<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?><rss version="2.0"
	xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/"
	xmlns:wfw="http://wellformedweb.org/CommentAPI/"
	xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/"
	xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"
	xmlns:sy="http://purl.org/rss/1.0/modules/syndication/"
	xmlns:slash="http://purl.org/rss/1.0/modules/slash/"
	>

<channel>
	<title>Carlos Alejandro Rodríguez &#8211; Periodismo de Barrio</title>
	<atom:link href="https://periodismodebarrio.org/author/carlosalejandro/feed/" rel="self" type="application/rss+xml" />
	<link>https://periodismodebarrio.org</link>
	<description>Organización periodística cubana sin fines de lucro</description>
	<lastBuildDate>Tue, 18 Sep 2018 19:08:43 +0000</lastBuildDate>
	<language>es</language>
	<sy:updatePeriod>
	hourly	</sy:updatePeriod>
	<sy:updateFrequency>
	1	</sy:updateFrequency>
	<generator>https://wordpress.org/?v=6.6.5</generator>

<image>
	<url>https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2019/02/cropped-9.-Fabicon-Alta-para-la-Web-Móvil-32x32.png</url>
	<title>Carlos Alejandro Rodríguez &#8211; Periodismo de Barrio</title>
	<link>https://periodismodebarrio.org</link>
	<width>32</width>
	<height>32</height>
</image> 
	<item>
		<title>Las viejas damas en La Villa de París</title>
		<link>https://periodismodebarrio.org/2017/09/las-viejas-damas-en-la-villa-de-paris/</link>
					<comments>https://periodismodebarrio.org/2017/09/las-viejas-damas-en-la-villa-de-paris/#comments</comments>
		
		<dc:creator><![CDATA[Carlos Alejandro Rodríguez]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 20 Sep 2017 16:11:25 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Desastres naturales]]></category>
		<category><![CDATA[Irma]]></category>
		<guid isPermaLink="false">https://www.periodismodebarrio.org/?p=2668</guid>

					<description><![CDATA[<p>En la ciudad de Sagua la Grande, en el último piso de un edificio demasiado alto, cuatro señoras –alrededor de los 70 años– sobreviven el temporal que dejó Irma.</p>
<p>La entrada <a rel="nofollow" href="https://periodismodebarrio.org/2017/09/las-viejas-damas-en-la-villa-de-paris/">Las viejas damas en La Villa de París</a> se publicó primero en <a rel="nofollow" href="https://periodismodebarrio.org">Periodismo de Barrio</a>.</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>A las 4: 25 de la tarde, un día antes de que el huracán Irma azotara la costa norte central de Cuba, Josefa Mellado Carvajal, alias Fefa, estaba preparando café en un exiguo apartamento del cuarto piso del edificio La Villa de París, en Sagua la Grande.</p>
<p>Si no fuera porque “a esa hora inconveniente” escuchó el aviso de alarma de un altoparlante, habría pasado toda la tarde en su poltrona mullida, atendiendo las noticias de la radio local. Lo que hizo fue esto: apagó el fogón, dejó la cafetera a un lado, echó un paquete de café Hola en la cartera, y se fue.</p>
<p>Fefa Mellado solo volvería a su casa tres días y tres noches después.</p>
<p>Esa misma tarde –8 de septiembre– Elizabeth Díaz Morales había decidido no evacuarse. A partir de los pronósticos meteorológicos difundidos por la televisión cubana, esta señora pensaba que el ojo del huracán Irma pasaría al noreste de las costas de Isabela de Sagua. A esa distancia –se figuraba ella– la ciudad apenas sería abatida por los vientos de tormenta tropical.</p>
<p>Si Elizabeth hubiera sabido, como sabe ahora la Estación Meteorológica de Sagua la Grande, que el ojo de Irma iba a rozar la costa de Isabela de Sagua, a 17 kilómetros de la ciudad, y que no los vientos de tormenta tropical, sino los de huracán categoría 3 en la escala de Saffir-Simpson, soplarían sobre su edificio, Elizabeth se habría marchado un día antes de la llegada de Irma, a la misma hora que su vecina Fefa Mellado.</p>
<p>En la otra esquina del cuarto piso de La Villa de París, debía aparecer, antes que el huracán, Bárbara Ramos Cuní. Un mes antes, Bárbara había optado por pasar una temporada con sus hijos en La Habana. Cuando quiso regresar a Sagua la Grande, la Empresa de Ómnibus Nacionales había suspendido todas las salidas de guaguas Yutong desde el Occidente al Centro y Oriente del país.</p>
<p>En definitiva, Bárbara no llegó a su casa antes que Irma. No clavó las puertas, no salvó el colchón, no protegió su televisor ni resguardó sus otros equipos electrodomésticos.</p>
<p>María Elvira Baena Santiago, Nuris, la última de las señoras que habitan el cuarto piso de La Villa de París, tampoco llegó a tiempo. Un día antes de que las condiciones del tiempo se deterioraran, como suelen decir los meteorólogos, ya Nuris estaba, con su hermana y la familia de su hermana, en la escuela mixta Ramón Ribalta, un centro de evacuación más de 20 kilómetros al sur de la costa.</p>
<p>“Ahí nos atendían de lo más bien. Nos dieron una habitación con otras dos personas mayores. Había agua siempre. ¡Y la comida! Yo soy comilona: comí todo lo que me daban”, explica Nuris después del desastre. María Elena, su hermana, y ella tuvieron que compartir el espacio de una litera estrecha, porque ni una ni otra, septuagenarias como son, podían escalar hasta la cama de arriba.</p>
<p>Antes de abandonar Isabela de Sagua, adonde Nuris fue a cuidar a María Elena hace dos años por la fractura de un codo y ciertos desvaríos mentales, la familia había llevado sus pertenencias más valiosas a una casa de mampostería, lo más lejos posible de la desembocadura del río Undoso. Antes de subir a los ómnibus que trasladaron a los isabelinos hasta casas de familiares y amigos, o hasta el centro de evacuación habilitado en Sitiecito, Nuris no tuvo tiempo de asegurar las puertas de su propia casa, en La Villa de París.</p>
<p>Sin Nuris, sin Fefa, sin Bárbara, Elizabeth pensó que los modelos de pronósticos no eran exactos, que los ciclones podían variar su trayectoria en pocas horas, que había un margen de error en las predicciones, que “sabe Dios lo que pase en un edificio tan alto y tan viejo”.</p>
<p>“Vamos”, le dijo al marido.</p>
<p>Y los dos, que parecían dos almas en pena, atravesaron el parque La Libertad, la madrugada del sábado 9 de septiembre. Por desgracia, Elizabeth cayó varias veces en los charcos de la calle. Su marido halaba el cuerpo magro y maldecía.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<div id="attachment_2672" style="width: 1010px" class="wp-caption alignnone"><img fetchpriority="high" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-2672" class="wp-image-2672" src="https://www.periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/09/Bárbara.jpg" alt="Bárbara (Foto: Maykel González Vivero)" width="1000" height="563" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/09/Bárbara.jpg 4608w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/09/Bárbara-300x169.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/09/Bárbara-768x432.jpg 768w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/09/Bárbara-1000x563.jpg 1000w" sizes="(max-width: 1000px) 100vw, 1000px" /><p id="caption-attachment-2672" class="wp-caption-text">Bárbara (Foto: Maykel González Vivero)</p></div>
<p>Fefa tiene los ojos pintados, el pelo recogido debajo de un pañuelo amarillo, las gafas sobre el pañuelo. “Aquí no hay ropa mía. Ni ropa ni zapatos”, dice. Cuando el Estado Mayor Nacional de la Defensa Civil decretó la fase de Alerta para la provincia de Villa Clara, Fefa Mellado empezó a reunir en dos bolsas la ropa que más le gustaba, esto es, una decena de atuendos medio sucios y raídos que, en otro tiempo, daban señas de coquetería. Hasta hoy, sus sayas, sus blusas, sus carteras, su maquillaje y sus tacones están resguardados en el apartamento de la solícita vecina del tercer piso.</p>
<p>De la misma forma que Fefa salvó sus tacones, Bárbara “habría intentado salvar sus puertas y su colchón y su juego de cuartos”. Si, por azar, los vientos huracanados de Irma no hubieran soplado en dirección oeste, las puertas de su casa no hubieran caído. Hubieran caído, entonces, las de Fefa o las de Elizabeth. Las de Nuris, tan inseguras, habrían caído de todas formas.</p>
<p>Después del desastre, una vecina llamó a los hijos de Bárbara, preocupados en La Habana. “Llamaron allá y dijeron que todo esto estaba en el suelo”.</p>
<p>—¿Te lo dijeron a ti?</p>
<p>—No, a mí no, porque yo estoy enferma del corazón. Se lo dijeron a mis hijos. De todas formas, yo me imaginaba lo que había pasado. Cuando arreglé la casa no dejaron cerrar [los balcones]. No dejan hacer nada. Y a mí no me gusta estar fuera de la ley. ¿Me entiendes? Pero si me hubieran arreglado estos balcones, eso no habría pasado.</p>
<p>Bárbara sabe que la Dirección Municipal de Planificación Física, la Unidad Municipal de la Vivienda y la Oficina de Monumentos no permiten alterar los balcones de su casa. Sabe que se deben proteger los valores patrimoniales de la ciudad aunque no sepa a ciencia cierta que el centro histórico de Sagua la Grande, donde se alza desde 1920 La Villa de París, fue declarado Monumento Nacional en 2011. Sabe, a fin de cuentas, que ninguna institución competente le permitiría cerrar los balcones o poner puertas y ventanas de aluminio.</p>
<p>—Cuando llegamos aquí mis hijos entraron primero. No querían que yo entrara. Pero dije: ¡Cómo no voy a ir! Y cuando vine encontré todo esto tumbaʼo aquí, en el suelo.</p>
<p>—¿Qué perdiste?</p>
<p>—Todo. Mira.</p>
<p>Hace un gesto abarcador con los brazos. Papeles inservibles, ropas, escombros, pedazos de madera y cartones cubren el piso.</p>
<p>—¿Algo en específico? —uno insiste.</p>
<p>—¡Mira, niño! El juego de cuartos. Ahora hay que botarlo.</p>
<p>Fefa, Elizabeth y Nuris se van a quedar en el edificio hasta que se mueran. Bárbara no.</p>
<p>—Yo me tengo que ir con mis hijos. Así no me puedo quedar aquí. Mañana voy a reportar los daños al Gobierno. Después trataré de vender.</p>
<p>—¿Así como está la casa?</p>
<p>—Así mismo.</p>
<p>Y después dice que ella siempre tuvo su apartamento “muy arregladito”. Que ella antes estaba “encantá de la vida”. Y que ahora tiene “ganas de tirarse por un balcón”.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<div id="attachment_2671" style="width: 4295px" class="wp-caption alignnone"><img decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-2671" class="size-full wp-image-2671" src="https://www.periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/09/Fefa.jpg" alt="Fefa (Foto: Maykel González Vivero)" width="4285" height="2410" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/09/Fefa.jpg 4285w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/09/Fefa-300x169.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/09/Fefa-768x432.jpg 768w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/09/Fefa-1000x562.jpg 1000w" sizes="(max-width: 4285px) 100vw, 4285px" /><p id="caption-attachment-2671" class="wp-caption-text">Fefa (Foto: Maykel González Vivero)</p></div>
<p>Cuando Fefa estaba evacuada “en la casa de su amiga, la hija del doctor Santillana”, mandó a que revisaran, de lejos, el estado de La Villa de París. Cuando pasó Irma, La Villa de París existía. Entonces mandó a que revisaran puntualmente el estado de las puertas de su apartamento, en una esquina del cuarto piso del edificio. Las puertas existían, aunque el viento había roto las lucetas.</p>
<p>Una ráfaga odiosa entró por el hueco que dejaron los cristales y quebró un cuadro, <em>El sagrado corazón de Jesús</em>.</p>
<p>—Eso es todo lo que perdí.</p>
<p>Fefa señala con el dedo adonde estuvo la imagen de Cristo. Y si no fuera sacrilegio, se ufanara. Las demás perdieron las camas, los colchones y la ropa. La ropa. Sobre todo la ropa que Fefa sí salvó.</p>
<p>—¿Cómo quedaste?</p>
<p>—Como todos: sin corriente, sin agua.</p>
<p>Y entonces se ve en la obligación de recordar que más de 15 días antes de que Irma azotara Sagua la Grande, ella no recibía una gota de agua. Ni ella ni nadie en el cuarto piso de La Villa de París.</p>
<p>—Yo sabía que si pasaba el ciclón nos íbamos a quedar así. ¿Quién se va a acordar de nosotras cuando Isabela está destruida?</p>
<p>Detrás de “nosotras” Fefa insinúa el cuerpo de cuatro ancianas. Fefa y Elizabeth y Nuris y Bárbara superan, por mucho, la edad mínima con que los adultos se vuelven adultos mayores en Cuba: 60 años. Fefa y Elizabeth y Nuris y Bárbara no solo son adultas mayores: son parte del 21, 9 % de la población más envejecida de Villa Clara, que es, como si fuera poco, la provincia con más ancianos del país.</p>
<p>Aunque Fefa escamotea la edad cada vez que puede, la edad, tristemente, le sale por encima de la ropa cuando tiene que bajar y subir</p>
<p>o</p>
<p>c</p>
<p>h</p>
<p>e</p>
<p>n</p>
<p>t</p>
<p>a</p>
<p>y</p>
<p>d</p>
<p>ó</p>
<p>s</p>
<p>escalones, desde la calle hasta la puerta de su casa, en el cuarto piso de La Villa de París.</p>
<p>Sin agua corriente, Fefa y Elizabeth y Nuris y Bárbara no solo tendrían que bajar y subir las escaleras de La Villa de París. Tendrían que bajarlas y subirlas, cuando menos, con un cubo de agua.</p>
<p>“Por eso es que Norma –otra vecina más joven, apunta Fefa– llamó al Partido tres días antes del ciclón y dijo que si no mandaban agua se iba a crear un conflicto político en La Villa de París”.</p>
<p>—¿Y qué dijeron ellos?</p>
<p>—Nada. Le colgaron.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<div id="attachment_2670" style="width: 1010px" class="wp-caption alignnone"><img decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-2670" class="wp-image-2670" src="https://www.periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/09/Nuris.jpg" alt="Nuris (Foto: Maykel González Vivero)" width="1000" height="563" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/09/Nuris.jpg 4608w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/09/Nuris-300x169.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/09/Nuris-768x432.jpg 768w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/09/Nuris-1000x563.jpg 1000w" sizes="(max-width: 1000px) 100vw, 1000px" /><p id="caption-attachment-2670" class="wp-caption-text">Nuris (Foto: Maykel González Vivero)</p></div>
<p>Si bien en la Villa del Undoso el huracán Irma desencajó puertas, quebró cristales, sacó las ventanas de sus goznes, levantó cubiertas ligeras, destechó las principales industrias, arrasó los parques, derribó postes del servicio eléctrico y provocó numerosos derrumbes parciales, sobre todo en los repartos alrededor del centro histórico; los mayores destrozos se concentran en el poblado costero de Isabela de Sagua, donde el mar y el viento, unidos, afectaron total o parcialmente el 80 % de las viviendas, según reportó el diario <em>Granma</em>.</p>
<p>No es un paisaje grato: el mar arrastró el fango hacia dentro. Las casas que cayeron, los escaparates que se desencajaron, la ropa que salió volando, la basura que antes era sábana de alguien, equipo de alguien, colchón de alguien, casa de alguien, está tirada en el fango.</p>
<p>Cuando Nuris y su hermana María Elena llegaron a Isabela, descubrieron que no quedaba nada: el cadáver inflamado de cuatro cachorros estaba en el pantano anegado que había sido, antes, la casa.</p>
<p>—Pero los diez gatos sobrevivieron –dice Nuris.</p>
<p>Y enseguida se echa a llorar, no por los cachorros que murieron, no por los pollos que se ahogaron, no por las paredes que cayeron. Llora –hay gente así– por los diez gatos que sobrevivieron.</p>
<p>“María Elena, mi hermana –explica Nuris, cuando puede– acostumbraba a guardar todos los equipos en una casa más segura, pero esa casa se llenó de agua también. Y todo se cayó. Todo se mojó. El refrigerador no sirve. La lavadora menos. El DVD, todas esas cosas, se mojaron”.</p>
<p>De acuerdo con el diario <em>Granma</em> del sábado 16 de septiembre, en la pérdida de equipos y muebles “influyó no acatar las orientaciones del Consejo de Defensa de evacuar esos artículos, para lo cual se dispusieron más de 30 camiones; así como el exceso de confianza de sus moradores”.</p>
<p>Cuando Nuris –ajena a cavilaciones alrededor de la culpa y la imprevisión– vio que todo lo que era Isabela estaba perdido, se marchó a su propia casa en Sagua la Grande. No obstante, a nadie le pareció que abandonaba el campamento en medio de la guerra. Al contrario: íbase y se hacía, en el acto, una boca menos.</p>
<p>“Yo vine a dar vueltas aquí, a la casa [de La Villa de París]. Pero no sabía semejante cosa”, dice y apunta a la destrucción que es ahora su hogar. Detrás tiene la ropa en percheros. Tiene el colchón mojado y las puertas caídas.</p>
<p>Tan vieja, tan frugal que inspira pena, subió las escaleras con el pantalón sucio, los zapatos mojados. No dice a nadie que un perro, sobreviviente, le saltó encima y le enfangó la cartera, ni que en ese momento, cuando el perro húmedo brincó a la altura de su pecho, ella se olvidó de su ropa sucia, de sus puertas rotas.</p>
<p>La entrada <a rel="nofollow" href="https://periodismodebarrio.org/2017/09/las-viejas-damas-en-la-villa-de-paris/">Las viejas damas en La Villa de París</a> se publicó primero en <a rel="nofollow" href="https://periodismodebarrio.org">Periodismo de Barrio</a>.</p>
]]></content:encoded>
					
					<wfw:commentRss>https://periodismodebarrio.org/2017/09/las-viejas-damas-en-la-villa-de-paris/feed/</wfw:commentRss>
			<slash:comments>1</slash:comments>
		
		
			</item>
		<item>
		<title>Lo más horrible es el regreso</title>
		<link>https://periodismodebarrio.org/2017/09/lo-mas-horrible-es-el-regreso/</link>
					<comments>https://periodismodebarrio.org/2017/09/lo-mas-horrible-es-el-regreso/#respond</comments>
		
		<dc:creator><![CDATA[Carlos Alejandro Rodríguez]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 08 Sep 2017 14:28:36 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Desastres naturales]]></category>
		<category><![CDATA[Irma]]></category>
		<guid isPermaLink="false">https://www.periodismodebarrio.org/?p=2391</guid>

					<description><![CDATA[<p>Este jueves Isabela de Sagua quedó desierta. Los pobladores no volverán a sus casas hasta que el huracán Irma se aleje de las costas cubanas.</p>
<p>La entrada <a rel="nofollow" href="https://periodismodebarrio.org/2017/09/lo-mas-horrible-es-el-regreso/">Lo más horrible es el regreso</a> se publicó primero en <a rel="nofollow" href="https://periodismodebarrio.org">Periodismo de Barrio</a>.</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>Isabela de Sagua corona una lengua de tierra donde no hay escapatoria para los seres mediterráneos: a todas partes el mar, el río, el mar. La carretera principal, después que atraviesa el pueblo —ajustado sobre el suelo escaso—, termina en uno de los puntos más septentrionales de Villa Clara. Después el mar. Después los cayos.</p>
<p>Estando donde está, sobre una península de 1 700 metros de largo que oscila entre 200 y 450 metros de ancho, Isabela parece una provocación humana al mar. Una falta de respeto a las tormentas, a la turgencia marina, a los huracanes. Sin embargo, una y otra vez, después de los ciclones, los isabelinos han vuelto a levantar, aunque sea precariamente, sus casas en la costa. Y han echado sus botes a la mar.</p>
<p>En el fondo la gente sabe que si dejaran las tierras y las aguas, si dejaran las salinas y la amplia desembocadura del río, si dejaran los manglares y las discretas playas, también dejarían atrás su condición natural. En otras palabras: dejarían de ser lo que han sido, hasta hoy, toda la vida: domadores del jején, pescadores, vecinos del mar, cocineros y hosteleros.</p>
<p>Mercedes Torres Baena, una isabelina nativa, salió a la cabecera municipal, evacuada. Y sabe que volverá a casa, “pase por donde pase Irma”. Volvió después del Kate (1985), la peor catástrofe que recuerda. Y volvió después del Michelle (2001), un considerable ciclón categoría 4 en la escala de Saffir-Simpson.</p>
<div id="attachment_2394" style="width: 1010px" class="wp-caption alignnone"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-2394" class="wp-image-2394" src="https://www.periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/09/Mercedes.jpg" alt="Mercedes Torres Baena, una isabelina nativa, salió a la cabecera municipal, evacuada (Foto: Carlos Alejandro Rodríguez)" width="1000" height="638" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/09/Mercedes.jpg 3642w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/09/Mercedes-300x191.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/09/Mercedes-768x490.jpg 768w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/09/Mercedes-941x600.jpg 941w" sizes="(max-width: 1000px) 100vw, 1000px" /><p id="caption-attachment-2394" class="wp-caption-text">Mercedes Torres Baena, una isabelina nativa, salió a la cabecera municipal, evacuada (Foto: Carlos Alejandro Rodríguez)</p></div>
<p>Este jueves Mercedes se marchó con 2 817 isabelinos, según reportó la radio municipal de Sagua la Grande. Y eso quiere decir que más de 2 800 isabelinos se repartieron en casas de familiares y amigos, y en la escuela mixta Ramón Ribalta, un centro de evacuación en Sitiecito, casi 20 kilómetros al sur de la costa.</p>
<p>Y con más de 2 800 isabelinos fuera de Isabela, Isabela es ahora un pueblo fantasma.</p>
<p>“Cuando dan la fase de alerta aquí nada más se quedan (tropas) guardafronteras, autoridades del Consejo Popular y la PNR, que es la que cuida el pueblo. Después —cuando llega el ciclón— se van todos”, explica un vecino de la zona, beneficiado con uno de los 26 apartamentos que construyó el Gobierno después del paso del huracán Michelle, en 2001.</p>
<p>Antes de marchar, la gente tomó precauciones: gracias a los medios de transporte asegurados por el gobierno municipal —varios ómnibus, un superbús y un tren de pasajeros—, la gente montó sus bártulos imprescindibles y los envió a casas de familiares y amigos. Dentro de sus propios hogares levantaron colchones y otros bienes perecederos, intentando salvarlos de la inundación. Las bodegas, los puntos de venta en divisa y los restaurantes enviaron todas sus provisiones a almacenes de la ciudad de Sagua. Los pescadores fondearon sus barcos en la desembocadura del río Sagua la Grande.</p>
<p>“Ahora la gente protesta porque te llevan casi 48 horas antes que llegue el ciclón”, retoma la conversación Mercedes. “Cuando el Kate tenías que salir con los goterones cayéndote arriba”, dice, mientras salvaguarda sus pertenencias más valiosas a la altura de las mesas y las sillas.</p>
<p>El huracán Kate apenas tenía categoría 2 en la escala de Saffir–Simpson cuando afectó la costa norte de Cuba, en el año 1985. Sería incomparable con la fuerza destructora de Irma.</p>
<p>“La diferencia es —se consuela otro isabelino— que Irma no va a pasar tan cerca”.</p>
<p>No. Según el último parte del Instituto de Meteorología (INSMET), de Cuba, el poderoso huracán Irma girará bruscamente su trayectoria hacia el norte, una vez que se encuentre sobre la costa central de Cuba, en un punto aún incierto. Isabela de Sagua escapará del impacto directo del fenómeno meteorológico, aunque no podrá escabullirse de la influencia de los vientos con fuerza de tormenta tropical. La altura de las olas de la costa norte de Villa Clara, han pronosticado expertos en medios locales y nacionales, podría alcanzar los cinco metros.</p>
<p>Aunque todas las evidencias apuntan a que, esta vez, el desastre no devastará Isabela, los habitantes de la costa rememoran la destrucción causada por el huracán Kate cada vez que otro ciclón los amenaza: “Esa vez me dijeron que Isabela había sido devastada, que se habían perdido 82 casas alrededor del río y parte de la cooperativa pesquera. Eso fue el Kate”.</p>
<p>En efecto, cuando Mercedes se adentró en Isabela de Sagua, dos días después del paso de aquel nefasto huracán, vio un escaparate sin puertas, vio colchones, vio pedazos de casas. Y adentro de los pedazos de casas vio peces, vivos y muertos.</p>
<p>“Por eso —la mujer hace un gesto de severidad antes de hablar—  lo más horrible es el regreso”.</p>
<p>La entrada <a rel="nofollow" href="https://periodismodebarrio.org/2017/09/lo-mas-horrible-es-el-regreso/">Lo más horrible es el regreso</a> se publicó primero en <a rel="nofollow" href="https://periodismodebarrio.org">Periodismo de Barrio</a>.</p>
]]></content:encoded>
					
					<wfw:commentRss>https://periodismodebarrio.org/2017/09/lo-mas-horrible-es-el-regreso/feed/</wfw:commentRss>
			<slash:comments>0</slash:comments>
		
		
			</item>
		<item>
		<title>El batey que parece domingo</title>
		<link>https://periodismodebarrio.org/2017/02/el-batey-que-parece-domingo/</link>
					<comments>https://periodismodebarrio.org/2017/02/el-batey-que-parece-domingo/#comments</comments>
		
		<dc:creator><![CDATA[Carlos Alejandro Rodríguez]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 18 Feb 2017 01:34:38 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Economía e industrias]]></category>
		<category><![CDATA[Reestructuración de la industria azucarera]]></category>
		<guid isPermaLink="false">https://www.periodismodebarrio.org/?p=2008</guid>

					<description><![CDATA[<p>A punto de mediodía, el batey de Zaza se rinde.</p>
<p>La entrada <a rel="nofollow" href="https://periodismodebarrio.org/2017/02/el-batey-que-parece-domingo/">El batey que parece domingo</a> se publicó primero en <a rel="nofollow" href="https://periodismodebarrio.org">Periodismo de Barrio</a>.</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>“Esto es punto muerto aquí, mijo. Zona muerta”, espetó la vieja que cargaba el saco. “Todo es una bola de marabú. Las áreas de caña las cogieron paʼ nada”, y apuntó a los antiguos campos con guardarraya, donde hay maleza, y dibujó en el cielo el humo de las chimeneas del Central Benito Juárez.</p>
<p>La vieja que cargaba el saco venía desde la feria dominical de Placetas en un coche de caballos que, ante la falta de otro transporte y ante la pena o ambición del cochero, sobrepasaba el límite permitido de carga. La vieja, lo mismo que otras tres mil almas que viven alrededor de Zaza, según el diagnóstico del Consejo Popular, tiene que ir los domingos hasta la cabecera municipal a comprar viandas, vegetales, hortalizas, especias, todo lo que –oh, paradoja– se cultiva en los campos (como Zaza) y se vende en las ciudades (como Placetas).</p>
<p>“La única esperanza de este municipio es que está en el paso paʼ la cayería”, se consuela la vieja antes de apearse a la entrada del batey. “Yo le insistí a mi hijo paʼ que llenara las planillas. Le dije: ‘Oye, vete paʼllá, que aquí sí no vas a hacer nadaʼ. Aquí no hay empleo. Desde la Colonia la vida de Placetas eran los tres centrales. Y los entregaron en bandeja de plata”.</p>
<p>Se apea, sin pena propia, sin conmiseración de los demás, porque la fatalidad diaria no entristece a nadie. Carga el saco de las provisiones. Se asoma a su casa y deja en el coche a la maestra, a un par de jóvenes, a los periodistas y al cochero. La calesa colonial llega hasta el corazón del batey, que es el corazón del descampado y del óxido. La calle principal va hasta la iglesia, pasa el parque, pasa la escuela, pasa un par de merenderos particulares, pasa las ruinas del Central Benito Juárez y deja a un lado el barracón, deja a un lado el alambique, deja a un lado la vida íntima de la gente que sobrevivió al ingenio.</p>
<p>Y los viajeros no pueden ver las antiguas líneas de ferrocarril que bifurcaban el batey ni los bocoyes de azúcar ni los trenes ni las plantaciones. No pueden escuchar las campanas ni apenarse por el yugo de los esclavos ni asistir a las populosas misas que organizaba el negrero Julián de Zulueta y Amondo.</p>
<p>Ahora pueden imaginarse los pitazos del Central Benito Juárez, pueden saborear en el aire el ácido aroma de la caña madura, pueden tocar incluso los granos de azúcar crudo, recién salidos de la maquinaria que depura y transforma la gramínea. Y pueden ver, a la escala de sus recuerdos, la separación definitiva de las piezas, el reciclaje de la chatarra, la oxidación de los metales, la descontaminación del cielo y la parálisis del tiempo.</p>
<p>“Ya la gente se acostumbró, pero los primeros años que hicieron este desbarajuste los obreros del Central estaban muy disgustados. Incluso, los jubilados decían: ‘Mira como dejamos estoʼ. Veían destruir aquello así…”.</p>
<p>—¿Y sufrían?</p>
<p>—Sufrían –había respondido la vieja del saco antes de meterse en su casa–. Es que aquí había muchos puestecitos de trabajo, paʼ los que tenían nivel y paʼ los que no.</p>
<p>Y también había recordado que su madre trabajaba como técnica en el laboratorio del Central Benito Juárez. Y que su padre ponía a funcionar las máquinas intestinas del propio ingenio. Y que, si Dios lo permite, ahora su hijo se va a los cayos de Caibarién.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<div id="attachment_2013" style="width: 1010px" class="wp-caption alignnone"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-2013" class="size-full wp-image-2013" src="https://www.periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/02/Una-vista-de-Zaza.jpg" alt="Una vista de Zaza (Foto: Maykel González Vivero)" width="1000" height="579" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/02/Una-vista-de-Zaza.jpg 1000w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/02/Una-vista-de-Zaza-300x174.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/02/Una-vista-de-Zaza-768x445.jpg 768w" sizes="(max-width: 1000px) 100vw, 1000px" /><p id="caption-attachment-2013" class="wp-caption-text">Una vista de Zaza (Foto: Maykel González Vivero)</p></div>
<p>Pero, aun cuando el hijo de la señora que carga sacos de viandas los domingos desde la feria agropecuaria de Placetas y otros cientos de hijos de vecinos se vayan a los cayos de Caibarién a ganarse la vida, Alberto Cubas Pérez no se irá de Zaza. Que para él no es de forma exacta Zaza, sino Benito Juárez, el nombre que dio la Revolución al Central y a su batey, en su incontenible afán de renombrar las cosas que ya eran y que habían sido un siglo antes.</p>
<p>Desde su casa propia y desde la Casa de Cultura de la comunidad Benito Juárez, donde trabaja como metodólogo de Creación, Alberto ha escrito cartas a Eusebio Leal, al ministro de Cultura, a la antigua directora del Consejo Nacional de Patrimonio Cultural, Marta Arjona, y a los periódicos <em>Granma</em>, <em>Trabajadores</em> y <em>Juventud Rebelde</em>.</p>
<p>—Yo mandé unas cuantas cartas reclamando ayuda para el batey y el barracón. Pero todo el mundo dijo que no había recursos. Y es un crimen, porque este es el mejor barracón que se mantiene en Villa Clara. Yo quería que lo repararan como casa de familia, o que hicieran allí un museo de la cultura afrocubana. Algo así.</p>
<p>—Y no se pudo, supongo.</p>
<p>—No, no, no… Al ministro de Cultura le hice dos cartas y siempre me dio respuesta. Venía el que atendía esa parte en el MINAZ provincial y me decía que no había recursos, que no había recursos, que no había recursos… Ya después me cansé. A Eusebio Leal le hice tres cartas. Siempre me respondió y una vez mandó a su secretario y a un par de arquitectos a valorar el barracón. Al final me dijeron lo mismo: que no había dinero.</p>
<p>Los deseos de Alberto Cubas Pérez, como el singular de su primer apellido, están transidos por la crisis económica. A este hombre lo carcome la decadencia de uno de los conjuntos azucareros decimonónicos –hasta hace poco– más íntegros de Villa Clara. “Lo que tiene Benito Juárez –exagera Cubas– no lo puede exhibir ningún otro batey: el barracón, el alambique, la enfermería para esclavos, el fuerte y el tejar, la casa del dueño, la iglesia católica…”.</p>
<p>“Fíjate que en el siglo XIX Zaza llegó a convertirse en el principal trapiche de Placetas. En 1874 se decía que Julián de Zulueta y Amondo, el fundador del ingenio, era uno de los hombres más ricos de la Isla”.</p>
<p>“El Central no paró de moler. Nunca”, rememora Cubas. “Hasta 1959, la familia Zulueta dirigió la fábrica y poseyó 300 caballerías de tierra en todos estos alrededores”.</p>
<p>Poco después, la Revolución nacionalizó las tierras y el Central, arrancó la vía férrea, modernizó las máquinas, mantuvo los empleos y responsabilizó al Complejo Agroindustrial (CAI) Benito Juárez con el batey. Prometió que la caña iba a ser el presente y el futuro del país. Porque los que hacían la Revolución no conocían a ciencia cierta –cómo iban a conocerlo– el futuro del país.</p>
<p>“El Central Zaza solo sobrevivió hasta 1998. Para esa fecha nuestra dirección política había decidido desactivar casi todos los ingenios porque no eran rentables. Y pararon las tres fábricas de Placetas”. Alberto Cubas Pérez quisiera decir: “Y bien, se acabó el Central, aquí estamos, ninguna desgracia nos sobrevino. No tengo nada más que decirte”. Pero no le permito detenerse. Ahora no.</p>
<p>—¿Y qué pasó después, cuando cerraron el Central?</p>
<p>—Se creó la Tarea Álvaro Reinoso. Todos los trabajadores, que aquí llegaban a más de 900, comenzaron a estudiar: unos sacaron la primaria, otros noveno grado y otros más el pre. En cada central desactivado había un aula.</p>
<p>—Pero imagino que muchos obreros vieron con dolor el fin del ingenio.</p>
<p>—Bueno, lo vieron con dolor, pero no quedaron desamparados. Había gente que estudiaba y ganaba más de 800 pesos mensuales. Claro, a los más viejos no les gustaba mucho estudiar y a medida que iba pasando el tiempo fueron buscando otro trabajo.</p>
<p>El Central Benito Juárez dio paso a la Empresa Agropecuaria homónima, cuyas oficinas se movieron hacia Placetas hace poco, y a una fundición (Gelma) de válvulas que hoy es, simplemente, una fundición de comederos de cerdos. Los restos físicos del ingenio se convirtieron en un molino de pienso, en un par de almacenes y en un taller donde no trabajan más de siete u ocho personas. Ni las CPA ni las UBPC ni las CCS que existían antes de la parálisis azucarera o que llegaron a fundarse después pueden acoger a todos los trabajadores que el Central vomitó.</p>
<p>—El ingenio era la vida del batey, ¿no? –intenté conmover a Cubas.</p>
<p>—Sí. Antes el Central atendía a toda la comunidad: el deporte, las áreas verdes, la ambulancia, el servicio médico; atendía el agua.</p>
<p>—¿Y ahora?</p>
<p>—Ahora se hace cargo el Estado. Unos dicen que esto ha empeorao un poco pero, a pesar de eso, los que viven más pa’trás en los campos vienen paʼquí. De Máximo. De las Marías. De Capestani. Vienen. Y muchos de aquí se van paʼ Placetas.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<div id="attachment_2014" style="width: 1010px" class="wp-caption alignnone"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-2014" class="size-full wp-image-2014" src="https://www.periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/02/Parque.jpg" alt="Niños en el parque infantil (Foto: Maykel González Vivero)" width="1000" height="511" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/02/Parque.jpg 1000w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/02/Parque-300x153.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/02/Parque-768x392.jpg 768w" sizes="(max-width: 1000px) 100vw, 1000px" /><p id="caption-attachment-2014" class="wp-caption-text">Niños en el parque infantil (Foto: Maykel González Vivero)</p></div>
<p>A punto de mediodía el batey de Zaza se rinde. Unos niños se balancean en los columpios del parque infantil bajo supervisión de los padres. Un corrido mexicano suena para nadie en algún sitio indescifrable. De todos modos, el tedio se cuela en el juego de los niños y en la música. En algún momento, los padres se marchan con los hijos, y el corrido se detiene.</p>
<p>El lunes siguiente los estudiantes asistirán a la escuela, los maestros impartirán sus clases planificadas con antelación, los campesinos tratarán de mitigar la sequía y algunos trabajadores partirán a Placetas en planchas de caballo, a falta de otro transporte. El martes la iglesia entregará comida a los más necesitados y acaso el viernes la música norteña, el reguetón y Pimpinela (en esa posible combinación) lograrán reunir a una decena de jóvenes en el círculo social.</p>
<p>Si no fuera porque el lunes tampoco habrá trabajo, tampoco pitará el Central, tampoco llegará la caña ni echarán a andar las maquinarias, se pensaría que el domingo de asueto anuncia la siguiente jornada de trabajo. Pero la gente no reposa en paz ni festeja: cuando les quitaron el ingenio también perdieron la capacidad de sobresaltarse.</p>
<p>En el paisaje o detrás del paisaje, la torre del Benito Juárez les recuerda con impertinencia que el Central dejó de moler a finales del siglo pasado. Y les mantiene atados a lo que fue: hasta que no se oxiden y desaparezcan los hierros que nadie recicló, hasta que no se derruyan las últimas piedras del barracón donde vive casi una veintena de familias, hasta que nadie más pueda apuntar los antiguos cañaverales ni dibujar en el cielo la silueta del humo, la generación de turno no olvidará el ingenio.</p>
<p>A la inversa de todos los que se van, este domingo dos testigos de Jehová llegaron desde la cabecera municipal, tres o cuatro kilómetros hacia el noroeste. De espaldas a la iglesia católica, esperan.</p>
<p>Uno supone que deberían ir a tocar las puertas de las casas, perseverar cuando les echen las mismas puertas en las caras, si eso pasa, y predicar el mensaje divino a contrapelo de los maleducados. Pero los dos cristianos permanecen ociosos, en un banco, a la orilla del parque infantil. ¿Esperan por los ancianos, esperan por los hombres desocupados, esperan por los jóvenes aburridos en el tedio de las 12 del día del domingo para hablarles de Dios? No se sabe. Están sentados, con demasiada calma, y otean el estrecho horizonte de Zaza.</p>
<p>—La gente… ¿cómo recibe el Evangelio por estas zonas? –les interpelé.</p>
<p>—Bien. Hay bastantes personas estudiando la Biblia. Es bueno predicar aquí porque en el campo las personas son más receptivas al mensaje de Dios.</p>
<p>—¿Porque son más humildes?</p>
<p>—Bueno, las personas, mientras más humildes, más aceptan la palabra de Dios. Dice la Biblia que para un rico es difícil entrar en el reino de los cielos. Es como meter un camello en el hueco de una aguja. Imposible.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<div id="attachment_2015" style="width: 1010px" class="wp-caption alignnone"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-2015" class="size-full wp-image-2015" src="https://www.periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/02/Barracóna-adentro-2.jpg" alt="El barracón (Foto: Maykel González Vivero)" width="1000" height="563" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/02/Barracóna-adentro-2.jpg 1000w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/02/Barracóna-adentro-2-300x169.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/02/Barracóna-adentro-2-768x432.jpg 768w" sizes="(max-width: 1000px) 100vw, 1000px" /><p id="caption-attachment-2015" class="wp-caption-text">El barracón (Foto: Maykel González Vivero)</p></div>
<p>Sobre la espalda de los humildes, lo sabrá Dios, se alza todavía el barracón que mandó a construir don Julián de Zulueta y Amondo. Los viejos muros del edificio fueron trazados en el siglo XIX sobre una línea de humildad –si no queremos decir pobreza– que llega sin radicales interrupciones hasta hoy. La penuria económica se sobrepuso al fin de la esclavitud, sobrevivió a todos los amos Julianes de Zulueta, superó la crisis económica del 33, sorteó la zafra de los diez millones y venció la propia existencia del Central Benito Juárez.</p>
<p>Pero, sin acceder a cavilaciones tan fatales, Santiago Rojas Isidro, un anciano que vive el tiempo muerto de su retiro, descansa a la entrada del barracón, como en la foto sepia de una escena triste. Hace dos años, en abril de 2015, Santiago también descansaba en el mismo quicio de la misma puerta.</p>
<p>—Hace 20 años –toma la conversación el anciano– estoy oyendo que nos van a dar una casa, pero me muero de viejo y no la veo. Yo no discuto na’ porque sabemos que Oriente está grave. Cuando ellos [el Gobierno] determinen si queda algo allá, va y nos lo dan. Pero aquellos están más necesitados que nosotros.</p>
<p>—¿Quiénes están más necesitados, Santiago?</p>
<p>—Los orientales, con el problema de los ciclones. Uno no puede desesperarse por eso. Na’. Algún día llega [la casa].</p>
<p>—Alguna gente de aquí se ha muerto… –sugerí, indiscretamente.</p>
<p>—Sí, cómo no. Esperando las casas… Pero bueno, si no la veo yo, la ven mis nietos, la goza mi familia.</p>
<p>—Por lo menos usted es optimista.</p>
<p>—Yo sí soy realista. Es la verdad. Si no hay materiales, ¿qué le van a hacer? ¿De qué materiales nos van a fabricar una casa? Hay que esperar que hagan ellos allá en Oriente, porque hay que ver a aquellos pobres infelices por televisión.</p>
<p>Santiago Rojas Isidro espera la misma casa que espera su esposa Marta Chirino Díaz, que espera Benita Domínguez Pérez, que espera Dayimí Moreno Cruz, que espera Edier Sánchez Reyes, que esperan Daimí Jiménez Chaviano y su hijo y su esposo, y que esperan Inaquel Pérez Hernández y su hija y sus dos nietos menores de un año, y casi una veintena de familias que vive entre los muros húmedos del barracón. Y que espera un hijo huérfano y que esperaba su madre antes de morir. Y que esperan, incluso, los que no viven en el barracón y desean el bien de los demás.</p>
<p>La casa que anhelan debería ser, según las promesas que han escuchado, un edificio multifamiliar que se emplazaría entre el barracón y la torre sempiterna del Central.</p>
<p>—Según nos explicó el delegado en la última asamblea de rendición de cuentas –dice Osvaldo Trimiño González, presidente del Consejo Popular Benito Juárez desde 2013 hasta 2016– se van a hacer cinco edificios en el municipio de Placetas. Uno lo construirán aquí en Benito Juárez, este año o el que viene.</p>
<p>—¿Pero se trata de un proyecto, nada más?</p>
<p>—Sí, es un proyecto…</p>
<p>—¿…que todavía no está aprobado?</p>
<p>—No. Todavía no.</p>
<p>—¿Pero crees que el edificio llegará a construirse?</p>
<p>—Sí, yo pienso que sí. En el municipio de Placetas se han hecho varios edificios. Este lo construirían aquí, en Benito Juárez, paʼ que los campos no se sigan despoblando.</p>
<p>Osvaldo era presidente del Consejo Popular antes que Miguel, y Miguel fue presidente del Consejo Popular hasta que renunció hace un par de meses. Pero Miguel no quiere hablar, porque le advirtieron que no diera declaraciones a los periodistas. Después de Miguel, Marisol Ricaño Miranda asumió la presidencia del Consejo Popular Benito Juárez.</p>
<p>—Marisol, la gente del barracón dice que les van a construir un edificio…</p>
<p>—Pa’l 2018.</p>
<p>—¿No hay nada seguro todavía?</p>
<p>—No es seguro. Tú sabes cómo es eso aquí.</p>
<p>—¿Y usted tiene esperanzas de que fabriquen el edificio?</p>
<p>—Sí. Está en pronóstico paʼl 2018. Eso fue lo que me dijeron.</p>
<div id="attachment_2017" style="width: 1010px" class="wp-caption alignnone"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-2017" class="size-full wp-image-2017" src="https://www.periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/02/Benita-y-Santiago.jpg" alt="Benita y Santiago (Foto: Maykel González Vivero)" width="1000" height="552" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/02/Benita-y-Santiago.jpg 1000w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/02/Benita-y-Santiago-300x166.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2017/02/Benita-y-Santiago-768x424.jpg 768w" sizes="(max-width: 1000px) 100vw, 1000px" /><p id="caption-attachment-2017" class="wp-caption-text">Benita Domínguez Pérez y Santiago Rojar Isidro (Foto: Maykel González Vivero)</p></div>
<p>Digan lo que digan los delegados, Santiago Rojas Isidro no sabe cuántos años más podrá estar sentado en la puerta de su casa-barracón. Pero confía en que, al menos, sus nietos disfrutarán el apartamento que le corresponde. Benita, a su lado, no puede evitar la turbación: casi grita con desespero que sus esperanzas se echaron a perder: “¡Eran verdes y se volvieron negras!”, hasta se burla.</p>
<p>—¿Usted llegó a trabajar en el Central? –abordé a Santiago, otra vez.</p>
<p>—Sí, ahí yo hice muchas cosas. Yo era tractorista, pero también manejaba una pala… Trabajé en veinte cosas, en lo que hiciera falta.</p>
<p>—¿Y cómo era la vida en esos tiempos?</p>
<p>—La vida paʼl pobre más o menos va siendo igual siempre. El pobre que nace paʼ 10 quilos no llega a 15. Olvídate. Por mucho que guapee. La vida es así: hay una clase más pobre, una más rica, otra más mediana…</p>
<p>—¿Y a usted cuál le tocó? —osé preguntar.</p>
<p>—¡La pobre! Pero vivo orgulloso.</p>
<p>—Santiago –quise cambiar de tema–, qué calma tienen los domingos aquí…</p>
<p>—Aquí –respondió sin disgusto– siempre parece domingo.</p>
<p>La entrada <a rel="nofollow" href="https://periodismodebarrio.org/2017/02/el-batey-que-parece-domingo/">El batey que parece domingo</a> se publicó primero en <a rel="nofollow" href="https://periodismodebarrio.org">Periodismo de Barrio</a>.</p>
]]></content:encoded>
					
					<wfw:commentRss>https://periodismodebarrio.org/2017/02/el-batey-que-parece-domingo/feed/</wfw:commentRss>
			<slash:comments>3</slash:comments>
		
		
			</item>
		<item>
		<title>Lo que el viento se llevó</title>
		<link>https://periodismodebarrio.org/2016/10/lo-que-el-viento-se-llevo/</link>
					<comments>https://periodismodebarrio.org/2016/10/lo-que-el-viento-se-llevo/#comments</comments>
		
		<dc:creator><![CDATA[Carlos Alejandro Rodríguez]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 18 Oct 2016 13:46:24 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Desastres naturales]]></category>
		<category><![CDATA[númerodiez]]></category>
		<guid isPermaLink="false">http://www.periodismodebarrio.org/?p=1696</guid>

					<description><![CDATA[<p>El 4 de octubre, alrededor de las seis de la tarde, “el Diablo” penetró en Cuba cerca de Punta Caleta. Y se posó sobre Jamal. </p>
<p>La entrada <a rel="nofollow" href="https://periodismodebarrio.org/2016/10/lo-que-el-viento-se-llevo/">Lo que el viento se llevó</a> se publicó primero en <a rel="nofollow" href="https://periodismodebarrio.org">Periodismo de Barrio</a>.</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>En la demarcación de Jamal, a diez kilómetros al sureste de la ciudad de Baracoa, el viento huracanado de Matthew barrió las montañas, arrancó de cuajo los cocoteros y torció a ras de tierra las plantaciones de cacao. En Altos de Jamal, donde las casas siempre habían parecido desprotegidas, Matthew no solo levantó los techos, también derrumbó las paredes y las estructuras metálicas que sostenían las casas.</p>
<p>Pueblo adentro, el viento se arremolinó sobre los discretos edificios. Salvo las iglesias, algunas instituciones estatales y unas pocas viviendas particulares muy sólidas, Matthew torció a su antojo todo lo demás.</p>
<p>El viento se llevó los postes del tendido eléctrico, los techos, las paredes, los cables y los árboles. En la mayoría de las casas el viento se llevó la tranquilidad, las tejas de barro y las planchas de zinc. Cuando tuvo paso libre al interior de las habitaciones, desperdigó las pertenencias de la gente. Lo que no estaba bien protegido, lo que no estaba bien atado, se perdió bajo el cielo lúgubre de Jamal. Y luego, cuando el viento levantó las cubiertas o colapsó las viviendas, la lluvia comenzó a mojar las ropas, echó a perder para siempre los colchones, los armarios y los equipos electrodomésticos.</p>
<div id="attachment_1698" style="width: 1005px" class="wp-caption alignnone"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-1698" class="wp-image-1698 size-full" src="http://www.periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/10/Altos-de-Jamal-2.jpg" alt="El viento se llevó los postes del tendido eléctrico (Foto: Carlos Alejandro Rodríguez)" width="995" height="600" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/10/Altos-de-Jamal-2.jpg 995w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/10/Altos-de-Jamal-2-300x181.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/10/Altos-de-Jamal-2-768x463.jpg 768w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/10/Altos-de-Jamal-2-450x270.jpg 450w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/10/Altos-de-Jamal-2-150x90.jpg 150w" sizes="(max-width: 995px) 100vw, 995px" /><p id="caption-attachment-1698" class="wp-caption-text">El viento se llevó los postes del tendido eléctrico (Foto: Carlos Alejandro Rodríguez)</p></div>
<p>Entre las cuatro y las cinco de la tarde del martes 4 de octubre, Ofelia Delfina Moros y Bárbara Leiva Calderín entornaron las persianas de la Iglesia Evangélica del Nazareno de Jamal, donde habían ido a protegerse del viento huracanado de Matthew. Las primeras rachas comenzaban a mover peligrosamente la copa de los árboles y los techos más frágiles. Pero ni Ofelia ni Bárbara habían padecido jamás la furia de un huracán con categoría 4 en la escala de Saffir-Simpson. No se imaginaban que, antes de que cayera la noche, verían cómo el viento levantaba la primera teja de zinc de sus hogares. Ni que, a la altura de la calma, habrían perdido casi todo.</p>
<p>De sopetón, a la vista de sus casas abatidas, ambas mujeres padecieron un ataque nervioso, como si hubieran caído en la más grave intemperie emocional. Una doctora vino y tomó la presión de Bárbara, desconsolada. Tratando de reponerse, Ofelia se acercó más a su hijo Iroldis, un niño con síndrome de Down que seguía jugando cuando prendieron las primeras velas.</p>
<p>Esperaron sin dormir a que amaneciera. Y salieron a buscar lo que el viento se llevó.</p>
<div id="attachment_1700" style="width: 1010px" class="wp-caption alignnone"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-1700" class="wp-image-1700 size-full" src="http://www.periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/10/Ofelia-y-Bárbara.jpg" alt="ofelia-y-barbara" width="1000" height="750" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/10/Ofelia-y-Bárbara.jpg 1000w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/10/Ofelia-y-Bárbara-300x225.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/10/Ofelia-y-Bárbara-768x576.jpg 768w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/10/Ofelia-y-Bárbara-800x600.jpg 800w" sizes="(max-width: 1000px) 100vw, 1000px" /><p id="caption-attachment-1700" class="wp-caption-text">Ofelia y Bárbara (Foto: Carlos Alejandro Rodríguez)</p></div>
<p>—¿Ustedes nunca habían vivido un desastre como este?</p>
<p>—Nunca –respondió Ofelia–. Desde que yo nací mi mamá nos contaba que había pasado el Hilda [1955] y que había pasado el Flora [1963]. Primero uno y después el otro. Y que habían dejao un desastre así como este.</p>
<p>—Esto nadie se lo esperaba…</p>
<p>—Nadie. Ahora, a veces, yo me quedo así pensando y me digo, ¿qué voy a hacer…? ¿Tú sabes por qué yo permanezco de día aquí [en las ruinas de la casa]?</p>
<p>—No.</p>
<p>—Porque me pueden llevar lo poco que me quedó. Si se llevaron las tejas cuando yo estaba ahí afuera [en la iglesia], imagínate qué se llevarán cuando una no está.</p>
<p>Ofelia no me pregunta a mí, aunque yo responda. Ofelia lanza interrogantes retóricas al aire. Y yo, en realidad, no imagino qué más podría llevarse un ladrón humano. Ya Matthew se lo llevó todo. Y lo que no se llevó, lo mojó, lo desarmó, lo partió.</p>
<p>—El techo no resistió… –dije en medio de la intemperie.</p>
<p>—No. La casa se cayó por el mal trabajo que hicieron. Esta casa es nueva, tiene un año y pico de estar hecha. Tuve que ir varias veces al Poder Popular para que me la hicieran, mal hecha.</p>
<p>—¿Y podría haber resistido? Fue un huracán categoría cuatro…</p>
<p>—¡Es una casa nueva! Tiene un año y pico. ¿Usted cree que con un año y pico la casa no podía resistir?</p>
<p>—Claro. Debía.</p>
<p>—Tenía que resistir.</p>
<p>A Ofelia el huracán Ike le derrumbó su anterior vivienda. Damnificada por un ciclón, con un hijo síndrome de Down, el Gobierno le entregó una nueva casa, hace más de un año. Pero Matthew no estaba en los planes. Y vino aprovechándose de las grietas, de las vigas mal puestas, del trabajo inacabado.</p>
<p>Matthew tumbó la segunda casa de Ofelia y tumbó la segunda casa de Bárbara. Bárbara vivía en Yumurí [Baracoa] hasta que las olas impulsadas por Ike (2008) le barrieron su hogar. De la cueva donde se evacuó salió a una casa temporal. Y de la casa temporal salió a una casa definitiva que no llegó a ser definitiva, casi un par de años después.</p>
<p>—El primer viaje, el ciclón [Ike] me la llevó. Me llevó la primera casa –rememora Bárbara–. Y ahora fue el segundo viaje. Parece que se metió el remolino y acabó. Ay, mijo, yo quisiera que pasara por aquí Raúl, o Expósito, el de Santiago…</p>
<p>—¿Para qué?</p>
<p>—Para decirles.</p>
<p>—¿Para decirles qué?</p>
<p>—Que esta Revolución es grandísima y buena y buena, pero que los malos somos nosotros mismos, somos los que estamos dirigiendo en la base. Nosotros somos los que estamos haciendo las cosas mal. Porque hay inversionistas, hay un director de una empresa que pueden venir y decirles a los constructores: “La calidad de esa casa no sirve y te demando y te quito y te descuento”. Esto lo hicieron en un mes o en menos de un mes.</p>
<p>—¿Tan rápido?</p>
<p>—Sí. Y ahora se cayó.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<p>Cuando amaneció el 5 de octubre, la gente no solo vio que había perdido parcial o totalmente su casa. La gente también miró al paisaje que está detrás de sus casas y vio que las montañas de Jamal habían sido desvestidas por el viento. De las 97 caballerías plantadas de coco y las 127 caballerías sembradas de cacao (que existían en Jamal según la enciclopedia cubana Ecured), nadie puede decir ahora cuánto quedó. Los trabajadores agrícolas del pueblo se aventuran a sugerir que hará falta una década para que pueda recuperarse la zafra del cacao y el coco. Ellos saben que un huracán en Jamal azota la producción de chocolate en todo el país. Y saben, mejor aún, que un huracán que azota las plantaciones de cacao de Jamal también azota las posibilidades de empleo.</p>
<p>—Yo creo que nosotros los jóvenes vamos a tener que irnos pa’ Occidente a trabajar. Estoy pensando eso… –dijo un hombre menos joven de lo que él mismo creía.</p>
<p>—Le vamos a dar una finca con marabú allá –bromeó otro sentado en un banco cercano, en el parque.</p>
<p>—Yo paʼllá no voy a cortar marabú –advirtió el primero, casi molesto.</p>
<p>No solo las plantas de cacao fueron barridas por Matthew. El viento también destrozó el techo de la planta de beneficio de café y cacao de Jamal. Y derribó los árboles que daban sombra a los cacahuales. Ahora las plantas de cacao tienen que resucitar a ras de suelo bajo otros árboles que están por crecer.</p>
<p>Mientras tanto, la gente del pueblo se interroga. Lanzan preguntas retóricas a sí mismos, a los otros. Y también se responden, retóricamente.</p>
<p>—¿Qué harán los que viven en la cooperativa? –preguntó otro hombre en el parque–. A esa gente le pagan el salario por lo que vendan. Y el ciclón tumbó el coco, tumbó el cacao y tumbó todo el cambute, todo. Yo no sé qué le irán a pagar a esa gente.</p>
<p style="text-align: center;">***</p>
<div id="attachment_1701" style="width: 1010px" class="wp-caption alignnone"><img loading="lazy" decoding="async" aria-describedby="caption-attachment-1701" class="wp-image-1701 size-full" src="http://www.periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/10/Rafaela.jpg" alt="rafaela" width="1000" height="750" srcset="https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/10/Rafaela.jpg 1000w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/10/Rafaela-300x225.jpg 300w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/10/Rafaela-768x576.jpg 768w, https://periodismodebarrio.org/wp-content/uploads/2016/10/Rafaela-800x600.jpg 800w" sizes="(max-width: 1000px) 100vw, 1000px" /><p id="caption-attachment-1701" class="wp-caption-text">Rafaela Matos (Foto: Carlos Alejandro Rodríguez)</p></div>
<p>Rafaela Matos Marzo vive en La Sidra, a dos kilómetros escasos de Jamal. Primero hay que llegar a La Alegría y subir río arriba, dejando atrás a la gente que lava en los cauces desbordados por Matthew. Sobre las piedras de los lechos las mujeres (sobre todo las mujeres, pero no únicamente) lavan, restriegan, “deschurran” con una paleta y enjuagan la ropa. Después la tienden a orillas de los ríos, en lechos arenosos y secos.</p>
<p>A sus 75 años, con la vista demasiado nublada, Rafaela no puede salir al río. Una hija vino de San Luis a lavarle. Un hijo vino de La Habana, después del huracán, y le techó la casa con un nailon negro y unas pencas de coco. El ciclón le dejó cuatro paredes, y dentro de las cuatro paredes, una pila de basura húmeda que antes había sido su armario. Todo lo demás se fue con el viento o se desintegró en la lluvia.</p>
<p>Rafaela y su esposo nonagenario se evacuaron en una casa vecina, igual que otras 25 familias. Y cuando el ciclón amenazó con derribar la vivienda, ella entonó lo más alto posible los aleluyas, los padrenuestros y los avemaría. “Gloria a Dios que nos salvó”, dice.</p>
<p>En La Sidra, el pastor de la comunidad acompañó con oraciones a Rafaela y al resto de los evacuados. Cuando una racha violenta desprendió la ventana de la vivienda donde aguardaban todos, cinco hombres bloquearon la entrada del viento con un colchón que terminó, a la postre, deshecho. Pero así el huracán no penetró en la casa ni implosionó el techo. Nadie murió. Mientras se elevaban cantos y oraciones nerviosas guiadas por el pastor, afuera el viento iba desintegrando, poco a poco, la casa de culto.</p>
<p>—Yo se lo advertí a Eliseo, mi marido –volvió Rafaela–: “Oye, aquí va a haber un ciclón que no va a tener compasión con nadie”. A mí me presentaron todo lo que iba a suceder en revelación, y así mismo ha sido.</p>
<p>—¿Cómo usted lo sabía? –traté de indagar, curioso.</p>
<p>—Dios revela las cosas, mijito –se adelantó a explicar su hija.</p>
<p>Rafaela cree que el 4 de octubre alrededor de las seis de la tarde “el Diablo” penetró en Cuba cerca de Punta Caleta. Y que estuvo sobre Jamal, y que se posó sobre el municipio de Baracoa hasta las dos de la madrugada.</p>
<p>—Yo sabía que esto venía, por revelación –reafirmó la anciana–. Y yo le dije a mi hijo: “Ponte pa’ las cosas, que esto no es nada bueno. Esto va a ser algo grande en la vida. Esto va a ser un fenómeno criminal”. ¿Ustedes lo vieron bien retratado?</p>
<p>—Sí –respondimos a coro la hija y yo–. Retratado por el satélite…</p>
<p>—¿Lo vieron? ¿Le vieron su cara? ¿Le vieron la boca, los ojos?</p>
<p>—¿A quién? ¿A quién tú le viste la boca y los ojos? –preguntó la hija, alarmada a estas alturas.</p>
<p>—A Matthew. Parecía el diablo metío en la tierra. El demonio.</p>
<p>La entrada <a rel="nofollow" href="https://periodismodebarrio.org/2016/10/lo-que-el-viento-se-llevo/">Lo que el viento se llevó</a> se publicó primero en <a rel="nofollow" href="https://periodismodebarrio.org">Periodismo de Barrio</a>.</p>
]]></content:encoded>
					
					<wfw:commentRss>https://periodismodebarrio.org/2016/10/lo-que-el-viento-se-llevo/feed/</wfw:commentRss>
			<slash:comments>11</slash:comments>
		
		
			</item>
		<item>
		<title>Pozo</title>
		<link>https://periodismodebarrio.org/2016/08/pozo/</link>
					<comments>https://periodismodebarrio.org/2016/08/pozo/#respond</comments>
		
		<dc:creator><![CDATA[Carlos Alejandro Rodríguez]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 22 Aug 2016 12:37:01 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Recursos naturales]]></category>
		<category><![CDATA[númeronueve]]></category>
		<guid isPermaLink="false">http://www.periodismodebarrio.org/?p=1460</guid>

					<description><![CDATA[<p>Del campo a la ciudad, del pozo al acueducto.</p>
<p>La entrada <a rel="nofollow" href="https://periodismodebarrio.org/2016/08/pozo/">Pozo</a> se publicó primero en <a rel="nofollow" href="https://periodismodebarrio.org">Periodismo de Barrio</a>.</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>Marilín no suponía que un paso hacia el desarrollo podía ser, también, un paso hacia la sequía. Después de 50 años estaba empeñada en salir de Guaracabuya, en mudarse a otra parte mejor conectada con el resto del mundo, algún lugar donde existieran los teléfonos públicos y un punto de venta en CUC. No era mucho pedir si uno sabía que Placetas, la ciudad cabecera del municipio, distaba 14 kilómetros al noreste.</p>
<p>La provocación del camino frente a su puerta la puso contra la pared. Marilín estaba decidida a comprar otra casa en la ciudad valiéndose de la venta de su propio hogar en Guaracabuya. Sin ahorros, sin la esperanza de ahorros, estaba a punto de cambiar sus cuatro paredes en Guaracabuya por algún tugurio en la zona más baja de Placetas.</p>
<p>Con su desesperación por “adelantar” no le importaba tener que plantarse a orillas de una cañada que atravesaba la ciudad y suplía el alcantarillado. La advertencia de la peste o las aguas albañales desbordadas durante la época de lluvias no la abatían, porque Marilín, en Guaracabuya, jamás había despertado con las aguas albañales en el cuarto, en la sala, en la cocina. No tenía la idea exacta del desastre; ni había salido nunca de su casa a las tres de la madrugada, dejando para siempre el colchón, las sillas y el escaparate debajo del curso desmedido de las aguas sucias.</p>
<p>“Por su cuenta Dios me recordó”, dice ella, “porque yo no creo ni en <em>salandrajos chinos</em>”. Y Dios le puso en el camino el banco, y al final del camino un crédito. Los créditos que otorga el banco cubano deben usarse, en teoría, para adquirir materiales de la construcción, pero mucha gente invierte el dinero en equipos electrodomésticos: un refrigerador, un aire acondicionado, un televisor… Marilín se compró una casa. Sumó 20 mil pesos de su crédito a los poco más de 20 mil pesos de la venta de su casa. Se fue a vivir, gracias a Dios o a los <em>salandrajos chinos</em>, a la mínima distancia aconsejable de la cañada.</p>
<p>Marilín alcanzó una ciudad atravesada por la Carretera Central, entre Sancti Spíritus y Santa Clara. Ahora puede servirse de las tiendas recaudadoras de divisa, puede recurrir a comercios que naturalmente facilitan su vida, y puede llamar a su familia de Guaracabuya en un teléfono público a media cuadra de su casa. Pero no tiene agua corriente en la cocina. Marilín no puede abrir ninguna llave en ninguna parte, aunque ahora viva en la ciudad.</p>
<p>Una vez al día se sienta a esperar un suspiro de agua que llega, si hay suerte, a la tubería de la vecina. Tantas divisiones, tantos inventos de los antiguos dueños para vender ora un par de habitaciones, ora dos más, dejó su casa desconectada del acueducto. Cuando el agua comienza a gotear impulsada por una fuerza de gravedad demasiado discreta, Marilín no tiene más remedio que entrar a otra casa del barrio, esperar la anuencia, y llenar sus vasijas. Hasta el otro día. Si viene el agua.</p>
<p>Ayer, a la hora en que el acueducto debía bombear, Marilín estaba sentada en su portal, esperando.</p>
<p>—En Guaracabuya me podían faltar mil comodidades, pero siempre me sobró el agua. Figúrate que mi pozo no llegó a secarse nunca… –se lamentó con la vecina.</p>
<p>—Pero aquí tienes otras ventajas, hija –le consoló aquella.</p>
<p>—Nunca tuve ducha, ni siquiera turbina, pero iba al pozo y sacaba un cubo de agua cuando quería… Y aquí una no puede ni abrir un hueco en el patio porque se contamina –siguió ella, sin llegar a nombrar ninguna de las ventajas que habían mejorado su vida.</p>
<p>En realidad ahora no puede pensar en nada más: Marilín tiene que pagarle 20 mil pesos al banco en los siguientes 15 años.</p>
<p>—¡Agua! –gritó de pronto alguien en la esquina.</p>
<p>Y ella salió a comprobar la veracidad del grito.</p>
<p><em>* Marilín no es Marilín, por supuesto. Hemos preferido proteger su identidad.</em></p>
<p><em>** La protagonista de la crónica usa a menudo la frase “salandrajo chino”. Todo parece indicar que “salandrajo” es la corrupción de “calandrajo”: </em><em>suposición, comentario, invención, según el DRAE. Por lo visto, esa expresión significa lo mismo que otra bastante común en las zonas rurales de Cuba: “cuento chino”.</em></p>
<p>La entrada <a rel="nofollow" href="https://periodismodebarrio.org/2016/08/pozo/">Pozo</a> se publicó primero en <a rel="nofollow" href="https://periodismodebarrio.org">Periodismo de Barrio</a>.</p>
]]></content:encoded>
					
					<wfw:commentRss>https://periodismodebarrio.org/2016/08/pozo/feed/</wfw:commentRss>
			<slash:comments>0</slash:comments>
		
		
			</item>
		<item>
		<title>La Milagrosa</title>
		<link>https://periodismodebarrio.org/2016/08/la-milagrosa/</link>
					<comments>https://periodismodebarrio.org/2016/08/la-milagrosa/#comments</comments>
		
		<dc:creator><![CDATA[Carlos Alejandro Rodríguez]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 11 Aug 2016 12:35:05 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Recursos naturales]]></category>
		<category><![CDATA[númeronueve]]></category>
		<guid isPermaLink="false">http://www.periodismodebarrio.org/?p=1412</guid>

					<description><![CDATA[<p>En el peor de todos los casos el agua puede ser un milagro.</p>
<p>La entrada <a rel="nofollow" href="https://periodismodebarrio.org/2016/08/la-milagrosa/">La Milagrosa</a> se publicó primero en <a rel="nofollow" href="https://periodismodebarrio.org">Periodismo de Barrio</a>.</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>Todo el mundo advirtió a mi madre: “Se rajará cuando le falte el agua”. Yo reuní en balde varios cubos, algunos galones, incontables pomos para contradecir el mal augurio de la vecindad. En la beca ningún recipiente valió verdaderamente la pena: se quedaron vacíos después de tres días.</p>
<p>La Ciudad Escolar Ernesto “Che” Guevara, la Vocacional, estaba en el borde de Santa Clara, otra ciudad amenazada por su inestable abasto de agua. En medio de piscinas sedientas, entre la mole de edificios Girón manchados por el churre, la sequía se enfrentaba a La Milagrosa, única fuente de agua bautizada por el ingenio a toda prueba de los estudiantes.</p>
<p>En los días dichosos, después de clase, toda la escuela se reunía desesperadamente alrededor de La Milagrosa. El agua que antaño brotaba de la llave (o grifo o pluma), ahora salía de una bifurcación malograda en la tubería horizontal. La Milagrosa realmente no era más que un agujero abierto <em>ad perpetuam, </em>saliera o no saliera agua.</p>
<p>A esa hora, como tenía que ser, una red enmarañada de amistad y coincidencia geográfica comenzó a determinar las prioridades en la cola del agua. El primero de Santo Domingo marcaba a todo Santo Domingo, el primero de Sagua la Grande apuntaba a toda la antigua jurisdicción de Sagua la Grande. La dicha de unos fue siempre la desgracia de otros.</p>
<p>Lo peor nunca había sido que La Milagrosa estuviera a ras de tierra, ni que los cubos o los pomos no pudieran colocarse naturalmente debajo del hilo de agua. Peor que todo: el agua se fugaba en alguna parte antes de llegar.</p>
<p>Con el dedo propio había que obstruir a medias la boca del tubo: la maniobra aumentaba la presión del agua y permitía dirigir el líquido a vasijas menores. Y con calma un dedo relevaba al otro en la faena. Y un cubo sucedía al otro. Y un alma dichosa se retiraba a la promiscuidad de los baños públicos sin agua.</p>
<p>Alrededor, en la cola incesante, esperaba una multitud con el mismo interés con que los creyentes esperan el nacimiento público de un mesías. O con la misma desesperación.</p>
<p>Pero a veces no se hizo el milagro. No llegó el agua a La Milagrosa, ni a La Guerrillera, otro “manantial” distante y mal reputado por la violencia que despertaba la sequía.</p>
<p>Por primera vez (aunque me disgustara) tuve que aceptar bañarme con medio cubo de agua, convivir en un cubículo hacinado sin mucha limpieza, y concurrir a inodoros que nadie podía descargar. No servía pensar en el agua corriente de casa, a la distancia del pase siguiente: otra posibilidad mejor solo agudizaba la sensación de escasez.</p>
<p>En la peor crisis –Milagrosa seca, Guerrillera seca– las autoridades de la Ciudad Escolar mandaron a construir varios tanques de fibrocemento que pipas inusuales eventualmente proveían. Pero las llaves tímidas colmaron la paciencia humana. Y un buen día los estudiantes rompieron “la boca” de los tanques. Metieron los cubos y se escurrieron ellos mismos, como quien alcanza en apoteosis la felicidad negada por mucho tiempo. Ninguna autoridad vino a condenar la indisciplina, ni ese día ni nunca.</p>
<p>Desde aquella vez el agua dudosamente potable me pareció contaminada sin remedio. Yo tenía demasiados escrúpulos, pero mi amigo Alejandro, colmado por la crisis, hastiado de seguir a diario el camino de Sísifo, seguía lavándose con aquella agua, seguía tomando (¡Oh, Dios!) aquella agua.</p>
<p>—Está demasiado sucia –le advertí para que se detuviera–. En esos tanques vi ayer hasta cabos de cigarros…</p>
<p>—Ah, ¿sí? ¿Y qué vas a tomar tú? ¿Con qué te vas a bañar?</p>
<p>A duras penas no me rajé. Pese a La Milagrosa, ninguna otra sequía me ha vuelto a parecer tan intensa.</p>
<p>La entrada <a rel="nofollow" href="https://periodismodebarrio.org/2016/08/la-milagrosa/">La Milagrosa</a> se publicó primero en <a rel="nofollow" href="https://periodismodebarrio.org">Periodismo de Barrio</a>.</p>
]]></content:encoded>
					
					<wfw:commentRss>https://periodismodebarrio.org/2016/08/la-milagrosa/feed/</wfw:commentRss>
			<slash:comments>3</slash:comments>
		
		
			</item>
	</channel>
</rss>
