuegos, se llama Salvador Oduardo y tiene hoy 79 años, una esposa, ocho hijos, once nietos, cuatro bisnietos y la amabilidad suficiente para concedernos un poco de su tiempo y recibirnos en su casa, en el poblado de Jutinicú.</p>
<p>La ropa le queda tres tallas más grande y las palabras, cuando habla, le salen despacio, como destiladas. Mientras conversamos, Celeste Caballero, su esposa, desgrana unas mazorcas de maíz. Está sentada en el portal, en una silla de madera, y sostiene entre los muslos una cazuela repleta de mazorcas, en donde caen los granos que va arrancando.</p>
<p>Según nos cuenta Salvador, su abuelo chino llegó a Cuba en un barco, dentro de una caja de bacalao, y aquí se enamoró de Trina, una cubana. La pareja tuvo varios hijos, entre ellos el padre de Salvador, “una gente bruta”, “un chino cruzado” que años después abandonaría a su bebé de solo tres meses. “Mi papá me botó”, dice. “Mi mamá me crio sola. Ella cobraba por lavar, almidonar y planchar una muda de ropa, y por las tres cosas pagaban nueve kilos”.</p>
<p>Salvador, que nació en Las Mercedes, provincia Granma, en 1936, tuvo más hermanos por parte de madre y de padre. A los hermanos de la línea paterna los fue a conocer de niño, así como al padre. De no haberse interesado en ir, quizá no los habría conocido jamás. En la actualidad, algunos viven relativamente cerca de Jutinicú, en Dos Caminos; uno de ellos, incluso, lo visitó en una ocasión, aunque no ha regresado.</p>
<p>Al resto de sus hermanos los veía con cierta frecuencia, hasta que su madre falleció. Desde entonces, ha ido una o dos veces solamente. “Estoy por ir”, dice, “pero no hay posibilidad, porque se necesitan 200 o 300 pesos y no los tengo. Ellos no saben mi dirección, no saben nada. A lo mejor piensan que yo me he muerto… Pero estoy vivo todavía”.</p>
<p>A los nueve años se marchó de su casa y empezó a trabajar en una finca cerca de Las Mercedes, a fin de mantenerse y ayudar a su madre. El viejo Ramón Galán, dueño de la finca, nunca había tenido hijos y lo trató como si lo fuera. Al principio, Salvador recogía las vacas en el potrero y las llevaba al corral; luego se encargó también de ordeñarlas y de encerrar a los terneros, y trabajaba en el campo, en los cafetales, hacía el queso, lo entregaba en las tiendas, liquidaba, recogía el dinero. Cuando se volvió más fuerte y confiado, le tocó arrear mulos, cargar el café del campo para la casa, ir a la tienda a buscar provisiones, “hacerlo todo, todo”. Allí, arreando bestias y labrando la tierra, aplicado, infatigable, Salvador se hizo hombre.</p>
<p>Andaría por los 20 años cuando el <em>jeep</em> en que iba Camilo lo alcanzó y se detuvo junto a él. “Yo no me quería morir”, dice Salvador, “pero como él me preguntó así, yo le contesté así”.</p>
<p>El caso es que se montó en el <em>jeep</em> y eso, más allá de si quería o no quería morir, demuestra a las claras que estaba <em>dispuesto a morir</em>.</p>
<p>De la guerra no recuerda demasiado, pero él no recuerda demasiado de casi nada. Primero fungió como enlace, asegura, y posteriormente estuvo en las tropas. Menciona un combate en Marea del Portillo en donde el Ejército Rebelde capturó 32 prisioneros, y sobre todo habla de Camilo, de la amistad que los unió. “Yo en la guerra anduve mucho con él”, dice. “Ese era mi amigo de verdad”.</p>
<p>Ya había triunfado la Revolución cuando se cruzó en la Sierra Maestra con un equipo de geología, integrado, entre otros, por un ingeniero de La Habana y un “gallego” que bien podría haber nacido en Sevilla o Madrid.</p>
<p>—Compay, ¿no hay trabajo para mí? –le preguntó al gallego.</p>
<p>Cabe suponer que el gallego lo miró de arriba abajo, sopesándolo, antes de contestar:</p>
<p>—Búscate un machete.</p>
<p>Al inicio, “chapeaba para hacer las líneas de topografía” y cantaba de puro alegre. El ingeniero de La Habana lo escuchó un día y lo trató de convencer para que se fuera a la capital a probar suerte como cantante. A Salvador, guajiro enrevesado, le daba pena eso de cantar en público y se negó. “Yo no tenía la voz como Cándido Fabré ahora”, explica. “Para mí el canto de Fabré no sirve, con esa ronquera. Para cantar hay que tener una voz clara, bonita, que atraiga”. Insistimos en que nos cante algo, lo que sea. “A mí me da pena. No sé cantar ya”, dice. “Ya no me atrevo”.</p>
<p>Fue a parar, después, a la mina de Los Chivos. La curiosidad lo condujo enseguida hacia las máquinas de perforación soviéticas, en donde vio cómo un operador les indicaba a dos ayudantes que movieran “unos hierros” de un lugar a otro.</p>
<p>—Ven acá, chico, ¿para qué tú mandas a cambiar esos hierros? –le preguntó al operador.</p>
<p>—Para que los ayudantes no estén parados mirando.</p>
<p>“Bueno, tengo que hacerme operador”, pensó, “porque yo no aguanto que me estén mandando a trabajar por gusto”. Había, no obstante, un problema: Salvador no sabía leer, ni escribir ni sacar cuentas, y para operar las máquinas precisaba un poco de todo eso. Se acercó a un viejito al que llamaban Camay y le dijo:</p>
<p>—Necesito que me ayudes, porque para trabajar en la máquina esa tengo que hacerme operador. Yo no puedo estar de ayudante aquí mucho tiempo. Esto no me cuadra.</p>
<p>—Está bien –le respondió Camay–. Yo te voy a dar clases.</p>
<p>“Antes las cosas yo me las aprendía fácil, no había que decírmelas más de una vez”, explica. “Me las aprendía solo y aprisa. Ahora tengo mala memoria y todo se me olvida”. Al año, según él, ya podía vérsele operando las máquinas de perforación, actividad que desempeñó a lo largo de casi tres décadas.</p>
<div id="attachment_744" style="width: 1010px" class="wp-caption alignnone"><a href="http://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2015/11/salvador_jutinicu.jpg"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-744" class="wp-image-744" src="http://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2015/11/salvador_jutinicu-1024x614.jpg" alt="En Los Chivos conoció a Celeste, su esposa (Foto: Liliana Sierra)" width="1000" height="600" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2015/11/salvador_jutinicu-1024x614.jpg 1024w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2015/11/salvador_jutinicu-300x180.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2015/11/salvador_jutinicu-1000x600.jpg 1000w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2015/11/salvador_jutinicu-450x270.jpg 450w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2015/11/salvador_jutinicu-150x90.jpg 150w" sizes="(max-width: 1000px) 100vw, 1000px" /></a><p id="caption-attachment-744" class="wp-caption-text">En Los Chivos conoció a Celeste, su esposa (Foto: Liliana Sierra)</p></div>
<p>Anduvo por Moa, Ponupo, Margarita de Cambute. Su paso por El Cobre lo marcó, porque allí tuvo un hijo, pero fue en Los Chivos donde se enamoró: “Yo vi a aquella muchachona hermosa y dije: ‘¡Ay, Dios mío!’”. Celeste, la muchachona, tenía entonces trece años. “Empecé a enamorarme de ella y a enamorarla”, recuerda Salvador. “Un día le dije: ‘¡Vámonos! Después nos casamos, no te preocupes’. Y de loca se fue conmigo”. El primero de sus siete hijos con Celeste no tardó en nacer y, tras la muerte del padre de ella, se trasladaron a Jutinicú.</p>
<p>Al jubilarse, Salvador pidió un pedazo de tierra como usufructo y, durante 20 años, se consagró a trabajarla. Nacieron los nietos, el huracán Sandy se ensañó con Santiago, llegaron los bisnietos y llegaron, además, las enfermedades. “La peor enfermedad que yo tengo ahora son los años”, dice. Y agrega: “Tengo los huesos desbaratados, úlcera crónica, una hernia por dentro, no sé dónde, y el ánimo perdido”.</p>
<p>Los padecimientos, sin embargo, no son el problema, sino la causa. La desgracia de Salvador estriba en que el deterioro de su salud le impide trabajar tanto como quisiera. “Con lo que me jubilé no me alcanza para mantenerme yo, ni la vieja ni nada”, explica. “Se necesita mucho para vivir”.</p>
<p>Ahora son los hijos quienes se encargan mayormente de labrar la tierra. Salvador se ocupa de tareas no tan exigentes, como acarrear leña, no demasiada, o llevar a pastar a su ovejo. Lo conduce hasta la línea del tren, próxima a su casa, y lo amarra a un árbol. Él, mientras, se sienta a la sombra, quizá en un portal, y lo vigila. “Aquí está el ladrón que esto es lo nunca visto”, dice. “No puede uno ya ni sembrar en el campo, porque todo se lo roban, ni tener un animalito y descuidarse por ahí, porque se pierde”.</p>
<div id="attachment_742" style="width: 1010px" class="wp-caption alignnone"><a href="http://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2015/11/salvador_jutinicu-2.jpg"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-742" class="wp-image-742" src="http://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2015/11/salvador_jutinicu-2.jpg" alt="Salvador se ocupa de tareas no tan exigentes, como acarrear leña (Foto: Mónica Baró)" width="1000" height="600" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2015/11/salvador_jutinicu-2.jpg 4080w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2015/11/salvador_jutinicu-2-300x180.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2015/11/salvador_jutinicu-2-1024x614.jpg 1024w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2015/11/salvador_jutinicu-2-1000x600.jpg 1000w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2015/11/salvador_jutinicu-2-450x270.jpg 450w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2015/11/salvador_jutinicu-2-150x90.jpg 150w" sizes="(max-width: 1000px) 100vw, 1000px" /></a><p id="caption-attachment-742" class="wp-caption-text">Salvador se ocupa de tareas no tan exigentes, como acarrear leña (Foto: Mónica Baró)</p></div>
<p>En su opinión, la pena infligida a los ladrones debería ser más severa. “El otro día me llevaron de la vega seis cambutes”, nos cuenta, “porque en Holguín los venden a cinco pesos la mano. Es probable que yo sepa quién fue, porque me dijeron: ‘Fue el nieto de fulano quien te lo llevó’. Pero si voy y lo acuso, le meten una multica y entonces viene para acá, haciéndome sombra y queriéndome hasta matar. Y andaría suelto, y eso no es castigo ninguno para alguien que robe”. Su idea del castigo idóneo es diferente, diríase incluso que medieval: “A uno que robe lo que hubiera es que cortarle una mano para que no robara más”.</p>
<p>En semejante anhelo cabría advertir una reminiscencia de la etapa en que “un ciudadano que hacía cualquier cosa mudaba el cuero a planazos si los guardias lo cogían”, pero la extrema severidad de Salvador proviene asimismo de otro lugar. A Salvador, pasmosamente ecuánime, se le quiebra la voz no cuando habla del padre que lo abandonó, ni de su madre, ni de los hijos y hermanos que casi nunca lo visitan, sino cuando nos dice que, desde hace un año, apenas puede trabajar. Esta es, al menos en la actualidad, su mayor desdicha. “En la vida yo he pasado mucho trabajo y he trabajado mucho, yo no he descansado nunca, yo trabajé infinitamente”, dice, y a un hombre así, a un hombre curtido en el sacrificio, con la vergüenza intacta y obligado, por demás, a ver cómo “los muchachones de la juventud de hoy” recogen lo que no sembraron, sin largar el pellejo en la tierra, invirtiendo de la peor manera la energía y la fuerza que a ellos les sobran y que a él le han sido arrebatadas cuando aún le hacen falta, a un hombre así, quiero decir, uno debe perdonarle sus fantasías de violencia.</p>
<p><em>*Las entrevistas para este trabajo fueron realizadas por Liliana Sierra y Elaine Díaz.</em></p>
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