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	<title>Lianet Fleites &#8211; Periodismo de Barrio</title>
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	<description>Organización periodística cubana sin fines de lucro</description>
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	<title>Lianet Fleites &#8211; Periodismo de Barrio</title>
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		<title>Cubanos en el exilio: el primer voto presidencial de nuestras vidas</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Lianet Fleites]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 25 Nov 2024 16:14:46 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Comunidades vulnerables]]></category>
		<category><![CDATA[diáspora cubana]]></category>
		<category><![CDATA[elecciones Estados Unidos]]></category>
		<category><![CDATA[migrantes]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Bajante: Entre los 2.6 millones de cubanoamericanos elegibles para votar en los recientes comicios generales de Estados Unidos, algunos ejercieron este derecho por primera vez en sus vidas tras emigrar ya adultos de un país cuya Ley Electoral no permite a los ciudadanos decidir directamente quiénes los gobernarán.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Voté temprano. Temía a la larga línea en las afueras de los colegios electorales el 5 de noviembre. Sobre todo porque debía esperar mi turno con mis hijos de once y tres años de la mano. La semana de las elecciones, mi esposo viajaría fuera del país y nos quedaríamos solos los niños y yo. No podía perder la oportunidad de votar. Durante los últimos cuatro años había fantaseado con ese instante. Una fantasía que por pudor jamás compartí. Votar es de esa clase de gestos que tienden a caducar rápido, y en el imaginario del inmigrante cualquier sacrificio se mide en “inversiones”, que valen en la medida en que hagan crecer el bolsillo. Una invierte el tiempo y el cuerpo, y más tarde el dinero, siempre en función de más dinero.</p>
<p>Un par de meses atrás, apenas, me había naturalizado como estadounidense. En un mismo día evaluaron mis conocimientos sobre historia nacional y celebraron una apresurada ceremonia que nos convertía en votantes. En una pantalla, Joe Biden nos recibía como sus iguales y mencionaba sus raíces irlandesas en un absurdo intento por conectar con nuestras circunstancias diaspóricas. Luego pasaron coloridas fotos de Estados Unidos al tiempo que sonaba <em>America The Beautiful</em>. Un señor latino, de traje, asentía sin parar delante de mí mientras una voz en <em>off </em>enumeraba los privilegios de pertenecer a esta nación, constituida por “gente como nosotros”, no sé si refiriéndose por igual a los europeos llegados durante la Revolución Industrial que a los mojados cruzando por Yuma en ese momento. Al final del video, nos recordaron que una rápida forma de adquirir la ciudadanía era servir en el ejército, defender un país que no te ha acogido del todo aún pero que tendría la deferencia de hacerlo en tan solo un año a cambio de que arriesgues tu vida.</p>
<p>Yo me escondí para llorar a moco tendido en una esquina, con mucha vergüenza por lo patética que lucía. La ceremonia de juramentación me recordaba mi verdadera categoría: la de perro sin casa que vaga por los patios, flaco, con un pelaje curtido a golpe de intemperie y aguacero. Cuba empezaba a ser ese sitio remoto al que una no sabe bien cómo extrañar ni evocar. Vivo en Atlanta, Georgia, desde hace cinco años. No tengo ninguna comunidad, ni red de apoyo, ni espacio donde mi identidad se reafirme. Estoy lo suficientemente lejos de Miami como para no sentirme una <em>outsider</em>, y lo suficientemente dentro del sur americano como para no sentirme una <em>outsider</em>. ¿Qué exactamente me estaba dando o devolviendo la nueva condición de estadounidense?</p>
<p>Una amiga de Miami me dijo que estaba loca por hacerse ciudadana, que qué rico, no tendría que enseñar más, en ninguna parte, el asqueroso pasaporte cubano; sería una americana de verdad, y sería libre. Mi amiga no ha salido del país desde que llegó, ni siquiera de Florida, y no sé en términos prácticos qué ventajas le reporte el nuevo pasaporte más allá de viajar sin necesidad de visados. En cualquier caso, supongo que es algo que también opera en el plano de lo simbólico, como mi anhelo de votar por un presidente.</p>
<p>La <a href="http://media.cubadebate.cu/wp-content/uploads/2017/06/Ley-No.-72-de-29-de-octubre-de-1992-%2525E2%252580%25259CLey-Electoral%2525E2%252580%25259D.pdf" target="_blank" rel="noopener">Ley Electoral de Cuba</a>, aprobada el 29 de octubre de 1992, solo permite al ciudadano cubano votar y ser votado en la constitución de Asambleas Municipales, el nivel inferior dentro de los tres que constituyen los órganos del Poder Popular. El presidente del país es elegido por los miembros de la Asamblea Nacional, y el cargo deberá asumirlo uno de los diputados de esta instancia. Es decir, se trata de un sistema inalterable, que lejos de permitir la participación directa del pueblo en la construcción de gobierno, lo neutraliza. Entonces, cuando votamos fuera de Cuba por un presidente, por primera vez, es también nuestra primera relación con el sufragio general, con la construcción de democracia, con la pertenencia a una nación o a una voluntad colectiva.</p>
<div id="attachment_14762" style="width: 1034px" class="wp-caption alignnone"><img fetchpriority="high" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-14762" class="size-full wp-image-14762" src="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2024/11/Elecciones-estados-unidos.jpg" alt="Una puerta negra de doble hoja con detalles clásicos está decorada con dos coronas de flores amarillas secas. Un cartel en el centro aboga por &quot;PROTECT ABORTION RIGHTS&quot; y solicita votar &quot;YES&quot; en la Proposición 1, con la fecha &quot;NOV 5TH&quot;. Una calabaza es visible en la esquina inferior izquierda. (Foto: Ismario Rodríguez / Periodismo de Barrio)." width="1024" height="768" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2024/11/Elecciones-estados-unidos.jpg 1024w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2024/11/Elecciones-estados-unidos-300x225.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2024/11/Elecciones-estados-unidos-800x600.jpg 800w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2024/11/Elecciones-estados-unidos-768x576.jpg 768w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2024/11/Elecciones-estados-unidos-80x60.jpg 80w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2024/11/Elecciones-estados-unidos-810x608.jpg 810w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /><p id="caption-attachment-14762" class="wp-caption-text">La defensa de los derechos reproductivos se hace visible en este cartel colocado en una puerta decorada para el otoño. Un recordatorio del impacto local de las decisiones políticas en las elecciones. (Foto: Ismario Rodríguez / Periodismo de Barrio).</p></div>
<h4>Marelis*: “Si estoy viviendo acá, lo menos que puedo hacer es votar”</h4>
<p>Acá en Nueva York te asignan un área para votar temprano, y así evitan aglomeraciones. La mía estaba bien cerca de mi casa, en una escuela. Vivo en Manhattan, y llevo once años en este país. Me hice ciudadana para poder votar en las elecciones porque, ya que estoy aquí, lo menos que puedo hacer es votar. No solo es mi derecho cívico o una responsabilidad, también es un <em>duty</em>, es lo que debe hacer todo ciudadano.</p>
<p>Al llegar, encontré voluntarios en cada esquina señalándome el camino. Había carteles en las paredes y el piso con la frase <em>“</em><em>Vote Here</em>”, todo muy bien organizado. Entré por las puertas dobles, típicas de invierno, y desde ahí todo fluyó muy bien.</p>
<p>El proceso fue directo: en el gimnasio de la escuela había varias mesas con dos personas en cada una, equipadas con iPads para chequear la información. Me registré mostrando mi identificación, firmé digitalmente y recibí mi boleta dentro de un <em>folder</em> para garantizar el anonimato. La boleta era larga, de dos caras, y contenía tanto a los candidatos como propuestas estatales, también legislación que debía aprobarse o no en el <em>county</em>. Me tomé mi tiempo para leerla con calma, ya que quería asegurarme de votar con conciencia.</p>
<p>No era mi primera vez votando en elecciones generales, aunque sí en las de Estados Unidos. Antes de llegar a este país viví ocho años en Canadá. Una de las cosas que más me sorprendió en Canadá fue la cantidad de opciones disponibles en la boleta electoral. Podías encontrar desde los partidos más conocidos hasta opciones como el Partido Comunista, lo que reflejaba una diversidad increíble. Sin embargo, al votar en Nueva York, me impactó la falta de alternativas. Además, algo que me llamó la atención del proceso electoral aquí es que, para votar, no solo tienes que registrarte como votante, lo cual me parece razonable, sino que también debes afiliarte a un partido político: demócrata, republicano o independiente. Para mí, esto representa una falta de libertad de expresión. Yo no quiero sentirme obligada a asociarme con ninguna de estas opciones. Preferiría mantenerme independiente y participar en discusiones abiertas y educadas sobre temas importantes, sin sentirme identificada con un “bando rojo” o un “bando azul”. Eso me resultó bastante chocante.</p>
<p>Al final, yo sí creo que todos los votos cuentan, y esto es algo que he compartido con muchas amistades. Después de estas elecciones, que han sido un verdadero desastre, independientemente de si hablamos de la izquierda o la derecha, queda claro que ninguno de los candidatos tiene una agenda coherente para abordar los problemas que enfrentamos como sociedad y como país. Por eso animé a varias amistades a votar, incluso cuando me decían: “No voy a votar porque ninguna de las dos opciones me representa”, mi respuesta siempre fue: “Precisamente por eso debes votar. Hazlo por el que menos te desagrade”. Ejercer tu derecho al voto es lo mínimo que puedes hacer como ciudadano.</p>
<p>Y voté por Kamala, aunque no fuera una decisión ideal. Mi conciencia simplemente no me permitía votar por Trump. Reconozco que ningún candidato es completamente bueno o malo; todos tienen políticas con aspectos positivos y negativos. Sin embargo, como mujer, no podía apoyar a alguien con un historial tan misógino. Después de tantos años de lucha por derechos e igualdad, no me parecía coherente votar por alguien que no prioriza el bienestar de personas como yo. Al final, mi voto por Kamala fue más bien una elección pragmática ante la falta de opciones.</p>
<h4>Cristina*: “<em>Always do the right thing</em>”</h4>
<p>Me llamo Cristina Hernández y tengo 37 años. Vivo en Estados Unidos desde hace ocho. Resido en el estado de Georgia y voté en el condado de Paulding. Mi esposo y yo fuimos a votar el último día, a última hora, como a las 6:30 de la noche.</p>
<p>Para mi sorpresa había una fila bastante larga pero se movía relativamente rápido debido a la organización y al grupo de voluntarios que trabajaron en el lugar. La votación fue en la que solía ser la escuela secundaria de mi hija mayor. Me llamó la atención el gran cartel de la entrada que recibía a alumnos y visitantes, decía “<em>Always do the right thing</em>”. También me llamó la atención otro que invitaba a los votantes mayores de 65 años y/o con discapacidad a no hacer la fila y pasar adelante.</p>
<p>Me pareció sencillo el sistema y agradecí que no me pidieran prueba de ciudadanía o alguna otra cosa porque solo llevaba mi licencia de conducir como identificación. Me sentí contrariada por el cartel de “<em>Always do the right thing</em>” porque no estaba segura de si hacía lo correcto, pero de todas formas quedarme en mi casa sin ejercer mi derecho al voto no era correcto. Esta fue mi primera vez votando no solo en Estados Unidos sino en la vida. En Cuba nunca hice el paripé, y si lo hice fue porque era “mandatorio” y mi memoria lo bloqueó como mecanismo de defensa. Odio que me obliguen a hacer cosas. La noche de la votación no dormí, la ansiedad me comía. Lo mismo me pasó con las pasadas elecciones en Venezuela, aunque sabía el resultado de antemano.</p>
<p>Sin embargo, no sentí que votar fuera algo trascendente. Quizás porque tengo todavía arraigada la idea de que un palo no hace monte. Sentí que cumplía más bien con un deber. Estuviera votando o no por la persona correcta, ir y echar mi voto es una forma también de luchar contra dictadores.</p>
<h4>Karina*: “Sabía que mi voto no haría la diferencia”</h4>
<p>Tengo 27 años y llevo ocho viviendo en Estados Unidos. Vivo en Nueva York y voté durante el período de voto anticipado. Fue alrededor de las 7:00 p.m., cuando fui a recoger comida y noté que al lado, en la biblioteca, había un lugar de votación. Como siempre estoy ocupada, decidí aprovechar la oportunidad.</p>
<p>No había mucha fila, solo dos personas delante de mí. El proceso fue sencillo: di mi nombre y mi identificación, y me entregaron la boleta. Como era mi primera vez votando, me explicaron cómo hacerlo. Incluso sonaron una campanita para celebrarlo, lo que hizo que la experiencia fuera muy agradable.</p>
<p>En la boleta no encontré nada inesperado. Estaban los candidatos Kamala Harris, Tim Walz, Donald Trump y JD Vance. También había una propuesta para incluir varios derechos en la Constitución de Nueva York, como evitar la discriminación por sexo, credo, religión y género, además de proteger el derecho al aborto.</p>
<p>¿Sabes qué?, no tenía grandes expectativas sobre cómo me sentiría ya que, al vivir en Nueva York, sabía que el impacto de mi voto no iba a hacer la diferencia. Tal vez si estuviera en un estado <em>swing</em>… pero no sentí nada extraordinario.</p>
<p>Después de votar, llevé mi boleta a la máquina, donde pude ver cómo el número total de votos incrementaba al insertar la mía. Todo el sistema me pareció muy simple.</p>
<p>Al final, recibí mi <em>sticker,</em> recogí mi comida y regresé a casa para disfrutarla. Por último, estoy de acuerdo en revelar mi voto presidencial siempre y cuando mi nombre no se mencione: voté por Kamala Harris y Tim Walz.</p>
<div id="attachment_14761" style="width: 1034px" class="wp-caption alignnone"><img decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-14761" class="wp-image-14761 size-full" src="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2024/11/Harris-Walz-2024.jpg" alt="Una calabaza tallada con un diseño minimalista descansa sobre un escalón junto a una barandilla negra de hierro forjado. En el fondo, una ventana muestra un cartel electoral azul con los nombres &quot;HARRIS WALZ&quot; en blanco, sobre una pared de ladrillos rojizos. (Foto: Ismario Rodríguez / Periodismo de Barrio)." width="1024" height="768" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2024/11/Harris-Walz-2024.jpg 1024w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2024/11/Harris-Walz-2024-300x225.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2024/11/Harris-Walz-2024-800x600.jpg 800w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2024/11/Harris-Walz-2024-768x576.jpg 768w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2024/11/Harris-Walz-2024-80x60.jpg 80w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2024/11/Harris-Walz-2024-810x608.jpg 810w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /><p id="caption-attachment-14761" class="wp-caption-text">Una calabaza tallada con un diseño minimalista descansa sobre un escalón junto a una barandilla negra de hierro forjado. En el fondo, una ventana muestra un cartel electoral azul con los nombres «HARRIS WALZ» en blanco, sobre una pared de ladrillos rojizos. (Foto: Ismario Rodríguez / Periodismo de Barrio).</p></div>
<h4>María de Jesús: “No había asimilado lo que significa votar”</h4>
<p>Tengo 39 años. Los últimos cinco los he vivido en Florida. Voté en el Recreation Center de West Miami, el 5 de noviembre. Llegué como a las 7:30 a.m., antes de ir al trabajo. Había unas 10 personas en la fila, pero todo fue muy rápido y organizado. A pesar de ser mi primera vez votando, el proceso fue fácil de entender. La mayoría de los trabajadores eran personas mayores, muy amables y dispuestas a ayudar.</p>
<p>Fue una experiencia sencilla, aunque me sentí extraña y al mismo tiempo emocionada por ejercer mi derecho al voto. No tenía grandes expectativas, ya que estos últimos cinco años han pasado muy rápido y no había tenido tiempo de asimilar la responsabilidad que implica votar.</p>
<p>Ese día esperé los resultados con un poco de entusiasmo. Y sí, voté por Trump.</p>
<p style="text-align: center;"><strong>***</strong></p>
<p>Llegué temprano en la mañana al área de votaciones de Grant Park, en el sureste de Atlanta.</p>
<p>Junto a seis estados más y al distrito de Omaha, en Nebraska, Georgia es uno de los llamados <em>swing</em> <em>states</em> o bisagras. Mi voto contaría dentro de ese conjunto de determinaciones ciudadanas que ubicaría, o no, a uno de los candidatos en la Casa Blanca. En el centro de votación expliqué que era mi primera vez eligiendo un presidente, pero no solo uno estadounidense, sino un presidente cualquiera, de cualquier parte, de cualquier signo político, de cualquier género. Sin embargo, las personas se mostraron entre contrariadas y asombradas, como si estuviesen ubicando a Cuba en algún mapa mental, o conectando mis palabras con algún relato vago del que escribieron, probablemente, un ensayo durante sus años de <em>high school</em>.</p>
<p>Enfrentarme a una boleta electoral, en comicios generales, era una respuesta —la mía— a ese discurso que invalidaba cualquier construcción de democracia fuera del proyecto socialista de la Revolución cubana. Hacerlo, en Estados Unidos justamente, era un acto de disenso por naturaleza, cuya trascendencia pudiera entenderse para nosotros como un ejercicio de vaciamiento, más que de beligerancia contra el castrismo. Era la ruptura cívica con el pacto anterior, resignificar mi lugar como ciudadana, más allá del candidato que eligiera en el nuevo territorio.</p>
<p>Esperé los resultados echada en la cama junto a mis niños, que dormían impasibles. Sus rostros se iluminaban tenuemente por el brillo de la pantalla de mi teléfono. Al filo de las dos de la madrugada me ovillé junto a ellos, azorada. Y es quizás ese azoro el nuevo lugar al que ya pertenecemos, sin habernos dado cuenta.</p>
<p>*<em>Los nombres de las personas entrevistadas han sido cambiados a petición suya para proteger su identidad.</em></p>
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		<title>Sucumbir</title>
		<link>https://periodismodebarrio.org/2020/03/sucumbir/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Lianet Fleites]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 31 Mar 2020 13:39:43 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[COVID-19]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El estado de angustia que se extiende con la curva será, para quienes se escapen del contagio, otra forma del contagio. </p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>El día que Zammys Jiménez se fue de Atlanta apenas se registraban 7 pacientes contagiados de Covid-19 en el condado de Fulton y 121 en todo el estado de Georgia.</p>
<p>Nos la pasábamos calculando riesgos, repasando el itinerario del día anterior, inventariando cada superficie que rozábamos. Leíamos las actualizaciones del Centro para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC por sus siglas en inglés). Escuchábamos a Trump  contradecir las predicciones de Anthony Fauci y asegurar que la epidemia “se reduciría casi a cero”. Sucumbimos.</p>
<p>El primer caso en todo el estado declaró haber tomado el metro. Procuramos evitar el transporte público desde entonces. Nuestra contingencia, atravesada por un impulso maniático, fue temprana. Aun así, ella desarrolló todos los síntomas.</p>
<p>Zammys tiene 29 años pero padece un cuadro crónico de asma. Llevaba 15 días febril, con tos seca y la garganta irritada. A esas alturas ya el coronavirus la habría asfixiado, pensábamos, pero ¿dónde acaba una faringitis y empieza un virus capaz de taladrarte los pulmones? ¿Cómo asegurar un diagnóstico sobre otro? Y, lo más desconcertante, ¿cuál es el lugar de una turista cubana, incapaz de costearse una consulta, en uno de los sistemas de salud más costosos e inaccesibles del mundo?</p>
<p>Una semana antes de la fecha prevista, Zammys tomó un avión vacío de Delta Air Lines. El lunes 16 de marzo llegaría a La Habana, donde permanecían bajo tratamiento, en las salas del Instituto de Medicina Tropical Pedro Kourí (IPK), los únicos cuatro casos positivos a la Covid-19 de todo el país.</p>
<p>No quiso abrazar a su marido. No se detuvo en la casa de sus padres (considerados dentro de los grupos de riesgo). Desempacó, con un nasobuco amarrado a la cara, y corrió a la sala de urgencias del Hospital Militar Comandante Manuel Fajardo Rivera, de Santa Clara.</p>
<p>“En el avión venía pensando que el virus tiene una fase de incubación larga, y que incluso sin síntomas podemos transmitirlo. Me dije: ahora mismo puede que tenga algo letal conmigo, que no solo me va a matar, sino también a la gente que quiero y a desconocidos que estén expuestos. Tenía el chance de cambiar eso.</p>
<p>”Cuando decidieron ingresarme pensé que sería lo mejor. Los médicos sí estaban en una situación de alarma. El pueblo no, pero ellos (el personal de Salud) sabían que no era algo ligero.</p>
<p>”En la sala de observación a pacientes sospechosos de Covid-19 tuve por primera vez tranquilidad. Hay un punto en que la situación se les va de las manos a los sistemas de salud, las infraestructuras colapsan, sin embargo, en ese momento, la atención sanitaria en Cuba era de primera”.</p>
<p>Zammys es músico profesional. Lidera desde hace más de un año la banda de rock Los locos tristes, donde también es vocalista y compositora. Durante el tiempo del ingreso le permitieron tener su Q-Chord, una herramienta llena de obturadores, teclas y botones giratorios que en ocasiones utiliza para hacer música.</p>
<p>“Una muchacha de 22 años, madre de dos hijos, me pidió que tocara algo, que aquello estaba muerto. Sonreí y le dije que no era exactamente un instrumento musical. Me preguntó entonces si yo era o no músico. Porque si era de verdad cantante, debía cantar algo, alegrar un poco aquel ambiente”.</p>
<p>Una de las pacientes tomaba el café que sus familiares le habían llevado.</p>
<p>“¡Nos ofrecía a todas! ¡Que tomáramos de su jarro, que ella no tenía nada, decía!”.</p>
<p>Tanto la comida como cualquier objeto personal, los familiares debían entregárselos a los guardias de seguridad. Estos, protegidos con guantes y nasobucos, los llevaban hasta la enfermería, de ahí las enfermeras les alcanzaban las pertenencias o el alimento a los pacientes.</p>
<p>“Nos medían la temperatura y auscultaban al menos dos veces al día, aunque no reportáramos fiebre o febrícula. El nasobuco debíamos cambiarlo cada dos horas; la ropa de cama y nuestras batas, diariamente. El desayuno, las meriendas, el almuerzo y la comida llegaban puntuales, eran bastante buenos, bien elaborados.</p>
<p>”El piso se limpiaba hasta dos veces por día con agua clorada. Todas éramos mujeres. La mayoría superaba los 45 años. Un día ingresaron a toda una familia bajo sospechas de coronavirus. Entre ellos había una anciana con senilidad o algo por el estilo y la llevaron a una sala de cuidados especiales.</p>
<p>”Estábamos en un lugar amplio de dos cubículos separados por una pared. Seis camas en uno y nueve en otro, con buen espacio entre ellas. Recuerdo que dos mujeres resultaron positivas y las trasladaron a una sala especial para comenzar sus tratamientos”.</p>
<p>El test para determinar si existe presencia del virus en el organismo no se aplicó inmediatamente en todas las pacientes ingresadas desde el 16 de marzo hasta el 20.</p>
<p>“Debías reportar más de un síntoma. Ellos te observaban los primeros días y, al menos en mi caso, si el cuadro permanecía así, no me aplicarían la prueba. Para ese tiempo solo me quedaba la tos seca y fuerte. Sin embargo, les insistí. Uno de mis amigos en Atlanta empezó a presentar el mismo cuadro que yo, fue entonces cuando llamé a los doctores y les expliqué el riesgo que había”.</p>
<p>Hasta el mediodía del 20 de marzo, Zammys no sabría los resultados del examen.</p>
<p>“Una de las pacientes dijo que era misionera. Estaba muy alterada. Mandó a pedir una biblia. En algún momento me preguntó cómo podía estar tan serena a la espera de un resultado como ese. Le dije que mi mayor temor era enfermar a los míos, perderlos. Pero siendo yo, y al estar ahí, ingresada, no sé, esos miedos se disipaban.</p>
<p>”Por las mañanas, una doctora daba el parte de la situación en el país y de la evolución de nosotras. Vi a todos dentro de aquel hospital en función de la epidemia, no solo a los médicos y enfermeras, también a los técnicos, el personal de limpieza y mantenimiento”.</p>
<p>Zammys se bañó dos veces después de que resultara negativa a la Covid-19. Antes de salir de alta y al llegar a su casa.</p>
<p>Hoy, Villa Clara posee 26 de los 170 casos, lo cual representa el 15,2 %.</p>
<p>Como cualquier cubano, Zammys debe —aunque se resista— salir de su casa, romper el confinamiento, hacinarse en ocasiones. Debe acomodar un nasobuco artesanal en la mitad de su cara y hacer fila con cien rostros, tan espantados como el suyo, hasta alcanzar un galón de cloro o arroz o jabones. La serenidad se le está yendo con igual velocidad en que crece la curva para ilustrar la estela del virus en Cuba. “No hay comida y el Estado no tiene recursos, lo han dicho en la televisión”, me ha escrito.</p>
<p>Si algo ha revelado el virus es que la forma y textura del pánico no es excluyente, del mismo modo en que él mismo no lo es. Se sucumbe de un modo idéntico en cualquier estrato social, eje ideológico. Hemos visto el horror de Occidente y también su fragilidad. Entre otras muchas lecciones que se pudieran articular después de este virus, creo que ha desdibujado las fronteras de cualquier territorio (geográfico, mágico-religioso, político, ético) y ha dado un espaldarazo a etnocentrismos y supremacismos (territorios también).</p>
<p>El estado de angustia que se extiende con la curva será, para quienes se escapen del contagio, otra forma del contagio. Nadie escapa.</p>
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		<title>Los límites de la alucinación</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Lianet Fleites]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 12 Sep 2017 15:14:21 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Desastres naturales]]></category>
		<category><![CDATA[Irma]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Camajuaní está ubicado a treinta kilómetros aproximadamente de Caibarién, que es decir a treinta kilómetros de la zona donde el sábado 9 de septiembre tocó tierra el ojo del huracán Irma.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>A mis vecinos de la esquina se les cayó la casa. No era, lo que se dice, una casa mala.</p>
<p>Digo, una tiene un techo tembloroso o paredes reventadas por la humedad, una tiene un techo apuntalado o paredes con tantas hendijas como un harapo, una sabe que su casa es mala, y una sabe que ante el más inofensivo soplo debe recoger sus dos o tres pertenencias y recogerse, de paso, a sí misma. Llamémosle la cara garante del desamparo. Lo inseguro como única pregunta y única respuesta.</p>
<p>El punto donde la lógica se encorva viene con ese medio camino de casi todas las viviendas cubanas. Esa criatura obscena con dos extremidades de hormigón; y la cabeza, todavía, de teja y madera. El tipo de casa de la que hablo es un atlas que recoge la historia económica de quien la habita. Pero la historia económica de la mayoría de los cubanos se cuenta a retazos, uniendo migas, restos. Una casa de finales del XIX puede tener, en Cuba, un baño revestido con tres tipos de baldosas modernas, carpintería de aluminio, rejas que resguardan ventanas y puertas, y una planta interior perforando el espacio que ha cedido, gentil, el puntal.</p>
<p>La pérdida, en esos casos, provoca un estado de indefensión solo soportable desde la desconfianza. Me refiero al “esta casa aguanta”, “ ¿tú ves esa pared de la sala? Está reforzada de hace un mes”, “aquí he pasado todos los ciclones y sigue intacta”, “únicamente el ojo, y no vamos a ser tan fatales”, “el techo tiene <em>tabla e palma</em> y tejas francesas que encajan entre sí como un <em>puzzle</em>”, “¡es el golpe de viento que nos jode por ese costado!”, “¡dale a amarrar las dos ventanas que mira cómo traquetea el marco!”, “yo oí en el parte que era una bestia, pero tú, como siempre, con la rezongadera, no quisiste salir de aquí”, “¡esto es lo nunca visto, santo dios bendito!”, “¡métete en el baño y tranca la puerta, coño!”, “¡qué televisor, ni qué ropa!”, “¡ay madre mía! ¡ese trastazo fue la solera de la sala al seguro!”, “¡nos la levantó completica!”, “¡allá afuera no quedó títere con cabeza!”, “¡nos desgració!”, “ahora que está calmo, con cuidado, abre la puerta y asómate”.</p>
<p>Entonces una hurga en la papilla y encuentra un trozo de cartón del escaparate, astillas del reloj de pared, la cabeza estrangulada del ventilador y esa agua pastosa inyectando toda la materia. Entonces a una no le queda de otra que desconfiar. Desconfiar de la forma burlona del colchón, que simula un cadáver inflamado después del ahogamiento. Desconfiar de la cablería que cuelga del falso techo, porque las salas no lucen así, como una extremidad que se corta de tajo dejando al aire tendones y ligamentos. Tu historia económica triturada por un molino. Llamémosle la cara más espinosa del confort: ese estado impreciso donde, de perder, se pierde mucho. Y ese mucho, no es opulencia. Donde hay fortuna y donde hay miseria total las pérdidas por ciclones se asumen mejor por razones tan opuestas que terminan conectándose en el mismo principio de la superación. El mucho que menciono funciona por acumulación de sudores. Funciona por resistencia ante la necesidad, ante el hambre, ante el abandono, ante la poca o ninguna suerte, ante el rezago civilizatorio. Por tanto, es la peor de todas las pérdidas.</p>
<p>Camajuaní está ubicado a treinta kilómetros aproximadamente de Caibarién, Villa Clara, que es decir a treinta kilómetros de la zona donde el sábado 9 de septiembre tocó tierra el ojo del huracán Irma. Es un pueblo marchito, sin costa ni avenidas anchas. Hay edificios descascarados que a golpe de costumbre una empieza a encontrarlos bonitos. La mayoría de las viviendas, en Camajuaní, son el somatotipo de obreros que dibujan, cortan, cosen y empalman las partes de un zapato dentro de un taller. Por tanto, tienen esa clase de riquezas que surgen por acumulación de sudores. Casas-engendros que se levantan de a poco: un día esta pared y, en tres meses, la tapia y la cisterna. Después del desastre, han emparapetado un cuarto con las tejas sanas y vuelto al inicio: prepara, monta setenta u ochenta pares en la horma, clava las puntillas para que fije, coloca los ojetes, remacha, una y otra vez. Una y otra vez.</p>
<p>A diferencia de Caibarién, donde el fondo habitacional quedó verdaderamente lastimado, en Camajuaní no hay comunidades periféricas con viviendas achacosas; por tanto, no habrán demasiadas familias vagando de albergue en albergue durante décadas. Por supuesto, esta relación entre un pueblo y otro es injusta: a Camajuaní no lo azotó la pared lateral del ojo, tampoco tiene Camajuaní un barrio llamado La Picadora, con 112 familias hacinadas en un número reducido de ranchos ilegales –lo cual, tal vez, lo dificulte todo ante los ojos oficiales del Estado-. No tiene el mar, ni las casitas de tablas en hilera que bordean esa frontera de agua salada.</p>
<p>En Camajuaní hubo derrumbes, balcones arrancados de cuajo. La saña del viento pasó factura contra todo lo que estuviera poco resguardado. Cayó el Cosmopolita, un hotel abandonado de principios del siglo XX. Clausurado hace treinta años, siendo eludido en la ruta de todos, cualquiera pensaría que hay cierto refinamiento, cierta elegancia, en eso de caer a solas. Hacía pocos meses que el MINTUR lo había declarado oficialmente como parte de las obras de restauración que se acometerían en la zona central. A la escala Saffir-Simpson el gobierno le debe la demolición. Lo mismo con la Biblioteca Pública, un costado de la Casa de Cultura, la fachada del museo municipal, el techo del único e inactivo cine, laterales de la tabaquería, la librería, y tantos otros que escapan a mi inventario.</p>
<p>La emisora local informó que el 80 por ciento del servicio eléctrico en la provincia se encuentra afectado, que ya existen brigadas operando, que hay zonas lógicamente priorizadas como los servicios de salud y las fábricas productoras de alimentos. Pero la gente del pueblo habla. Habla sin parar, de cualquier cosa. Fabula. Dicen que no vendrá la luz en meses. Te atraviesan las pupilas y el tímpano, en ese performance de los desesperados, y te dicen “prepárate”, “ahora es que se pone malo esto”, “no quedó piedra sobre piedra en El Santo, Isabela, La Sabana, Juan Francisco, ni en ninguno de los hoteles de la cayería norte”, “sin luz no se prenden las turbinas, y sin turbinas no hay agua, y sin agua no hay comida que sembrar, ni bestia que cebar”. Y en ese silogismo tenebroso una escucha, o imagina que escucha, de una voz herida por la frecuencia modulada “que en algunos circuitos de Santa Clara se reestableció el fluido eléctrico”, y una cree, con total cabalidad, que vive no en Camajuaní, ni en Caibarién, sino en los límites de la alucinación.</p>
<p>En un arrebato de lucidez, mi madre ha hervido todas las carnes que guardábamos en el congelador. Ha dicho que así aguantan la semana. Que ya veremos después, cuando se acabe el gas y el agua. Y que una debe guapearse lo suyo y no esperar porque nadie te resuelva la vida. Y apagó la radio. Y le sopló el polvo a San Judas.</p>
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		<title>La invención de la soledad</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Lianet Fleites]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 13 Feb 2017 12:54:54 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Economía e industrias]]></category>
		<category><![CDATA[Reestructuración de la industria azucarera]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El verdadero desarme del Central Carmita ocurrió en un plano inconsciente.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right;"><em>A Laura Rodríguez Fuentes, que regresa.</em></p>
<h2><em> </em>I. <strong>Prólogo</strong></h2>
<p>Veinte personas aguardan bajo dos o tres manchas de sombra. Yo soy una de ellas. Ninguna de las veinte personas sabemos qué esperamos, es decir, queremos desplazarnos, pero no hay certezas de que eso ocurra. Es la parada del Crucero.</p>
<p>Carmita tiene ese sol rapaz. Tiene el silencio. Tiene el estoicismo de todas las ruinas.</p>
<p>Un grupo se desprende del resto y abandona la parada. Echan a andar hasta el batey, son siete kilómetros.</p>
<p>—Testigos de Jehová. Van a predicar a Carmita –señala con el dedo una mujer vieja.</p>
<p>Esta es una historia sobre la soledad.</p>
<h2><strong>II. Sobre el tiempo de antes</strong></h2>
<div id="attachment_1985" style="width: 1008px" class="wp-caption alignnone"><img decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-1985" class="wp-image-1985 size-full" src="https://www.periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/02/Ruinas-de-la-casa-que-perteneció-al-presidente-Gerardo-Machado.jpg" alt="Ruinas de la casa que perteneció al presidente Gerardo Machado, en Carmita (Foto: Lianet Fleites)" width="998" height="660" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/02/Ruinas-de-la-casa-que-perteneció-al-presidente-Gerardo-Machado.jpg 998w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/02/Ruinas-de-la-casa-que-perteneció-al-presidente-Gerardo-Machado-300x198.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/02/Ruinas-de-la-casa-que-perteneció-al-presidente-Gerardo-Machado-768x508.jpg 768w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/02/Ruinas-de-la-casa-que-perteneció-al-presidente-Gerardo-Machado-907x600.jpg 907w" sizes="(max-width: 998px) 100vw, 998px" /><p id="caption-attachment-1985" class="wp-caption-text">Ruinas de la casa que perteneció al presidente Gerardo Machado, en Carmita (Foto: Lianet Fleites)</p></div>
<p>“Hambre, hambre, mucha hambre”, dice un guajiro sin edad cuando pregunto por los tiempos de antes de la Revolución. El guajiro sin edad es Juan Herrera Portal, que en verdad sí tiene una porque nació el 8 de marzo de 1929, seis años después de que se construyera el central azucarero Carmita.</p>
<p>Juan es un hombre antiguo. Hay un pórtico en la vejez que, al cruzarlo, se pierde la edad. Juan no solo lo cruzó, sino que puede mirar hacia atrás.</p>
<p>“Hambre, hambre, hambre”, dice Juan, y cuando ya no le alcanzan las dos sílabas poderosas de “ham-bre” me arma una escena:</p>
<p>—Los gatos de la casa dormían sobre las cenizas del fogón, que casi nunca se encendía.</p>
<p>La propiedad del Central fue un billete premiado en la lotería de las hipotecas. De la Compañía Cuban Cane al Royal Bank of Canada, hasta los bolsillos de Gerardo Machado en 1929.</p>
<p>—Carmen era una de las hijas de Machado. Por eso se llamó Carmita el central.</p>
<p>Ningún registro histórico da fe de ello, pero es la única explicación que la gente del batey ofrece. Las nacionalizaciones del sesenta imponían una amnesia nominal. Calles, escuelas, o pueblos enteros dejarían de llamarse Fe, Buen Viaje o La Piedad para asumir una identidad marcial, ortopédica. A Carmita le llamaron Luis Arcos Bergnes, pero el nombre de muchacha pudo más que el mártir, que la onomástica forzada de los gobiernos, que el olvido.</p>
<p>Carmita es un valle dentro de otro valle: Camajuaní. Es decir, Carmita es un hueco, una grieta, un ojo de huracán con cañaverales en el vórtice. Probablemente Machado, nacido y criado en esos valles, saliera en época de molienda al portal de su mansión –actualmente en ruinas– a mirar los ramales de líneas férreas como culebras en el sembrado.</p>
<p>Los cañaverales son pliegues de tiempo, constantes, la esquina de la página que doblamos para retomar el curso de la historia. A Raúl Torres Acosta lo fusiló Batista en los mismos cañaverales que, años atrás, contemplaba Machado.</p>
<p>La zona más bonita del batey es el barrio viejo. La Compañía Cuban Cane lo construyó para “garantizarles las condiciones de vida a sus obreros”, dice un folleto de lo que fuera la Delegación Provincial del MINAZ en Villa Clara.</p>
<p>—Esas casitas en hilera las levantaron los propietarios del Central pa’ un grupo de obreros que ellos traían, no era gente de aquí. Eran los <em>rompe huelgas</em> del ingenio. A los dueños les convenía tenerlos porque evitaban revuelta –corrige Hero Oviedo, otro hombre antiguo.</p>
<p>Pero ahí están, en pie, con sus maderos originales, el techo a dos aguas y esas fachadas de arquitectura colonial americana, que hacen de dos callejas en el centro de la nada una postal de Nueva Orleans.</p>
<p>A simple vista Carmita parece muchas cosas, pero no me basta, quiero acceder a ella, deshilacharla. Insisto. Hero, Juan, Servilio, Julio, son hombres antiguos. La vida en Carmita no siempre fue esto, aseguran:</p>
<p>—¿Antiguamente me preguntas tú? Antiguamente el güajiro era como asustaón.</p>
<p>—Es verdad. ¿Y tú ves que la gente se queja hoy? Mira, yo le digo a mucha gente, “Chico yo estoy bien”, porque yo desayuno, almuerzo, como, y por la noche cuando me voy a acostar siempre como algo más, siempre tengo.</p>
<p>—¿La vida del momento aquel? ¿Usted quiere saber? La vida era pésima. La Revolución me agarra a mí con 22 años, pero no se me ha olvidado. Era un tiempo hambriento malo. Después triunfa la Revolución y las cosas cambiaron. Cogimos un auge ahí, ¿no?</p>
<p>—Yo quisiera hablar, porque los compañeros ya han hablado del tema. Quiero decirle, periodista, que a nosotros nos pesó mucho que este Central se cayera como se cayó, un centralito bueno. Ahora estamos como abandonaos.</p>
<p>—De eso vamos a hablar más adelante, Juan, pa’ que no le desorganices la historia a la muchacha. Ella preguntó del tiempo de antes.</p>
<p>—Nosotros estábamos esperando a que viniera alguien, periodista.</p>
<p>—A que se acordaran de nosotros.</p>
<h2><strong>III. Sobre pérdidas</strong></h2>
<div id="attachment_1983" style="width: 460px" class="wp-caption alignleft"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-1983" class="wp-image-1983" src="https://www.periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/02/La-torre-del-central.jpg" alt="La torre del Central (Foto: Lianet Fleites)" width="450" height="600" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/02/La-torre-del-central.jpg 600w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/02/La-torre-del-central-225x300.jpg 225w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/02/La-torre-del-central-450x600.jpg 450w" sizes="(max-width: 450px) 100vw, 450px" /><p id="caption-attachment-1983" class="wp-caption-text">La torre del Central (Foto: Lianet Fleites)</p></div>
<p>Los síntomas de soledad impuesta incluyen alucinaciones, ansiedad, o distorsiones de la percepción y del tiempo. Los jóvenes suelen adaptarse mejor a la soledad que las personas mayores, dicen algunos estudios realizados por la Universidad de McGill, en Montreal, Canadá.</p>
<p>La Real Academia Española entiende por soledad:</p>
<p>Uno: La carencia de compañía.</p>
<p>Dos: Lugar desierto o tierra no habitada.</p>
<p>Tres: Pesar o melancolía que se sienten por la pérdida de alguna persona o cosa.</p>
<p>Carmita tiene el Uno, es el Dos, y sufre el Tres.</p>
<p>No veo, sin embargo, personas ansiosas o delirantes, sino reposadas, de serenidad molesta. La distorsión de la realidad o del tiempo ocurre una vez que te adentras, eso sí. Carmita tiene ese efecto retrospectivo, pero antihistórico. No se parece a nada en particular, sino que es un pastiche de muchos “todos”.</p>
<p>—El marido mío era patrullero en Camajuaní. Hace dos años que está en el norte. Se fue ilegal, al segundo intento. La primera vez lo sorprendió la policía con la chalupa en la casa. ¿Se imaginan a los propios compañeros de trabajo cuando vieron que el de la chalupa era <em>El Negro</em>? –explica una muchacha al chofer del camión que nos lleva hasta el batey.</p>
<p>Hay cierta dignidad en el paisaje. Cañaverales cadavéricos. Otros que no, pero tampoco parecen aguardar por la cosecha. Una bodega. Dos casas ya cosechadas, habitadas por gente vieja: maleza que se resiste a morir. Una escuela de piedra con una sola aula. Un cruce ferroviario y una estación de madera repleta de yerba, pero pintada de azul. Hay cierta dignidad en el camino áspero, en la muchacha abandonada por el esposo, en el camión de la empresa cárnica que nos lleva.</p>
<p>El chofer suaviza la marcha y me hinca con el codo.</p>
<p>—¿Las viste?</p>
<p>—Sí –respondo.</p>
<p>—¡Casi no se ven codornices ya! ¡Qué bonito!</p>
<p><em>El Negro</em>, las codornices… extravíos.</p>
<p>Pregunto todo el tiempo dónde es Carmita, el chofer me dirá cuándo. A Carmita no le sirve un “dónde” sino un “cuándo”. El punto exacto de la geografía es insustancial: entre Vega Alta, Camajuaní, Santa Clara, a un costado de la aorta provincial (la carretera a Cayo Santa María), en el medio de Cuba, en esa zona del cliché que hace de la Isla una postal verde. Sin embargo, Carmita tiene su propio tempo.</p>
<p>La muchacha y yo nos bajamos. Ella se queja del clima. Veo las primeras naves de zinc, y unas columnas de hormigón muy altas: Carmita.</p>
<p>Me tropiezo poca gente. Julio Moreno tiene una hija viviendo en el batey, pero Juan, Hero y Servilio no. Sus hijos se fueron. Los hijos de sus hijos a veces vienen de visita. Laura Rodríguez Fuentes es la hija de una hija de Cira Lucena, se marchó muy niña del batey, se hizo periodista. Los hijos de Juan, Hero y Servilio son científicos, médicos, dirigentes. El éxodo no solo tiene la forma de un barco artesanal. Cada cual construyó su propia huida y es ahí, en la fuga, donde <em>El Negro</em> se confunde con Laura, con el científico, con el médico y con el dirigente.</p>
<p>En la calle una mujer vocifera que perdió el 13 en la bolita, que de guanaja perdió el “guanajo”. Además de su sentencia no hay otros ruidos. Cuesta creer que alguna vez fue Carmita el lugar más estruendoso de la zona.</p>
<p>—¡El pito del ingenio! La gente contenta. Aquello daba gusto. El sonido se escuchaba por todos los alrededores. Se hace con vapor, un mecanismo ahí, pero se oye a muchos kilómetros. ¡Eso daba vida! –recuerda Armando Villanueva, quien fuera durante cuarenta años Maestro Azúcar del Carmita–. ¿Los setenta y los ochenta? ¡Qué época! El equipo de béisbol del Carmita era campeón de la Liga Azucarera. Todos los domingos había juego en el batey. La gente iba desde Santa Clara, desde todas partes, a ver los partidos.</p>
<p>Villanueva no vive en el batey. Su casa siempre ha estado en Camajuaní. Aunque madrugara los días de la molienda y durmiera una que otra vez sobre pilas de bagazo, tenía su hogar bien lejos, y eso lo salva. Pero sabe del lugar sin tiempo que es Carmita, de la parálisis.</p>
<p>—Un cementerio. Hacía muchos años que no iba. Mis compañeros de trabajo vienen hasta Camajuaní a buscar vida, porque allá escasean de casi todo, me dicen ellos. Hace un tiempo regresé al batey para el funeral de una amiga. ¡Lo que pasé para llegar! ¡Ese tramo del Crucero al pueblecito! ¡Y luego para salir de allí! No he ido más.</p>
<p>Lo que hay en Carmita, tal y cual lo vemos, es lo que siempre ha habido, tal y cual lo vio Machado, o Raúl Torres Acosta, o los hombres antiguos. Tal como lo vio Villanueva –el Maestro Azúcar y Secretario del Buró Provincial del Sindicato–, o como lo vio el balsero que abandonó a su esposa, o como lo ve la esposa abandonada por el balsero. Como lo ve el chofer sensible de la empresa cárnica, o Laura, o los hijos médicos, científicos y dirigentes. Es decir, físicamente sí, casi lo mismo, pero un poco más feo. El edificio del Central Luis Arcos Bergnes (denominación actual) se conservó siempre en su estado primitivo, sin sufrir ningún cambio en su estructura general después de 1959.</p>
<p>—El centralito era el más moderno de Cuba cuando triunfa la Revolución –dice Juan Herrera Portal.</p>
<p>Allí, después del sesenta y hasta principios del presente siglo, se construyeron una Escuela Primaria, un edificio como parte del fondo habitacional, tres postas médicas, una farmacia, un kiosco para la compra-venta de artículos en divisa, y una panadería para la distribución normada de la bodega. Casi imperceptibles en el paisaje.</p>
<p>Con la Tarea Álvaro Reynoso, lamentablemente, se destruyó la industria más importante del municipio, uno de los centrales más eficientes del país, que empleaba al 82 por ciento de los habitantes de Carmita. La Sala de Historia (lo que solo puede ser una Sala de Historia: muestrario, película en <em>flashback</em>, la memoria, si no de un pueblo, al menos de quienes la arman, pero igualmente válida). La Biblioteca Pública (en la actualidad existe habilitado un local mínimo con un rótulo a lápiz sobre la puerta: “Sala de Lectura”). Se destruyó el mecanismo de vapor que generaba el ruido; con el ruido, el tiempo; y con el tiempo, la secuencia de días y noches. Se levantó la maquinaria y se esparció la maleza. Lo que fue industria ahora es una mole troceada.</p>
<p>Se prometió.</p>
<h2><strong>IV. Sobre la felicidad</strong></h2>
<div id="attachment_1982" style="width: 384px" class="wp-caption alignright"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-1982" class="wp-image-1982" src="https://www.periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/02/Julio-Molina-78-años-trabajador-cincuentenario-de-la-fábrica.jpg" alt="ulio Molina, 78 años, trabajador cincuentenario de la fábrica (Foto: Lianet Fleites)" width="374" height="600" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/02/Julio-Molina-78-años-trabajador-cincuentenario-de-la-fábrica.jpg 499w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/02/Julio-Molina-78-años-trabajador-cincuentenario-de-la-fábrica-187x300.jpg 187w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/02/Julio-Molina-78-años-trabajador-cincuentenario-de-la-fábrica-374x600.jpg 374w" sizes="(max-width: 374px) 100vw, 374px" /><p id="caption-attachment-1982" class="wp-caption-text">Julio Molina, 78 años, trabajador cincuentenario de la fábrica (Foto: Lianet Fleites)</p></div>
<p>Nicomedes Hernández: Recuerdo aquella azúcar del setenta, parecía oro molido, un oro crudo. De solo verla daban ganas de llevarte a la boca un puñao.</p>
<p>Hero Oviedo: Ir para el Central era como ir para un baile.</p>
<p>Juan Herrera: Fíjate que yo entraba en el Central y creía que el Central era mío. Yo llegué a sacar la cachaza de 0,60. Yo vivía orgulloso de mi trabajo. Por eso me dolió mucho que el Estado eliminara el Central. Y si lo eliminaron, al menos que hubieran cumplido lo que prometieron.</p>
<p>Servilio Portal: Tú sabes lo que representó el Período Especial. El tiempo en que el imperialismo planteaba que no íbamos a resistir, y por voluntad del pueblo echamos pa’lante. Fuimos capaces de seguir moliendo a pesar de las condiciones.</p>
<p>Julio Molina: Todos los fines de zafra aquí se hacía una fiesta. Fiestas buenas, que daba el MINAZ con cerveza y música.</p>
<p>Armando Villanueva: Círculo con K, es decir, calidad superior. Había un celo muy grande con el tamaño del grano, humedad del azúcar, polarización, color. Nunca nos viraron una torba para atrás en el puerto.</p>
<p>Juan Herrera: Hubo un año que fuimos los más eficientes del país.</p>
<p>Hero Oviedo: 1985. Molimos más de ciento treinta mil toneladas de caña. La zafra más grande que hemos tenido en la historia de Carmita. Ese año llegamos a moler hasta ciento setenta y cinco mil arrobas diarias. Pero la eficiencia estaba en el recobrado. Tuvimos un recobrado de 91. Pa’ que me entiendas: de cada 100 toneladas de sacarosa aprovechábamos 91. La pérdida era de 9.</p>
<p>Armando Villanueva: Yo era Secretario del Núcleo del Partido, me sacaron de ese puesto y me pusieron de Secretario del Buró Provincial, pa’ desarrollar el Sindicato en Carmita. El Sindicato funcionaba, sí. El Sindicato se fajaba con la administración, digo “se fajaba” entre paréntesis porque no nos fajábamos a los piñazos, pero nos hacíamos escuchar. Había un núcleo fortalecido. Una vez cité a los trabajadores porque no podían pagarnos ese día, y el pago es sagrado. Le dije al económico: “A las dos de la tarde tengo asamblea general, ven a explicarles a los trabajadores por qué no se les paga. Estarán parados sin producir hasta que les rindan cuentas”. Siempre la administración colaboró con nosotros, debo decirlo. ¡Cuántas batallas gané yo en el Órgano de Justicia Laboral!</p>
<p>Servilio Portal: ¿En qué año empezamos a exportar nosotros?</p>
<p>Hero Oviedo: Ay, de eso sí no me acuerdo. Tendría que buscar en los papeles viejos míos. ¿En qué año fue que hicimos el azúcar a granel?</p>
<p>Juan Herrera: A nosotros nos dieron 27 viajes a la playa en ese tiempo. Fue antes del setenta.</p>
<p>Servilio Portal: Del setenta al setenta y cinco, ahí.</p>
<p>Armando Villanueva: ¡A las seis de la mañana, en los tiempos de reparación, mojándonos y con tremendo frío! ¡Pal Central, en aquel camión lleno de cenizas! Había gente que dormía sobre el bagazo porque no había transporte en la madrugada, los del turno de las tres. Un día, locamente, el ingenio estaba parado, y yo que tengo buena letra y me sé expresar un poco, me senté en la oficina y puse: “Ministro (dos puntos) y tao tao tao”. El trámite no lo recuerdo pero llegó. La respuesta del ministro: que la guagua venía en camino, una Girón 5. Y la guagua está ahí todavía. ¡Muchacha! ¡Esas mojazones por la madrugá! ¡Esos camiones llenos de ceniza! Y la gente no dejaba de trabajar, chica.</p>
<p>Hero Oviedo: ¿El sueldo? Sí. El sueldo alcanzaba, y había estimulación. Aquí cogimos ventiladores, refrigeradores, se entregaron dos carros. La “dieta azucarera” en los ochenta. Viajecitos a la playa, comidas por ahí, esas boberías, pero uno trabajaba con gusto.</p>
<p>Juan Herrera: ¡Y el centralito arrancaba sin petróleo! Con bagazo, palos, cualquier cosa que cogiera candela.</p>
<p>Hero Oviedo: Yo quisiera mandarle una carta al Comandante Ramiro Valdés, porque la máquina se quedó ahí abandoná, y puede ahorrar miles de toneladas de petróleo, mucho dinero al país. ¡La briquetadora! Una máquina que inventé. Eso sustituye to’ la leña que se usa en los centrales, utilizando la paja de caña que se quema. ¡Somos pioneros de eso! Paja de caña namá no, paja de maíz, paja de arroz, la paja de frijoles, todo servía. Se dice “bri-que-ta”. Tú le echas la paja a la máquina por una parte y después sale un tarugo, como si fuera un trozo de palo, por alante. ¡Ah, de eso yo tengo un montón de premios! Yo soy, ¿cómo le llaman ellos?, innovador de la briqueta en Cuba.</p>
<p>Servilio Portal: ¿La última zafra del Central? Año 1999.</p>
<p>Hero Oviedo: Lo que no se cumplió nunca fue lo que prometieron. En 1999 tuvimos una visita de Carlos Lage, el que después le falló a la Revolución. Yo estaba en el Núcleo y participé de la reunión. Él habló de un presupuesto de ochenta y seis mil pesos para hacer un restaurante en el Círculo Social. Trajeron cuatro sillas, cuatro mesas. A lo mejor ese dinero se lo cogió alguien para un fin particular.</p>
<p>Julio Molina: Hemos estado… no es la palabra, pero como un poco “abandonaos”… de los demás organismos. ¿Entiende cómo es? Yo no he visto esa preocupación de hacer algo pa’ que el pueblo tenga un bienestar.</p>
<p>Armando Villanueva: Se hablaba de poca rentabilidad. Fue lamentable que desmantelaran ese Central tan pequeño y eficiente. Pudo preservarse, creo yo. Se manejaron una serie de cuestiones políticas que uno no conoce. No puedo comentar sobre lo que no sé. Yo estaba de Secretario del Núcleo y vinieron los organismos competentes del nivel municipal y provincial. La reunión fue en el cine, con todos los factores, tanto de la Industria como de la Agricultura. Ay, chica, no recuerdo la fecha exacta. Se habló de construir una piscina en el enfriadero, del asfaltado de las calles. Iban a vender dulces, traerían grupos musicales. Recuerdo que se paró un muchacho y dijo: “Todas esas cosas que usted está diciendo se harán los primeros días, después no habrá nada”.</p>
<p>Hero Oviedo: Eso me costó a mí hasta un disgusto con el Partido. Imagínate que querían hacer la Biblioteca Pública debajo de la torre del Central: un peligro. Todo aquello lo desbarataron: la Biblioteca, la Sala de Historia. Se perdieron las fotos de los internacionalistas, de los cincuentenarios.</p>
<p>Julio Molina: No, no, el MINAZ. El libro de proyectos con todas las obras que se iban a construir en Carmita lo conformó el MINAZ. Aquel libro era como eso que hacen cuando se va a construir un edificio. ¡Un proyecto! Se iba a levantar un bar, una pista, una biblioteca nueva. ¡Era un fenómeno! El compañero que tenía el libro me dijo que había seis millones de pesos pa’ gastar en las obras. Quedó en papeles.</p>
<p>Juan Herrera: Después que dijeron lo del desarme del ingenio más nunca puse un pie allí. Aquello me dolía mucho.</p>
<p>Julio Molina: Lo vendieron todo por chatarra a Materias Primas.</p>
<p>Hero Oviedo: Me metí y les dije: “¡No le den más mandarria que ese tándem está entero!”. Todo lo picotearon. Un día no me dejaron entrar más. Que era orden de la dirección del Central, decían. “Oye, Hero, olvídate de eso que ya tú no tienes central”. Gente que ganó tres mil pesos en la quincena por desarmar. Mientras más hierro picaban más ganaban. Eran los propios obreros de la fábrica.</p>
<h2><strong>V. Notas al margen</strong></h2>
<div id="attachment_1984" style="width: 1008px" class="wp-caption alignright"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-1984" class="wp-image-1984 size-full" src="https://www.periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/02/Restos-de-la-antigua-industria-y-la-maleza-cubriendo-parte-del-espacio.jpg" width="998" height="602" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/02/Restos-de-la-antigua-industria-y-la-maleza-cubriendo-parte-del-espacio.jpg 998w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/02/Restos-de-la-antigua-industria-y-la-maleza-cubriendo-parte-del-espacio-300x181.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/02/Restos-de-la-antigua-industria-y-la-maleza-cubriendo-parte-del-espacio-768x463.jpg 768w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/02/Restos-de-la-antigua-industria-y-la-maleza-cubriendo-parte-del-espacio-995x600.jpg 995w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/02/Restos-de-la-antigua-industria-y-la-maleza-cubriendo-parte-del-espacio-450x270.jpg 450w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/02/Restos-de-la-antigua-industria-y-la-maleza-cubriendo-parte-del-espacio-150x90.jpg 150w" sizes="(max-width: 998px) 100vw, 998px" /><p id="caption-attachment-1984" class="wp-caption-text">Restos de la antigua industria y la maleza cubriendo parte del espacio (Foto: Lianet Fleites)</p></div>
<p>1. Los jóvenes representan el 18,3 por ciento de la población en Carmita. El total es 2.279. Pudiera reunirse toda la población joven en una parada o la cola de la bodega. Cualquiera podría memorizar los nombres de toda la población joven del pueblo.</p>
<p>2. El sector no estatal de Carmita se traduce en dos cafeterías.</p>
<p>3. Se sale o se entra del batey, con “certeza”, de tres formas: en el ómnibus Camajuaní-Vega Alta, todos los días, a las 6:00 am; en el ómnibus Camajuaní-Carmita a las 5:00 pm (solo martes y jueves); o en el tren Vega Alta-Santa Clara a las 6:00 am. No existe transporte no estatal (legal, al menos, no).</p>
<p>4. Carmita no cuenta con alumbrado público, aunque sí con corriente eléctrica y teléfono, dice optimista un informe del departamento municipal de Planificación Física.</p>
<p>5. Con el desarme del Central se habilitó una granja agropecuaria para el consumo del batey. Desde 2011, la granja forma parte de una Unidad Empresarial de Base, es decir, no los abastece de alimentos.</p>
<p>6. Nicomedes Hernández se jubiló con una chequera de 178 pesos, que luego se elevó a 270. Sacó una licencia de limpiabotas. Cobra tres pesos por los zapatos de vestir, y cinco por los de trabajo. El mes pasado pagó 100 pesos de corriente eléctrica. Tiene 70 años y pocos clientes.</p>
<p>7. Hero no sospecha que, sin quererlo, es héroe.</p>
<p>8. El desarme fue íntimo. La gran obra se construyó en un plano inconsciente.</p>
<p>9. La historia del Carmita parece la metáfora de un ciclo productivo de la caña: corte, molienda, desarme, tiempo muerto. Y ahí, en el último estado –ese que antecede a la prosperidad–, algo se detuvo. Eterno.</p>
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		<title>Los signos en el agua</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Lianet Fleites]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 29 Aug 2016 12:13:28 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Recursos naturales]]></category>
		<category><![CDATA[númeronueve]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>La vida dual de Albertico Beyoncé está atravesada por un río subterráneo.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Apenas dos pulgadas le había crecido. Aún a ras. Aún insuficiente. A las puertas de su edad sexual, Alberto tenía una obsesión. Lo quería largo y usó toda clase de fórmulas caseras.</p>
<p>—¡Déjalo reposar en agua! –le recomendaban, pero había seca, y el pelo-pasa absorbe. Alberto quería una melena. La cuartería entró en pánico. Después de dividir el volumen en los tanques entre el total de habitantes, sustraerle a la ecuación ese margen que ocupa el calcio acumulado en el fondo y la población animal del ecosistema llamado “cisterna”, los vecinos dosificaron el agua. Alberto se hizo trencitas, un gesto de cortesía hacia la vecindad y un inteligente método para mojarse el cráneo.</p>
<p>El “Beyoncé” apareció después. Albertico era una mulatona de 1.85 metros con un par de abismos negros por ojos. A los 17 ya le salían las motonetas, pero no los senos. Por tanto, la transformación debía ser progresiva o sentiría sobre sus hombros de estrella pop el peso tosco de los pueblos pequeños. La discoteca municipal de Camajuaní (después de la iglesia católica, espacio de confluencia social más importante) sonaba aquellos himnos de la cantante norteamericana y Albertico reproducía con matemática exactitud la coreografía de “Naughty Girl”.</p>
<p>La vida dual de Albertico Beyoncé está atravesada por un río subterráneo. Su <em>fe</em><em>e</em><em>ling</em> con el agua apareció aquella tarde en que la lluvia era una red, y quedamos atrapados en el portal de la bodega La Valla. Parecía, la calle, un espejo movedizo. Le advertimos, pero la mulata echó a andar bajo la lluvia y una corriente arrastró hasta el olvido su sandalia derecha número 42, de reciente adquisición.</p>
<p>Digamos que no abunda la talla 42 para calzados femeninos. Desde ese día una fuerza tan imprecisa como ridícula le revelaba su elemento. La signaba.</p>
<p>Volvió la seca en 2009. Los senos de la mulata eran dos brotes de algodón, un asomo suave sobre el cuero terso. Comenzaba a hormonarse artificialmente. En medio de aquel paraje estéril, Albertico era una venus de la fertilidad. Y cuando la loma de mi barrio se deshidrató y se volvió cráter lunar, los vecinos decidimos hacer un pozo. Pagamos veinte pesos cubanos a un purasangre, un nativo colorado con su debida genealogía gallega y las espuelas enfangadas. Una criatura de campo tal, que los guajiros le llamaban El Guajiro. El sujeto se desplazó por todo el perímetro con un alambre dulce en forma de parábola sobre su vientre. La corriente de agua, en las profundidades, debía interactuar con el campo magnético del cobre hasta torcerlo, explicaba aquella figura zoomórfica con sombrero y polainas.</p>
<p>—Allá abajo no corre nada –aseguró. A la loma la habían drenado en edades pasadas. Era un hollejo gigante que se fosilizó miles de años anteriores al caserío. Albertico quiso intentarlo con el detector artesanal. Tomó los cabos con las yemas rudas, bajo las uñas plásticas, colocó cada uno en los bordes de su cintura formando una parábola y comenzó la exploración. El cobre fue complaciente, cedió del todo, se hizo un ocho en algún punto exacto de la tierra al que le atornillaron un pozo de bomba. El barrio le debe 15 varas de profundidad a la mulata, le debe el alivio.</p>
<p>A los 25, Alberto Jiménez parecía una espiga, un trazo negro. Las hormonas empezaban a esculpir, desde dentro, una forma de mujer. Las tardes en que hervía la Isla nos movíamos al río. Entonces Albertico nos recordaba, con todo su cuerpo, por qué le llamaban Beyoncé. Iba, ladera abajo, como si por guardarraya hubiese una alfombra roja, como si por heces o seborucos hallara escalones art decó. Ya en la orilla se abría la bata y mostraba sus bikinis malvas. La pregunta unánime: cuál era la mecánica del truco. Albertico estaba en su elemento, y allí regía.</p>
<p>Hace un año que conoció a Yasmany Arredondo, carretonerro de Santa Clara devenido chofer de bicitaxis. Por alguna extraña cábala el muchacho fue a dar al Mejunje, a su Fiesta del Agua. Ese agosto, Ramón Silverio instaló un sistema de mangueras dentro del sitio. No hay mar en Santa Clara, pero sí la suficiente fabulación para armarnos uno. La gente enloqueció bajo la fina salivada que escupía el plástico. Yasmany conoció a Beyoncé en medio de la multitud.</p>
<p>No habría boda de ninguna forma, ni aunque fuese el matrimonio gay una realidad legal. La gente en el campo es jíbara con lo que huela a compromiso y papeles. La gente en el campo se “ajunta”, no se casa. Compraron su casita en el Rastro, una zona en la periferia de Camajuaní (que es ya la periferia de cualquier geografía). El acueducto no llega hasta allí pero la Empresa manda pipas. Yasmany carga los cubos y Beyoncé se ocupa de las usanzas domésticas. Como buena mujer machista y agreste no le permite, a su hombre, hacer nada en la casa. Ella lo mima, él la deja.</p>
<p>A veces la pipa viene a deshora y es tarea de las mujeres llenar los tanques. Entre los brazos famélicos que frenan la marcha para reposar del peso, puede verse una silueta andrógina erguirse, triunfadora, con una cubeta en cada mano.</p>
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		<title>El mundo está a la Vuelta</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Lianet Fleites]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 17 Aug 2016 12:37:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Recursos naturales]]></category>
		<category><![CDATA[númeronueve]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>A San Antonio de las Vueltas lo esculpieron en polvo.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Había, antes del acueducto, una calle llamada Oro y una calle llamada Plata. Un hotel: Los Andes, y algún comercio nombrado El Progreso. Había sin haber.</p>
<p>A San Antonio de Las Vueltas solo su nombre parece quedarle. Al pueblo lo armaron con retazos de un universo (o un anhelo) remoto. Y de esa forma hubo Casablanca, Cine Niza, el reloj de la plaza comprado en el Madrid de 1909, que suena un minuto antes y uno después (nunca en punto) porque así fue diseñado originalmente. Horrorosa exactitud de la deshora.</p>
<p>En 2006 parecía Vueltas la estampa de alguna sacudida tectónica. Las labores de la Empresa Municipal de Acueducto echaban a andar. La red abarcaba el mapa circular del pueblo. Lo dejé por última vez envuelto en una nube de polvo marrón. El escenario noventero de mi infancia estaba mutando. Vueltas comenzaba a parecerse a su nombre anterior: Hornos. Llegaba, desde su ruta metálica, el agua.</p>
<p>Llegaba mientras me iba.</p>
<p>El paisaje de mi infancia en Vueltas es seco. Hubo pueblo, para mí, antes del acueducto. De vernos las caras, hoy, no nos reconoceríamos. Los pueblos al interior de la Isla son la pausa dentro de la pausa nacional. Si para 2006 se amplió la red hidráulica, el mundo (remoto y anhelado) ya tendría nuevas carencias. Actualizadas.</p>
<p>La escasez en Cuba implica una pena doble: pobreza y caducidad. Cuando la inflación en Europa reduce en algún <em>shopping mall </em>la variedad de botellas de agua, hay crisis: escasez. En Cuba canjearíamos toda la holgura nacional por esa clase de carencias modernas.</p>
<p>Y en medio del rezago civilizatorio mis primas y yo aprovechábamos los aguaceros para lavarnos el pelo larguísimo. Abuela nos alcanzaba pedazos de jabón, y el baño entonces era completo, antes de que se despejara el cielo. Las canaletas del techo hacían chorreras compactas que desbordaban los tanques. Con el agua-lluvia lavábamos la ropa y la casa, descargábamos el inodoro, y algo quedaba para las begonias (ellas, el verdadero milagro de la precariedad). A veces no llovía y la postal se hacía triste.</p>
<p>Abuela picó el piso de la sala para localizar la red de arterias que latía profundo. Alguna tubería saludable del antiguo acueducto, el de la zona norte, ese que nos inundaba de polvo, que se resistía a subir sus aguas cobardes. Mi padre instaló un artefacto con poleas y ruedas giratorias que antropólogos, en eras posteriores, cotizarán en una cifra proporcional a su valor de uso. Aquello funcionó un par de años sorbiendo el vacío y el agua y el vacío, en escandalosa secuencia. La sala de la casa era tan doméstica como un almacén de Recursos Hidráulicos. Mis memorias más íntimas tienen la estética troceada de esa sala. La miro y pienso inevitablemente en Le Corbusier y su <em>machine à habiter</em> donde la casa es templo, donde la arquitectura es un desprendimiento del hombre, este la modela desde sus esencias, desde sus modos propios de lo bello. En Cuba ni siquiera alcanzamos a amasar el barro. A nadie se le ocurre sentarse a entender esas lógicas, sería demasiado cruel. En esa sala fui feliz, y es toda la lección.</p>
<p>San Antonio de Las Vueltas tenía esa aspereza de pueblo seco. El polvo se adhería a los ánimos como un contagio. La tarde pesaba más allí, sobre todo si caminábamos dos cuadras con los galones de la casa. El agua de tomar llevaba aquel gusto dulzón que no recuerdo, aunque me esfuerce, y lo agradezco. Había un pozo de bomba en la esquina del barrio, la esquina que todos llamaban El Combate.</p>
<p>Hay agua en Vueltas. Yo me sobrecojo. ¿Cuánto de ese universo (remoto y anhelado) nos perdemos si se nos concedió el agua?</p>
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