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	<title>Claudia Barrientos Batista &#8211; Periodismo de Barrio</title>
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	<description>Organización periodística cubana sin fines de lucro</description>
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	<title>Claudia Barrientos Batista &#8211; Periodismo de Barrio</title>
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		<title>Maternar en migración: “Coge por el pasillo y no mires atrás”</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Claudia Barrientos Batista]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 17 Jul 2025 16:04:26 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Comunidades vulnerables]]></category>
		<category><![CDATA[crisis económica]]></category>
		<category><![CDATA[emigración cubana]]></category>
		<category><![CDATA[familia]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Tres madres cubanas. Tres huidas. Tres historias sobre aprender a despedirse sin llorar o a temer sin hacer ruido. Un país que obliga a sus hijos a correr sin mirar atrás. </p>
<p>La entrada <a rel="nofollow" href="https://periodismodebarrio.org/2025/07/maternar-en-migracion-coge-por-el-pasillo-y-no-mires-atras/">Maternar en migración: “Coge por el pasillo y no mires atrás”</a> se publicó primero en <a rel="nofollow" href="https://periodismodebarrio.org">Periodismo de Barrio</a>.</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>A lo largo del mes de noviembre de 2024 hablé con tres madres cubanas. Una huyó de la isla en travesía por Centroamérica; otra se fue sin despedirse; la tercera llegó a un país distante y frío sin hablar el idioma ni conocer a nadie. Cada entrevista dejó un peso difícil de nombrar.</p>
<p>Uno imagina que el terror tiene rostro. Que los traumas se organizan como escenas de película, con humo y sangre, como las guerras. Pero a veces el trauma es una mujer temblando en silencio, tapando con su cuerpo el de sus hijas.</p>
<p>Me ha llevado tiempo escribir estas historias. No sé si he sido capaz de hacerlo como merecen. Este texto es por ellas y por las madres que quedan en la isla, aguantando lo inaguantable, porque en estas historias hay algo que reconocerán. Sigo creyendo que las madres cubanas, donde sea que estemos, llevamos en las entrañas una verdad que nos quema: a todas nos arrebataron algo.</p>
<h3>I. El que se caiga, se queda atrás.</h3>
<h4>Gisel</h4>
<p>Detrás de un árbol en una selva centroamericana, Gisel aprieta a sus hijas con una fuerza que no sabía que tenía. Hay tiros. Gritos. Las niñas lloran. La mayor, de siete años, le pregunta qué está pasando. Nada, responde Gisel, nada. Pero la voz se le rompe cuando murmura, apenas para sí misma: ay, hijita, perdóname. Por favor, perdóname.</p>
<p>El Estado cubano, que se hizo pasar por madre de todos, ha parido generaciones rotas. Hijas que se fueron. Nietas que nacieron lejos. Madres que paren en silencio y se despiden sin hacer ruido. La Revolución que prometió futuro ha dejado mujeres remendando presentes con las manos destrozadas, y suplicándole a algún Dios en el que no creen, que sus hijos no tengan que hacer lo mismo.</p>
<p>Gisel es abogada, pero en Cuba vendía mercancía traída del extranjero. Su carrera no le daba para vivir. Como a tantas otras personas, la promesa de la Revolución le llegó en forma de diplomas y la misión de sobrevivir al borde de la legalidad. En su voz hay resignación, pero también dignidad. No habla de heroísmo. Habla de necesidad.</p>
<p>“Mi esposo tiene dos hijos de un matrimonio anterior, y mis hijas se han criado con esos hermanos. Ellos vinieron [primero] por travesía. Y eso afectó tanto a mis hijas, sobre todo a la mayor, que tuvimos que tomar la decisión. Cuando mi esposo venía de visita a Estados Unidos, aunque fuera por una semana, mi hija se inmunodeprimía, se enfermaba. Consultamos con una psicóloga y nos dijo que lo que [la] estaba afectando era la separación familiar”, cuenta.</p>
<p>En noviembre de 2021 el gobierno de Daniel Ortega eliminó los requisitos de visado para cubanos viajando a Nicaragua. Medios de prensa como <a href="https://apnews.com/article/b49f4818fded75ed50a1a25f5d11cd1a" target="_blank" rel="noopener">AFP</a> compartieron la noticia y advirtieron del seguro impacto de esta medida en la ya existente crisis migratoria de cubanos llegando a la frontera sur de Estados Unidos. Según cifras de la Oficina de Aduanas y Protección de Fronteras de Estados Unidos (CBP por sus cifras en inglés) 38.674 cubanos se presentaron en la frontera sur del país en el año fiscal 2021. La cifra representó un incremento del 159% en relación al periodo de 2014-2019.</p>
<p>“Él me llama un jueves, nunca se me olvida. Me dice: &#8216;si yo te saco pasaje por Nicaragua para que vengas con las niñas, ¿tú te atreves?’. Y yo, que me creía guapa, le dije al momento: &#8216;ya estoy en el avión&#8217;. Entonces me dijo que tenía pasaje para ese mismo lunes. Mi mamá que estaba al lado mío me miró preocupada, y yo solo atiné a decirle: &#8216;me voy’”.</p>
<p>Antes de salir de Cuba, a Gisel y a las niñas les hicieron fotos. También les mandaron la información necesaria para la travesía, como si de un operativo de inteligencia se tratase: modelo del vehículo, nombre del conductor, donde les esperaría… Gisel viajaba con una de las niñas enferma de dengue y el miedo que habita un rincón del estómago de una madre.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>Es más de la una de la madrugada en Nicaragua. Un vuelo procedente de la República de Cuba ha aterrizado en Managua. Hace frío. Gisel tiene instrucciones precisas; todo ha sido organizado y calculado hasta el último detalle.</p>
<p>“Y cuando salgo y veo, el carro no era el que me habían dicho, ni el chofer se llamaba igual. Entonces me dijo: &#8216;pero mira, si tengo fotos tuyas&#8217;”.</p>
<p>Fue el viaje más largo de su vida. Gisel iba sentada en aquel auto con la cabeza llena de imágenes sobre el tráfico de órganos, los secuestros…, hasta que llegó a una casa que su esposo había previamente coordinado.</p>
<p>La dueña de la casa, quien a todas luces funcionaba como anfitriona de migrantes en la misma ruta que Gisel, tenía preparada la comida, el agua caliente para el baño, y hasta un pomo de yogur para las niñas de Gisel. “Mis niñas no duermen sin su vaso de yogurt”, dice.</p>
<p>Cuando la hija menor de Gisel comenzó a gritar que quería volver a su casa, que extrañaba a su abuela, Gisel le pidió a la dueña de la casa una pastilla para dormir. Al día siguiente tendrían que salir después del almuerzo y necesitaba que las niñas descansaran. La señora salió y regresó con unas pastillas. Los gritos pararon y la menor de las hijas de Gisel se durmió, lejos de su casa y de su abuela. Gisel pasó la noche despierta, sin conocer al resto de las personas que pernoctaban en aquella casa. Vigiló sus pertenencias, la puerta del cuarto, y a sus dos hijas. Las madres no duermen cuando hay que proteger el sueño.</p>
<p>Al día siguiente conoció a sus primeros compañeros de viaje: otra madre con dos niñas, y un hombre desconocido que fue una suerte de héroe para las dos mujeres en lo más profundo del fango centroamericano.</p>
<p>De Nicaragua a Honduras los migrantes son transportados en autobuses, a veces camionetas. El camino es irregular, las camionetas resbalan y la selva espera, paciente. El conductor y su compañero han tomado alcohol. Gisel imagina que para llevar una vida así de peligrosa, hay que abusar de sustancias tóxicas. Reza, una vez más, por llegar con vida a su próximo destino.</p>
<p>Durante los tres o cuatro años siguientes a la travesía de Gisel, miles de cubanos emprenderán rutas parecidas. En la madrugada del domingo 15 de octubre de 2023, <a href="https://cnnespanol.cnn.com/2023/10/15/accidente-ruta-migratoria-muertos-heridos-occidente-honduras-orix" target="_blank" rel="noopener">un autobús con 59 migrantes</a>, (entre ellos varios cubanos) se precipitará al río Higito, al oeste de Tegucigalpa. Cuatro personas fallecerán. Entre los heridos, <a href="https://diariodecuba.com/cuba/1697460270_50403.html" target="_blank" rel="noopener">un niño cubano</a>. Días antes, el dos de octubre, 10 migrantes cubanas morirán en un similar accidente en el estado mexicano de Chiapas, en su camino para llegar a la frontera sur de Estados Unidos.</p>
<p>La selva centroamericana cobra su precio, tarde o temprano, y Gisel ya lo sabía en el 2021.</p>
<p>El grupo de Gisel fue transportado hasta un lugar que llamaban El Cafetal. Allí les recibió un poderoso aguacero que convertía todo en fango. Al escampar, Gisel y su grupo salieron andando por lomas flanqueadas por barrancos. Entre las trece personas que transitaban la ruta, cinco eran menores de edad.</p>
<p>“Tú sabes que cuando la tierra se moja y está muy lisa, empieza a patinar. No se podía encender una luz, no se podía hacer ruido. Porque del otro lado estaban los policías en las carreteras. Dijimos, bueno, aquí tenemos que hacer algo, porque los niños no pueden llorar, no pueden gritar porque te dejan atrás”, narra.</p>
<p>Les habían advertido que el que se cayera, se quedaba. Que ya vendría alguien más a buscarle, pero que el grupo no podía detenerse por nadie. Gisel pisaba el fango balanceando el peso de la mochila y de aquella sentencia.</p>
<p>Era diciembre, y la respuesta a cómo distraer a los niños fue Santa Claus. Las madres le pidieron al guía que fuera de vez en cuando tirando piedras entre los árboles, y le dijeron a los niños que era Santa Claus, que iba con ellos escondido, y que estaba viendo si se portaban bien. Portarse bien, en una travesía migratoria por la selva, implica seguir caminando aunque los piececitos no den más.</p>
<p>“Cuando llegamos a Guatemala había alguien de un cártel esperando por nosotros”, cuenta. En ese momento ya Gisel llevaba dólares escondidos. Desde que había salido de Cuba sabía que había que esconder los billetes en el forro de los ajustadores, en la lengua de los zapatos, en el blúmer. En varios bolsillos de la mochila llevaba billetes de baja denominación. En una emergencia, no quería perder tiempo buscando el dinero que pudiera comprar el silencio de un policía.<br />
Las mujeres no se montaban solas en ningún vehículo. Los hombres del grupo se aseguraban de que al menos uno se subiera con ellas. En caso de cualquier emergencia, los hombres saben que tienen que ayudar a las mujeres, y que “los niños primero”.</p>
<p>El chofer del auto donde se montaron Gisel y sus hijas era parte de <a href="https://www.bbc.com/mundo/noticias/2014/05/140529_mexico_carteles_no_dependen_droga_zetas_templarios_jcps" target="_blank" rel="noopener">alguno de los tantos cárteles</a> que han convertido la trata de personas en una importante fuente de ingresos. En algún momento, la guantera del coche se abrió, el chofer pinchó un paquete y le dijo al hombre que iba a su lado: “Mira, cubano, prueba.” Gisel nunca había visto un “ladrillo” de cocaína.</p>
<p>En algún lugar de la frontera entre Guatemala y México, llegaron a un pequeño muelle sobre un río.  En el muelle, de pie, un niño de unos 12 años con la mirada vacía que revela la exposición temprana a la violencia. El niño les guía con despreocupación por las zonas más bajas del río. No es esta su primera ni su última vez; la rutina espanta al miedo y educa el hábito. Les deja en una finca, Gisel no sabe de quién.</p>
<p>“Nos pusieron en un cuartico que no tenía puertas ni ventanas ni nada. Era el techo con unas camas. Teníamos que dormir dos o tres personas por cama. Lógicamente, yo dormía en una con las dos niñas”.</p>
<p>Allí el grupo perdió totalmente la conexión con sus familiares y con el mundo. No había señal en los teléfonos móviles. Y no sabían cuándo los vendrían a buscar para el próximo tramo del viaje.</p>
<p>Era 24 de diciembre y la dueña de la finca quiso que no pasaran la fecha sin algún remanente de celebración. Las mujeres del grupo se sumaron y cocinaron tamales y carne. Nadie comió nada. Una vez bañados y vestidos, listos para celebrar su primera y última Nochebuena en aquel lugar, llegaron a recogerles. Salían hacia el Distrito Federal (D.F.), la recta final.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>Cuando Gisel me cuenta sobre el tiroteo, no se escucha a la misma persona que comenzó la entrevista. Con el paso de los segundos, como a su paso por la selva, Gisel se va convirtiendo en una voz cada vez más quebrada, como si el miedo de nuevo le agarrara el cuello y le mirara a los ojos.</p>
<p>“Nosotros no lo vimos, pero sí sentíamos los disparos”.</p>
<p>Les gritaron que se bajaran del carro. Corrieron al monte. Un árbol de escudo entre las balas y sus hijas. No recuerda qué tiempo pasó. En la travesía, las horas y minutos no se componen de la misma manera. El terror y la desesperación fijan sus propios parámetros temporales.</p>
<p>Debieron regresar a la finca. Allí, Gisel escuchó murmullos y voces bajas: “Se cayó el punto. Fulano lo tomó”. El muerto es hijo de la dueña de la finca. Gisel había oído que esa guagua hacia el D.F. solo salía cada tres días. Todos se van a dormir sin comer y con la esperanza un poco más cuarteada.</p>
<p>Con las luces apagadas no se sabe quién está llorando.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>No sabe cuántos cambios hicieron, ni recuerda cuánto duró el siguiente tramo. Sabe que llegaron a Cancún, que alguien les esperaba, y que allí tomarían un avión hacia “la frontera”.</p>
<p>“Nos mandaron para el aeropuerto con pasaje y todo. Bueno, yo me acuerdo que le decía a mi mamá que nos iban a virar porque es imposible que en un aeropuerto no se den cuenta de que nosotros no tenemos una visa”, dice.</p>
<p>Un cuño en seco. “Puede abordar su vuelo”. Montada en el avión, aún espera que la bajen en cualquier momento.</p>
<p>Otra guagua. Otro vuelo. Una casa en la frontera. Ya ven el final.</p>
<p>Para el último trayecto les quitan los pasaportes. Los mandarán por correo postal a cada familiar en Estados Unidos. El contacto les explica que en esa zona los “marines” mexicanos roban los pasaportes de los cubanos para venderlos. A diferencia del resto de latinoamericanos, los cubanos tienen amparo legal diferente en la frontera estadounidense. Por ahora.</p>
<p>Desde el patio de la casa en la que están, Gisel puede ver la frontera. No sabe cuánto ha dormido en los últimos días, pero su cuerpo le recuerda que no es lo suficiente.</p>
<p>“Ya en el último tramo, cuando se veía el punto fronterizo, el señor que estaba orientándonos nos dijo que las que teníamos hijos se los diéramos a los hombres. Porque a los hombres era más probable que los dejaran entrar si venían con niños. Y las madres, aunque nos quedásemos atrás, ellos [los oficiales de inmigración] estaban obligados a dejarnos entrar”.</p>
<p>El cuerpo hace lo que puede, pero llegado cierto punto, se rinde. A Gisel se le rompió el asa de la mochila con todos los papeles y el dinero. Cayó al suelo. Un muchacho que había hecho toda la travesía con ella y ayudado con las niñas le dice que se apure, que corra, que van a venir. Gisel mira a su alrededor y no ve a sus hijas. Técnicamente, ya está en suelo estadounidense.</p>
<p>“Entonces, yo me acuerdo así, a duras penas, que él me cargó, porque él es un hombre alto y fuerte, joven. Yo no sé, mandaron como cinco o seis patrullas llenas de policía. Y yo decía, ¿dónde está mi niña? Yo solo lloraba y gritaba ¿dónde está mi niña? Y claro, yo veía a mi otra hija, pero ella no me veía a mí, y la oía gritando &#8216;mami, ¿dónde estás?’”.</p>
<p>Finalmente descubre, o alguien le avisa, que a la menor de sus hijas la había cargado uno de los hombres que viajaban con ellas. Era diciembre y hacía mucho frío, y el hombre había metido a la niña dentro de su abrigo y había cerrado el zíper.</p>
<p>Cuando Gisel estuvo en manos del agente de frontera estadounidense, solo podía llorar. El agente le decía: &#8216;pero si tienes que estar contenta, ya llegaste a los Estados Unidos de América, todo está bien&#8217;. Pero Gisel lloraba cosas que llevaba aguantando demasiados días. Terrores que nunca terminan de pasar.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>En una maleta que nunca abre, Gisel guarda todavía las dos mantas metálicas isotérmicas que le dieron para tapar a sus hijas en el centro de detención donde estuvieron al cruzar la frontera. No recuerda por cuál estado entraron, cuánto tiempo estuvieron en un centro u otro, pero guardó las mantas porque algo le decía que necesitaba pruebas de que aquello había sucedido.</p>
<p>Sus hijas ahora son tres años más grandes, y le dicen que acabe de botar eso. Pero Gisel no lo hace. Gisel sabe, en sus huesos, que todo aquello pasó.</p>
<p>“Nosotros vivíamos muy bien en Cuba. No teníamos necesidad de hacer aquella locura. Pero, ¿quieres que te diga algo? Hoy agradezco a Dios haber tomado esa decisión”.</p>
<p>Su voz se entrecorta, se demora. “El miedo nunca se te va a quitar, porque cuando una es madre, el miedo ya nunca se va”.</p>
<div id="attachment_7839" style="width: 820px" class="wp-caption aligncenter"><img fetchpriority="high" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-7839" class="size-large wp-image-7839" src="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2020/07/Avión-Pasajeros_Monkc-op-1000x563.jpg" alt="" width="810" height="456" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2020/07/Avión-Pasajeros_Monkc-op-1000x563.jpg 1000w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2020/07/Avión-Pasajeros_Monkc-op-300x169.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2020/07/Avión-Pasajeros_Monkc-op-768x432.jpg 768w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2020/07/Avión-Pasajeros_Monkc-op-810x456.jpg 810w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2020/07/Avión-Pasajeros_Monkc-op-1140x641.jpg 1140w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2020/07/Avión-Pasajeros_Monkc-op.jpg 1200w" sizes="(max-width: 810px) 100vw, 810px" /><p id="caption-attachment-7839" class="wp-caption-text">Ilustración: Miguel Monkc.</p></div>
<h3>II. Pero al menos hay yogur</h3>
<h4>Lídice</h4>
<p>En febrero de 2021 el Ministerio de Trabajo y Seguridad Social de Cuba publicó en su sitio web una <a href="https://eltoque.com/estas-son-las-124-actividades-prohibidas-para-el-trabajo-por-cuenta-propia-en-cuba" target="_blank" rel="noopener">lista de 124 actividades</a> “donde no se permite el trabajo por cuenta propia”. En el número 88 figuraban “actividades de agencias de viajes y operadores turísticos”. Lídice —quien trabajaba en esto último— y su familia emigraron a Serbia el 26 de julio de ese mismo año.</p>
<p>Lídice no cruzó una frontera norteamericana, se fue a un país frío y desconocido pero que no requería visado. Llegó con su esposo y sus hijos.</p>
<p>“En el nuevo país somos solo mi esposo y yo, nadie más, —dice—. La logística de engranar horarios de kinder, escuela y trabajos fue una ciencia mayor”. A los seis meses había perdido cinco kilos del cuerpo ya flaco con el que llegó.</p>
<p>Es socióloga. Estudiamos juntas. Su salida fue empujada por varias cosas: la falta de libertad, el cierre del trabajo por cuenta propia en turismo, el miedo. “El momento más crítico fue cuando en medio del COVID, en febrero de 2021, mi beba de un año y tres meses estuvo ingresada por sospecha de dengue y el único medicamento disponible para bajarle la fiebre era el que yo llevaba de casa”, recuerda.</p>
<p>Eso la marcó. Le vino un miedo absoluto. El miedo de no poder hacer nada si sus hijos se enfermaban. El miedo de saberse sola. El miedo de no tener.</p>
<p>Entre las pesadillas más grandes que puede enfrentar una madre, padre, o cuidador, es la enfermedad de un niño. La indefensión, la fragilidad, la posibilidad de que una vida recién comenzada peligre. Enfrentar esa situación sin acceso a medicamentos, en hospitales habitados por cucarachas y ecos de un sistema de salud orgullo pasado de una nación, arranca algo que no sabemos nombrar ni Lídice ni yo.</p>
<p>“Paradójicamente, cuando llegué a Serbia también tuve muchos miedos por mis hijos. Temía por ejemplo que se enfermaran, que era justo lo que me había hecho salir de Cuba. Porque si los tenía que llevar a un hospital, donde solo hablaran serbio, ¿qué me hago?”.</p>
<p>Pero hay cierta tranquilidad en tener el desayuno garantizado, la ropa, los zapatos. Lídice me cuenta que la sensación de ver a sus hijos “ser niños”, verlos jugar con los juguetes que antes solo podían soñar, es incomparable. No se trata de ser superficial ni banal, sino de sentir la libertad de que, con el fruto de tu trabajo, le puedas dar esa parte de la infancia que en Cuba no podían tener.</p>
<p>Una vecina de Lídice le preguntó si no le daba miedo irse con dos niños pequeños a un país tan lejos y sin hablar el idioma. Ella tragó en seco y le respondió que sí, que le daba muchísimo miedo, pero más miedo le daba quedarse en Cuba.</p>
<p>Para salir de la isla, Lídice y su esposo pasaron meses reuniendo el dinero como podían. Vendieron la casa, los muebles, la ropa. Hicieron un crowdfunding al cual sus amigos emigrados donaron dinero. Aguantaron la respiración en un consulado francés mientras un oficial decidía si les otorgaban el visado de tránsito indispensable para volar a Serbia.</p>
<p>Durante meses estuve del otro lado de WhatsApp acompañándola. Sentí cada vez que le faltó la fuerza sin decírmelo. Fui testigo también de la resiliencia, la inagotable voluntad de una madre desesperada que sabe que el futuro de sus hijos depende de que logre la vía para dejar su país, su familia, y todo lo que conoce desde que nació.</p>
<p>Cuando aterrizó en Serbia, Lídice no tenía ya patria. Cuba se había desdibujado en el mapa en algún momento mientras el avión cruzaba el Atlántico. Ahora la patria serían unas fotos, unos recuerdos, mensajes de voz en una aplicación móvil.</p>
<p>Ella y su esposo tuvieron muchos momentos de dudar si habían tomado la decisión correcta. Cuando la vida de inmigrantes los intentaba asfixiar, se inventaron una frase ancla: “pero al menos hay yogur”.</p>
<h3>III. “Pero tú te tienes que quedar allá, mamá”</h3>
<h4>Susej</h4>
<p>Las madres cubanas se han convertido en expertas en despedidas mal hechas. En decir “vuelvo pronto” mientras esconden el temblor de las manos cerrando una maleta. En abrazar sin saber si es la última vez. En tragarse el miedo para que no se les note. Algunas se van con los hijos a cuestas; otras los dejan porque creen que es más seguro. Ninguna sale ilesa.</p>
<p>Cuando una madre cubana sube a una cámara de tractor —porque a veces no es un bote, ni un barco— y se lanza al mar con su hijo encima, o adentro, hay quien desde la seguridad de un sofá se lleva las manos a la cabeza y murmura: qué barbaridad, qué madre puede hacer eso. Como si no supieran que el instinto de madre es quedarse, cuidar, proteger; como si no entendieran que para traicionarlo hay que sentir un miedo mayor. Un miedo que ya no cabe en el cuerpo. Porque no hay coraje en subirse a esa rueda, lo que hay es desesperación cruda. Porque para violar ese instinto animal de conservar la vida, hay que estar convencida de que quedarse es peor. Y a veces lo es.</p>
<p>A veces quedarse es mirar cómo tu hijo o hija se apaga de hambre, o deja de ser niño antes de cumplir diez años. Entonces cruzar el mar no es valentía. Es resignación. Es la última jugada de alguien que entendió que hay más de una manera de morir, y que si bien el mar es una, quedarse es otra, mucho más lenta.</p>
<p>Susej es graduada de Psicología, pero al igual que Gisel, en Cuba vivía de revender mercancías traídas del extranjero. Tiene dos niños adolescentes que son su más grande tesoro, y un día, hace ya tres años, se despidió de ellos como tantas otras veces, sin decirle a nadie que, de este viaje, Susej no pensaba regresar.</p>
<p>“Esta es una parte un poco dura: en mi casa no sabían que yo no iba a regresar ni que yo venía rumbo a los Estados Unidos. Nadie sabía. Mi niña fue la que predijo algo y me dijo, mamá, si tú no regresas yo no te voy a hablar más. Me dijo esas palabras. Y aquello fue bien duro, bien fuerte para mí”, dice.</p>
<p>Susej salió rumbo a Rusia el primero de mayo de 2021. Viajó con fotos de sus hijos en un teléfono que luego perdió, y con la idea de que llegaría a Estados Unidos y, al año y un día, tendría su residencia y podría entonces reunirse con sus hijos.</p>
<p>Es difícil encontrar con precisión cuando se comenzó a otorgar a cubanos cruzando la frontera de Estados Unidos y México los llamados formularios I-220A “Order of Release on Recognizance” —Orden de Libertad Bajo Palabra, en español—. La estimación es que la práctica se agudizó a principios del año 2021 como resultado de políticas adoptadas por el entonces presidente Donald Trump, que la administración Biden-Harris heredó sin intención de modificar.</p>
<p>“Cuando estuve en la frontera en aquel momento había mucho desconocimiento. Entonces a mí me soltaron a los dos días con la I-220A, y yo, ya tú sabes, feliz. Luego, cuando llegué a casa de mi hermano fue que me enteré del problema que era aquello”.</p>
<p>Para llegar a los Estados Unidos Susej hizo un viaje difícil, que incluyó tres meses en Rusia, y un mes en Serbia. De lo que quedó entre Serbia y Estados Unidos no hablamos. Durante toda la conversación, me cuestiono si es justo hacerle ciertas preguntas.</p>
<p>Susej no les dice casi nunca a sus hijos “te extraño”. No sabe si está bien o mal, pero ella siente que el dolor de la separación es su carga, no de sus hijos, y que lo debe llevar guardado donde nadie lo vea.</p>
<p>“Al principio me cuestionaron muchísimo. Mi tío fue el primero que me dijo que eso no se hacía, que cómo iba a dejar a mis hijos atrás, con mi tía y con mi abuela. Me hicieron sentir muy mal. Mi papá también, —yo no tengo buena relación con él—, se puso a decir en la calle que yo era una mala madre, que me había ido detrás de un macho. Varias personas hablaron, dijeron cosas así”, cuenta.</p>
<p>Pero nadie hablaba del miedo, ni de las noches en las que no pudo dormir pensando en ellos. Nadie preguntó si lloraba después de colgar las videollamadas, o si el plan era volver, o traerlos, o al menos sostenerlos desde donde estuviera. Era más rápido pensar “es mala madre”, que detenerse a calcular cuánto de terrible ha de haber en el presente, para que una madre se arranque las entrañas por otro futuro.</p>
<p>Ha tenido también momentos en los que la desesperación le ha hecho considerar regresar a Cuba, a sentir el calor de sus hijos en su piel, esa necesidad que nace cuando te ponen un bebé en brazos, y que luego nada te cura.</p>
<p>“A veces he pensado que era mejor quedarme en Cuba, con ellos, comiéndonos un boniato, pero juntos. Entonces les pregunto a mis hijos y ellos mismos me dicen, ‘mamá tú no estás loca, tú te tienes que quedar allá porque nosotros queremos ir para allá, nosotros no queremos estar aquí’”.</p>
<p>En la celebración de los quince años de la hija de Susej no faltó nada, pero no estaba su madre. Desde Estados Unidos, ella dedicó cada centavo ganado a organizar los mejores quince posibles. Habría querido verla. Habría querido estar para abrazarla y decirle que ahora era “una mujercita”. La niña quiso irse a un hotel con sus amigos y Susej pagó todo. Pero no siempre ha tenido esa posibilidad.</p>
<p>“Hubo momentos difíciles en mi vida también [en los] que yo no tenía ni para mandarle a mis hijos. Porque al principio todo es bien duro; emigrar es duro. Yo decía: ahora no me tienen a mí y no tienen nada. Entonces eso fue lo que me dio la fuerza, eso fue lo que me impulsó para yo decir: tengo que salir adelante, porque si yo estoy en este país hoy es por ellos”, dice.</p>
<p>Cuando tuvo que limpiar pisos en la construcción, con las rodillas arañadas y el polvo metido hasta los huesos, Susej imaginaba el día que pudieran estar los tres juntos de nuevo. Durmió en un colchón en el suelo, en el sótano de alguien en Colorado. Ganó 10 dólares la hora, saliendo de su casa a las cinco de la mañana para ir, con un grupo de mexicanos, a raspar pisos para remodelación.</p>
<p>“Yo lloraba todos los días. Nunca pensé verme en esa situación, cuando me separé de mi pareja, y me vi sola… rodando de un estado a otro. Y en medio de todo, sabiendo que tenía que garantizar la vida de mis hijos: la mochila para la escuela, los zapatos, la recarga del teléfono”, dice.</p>
<p>Con las manos llenas de polvo Susej se limpiaba las lágrimas y seguía. Las madres nunca tienen opción, siempre es seguir.</p>
<p>La entrevista con Susej termina con una historia de su vida de cajera en una tienda de Walmart:</p>
<p>Un hombre solo con dos niños caminaba frente a la caja donde Susej despachaba. Preguntó por los disfraces, era octubre, casi Halloween. Fue y vino varias veces hasta que llegó a su con una calabaza plástica y una máscara de asustar. Iba a pagar, pero no le alcanzaba. Doce dólares. El padre entendió primero; el hijo después. Tenía unos doce años. Bajó la cabeza, dejó la calabaza, y le dijo: lo siento. Como si pedir algo fuera una falta. Susej le preguntó con ternura: “¿tú quieres la calabaza mi amor?”. Dijo que no. Que era para su hermanita. Entonces ella la pagó. El padre quiso negarse, pero ella insistió. No pensaba en sus propios hijos, pero sí. Porque cuando se es madre, uno sabe que lo que duele en otro niño también es tuyo.</p>
<div id="attachment_7011" style="width: 820px" class="wp-caption aligncenter"><img decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-7011" class="size-large wp-image-7011" src="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2019/02/2020-04-17_Domingos-rotos_Yaimel-López-op-1000x562.jpg" alt="" width="810" height="455" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2019/02/2020-04-17_Domingos-rotos_Yaimel-López-op-1000x562.jpg 1000w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2019/02/2020-04-17_Domingos-rotos_Yaimel-López-op-300x169.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2019/02/2020-04-17_Domingos-rotos_Yaimel-López-op-768x432.jpg 768w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2019/02/2020-04-17_Domingos-rotos_Yaimel-López-op-810x455.jpg 810w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2019/02/2020-04-17_Domingos-rotos_Yaimel-López-op.jpg 1080w" sizes="(max-width: 810px) 100vw, 810px" /><p id="caption-attachment-7011" class="wp-caption-text">Ilustración: Yaimel López.</p></div>
<h3>IV. “Desbloquea mi teléfono y llama a tu primo”</h3>
<p>Maternar sin red de apoyo tampoco es pan comido. En Cuba te rescata la costumbre de brindar auxilio; en un país sin ambulancias ni servicios de urgencia reales, el apoyo de vecinos y desconocidos puede salvar en una urgencia.</p>
<p>“Yo no tenía comida, pero el día que mi hijo se quemó la mano con el jarro metálico de la leche, los vecinos corrieron con nosotros al policlínico”, cuenta Lianet, una amiga periodista.</p>
<p>En otras latitudes, el auxilio puede terminar en un proceso judicial, y la gente se cuida de ello hasta el límite de no ayudar por no “buscarse problemas”. En este contexto, maternar se matiza también por el miedo de que, si pasa algo, puede que nadie del entorno acuda. Lianet le ha enseñado a su hijo de 11 años cómo desbloquear el teléfono de mamá, y a qué contacto de WhatsApp tiene que llamar si ella se desmaya y no responde. Le ha repetido, como un entrenamiento militar, paso por paso, cómo tiene que proceder, en qué orden se salva una vida. Primero, agarrar a su hermanita pequeña, luego llamar a emergencias y, por último, sentarse cerca de mamá y llamar al primo por WhatsApp. Lianet es lo último. No importa, en realidad, lo que pase con ella. Solo importa lo que pase con sus dos hijos durante el tiempo que esté inconsciente.</p>
<p>Otra conocida no viaja nunca junto a su esposo en el auto. Intentan siempre que uno de los dos no esté en el vehículo para, en caso de un accidente, que los niños tengan un padre que sobreviva.</p>
<p>La migración cubana se refleja en cifras. Las agencias gubernamentales encargadas de contabilizar esa miseria que habita las mochilas de los sin patria lanzan cifras anuales. Los americanos le llaman alien encounters. Y, después de todo, alien puede ser precisamente el mejor descriptor para aquello que escupe la selva centroamericana y que llega jadeando a la arena de un punto fronterizo.</p>
<p>Aún así, las cifras no lloran. No duermen en el piso. No trabajan en Walmart mientras piensan en los quince que se perdieron. No compran una calabaza de Halloween para la niña de otro porque no pudieron hacerlo por la suya. No cargan la culpa como un ladrillo en el pecho.</p>
<p>En el último minuto de la entrevista, cuando ya creo que no puede hacerme daño nada, Gisel recuerda el aeropuerto en Cuba. Toda su familia y sus amigos fueron a despedirla. “Mi mamá me dijo ‘vete, y cuando tú cojas por ese pasillo no mires para atrás’”. Gisel llora, y yo lloro con ella. Y de alguna manera, lloramos todas las madres cubanas, porque nos arrancaron algo, y sabemos que ya nunca nos van a pedir perdón.</p>
<p>Cuba, que quizás es una isla madre, sigue flotando en ese mar de lágrimas, resignada y diciéndole también a cada hijo e hija: “vete, y no mires atrás”.</p>
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		<title>Hecha arena</title>
		<link>https://periodismodebarrio.org/2025/04/hecha-arena-maternidad-cuba/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Claudia Barrientos Batista]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 02 Apr 2025 17:02:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[General]]></category>
		<category><![CDATA[crianza]]></category>
		<category><![CDATA[Cuba]]></category>
		<category><![CDATA[maternidad]]></category>
		<category><![CDATA[parto]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>En un país que se deshacía al anochecer, mi madre me sostuvo con lo único que tenía: su cuerpo cansado, su miedo, y una resistencia que solo ahora he aprendido a nombrar.</p>
<p>La entrada <a rel="nofollow" href="https://periodismodebarrio.org/2025/04/hecha-arena-maternidad-cuba/">Hecha arena</a> se publicó primero en <a rel="nofollow" href="https://periodismodebarrio.org">Periodismo de Barrio</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>No sé dónde está la foto original. En la copia que puedo ver en mi teléfono, que es una foto de una foto, yo salgo sonriendo y mi madre no. Estamos sentadas sobre la cama, en el cuartico pequeño donde vivíamos los tres: ella, mi segundo padre desde mis dos años, y yo.</p>
<p>Mami intenta darme la comida. Aunque en la imagen estoy haciendo una mueca de sonrisa, estoy, en realidad, muerta de miedo.</p>
<div id="attachment_15004" style="width: 525px" class="wp-caption aligncenter"><img decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-15004" class="size-large wp-image-15004" src="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/04/Carla-Habibi-2025-04-02-16.50.08-515x600.jpg" alt="Niña sonriente junto a su madre mientras esta le ofrece un plato de comida, sentadas sobre una cama en Cuba." width="515" height="600" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/04/Carla-Habibi-2025-04-02-16.50.08-515x600.jpg 515w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/04/Carla-Habibi-2025-04-02-16.50.08-257x300.jpg 257w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/04/Carla-Habibi-2025-04-02-16.50.08-768x895.jpg 768w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/04/Carla-Habibi-2025-04-02-16.50.08-810x944.jpg 810w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/04/Carla-Habibi-2025-04-02-16.50.08.jpg 1098w" sizes="(max-width: 515px) 100vw, 515px" /><p id="caption-attachment-15004" class="wp-caption-text">Aunque en la imagen estoy haciendo una mueca de sonrisa, estoy, en realidad, muerta de miedo. Foto: Cortesía de la autora.</p></div>
<p>Mi madre conoció a mi padre en el preuniversitario. Tendrían 16 años o algo así, y la madurez de un plátano macho para chicharritas. Pasaron muchas cosas, pero en algún momento supongo que se enamoraron como se enamoran los adolescentes, pensando que eso era la vida.</p>
<p>Se casaron. Mi padre se fue a proteger la costa desde una lancha guardafronteras; mi madre, a trabajar en una empresa de medicamentos. Ella acababa de cumplir 23 y él los cumpliría un mes después, cuando nací yo. A mi madre nadie le había explicado jamás lo que era ser madre, y a mi padre, aún menos.</p>
<p>Hicieron lo que pudieron durante un año. Mi padre pasó las primeras dos semanas de mi vida con nosotras, y los cuatro meses posteriores en una unidad militar a casi 800 kilómetros de distancia.</p>
<p>Mi madre tenía apoyo: mi abuela, bisabuela, tía bisabuela y una señora que ayudaba con la limpieza y los cuidados de mi tía bisabuela. Lo que mi madre no tenía era quien la abrazara de verdad. Porque no es un abrazo cualquiera el que necesita una madre primeriza.</p>
<p>No sé —y sospecho que ni ellos lo saben— cuándo dejaron de amarse. O cuándo mi padre dejó de amar a mi madre. Porque, en realidad, fue ella quien salió de la casa donde yo nací con una hija de un año y el corazón reducido a un puñado de arena.</p>
<p>Un año y medio antes de que yo llegara al mundo, mi abuelo materno lo dejó. Un hombre que, según todo el que lo conoció, era la bondad en forma humana, y al que, a todas luces, mi madre se parece muchísimo.</p>
<p>Mami sobrevivió la muerte prematura de su padre únicamente porque tiene una capacidad de resistencia incomparable. Mi abuelo era su universo, y aunque yo no estaba ahí, sé que también entonces le faltaron abrazos. Porque la cultura del país donde crecí es bastante dura con los dolientes; en una isla donde se vive al borde del abismo, no hay tiempo para lamentaciones ni lloriqueos. No sé quién consoló a mi madre, o si alguien se preguntó cómo se consuela a una muchacha de 21 años que pierde su refugio.</p>
<div id="attachment_15005" style="width: 356px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-15005" class="size-large wp-image-15005" src="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/04/Carla-Habibi-2025-04-02-16.57.19-346x600.jpg" alt="Madre joven con su hija pequeña en brazos, ambas visten vestidos y sonríen a la cámara." width="346" height="600" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/04/Carla-Habibi-2025-04-02-16.57.19-346x600.jpg 346w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/04/Carla-Habibi-2025-04-02-16.57.19-173x300.jpg 173w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/04/Carla-Habibi-2025-04-02-16.57.19.jpg 738w" sizes="(max-width: 346px) 100vw, 346px" /><p id="caption-attachment-15005" class="wp-caption-text">Años antes de que pudiera comprender todo lo que mi madre había perdido para llegar hasta ahí. Foto: Cortesía de la autora.</p></div>
<p>Para cuando yo tenía uso de razón y memoria, mi madre ya me pegaba. Nunca me dio con un cinto, ni con ningún otro objeto que no fuera, ocasionalmente, una chancleta de goma. Tampoco me pegaba todos los días, aunque en mi recuerdo se sintiera casi como algo diario. Pero me pegaba cuando la paciencia se le agotaba. Y en Cuba, en 1991, con apagones, nada que comer, divorciada y empezando una relación nueva con un excelente hombre, pero que también tenía la ira a flor de piel, perder la paciencia era muy frecuente.</p>
<p>Mis recuerdos de los 90 en Cuba son terribles, como los de casi todos los de mi generación y de generaciones mayores. Pero también hay cosas que no sé si otros amigos y amigas vivieron:</p>
<p>Había gritos. Objetos estallando en el piso. Olor a alcohol y a hombres sudados y borrachos. Había miedo, mucho miedo. Y el miedo huele siempre a queroseno.</p>
<p>Había una especie de temblor, que me recorría el cuerpo y me apretaba la nuca cuando empezaba a caer la noche en una calle llena de niños correteando y gritando.</p>
<p>Había picadas de mosquitos. Vergüenza por no correr rápido o saber jugar al <em>cogío</em>.</p>
<p>Pero había, sobre todo, una mirada de preocupación al cielo que empezaba a teñirse de franjas malvas, de azules que se hacían grises. Y la niña que fui entiende ese cuadro como la antesala de alguna desgracia. Todo lo malo en mi infancia pasó después de las seis de la tarde, o es lo que me dice la memoria.</p>
<p>Era ese el peor momento. Cuando el día se daba por vencido y le pasaba la bandera de lucha a la oscuridad, y le decía: haz lo que puedas con este país.</p>
<p>La oscuridad en Cuba era total, una sábana negra con apenas unos agujeros de luz desde velas perdidas. Esa era la hora de comer. Terminar el juego en el asfalto y transformarse en algo que ojalá no hiciera enfadar a mi madre. En el cristal del único carro parqueado en mi calle, yo me acomodaba el pelo como podía. Entrar despeinada podía ser lo que terminara de romper a mi madre ese día.</p>
<p>A los cinco, o seis, o siete años, yo no sabía quién era mi madre. Mamá me cocinaba, me vestía, me llevaba a la escuela, jugaba conmigo, me daba muchísimo amor, pero yo no sabía que mi madre era, además, una persona.</p>
<p>No sospechaba, ni podía sospechar, que había perdido a su padre demasiado pronto. Ni que el amor de su vida había resultado ser la persona completamente equivocada para ella, y ella para él.</p>
<p>No sabía que mi mamá —o más bien, la mujer que era mi mamá— había pasado los primeros meses del posparto en depresión y sin su pareja.</p>
<p>A la hora de entrar, cuidadosa y con miedo, a la cocina donde me esperaba mi madre para servirme la comida, yo no tenía idea de cuánto dolor y abandono mi madre había sobrevivido ya.</p>
<p>Y no tenía aún 28 años.</p>
<div id="attachment_15002" style="width: 716px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-15002" class="size-large wp-image-15002" src="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/04/IMG_8738-706x600.jpg" alt="Niña pequeña frente a un pastel de cumpleaños, rodeada de niños y adultos durante una celebración." width="706" height="600" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/04/IMG_8738-706x600.jpg 706w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/04/IMG_8738-300x255.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/04/IMG_8738-768x653.jpg 768w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/04/IMG_8738-810x688.jpg 810w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/04/IMG_8738-1140x969.jpg 1140w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/04/IMG_8738.jpg 1179w" sizes="(max-width: 706px) 100vw, 706px" /><p id="caption-attachment-15002" class="wp-caption-text">Mi madre sostenía mi mano para cortar el pastel, sin saber que cortábamos también un lazo con su juventud. Foto: Cortesía de la autora.</p></div>
<p>Son las cuatro de la tarde de algún día de mayo en Toronto, y el vestido más fresquito que tengo se me pega al cuerpo y me marca la barriga.</p>
<p>Esto me incomoda, porque aunque llevo más de diez años lidiando con el sobrepeso, hace apenas unos días que he dado a luz y todavía se me nota una barriga pronunciada.</p>
<p>Regresamos de la consulta de lactancia porque mi hija sigue sin tomar el pecho como debería, o como me dicen que debería. Todavía es difícil sentarme sin sentir dolor, y he dormido un cúmulo de veinte horas en quince días. Es la tercera vez que vamos a la consulta.</p>
<p>—Ay, hija, yo recuerdo bien lo que pasé contigo. Cuando se me secó la leche a los tres meses fue algo terrible para mí.</p>
<p>Mi madre me consuela por videollamada y yo abro los ojos como platos, porque es la primera vez en 35 años que me entero de que tomé fórmula (o leche maternizada, como se llamaba entonces) a partir de los tres meses.</p>
<p>—Mami, ¿cómo que cuando se te secó la leche?</p>
<p>Mi madre procede a contarme cómo, a los dos meses y un poco de haber parido, un día amaneció sin leche en los senos. Me habla de mi abuela corriendo por toda La Habana para conseguir leche maternizada. De la sorpresa. De la tristeza.</p>
<p>Y yo no logro seguirle el hilo a la historia porque no entiendo cómo, en 35 años —en particular en los nueve meses de mi embarazo— mi madre nunca me ha dicho que prácticamente no tomé pecho.</p>
<p>Cuando le pregunto, sin tono acusatorio, cómo es posible que yo nunca haya sabido eso, me dice que no sabe bien, que son cosas que dan un poco de pena contar.</p>
<p>Y yo pienso, entonces, en mi madre a sus 23 años: primeriza, delgada y frágil, cansada, sola, y sin leche que darle a su hija.</p>
<p>Desde que salí embarazada, mi relación con mi madre se fue transformando poco a poco. No sé si es mejor que antes, pero sí sé que es distinta. Pasamos los nueve meses de mi embarazo hablando con más frecuencia que nunca. Yo tenía muchas preguntas, mi mamá tenía no menos consejos. Eso era de esperarse. Lo que no me esperaba era que mi madre redescubriera su propia maternidad a través de la mía.</p>
<p>Que el día que le expliqué por qué no quería visitas en el hospital, que le hablé de los estudios sobre la importancia de que esas primeras horas posparto mamá y bebé no sientan estrés, o que cuando le enumeré las maneras en que el estrés podía contribuir a demorar la llegada de la leche, mi madre me mirara como un alumno que finalmente entiende la ecuación, 35 años después.</p>
<p>—A mí ese primer día en el hospital la única que me preguntó si ya había comido fue Baby, la amiga mía, que me llevó un pan y un batido. Yo me estaba muriendo del hambre y del cansancio, pero todo el mundo estaba allí para verte a ti.</p>
<p>“Recuerdo también que la leche se me demoró como tres días en bajar y que yo, al final de cada día, estaba más agotada por las visitas que por la recuperación del parto”, me cuenta, y quiero abrazarla.</p>
<p>A mi madre nadie le dijo —es probable que no fuera protocolo en ese momento— que al bebé había que darle el pecho por la noche cada tres horas aproximadamente. Que de no hacerlo, debía al menos extraerse la leche.</p>
<p>Nadie le advirtió que pasar más de ocho, diez horas sin dar el pecho podía hacer que su cuerpo entendiera que no hacía falta tanta producción, y que, efectivamente, un día amaneciera seca.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>Mi abuela me había traído la muñeca de algún viaje al extranjero. En Cuba no vendían muñecas como esa. Mami me había repetido al menos diez veces que no la llevara a la escuela porque podía perderla, o me la podían robar. En un país sin muñecas, no sé cómo se podría tipificar el delito de quitarle una a un niño para dársela a otro.</p>
<p>La muñeca llegó clandestinamente a mi aula de Preescolar B, donde la maestra Reina nos enseñaba a leer y escribir con un componedor. Todo el mundo quiso verla. Si le apretabas la barriga, hacía un sonido horrible, como un graznido, pero que en aquel entorno resultaba algo novedoso.</p>
<p>A las 4:20 p.m. sonaba el timbre y los niños corríamos al patio a esperar a nuestros padres. Mami siempre me recogía a tiempo porque tenía el trauma de su propia infancia, cuando su madre pasaba horas en reuniones del Partido y no llegaba a buscarla hasta las seis o siete de la tarde.</p>
<p>No sé si a casa de mi tía Teté —donde vivíamos temporalmente para alquilar la casa nuestra y así poder comer— llegamos caminando o en bicicleta. Sé que de allí, de vuelta a la escuela fuimos caminando, o casi corriendo, mientras mi madre me peleaba y me halaba por la mano, amenazándome con castigos innombrables. Aunque llegamos bastante rápido, poco más de veinte minutos después de notar que no la traía en la mochila, la muñeca nunca apareció. Yo le había puesto Isita, el apodo de niña de mi madre.</p>
<p>Con 36 años y una hija de meses, aún me cuesta entender por qué era tan importante para mi madre recuperar la muñeca. Por qué me llevó casi a rastras y llorando desde casa de mi tía abuela hasta la escuela. Sé que la muñeca era muy bonita, que era producto del sacrificio de mi abuela, que en vez de usar el dinero de sus viáticos para comer, me la compró. Sé también que mi madre entendía que no iba a tener otra como esa en mucho tiempo.</p>
<p>Pero cuando regreso a ese tramo de la 5ta avenida, donde mi madre me apura el paso y yo la miro llorando, hay algo en su expresión que habla de mucho más que una muñeca. A veces siento que mi madre ya había perdido demasiado para ese entonces, y que si aceptaba esa pérdida también, la presa se iba a romper.</p>
<div id="attachment_15003" style="width: 462px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-15003" class="size-large wp-image-15003" src="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/04/IMG_8739-452x600.jpg" alt="" width="452" height="600" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/04/IMG_8739-452x600.jpg 452w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/04/IMG_8739-226x300.jpg 226w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/04/IMG_8739-768x1019.jpg 768w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/04/IMG_8739-810x1075.jpg 810w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/04/IMG_8739.jpg 946w" sizes="(max-width: 452px) 100vw, 452px" /><p id="caption-attachment-15003" class="wp-caption-text">Mi madre intentaba que comiera, sin saber que la leche ya no vendría. Fue el inicio de una lucha diaria. Foto: Cortesía de la autora.</p></div>
<p>Es el primer día de hacer el <a href="https://periodismodebarrio.org/2025/02/baby-led-weaning-ensenanza-de-autonomia-en-cuba-o-utopia/">Baby Led Weaning</a> con mi hija. Le estoy dando pedazos de tortilla de huevo, picados a la medida exacta recomendada, mientras su padre nos hace un video.</p>
<p>Mi hija se ríe y juega con la tortilla, que apenas tiene un solo huevo pero es más que suficiente para ella. Si tira algunos pedazos al suelo, no pasa nada. Aunque no tenemos más que lo justo, tampoco es tan grave desperdiciar un huevo.</p>
<p>Hay algunas pocas fotos mías comiendo de bebé, amarrada a una silla de madera que debió haber sido de mi abuelo cuando era pequeño. Mi madre, delgada y frágil, joven, con cara de niña, intenta darme cucharada tras cucharada de alguna papilla. Era lo recomendado para los bebés: empezar por las papillas. Ahora hay fuentes que aseguran que obligar al bebé a comer papilla cuando no quiere puede contribuir a desarrollar ansiedad con la comida.</p>
<p>Yo nunca más comí bien, hasta que entré en la adolescencia. Una de las batallas diarias de mi madre y mi bisabuela —y de cualquiera que me cuidara— era lograr que comiera lo mínimo indispensable para no desarrollar anemia.</p>
<p>Yo, por el contrario, desarrollaba el talento de esconder la comida en macetas, carteras de muñecas, pasillos laterales… o de quedarme sentada durante dos o tres horas cuando me decían: “De ahí no te levantas hasta que no termines el plato.”</p>
<p>Y esa niña que botaba los pedazos de bistec en una maceta no entendía que su madre había vaciado su clóset una semana atrás para mandar ropa al campo a cambio de carne.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>Durante mi posparto nunca nos ha faltado la electricidad, ni el agua, ni los alimentos básicos (a excepción de un mal mes en el que tuvimos que recurrir a los amigos). No tengo 23 años. No me he divorciado del padre de mi hija. No he perdido a mi padre de un infarto.</p>
<p>No vivo en un país empecinado en construir un tipo de socialismo —que nunca lo fue—deformado, escuálido, autoritario, que ya se había derrumbado en otros lugares con mayores recursos. No tengo una pareja que pasara solamente diez días con mi hija y conmigo antes de tener que regresar a una unidad militar a cientos de kilómetros, sin poder volver a vernos en cuatro meses.</p>
<p>Mis condiciones son, en muchos sentidos, mejores que las que tuvo mi madre. Hay mucho menos de traumático en mi entorno. Y a pesar de todo eso, apenas he logrado sobrevivir a los últimos diez meses. <a href="https://periodismodebarrio.org/2025/03/la-mala-madre/">Mi hija ha sido la bendición más feroz que haya tenido jamás</a>. Los últimos meses se han sentido como la felicidad más grande pero precaria, como comerse una tina de helado con un cuchillo apuntando a la yugular.</p>
<p>No me arrepiento de haber parido. Lo volvería a hacer, aun sabiendo todo lo que implica. Pero quisiera poder advertírselo a mi madre. Correr a su cuarto en casa de mi padre, embarazada, y abrazarla. Decirle lo que se avecina, pero también que no va a estar sola. Que lo haremos juntas. Que le voy a perdonar todo.</p>
<p>En la foto donde parezco sonreír pero tengo miedo, mi madre sostiene un plato de comida. No sé cómo explicarlo, pero sé que eran pedazos de boniato frito y arroz blanco. Hay luz, lo cual es raro. Mami no sonríe, pero mira a la cámara y hay algo agridulce en sus ojos. Ya no siento miedo viendo la foto. Solo admiración y empatía.</p>
<p>Los ojos de mi madre me miran desde el borde de la cama mientras sostiene el plato como si le temblaran las manos de tanto sostenernos sin saberlo. Puedo contar todos los abrazos que le faltaron. Pero cuento también todos los que le daremos su nieta y yo.</p>
<p>Ahora que soy madre, entiendo.</p>
<p>Ahora sé que mami también era una mujer a la que la vida golpeó con olas de dolor y pérdidas innombrables. Que en lugar de romperse, se volvió arena. Y con esa arena, de algún modo, nos sostuvo a las dos.</p>
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		<title>La mala madre</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Claudia Barrientos Batista]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 20 Mar 2025 16:04:25 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[General]]></category>
		<category><![CDATA[cuidados]]></category>
		<category><![CDATA[maternidad]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Cuando la culpa pesa, la mirada de mi hija es un mar que me sostiene. </p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>A continuación, una lista no exhaustiva de todas las veces que me sentí mala madre:</p>
<p>Cuando, viendo cuánto dolían las contracciones, le dije a la enfermera, al cabo de solo dos horas, que quería una epidural, y me pregunté qué tipo de mujer blanda sería yo, qué clase de madre defectuosa, si todas las mujeres en Cuba parían sin eso. Y aunque después tuve que pedir que me la quitaran porque no sentía las contracciones para pujar, igual me quedó esa sensación, como un pincho en la nuca: no aguanté lo suficiente.</p>
<p>Cuando Darya tenía horas de nacida y yo “no sabía” darle el pecho, o tenía solo calostro, y las enfermeras entraban y salían de la habitación, todas con la misma expresión de paciente desaprobación, explicándome cómo exprimir con los dedos lo que parecía una sustancia fantasma, recogerla en una jeringuilla y dársela. Y yo pensaba que todas las demás madres del mundo sabían amamantar, que sus cuerpos respondían a la demanda con la precisión de una máquina perfecta, y el mío no.</p>
<div id="attachment_14958" style="width: 458px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-14958" class="wp-image-14958 size-large" src="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/03/1-448x600.png" alt="Mujer con expresión cansada sentada en el borde de una acera junto a un coche de bebé." width="448" height="600" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/03/1-448x600.png 448w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/03/1-224x300.png 224w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/03/1-768x1029.png 768w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/03/1-1147x1536.png 1147w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/03/1-810x1085.png 810w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/03/1-1140x1527.png 1140w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/03/1.png 1170w" sizes="(max-width: 448px) 100vw, 448px" /><p id="caption-attachment-14958" class="wp-caption-text">Las madres no descansan, las madres se levantan y hacen lo que hay que hacer. Foto: Cortesía de la autora.</p></div>
<p>Cuando, embarazada todavía, alguien me dijo: ni se te ocurra pensar que vas a poder quedarte en cama los primeros días. Aunque fuera cesárea, aunque el cuerpo se me abriera en dos. Porque las madres no descansan, las madres se levantan y hacen lo que hay que hacer.</p>
<p>Cuando, en la quinta noche del postparto y después de no dormir, mi pareja rompió un vaso en la cocina mientras preparaba un biberón medio dormido y murmuró: es que a lo mejor no tendría que estar yo levantándome todas las veces a hacer el biberón. Y me sentí la peor madre porque, en efecto, era él quien iba siempre a la cocina, aunque yo hubiese pasado nueve meses vomitando, con dolores de cinco tipos distintos; aunque hubiese empujado durante dos horas a una bebé de ocho libras y media fuera de mi cuerpo.</p>
<p>Cuando dije que no recibiríamos visitas los primeros cinco días, ni en el hospital ni en casa, porque lo único que quería era evitar el estrés, concentrarme en sanar y cuidar a mi hija, y me respondieron con el clásico: “eso es un egoísmo absoluto”.</p>
<p>Cuando, después de noches y noches sin dormir, sabía que tenía que cambiarle el pañal, pero el cuerpo no me daba para eso y pensé: qué más da esperar quince minutos más.</p>
<p>Cuando sentí por primera vez que me estaba volviendo loca. No figurativamente, no en un arrebato de exageración, sino literalmente loca. Cuando recordé aquel familiar que me había dicho: “esto lo hacen millones de mujeres todos los días, incluso solas, así que tú no puedes ser menos”, y sentí la frase hundirse en mi espalda como una piedra.</p>
<div id="attachment_14959" style="width: 460px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-14959" class="size-large wp-image-14959" src="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/03/5-450x600.png" alt=" Mujer con expresión ambigua sosteniendo a su bebé dormido en brazos." width="450" height="600" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/03/5-450x600.png 450w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/03/5-225x300.png 225w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/03/5-768x1025.png 768w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/03/5-1151x1536.png 1151w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/03/5-810x1081.png 810w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/03/5-1140x1521.png 1140w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/03/5.png 1172w" sizes="(max-width: 450px) 100vw, 450px" /><p id="caption-attachment-14959" class="wp-caption-text">¿Qué clase de madre defectuosa sería yo si todas las demás lo hacen mejor? Foto: Cortesía de la autora.</p></div>
<p>Cuando mi pareja volvió al trabajo tres meses después del parto y me quedé sola con la bebé ocho horas al día. Cuando, en cuanto él llegaba, yo se la entregaba como si fuera un bombero rescatándonos de un incendio, y entonces me dijeron: “tu pobre marido pasa ocho horas trabajando y luego llega y tiene que ocuparse de la niña”, como si las ocho horas que pasaba yo con ella no contaran. Como si no fuera el trabajo más duro, el de no pestañear porque le puede costar la vida.</p>
<p>Cuando dije en voz alta que tenía depresión postparto y la respuesta fue: “pues no deberías haber parido si no ibas a poder con esto”.</p>
<p>Cuando mi hija llevaba cuatro horas llorando sin parar y pensé en esas películas donde una mujer mete unas pocas cosas en una maleta vieja, se sube a un coche y desaparece en la carretera entre una estela de polvo. Y entendí.</p>
<p>Cuando, en medio de un episodio de psicosis postparto, se me cruzó la idea fugaz de que no podía matarme y dejar a mi hija atrás, que tendríamos que irnos juntas. Apenas fue un parpadeo, pero suficiente para ponerme de rodillas. Llamé al hospital, pedí ayuda. Me recetaron tres pastillas. Las tomé. Y en mi cabeza la voz implacable: eres la madre más débil que haya existido jamás.</p>
<p>Cuando mi hija decidió que nunca más iba a dormir en su cuna y tuve que elegir entre dejarla llorar o dormir con ella en la cama. Elegí el colecho. Me aseguré de seguir al pie de la letra todas las recomendaciones para que fuera seguro. Me dijeron que la estaba malcriando.</p>
<p>Cuando la dejé en el corral y gritó como si la estuvieran torturando durante 45 minutos seguidos. La cogí en brazos. Y los familiares, con sus miradas reprobatorias: “ya aprendió a manipularte”.</p>
<p>Cuando supe que no podía estar sola con ella y le pedí a mi pareja que tomara una licencia sin sueldo porque si no, no sabía qué iba a pasar. Y me dijeron: “ah, prefieres pasar hambre a ocuparte de tu hija sola”.</p>
<p>Cuando mi madre me dijo: “ven para España, como único te puedo ayudar es si estás aquí”. Y yo le respondí: “pero no me atrevo a hacer un viaje sola con la niña, con escalas, con más de 12 horas de vuelo”. Y su respuesta fue: “he estado en muchos vuelos donde las madres viajan solas con sus bebés”.</p>
<p>Cuando, por primera vez en cinco meses, salí sola a la farmacia y, sin tener nada específico que comprar, caminé por los pasillos y sentí el aire más ligero, más nítido. Como si fuera otra persona, no una madre sino alguien libre, y me pregunté: “¿qué tipo de madre disfruta estar lejos de su bebé?”.</p>
<p>Cuando tuve que pedir ayuda públicamente en Instagram porque no tenía dinero para pañales, porque mi esposo estaba de licencia sin sueldo, y pensé: “qué va a decir la gente, yo pidiendo ayuda para comer teniendo una bebé de meses”.</p>
<div id="attachment_14960" style="width: 463px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-14960" class="size-large wp-image-14960" src="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/03/9-453x600.png" alt="Mujer leyendo un libro sobre emociones a su bebé, quien la observa con curiosidad." width="453" height="600" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/03/9-453x600.png 453w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/03/9-227x300.png 227w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/03/9-768x1017.png 768w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/03/9-1160x1536.png 1160w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/03/9-810x1073.png 810w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/03/9-1140x1510.png 1140w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/03/9.png 1172w" sizes="(max-width: 453px) 100vw, 453px" /><p id="caption-attachment-14960" class="wp-caption-text">Cómo explicarle lo que siento si ni yo misma sé qué color tengo hoy. Foto: Cortesía de la autora.</p></div>
<p>Cuando, nueve meses después de parir, mi manguito rotador destrozado, mi hernia lumbar y una coccigodinia postparto que me hacía chillar de dolor cada vez que intentaba levantarme de un asiento me impedían cargar a mi hija de pie más de cinco minutos, y pensé: “qué dirán los demás viendo que nunca cargo a mi hija”.</p>
<p>Cuando fuimos a España y mi pareja decidió darme un descanso, ocuparse él lo más posible de la niña durante esas dos semanas. Y me dijeron: “por supuesto que la niña adora a su padre, si es el que está con ella veinticuatro por siete”.</p>
<p>Y al final, la misma pregunta. La que siempre regresa: ¿cuándo se considera que una madre es suficiente? ¿Y quién lo decide?</p>
<p>Podría enumerar cientos de veces más en las que me sentí mala madre. Pero prefiero hablar del bálsamo.</p>
<p>Cuando mi hija despierta en mis brazos y, al verme, abre los ojos como un mar —lo que su nombre, Darya, significa en farsi— y sonríe a toda mandíbula y dice: <em>mma mma mma</em>. Y yo le beso la manito y le susurro: “buenos días, belleza mía, mamá te ama”. Y entonces, en ese instante, sé que mi hija sabe. Y que sabrá siempre. Que soy la mejor madre que humanamente puedo ser.</p>
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		<title>Baby-Led Weaning: ¿Enseñanza de autonomía en Cuba o utopía?</title>
		<link>https://periodismodebarrio.org/2025/02/baby-led-weaning-ensenanza-de-autonomia-en-cuba-o-utopia/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Claudia Barrientos Batista]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 20 Feb 2025 15:20:13 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[General]]></category>
		<category><![CDATA[alimentación]]></category>
		<category><![CDATA[Baby-Led Weaning]]></category>
		<category><![CDATA[infancia]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El método de alimentación complementaria dirigida por el bebé ha ganado popularidad en años recientes pero, ¿cómo encaja en un contexto de escasez?</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>En Cuba, alimentar a un bebé rara vez se trata de elegir entre métodos o tendencias. Las papillas y purés, hechos con lo que se pueda encontrar, son una tradición que no responde solo a preferencias sino a la escasez. Es un método práctico y seguro dentro de un sistema que obliga a las familias a ajustarse a una realidad de carencias crónicas. Mientras tanto, en otros países, ha ganado popularidad un enfoque distinto: el <a href="https://www.scielo.cl/scielo.php?script=sci_arttext&amp;pid=S2452-60532022000300300#:~:text=El%20t%C3%A9rmino%20BLW%20fue%20acu%C3%B1ado,2008%20en%20Reino%20Unido7." target="_blank" rel="noopener">Baby-Led Weaning (BLW)</a>, conocido en español como alimentación complementaria dirigida por el bebé. Un método que promueve la autonomía infantil y el desarrollo sensorial desde los primeros meses pero que, en el contexto cubano, plantea una pregunta inevitable: ¿cómo pudiera encajar una filosofía de autonomía alimentaria en un país donde los alimentos son escasos y las condiciones para prepararlos, inciertas?</p>
<p><em>Periodismo de Barrio</em> responde algunas preguntas para comprender el método y ofrece consejos para implementarlo.</p>
<h4>¿Qué es el BLW?</h4>
<p>El BLW, <a href="https://www.babyledweaning.co/podcast/history-of-baby-led-weaning-founding-philosopher-gill-rapley-part-one" target="_blank" rel="noopener">desarrollado</a> por la enfermera británica Gill Rapley, plantea que los bebés, a partir de los seis meses de edad, comiencen a alimentarse solos. En lugar de ser alimentados con cuchara, se les ofrecen trozos de comida blanda que puedan tomar con las manos, explorar y llevarse a la boca. Este método respeta los ritmos del bebé, permitiendo que decida cuánto comer y a qué velocidad. No reemplaza la leche materna o de fórmula, sino que la complementa.</p>
<p>Sin embargo, trasladar esta idea a un contexto como el cubano, donde el acceso a alimentos frescos y básicos está marcado por colas interminables y desabastecimiento, implica no solo ajustes, sino un ejercicio de creatividad titánico.</p>
<div id="attachment_14916" style="width: 820px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-14916" class="size-large wp-image-14916" src="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/02/carretilla-de-agromercado-cuba-1000x600.jpg" alt="Varias personas compran frutas y vegetales en un puesto callejero en Cuba. La carretilla, cargada con mangos y tomates, refleja el acceso limitado y estacional a los alimentos en el país." width="810" height="486" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/02/carretilla-de-agromercado-cuba-1000x600.jpg 1000w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/02/carretilla-de-agromercado-cuba-300x180.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/02/carretilla-de-agromercado-cuba-768x461.jpg 768w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/02/carretilla-de-agromercado-cuba-1536x922.jpg 1536w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/02/carretilla-de-agromercado-cuba-810x486.jpg 810w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/02/carretilla-de-agromercado-cuba-1140x684.jpg 1140w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/02/carretilla-de-agromercado-cuba.jpg 2000w" sizes="(max-width: 810px) 100vw, 810px" /><p id="caption-attachment-14916" class="wp-caption-text">En Cuba, la compra de alimentos frescos es un reto diario. Los mercados ambulantes ofrecen frutas y vegetales según la disponibilidad del momento, una realidad que influye en la alimentación infantil y en la posibilidad de aplicar métodos como el Baby-Led Weaning. Foto: Archivo Periodismo de Barrio.</p></div>
<h4>Beneficios del BLW: Lo que dice la ciencia</h4>
<p>Los estudios sobre BLW son aún limitados, dada la reciente introducción de este método en mayor cantidad de hogares. Sin embargo, estudios como los de Komninou <em>et al.</em> (2018) y de Brown <em>et al</em>. (2011), entre otros, indican que el BLW puede contribuir al desarrollo motor y autonomía del lactante puesto que manipular los alimentos fortalece la coordinación ojo-mano y la motricidad fina. Los estudios apuntan también a una conexión entre la implementación del BLW y una relación saludable con la comida: al no ser obligados a comer, los bebés aprenden a identificar sus señales de hambre y saciedad. Otro beneficio reflejado en la literatura científica es la integración en las comidas familiares, al comer lo mismo que el resto de la familia se fortalecen los lazos de convivencia. Por último, la exposición temprana a diferentes alimentos puede promover una mayor aceptación de estos en el futuro.<br />
Sin embargo, aplicar estos principios en Cuba requiere una lectura crítica. El concepto de “comer lo mismo que la familia” es complejo en un entorno donde los alimentos disponibles se reducen muchas veces a lo que se ha podido conseguir ese día. Y la diversidad de sabores y texturas no depende tanto del bebé como de un sistema que limita severamente las opciones.</p>
<h4>¿Es seguro?</h4>
<p>Uno de los principales temores asociados al BLW es el riesgo de atragantamiento. Sin embargo, el método no desvincula al cuidador o cuidadora del proceso de alimentación del bebé. Es imprescindible que un adulto esté siempre en el entorno y vigilante, como mínimo, aunque se recomienda que los adultos acompañen al bebé comiendo ellos también. Se debe además evitar ofrecer alimentos duros o pequeños, como zanahorias crudas, por ejemplo, y se priorizan texturas blandas. Otra recomendación es que las familias puedan acceder a información sobre maniobras de primeros auxilios, algo especialmente importante en contextos donde la llegada de una ambulancia es una utopía.</p>
<p>Otra preocupación es la deficiencia de hierro, una condición que la Revista Cubana de Salud Pública <a href="https://revsaludpublica.sld.cu/index.php/spu/article/view/16805" target="_blank" rel="noopener">refiere</a> como un problema frecuente en niños del país, en particular en el grupo de menores de dos años. La dieta de un bebé que siga el BLW podría incluir opciones como viandas cocidas o legumbres (ricas en proteínas y hierro), siempre que se encuentren disponibles. Las lentejas, por ejemplo, que se pueden ofrecer al bebé aplastadas para reducir riesgo de asfixia, constituyen una excelente fuente de proteína y hierro, superando incluso a algunos cortes de carne. Otra opción la constituyen los vegetales de “hojas verdes” como el puerro y la espinaca, que, aunque se debe ser más cuidadoso con su preparación por el riesgo de atragantamiento, se pueden ofrecer al bebé triturándolos e incorporándolos a otros alimentos como tortillas, o mezclándolos con frijoles aplastados para formar “bolitas” que el bebé pueda manipular solo.</p>
<p>El BLW, lejos de ser una fórmula rígida, puede adaptarse incluso en circunstancias extremas. En Cuba, alimentos como el boniato, la yuca o la calabaza, cocidos hasta alcanzar una textura blanda, son opciones seguras y que suelen ser un poco más accesibles según la temporada. Frutas locales como la guayaba, el plátano maduro o la fruta bomba también pueden formar parte del método, al igual que el pescado bien desmenuzado —cuando se consigue— o los frijoles aplastados.</p>
<div id="attachment_14917" style="width: 820px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-14917" class="size-large wp-image-14917" src="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/02/tarima-de-agromercado-cubano-900x600.jpg" alt="Puesto de venta en un agromercado cubano con calabazas colgadas, plátanos, frijoles y otros productos locales, algunos de los cuales pueden utilizarse en la alimentación infantil con el método Baby-Led Weaning." width="810" height="540" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/02/tarima-de-agromercado-cubano-900x600.jpg 900w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/02/tarima-de-agromercado-cubano-300x200.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/02/tarima-de-agromercado-cubano-768x512.jpg 768w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/02/tarima-de-agromercado-cubano-1536x1024.jpg 1536w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/02/tarima-de-agromercado-cubano-810x540.jpg 810w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/02/tarima-de-agromercado-cubano-1140x760.jpg 1140w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2025/02/tarima-de-agromercado-cubano.jpg 1920w" sizes="(max-width: 810px) 100vw, 810px" /><p id="caption-attachment-14917" class="wp-caption-text">El Baby-Led Weaning (BLW) puede adaptarse al contexto cubano con alimentos accesibles según la temporada. Foto: Archivo Periodismo de Barrio.</p></div>
<h4>Consejos para implementar el BLW en Cuba</h4>
<p>Es posible combinar la autoalimentación con métodos tradicionales, como los purés, para que el bebé explore dentro de las posibilidades. La idea principal es mantener la autonomía del niño cuanto se pueda, de este modo, si le ofrecemos purés, dejarles usar las manos y practicar darles una cuchara cargada que ellos mismos puedan llevarse a la boca.</p>
<p>La vigilancia constante es clave para reducir riesgos. Por esto se recomienda también que los padres acompañen al bebé comiendo ellos, lo cual no solo ayuda a prevenir accidentes sino que establece también una rutina familiar y se promueve que el bebé tenga asociaciones seguras y placenteras con la comida.</p>
<p>Es importante dejar al bebé explorar texturas y sabores, por ejemplo la diferencia entre un trozo de aguacate y uno de brócoli, entre una frutabomba y una porción de tortilla.</p>
<p>Saber cómo reaccionar en caso de atragantamiento es vital, especialmente donde el sistema de salud no responde a tiempo. Es recomendable informarse sobre cómo dar los primeros auxilios al bebé, no solo para supuestos episodios de atragantamiento durante el BLW sino para cualquier emergencia médica.</p>
<p>El Baby-Led Weaning no es solo un método, es una invitación a repensar la relación entre los niños y la comida. Cuando criar a un hijo implica luchar contra limitaciones estructurales, adaptar este enfoque puede ser más que una forma de alimentar: puede convertirse en un acto de resistencia. Porque un niño que aprende a decidir, incluso sobre un trozo de comida, está aprendiendo a ejercer autonomía en un contexto donde tantas decisiones les son arrebatadas a las familias.</p>
<p>Si el BLW tiene un lugar en Cuba, no es porque resuelva la escasez ni porque ofrezca más opciones, sino porque introduce, desde los primeros meses de vida, una noción que el poder se empeña en borrar: la autonomía. No es una revolución, pero sí un gesto mínimo de autodeterminación en un entorno donde decidir es un privilegio raro. Un bebé que aprende a llevarse la comida a la boca sin que se la impongan no está solo alimentándose, está ensayando, sin saberlo, un principio básico: que su cuerpo le pertenece.</p>
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		<title>¿Cuáles son las vías para emigrar a Canadá?</title>
		<link>https://periodismodebarrio.org/2024/11/cuales-son-las-vias-para-emigrar-a-canada/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Claudia Barrientos Batista]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 20 Nov 2024 12:00:01 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Comunidades vulnerables]]></category>
		<category><![CDATA[Canadá]]></category>
		<category><![CDATA[emigración cubana]]></category>
		<category><![CDATA[Visas]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Para los ciudadanos cubanos que desean establecerse en Canadá existen diversas opciones migratorias que varían en requisitos, costos y tiempos de espera.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>El pasado mes de octubre, el gobierno de Justin Trudeau, primer ministro de Canadá, anunció una serie de reformas al enfoque que el país adoptará en años venideros respecto a la inmigración. Entre las medidas anunciadas se encuentra la reducción en un 21% del número de residentes permanentes que serán aceptados por Canadá y, para el año 2025, la disminución de la cifra objetivo de 500,000 residentes permanentes a 395,000. Entre otros factores, el gobierno de Trudeau cita un abrupto crecimiento poblacional, la falta de infraestructura y servicios, así como abusos del sistema de permisos de trabajo temporales por parte de empleadores inescrupulosos.</p>
<p>Para los cubanos interesados en emigrar a Canadá, existen aún diversas vías legales que ofrecen posibilidades de residencia permanente y temporal. <em>Periodismo de Barrio</em> explica algunas de las opciones, desde el sistema conocido como Express Entry hasta los programas de reunificación familiar y de trabajo temporal.</p>
<h4>Express Entry: La ruta rápida para trabajadores calificados</h4>
<p>Express Entry es un sistema de selección de inmigrantes diseñado para atraer a trabajadores calificados a Canadá. Se basa en un sistema de puntos conocido como Comprehensive Ranking System (CRS por sus siglas en inglés), que evalúa a los solicitantes según factores como edad, nivel educativo, experiencia laboral y dominio de inglés o francés. El proceso comienza con una verificación de elegibilidad en la <a href="https://www.canada.ca/en/services/immigration-citizenship.html" target="_blank" rel="noopener">página</a> de Inmigración, Refugiados y Ciudadanía de Canadá (IRCC por sus siglas en inglés), donde el candidato puede revisar si cumple con los requisitos. Después de la verificación, es necesario presentar documentación que incluye exámenes de idiomas y una evaluación de credenciales académicas. Aunque se evalúan tanto el idioma inglés como el francés, no es un requisito (aunque sí un beneficio al aportar mayor puntaje en el CRS) hablar ambos idiomas. Con esta información, el solicitante crea un perfil en el sistema Express Entry y recibe un puntaje en el CRS. Si este es lo suficientemente alto, se emite una Invitación para Aplicar (ITA) a la residencia permanente. A partir de este momento, la persona interesada dispone de 60 días para completar su solicitud final.</p>
<h4>Programa de Nominación Provincial (PNP): respondiendo a necesidades específicas de las provincias</h4>
<p>Cada provincia canadiense tiene la posibilidad de seleccionar a inmigrantes que respondan a necesidades laborales específicas mediante el Programa de Nominación Provincial (PNP). Este programa es una opción ideal para cubanos con experiencia en sectores como tecnología, salud o construcción, pues algunas provincias buscan activamente profesionales en estas áreas. El proceso implica investigar y seleccionar una provincia que se ajuste al perfil del candidato. Algunas requieren que el solicitante esté registrado en Express Entry, mientras que otras aceptan solicitudes directas. Al recibir una nominación provincial, el candidato acumula puntos adicionales en Express Entry, lo cual incrementa sus posibilidades de recibir una ITA y, posteriormente, de completar el proceso de residencia permanente.</p>
<h4>Estudiar en Canadá</h4>
<p>Estudiar en una institución canadiense reconocida permite a los extranjeros adquirir experiencia académica y laboral, lo cual fortalece su perfil migratorio. Primero, el solicitante debe investigar programas de estudio y ser aceptado en una institución calificada. Una vez que tiene la carta de aceptación, puede solicitar un permiso de estudio demostrando que cuenta con los medios económicos para cubrir sus costos. Es importante destacar, sin embargo, que las tarifas de matrículas para extranjeros de las universidades canadienses son muy costosas, y no existe una abundancia de programas de becas para no-residentes. Esta vía requiere contar o bien con una beca que cubra todos los gastos de vida y estudios durante determinado período de tiempo, o con fondos propios para cubrir tales gastos. Al finalizar los estudios, es posible obtener un permiso de trabajo post-graduación, el cual permite trabajar en el país y acumular experiencia laboral, la cual facilitraría la elegibilidad para la categoría de Experiencia Canadiense en Express Entry, un camino hacia la residencia.</p>
<h4>Reunificación Familiar: patrocinio de familiares</h4>
<p>El programa de reunificación familiar permite a residentes permanentes y ciudadanos canadienses patrocinar a sus familiares directos, incluyendo cónyuges, hijos y, en algunos casos, padres y abuelos. El familiar residente en Canadá debe demostrar que cumple con los requisitos de ingresos necesarios (con cifras de ingresos anuales mínimos preestablecidas por el gobierno) para respaldar económicamente a su familiar. Una vez aprobada la solicitud de patrocinio, el familiar en Cuba puede proceder con la solicitud de residencia permanente, que incluye exámenes médicos y de seguridad. Finalmente, al recibir la Confirmation of Permanent Residence (COPR), el familiar puede establecerse en Canadá.</p>
<h4>Permiso de trabajo temporal: camino a la categoría de Experiencia Laboral</h4>
<p>Para aquellos que han recibido una oferta laboral en Canadá, el permiso de trabajo temporal autoriza a trabajar por un período definido, con la posibilidad de acumular experiencia para una futura solicitud de residencia. Este permiso requiere que el solicitante cuente con una oferta formal de empleo y, en ciertos casos, el empleador debe obtener un Labour Market Impact Assessment (LMIA) que demuestre la necesidad de contratar trabajadores extranjeros. El LMIA suele ser costoso: además del pago de procesamiento (unos 1000 dólares canadienses), los empleadores deben considerar otros gastos asociados al proceso como uso de publicidad para demostrar que se ha intentado contratar a un canadiense o residente permanente antes de buscar un trabajador extranjero. Estos requisitos son parte integral del proceso de solicitud de LMIA y pueden variar según el tipo de posición y la industria. Con la oferta de trabajo y el LMIA, se presenta la solicitud de permiso de trabajo. La experiencia laboral obtenida en Canadá puede facilitar una solicitud de residencia a través de Express Entry en la Categoría de Experiencia Canadiense.</p>
<h4>Programas especiales y humanitarios: protección y movilidad económica para refugiados</h4>
<p>Canadá ofrece opciones humanitarias para refugiados y solicitantes de asilo que necesitan protección. Los ciudadanos cubanos pueden pedir asilo al llegar a Canadá (con una visa temporal o haciendo escala rumbo a un tercer país, por ejemplo) y someterse al proceso de evaluación de refugiado. Además, en ciertos casos, los refugiados (que ya hayan obtenido estatus como refugiados en otro país) con habilidades laborales demandadas pueden calificar para el Programa de Movilidad Económica para Refugiados (EMPP), que les permite acceder a vías de inmigración económica. Una vez aceptados, los refugiados reciben apoyo para su integración en la sociedad canadiense y pueden solicitar la residencia permanente.</p>
<p>Migrar a Canadá desde Cuba puede ser un proceso complejo y costoso, que requiere paciencia y, en muchos casos, una considerable inversión de tiempo y dinero. Las vías de migración son variadas, pero cada una enfrenta desafíos significativos: desde puntajes competitivos en el sistema de Express Entry y requisitos de ingresos para la reunificación familiar, hasta el elevado costo de la educación para estudiantes internacionales. Los cubanos interesados en emigrar deben considerar que, aunque Canadá ofrece oportunidades, los tiempos de espera y los criterios estrictos pueden hacer que el proceso sea largo e incierto. Comprender a fondo cada opción y prepararse para los obstáculos es esencial para aquellos que aspiran a una vida en Canadá.</p>
<p><em>Para más información, consulte la página del gobierno canadiense: <a href="https://www.canada.ca/en/services/immigration-citizenship.html" target="_blank" rel="noopener">https://www.canada.ca/en/services/immigration-citizenship.html</a>.</em></p>
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		<title>Sentir la vida en la piel</title>
		<link>https://periodismodebarrio.org/2024/11/contacto-piel-con-piel-maternidad/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Claudia Barrientos Batista]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 06 Nov 2024 15:55:50 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Se va a caer]]></category>
		<category><![CDATA[maternidad]]></category>
		<category><![CDATA[violencia obstétrica]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Mientras en muchos países el contacto inmediato piel con piel es clave para el bienestar postparto, en Cuba este gesto esencial está ausente en la mayoría de los salones de parto. Más que el reflejo de carencias materiales, podría tratarse de falta de voluntad para informar y educar a pacientes. </p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>El dolor del parto se ha convertido en un eco distante en mi memoria. Sé que dolió como nada nunca había dolido, pero no puedo decir que lo recuerdo con detalle. Lo que sí permanece grabado, nítido y vívido, es el instante en que el cuerpo pegajoso y caliente de mi hija hizo contacto con mi pecho desnudo. En ese segundo, una felicidad desbordante y sin precedentes me abrazó. Podría hasta jurar que el salón de parto se llenó de luz, como si el sol mismo hubiese querido ser testigo de ese milagro. Detrás de todo esto hay una razón científica: la oxitocina.</p>
<p>La oxitocina es un neuropéptido producido mayoritariamente en el hipotálamo del cerebro. Numerosos <a href="https://scielo.isciii.es/scielo.php?script=sci_arttext&amp;pid=S1132-12962013000100017" target="_blank" rel="noopener">estudios</a> han confirmado que el olor y contacto con el bebé incrementa la oxitocina en la persona que da a luz durante la tercera etapa de labor de parto, siendo de gran beneficio para, entre otras cosas, mantener las contracciones uterinas y ayudar a expulsar la placenta. El contacto  piel con piel no es solo una práctica médica, es un gesto ancestral, una unión que va más allá de lo tangible. En ese momento, llamado también “hora dorada”, se fortalece el lazo que se ha estado gestando desde el vientre.</p>
<p>No existe en la medicina moderna contraindicación alguna que prohíba colocar al recién nacido en contacto piel con piel con su madre (siempre que el parto haya transcurrido sin complicaciones). En Cuba, sin embargo, no es tan frecuente esta práctica. En las últimas semanas de embarazo no pude dejar de pensar en las mujeres que conozco y han dado a luz en Cuba, empezando por mi madre a sus 23 años recién cumplidos y educada para poner siempre la opinión ajena y la felicidad de los otros por encima de la suya. Imaginé lo que sería para mí parir en las condiciones que sé han parido amigas, vecinas, primas… Me indignó recordar cómo se silencia a la persona que da a luz durante el trabajo de parto, cómo se le arrebata el control de su cuerpo en cuanto se acuesta en la mesa de reconocimiento de cualquier hospital ginecobstétrico y se convierte en un paciente más.</p>
<p>Son de sobra conocidas las condiciones materiales en las que se encuentran los hospitales en Cuba. Pero el trato a las personas en parto no se reduce solo a la falta de recursos. Está vinculado a algo más profundo: la anulación completa del individuo, un “sacrificio del ser” para evitar cualquier asomo de individualismo. Pareciera que los poderes que deciden en Cuba entienden que apostar por un sistema más colectivista se traduce en deshumanizar a los sujetos que componen ese colectivo.</p>
<p>Una doctora residente de ginecología y obstetricia me comentaba hace poco que sus pacientes llegan al día del parto sin tener idea de qué va a pasar, qué derechos tienen, qué pueden pedir, cómo abogar por que sus preferencias se respeten. Más que resultado de carencias materiales, este puede ser un problema de carencia de voluntades. Puede faltar el equipo más avanzado, pero no es imprescindible la tecnología para respetar y cuidar la vulnerabilidad de una persona que va a dar a luz.</p>
<p>Mi experiencia fue privilegiada en todos los sentidos posibles. El hospital en el que nació mi hija tenía todas las comodidades que se pueden esperar en un país del “primer mundo”. Tuve los equipos más modernos a mi disposición. Mis contracciones y el latido del corazón de mi hija fueron monitoreados desde que entré. Tuve la opción de solicitar anestesia epidural (aunque a la hora de pujar pedí que me la quitaran porque no sabía cómo hacerlo sin sentir las contracciones). Todo estaba impecablemente limpio, esterilizado, inmaculado. Pero, sobre todo, sentí una protección y arropamiento por parte de las enfermeras y los médicos sin los cuales no sé, la verdad, si hubiese podido salir de ese salón de parto con mi salud mental ilesa.</p>
<p>Entre las cosas que me dieron durante mi estancia en el hospital se incluía una bata sanitaria. Yo llevaba una diseñada específicamente para labor de parto que había comprado en Amazon. Tanto la bata que llevaba yo, como la que me pusieron en el hospital, tenían un mecanismo de broches de presión en el frente que hacía muy fácil y rápido poder abrir la parte superior de la bata y dejar el pecho descubierto.</p>
<p>No recuerdo siquiera el momento en que alguien —asumo que una de las dos enfermeras— me abrió la bata. Solo sé que, en un movimiento repetido miles de veces antes, con agilidad de quien entiende lo que está a punto de pasar, una persona me descubrió el pecho y colocó a mi hija encima. Y que fue ese el comienzo de la vida toda.</p>
<p>En Cuba no hay batas sanitarias para ofrecer a las mujeres de parto. No hay tampoco suficiente voluntad para crear, como mínimo, protocolos de información a la paciente, de manera que las propias madres puedan al menos tener la opción de intentar coserle unos broches a un vestido viejo, o simplemente llevar una camisa que se pueda mantener abierta. Y no conozco a ninguna madre que, de saber la importancia de tener a su bebé piel con piel en esos primeros minutos postparto, vaya a pensar que tiene mayor valor mantenerse cubierta por pudor, o por salvar un vestido. Qué precio puede tener, después de todo, sentir la vida en la piel.</p>
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		<title>¿Cómo se le habla a una madre cubana?</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Claudia Barrientos Batista]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 21 Oct 2024 16:28:40 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Comunidades vulnerables]]></category>
		<category><![CDATA[apagones]]></category>
		<category><![CDATA[crisis energética]]></category>
		<category><![CDATA[Cuba]]></category>
		<category><![CDATA[cuidados]]></category>
		<category><![CDATA[madre]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>¿Cómo se le dice a una madre que, tras calmar a su bebé en la oscuridad, cuando amanezca debe seguir siendo soldado de una guerra perdida? En una isla que se apaga, esperar la luz se ha convertido en esperar el milagro.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Han pasado muchos años ya desde que Silvio Rodríguez preguntara en <em>Playa Girón</em> a los “compañeros poetas” qué adjetivos se debían usar para escribir “el poema de un barco” sin que sonara sentimental, pidiendo además que fuese “lejos de la vanguardia, o evidente panfleto”. A la luz —o apagón— de hoy, me agobia una pregunta parecida. No sé si se lo pregunto a lo que queda de Silvio Rodríguez, a los poetas o a los dioses de algún panteón desconocido: ¿con qué adjetivos se llora a Cuba?</p>
<p>Cuba, que lleva (al momento de escrito este texto) setenta y dos horas en un apagón nacional intermitente. Cuba, donde el gobierno anunció triunfal que se había logrado devolver el fluido eléctrico desde Matanzas hasta Holguín —como si quedara manera a estas alturas de devolver algo—, pero que luego se quedó apagada otra vez, y otra, como mismo se cierran los párpados de un animal moribundo.</p>
<p>¿Cómo se le explica a un bebé de seis meses —llorando en la más aguda tonalidad de la angustia— que mamá no puede encender un ventilador para refrescarle porque no hay electricidad? ¿Cómo se le dice a un niño que el pollo para el almuerzo se echó a perder por falta de refrigeración y que la culpa es del bloqueo norteamericano, pero que ese mismo bloqueo no afectó el evento sobre turismo de exclusividad del grupo Gaviota en Holguín?</p>
<p>No es la primera vez que la vida se apaga en Cuba. En los años 90, cuando el Período Especial golpeaba con fuerza y los apagones se robaban el sosiego, mi madre, como tantas otras, luchaba por encender una chispa de supervivencia. Entre otros sortilegios para mantenernos a flote, hacía panetelas para vender. Mami no era cocinera, ni estaba desempleada. Pero como casi la totalidad de la población cubana, no podía darle a su hija de comer solo con su salario.</p>
<p>Luego de ocho horas de trabajo en una oficina, y de batallar con el transporte público, o la ausencia de este, mi madre batía huevos en un pozuelo, con tenedor, hasta la bursitis. Una de tantas veces, llegué de la escuela y ante la música familiar que era el golpe rítmico del tenedor sobre el plástico, salté de alegría. “Ño, ¡qué rico, hoy hay panetela!”. Mi mamá, con los ojos agotados y casi de cristal, me corrigió. “No, mi niña. Estas dos panetelas son para vender. Son un encargo”.</p>
<p>Yo tenía mis momentos de buena hija y respondí que no importaba, que me comería otra cosa, y pretendí esconder mi decepción en el pedazo de pan con dulce de guayaba que me inventé. Y mi madre, a las tantas de la noche, agarró los últimos tres huevos y, con las muñecas destrozadas y alumbrada por un quinqué, me hizo una panetela.</p>
<p>A veces quisiera poder decirle a esas madres, a las de los 90 y a las de hace setenta y dos horas, que la culpa de todo esto la tienen el imperialismo yanqui y el bloqueo económico. Pero no soy capaz. No porque no entienda el papel que juega el bloqueo en la decrepitud de la economía cubana, sino precisamente porque lo entiendo, como también entiendo la fácil muleta que es para cargar el peso de las malas gestiones y la arrogancia de los que toman las decisiones.</p>
<p>Envidio profundamente a quienes aún son capaces de mirar a una madre, con su hija en brazos ahogada por un ataque de asma, y decirle que el imperialismo <em>yanqui</em> esto, que lo de Gaza es peor, o que en Minneapolis siguen matando a los negros. Yo no puedo. No porque el imperialismo me sea ajeno, ni porque no crea en el genocidio en Gaza, sino porque se suponía que nosotros —los cubanos que vencimos a los <em>yanquis</em> en Girón— íbamos a hacerlo mejor. Sesenta y dos años después, no tengo ni las palabras ni la vergüenza para decirle a una madre que tiene que seguir resistiendo.</p>
<p>Hace poco, me crucé con una publicación en Facebook de una madre cubana que escribía sobre la deteriorada salud de su hija y la falta de medicamentos y recursos para tratarla. Se preguntaba, entre otras cosas, ¿qué precio tiene la vida de un niño? Y desde que soy madre, siento el dolor de otras madres en un recodo del corazón que no conocía antes. Leyendo a esa mujer, y sintiendo su dolor seco, ya sin lágrimas, con mayúsculas cuidadosamente ubicadas en palabras como cuchillos, quise gritarle de rodillas al gobierno cubano: ¡ríndanse ya, por favor!</p>
<p>No sé, ni creo que alguien en realidad sepa, qué va a suceder en Cuba en los próximos meses, o años. No me siento con el derecho ya de decirle a ningún cubano o cubana si tienen que seguir construyendo el socialismo, o abrazar el libre mercado, o quemar todo como en Bayamo, o hacer de la isla entera un parque temático. Lo único que sé es que, para una madre, no existen ni existirán jamás los adjetivos que expliquen el dolor de ver que la salud de sus hijos es la moneda de cambio de la burocracia y la indolencia.</p>
<p>¿Cómo se le dice a una madre que, después de todo el sacrificio para calmar a su bebé, cuando amanezca al día siguiente tiene que seguir siendo el soldado obediente y sacrificado de una guerra perdida?</p>
<p>No sé cómo hablarles a las madres cubanas. Sé que ellas siguen, con las manos destrozadas y los ojos de cristal, batiendo huevos a mano en la penumbra, esperando que la luz regrese. Eso, esperando que la luz regrese a Cuba.</p>
<p>La entrada <a rel="nofollow" href="https://periodismodebarrio.org/2024/10/como-se-le-habla-a-una-madre-cubana/">¿Cómo se le habla a una madre cubana?</a> se publicó primero en <a rel="nofollow" href="https://periodismodebarrio.org">Periodismo de Barrio</a>.</p>
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